Anahi Sy
El Esteves desde su creación. ¿A quiénes recibe?
Las instituciones psiquiátricas en nuestro país forman parte de la historia reciente, inicialmente orientadas al control urbano de la población, la beneficencia, caridad y filantropía, el cuidado de enfermedades y de cierta moralidad y orden social establecidos para la época.
En 1852 la Sociedad de Beneficencia llama la atención sobre las mujeres consideradas “alienadas”, recluidas en las cárceles “sujetas con cadenas a la pared o metidas en el cepo, al mismo tiempo que otras muchas mendigaban por las calles o vagaban por los cercos de las quintas”. Las damas de la Sociedad de Beneficencia solicitaban que fuesen llevadas al Hospital de Mujeres, donde se habilitó un “patio para dementes” (Ingenieros, 1920: 78).
Estas primeras acciones se orientan a hacer más humanos los tratamientos y cuidados de muchas mujeres que hasta ese momento se las consideraba “incurables”, “delincuentes” o “inmorales”, términos que eran usados de manera indistinta para la época. Rápidamente se produce un gran crecimiento en el número de mujeres para el espacio disponible, y es entonces cuando la Sociedad solicita “un local apropiado a su custodia y tratamiento”. El Gobierno da intervención a la Comisión Filantrópica, y su presidente, el doctor Ventura Bosch, aconseja que se establezca un Hospicio de Mujeres en las afueras de la ciudad. En el año 1854, se crea en Buenos Aires el primer nosocomio dedicado a la asistencia de mujeres, el Hospital Nacional de Alienadas (HNA) –actual Braulio Moyano–, donde fueron trasladadas todas las mujeres “dementes” del Hospital de Mujeres (Ingenieros, 1920: 79).
Debido a la sobrepoblación y hacinamiento que se produce en pocos años, en 1908 se inaugura en la ciudad de Lomas de Zamora el “Asilo de Alienadas”, como un anexo del HNA (Ablard, 2008), que responde a la necesidad de contar con un establecimiento suburbano o rural que permita albergar a las enfermas consideradas “crónicas” y “discapacitadas”, que obstaculizaban la asistencia de las “agudas”. La atención en la institución estaba a cargo de una congregación religiosa: las Hermanas de la Caridad. Esta institución en 1946 alcanza autonomía del HNA y en 1958 pasa a depender del Instituto Nacional de Salud Mental (Sy et al., 2014). Es hacia 1976 cuando el asilo adquiere su designación actual: Hospital Interzonal José Esteves.
En ese sentido, la mayor parte de las historias clínicas que analizamos, especialmente las más antiguas, tienen su inicio en otras instituciones que las derivan al Esteves, donde fallecen.
El análisis se basa en un acervo documental de 4 058 historias clínicas correspondientes al periodo 1895-1987 que se encuentran en el Archivo Intermedio del Archivo General de la Nación, provenientes del Hospital Neuropsiquiátrico de mujeres José Esteves de la Provincia de Buenos Aires (Argentina).
A continuación, presentamos una descripción socio-epidemiológica de las principales características de las personas internadas durante un periodo que abarca casi un siglo, situándolo en su contexto sociopolítico e institucional.
Los ingresos en su contexto sociohistórico
Al analizar los datos de las internaciones, resulta llamativa la cantidad de mujeres migrantes que se interna respecto de aquellas de nacionalidad argentina en las primeras cuatro décadas analizadas. Entre 1895 y 1940, entran 1.711 mujeres, más de la mitad de nacionalidad extranjera (952 extranjeras y 739 argentinas, en 20 casos no se consigna nacionalidad). Estos valores se invierten al avanzar desde 1940 hacia 1980.
Si nos remitimos a los datos del Segundo Censo de la República Argentina, realizado en 1895, encontramos que, desde el primer censo de la Argentina en 1869 hasta la fecha del segundo censo en 1895, es decir, a lo largo de 26 años, la población de argentinos casi alcanza a duplicarse, mientras que la población extranjera se quintuplica (tabla 1). Particularmente en 1895, el número de población extranjera en la Argentina en bruto representa casi un tercio de su población total.
Tabla 1: población argentina y extranjera y proporción por mil de extranjeros sobre el total de habitantes según datos del segundo Censo de la República Argentina (1895)
| Año | Argentinos | Extranjeros | Proporción por mil de extranjeros en el total de habitantes |
| 1869 | 1 526 734 |
210 292 |
121 |
| 1895 | 2 950 384 |
1 004 527 |
254 |
Fuente: Segundo Censo de la República Argentina (1895).
Según los datos de HCL analizadas, vemos que hacia 1914 recién comienza a aparecer un número significativo de ingresos de población extranjera, respecto de años previos (gráfico 1).
Gráfico 1: registro de ingreso de población inmigrante y argentinos para el periodo 1895-1987, en archivo de historias clínicas
del Hospital Esteves

Fuente: Archivo historias clínicas para el periodo 1895-1987.
En ambos censos (1869 y 1965), se toman datos de la población considerada “según sus defectos físicos y psíquicos”, tal como queda expresado en la publicación del censo. Inicialmente, los datos censales muestran el número de enfermos en cama al momento del censo, luego se proporcionan los datos de la población sordomuda, sigue “idiotismo” y, por último, aparecen los datos para los “alienados”.
Tabla 2: número de alienados registrados para la Argentina según el Censo de 1895 y su proporción por cada 100.000 habitantes
| Nacionalidad y sexo | Número absoluto de alienados | Proporción por 100000 hab. |
|
Argentinos Varones Mujeres Varones Mujeres |
833 878 587 349 |
57 58 92 94 |
| Argentinos varones y mujeres Extranjeros varones y mujeres |
1 711 |
58 |
| Varones argentinos y extranjeros Mujeres argentinas y extranjeras |
1 420 |
68 |
| Total general | 2 647 |
67 |
Fuente: Segundo Censo de la República Argentina (1895).
En los datos se observa que la “población alienada” extranjera representa casi la mitad de la “población alienada” argentina en números absolutos, sin embargo, en términos de proporción cada 100.000 habitantes, vemos que la proporción de extranjeros casi alcanza a duplicar a la de los argentinos. Al respecto, la interpretación que se hace en el censo señala: “Quizá tenga en esto una parte importante el alcoholismo mucho más desarrollado en la población extranjera que en la argentina y también la mayor preocupación en la lucha por la vida que lo afecta más intensamente que al nativo” (Censo de la República Argentina, 1985). Al analizar la distribución por provincias, se observa una fuerte proporción en la capital, comprensible por el hecho de que es el único lugar donde hay establecimientos destinados al tratamiento de estas personas.
En su libro La locura en la Argentina, José Ingenieros señala que en 1880 los doctores Lucio Meléndez y Emilio R. Coni calcularon que en la Argentina existían 4,5 alienados por mil habitantes y hacían notar que el mayor coeficiente conocido en Europa era de 3,5 por mil correspondiente a Inglaterra. Una síntesis de los resultados censales de 1869 publicado por Ingenieros (tabla 3), a partir de cuadros publicados separadamente por Meléndez y Coni, muestra que para 1869 la proporción de “alienados” en orden decreciente era la siguiente.
Tabla 3: población por provincia, número absoluto de “alienados”
y proporción por mil habitantes
| Provincia | Población | Alienados | Proporción por mil |
| La Rioja | 48 746 | 262 | 5,4 |
| Mendoza | 65 413 | 330 | 5,0 |
| Jujuy | 40 379 | 203 | 5,0 |
| San Luis | 53 294 | 248 | 4,6 |
| Córdoba | 210 508 | 568 | 2,7 |
| Tucumán | 108 953 | 247 | 2,7 |
| Salta | 88 933 | 194 | 2,2 |
| Buenos Aires | 495 107 | 984 | 2,0 |
| Entre Ríos | 132 271 | 233 | 1,8 |
| Corrientes | 129 023 | 228 | 1,8 |
| San Juan | 60 319 | 106 | 1,7 |
| Catamarca | 79 962 | 129 | 1,6 |
| Santiago del Estero[1] | 132 898 | 154 | 1,5 |
| Santa Fe | 89 117 |
117 | 1,3 |
| Total | 1 830 003 | 4 003 | 2,3 |
Fuente: elaboración propia a partir de datos provenientes de Ingenieros (1880).
Además, señala que hacia 1869 había más alienadas (1,54 por mil) que alienados (1,37 por mil). Asimismo, destaca que la población de alienados por nacionalidades ha sido y es proporcional a la población adulta, y que es por haber computado en el cálculo de población total a los menores la razón por la que aparecen desproporcionadas las cifras de extranjeros. Ingenieros destaca que a partir de 1870 los cálculos por provincia son difíciles ya que se establece “la costumbre de enviar sus alienados más incómodos a los asilos de Buenos Aires”; señala que “la nacionalización de los hospicios y colonias de alienados” regularizó esa situación (Ingenieros, 1880).
Otra cuestión que señala es que la inmigración, mayor desde 1870 a 1910, es un factor de aumento en el índice de alienación, pues la mayoría de los inmigrantes son adultos. En cambio, el aumento vegetativo de la población argentina muestra que el número de menores había aumentado proporcionalmente más que el de adultos en esos años.
Si analizamos en los datos del Hospital Esteves los picos de ingresos, observamos que se inician en 1914, pero que son especialmente pronunciados en los años 1932 y 1938 (ver gráfico 2). El promedio de años total de estada (permanencia) en el hospital es de 19,4, y por años oscila entre los 12,6 para 1948 y 37,2 en 1982.
Gráfico 2: curva de ingresos por año de mujeres fallecidas
durante su internación en el Hospital Esteves (1897-1987)
Fuente: elaboración propia a partir de archivo de historias clínicas para el periodo 1895-1987.
Al respecto, es necesario aclarar que el proyecto psiquiátrico de la primera mitad del siglo XX se orienta a fortalecer “la salud de la Nación”. Las ideas psiquiátricas sobre el trabajo, la familia y el género tuvieron una profunda influencia en las experiencias de los pacientes. Los médicos y el equipo eran proclives a considerar el testimonio familiar e ignorar las aseveraciones de aquellos confinados que podrían haber hecho comprensible su extraño comportamiento; se tomaban importantes decisiones médicas basadas en breves chequeos superficiales y altamente rutinarios (Ablard, 2008). Mientras que no existían diagnósticos específicos asociados a las mujeres inmigrantes, los médicos consideraban factores socioculturales como el estrés de la migración y los roles no tradicionales que tomaban las mujeres inmigrantes a su llegada a Buenos Aires, como factores que predispusieran a la locura. Los diagnósticos o etiquetas psiquiátricas no tenían una valoración neutral. Más bien, la distancia social entre el profesional y los sujetos (definidos por estatus socioeconómico, raza, género, etnicidad, comportamiento, ideología política, entre otros) fue un determinante principal para declarar a una persona “insana” (Ablard, 2008).
Dovio (2014) analiza los proyectos legales sobre “peligrosidad” que fueron presentados en el Congreso de la Nación Argentina entre 1924 y 1928, publicados en la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal entre 1927 y 1934, mientras fue dirigida por el médico Osvaldo Loudet. Al respecto, señala que, para la época, aquellos individuos que significaran un peligro para el ordenamiento urbano de este ideal tipo de ciudad “corporativa” debían ser expulsados o regenerados, según fuera el caso. Cobró gran importancia la noción de peligrosidad, ya que, entre otros, designó a quienes podían virtualmente atacar el régimen establecido. Además, fue vinculada a la doctrina de la defensa social “entendida como el derecho de la sociedad de defenderse de todo individuo o grupo que atentara o pudiera dañar potencialmente al cuerpo social” (Dovio, 2014: 97).
Es en este contexto en el que emerge como propuesta de defensa social crear una red de instituciones para los individuos considerados peligrosos, de allí que se planeaba crear asilos para vagabundos, alcohólicos y colonias agrícolas para niños abandonados. Todas ellas eran consideradas conductas predelictivas, lo que suponía que debían recibir algún tipo de tratamiento estatal por falta de adaptación social: “Se buscaba realizar una defensa social preventiva respecto de la futura delincuencia” (Dovio, 2014: 97). Además, se buscó adecuar la legislación penal a tales objetivos de control de la peligrosidad.
La peligrosidad también designó a individuos que se encontraban en condiciones sociales y económicas desfavorables; en este período se habían multiplicado en Buenos Aires las “villas miserias”, donde los individuos vivían sin servicios (cloacas, luz, gas), descriptos como focos de los peligros más diversos y como parte de un proceso de migraciones internas. Apareció una fuerte relación construida entre peligrosidad y pobreza material.
El Instituto de Criminología mantuvo comunicaciones regulares con otros Institutos de Medicina Legal reconocidos en Europa. Estas dependencias aparecieron con la función de realizar detallados diagnósticos clínicos criminológicos en la específica articulación entre el campo médico, judicial y penitenciario. Sus historias clínicas (elaboradas bajo el modelo psicopatológico y, más tarde, interdisciplinario) sirvieron de insumo a jueces y agentes penitenciarios para tomar decisiones sobre la vida de detenidos en prisión. Las clasificaciones sobre peligrosidad elaboradas a partir de los diagnósticos particulares se presentaron como una novedad y como útiles para la proyección de una red de instituciones para distintas “peligrosidades sociales” en casos de semialienación, alcoholismo o “parasitismo social” (entendiendo por tal “vagancia crónica”).
Otro aspecto clave para la época fue la relación entre inmigración e insania, que se convirtió en uno de los principales temas sociales del discurso psiquiátrico argentino adentrada la década de 1940. La inmigración no regulada estaba íntimamente vinculada a un problema mayor, la modernidad (urbanización, intensificación de la economía de mercado, cambio en los roles femeninos), lo que operó como explicación de la creciente incidencia no solo de la insania, sino también del retraso mental, el abuso del alcohol, el crimen, la prostitución y la “desviación sexual” tanto en hombres como en mujeres. Los médicos argumentaban que existían factores inherentes al proceso de inmigración, especialmente la miseria, el aislamiento y el alcohol, que, según ellos, favorecieron el desarrollo de las enfermedades mentales (Ablard, 2008).
Este contexto permite comprender, considerando las concepciones de salud/enfermedad mental para la época, que resulta más probable la patologización de aquello que se sanciona moralmente, catalogado como lo peligroso y la perversión (al respecto ver Foucault, 2000).
Si nos remitimos a los datos del gráfico 2, observamos que cada uno de los picos de ingresos coinciden con el establecimiento de gobiernos militares: 1930-1932, 1962-1963, 1966-1970, 1970-1971, y 1971-1973. El golpe de Estado encabezado por Félix Uriburu lo estableció en la presidencia entre marzo de 1930 y febrero de 1932, cuyo sucesor fue Agustín P. Justo, desde febrero de 1932 a febrero de 1938. Su época se denominó la Década Infame debido a la corrupción que imperó en el país y el fraude recurrente en las elecciones a cargos públicos. Durante la década de 1930, se asistió en Argentina a un proceso de militarización del aparato de control social tal como lo hemos descripto previamente. Dentro de las imágenes que aparecieron en Buenos Aires, estuvo la de crear una ciudad “corporativa” como sistema político biológico en el que se definiera el tamaño máximo y deber productivo de la ciudad, en el que cada parte debiera cumplir con su función, naturalizando desigualdades sociales parangonadas a las que existían entre distintos tipos de células y tejidos del organismo biológico, en el marco de un régimen de facto (Vallejo, 2010: 84).
Stagnaro (2006) plantea que el dispositivo psiquiátrico que se estableció en las primeras décadas del siglo XX se estancó en un funcionamiento definitivamente manicomial del que no salió más. Sin embargo, ya a comienzos de los años 30, el balance fue desastroso y el escándalo provocado por su funcionamiento manicomial alcanzó la denuncia que hizo pública Bosch en 1931, “El pavoroso aspecto de la locura en la República Argentina” (Bosch, 2004), donde plantea la preocupación sobre el aumento en las últimas décadas de “enfermos mentales”. Ello da cuenta del estado crítico del espacio asilar. Volviendo a las cifras, encontramos que los picos que siguen, aunque menores, también coinciden con gobiernos militares de 1962 (José María Guido asume la presidencia en lugar de Arturo Frondizi) hasta 1963, cuando asume Illia, hasta 1966, cuando tras un golpe de Estado se suceden en el poder tres dictadores militares: Juan Carlos Onganía (1966-1970), Marcelo Levingston (1970-1971) y Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973).
Al respecto emerge la pregunta: ¿será que las políticas represivas y la moralidad que caracterizan a estas formas de gobierno inciden sobre un mayor número de ingresos, o será el clima de agitación social e inestabilidad que precede a estos gobiernos lo que incide favoreciendo la producción de malestar y sufrimiento psíquico?
No podemos generalizar una respuesta más allá de la indagación sobre lo ocurrido en cada periodo particular.
En los capítulos que siguen, seleccionamos un periodo, tema y/o problema particular para desarrollar a partir de la presentación de un caso. Es así que, con base en el análisis minucioso de las historias clínicas, reconstruimos una trayectoria de internación cuyo recorrido serviría como caso-ejemplo de otros similares.
En el primer capítulo, presentamos la trayectoria de “Ella”, respetando en lo posible el formato y organización original de las historias clínicas analizadas, para que el lector se haga una imagen de los documentos con los que se trabajó. Esta construcción nos permite ilustrar sobre las múltiples miradas y lecturas –en su mayoría masculinas– que dan forma y atraviesan a los cuerpos de las mujeres internadas, mostrando cómo Ella –singular y genérica– se convierte en “loca”. En este mismo capítulo, se esboza algo sobre cuestiones de género que también hablan de todas las mujeres internadas, más allá del periodo que estemos analizando. Sin embargo, este tema se desarrolla con mayor profundidad en el siguiente capítulo.
En el segundo capítulo, la presentación de los casos de Audra y Angélica nos permite hablar sobre el periodo correspondiente a los años 1895 y 1940, marcado por una enorme afluencia de población migrante. En esos años, ser mujer y migrante era considerado un riesgo para la salud mental; es así que dilucidamos cómo construcciones de género estereotipadas conducían a diagnósticos y tratamientos que poco han hecho por los sufrimientos que efectivamente aquejaban a dichas mujeres, al mismo tiempo que se alejaban del ideal de objetividad científica que pregona la ciencia médica.
En el capítulo 3, Marcela Naszweski examina las comunicaciones que se mantienen por correspondencia entre las internas y el “mundo exterior”, entre los trabajadores de la institución, especialmente los médicos y el ámbito judicial, y entre los familiares de las mujeres internadas y el personal de salud. Mediante un análisis del discurso de las cartas enviadas a propósito de un caso, el de Josefina, podemos ver el potencial de estos documentos como fuentes de información sobre lo no dicho de manera explícita que también circula en los diagnósticos, tratamientos y cuidados que recibieron estas mujeres.
En el cuarto capítulo, Carla Pierri desarrolla los eventos ocurridos entre 1968-1971 en la institución, con la instalación de un Centro Piloto de Comunidad Terapéutica, buscando comprender la emergencia y ocaso de una experiencia y propuesta de tratamiento innovadora para la época.
El quinto capítulo remite a un grupo poblacional novedoso: niños y niñas internados en la institución. Aquí, Ana Laura Barrio desarrolla, a partir del caso de Héctor, sobre la corta vida de otros niños y niñas a quienes se alojó, por un breve periodo de tiempo, con algún tipo de diagnóstico y tratamiento psiquiátrico que aún hoy plantea interrogantes y dilemas éticos importantes.
Por último, cerramos este libro con algunas conclusiones, conjeturas e hipótesis que nos conducen a interrogarnos sobre el presente y abrir una discusión para reflexionar sobre la atención a la salud mental hoy.
Referencias
Ablard, Jonathan D. (2008). Madness in Buenos Aires: Patients, Psychiatrists and the Argentine State, 1880-1983. Calgary, Estados Unidos: University of Calgary Press and Ohio University Press.
Bosch, G. (2004). “El pavoroso aspecto de la locura en la República Argentina”. Temas de Historia de la Psiquiatría Argentina. 19. Recuperado de https://bit.ly/2SClowt.
Censo de la Nación Argentina. Segundo Censo Nacional 1895. Tomo 2. Recuperado de https://bit.ly/2PGP0bZ.
Dovio, M. (2014). “La peligrosidad en la Revista de Criminología, Psiquiatría y Medicina Legal”. Buenos Aires, 1924-1934. Revista de Derecho Penal y Criminología, 44-56.
Foucault, M. (2000). “Clase del 15 de enero de 1975”. En Los Anormales (pp. 39-59). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Ingenieros, J. (1920). La locura en la Argentina. Primera edición. Buenos Aires: Cooperativa Editorial Limitada.
Stagnaro, J.C. (2006). “Evolución y situación actual de la historiografía de la psiquiatría en la Argentina”, Frenia, VI, pp. 9-37, p.12.
Sy, A.; Pierri, C.; Granda, P.; Strasser, G.; Visciglia, K. y García, C. (2014). “Continuidades y cambios en la atención de personas con sufrimiento psíquico. Una aproximación a través del análisis de noventa años de Historias Clínicas (1897-1987)”. En Actas XI Congreso Argentino de Antropología Social. GT. 38. Rosario [en línea]. Disponible en https://bit.ly/2ZlggQg [visitado el 6/07/2015].
Vallejo, Gustavo (2010). “Roma-Buenos Aires: un eje para la expansión de la biotipología y el fascismo”. En Vallejo, G. y Miranda, M. Derivas de Darwin. Cultura y política en clave biológica (p. 84). Buenos Aires: Siglo XXI Editores.
- Ingenieros destaca que la población total de Santiago del Estero fue adulterada con fines políticos, lo que explica su escasa proporción de alineados (Ingenieros, 1880).↵









