Lunes 24 de Julio de 1911
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, julio de 1911.
Tengo que hablar un momento más con el estimado paisano Filadelfio Villamayor, completando así la “post data” que los otros días tuve que cercenar.
Empezaré por la batalla de Obligado*, hecho de armas glorioso y sangriento, que la Ilustración Histórica[1] acaba de rememorar sin espíritu de partido. Es uno de los méritos de la excelente publicación.
Villamayor echa de menos, y otros con él, un monumento en la Punta de Obligado, donde, con balas de a “seis”, les dábamos el vuelto a las de ochenta anglo-francesas.
Pero ni él, ni otros, han de ver esa columna.
Lo diré desde luego: Obligado fue una derrota argentina, y no se perpetúan los desastres con monumentos sino cuando, como Curupaytí[2], son precursores de una victoria final.
Sí, Rozas tenía razón en principio, según criterio de la mayoría argentina del momento histórico, cuando sostenía que las aguas de los grandes ríos Paraná y Uruguay eran “nuestras”, obstruyendo por consiguiente su acceso. Pero si no es precisamente el caso de decir: “Digitus Dei est hic”, el hecho es que su caída en Monte Caseros fue, en gran parte, efecto de lo que no pudo evitar en Obligado. El Brasil, la República Oriental, el Paraguay, Bolivia, los “unitarios” y las mismas provincias del interior y las ribereñas, estaban en contra de la clausura de los ríos. Lo que vino después fue, por consiguiente, lo inevitable; en una palabra: lo que ha consagrado la constitución de Mayo.
En la exageración de nuestras declaraciones sobre la libre navegación de los ríos, hemos olvidado, sin embargo, dos cosas esenciales: la necesidad de evitar contrabando mediante una reglamentación racional; y que necesitamos desarrollar el cabotaje, so pena de andar siempre cortos de marineros para la armada nacional.
Otro libro de esencia y estructura eminentemente argentinas está ya en mi poder. ¡Gracias! Lo acompaña una amable carta del autor, hombre que quiero y estimo de veras por sus relevantes prendas intelectuales y morales.
Es un trabajador que no lleva miras de cansarse, titulándose él mismo en su referida misiva: un “incorregible”.
Me alegro de ello. La historia, las bellas letras argentinas, saldrán victoriosas en la demanda, y el pertinaz publicista, joven aun, alcanzará, no lo dudo, como algunos de sus héroes, lauros merecidos.
¿Quién es él?
¡Pero quién ha de ser! Tiene que ser, y lo es en efecto, el autor de La Victoria de Maipú[3]. No haré crítica. No cabe sino buscándole tres pies al gato. Solo me cuadra el elogio. ¡Bravo, pues, una vez más, paisano y amigo! Y para que no quede duda: ¡bravo, Carlos Ma. Urien*!
Algunas de estas, mis últimas páginas, me han hecho tomar olor a pólvora, casi me he visto entreverado con el enemigo, sableando a troche y noche.
Debe La Victoria de Maipú figurar en la biblioteca didáctica de los colegios argentinos. Es lectura para chicos y para grandes; lectura fácil y técnica a la vez, a todo lo cual se agrega que el estilo no peca en lo mínimo por la frase rebuscada. En una palabra, los paladines de tan glorioso momento se destacan sencillamente en el cuadro grandioso de las hazañas homéricas, que nos hicieron independientes en la libertad.
El gobierno italiano acaba de contratar con la casa de Krupp, de Essen, la construcción de 500 cañones del modelo más reciente.
Y mientras la gran obra se lleva a cabo, hay que hablar de arbitraje y de paz. La paz, a no dudarlo, es un anhelo y el arbitraje otro. Pero los cataclismos estallan cuando menos se les espera.
La palabra más notable que se haya pronunciado por un grupo responsable alemán, sobre el proyecto de arbitraje anglo-americano, acaba de emanar de una interview con el profesor Hans Delbrück, el célebre publicista alemán.
Interrogado sobre lo que piensan los alemanes del arbitraje obligatorio anglo-americano, el profesor Delbrück ha contestado sin rodeos.
“Es sencillamente una pieza de hipocresía diplomática!”
Hay gentes que creen en la eficacia de esta clase de tratados; pero los hombres de Estado no pueden considerarlos seriamente como conducentes a la paz.
Es ridículo, los Estados Unidos son los conquistadores más grandes que el mundo haya conocido. Ahora entran en un período nuevo de conquistas, y crean esta atmósfera de paz con ese fin.
Es un paso diplomático muy hábil, sin duda, para disimular la avaricia de nuevas conquistas y nada más.
Los que no leyeron entonces puede que ahora se tienten, que busquen y que lean. La página no es trascendental. Pero, como todo lo que se refiere a ciertas originalidades de Rozas, no carece de cierto interés histórico psicológico[4]. Me estoy refiriendo a un párrafo de la carta de Filadelfio Villamayor, cuyos recuerdos son incompletos. Refresco, pues, su memoria, diciéndole que la charla que tuve en el Círculo Militar, allá por 1888, cuando piloteaba a Cavalcanti Albuquerque[5] y otros amigos brasileños que nos visitaban, no fue sobre “mazamorra”, sino sobre el famoso arroz con leche de Palermo.
Era riquísimo y, lo mismo que la “molleja”, el plato favorito del tirano, o dictador “as you like it”. No escribiendo en este momento historia, dejo que el lector califique como guste a ese tío carnal que en mis años juveniles tanto quise.
El lector de ahora que quiera conocer con más detalles esto del “arroz con leche” de Palermo, que ocurra a mi libro Entre Nos, Causeries del Jueves[6]. Son cinco tomos que debieron ser diez, si un mi joven amigo, de Montevideo, ya en la tumba el pobre Blixen[7] se llamaba, y era un talento, no se hubiera encargado, sin quererlo, de lo contrario. En el primer tomo de dicho Entre Nos, pueden leerse tres “causeries” sobre lo mismo; a saber: 1°: página 119 hasta 128; 2°, página 129 hasta 140; 3°, página 141 hasta 156.
Comienzan como sigue, y vieron la luz pública primero en el diario de la tarde Sud-América.
“Los siete platos de arroz con leche. Al señor don Benjamín Posse”.
Desde que empecé a filosofar, o a preocuparme un poco del “por qué” y del “cómo” de las cosas, empezó a llamarme la atención que “historia”, es decir, la palabra subrayada, tuviera, no solo muchas definiciones hechas por los sabios, sino también opuestos significados.
Cicerón decía que era el testigo de los tiempos, el mensajero de la antigüedad; Fontenelle, fábulas convenidas; y Bacon relato de hechos dados por ciertos.
Hay, como se ve, para todos los gustos, inclinaciones y criterios, tratándose de lo que se llama historia en sentido elevado; y de ahí viene, sin duda, que historia implique también su “poquillo de mentira, como cuando exclamamos: eso no es más que una historia; o: no, señor, está usted equivocado, ahora le voy a contar la historia de ese negocio, de la glorificación del personaje A o B.
Puede ser que sea cierto que la historia de un hombre no es muchas veces más que la de las injusticias de algunos, aunque hay ejemplos modernísimos de la historia, y bien podría probarse con una apoteosis (alusión de circunstancias), que la historia de alguien es la de sus contradicciones e incoherencias, la de sus ingratitudes e injusticias contra todos, por más que en su vida haya ciertos rayos de luz que iluminen el cuadro de alguna buena manía trascendental”.
Me detengo pensando ahora como pensaba cuando escribía en Sud América, y baste de plato mío recalentado.
- Revista dirigida por Adolfo P. Carranza* y editada en Buenos Aires desde 1911 por Belaunde y Silva Editores. ↵
- La batalla de Curupaytí fue un enfrentamiento militar ocurrido en el marco de la Guerra de la Triple Alianza, el 22 de septiembre de 1866, en el Fuerte de Curupaytí, distante a unos 8 km de la localidad de Humaitá. El triunfo fue para el Ejército Paraguayo. ↵
- Urien, Carlos M. La victoria de Maipú 5 de abril de 1818: historia y arte. Buenos Aires: Arsenal Principal de Guerra, 1911. ↵
- Esta oración parafrasea el título del libro de Mansilla, Rozas. Ensayo histórico-psicológico, editado por primera vez en 1898 (París: Garnier Hnos.) y que se reeditaría en 1913 a través del mismo sello. ↵
- Joaquim Arcoverde de Albuquerque Cavalcanti (Cimbres, 1850-Río de Janeiro, 1930) fue arzobispo de Río de Janeiro de 1897 hasta su muerte y el primer cardenal brasileño y de América Latina. (VIAF: 100056368). ↵
- Publicadas en siete tomos, a través de la imprenta de Juan A. Alsina, entre 1889 y 1890. ↵
- Tal vez se refiere a Samuel José Andrés Blixen Claret (Montevideo, 1867–Montevideo, 1909), un escritor, dramaturgo, periodista y docente uruguayo. (VIAF: 73842512). ↵






