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Huellas de la Memoria

Un registro de las violencias del Estado y las resistencias desde abajo

May-ek Querales Mendoza

Introducción

En 2014 Alfredo González, escultor y activista, comenzó a charlar con varias madres de personas desaparecidas para ofrecerles hacer memoria grabando frases que describieran su lucha sobre un par de zapatos que hubiesen utilizado en sus procesos de búsqueda. La idea circuló y llamó la atención de varias personas dedicadas a la búsqueda que empezaron a expresar su voluntad de participar en la propuesta.

Conforme empezamos a recibir zapatos enviados desde todo el país, e incluso desde el extranjero, la propuesta devino proyecto de memoria y, en 2018, nos asumimos como colectivo Huellas de la Memoria. Desde ahí escribo este texto, con la intención de extender la reflexión compartida entre las y los compañeros del colectivo sobre la construcción-producción de la memoria sobre la desaparición forzada en México.

Aun cuando en nuestra labor nos apoyamos en herramientas del arte, recuperamos repertorios regionales para la representación de la lucha y tenemos un compañero escultor y una compañera pintora, consideramos importante aclarar que no nos asumimos como un colectivo artístico. Esto no ha impedido que una muestra de nuestro trabajo haya sido exhibida en galerías, o que durante 2018 las Huellas hayan circulado por diversos museos en Europa y América Latina. Estas experiencias nos han permitido tener la certeza de que nuestras metas no giran alrededor del circuito del arte. En él hemos encontrado dificultades para que sea respetada nuestra intención de denuncia política con carácter histórico.

En el circuito del arte hay una representación hegemónica sobre las secuelas que dejan tras de sí las guerras y la memoria que puede producirse alrededor de ellas. Es una representación anclada en la idea de exterminio que amontona zapatos o prendas de las víctimas para conmover al espectador con la devastación.

Nuestro proyecto propone modificar la mirada. Consideramos que la memoria que se convoca desde zapatos apilados y abandonados solo recupera la representación de la maquinaria de guerra y su producción de despojos humanos. A partir de la idea de que “la cultura nunca debe entenderse como un repertorio homogéneo, estático e inmodificable de significados” (Giménez, 2009, p. 10), nos distanciamos de esas formas de representación con la intención de contribuir a memorializar la resistencia frente a la desaparición forzada.

En tanto la memoria no solo es representación, sino un proceso de construcción, nos hemos planteado como objetivo la producción de Huellas que registren la memoria de las y los buscadores que denuncian la desaparición forzada en México desde la década de 1960. En el colectivo recuperamos como punto de partida que la desaparición de personas no es un hecho reciente y que no surge ni con la guerra contra las drogas que Felipe Calderón declaró cuando era presidente, ni con la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa el 25 y 26 de septiembre de 2014. La desaparición de personas forma parte de un plan estructurado para perpetuar el terror y tener el control de la población y los territorios. 

Desde la década de 1960 los territorios de nuestro país han sido invadidos paulatinamente por las prácticas que constituyen la desaparición de personas. Circuitos de detención clandestina y las rutas institucionales e ilegales, que se han diseñado para ocultar el paradero de una persona, se han entrecruzado con la participación de integrantes del crimen organizado y el interés en nuestros recursos naturales por parte de organizaciones transnacionales, para convertir a más de noventa mil personas en el blanco de uno de los crímenes más atroces.

Construida a raíz de la denuncia que madres argentinas realizaron en la Plaza de Mayo, la categoría detenido-desaparecido, origen del concepto desaparición forzada, comprendía únicamente a las víctimas que eran desaparecidas por agentes estatales poniendo bajo cierta invisibilidad, cuando no estigmatización, a las personas que eran desaparecidas por otro tipo de actores. Esta distancia conceptual comenzó a disiparse en los encuentros regionales entre colectivos, en la marcha por la dignidad nacional iniciada en 2012 y, a partir del 30 de agosto de 2014, cuando colectivos de familias en todo el país y en Centroamérica coincidieron en la denuncia pública de la desaparición de personas en México (esta es una de las semillas del hoy conocido Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México).

A partir de ahí las familias comenzaron a desarrollar procesos para que todas las víctimas sean reconocidas como personas desaparecidas y sean buscadas con la misma urgencia. Con ello han demostrado su capacidad para incorporar perspectivas complejas, contradictorias, impuras e imperfectas; escapando en muchos casos a la dicotomía víctima-victimario.

Amplia fue la revisión teórica y jurídica realizada en México por especialistas para determinar si existían puntos de equivalencia entre una desaparición cometida por, o con la aquiescencia de, agentes gubernamentales (ya sean policías, de cualquiera de las múltiples agencias, o miembros de las fuerzas armadas) y aquella cometida por miembros de grupos del crimen organizado. Esta discusión tuvo como resultado la aprobación de la Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas, cuyo gran avance radica en reconocer que aun cuando el victimario sea un integrante del crimen organizado la situación de desaparición es innegable como hecho victimizante. Tristemente esta ley ha venido a agregarse a los circuitos burocráticos de indiferencia, borramiento e invisibilización de las víctimas y sus familias.

Huellas de la Memoria, instalación de Huellas, 24 de febrero de 2020

Fotografía de la autora.

Huellas de la Memoria

Desde 1960 las familias de las personas desaparecidas han producido, parafraseando a Gilly (2006), la historia a contrapelo de la represión. Las familias han resistido los esfuerzos institucionales por negar el paradero de sus seres queridos y la experiencia de los sobrevivientes, las familias han hecho lo posible por permanecer en pie y exigir la presentación con vida de toda persona desaparecida. Hablamos de una historia tejida con las lágrimas, pero también con el valor de miles de familiares que han logrado sobreponerse al terror para alzar la voz y denunciar.

Es aquí donde se eslabona el trabajo de Huellas de la Memoria. Somos un colectivo cuyo objetivo es hacer memoria, construirla, reconstruirla, resignificarla, recuperarla, difundirla y sembrarla en el corazón de esta sociedad olvidadiza. Al aproximarnos a las y los buscadores disputamos el territorio al silencio y a la normalización del crimen.

¿Cómo se produce una huella de la memoria? Quien busca escribe sobre un papel los datos del evento: día, mes, año y lugar en que su ser querido fue desaparecido y, en ocasiones, hay quien agrega el nombre y grupo delincuencial de pertenencia del perpetrador. Una vez concluida la escritura, suelen doblar el papel y colocarlo dentro de uno de los zapatos que donan al colectivo para que grabemos sobre ellos el mensaje.

Carta de María de los Ángeles Mendieta Quintana

Fotografía del archivo de Huellas de la Memoria.

Grabamos la memoria, trazamos las palabras sobre las suelas de los zapatos y luego recorremos el trazo con una gubia. La imprimimos, la exponemos, la contamos, queremos hacerla verbo, volverla acción, preservarla en el presente para tener futuro. Intentamos recuperar la memoria de quienes faltan, juntamos la memoria de quienes buscan, de quienes caminan, de quienes exigen. La memoria de todas y todos, la memoria de ustedes, la memoria nuestra. Buscamos acuerpar la memoria de los indignados, de quienes le seguimos apostando a la vida, con la ausencia a cuestas, pero con la lucha de todos los días.

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Fotografía del Archivo de Huellas de la Memoria.

Trabajamos con los zapatos de las buscadoras con la meta de honrar su lucha; buscamos hacer presentes a las buscadoras y los buscadores en múltiples espacios a través de sus zapatos. Con sus huellas intentamos mostrar la continuidad histórica de una práctica que se ha perpetuado a lo largo del territorio mexicano.

Nuestro trabajo se hace a contrapelo, se yergue sobre redes solidarias que se construyen de a poco, granjeándose la confianza de las familias y caminando con ellas; construyendo espacios de diálogo y escucha. Trabajamos con los zapatos de las buscadoras con la meta de honrar su lucha; buscamos hacer presentes a las y los buscadores en múltiples espacios a través de sus zapatos. En las instalaciones colocamos las huellas en orden cronológico para que el visitante pueda observar la continuidad de una práctica que se esparce a lo largo del territorio mexicano.

Frente a la desmemoria y el olvido, elegimos el color. Gilberto Giménez (2009) nos dice que la memoria colectiva requiere de marcos sociales, nosotros miramos hacia los repertorios compartidos en América Latina y asignamos colores a las huellas de acuerdo con la historia que les acompaña: elegimos el color verde para recalcar la esperanza que vemos en el andar de cada buscador y buscadora; el color naranja para quien logró sobrevivir a un proceso de desaparición, personas que estuvieron en las garras de la detención clandestina y lograron salir con vida de ella; con el color rojo mostramos las huellas de quienes fueron asesinados en el proceso de búsqueda y en color negro indicamos las huellas de quienes fallecieron sin haber localizado a su ser querido.

Desde hace un par de años, el colectivo ha sido convocado para acompañar a las madres en eventos conmemorativos; ya sea la Marcha de la Dignidad Nacional realizada cada 10 de mayo (Día de las Madres en México) desde 2012, o la fecha de desaparición de sus hijos. Mauricio Gaborit (2006) nos dice que las conmemoraciones son de capital importancia para la reparación del tejido social, la recuperación de la memoria histórica y la recuperación socioafectiva de personas y comunidades. De esta forma, las Huellas han sido incorporadas en procesos de conmemoración significativos para las madres y se han convertido en un recurso dentro de los procesos que cada una lidera en su comunidad. Asimismo, hemos recibido Huellas de personas buscadoras en múltiples estados del país. En cierta forma procuramos grabar un camino visible entre las múltiples búsquedas que se realizan en el país desde la década de 1960.

La memoria es pública

En 2017 Huellas de la memoria logró trazar por primera vez un camino entre las calles de la Ciudad de México. Ante el crecimiento de nuestro acervo, decidimos imprimir las Huellas en una manta como una forma de mostrarlas a la mirada pública y, al mismo tiempo, acompañar con ellas los pasos de las buscadoras en sus marchas. En cierta forma, transportar el lienzo de tela en las marchas sintetiza en una imagen el trabajo de memoria: requiere el esfuerzo de varias personas que caminan juntas para sostener y distribuir el peso de historias individuales entretejidas sobre la tela. Una vez que se llega al lugar del mitin el largo lienzo exige el cuidado colectivo para que se respete su espacio y no caminen por encima de él.

Marcha del 10 de mayo de 2017

Fotografía del Archivo de Huellas de la Memoria.

El 19 de enero de 2020 Huellas de la Memoria inició un proceso de marcaje permanente sobre el espacio público. Ese día se colocó el primer grupo de huellas impresas en mosaico sobre uno de los muros que rodea la Glorieta Insurgentes, justo frente a las oficinas de la Fiscalía General de la República (FGR) en la Ciudad de México. El acto fue convocado por Ana Enamorado para exigir, nuevamente, justicia por la desaparición, diez años atrás, de su hijo Oscar Antonio López Enamorado.

En el acto de marcar el espacio público extendimos la invitación a las y los buscadores y sobrevivientes que han compartido sus huellas con la labor del colectivo. Trabajamos con ellos para que instalen con sus propias manos la marca de memoria que apuntará hacia los trabajadores de la FGR. El objetivo es que cada vez que entren y salgan del edificio vean los rostros de las personas desaparecidas y las huellas de quienes les buscan.

El 24 de febrero de 2020 se realizó una segunda instalación de huellas frente a la FGR, a la que acudió Melchor Flores, padre de Melchor Flores “el Vaquero Galáctico”, desaparecido en febrero de 2008 en la ciudad de Monterrey. Don Melchor tomó el mosaico con las huellas de su hijo; lo sujetó con firmeza y lo colocó sobre la pared; cerró su puño derecho y con la palma golpeó suavemente, pero con firmeza, para que se adhiriera al muro. Después sostuvo unos minutos el mosaico y deslizó su mirada humedecida sobre las huellas. Un reportero le preguntó qué pensaba en ese momento y Don Melchor le respondió:

Es un momento muy difícil para mí, en lo personal, para mí es una fecha en cierto modo muy fuerte porque, por azares del destino, mañana cumple 11 años de desaparecido mi hijo. Este evento para mí es muy fuerte y es una forma de visibilizar a mi hijo hacia las autoridades que no hacen lo que les corresponde y seguimos igual, como hace 11 años con las manos vacías; porque el que te den un apoyo económico no se puede comparar con el amor que le tengas a un hijo. Para mí es muy importante esta fecha y con gusto vengo a hacerlo y con todo el cariño, si él me escucha al rato, mañana, quiero que sepa que sigo en esta lucha porque el amor es más grande y más fuerte que el sufrimiento por todo lo que hemos pasado, por todos los desprecios que nos ha hecho el gobierno, porque nos desprecia. Él quisiera que no hiciéramos esto, él quisiera que no hiciéramos nada, pero no. Con todo gusto y con todo cariño, con todo amor para mi hijo sigo en esta lucha (Pérez, 2020).

Aunque este nuevo camino para las Huellas se entretejió con la pandemia por covid-19, durante 2020 tuvimos un par de acciones más en la vía pública. Así, el 26 de septiembre de ese año acompañamos las acciones de protesta y exigencia de justicia de las madres y padres de los 43 estudiantes de Ayotnizapa. Ese día, las huellas se cimbraron y acompañaron el grito unísono de los normalistas “Porque vivos se los llevaron, ¡vivos los queremos! Ahora, ahora, se hace indispensable, presentación con vida y castigo a los culpables ¡ayotzi vive, la lucha sigue, ayotzi vive vive, la lucha sigue sigue!”.

Las huellas de las madres y padres de los 43 fueron instaladas en un tejido de manos que materializan la idea de que la memoria es colectiva, la construimos y la sostenemos entre todos. Esta práctica se ha reproducido en esa apropiación del espacio público, en la que los integrantes del colectivo no somos los protagonistas sino facilitadores de un acto que nos trasciende como personas y que va más allá de la materialidad del grabado de la Huella original. Bajo esta perspectiva vemos con agrado la apropiación que algunas familias han realizado sobre el muro en el cual hemos venido trabajando. A partir de septiembre de 2020 empezamos a encontrar otras piezas sobre el muro, entre las Huellas ahora es posible observar fichas de búsqueda plasmadas en mosaico.

Hasta ahora, la única meta que nos hemos trazado como colectivo es colaborar en la reconstrucción de la memoria de la desaparición forzada en México. Todos nuestros esfuerzos se dirigen hacia esa meta y en el camino hemos aprendido que los actos de memoria articulan posibilidades de reivindicación para las víctimas y sus familias, al colocar sus nombres en el espacio público, producen una operación que posibilita dignificar los sentimientos de los sobrevivientes.

Bajo esta lógica, el 9 de mayo de 2021 se colocaron también las huellas de personas que buscan a sus seres queridos desde Centroamérica. Colocamos en ese espacio los rostros de las personas migrantes que desaparecieron en su tránsito por México, mostrando una faceta de la desaparición que a veces se olvida: la nacionalidad de una persona no le niega, en ninguna circunstancia, el derecho a la justicia ni el derecho a ser buscada. Visibilizar y nombrar permite reconstruir la historia desde otro lugar, desde abajo y más allá de las fronteras.

A manera de cierre

En Huellas de la Memoria reconocemos a las familias de personas desaparecidas como luchadoras incansables y constructoras de paz, son ellas quienes han desarrollado esfuerzos de imaginación ética, varias madres han mirado de frente a victimarios, les han abrazado y han hablado con ellos para indagar sobre el paradero de sus seres queridos. Al hacerlo han reconocido que, aun habiendo cometido actos de crueldad, los victimarios son pequeños, incluso diminutos, con un corazón que late igual que el propio.

Ha sido el trabajo de las familias el que ha orientado nuestros criterios de producción de objetos para la memoria hacia rumbos de apertura ideológica y metodológica, la memoria en la cual colaboramos procura recuperar el registro de todas las personas desaparecidas.

Dicha memoria construye historia frente a los números, a las estadísticas, a los expedientes y a los casos: las personas desaparecidas no son cifras, su búsqueda y su historia son únicas. Cada Huella dice eso. No fueron “levantados”, no “se desaparecieron”, no “se extraviaron”, no “se fueron”, ni ninguna referencia utilizada para disminuir la responsabilidad del Estado en la desaparición, el dolor y la incertidumbre que desde hace décadas tenemos en nuestro país. En nuestro trabajo y nuestro posicionamiento cambiamos el “se” por el “fue” o “fueron” desaparecidos, porque en todas estas historias están los culpables: militares, policías, paramilitares, parapolicías y demás grupos que existen por voluntad del Estado mexicano.

Cuando hablamos de memoria nos referimos a un proceso, algo en movimiento y permanente construcción y cuya defensa debe ser persistente. La memoria afirma la vida, en palabras de Eduardo Galeano: “Los desaparecidos no desaparecen, ni desaparecerán mientras estén vivos en la memoria de quienes se reconocen en ellos”.

Si bien en México las familias de personas desaparecidas pueden ser nombradas como constructoras de paz, no debemos olvidar que la violencia sistémica que produjo la desaparición de sus seres queridos sobrepasa el cuerpo y la persona de los perpetradores. Pese al trabajo constante que realizan las y los buscadores, la maquinaria de producción del terror sigue funcionando y en varias ocasiones ha redirigido su objetivo precisamente hacia quienes trabajan en la construcción de paz.

Así, el 19 de julio de 2019 fue asesinada Zenaida Pulido Lombera en una carretera en Michoacán, después de haber participado en la V Caravana Internacional de Búsqueda realizada en dicho estado. De esa manera Zenaida se incorporó a la fila de 14 personas defensoras de derechos humanos asesinadas en México durante 2019, y en su homicidio resuena la impunidad que rodea los casos de otras mujeres asesinadas para acallar su búsqueda y exigencia de justicia: Miriam Elizabeth Rodríguez Martínez fue asesinada en Tamaulipas el 10 de mayo de 2017; Doña Cornelia Guevara, asesinada el 15 de enero de 2016; Sandra Luz Hernández, asesinada en Sinaloa el 12 de mayo de 2014 y Marisela Escobedo, asesinada en Chihuahua el 16 de diciembre de 2010. 

En este contexto, en el que las violaciones a derechos humanos no solo se han mantenido constantes, sino que se han incrementado, ¿es posible hablar sobre una cultura de paz? Esta cultura se cimenta sobre una metodología relacional, es decir, observar los fenómenos en sus relaciones mutuas y que, aun cuando existan interpretaciones opuestas, los actores trabajen en reconocer como válidos todos los puntos de vista. ¿Es esto posible en un contexto como el nuestro? Si la validez coquetea con el reconocimiento, ¿es posible reconocer a los actores políticos que se amparan en el discurso de paz para producir diferenciación entre las víctimas y que, tiempo después, desacreditan sus exigencias?

Pensemos, por ejemplo, que cuando Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia aseguró que se investigaría a fondo, se conocería la verdad y se castigaría a los responsables por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Casi un año después, el actual presidente del país dijo en una de sus conferencias que en el caso de los jóvenes de Ayotzinapa no se podía hablar de crímenes de Estado.

El lenguaje está dotado de poder y en tanto no se localice a las personas desaparecidas, no se castigue a los responsables ni se generen lógicas restaurativas en las comunidades, hablar de cultura de paz parece más un recurso demagógico y una simulación que una apuesta comprometida con la resolución efectiva de los conflictos. 

Referencias

Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión (17 de noviembre de 2017). Ley General en Materia de Desaparición Forzada de Personas, Desaparición Cometida por Particulares y del Sistema Nacional de Búsqueda de Personas.

Gaborit, M. (2006). Memoria histórica: revertir la historia desde las víctimas. ECA. Estudios Centroamericanos, 61 (693-694), 663-684.

Gilly, A. (2006). Historia a contrapelo. Una constelación. México D. F.: Editorial Era.

Giménez, G. (2009). Cultura, identidad y memoria. Materiales para una sociología de los procesos culturales en las franjas fronterizas. Frontera Norte, 21 (41), 7-32.

Pérez, P. (24 de febrero de 2020). Transmisión en vivo. Facebook. https://tinyurl.com/y93b9z3k.



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