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EL DIARIO

Lunes 1° de Mayo de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 29.

    

Alejandro E. Bunge[1] es un nombre y apellido muy simpático para mí. ¿Y para ustedes? Creo que será lo mismo. Se comprende entonces el gusto que habré tenido esta mañana hallando entre mi voluminosa correspondencia un cartapacio, prolijamente ilustrado sobre El tratamiento de las basuras y la incineración domiciliaria, cuyo autor es el susodicho ingeniero.

Le conocí en Berlín, cuando estuve de ministro allí, casi imberbe. Me visitaba con frecuencia, y cada vez que le oía discurrir sobre materias diversas me decía: es ya todo un hombre, irá lejos.

¡Qué trabajador constante! A Dios rogando y con el mazo dando, ha llegado a la meta, y es buen ejemplo de un autodidacta, en cuanto su principal universidad ha sido la perseverancia.

Espíritu positivo, no son los números lo que le han preocupado, sino los fenómenos; de todo lo cual concluye que el “tratamiento de las basuras”, mediante el sistema Bunge, y las cocinas Delta, han de ser un progreso realizado, o en vía de serlo. Ojalá, por la tierra y por él.


Cuando Adolfo P. Carranza[2] concibió la idea del Museo Histórico, el ambiente social era de denso escepticismo. No se contaba con la porfía patriótica del incansable explorador y coleccionista paciente.

Aunque peque de ponderativo, lo diré: Carranza era el hombre predestinado.

¿Y por qué no lo sería el profesor Tomás Amadeo*, por su notable estudio sobre la fundación de un proyectado Museo social de Buenos Aires?

La complexión de su folleto, ¡ya le dije gracias!, ha llamado mi atención y hasta donde es posible, en estos casos, he penetrado en la esencia intelectual del hombre.

Me decido así a decirle: persevere insistiendo, léase: haga como Carranza y no pasará mucho tiempo sin que la “idea” se convierta en hecho, beneficiando al país.

Cierto, nos conocen (producimos tanta carne y tantos cereales); pero la mentalidad argentina continúa siendo todavía para el europeo algo así como una cosa problemática.

Tiende el proyecto del laborioso profesor a despejar esa nebulosa. Hay, por consiguiente, que ayudarlo cada cual como yo, con estas plumadas, poniendo su grano de estímulo en la balanza del éxito material y moral.


Repito, ¡y qué difícil es no repetir!, a cierta edad sobre todo, lo que dije en una paginita anterior acusando recibo de Los hombres notables de Cuyo: me placen estos estudios. Agregaré que su autor, don Pedro Caraffa*, se distingue por la sencillez del estilo. En trabajos de esta índole, la mejor levadura es, en efecto, la que no hincha la frase yendo, como diría Cervantes, al grano.

Siento que el autor no me haya favorecido con la “primera serie”, que no sé a qué otra pléyade de personajes distinguidos hará referencia.

Comienza esta monografía explicando por qué la encabeza San Martín, que no era cuyano, sino misionero. Le rinde una vez al gran capitán el homenaje que merece, sigue con otros eminentes servidores del país y así llega a las luctuosas trágicas horas en que cae la noble cabeza de Aberastain[3], y pide para la tan llorada víctima que se alce “su efigie en el mismo sitio donde se tronchó su existencia”.

No conozco la filiación política de este escritor.

Deduzco, empero, de algunas de sus reflexiones, que no carecemos de ciertos puntos de contacto, en cuanto yo fui el único que después de la muerte de Benavidez visitó en la prisión del Paraná a Gómez y a Laspiur, es decir, al gobernador de San Juan y su ministro.

No es lugar este para entrar en ciertos detalles.

El Pocito, acto abominable de la tragedia sanjuanina, reclama como toda la historia entre unitarios y federales con sus derivados, perdón y olvido.

Fue la gran palabra de Urquiza derrocado Rozas.

Que se levante, pues, la estatua de Aberastain, donde nació. Pero no allí mismo donde corrió sangre de hermanos, sangre preciosa, no tanta, conviene decirlo, como lo ha pretendido el furor de partido.

Alguna vez he escrito sobre esto, aclarando el origen del sobrenombre “Lanza seca”, expresión técnica antigua muy militar, que al general Juan Saá se le aplicaba por algunos en las tristes y siniestras horas de aquella época.


No es posible vivir en un país como este sin interesarse en sus “cosas”, palabra que lo resume todo.

Entiendo nuestra república con su Constitución de tipo washingtoniano. Lo que es esta me pierde en sus curvilíneas intrincadas. ¡Qué embolismo! Lo confieso y es así y en mi carácter de “outsider”, que con la mayor rapidez voy a hacer constar qué opino sobre lo que llamaremos la caída de Briand[4].

¿Seré profeta? Es posible por aquello de que nadie es profeta en su país según el Eclesiastés.

Mi horóscopo en poquísimas palabras es que este gabinete no calentará el banco.

¿Por qué?

Porque las unidades que lo componen carecen de prestigio o están mal ubicadas; porque el país está harto de intransigencias sectarias; porque, en una palabra, un gobierno así constituido confirma el dicho: los dioses enloquecen a los que quieren perder.

Y van en cinco años, asómbrense ustedes, setenta y nueve ministros.

Quién sabe si cuando estas líneas estén por llegar ahí no está ya agonizando, siendo un gobierno que parece no tener la noción de lo real, o yo soy un iluso.


Sigan ustedes remitiéndome sus elucubraciones. Las revisaré siempre con gusto, sin cansancio, que si no tengo la paciencia de Job, tengo una paciencia larga como un día de verano y, metafóricamente, una mano larga como una noche de invierno. Con ella estrecho cordialmente la de todos los que me recuerdan.

El último de ellos, qué digo, las últimas, son Juan A. Alsina[5], un viejo amigo, y el otro Julio Raúl Mendilaharsu[6]. No le conocía.

El primero me manda números agrupados metódicamente y comentados con sabiduría.

Me estoy refiriendo al hermoso volumen La inmigración en el primer siglo de la independencia[7].

Agradezco el obsequio, tanto más cuanto que en alguna de sus páginas hallo reflexiones concordantes con las esbozadas en mi librito Un país sin ciudadanos*.

El segundo son rimas del simpático poeta Julio Raúl Mendilaharsu, Deshojando el silencio[8], unas ciento diez páginas editadas aquí en Paris por la casa Paúl Dupont.

Abriéndolas al azar para luego empezar por el principio he hallado estrofas intensas como estas (son ya “credo”)

“¡Dadme un porvenir! Lo necesito

para inflamar las cimas de mi alma”.

¿Qué más?

Que no siendo como no soy poeta, ni cosa parecida, juzgo por instinto. Es decir que en este caso él me guía si concluyo así: Siga el autor deshojando el silencio. Alcanzará lauros.

Pero procure ser lo más sencillo posible, recordando lo que ha dicho Montesquieu[9] en su Essai sur le gout[10]: “il faut q´une chose soit assez simple pour etre appercue…”[11]. Para mayor claridad, es menester que una cosa sea simple para ser percibida.

Nada, pues, de términos oscuros que lo pongan en aprietos momentáneos al atento lector benévolo.


A guisa de postdata, y aunque el bello sexo argentino no se ocupa todavía mucho que digamos de feminismo político, ahí va eso que leerán con gusto.

Ya tenemos “una” diputada noruega y soltera: la señorita Ana Rugstad. Se incorporó el otro día al Shorthing, siendo objeto de una ovación. El presidente de la cámara le hizo un discurso muy galante y todos los diputados se pusieron de pie lo mismo que los miembros del gobierno.

Con que así, y visto lo acelerado del paso con que vamos adelante en esa tierra, ya me estoy sacando el sombrero y diciéndole a la primer diputada porteña o jujeña: ¡bravo, señorita! Y si es donosa y elocuente, ¡quien la resistirá!


  1. Bunge, Alejandro Ernesto (1880-1943), economista y autor de varios libros, entre ellos: La desocupación en la Argentina: actual crisis del trabajo (1917), Riqueza y renta de la Argentina  su distribución y su capacidad contributiva (1917), Ferrocarriles Argentinos  contribución al estudio del patrimonio nacional (1918).
  2. Adolfo Pedro Carranza (Buenos Aires, 1857–Buenos Aires, 1914) fue un historiador y abogado argentino, creador del Museo Histórico Nacional y director del mismo durante 25 años. (VIAF: 21845382).
  3. Antonino Aberastain (San Juan, 1810 – Rinconada del Pocito, 1861) fue un abogado y político argentino, líder liberal de la provincia de San Juan, gobernador en el año 1861, ejecutado después de la batalla de Rinconada del Pocito.
  4. Aristide Briand (Nantes, 1862-París, 1932) fue un político socialista francés, primer ministro durante la Tercera República Francesa, considerado uno de los precursores de la unidad europea. En 1926 obtuvo el Premio Nobel de la Paz, junto al ministro de relaciones exteriores alemán Gustav Stresemann, por figurar ambos entre los impulsores de los Tratados de Locarno. Fue un propulsor del pan-europeísmo, en pos de la unión europea, planteado en su discurso de 1930 Memorando sobre la organización de un sistema de Unión Federal Europea.
  5. Creemos que se trata del imprentero, librero y editor de los cinco tomos de las Causeries de los jueves.
  6. Julio Raúl Mendilaharsu Netto (Montevideo, 1887–Montevideo, 1923) fue un poeta uruguayo. Entre sus obras, se cuentan: Las nubes (1909), Deshojando el silencio (1911), La cisterna (1919), Voz de vida (1923). (VIAF: 55717433).
  7. Alsina, Juan A. La inmigración en el primer siglo de la independencia. Buenos Aires: Felipe S. Alsina, 1910.
  8. Mendilaharsu, Julio Raúl. Deshojando el silencio. París, Drumont, 1911. Disponible en Gallica.
  9. Robert de Montesquioeu (Marie Joseph Robert Anatole), conde de Montesquiou-Fézensac (París, 1855-Menton, Francia, 1921) fue un poeta simbolista francés de alcurnia, mecenas del arte y dandy. Autor de numerosos poemarios, novelas, biografías y ensayos. Entre sus obras, cabe destacar: los poemarios Les Perles rouges: 93 sonnets historiques (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1899), Les Paons (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1901), las novelas La petite demoiselle (Paris: Albin-Michel, 1911) y La trépidation (Paris: Emile-Paul Frères, 1922) y las biografías La Divine Comtesse: Étude d’après Madame de Castiglione (La Castiglione) (Paris: Goupil, 1913) y L’Agonie de Paul Verlaine, 1890 -1896 (Paris: M. Escoffier, 1923). (VIAF: 88625340).
  10. Ensayo sobre el gusto (Essai sur le goût, 1757).
  11. “Algo debe ser lo suficientemente simple como para que se note…”.


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