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EL DIARIO

Miércoles 4 de Enero de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, diciembre 11 de 1910.

   

Que la criminalidad aumenta en esta tierra no se discute. Es un hecho desagradable que todo el mundo reconoce.

¿Las causas? Las principales han sido puestas en evidencia por cuantos se preocupan de la seguridad individual o de la moralización de los niños en las ciudades y en las campañas.

Los unos atribuyen la recrudescencia del asesinato y del robo a la vagancia de los niños por las calles entre la hora de la salida de la escuela y la del regreso al domicilio paternal para la comida de familia.

Los otros van más lejos y afirman que un niño sin creencias religiosas es conducido fatalmente a renegar tarde o temprano de la familia y de la patria por falta de freno necesario.

Los otros, en fin, hacen constar que la ley que ha expulsado los jóvenes aprendices de los talleres y de las usinas ha hecho mucho mal a la moralidad de la juventud obrera.

Dichas tres escuelas del vicio son todas ellas a cual más perniciosa.

Basta lo anotado para que nuestros educacionistas comprendan, según anden las cosas por ahí, que las cárceles de menores donde no falta el “confort” pecan por el lado de un falso “humanitarismo”.

No asustan a los pilluelos viciosos o criminales; al contrario, hacen lo posible para gozar durante algún tiempo, al aproximarse el invierno sobre todo, de ese hospedaje gratuito en el que nada falta: agua, luz, fuego, comida y hasta distracción.

Conclusión instructiva: que las cárceles sean higiénicas convenido: pero no tan agradables que el delincuente las apetezca, sobre todo que el que a ellas aspira sepa que tendrá que trabajar duro y parejo: Nada de crueldad. ¡Oh, no! Pero nada que se parezca remotamente siquiera a un “dolce far niente”.


Como ustedes no pueden leer todo, ni yo tampoco, todo lo que se escribe ahí y aquí, sigo con mi papel de apuntador respecto de lo que de por acá más llama mi atención.

En este orden de ideas, voy a señalar un reciente libro, Memorias póstumas de lady John Russell[1] sobre Napoleón antes de Waterloo.

Este es hombre extraordinario, lo mismo que César es y será mientras haya quien investigue y quien lea materia interesante de estudio instructivo.

Lord Russell[2], que fue primer ministro, visitó a Napoleón cuando estaba en la isla de Elba. Su mujer comunica a la posteridad de la impresión que les produjo el gran guerrero.

He aquí algunos pasajes:

Tiene un ojo sombrío, que se calificaría de vicioso en un caballo.

Entre otras cosas le preguntó a mi marido si bebía, si jugaba…

La guerra, dijo, es un gran juego, una bella ocupación…

No ama uno al hombre que nos ha derrotado…

Después agregó que su intención había sido crear una nobleza mediante el casamiento de sus generales…

Los conocimientos generales de Napoleón –observa con cierta sorpresa lady Russell– son muy limitados, particularmente en lo que se refiere a las instituciones y a las cosas inglesas.

“¡Qué bello país la España, como la Italia, la Andalucía, sobre todo Sevilla”, son palabras que salieron de sus labios, mezclados con algunas otras sobre Wellington[3], del que dijo: “Me han dicho que es muy robusto y gran cazador”.


Montesquieu[4], en uno de sus libros inmortales, lo cito con frecuencia porque nunca acabo de leerlo y admirarlo, ha escrito:

“Il y a des choses que tout le monde dit, parce qu’elles ont été dites une fois”.

Para que resulte como de relieve, lo repetiré en nuestra habla: “Hay cosas que todo el mundo dice porque han sido dichas una vez”.

Y la observación puede aplicarse a lo que vienen repitiendo algunos, a saber, que la huelga que interrumpe los servicios públicos, ferrocarriles, telégrafos, teléfonos, correos, salida de vapores, la huelga que perjudica a terceros, a la inmensa mayoría de un país, a la casi totalidad de sus habitantes, la huelga, en fin y en dos palabras que ocasiona las catástrofes que acabamos de presenciar es “un derecho”.


“Tu dixit”, y en efecto no soy yo quien lo dice, es un francés.

El ejército alemán goza de mejor salud que el ejército francés.

¿Por qué?

Una estadística oficial, agrega, permite afirmar que el número de los “indisponibles” es en Francia el doble de lo que en Alemania. Es muy desagradable. Pero así es.

La causa principal, porque las causas son varias, parece ser que la “higiene”, en general, es más completa en Alemania que en Francia y los médicos alemanes más prolijos, los militares más cuidadosos que los franceses.

Se prepara una interpelación sobre tan importante negocio.

Veremos qué contesta el ministro de guerra.

Una palabra más: como todo lo chico y lo grande que acontece en este hemisferio yo lo relaciono directa o indirectamente con mi tierra y nuestros vecinos, me gustaría saber cómo anda la salud comparada con la de los ejércitos chileno, brasileño, uruguayo, paraguayo y boliviano, si es que hay estadística sobre tan interesante particular.


A propósito de libros o de materia impresa informe, que después se tornará libro, tengo que llamar la atención de ustedes hacia algo que acabo de leer en La Revue des Deux Mondes[5].

Ya sé yo desde hace muchísimos años que sus lectores son legión en el Río de la Plata. Pero en las revistas como en los diarios, ¿quién se lo lee todo?

Se titula “La madone qui pleure” y está en la entrega del 15 de noviembre 1910. Prevengo, sin embargo, que no obstante lo de “la madone” tengo que repetir lo del monólogo: “ce n’est pas p*** les jeunes f***…”[6].

Jamás leí cuento, digamos, tan raro, tan extraño, mezcla tan heterogénea; vamos, un verdadero cafarnaúm[7] literario, con sus puntos tecnológicos. La escena principal pasa en Italia, cerca de Ancona.

Asegura M.A. Gilbert Augustin Thierry[8] que el manuscrito de la referencia es auténtico, que su autor, M. Ludovic Jacquet, su amigo arqueólogo de mérito, era hombre muy instruido, veraz, que varias veces le habló de la cosa, que puede, por consiguiente, garantizar la fidelidad del relato.

Figura en algunos pasajes trágicos del curioso artículo una “criolla” argentina apasionada hasta la demencia; un “gaucho” (es la palabra que usa Jacquet), y otros personajes de avería que por esos pagos han andado.

Confieso mi debilidad, la mencionada circunstancia de una “criolla” argentina ha influido en mi enormemente para que les diga ustedes lean eso. En medio de todo hay en sus páginas finales una lección de arrepentimiento.


En mis párrafos de fecha anterior, hablando de El Excursionista, algo se me quedó en el tintero.

¿Ganó o perdió el lector?

¡Es tan frecuente que lo bueno se les quede casi siempre por decir a ciertos escritores!

En el presente caso yo no digo que ese algo sea bueno; diré sencillamente que, sin traerlo por los cabellos, puede servir de explicación, hasta por ahí, de la ocurrencia consabida, a saber: que mis Indios Ranqueles son pura invención, léase que lo que es este servidor de ustedes nunca jamás estuvo entre ellos.

El que eso afirmó ¿no habría leído en Il Dio Ignoto[9] de Mantegazza[10] sin reparar en la nota que dice (son fastidiosas las notas): que el coronel Mansilla no es un personaje fantástico (cito de memoria), que existe?

Mantegazza, consigna en su dicho Il Dio Ignoto, me pidió permiso para hacerlo asimilándoselos, unos capítulos míos.

Por escrúpulos de conciencia literaria puso la nota esa; de modo que el que no estando en otros antecedentes deje de leerla afirmará, apoyándose en el tan conocido autor italiano, que el coronel Lucio V. Mansilla no vivió en tiempo alguno bajo las estrellas.

¡Hay tanto de esto en la historia!

Cuántas veces yo mismo cuando tengo de visita mis pensamientos, mis recuerdos de tiempos pasados lejanos, no me suelo preguntar ¿estuve yo ahí?, ¿fue eso u otra cosa lo que vi o invento de buena fe?

Un día de estos, si me siento ganoso de mirar atrás, les he de contar a ustedes algo “soit disant” histórico referente a mi persona, que es tan verdad, gente abonada lo afirma, como que yo no soy hijo de mi señora madre. Tengo mucho de esto en mi cartera y es de advertir que todo ello en nada me perjudica, en nada, más bien me da relieve o notoriedad.


Al terminar estas líneas llegan noticias frescas de Inglaterra: Los Unionistas no ganan mayor terreno que digamos. El Punch que remití a ustedes en mi anterior ¿habrá visto claro?

Será lo que sea. Pero el momento es de gravedad histórica para el imperio británico, que estábamos acostumbrados a considerarlo inconmovible en sus cimientos aristocráticos. ¿Quién lo concebía sin su cámara de los Lores? Habría sido como concebir a Roma dominando al mundo sin su senado imponente.

¿Estaremos en vísperas de ver realizado lo que Benson[11] en su libro Le maitre de la terre[12], libro poco leído, pronosticaba no ha mucho? Es decir, ¿veremos en 1920 al partido obrero triunfante en la Gran Bretaña, dislocado el Imperio, abolidos definitivamente los derechos hereditarios de la nobleza y hasta el mismo trono?

No hay que hacerse ilusiones, lo que se llama la “crisis inglesa” es una revolución social latente, en ciernes.

¿Será conjurada y dominada?

Casandra no se atreve a hablar.


  1. Lady John Russell. A Memoir with Selections from Her Diaries and Correspondence. London: Methuen And Co. Ltd., 1911.
  2. John Russell (Londres, 1792-Surrey, 1878) fue un político británico, conocido como Lord John Russell. Fue el abuelo del filósofo Bertrand Russell. (VIAF: 44473781).
  3. Arthur Wellesley, Conde de Wellington (Dublín, 1769-Walmer, 1852) fue un militar, político y estadista británico de origen irlandés. (VIAF: 2465308).
  4. Charles de Secondat, baron de Montesquieu. Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence. Paris: Pierre Didot l’Aîné, 1815.
  5. La Revue des Deux Mondes es una publicación francesa mensual, fundada en 1829. Por sus páginas pasaron importantes escritores del S. XIX, tales como Alexandre Dumas, Alfred de Vigny, Honoré de Balzac, Prosper Mérimée, Sainte-Beuve, Charles Baudelaire, entre otros grandes literatos. A finales del siglo XIX, bajo la influencia de Ferdinand Brunetière, la revista apoyó a la Iglesia católica contra la ley de Laicidad. Fue cambiando de nombre a lo largo del Siglo XX, pero luego retornó a su nombre original. Actualmente, puede leerse en línea: https://www.revuedesdeuxmondes.fr/. Sus archivos se encuentran disponibles en Gallica.
  6. Palabras ilegibles por mal estado del papel.
  7. Cafarnaúm, «pueblo de Nahum», era un poblado pesquero israelita de Galilea, en el norte del actual Israel. Ha sido desde su descubrimiento a principios del siglo XX un yacimiento arqueológico. Es conocido por los cristianos como «la ciudad de Jesús», nombrada en el Nuevo Testamento. Fue uno de los lugares elegidos por Jesús de Nazaret para transmitir su mensaje y realizar algunos de sus milagros. (VIAF: 315531503).
  8. Jacques Nicolas Augustin Thierry (Blois, 1795 – París, 1856) fue un historiador francés que innovó el modo de hacer historia para su época. De corte romántico, fuertemente influido por Chateaubriand y por Walter Scott, Thierry daba gran importancia tanto a las fuentes primarias como materia prima del historiador como a la escritura atrayente para el lectorado. Entre sus obras más destacadas, cabe mencionar las Consideraciones sobre la historia de Francia (1840), en la que Thierry se dedicó a desentramar los sistemas de interpretación histórica. Extractado de Lecciones y Ensayos, 86, 2009. Revista de la Facultad de Derecho.
  9. Mantegazza, Paolo. Il Dio Ignoto (1846).
  10. Paolo Mantegazza (Monza, 1831-San Terenzo, 1910) fue un médico, neurólogo, fisiólogo y antropólogo italiano, notable por haber aislado la cocaína de la coca, que utilizó en numerosos experimentos, investigando sus efectos anestésicos en humanos. También es conocido como escritor de ficción, autor de obras tales como Viajes por el Río de la Plata y el interior de la Confederación Argentina (Buenos Aires: Coni, 1916), Fisiología del amor y Ricordi di Spagna e dell’ America Spagnuola (Milano: Fratelli Treves, 1894).
  11. Robert Hugh Benson (1871-1914) fue un escritor de ficción británico, de corte católico. Entre sus obras, se cuentan: Lord of the World, The History of Richard Raynal, Solitary, Religion of the Plain Man, entre otras. (VIAF: 67710679).
  12. Editado en París en 1908.


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