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EL DIARIO

Martes 11 de Julio de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 18 de 1911.

    

Me valgo siempre, poco más o menos, de la misma fórmula cuando por regla general se trata de noticias. Porque cuando leo los diarios de la tierra me sorprende el caudal de información que contienen: “la música nel mio tempo era altra cosa”.

Repito, pues, lo consabido por si ustedes no saben ahí la cosa. Me refiero al número inverosímil de teléfonos que hay en los Estados Unidos del Norte. Suman nada menos que “siete” millones, en tanto que en el resto del mundo no hay sino ¡“dos” millones!

Se atribuye tan estupendo desarrollo de la comunicación auricular en gran parte al hecho de que tienen pocos caminos calzados, ninguno casi en ciertos estados. Así, poco más o menos, como entre nosotros. La gente, no pudiendo ponerse en contacto con facilidad, ha apelado a ese recurso y conversa de cerca y de lejos sin verse.

¡Maravilloso país! Todo es grande en él, hasta sus contradicciones de principios (léase doctrina Monroe[1]), para adueñarse de tierras ajenas.


Es posible que un hombre se salga con la suya cuando algo se le mete en la cabeza. Pero en idéntico caso es seguro que una mujer lo conseguirá. Son tan inconstantes cuanto persistentes, y el proverbio no falla cuando dice “ce que femme veut Dieu le veut[2]”.

No será entonces maravilla que cuando estas letras estén llegando a esas playas ya esté votada en Inglaterra la ley acordando a las mujeres el derecho de “votar”. La llaman “the conciliation bill”, y lo es en realidad. Larga ha sido la lucha. Pero otra vez “ce que femme veut…”.

No hay qué hacer, hay que estar bien con ellas por una colección de motivos. Impopular con el bello sexo, fracaso seguro.


Les hablé a ustedes el otro día de la prensa periódica francesa comparada con la nuestra. A esta la califiqué de moderada; a aquella de procaz; he aquí tres retazos al respecto. Cada uno de ellos es un espécimen y dispense la Academia.

Nosotros, ni en los tiempos álgidos de la “prensa brava”, así llamaba la oposición a los diarios gubernistas del “telón corrido”, hemos hablado así, englobando censura acerba, las acusaciones han sido de carácter personal, como cuando “La Pampa”, que hizo roncha.

Los tales retazos pertenecen a hojas muy leídas, y cada una de ellas tiene más o menos autoridad dentro de su comunión militante.

Empiezo.

Todavía no es la liquidación, ya es la licuefacción. El parlamento no tiene prestigio, el gobierno no tiene autoridad y el presidente de la república tiene que ir a Túnez para recoger algunas manifestaciones de respeto y atraviesa la frontera belga para que lo saluden.

Monsieur Monis tiene el gesto altivo, la voz fuerte y la voluntad que desfallece, amenaza a las compañías de los ferrocarriles que lo mandan a paseo, quiere imponer pensiones de retiro a los trabajadores que se las devuelven riéndose en la cara.

Es la renuncia, es la abdicación.

Más abajo, en una esfera menos elevada, “dilapidan, pillan, roban”…

No se respetan los dineros del Estado y cuando el caso se presenta se expropia brutalmente a los colonos, en Túnez, cuyas plantaciones codician ciertos diputados.

Es el robo oficial creado y fomentado por una larga impunidad.

Arriba hay falta de audacia, abajo la demuestran demasiado y el gobierno que tiembla ante todo el mundo, no sabe cómo, ni quiere reprimir los numerosos actos contra la probidad que acaban por deshonrar la república.

Sigue:

Todo el mundo sabe que las gentes del “bloc” son capaces de todo: robos tunecinos, tráfico de influencias, corrupciones, dilapidaciones de los dineros públicos, prevaricación y otras malas acciones, cuya enumeración llenaría los quince volúmenes del diccionario Larousse, sin olvidar los suplementos.

Concluye:

Recibimos noticias de Marruecos que nos entristecen ya, sin todavía alarmarnos y si volvemos los ojos hacia la Metrópoli, no vemos nada que nos consuele, ni que reanime nuestros bríos.

El Matin*, que no es un adversario habitual de la república, nos presenta un cuadro feo de las supercherías, de las dilapidaciones que deshonran al régimen.

La oficina de cuentas no grita “¡Al ladrón!”, porque siempre expresa estos sentimientos en una forma moderada; pero le señala al señor Falliéres[3] tales abusos, digamos la palabra “dilapidaciones” tan culpables, que el jefe del Estado pierde, nos dicen, una fracción mínima de su sueño y de su apetito.

Sin embargo, de tiempo en tiempo se producen pequeños hechos, estallan escándalos chicos o grandes que son como los accidentes admonitores de la gran descomposición social de que morirá seguramente nuestra república.


Hay muchas cosas que me gustaría ver en mi tierra y muchas otras de las que no querría ni oir hablar. Son algo así como enfermedades esporádicas que el día menos pensado se anuncian de esta manera: ¡la Aduana se ha quemado! (¿Por qué?)

Aparto de eso la vista, que el antro es tenebroso, y he aquí algo de lo que me gustaría ver anotado, a saber, que Buenos Aires crece como Londres, que ya tiene la friolera de 7.252.063 habitantes, y la tierra argentina como Bélgica con sus 7.500.000 cuenta 253 almas por kilómetro cuadrado…

Ese día estará realizado el ideal “Gobernar es poblar…” y el sueño patriótico del himno nacional será un hecho, diciendo en verdad: ¡silencio!, ¡que al mundo asoma la gran capital del Sud! y seremos poderosos, pudiendo llamarnos con orgullo los yankees viriles del continente austral.


¡Uf!, hace un calor bárbaro, como ahí decimos, un calor seco, un calor como en la cresta del Vesubio; no tengo bríos para seguir; me despido entonces aquí deseando que ustedes no se hielen y que todo les salga bien, comprado a buen precio y vendiendo mejor.


  1. La Doctrina Monroe, sintetizada en la frase «America for the Americans», fue elaborada por John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe en 1823. Siguiendo la línea de política aislacionista iniciada por George Washington luego de que el país se independizase de Inglaterra, la Doctrina Monroe determinaba que los Estados Unidos tenía derecho a atacar a cualquier país europeo que interviniera en su territorio. Lejos aún los Estados Unidos de ser potencia mundial, esta doctrina implicaba un gesto de autonomía y afianzamiento de la recientemente adquirida soberanía nacional frente a al imperialismo europeo. Casi un siglo más tarde, en 1906, el presidente Theodore Roosevelt usaría la Doctrina Monroe para legitimar su propia política expansionista sobre el istmo de Panamá, territorio por aquel entonces de Colombia. La actitud imperialista de Roosevelt –cuyo gobierno fue, en muchos otros aspectos, progresista– despertó reacciones adversas en muchos dirigentes latinoamericanos, entre ellos Porfirio Díaz en México, que formuló la Doctrina Díaz, en defensa de la soberanía nacional de los países latinoamericanos, que debían cuidarse tanto del imperialismo europeo como del estadounidense. (Extractado de: Mignolo, Walter (2000). “La colonialidad a lo largo ya lo ancho: el hemisferio occidental en el horizonte colonial de la modernidad”. La colonialidad del saber. Eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. Ed. Edgardo Lander. Buenos Aires: CLACSO, 2000. 55-85. En línea: https://bit.ly/3io2sxf).
  2. “Lo que quiere la mujer, lo quiere Dios”.
  3. Clément Armand Fallières (1841–1931) fue un político francés, que ejerció el cargo de presidente de Francia de 1906 a 1913. Perteneció al partido Alianza Democrática. (VIAF: 22152268).


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