Riesgos y oportunidades en América Latina
Harald Fuhr
Introducción
No es la primera vez que estamos en un pleno proceso de cambio social y económico rápido y profundo en donde el pasado no ha terminado y el futuro no ha llegado todavía. Este capítulo tratará un tema que encaja muy bien en este esquema, porque las sombras del pasado siguen estando claramente presentes, mientras que los cambios necesarios aún no son del todo visibles. El tema es el cambio climático y las repercusiones que tiene para el modelo de desarrollo en América Latina.
En los últimos cuatro años, acontecimientos extraordinarios han perturbado las sociedades y han impuesto importantes retos a los gobiernos y administraciones de todo el mundo. En Latinoamérica, como en el resto del mundo, corren tiempos volátiles e inciertos. Si el mundo está entrando en otra era, ¿cómo le irá a esta región?
Este capítulo examina lo que uno de esos retos –el cambio climático– podría significar para América Latina. Por supuesto, la región está formada por una mezcla diversa de economías, pueblos e historias. No obstante, este capítulo intenta reunir preguntas y posibles implicaciones que puedan aplicarse ampliamente en toda ella. Se parte de la idea de que existen algunos puntos en común, y de que queda por hacer una serie de preguntas y opciones abiertas para toda la región.
En la segunda sección se tratará brevemente el tema del cambio climático y sus múltiples repercusiones. Las sombras del pasado, obviamente, resultan de un padrón de industrialización y modernización y de un modelo de desarrollo basado en el uso masivo de energías fósiles, por supuesto no solo en América Latina. El mensaje central de esta sección es: Latinoamérica solo es responsable de una pequeña parte de las emisiones globales, pero se ve masivamente afectada por las consecuencias del cambio climático. Esto plantea riesgos para el modelo tradicional de desarrollo, pero también oportunidades para un desarrollo alternativo.
En la tercera sección se discutirán las condiciones necesarias para salir de un modelo económico y social en América Latina e introducir gradualmente un modelo de desarrollo verde y de bajo carbono. Aunque esta transformación está vinculada en muchos aspectos a cuestiones de cambio tecnológico y procesos de innovación, las cuestiones más importantes son de naturaleza política. Se refieren, en esencia, a la gobernanza de la transformación. La desventaja de la región es que su calidad de gobernanza –especialmente las capacidades gubernamentales– parece insuficiente para manejar exitosamente los cambios pendientes. La ventaja es que el subcontinente todavía es “relativamente” abierto, liberal y democrático para asegurar la participación e inclusión de la ciudadanía. Esto puede ser una oportunidad no solamente para tratar el tema del cambio climático sino también para introducir un cambio político. Por fin, un modelo de desarrollo verde y de bajo carbono necesita otras alianzas sociales y políticas que el desarrollo actual.
La cuarta sección se enfoca en la transformación social profunda, es decir, en una descarbonización gradual de las economías y las sociedades en América Latina hacia un modelo de crecimiento de bajo carbono. Como se mostrará, en los próximos años la cuestión principal en el discurso político latinoamericano será vislumbrar el cambio climático y los cambios necesarios que conlleva no como un problema y una amenaza, sino como una oportunidad para un nuevo modelo de desarrollo en América Latina. En otras palabras, en vista de los urgentes problemas sociales del continente en los próximos años, no se trata de renunciar al crecimiento per se, sino de abandonar un modelo de crecimiento tradicional, basado en el uso de combustibles fósiles, y pasar gradualmente a un modelo de crecimiento orientado al mercado, basado en la cooperación regional e internacional, y en fuentes de energía renovables. Estas discusiones aún no están muy avanzadas en América Latina. Desgraciadamente, falta todavía un consenso político sobre las transformaciones y un proyecto político para promoverlas.
1. América Latina no contribuye mucho al cambio climático, pero es muy vulnerable a sus efectos
Siempre ha habido procesos de cambio perturbadores y turbulencias en la historia del mundo. Esto no es nada nuevo. Ni en América Latina durante los últimos 200 años, ni en ningún otro lugar. Lo que sí es nuevo es que las turbulencias y los cambios disruptivos de hoy tienen, y seguirán teniendo, consecuencias planetarias. El cambio climático, la degradación del medio ambiente y la pérdida de biodiversidad son solo algunos de los ejemplos más destacados del patrón de desarrollo de los últimos 70 años. La rápida digitalización y el uso creciente de la tecnología de inteligencia artificial (IA) son otros fenómenos que tendrán efectos sociales potencialmente generalizados.
Aunque los últimos 70 años han sido muy exitosos en términos de desarrollo económico y social global, y de reducción de la pobreza en todo el mundo, ahora el planeta es testigo de la otra cara de la moneda de estos avances, es decir: se están sobrepasando rápidamente los límites de un desarrollo planetario saludable, posiblemente con consecuencias irreversibles (Rockström et al., 2023).
Como se ha mostrado en otro lugar (Fuhr, 2021), los actuales países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) han sido históricamente responsables de la mayoría de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Sin embargo, al respecto, el Sur Global se ha puesto al día muy rápidamente en los últimos 30 años y ahora es responsable de alrededor de dos tercios de las emisiones globales. Mientras que las emisiones de los países de la OCDE (desde 1990) siguen una clara tendencia a la baja, las de la gran mayoría de los países del Sur Global seguirán aumentando en un futuro previsible. Es más, si estos países siguieran emitiendo GEI al mismo ritmo, alcanzarían (histórica e hipotéticamente) las emisiones de los países de la OCDE a principios de la década de 2040. En otras palabras, una solución al problema climático sin el Sur Global se considera altamente improbable y la ventana de oportunidad se está cerrando (UNEP, 2022). Por lo tanto, el momento de reducir las emisiones, también en el Sur, es ahora.
Los países latinoamericanos contribuyen poco al cambio climático global. También se comprometieron y ratificaron muy pronto el Acuerdo de París sobre el Clima (2015). Sin embargo:
la región ha dependido tradicionalmente de industrias intensivas en recursos naturales, como la agricultura, la minería y la silvicultura. El crecimiento intensivo en recursos y la rápida urbanización han exacerbado los problemas medioambientales, como la pérdida de hábitats, la contaminación y la escasez de agua, al tiempo que han impulsado una demanda insostenible de recursos naturales (WEF, 2023).
Según los datos del World Resources Institute (WRI, 2023) en el año anterior a la pandemia (2019), las emisiones totales de América Latina fueron de 4.1 Gt CO2e, alrededor del 8 % de las emisiones globales, un poco más que la Unión Europea (UE, más el Reino Unido) con 3.7 Gt CO2e y que India con 3.4 Gt CO2e. China emitió 12.1 Gt CO2e en este año y los Estados Unidos 5.8 Gt CO2e. Estos datos incluyen emisiones de LULUCF (uso de la tierra, cambios en el uso de la tierra y deforestación).
Las emisiones GEI per capita en América Latina (incluyendo LULUCF, en t de CO2e) son de 6.4 t, un poco menos que las emisiones de la UE de 7.2 t y de 8.6 t en China, y significativamente menos que los 17.7 t en los Estados Unidos. Sorprendentemente, algunos países en la región tienen emisiones (incluyendo LULUCF, en t de CO2e) per capita muy elevadas, por ejemplo, Guyana (25.2t), Paraguay (13.7t), Bolivia (12.1t) y Venezuela (10.5t). Estos datos señalan el importante papel de la agricultura (más deforestación/silvicultura) en el perfil de emisiones del continente (WRI, 2023). De hecho, a diferencia de otras regiones del mundo, la agricultura y LULUCF tienen aproximadamente la misma participación (un 40 %) en las emisiones totales del continente que el sector energético. Con 1.85 Gt CO₂ (2019) la agricultura y LULUCF de América Latina contribuye con un 24 % a las emisiones globales de la agricultura y LULUCF (2019: 7.57 Gt CO₂). Esto significa que las futuras reducciones de emisiones también deben incluir este sector y el sector de silvicultura.
Aunque toda reducción de emisiones es importante, de estos datos también se desprende que, incluso con los mejores esfuerzos del continente, la contribución de América Latina a la “solución” del cambio climático es limitada.
Más significativos que la reducción de las emisiones de la región parecen ser actualmente los efectos del cambio climático descontrolado, es decir, los fenómenos meteorológicos extremos (tormentas, huracanes, sequías, incendios forestales, inundaciones, corrimientos de tierra), que según las estimaciones también aumentarán significativamente en América Latina, especialmente en América Central, la región amazónica y la región andina (CIM, 2023; Germanwatch, 2021).
Según el WMO, en América Latina:
los peligros hidrometeorológicos, como las sequías, las olas de calor, los ciclones tropicales y las crecidas, han comportado, por desgracia, la pérdida de cientos de vidas, han causado graves daños a cosechas e infraestructura, y han provocado desplazamientos de población (WMO, 2022: 4).
Esto significa inversiones masivas para reforzar la resiliencia en zonas urbanas y rurales y en diversas subregiones. No obstante, como nota positiva, vale reiterar que políticas de adaptación que se enfocan normalmente a la protección de las costas, al control de los bosques y de la deforestación, a la gestión del agua y de los ríos, y a la resiliencia de los edificios y de las infraestructuras requieren sobre todo mucha mano de obra y podrían crear nuevos puestos de trabajo en centros urbanos y rurales. Felizmente, hay varios fondos internacionales listos para asistir al financiamiento de estas políticas y proyectos de adaptación.
2. ¿Cuáles son las condiciones para un desarrollo verde y de bajo carbono en América Latina?
Teniendo en cuenta los datos anteriores, es evidente que no hay otra salida a esta situación que prepararse para un proceso de cambio serio y rápido, que comenzará esta década y continuará durante la siguiente hasta mediados de siglo. Como el Reporte del PNUMA “Informe sobre la brecha de emisiones 2022” reitera: “La crisis climática exige una rápida transformación de las sociedades y la ventana de oportunidad se está cerrando” (UNEP, 2022). Como muestra ese mismo informe, gran parte de los países latinoamericanos están retrasados en sus objetivos de reducción de emisiones.
Sin embargo, en el caso del cambio climático, nos enfrentamos a un wicked problem, un “superproblema perverso”, en el que nadie está al mando y el tiempo apremia (Levin et al., 2012). La transformación y las alteraciones necesarias se ven retrasadas y frenadas por instituciones económicas y sociales, y prácticas sociales muy arraigadas. Además, y paradójicamente, no solo se resisten al cambio quienes más se benefician del statu quo, como obviamente las empresas nacionales e internacionales de combustibles fósiles (Peszko et al., 2021), sino también quienes se beneficiarían del cambio, pero temen las consecuencias a corto plazo que conlleva.
Aunque los wicked problems no pueden resolverse, sino solo gestionarse mediante soluciones parciales, el Acuerdo de París de 2015 demuestra que esa transformación tiene apoyo importante de muchos gobiernos, las ONG y las empresas privadas. Todas las partes han intensificado claramente sus compromisos durante los últimos años. No obstante, los compromisos globales y el proceso actual son demasiado lentos para cumplir el objetivo de 1,5 °C del Acuerdo.
El problema en los discursos sigue estando relacionado con el hecho de que el cambio climático, tal como la pérdida de biodiversidad y la degradación del medio ambiente, se perciben como problemas graves, casi insuperables. Estos fenómenos exigen ajustes costosos e implican pérdidas de bienestar que las sociedades actuales tienen que asumir para las generaciones futuras. Obviamente, se trata de mensajes muy delicados para los gobiernos en su comunicación con los ciudadanos. Es más, todo gobierno que emprende reformas tiene que contar con elevados costes e incertidumbres sociales a corto plazo, mientras que los efectos previstos (las mejoras) a través de la reforma se sitúan muy lejos en el futuro. Así que no hay ningún incentivo para que los gobiernos actúen con rapidez, ni siquiera en su cooperación con otros (Fuhr, 2022).
¿Qué pueden hacer los gobiernos para evitar esa trampa de la economía política? La experiencia, sobre todo de algunos países europeos en los últimos años, sugiere que hay algunos aspectos básicos que los gobiernos deben cumplir para obtener el consentimiento de sus ciudadanos o, al menos, evitar grandes protestas (como en Francia durante las protestas de los “chalecos amarillos” en 2018/2019).
Cinco factores parecen ser importantes:
- Políticas anticipativas. Los gobiernos necesitan capacidad profesional para identificar y anticipar las consecuencias sociales y económicas de las reformas y prepararse bien para diseñar las medidas compensatorias necesarias.
- Políticas inclusivas y una transición justa. Se necesita una comunicación intensa y temprana sobre las medidas de la reforma y un diálogo con los afectados directos. Políticas inclusivas, con una amplia participación de la ciudadanía en el diseño de las políticas, en la fase inicial del “ciclo político”, contribuyen a la legitimidad del proceso, también para evitar una mayor carga sobre los grupos menos privilegiados (Smith, 2017).
- Política presupuestaria prudente. Como la introducción de reformas –antes de los beneficios– tiene consecuencias financieras para la sociedad, es necesario crear mecanismos de compensación (costos, pérdida de empleos) para los grupos afectados, especialmente para los grupos vulnerables. Finalmente, la introducción de impuestos sobre el uso del carbono (un “precio al carbono”) puede ser acompañada de medidas fiscales redistributivas (Vogt-Schilb, et al. 2019).
- Políticas de financiamiento e incentivos para el sector privado. Dado que la transformación no puede ser financiada únicamente por los gobiernos y el sector público, el compromiso y la inversión privados son cada vez más necesarios.
Es obvio que se necesitan gobiernos y administraciones profesionales para manejar estos cambios disruptivos a corto plazo y la propia transformación durante las próximas décadas. Sin embargo, cuando observamos la calidad del gobierno y la administración, tal como nos demuestran los Worldwide Governance Indicators (WGI, 2022) por ejemplo, vemos que muchos países latinoamericanos –las excepciones son Chile, Costa Rica y Uruguay– no tienen estas capacidades; su calidad de gobernanza es “medio-baja”.
Esto también tiene efectos para las políticas de adaptación. El WMO concluye:
[el] obstáculo más citado para la adaptación […] es la financiación, aunque existen otras dificultades. Por ejemplo, los obstáculos a la adaptación en el sector del agua incluyen la inestabilidad institucional, la fragmentación de los servicios y su gestión deficiente, estructuras de gobernanza inadecuadas y la insuficiencia de datos y análisis de la experiencia de adaptación (WMO, 2022: 27).
Aunque se trata de una clara desventaja para manejar un proceso de cambio exitosamente, en los países latinoamericanos ‒especialmente en comparación con muchos países de África del Norte y subsahariana, y Asia Central y Oriental‒ los gobiernos siguen integrados en sistemas políticos “relativamente” democráticos. Además, hay libertades en los ámbitos de la educación e investigación, de prensa y de expresión, y se aceptan y protegen los derechos humanos. Todo esto, por un lado, permite en América Latina la participación y la inclusión de la ciudadanía en las transformaciones, y por otro, brinda las oportunidades de corregir las acciones gubernamentales, si aplican políticas perjudiciales o injustas. Estos factores constituyen ventajas claras en relación con otros países menos democráticos o autoritarios.
Desgraciadamente, al parecer, en los discursos de la élite política reformista persiste una crítica en gran medida tradicional: al sistema político de partidos, a las insuficiencias de la democracia, a la falta de participación social, al papel ambivalente de los gobiernos en la región y a un cierto escepticismo del “capitalismo global”. Estas limitaciones en la clase política no son muy beneficiosas de cara a las exigencias de una transformación; más bien tienden a obstaculizarla.
Sería interesante examinar la cuestión de hasta qué punto la transformación da lugar a nuevas constelaciones y alianzas políticas que superen por completo el esquema clásico izquierda-derecha y permitan quizás nuevas mayorías. Es probable que esto se aplique sobre todo a las políticas pragmáticas de transformación basadas en el mercado, participativas e integradoras, y orientadas a la cooperación internacional. Sin este conjunto de instrumentos y sin impulsos financieros y de innovación internacionales, un nuevo modelo de desarrollo da como resultado cualquier caso difícil de imaginar.
3. El cambio climático como oportunidad para un nuevo modelo de desarrollo en América Latina
Reducir las emisiones en América Latina de unos 4.1 Gt CO₂e (2019) hasta –digamos– neto cero en el año 2050 requiere un recorte anual de un 4 % de las emisiones regionales anuales, es decir, alrededor de 150 millones t de CO₂. Esta cantidad equivale a un 10 % de las emisiones anuales de Brasil (2019, incluyendo LULUCF) y parece factible. Sin embargo, según el Climate Change Performance Index (Germanwatch, 2022), en los últimos años hay solo tres países en América Latina con una política climática buena-satisfactoria: Chile, México y Colombia. El Climate Action Tracker (CAT, 2023) es más pesimista todavía: la mayoría de los países de la región solo tienen un desempeño “insuficiente” (tal como la mayoría de los países europeos).
Pero como hemos dicho anteriormente, enfocarse en la reducción de las emisiones en América Latina para contribuir solidariamente a la solución de un problema global es solo un aspecto importante. El segundo aspecto son los beneficios adicionales de abandonar una economía basada en el carbono. En realidad, los beneficios podrían ser más importantes, no solo y directamente para los ciudadanos, sino especialmente para la comunicación gubernamental y para fomentar alianzas políticas hacia una transición más amplia.
Descarbonizar la agricultura y evitar la deforestación no solo es bueno para reducir las emisiones agrícolas, sino también para preservar la biodiversidad, el suministro de alimentos sanos y el mantenimiento de sumideros de carbono. Descarbonizar el transporte no solo es bueno para hacer frente al cambio climático, sino que también es importante para reducir la contaminación del aire y el excesivo ruido en las ciudades y, por tanto, para la salud de los ciudadanos. La descarbonización de los sistemas energéticos dará lugar a sistemas energéticos más descentralizados, mejorará el acceso al suministro de energía fuera de la red en las zonas rurales (comunidades energéticas), y garantizará la seguridad energética nacional. Sobre todo, es probable que la descarbonización genere nuevas inversiones y crecimiento, nuevos productos y puestos de trabajo, no solamente para proyectos de mitigación sino también de adaptación. En otras palabras: es importante cambiar la narrativa política en América Latina: del cambio climático y las transiciones necesarias como problemas complejos, a una oportunidad para un desarrollo alternativo.
La cuestión sigue siendo si las élites políticas de América Latina sabrán aprovechar estas cualidades y oportunidades para iniciar un rumbo prudente y pragmático hacia la transformación y que se pueda sostener en el tiempo. A la vez, habría que dar urgentemente señales creíbles al sector privado nacional y regional para dar seguridad a la inversión en la transformación.
Si los gobiernos actuales, los grupos políticos y la sociedad civil logran ponerse de acuerdo sobre un rumbo pragmático y unas políticas favorables al mercado, y ajustan su comunicación política, las oportunidades de la descarbonización y de un desarrollo verde en América Latina podrían ser grandes.
Un potencial alto de energías renovables
La región disfruta de algunas de las mejores condiciones del mundo para la generación de energía renovable, incluida la hidroeléctrica, eólica y solar. Según Suri et al. (2020), los Andes, especialmente la zona andina central entre Perú, Bolivia y Chile, tienen el mayor potencial fotovoltaico del mundo. Otras regiones, como México, el norte y oeste de Brasil, Paraguay, Uruguay, y el norte de Argentina también tienen un potencial fotovoltaico alto. El potencial eólico es especialmente grande en el norte de Brasil, el sur de Argentina y Chile, la costa norte de Colombia y Venezuela y partes del Caribe.[1]
Nuevas exportaciones energéticas
La movilización de esos potenciales permite también producir hidrógeno verde. Según GH2 (2023) y GoC (2020), en 2040 Chile planea convertirse en el principal exportador de hidrógeno verde de bajo costo del mundo. Tiene potencial para producir más de 1800 GW de energía renovable, 70 veces la necesidad del país para consumo interno. El gobierno se ha fijado el objetivo de producir el hidrógeno verde más barato del mundo, con un precio inferior a 1.5 dólares por kilogramo para 2030. Iniciativas competitivas y similares también existen en Brasil, que podría captar entre mil y dos mil millones de dólares hasta 2030 y entre cuatro mil y seis mil millones hasta 2040 de los mercados de la UE y Estados Unidos (McKinsey & Company, 2021: 2).
Recursos abundantes para la transformación
Según Cadena et al. (2023: 14), la región posee aproximadamente la mitad del litio, el 36 % del cobre y el 16 % del níquel del mundo. Se calcula que Brasil posee una de las mayores reservas de minerales raros fuera de China. Además, América Latina alberga cerca del 50 % de la biodiversidad mundial y el 23 % de sus bosques, elementos clave de la estabilidad climática global y de la sostenibilidad en general, y un complemento crucial para la transición energética.
Opciones para la descentralización del sistema energético
A nivel local, el aumento de los nuevos recursos energéticos renovables exige reorganizar los sistemas energéticos centralizados y abre espacios para el fomento de “sistemas energéticos comunitarios integrados” (Koirala et al., 2016) que pueden tratar adecuadamente el tema de la pobreza energética y pueden dar como resultado nuevos recursos para los gobiernos subnacionales.
Innovaciones en el sector de transporte
Desde la década de 1990, América Latina ya había introducido una serie de innovaciones en el transporte urbano. Ejemplos de ello son las empresas de transporte público de Curitiba y Bogotá. Estas instalaciones verán ahora un rápido cambio hacia los vehículos eléctricos o de hidrógeno verde, con el fin de disminuir las emisiones, pero también hacer frente al problema de la congestión urbana por los coches privados. Muchos municipios han introducido servicios de car sharing y están aumentando considerablemente sus carriles para bicicleta, por ejemplo en Río de Janeiro. Estas medidas han reducido considerablemente la contaminación del aire y la acústica en las ciudades. A medida que avance la tecnología, podrían surgir opciones de movilidad aún más innovadoras, como los roboshuttles (minibuses autónomos) o los taxis aéreos urbanos (Heineke et al., 2023: 2).
Altos potenciales: biodiversidad y silvicultura
Como se ha mencionado, la biodiversidad y los bosques de América Latina son claves para la estabilización de los ecosistemas mundiales. El primer paso y el más importante, entonces, sería protegerlos, es decir, reducir los altos niveles de deforestación que han vuelto a aumentar en los últimos años. Felizmente, desde 2023 ha habido buenas noticias, especialmente desde Brasil. La protección de las selvas tropicales no solo sería importante para la conservación de los ecosistemas, sino también como conservación de los sumideros de carbono. Utilizando y ampliando estos sumideros podrían crearse nuevas oportunidades de ingresos para la población, las pequeñas y medianas empresas y las administraciones locales. Además, como reitera la CEPAL (2023: 20):
los Pueblos Indígenas son agentes fundamentales del cambio. Ocupan una quinta parte de la superficie de América Latina y el Caribe (404 millones de hectáreas) y más del 80 % de su territorio está cubierto por bosques. Desempeñan un papel crucial en la gestión y el uso sostenible de la biodiversidad, pero aún no se ha desarrollado la gobernanza necesaria para fortalecer su papel de custodios.
Hacia una bioeconomía latinoamericana
En la agricultura también se vislumbran cambios hacia prácticas más sostenibles, lo que a su vez puede ofrecer una serie de oportunidades. La CEPAL favorece el paradigma de la “bioeconomía” para guiar los cambios pendientes, porque “la bioeconomía permite abordar simultáneamente varios retos estructurales y nuevos” (CEPAL 2023: 24), tales como (i) mejorar los sumideros de carbono asociados a las actividades productivas primarias (bosques, suelos y mares); (ii) reducir los problemas ambientales causados por el uso de fertilizantes sintéticos nitrogenados y desarrollar biofertilizantes y otros insumos basados en recursos biológicos; (iii) el destacado papel que el ganado vacuno desempeña en las emisiones (CH4) ofrece oportunidades para mejorar la digestibilidad de los pastos y los piensos, y para realizar modificaciones genéticas que mejoren la metanogénesis de los rumiantes; (iv) las externalidades negativas del sector pueden ser aprovechadas para producir bioenergía, biomateriales y otros bioproductos de alto valor agregado; (v) los cambios en los modelos de consumo crean posibilidades para diversificar la producción y diseñar productos de mayor valor agregado, como alimentos que tengan mejores cualidades nutricionales (extractos modificados de CEPAL, 2023: 24, 25). Adicionalmente, el uso de las biotecnologías digitales pude aumentar la productividad, apoyar la acción por el clima y mejorar la gestión sostenible de los recursos del agua, el suelo y la biodiversidad (CEPAL, 2021: 101). Estas reformas podrían beneficiar especialmente a las pequeñas y medianas empresas, responsables de gran parte de la producción alimentaria de la región (OECD/FAO, 2023: 132).
Tomando en cuenta estos potenciales, América Latina y sus diferentes países tienen una oportunidad única para apoyar la descarbonización mundial, desde las cadenas de valor renovables hasta el secuestro de carbono forestal y nuevas prácticas en los sectores de transporte urbano y de la emergente bioeconomía (Cadena et al., 2023: 14). La gran pregunta es si las actuales formaciones políticas seguirán atrapadas en sus ámbitos políticos clásicos o si lograrán aprovechar con el tiempo estos potenciales y combinarlos con una política social prudente.
Conclusiones
Este capítulo ha examinado lo que un reto clave del futuro –el cambio climático– podría significar para América Latina. A pesar de que la región contribuye “relativamente” poco al cambio climático global, el continente puede beneficiarse enormemente de la reducción de sus emisiones y, por tanto, también de la introducción de un nuevo modelo de desarrollo que tendría una multitud de ventajas para las generaciones futuras.
Es obvio que existen muchas nuevas oportunidades de desarrollo en diferentes sectores que podrían ser aprovechadas dentro de una estrategia de transformación. Parte esencial para movilizar los recursos públicos y privados es cambiar la narrativa del “cambio climático como problema” por la de “cambio climático como oportunidad”. Pero se requieren también cambios políticos y una gobernanza efectiva para guiar esta transformación y mitigar posibles problemas distributivos. Parece probable que el abandono de un antiguo modelo de desarrollo y la introducción de uno nuevo también esté asociado a nuevos actores políticos y no solo permita nuevas mayorías políticas, sino que además las presuponga.
También podrían surgir nuevas oportunidades para una división eficaz del trabajo en cooperación con los gobiernos y administraciones subnacionales (“gobernanza multinivel”), tanto en la mitigación como en la adaptación. En el pasado, eran sobre todo los gobiernos urbanos/subnacionales –y redes internacionales entre ellos– los que se mostraban muy activos en el ámbito de la política climática (Fuhr et al., 2018).
Dado que ni los gobiernos del continente, ni las empresas privadas, ni las fuerzas de la sociedad civil pueden ofrecer por sí solas soluciones compactas para esta transformación, es necesaria una cooperación específica entre estos agentes –es decir, una gobernanza efectiva de la transformación– para establecer estrategias altamente consensuales, implementarlas gradualmente, aprender de las prácticas, corregir posibles errores y ajustar la estrategia nuevamente (Fuhr, 2022).
Si la transformación se gestiona bien, la abundancia de recursos críticos de la región para la transición a neto cero podría estimular la inversión en infraestructuras y capital humano, y podría catalizar tanto la transferencia de tecnología como la innovación. La cooperación internacional podría ayudar a América Latina a estar más conectada: con la financiación, los mercados y las empresas mundiales. La población de la región es joven, lo que favorece las oportunidades de crecimiento y las nuevas formas de hacer las cosas.
Podría surgir un círculo virtuoso en el que la inversión y la innovación aumenten la productividad, impulsen los ingresos privados y públicos y creen el capital, humano y de otro tipo, que permita un mayor crecimiento. Esta podría ser la oportunidad de la región para experimentar la expansión económica que se observa en los países de renta media que superan a los demás. Por el contrario, si la transición se gestiona mal, la región podría encontrarse con un aumento de la desigualdad, de las tensiones sociales y del estancamiento económico (Cadena et al., 2023: 19).
Por supuesto, también es aplicable aquí la frase del literato alemán Bertolt Brecht, quien subrayó que “el amanecer de una nueva y mejor era no llega, como llega el alba, tras una buena noche de sueño”. Los esfuerzos, de hecho, son grandes. La clase política de la región lleva décadas soñando con un desarrollo alternativo: podría empezar aquí y ahora.
Bibliografía
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