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Capítulo 4

Carla Pierri[1]

Es mejor tener el pelo libre
que la libertad con fijador

(Pedro y Pablo, “La marcha de la bronca”)

Un periodo novedoso: 1968-1971

Un Centro Piloto de Comunidad Terapéutica 1968-1971

Gabriela[2] nació en 1917 en Balcarce, Provincia de Bs. As. En algún momento desconocido para quienes leímos su historia clínica, se mudó a Avellaneda, es decir que como migrante interna se ubicó donde muchos: en el conurbano bonaerense. Allí vivió hasta 1969, cuando, con 52 años y siendo viuda, fue internada en el Hospital Neuropsiquiátrico Esteves, ubicado en la actual localidad de Temperley del partido de Lomas de Zamora de la Provincia de Buenos Aires.

Mapa del centro de la Provincia de Buenos Aires
con la localidad de Balcarce, Argentina, marcada

Fuente: Google Maps, extraído el 22-4-2018.

Mapa del sur de la CABA y conurbano bonaerense aledaño con las ubicaciones del Hospital Piñero, el Municipio de Lanús y el Hospital Esteves de la Provincia de Buenos Aires, Argentina, marcadas

Fuente: Google Maps, extraído el 22-4-2018.

Llegó al Esteves acompañada por su hija, derivada desde el servicio de Psicopatología e Higiene Mental del Hospital Piñero, donde había permanecido por dos meses y medio.

Desde aquel hospital informaban que solo atendían internaciones agudas y breves, y, como tenían falta de camas, solicitaron el ingreso de la paciente al neuropsiquiátrico de la Provincia de Buenos Aires. Según ellos, Gabriela presentaba “síntomas de alienación mental” con diagnóstico “tipo hebefrénico (parafrenia) 300.1”.

En el Esteves su ingreso es refrendado por una médica psiquiatra (hecho poco frecuente, con anterioridad solo hay registro de varones), quien consignó que Gabriela había sido internada en el Piñero debido a una “serie de actividades raras entre las que predominaban conductas antisociales de tipo exhibicionismo erótico”, que habían aparecido un año y medio atrás. Tenía “pérdida total de la autocrítica”, estaba poco comunicativa y respondía a las preguntas casi exclusivamente con monosílabos y “haciéndose evidentes fallas en la evocación”. Su diagnóstico fue “demencia”. La hoja preimpresa de registro de su ingreso incluía un espacio para el “examen psicológico”. Ese ítem resulta novedoso en relación con plantillas preimpresas de años anteriores, donde solo registraban los médicos y no incorporaban a otras disciplinas. Ahora bien, curiosamente aunque en la HC de Gabriela existía el espacio para la anamnesis psicológica y de historia social, estos fueron dejados en blanco.

Durante los primeros meses de su internación en el Esteves, se registró que asistió a “entrevistas”, que estaba triste por la muerte de su esposo (“llorosa”, “parcialmente orientada”, “con conciencia de situación pero no de enfermedad”). Fue medicada con tres Stelazine (neuroléptico), dos Artane (antiparkinsoniano) y dos Nozinan (neuroléptico) por día. Tales indicaciones se fueron modificando con observaciones, agregados y cambios de medicación.

A los tres meses de su ingreso, hacia principios de 1970, fue trasladada al Pabellón 9. El tipo de registros y palabras se modificó a partir de este traslado. A los dos días de ingresar al Pabellón 9 se registró que se había presentado al “interrogatorio” con “ropa escasa […] no valorando tal situación”, era “pueril”, estaba “mal orientada en tiempo y lugar”, y “reclamaba su externación”. El médico interviniente destacó una “imposibilidad de establecer una conexión”. Dos días después le aplicaron una ampolla de Halopidol I-I-I (antipsicótico neuroléptico). Todo ello contrasta claramente con lo descripto en el párrafo anterior para los primeros meses de internación. A los tres meses aproximadamente, fue “encontrada en el patio obnubilada” con una infección facial. Le pusieron hielo y se inició un tratamiento con Amitripcilina 1-1-1. Tres días después comenzó con deposiciones diarreicas muy frecuentes y dolor que se mantuvieron hasta que hacia junio de 1970 tuvo una “sepsis médica” y “se constató su deceso” a las 7:30 a. m. por una “insuficiencia cardíaca aguda” con una enterocolitis como antecedente clínico. Entre su internación y su fallecimiento, pasaron ocho meses. Su cuerpo fue retirado por sus familiares.

¿Cómo se comprende el brusco cambio en los tipos de registros al ser trasladada desde el pabellón de admisión hacia otro? ¿Qué cuestiones referidas a los discursos científicos, a las discusiones en salud mental se vislumbran en este recorrido? ¿Qué formas institucionales coexistían en el hospital en ese momento?

La Comunidad Terapéutica en el asilo de alienadas: el Centro Piloto en las entrañas del manicomio

“… el impacto fue enorme… yo creo que fue lo más importante
que hicimos en nuestra vida…”
(Vayo en Entrevista a Vayo y Grimson, 2013)

La experiencia del Centro Piloto de Comunidad Terapéutica (CP) del Hospital Esteves funcionó entre julio de 1968 y enero de 1971. Mientras duró esta experiencia, según sus protagonistas, todos los ingresos al hospital fueron realizados por una evaluación conjunta de psicólogos, psiquiatras y asistentes sociales de dicho CP (Grimson, 1972). Esto explica el formulario triple en la admisión de Gabriela (psiquiatría, psicología, social), aunque resulta llamativo que en su historia se hubiese completado solamente el espacio destinado para psiquiatría. ¿Habrán participado las otras disciplinas del ingreso, pero no registraron nada en el formulario? ¿Por qué?

Las comunidades terapéuticas se impulsaron como experiencias piloto en la Argentina durante la dictadura del Gral. Onganía en distintas colonias del país retomando una propuesta de 1953 de la Organización Mundial de la Salud que, en un contexto de horror al nazismo y sus campos de concentración, notando su parecido con algunos manicomios, había llamado a transformar los hospitales psiquiátricos en comunidades terapéuticas (Galende, 1990). Sumado a tales críticas, el gran número de personas con secuelas psicológicas por la guerra y la llamada “revolución psicofarmacológica” modificaron las perspectivas posibles para los tratamientos (Galende, 1990; Grimson, 1972). Justamente fue en la década del 50 cuando se descubrieron los primeros psicofármacos antipsicóticos, tranquilizantes, antidepresivos y estimulantes (Clorpromazina, en 1952; Haloperidol, en 1958; Clozapina, en 1966), que implicaron la posibilidad de trabajar distintos padecimientos mentales fuera de los manicomios. Este es un momento de ebullición de críticas al modelo psiquiátrico tradicional y de nacimiento del campo de la salud mental (Galende, 1990). Dentro de esta perspectiva crítica al manicomio, se fueron desarrollando distintas experiencias que dieron cuenta de la crisis del paradigma de la psiquiatría tradicional en el mundo.

Desde el Institutuo Nacional de Salud Mental, creado en 1957, se impulsó la creación de comunidades terapéuticas en distintos hospitales (entre ellos el Esteves) y colonias como pruebas piloto.[3].

Las comunidades terapéuticas nacieron en Inglaterra justamente en la posguerra (si bien la denominación es de Maxwell Jones), cuando Bion y Rickman trabajaban con soldados afectados mentalmente en 1943 en el Northfield Hospital, organizando grupos para discutir colectivamente sus problemas, así como para decidir cuestiones que hacían a la organización del pabellón. Los presupuestos que tiene no son tanto médicos como sociológicos (Galende, 1990), a saber: libertad de comunicación en todos los niveles y sentidos, análisis de los intercambios institucionales en términos de dinámicas grupales o interpersonales, asamblea diaria o periódica como órgano de gestión, gobierno y evaluación de las actividades, entre otros.

Durante la experiencia del CP en el Esteves, según sus coordinadores, las internaciones tendieron a abreviarse y a eliminarse las que fueran innecesarias (Grimson, 1972).

Al momento del inicio de la planificación del centro piloto, en 1968, el Esteves contaba con 2 500 pacientes internadas crónicas (Vainer, 2005) y recibía trescientas nuevas por año

a la par de tener el mismo número por egresos por defunciones. La edad promedio de las mujeres era de cincuenta y cinco años, llevando diez de internación. Las pacientes provenían de distintos lugares del país, pero especialmente de los manicomios de Buenos Aires que lo consideraban un depósito final. El trato era un reflejo fiel de las prácticas manicomiales: almuerzos a las 10:30 de la mañana y cenas 15:30 por conveniencia del personal; prácticas pseudoterapéuticas utilizadas como castigo (electroshock, shock insulínico, chalecos de fuerza y absceso de fijación) (Vainer, 2005).

En el Esteves de estos años, convivieron dos instituciones con sus respectivas prácticas inscriptas en paradigmas divergentes en salud mental: el manicomio y la comunidad terapéutica. Cada uno tenía sus lógicas, y, debido a que estas eran profundamente contrapuestas y se cuestionaban mutuamente, se produjeron tensiones destacables.

La experiencia de la comunidad terapéutica comenzó concretamente en julio de 1969 y su equipo contó con “veinte médicos, doce psicólogos, cuatro sociólogos, dos psicopedagogos, cuatro terapistas ocupacionales, cinco asistentes sociales, doce enfermeras y numerosos voluntarios” (Vainer, 2005). Para las tareas que se proponía el centro piloto, remodeló un pabellón donde poder realizar internaciones breves incorporando la atención de pacientes varones. Así las áreas de trabajo eran: sala de varones, sala de mujeres (ambas salas sumaban un total de setenta y dos camas), admisión y hospital de día (para veinte personas). La estructura de trabajo con la que contó el CP incluía a ocho profesionales: dos supervisores de psicólogos clínicos, tres de psicoterapia de grupo, un supervisor de terapia familiar, un supervisor de pedagogía y un supervisor del proceso institucional (con un colaborador), con reuniones de ocho horas de trabajo periódicas (Grimson, 1972).

En cuanto al personal del hospital y posibles disputas o resistencias al centro piloto, los entrevistados mencionan que en el Esteves había antes de su llegada solo diez médicos, mientras que el centro piloto tenía muchos más profesionales mejor pagos, ambulancias, camionetas y residentes médicos. Notable diferencia para poder pensar proyectos terapéuticos en salud mental.

Este dato da cuenta, por un lado, de la diferencia abismal en el número de profesionales con relación al de personas internadas entre un asilo de crónicas y un “hospital”. Asimismo, se visibilizan otras condiciones precarias de trabajo, como el salario bajo o la falta de recursos.

El “centro piloto” (CP) en dos años atendió aproximadamente de quinientos a seiscientos pacientes. Según los Dres. Vayo y Grimson (Grimson, 1972), desde el centro piloto se realizó “una experiencia de transformación del hospital desde el manejo de los agudos”. El Pabellón Ayerza fue el centro de admisión. Allí debió haber ingresado Gabriela, allí debió haber asistido a las “entrevistas” donde la vieron “llorosa”, “triste”, y donde registraron con espacios de pocos días la evolución de ella con relación a su medicación.

Fotografía del SUM del Pabellón Ayerza en 2013

En el CP había un equipo de terapia ocupacional (entrevista a Vayo y Grimson, 2013). Este último equipo tenía lectura de diario todas las mañanas con las personas internadas con la intencionalidad de mantener la relación con la vida cotidiana (Grimson, 1972). También había salidas a recorrer la ciudad, la costanera, el obelisco (Grimson, 1972).

Asimismo, y tal como postulan las comunidades terapéuticas, había asambleas de trabajadores y pacientes que llegaron a ser de 300 personas (Grimson, 1972), y cada tres meses aproximadamente hacían alguna celebración de primavera, fin de año, 25 de Mayo (Grimson, 1972).

El CP, al centralizar la admisión, cambió los recorridos de internación en relación con admisión y derivación a clínicas privadas. Antes del CP la monjas (hermanas del huerto) cobraban un bono de internación del paciente en la cooperadora antes de la admisión y se derivaba a clínicas privadas  de la zona (pertenecientes a los mismos profesionales), a quienes consideraban que podían pagar (entrevista a Vayo y Grimson 2013): “invertimos el recorrido de la admisión” y “les cortamos el negocio de las clínicas privadas”. 

En cuanto al contraste con el resto del hospital, los entrevistados planteaban: “Vos entrabas y no lo podías creer. Primero que no diferenciabas el que era profesional del que era paciente. Porque todos estábamos de jean y remera” (entrevista a Vayo y Grimson, 2013). Agregaron que lo “increíble” era que estaban todos bañados, limpios, a diferencia de los pacientes de otras salas, que tenían barbas “de dos o tres semanas”. Cuando Gabriela fue trasladada al Pabellón 9, justamente lo que cambió no fue la mampostería de su sala, sino la institución y sus prácticas: allí pasó a ser “pueril”, “desorientada en tiempo y espacio”, la medicación comenzó a serle administrada vía inyectable. Los cambios en las palabras, en las miradas, en los registros se entraman con el ingreso a otra institución donde morirá luego de meses de registros de diarreas.

Lo que más quiero destacar es la necesidad de equipos, de profesionales, supervisores, para poder construir y sostener dispositivos de externación. Crear una política desinstitucionalizadora requiere presupuesto, recursos. Diferenciar esto de intenciones deshospitalizadoras y ajustadoras en la actualidad es la espinosa tarea que nos toca como trabajadores de la salud mental.

Represión en el Centro Piloto del Esteves

“En febrero de 1971 las autoridades…
volvieron a autorizar el uso de chalecos de fuerza.

El mismo día una enfermera arrojó un balde de agua fría

sobre una paciente excitada para calmarla.

El manicomio había vuelto al Esteves”

(Carpintero, Vainer, 2005, p. 159)

A mediados de 1970, se intervino el INSM, que pasó a estar a cargo de Augusto Badano, médico cirujano del Hospital Churruca. Semanas después, en septiembre, intervinieron el hospital con Juan Ramón Rodríguez Lonardi a la cabeza.  Con él se trazó un plan de dispersión, traslados y cesantías de los trabajadores del centro piloto (Grimson, 1972). La reacción de pacientes y trabajadores del hospital hizo que la situación se mantuviera hasta diciembre.

En noviembre se solicitó la prescindibilidad de la encargada de hospital de día del CP Dra. L. Edelman. El equipo del centro piloto respondió. Los primeros días de enero de 1971, mediante la aplicación de la ley de prescindibilidad y como castigo, veinticinco trabajadores del CP fueron dejados cesantes y la policía no los dejó ingresar al hospital (Grimson, 1972). La reacción tanto de la asamblea como del personal especializado fue oponerse a estas disposiciones (ver notas periodísticas en el diario La Prensa en la última semana del año 1970). Este hecho generó un gran impacto en la opinión pública, que se plasmó en las numerosas críticas y cruces de acusaciones de índole política, terapéutica, moral y administrativa, dirigidas a las comunidades terapéuticas y a los profesionales a cargo aparecidas en la prensa gráfica (Grimson, 1972; Carpintero y Vainer, 2005; Golcman, 2012). El diario La Prensa nombraba a los trabajadores en paro activo como “los quejosos”, como “dignos de un colegio nacional” o como “histerizados”(La Prensa, 23-12-1970; 24-12-1970). Se acusaba al centro de realizar orgías sexuales, de que sus miembros eran “subversivos” y “comunistas” (Carpintero, Vainer, 2005).

Por aquellos años, la dictadura de Onganía era famosa por su alianza con sectores clericales y por llevar adelante “el reordenamiento del orden moral” para enfrentar la subversión marxista. Asimismo, en 1967 había aprobado la Ley 17.401 sobre Represión de Actividades Comunistas, en las que se prohibían las actividades consideradas de tal ideología, se definían rangos de año de cárcel para quien violara dicha ley y se prohibía el ejercicio de funciones públicas para personas que fueran definidas como comunistas.

Cabe construir un saldo de interrogantes que deja esta experiencia: ¿qué implicancias tienen los discursos científico-morales sobre las vidas y sobre las experiencias de transformación de relaciones de poder? ¿Por qué se eligen temas sexuales y de política para desprestigiar una experiencia? ¿Por qué tanto interés en un efector de salud mental? ¿Qué de la regulación de lo sano y lo enfermo se pone en juego? ¿Qué implicancias para las relaciones civiles/patrimoniales? ¿En un solo hospital? ¿Qué ocurre cuando existe un lugar donde ubicar aquello que no encaja?

Algunos plantean que en ese momento volvió el manicomio, tal vez podamos plantear que en ese momento el manicomio volvió a fagocitarse al pabellón del hospital que había logrado transitar otra experiencia, otro hospital.

Ahora bien, hay una pregunta incómoda para nosotros/as, trabajadores/as de la salud y de la salud mental. Sin duda, para quienes participan de las experiencias alternativas al manicomio la marca de esa posibilidad es quizás un rayón que torció su destino de internación manicomial; ahora bien, ¿qué ocurre con los otros, los que no ingresan a estos dispositivos si continúa existiendo un lugar donde ubicar lo otro, lo que no encaja, lo que no es posible “resocializar” debido a su cronicidad? ¿Qué ocurre con aquellos que no pueden ingresar a estas experiencias y son derivados al “otro hospital”? Nos preguntamos por “lo alternativo”, por sus enormes posibilidades en los recorridos concretos y sus contradicciones en relación con los pacientes que se aceptan y los que se dejan por fuera de estas posibilidades. Tal es el caso de Gabriela:  ingresó al CP, pero al tiempo fue derivada al Pabellón 9, donde
moriría meses después.

Esta pregunta esconde algunas anteriores. ¿Es posible la desmanicomialización en un solo servicio? ¿En un solo país? ¿Qué ha ocurrido con las experiencias aisladas o piloto en salud mental? ¿Qué destino tienen las propuestas alternativas al manicomio que conviven con él? ¿Es posible que dejen de existir espacios con lógica manicomial dentro de un sistema de producción cuyo núcleo vertebrador es la mercantilización de las distintas facetas de la vida humana?

Fuente: diario La Prensa, 24 de diciembre de 1970.

Referencias

Acta Neuropsiquiátrica Argentina. “En torno al problema de la asistencia psiquiátrica nacional”. [Editorial]. 1959: 5.

Archivo General de la Nación. Pak Linares A. Fondo Hospital Neuropsiquiátrico “José A. Esteves”. Buenos Aires: Archivo General de la Nación, Departamento Archivo Intermedio; s/f.

Basaglia, F. (2008). La condena de ser pobre y loco: alternativas al manicomio. Buenos Aires: Topía.

Carpintero, E. y Vainer, A. (2004). Las huellas de la memoria I. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los 60 y 70. Tomo 1: 1957- 1969. Buenos Aires: Topía.

Carpintero, E. y Vainer, A. (2005). Las huellas de la memoria II. Psicoanálisis y salud mental en la Argentina de los 60 y 70. Tomo II: 1970-1983. Buenos Aires: Topía.

Cutuli, A. (2006). Comunidad de Locos [documental]. Argentina.

La Prensa (29 de diciembre de 1970). “Declaraciones sobre el conflicto del Hospital Esteves”.

Departamento de Enfermería, Hospital Esteves. Reseña Histórica del Hospital Interzonal “José A. Esteves” (1908-1998). CIPRYS Reseña biográfica del Dr. José a Esteves [Documento de trabajo]. Temperley, 1998.

Galende, E. (1990). “El sistema de la salud mental e Historia Crítica: de la psiquiatría positivista a las políticas de salud mental”. En Psicoanálisis y Salud Mental. Para una crítica de la razón psiquiátrica. Buenos Aires: Paidós.

Golcman, A. (2012). “Tendencias innovadoras en las prácticas psiquiátricas. Argentina, 1960-1970”, Rev. Cienc. Salud, 10 (3), pp. 387-401.

Grimson, W. R. (1972). Sociedad de locos: experiencia y violencia en un hospital psiquiátrico. Buenos Aires: Nueva Visión.

La Prensa (23 de diciembre de 1970). “Incidentes en el Pabellón Modelo del Hospital Esteves”.

La Prensa (23 de diciembre de 1970). “La situación en el pabellón modelo de un hospital neuropsiquiátrico”.

La Prensa (23 de diciembre de 1970). “Realiza paros el personal del Hospital José Esteves”.

Ley Comunismo Represión N° 17.401 de 1967. Disponible en https://bit.ly/2SjztRg (15-6-16).

Stolkiner, A. I. (2003). “Nuevos enfoques en Salud Mental”. Ponencia en 14.º Congreso Latinoamericano de Arquitectura e Ingeniería Hospitalaria; 8-11 de sep. de 2014; Sanatorio Güemes, Buenos Aires.

Sy, A., Pierri, C., Granda, P., Strasser, G., Visciglia, K. y García, C. (2014). “Continuidades y cambios en la atención de personas con sufrimiento psíquico. Una aproximación a través del análisis de noventa años de Serie Historias Clínicas (1897-1987)”. Ponencia en XI Congreso Argentino de Antropología Social; 23-26 de jul. de 2014; Universidad Nacional de Rosario, Rosario.

Sy, A., Pierri, C., Barrio, A. L., Gutiérrez, M. y Naszewski, M. (2015). “El aporte de los datos epidemiológicos a la comprensión de la historia de la Salud Mental en Argentina. El caso del Hospital Esteves entre 1959-1973”. Ponencia en IV Jornadas Interdisciplinarias Territorios, memoria e identidades; 5-6 de nov. de 2015; Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas, Buenos Aires.

Vainer, A. (2005). Sociedad de locos. Topía.

Fuentes documentales

Archivo General de la Nación, Departamento Archivo Intermedio, Base de Serie Historias Clínicas del Hospital Esteves, s/f, Disponible en AGN.


  1. Lic. en Psicología UBA, Mg. en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud UNLa. Integrante y becaria del equipo de investigación UNLa dirigido por la Dra. Sy (2012-2017) y del equipo codirigido por la Lic. Ros y la Dra. Wlosko (2017-2019). Docente de SPSM II e investigadora UBA. Psicóloga en Unidad Pedagógica de la DG Docencia e Investigación GCABA. Psicóloga clínica. maildecarlapierri@gmail.com.
  2. Archivo General de la Nación, Departamento Archivo Intermedio, Fondo documental del Hospital Esteves, Serie Historias Clínicas, “Gabriela”.
  3. Wilbur Ricardo Grimson y equipo estuvieron en un pabellón del Hospital Esteves (Provincia de Buenos Aires); Luis César Guedes Arroyo, en el Hospital Neuropsiquiátrico Roballos de Paraná (Entre Ríos); Julio J. Herrera, en el Hospital Psiquiátrico “El Sauce” (Mendoza); Raúl Camino, en Colonia Federal (Entre Ríos), por mencionar solo algunos nombres y lugares.


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