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6 El modelo legislativo de la cosmovisión científica

Su legado a la economía y al problema del dinero en la Modernidad

Fernando Beresñak

¿Concuerdan las designaciones y las cosas?
¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?
Solamente mediante el olvido puede el hombre alguna vez llegar a imaginarse que está en posesión de una “verdad” en el grado que se acaba de señalar

F.W.N. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral

Introducción

El dinero, en tanto gesto que permite la conversión de cosas en valores, necesita concebir a sus objetos en un orden espacial determinado. Sin esta operación, no sería posible identificar las cosas y menos aún hacer efectivo su poder de conversión. De la misma manera, serán los modos en que esta espacialidad sea concebida lo que permitirá distintos órdenes sobre los cuales se configurarán y asentarán los valores. Aquí no trataremos de demostrar causalmente que los distintos regímenes económicos provienen de las concepciones espaciales, ni que estas dependen de aquellas. Más bien, intentaremos identificar cómo es que unos y otras fueron sufriendo modificaciones de manera relativamente paralela y convergente, para así habilitar una reflexión sobre la problemática en cuestión.

Michel Foucault ha señalado una preocupación similar sobre estos temas. Tanto en el capítulo sexto de Las palabras y las cosas como en las primeras clases de su seminario denominado Seguridad, territorio, población, el filósofo francés llama la atención sobre el modo en que determinadas formas de concebir el espacio en la modernidad fueron acompañadas de otras tantas transformaciones en el nivel económico. Más específicamente, rescató las solidaridades entre el espacio moderno y el surgimiento de lo que se ha dado en llamar liberalismo[1] económico.

Sin embargo, consideramos que este autor no extrajo la totalidad de las consecuencias que se desprenden de esas solidaridades entre el problema del espacio y la economía, y menos aún con respecto al dinero. Foucault transitó sobre la superficie del problema señalando que, desde allí, se observaba en las profundidades la importancia de la problemática espacial, pero no se sumergió a analizar la dinámica de su funcionamiento. Él estaba focalizado en otros ejes más cercanos a su investigación. Por ello, siguiendo sus observaciones, y con el objetivo de continuar iluminando los vínculos entre el dinero y el espacio, en lo sucesivo nos arrojaremos a dichas profundidades.

Empezaremos con una serie de consideraciones históricas, las cuales permiten situar los modos en que las transformaciones económicas que suceden desde el siglo XVI al XX fueron acompañadas por las modificaciones suscitadas en lo que a grandes rasgos podríamos denominar el problema del espacio. Si bien este registro es notablemente amplio, consideramos ayudará a situar el marco dentro del cual trabajaremos el eje temático principal. Pero sobre todo dejará asentado el territorio legislativo sobre el cual se hará visible el nexo que permitirá comprender la herencia económica que la cosmovisión científica le legó a la Modernidad. Es decir, nos concentraremos especialmente en la génesis de la vinculación entre el modelo legislativo científico utilizado para generar una nueva concepción espacial y las transformaciones económicas, especialmente aquella que pretendió aprehender el problema del dinero.

Así, en un segundo punto, indagaremos en lo que Foucault consideró el nivel epistémico sobre el cual se tejían las discusiones en torno al dinero en lo que va del siglo XVI al XIX. Situados en este registro, iremos desembrollando los modos bajo los cuales se ha pensado el dinero en el período histórico señalado, y así confinar al mismo a una forma de concebirlo que nos permita reflexionar sobre el modo en que el hombre lo utiliza. Sobre todo, nos interesará hacer visible la solidaridad entre esas formas de concebir el dinero y el modelo legislativo que había implantado la cosmovisión científica para entender el espacio en el que habitamos.

Luego de esos análisis, estaremos en condiciones de concluir el trabajo con una reflexión sobre el gesto de conversión que constituye al dinero para así aportar algún elemento conceptual a la indagación sobre la naturaleza del mismo. En tiempos como los nuestros, exploraciones como éstas resultan ineludibles.

Las transformaciones espaciales y económicas,
y la implementación del nuevo modelo legislativo científico

El feudalismo, que a pesar de sus movimientos y transformaciones internas[2] se mantuvo en pie rigiendo la economía de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, tenía su razón de ser –política y económica– en un orden finito, cerrado y jerárquico. Así también era la concepción cosmológica proveniente del aristotelismo que regía por aquel entonces.[3] La aceleración de la decadencia de aquél régimen económico tuvo lugar en los siglos XIV y XV, llegando a su fin en el renovado engranaje entre artesanía, agricultura y comercio que se produjo en el siglo XVI. Este momento es acompañado por un tiempo en el cual la concepción del cosmos quiebra su orden, pero no para someterse definitivamente a la infinitud o indefinición del espacio, sino para reconstituirse bajo un nuevo orden reestablecido por Nicolás Copérnico a través de su teoría heliocéntrica.[4]

Más allá de las indagaciones de numerosos autores, durante el siglo XVI el cosmos se mantendrá (re)ordenado y, junto a él, también tendrán lugar los últimos suspiros del feudalismo. Estos eran observables en las transformaciones políticas y en las nuevas formas comerciales que traían aparejados los recientes descubrimientos y la reconfiguración de un mundo nuevo. Será a inicios del siglo XVII, en la voz de Galileo Galilei, y a pesar de Johannes Kepler, cuando el orden del cosmos se diluya en la infinitud o indeterminación del espacio. El comienzo de este siglo quebrará de una vez por todas con la intención –también antigua[5]– de un orden de la naturaleza cognoscible sobre el cual articular –no sólo– los aspectos económicos de la sociedad.

Sin un orden natural que sostenga las decisiones de los gobernantes, los artistas del poder comenzarán a dibujar aquí y allá los argumentos del nuevo régimen que dirigirá la vida en el siglo XVII. Las distintas características del nuevo sistema tendrán la peculiaridad de estar tejidas, todas ellas, sobre el mencionado desengaño cosmológico y sobre el intento de construir un nuevo edificio que permita fundamentar las decisiones políticas.

En el interior de este crudo escenario (no hay que olvidar la magnitud del impacto ocasionado por un cambio cosmológico de estas características), cobrarán vida el mercantilismo –con su fuerte intervención estatal en los aspectos económicos– y lo que Foucault ha denominado la disciplina de los cuerpos dóciles. En definitiva, tomarán preeminencia dos formas de intervención institucional que, si bien atacan regiones distintas de la sociedad, subterráneamente se encuentran ligadas por algunos hilos comunes. Ambas tienen como objetivo el orden, el acrecentamiento y la explotación de las fuerzas y potencialidades de producción. Las dos conciben el espacio y así aquello que allí se encuentra –sea el comercio, sea el cuerpo de los hombres– como un lugar indeterminado en cuanto a su ser y, por ello, abierto para la intervención y correlativa producción de lo que las autoridades considerarían necesario para la sociedad.

Es evidente que siempre se ha hecho esto. Pero la característica distintiva aquí es que la disciplina sobre los cuerpos y el mercantilismo en el comercio aparecen como dos intentos, más bien dos experimentos, sin suelo y sin límites, de proyectar un tipo determinado de sociedad. Una sociedad que estará, eso sí, asentada sobre la hipótesis de un universo materialista, corporal y calculable matemáticamente.[6]

En ese sentido, más arraigado al síntoma de la época resulta ser el hecho de que los que se autoproclamaban responsables de llevar adelante la sociedad del siglo XVII se encontraban no en un puro relativismo, sino en un estado de relativa arbitrariedad. Especialmente lo estarán ya que no tenían un suelo natural firme sobre el cual justificar sus acciones.

Así, el siglo XVII constituirá un período privilegiado para estudiar lo que sucede cuando, como decía Kant, se da “un estado de necesidad de la razón (sea teórico o práctico) que la haya obligado a elevarse de sus juicios sobre las cosas a los fundamentos, y aun hasta los primeros [principios]”.[7] Allí, tuvo lugar un debate encarnizado sobre la concepción espacial y el modo de construir conocimiento que se debería adoptar, en el cual tuvieron lugar, entre otros, Galileo, Descartes, Leibniz y Newton. Este siglo constituye una mina de oro para comprender las razones, los movimientos y el tipo de experimentos que surgen cuando determinado orden de cosas nos obliga a llevar el pensar más allá de nuestro conocimiento. El sello que intentó clausurar este período de crisis epistemológica y cosmológica parece haber sido impuesto, en parte, por las lecturas que se hicieron de las Meditaciones metafísicas (1641) de Descartes, pero sobre todo por Newton y sus Philosophiae naturalis pincipia mathematica (1687) o, para ser más precisos, por cierto newtonianismo que se habría popularizado a comienzos del siglo XVIII.[8]

Durante el siglo XVIII, pero sobre todo a partir de mitad del mismo, puede observarse un cambio de paradigma, no sólo a nivel económico, sino también en el registro de las prácticas gubernamentales que Foucault denominaba como disciplinarias. La popularización mecanicista del newtonianismo fue abierta al universo científico influyendo campos diversos y con énfasis distintos.

Entre ellos, podemos encontrar su influencia en The Wealth of Nations (1776) y en The Theory of Moral Sentiments (1759), ambos textos escritos por uno de los representantes más destacados de la fundación del liberalismo económico, Adam Smith.[9] Este autor, siguiendo una particular lectura de la obra de Newton, trató de llevar adelante un método analítico vía una diversidad de datos a partir de los cuales deducir inductivamente las leyes ya no de la naturaleza física, sino del comportamiento del hombre (o, al menos, respeto de la región del comportamiento del hombre que él consideró afecta al aspecto económico).[10]

Siguiendo la propuesta de Foucault, a mitad del siglo XVIII también se habría dado un momento de transformación (no de quiebre) del eje sobre el cual actuaron las prácticas gubernamentales. Si bien el dispositivo disciplinario continuará operando, la preocupación esencial será conocer en un territorio determinado el organismo de la población, entendida como cuerpo-especie, y así controlar, encauzar, dirigir o, si fuera el caso, intervenir directa pero excepcionalmente sobre su comportamiento. El objetivo primero ya no será solamente fabricar –al menos, no de un modo directo– un modelo de individuo, sino dejar a la población manifestarse en un grado de relativa libertad, gestionando sus movimientos esenciales. Una vez más, la idea mecanicista sostendrá el edificio de las prácticas gubernamentales. Lo hará no sólo aplicándose al cuerpo máquina (tal como lo había pensado Andrés Vesalio y luego Descartes), sino también al comportamiento de los individuos y de las poblaciones (incluyendo una concepción del modelo urbano que funcione como gestor automático).

Volviendo sobre lo estrictamente económico, el liberalismo se sustentará en un mundo que al tener sus propias leyes naturales habrá que respetarlas dejándolas fluir; ello, si bien el mismo Smith planteará en The Theory of Moral Sentiments que la prudencia de un gobierno se observa en el modo en que se decide a suavizar el curso natural de las cosas.[11] Su margen de acción estará estrictamente limitado a no pretender más que eso y solamente en lo que respecta a aquellas cuestiones que no afectan las leyes “naturales” que ordenan las fuerzas de la sociedad y de la historia.

Por otro lado, si bien algunas concepciones que intentan alejarse de este tipo de liberalismo plantean que, cuando los niveles de desequilibrio sean excesivos, es posible considerar la intervención estatal, lo cierto es que esta intromisión es planteada como una acción necesaria dado que no todas las leyes “naturales” de la economía fueron descubiertas y a que el desequilibrio se debe a alguna intromisión externa al sistema económico natural (por ejemplo, la corrupción). Por ello, estas posturas que intentan alejarse del liberalismo se mantienen bajo el mismo paradigma que su aparente contrincante. Bajo ambas concepciones, el problema consiste en el hecho de que aún no fueron descubiertas las leyes que expliquen con mayor detalle el comportamiento de las variables económicas (dentro de las cuales, habrá que prestar mayor atención al comportamiento de los hombres, aún cuando haya que considerar e incorporar al sistema de variables esos aparentes factores externos –que parecen ser ineludibles– resultantes de su “mal comportamiento”). El sueño de un sistema mecánico, y así libre y automático (una “ciencia” del gobierno moderno) contamina los intentos de frenar el liberalismo más liberal.

Fue así que tanto Smith –y otros– en el campo económico, como Kant en el terreno filosófico, han intentado de maneras diversas, relanzar la apuesta científica newtoniana, aunque desplazándola de un aspecto meramente físico de la naturaleza y arrojándola hacia el hombre y su comportamiento (sea económico, sea ético, etc.).

En ese sentido, el liberalismo intenta cientifizar el comportamiento de los hombres (bajo un esquema bastante cercano al newtoniano), haciendo de aquél el regulador automático, natural, del equilibrio determinado por las fuerzas que componen la mano invisible. En esta misma cosmovisión de un mundo material, físico y calculable se incluyen no sólo el disciplinamiento y la gestión de las poblaciones estudiadas por Foucault, sino también esos sueños de una nueva naturaleza que tanto Herder como Kant manifestaban de diversas maneras en el campo filosófico, pero que también tenían su explicitación en las voces que procedían del terreno estrictamente político.[12]

Bajo esta dirección, el mercantilismo del siglo XVII y comienzos del XVIII y el liberalismo que desde mediados del siglo XVIII se viene manifestando bajos formas diversas, lejos de constituir un esquema propositivo, no serían más que el efecto negativo de aquél quiebre epistémico que se habría producido una vez que el orden natural y divino del mundo de la edad media y el renacimiento fue desanudado y entregado a la incertidumbre y, de allí, a una concepción mecanicista y funcionalista.

Esta cosmovisión que posibilita el cálculo del universo físico-biológico, incluyendo también el comportamiento de los hombres, constituye un entramado de leyes sobre las cuales se habría asentado toda práctica económico-política desde el siglo XVII hasta nuestros días. Este tejido posibilitó el suelo flotante de la representación sobre el cual fundamentar las prácticas gubernamentales y económicas, pero también, debido a su parcialidad y a su puro mecanicismo, funcionalismo o pragmatismo, el agua que le permite flotar también constituye el líquido que la inunda y ahoga bajo la dinámica de su propia lógica.

Quizás sea necesario que metafísica y política se vuelvan a unir bajo el enigma del ser, como lo supieron estar tiempo atrás, y como la temprana modernidad también supo problematizar.[13] Pero es necesario encontrar en esa problematización un universo distinto a los antiguos y diferente al materialismo mecanicista que permite un tipo de cálculo demasiado restringido de los aspectos físicos, biológicos y económicos.

Ahora bien, las consideraciones realizadas hasta aquí, al situarse en un registro general, requieren que a continuación nos detengamos a profundizarlas. Es por eso que, de aquí en más, asentados en la génesis del modelo legislativo-científico, y ahora también económico, nos focalizaremos en el modo en que se ha problematizado el dinero.

La discusión sobre el dinero en el seno de la cosmovisión legada por el modelo legislativo-científico

Terminamos el apartado anterior haciendo referencia al suelo flotante de la representación material y mecanicista, sobre el cual se habría constituido la posibilidad de un orden social, económico y político luego de los efectos de la revolución copernicana. En el siglo XVII la temática del dinero se sitúa exactamente sobre el mismo problema que tuvieron que afrontar el espacio y el orden social, económico y político. Una vez que la semejanza entre el ser de la naturaleza y el ser de las cosas –en este caso, del dinero– ya no era posible (porque el ser de la primera fue quebrada por los efectos de la revolución copernicana, y ya no hay ser de la naturaleza a la cual remitir, ni con la cual asemejarse) ¿cómo hacer para conformar y sostener el valor del dinero?

Siguiendo la hipótesis foucaultiana del capítulo sexto de Las palabras y las cosas diremos que ese enigma será resuelto bajo el mismo paradigma material y mecanicista que se utilizó para problematizar y resolver otras temáticas de la época, algunas de las cuales mencionamos en el apartado anterior. El dinero seguirá siendo forzado a ser entendido en su materialidad, aunque ahora irá constituyendo su “nueva naturaleza” en el suelo flotante de la representación, el cual poco a poco adoptará características cercanas al sistema mecanicista de elementos físicos y variables relativas que funcionaban para comprender el comportamiento humano.

Sin embargo, para poder demostrar eso, es necesario partir –como lo hace Foucault– del modo en que se comprendía el dinero en el siglo XVI, cuando aún aquél y la naturaleza se encontraban, frente al hombre, en una relación de semejanza fructífera:

Si se admite que el cambio, dentro del sistema de necesidades, corresponde a la similitud dentro del de los conocimientos, se ve que una misma e idéntica configuración de la episteme controló, durante el Renacimiento, el saber de la naturaleza y la reflexión o las prácticas concernientes a la moneda.[14]

En el seno de dicho marco, era necesario reflexionar sobre la relación que se mantenía entre el precio de la moneda y el material de la misma, en tanto dicho vínculo constituiría la medida de intercambio para con otros materiales.[15]

Las variables de esta relación no eran las mismas que hoy conocemos. Por aquél entonces, el metal no era un signo que medía el valor de la riqueza; tampoco era un signo cuyo valor estaba dado por su capacidad de servir como mediación para el intercambio de bienes, aunque esta constituía su función. La variable fundamental de esa relación a través de la cual se constituía el valor de la moneda era el precio del metal que la componía, siendo éste determinado por la preciosidad –la rareza- del mismo.[16]

La discusión también dio lugar a una búsqueda del metal más adecuado para ocupar el lugar de moneda, tomando en consideración especialmente su estabilidad cualitativa en el tiempo y que sea universalmente legible.[17]

Enmarcados por los distintos inconvenientes económicos del momento, se intentó asignar un valor cada vez más exacto a la moneda-material. Todos aquellos que intervinieron en la discusión estuvieron parados, más allá de sus distintas posturas, sobre este mismo suelo: “El patrón mismo de las equivalencias está preso en el sistema de los cambios y el poder de compra de la moneda no significa más que el valor mercantil del metal”.[18] Este período, entonces, estará determinado por un modo de comprender al dinero en su materialidad, aunque sustentada en la marca real que ella implica. La semejanza entre el valor de la moneda y la preciosidad de su metal será la característica privilegiada del modo de pensarlo.

Ese modo de comprender el signo monetario como semejanza también se encuentra en el seno de la reflexión sobre la naturaleza del cosmos. Bernardo Davanzatti así lo deja ver en sus Lezione delle Monete de 1588[19], sobre lo cual Foucault apunta:

La reflexión sobre las riquezas oscila así en la gran especulación sobre el cosmos, tal como, a la inversa, el profundo conocimiento del orden del mundo debe conducir al secreto de los metales y a la posesión de las riquezas. Vemos, pues, qué red tan cerrada de necesidad liga, en el siglo XVI, los elementos del saber: cómo la cosmología de los signos duplica y fundamenta, en última instancia, la reflexión sobre los precios y la moneda, cómo autoriza también una especulación teórica y práctica sobre los metales, cómo hace que se comuniquen las promesas del deseo y las del conocimiento, de la misma manera que se responden y se relacionan, por afinidades secretas, los metales y los astros.[20]

Si atendemos a lo ocurrido en dicha época respecto de la concepción cosmológica, podremos notar que esa oscilación entre cosmos y moneda, mediada por la semejanza, sólo fue posible mientras que la –por aquél entonces tradicional- concepción espacial se mantuvo estable. Luego, en el siglo XVII, cuando el orden del espacio se vea realmente quebrado por los descubrimientos e hipótesis de Galileo, así como sobre todo por los planteos de Descartes y Moore (y luego de Leibniz y Newton) relativos a la extensión indefinida o infinita del espacio, la moneda, las riquezas y el pensamiento económico en general ya no encontrarán una tierra firme donde asentar el juego de semejanzas sobre el cual descansaba su red de operaciones. Así, la importancia de la preciosidad del metal se verá trastocada, y el juego de analogías ya no será posible.

Lo natural, lo dado, la certeza se habrán diluido, y las justificaciones deberán tomar nuevos rumbos. Es justamente esto lo que ocurre en el terreno filosófico, cosmológico, físico y económico, por lo que en estos campos se llevarán adelante una serie de hipótesis y experimentos para poder reencontrar o suplir la certeza requerida, entre las cuales surgen el cogito cartesiano y el método newtoniano.

Mientras que el siglo XVI aún intentaba asentar la economía sobre un orden natural, el Estado del siglo XVII comenzará a efectuar una serie de intervenciones en la economía, las cuales se aglutinarán bajo el nombre de mercantilismo. Cuando ya no hubo un orden indiscutible sobre el cual se desarrolle la economía, sobre el vacío que había dejado la antigua y desbaratada concepción espacial, comenzó a operar un intervencionismo económico más o menos arbitrario, que precisó una concepción distinta sobre la cual asentarse. El análisis que hace Foucault de numerosas voces del siglo XVII, le permite afirmar que mientras

que el Renacimiento fundaba las dos funciones del metal amonedado (medida y sustituto) sobre la reduplicación de su carácter intrínseco (el hecho de ser precioso), el siglo XVII hace oscilar el análisis: lo que sirve de fundamento a los otros dos caracteres (la capacidad de medir y la capacidad de recibir un precio aparecen pues como cualidades que se derivan de esta función) es la función de cambio.[21]

Cuando el dinero ya no puede asentarse sobre su borrada naturaleza, comienza a vislumbrarse toda una serie de discusiones en torno a las operaciones que hacen al mecanismo, a la funcionalidad del dinero, prestando especial atención a su circulación y su posibilidad de cambio.[22] Sobre la inestabilidad natural del siglo XVII, el mercantilismo logrará anclar sus prácticas en “una articulación reflexionada que hace de la moneda el instrumento de representación y análisis de las riquezas y, a la inversa, de las riquezas el contenido representado por la moneda”.[23] Como la moneda ya no necesitará de la marca real, una vez sometido al poder de la representación el dinero podrá recubrir la totalidad del dominio que requiera para sí. Esto dará lugar a un juego de cambios e interrelaciones lo suficientemente amplio y complejo que arrojará al dinero a una nueva problemática de la cual da cuenta Foucault en el siguiente párrafo:

Y así como todo el mundo de la representación se cubre de representaciones de segundo grado que las representan y esto en una cadena ininterrumpida, así todas las riquezas del mundo están en relación unas con otras, en la medida en que forman parte de un sistema de cambio. De una representación a otra no hay un acto autónomo de significación, sino una simple e indefinida posibilidad de cambio. Sean cuales fueren las determinaciones y las consecuencias económicas, el mercantilismo, si se le interroga al nivel de la episteme, aparece como el lento y largo esfuerzo por poner la reflexión sobre los precios y la moneda en el estrecho filo del análisis de las representaciones.[24]

Recién a inicios del siglo XVIII se instauró en Francia un valor estable para la moneda, el cual estaría conformado (y esto es lo importante) por su función de cambio y posible circulación en una comercialización futura. La moneda se constituirá como prenda. Ahora bien,

Decir que la moneda es una prenda es decir que no es más que una ficha que se recibe por consentimiento común –en consecuencia, ficción pura; pero también es decir que vale exactamente aquello por lo cual se la ha cambiado, ya que a su vez podrá ser cambiada por esa misma cantidad de mercancía o su equivalente […]. [De esta manera,] el comercio que se sirve de la moneda es un perfeccionamiento en la medida misma en que es “un comercio imperfecto”, un acto al que falta, durante un tiempo, lo que lo compensa, una media operación que promete y espera el cambio inverso por el cual la prenda se convertirá de nuevo en su contenido efectivo.[25]

Así, los economistas de inicios del siglo XVIII encontraron el modo de “naturalizar” el mecanismo de variables que se intentaban describir en torno a la función de cambio y circulación; y sobre esta convención, pudieron estabilizar una forma de representación que pudo servir como suelo aparente sobre el cual justificar las intervenciones estatales sobre el comercio que, de lo contrario, se verían teñidas de una completa arbitrariedad. De esta forma, quedaría invisibilizado el vacío que había dejado la ausencia de preciosidad (la marca real) de la moneda; la prenda ocuparía su lugar, aunque mediante un sistema de representación, como signo.

Los economistas de aquél período comenzaron a establecer el juego de variables a través de las cuales la prenda, la moneda-representación, podía ser puesta en cuestión, así como también rehabilitada. En primer lugar, se problematizó en torno a cuál sería la cantidad de moneda suficiente para lograr una rápida circulación entre la mayor cantidad de personas posibles.[26] Inmediatamente, como era de esperar si ése pretendía ser el cálculo, comenzaron a ingresar al mismo el nivel de los salarios, la cantidad de riqueza, los desniveles en el crecimiento poblacional, así como las alteraciones en el registro de precios.[27] Cantillon, Veron de Fortbonnais, Dutot y Hume, entre otros, serán las voces que explicitarán la necesidad de establecer la economía sobre una proporción más o menos ajustada, pero estable en su desarrollo y crecimiento, entre las riquezas, los precios, los salarios y la población. Asimismo, el tiempo ejercerá su presión, como una variable económica más, acompañando la idea de progreso, la necesidad del desarrollo y las posibilidades que ofrecían las dinámicas y vencimientos de los créditos.

En forma similar a lo que ocurría con respecto a la naturaleza en los Principia de Newton, cuando el poder del ser se quiebra, comienza un estudio cuasi-fenomenológico de lo que aparece mediante las fuerzas que funcionan e integran los mecanismos (sólo que en este caso, serán los movimientos económicos). Se abandona la pregunta por el ser y se interroga sobre los comportamientos y dinámicas de las cosas.

Todo parecía indicar que una descripción detallada de cada una de las fuerzas que se dan en el campo económico a cada momento, y en cada lugar, permitiría tejer una red lo suficientemente densa y tensa (compuesta por las riquezas, los precios, los salarios, la población y el tiempo) que, a través de su apariencia, pueda sostenerse con cierta legitimidad. Sobre esa misma representación de segundo grado que fue la prenda, y como esta era entonces la unidad de medida común con la que era posible representar muchas cosas, se constituyó este nuevo espacio homogeneizado por la moneda-representación, el cual posibilitó una nueva velocidad económica y social.[28]

La paulatina entrada del hombre en la escena económica –que había tenido lugar en el siglo XVII, pero sobre todo en el XVIII– cobra su fuerza y, así, su problematización directa en el siglo XIX cuando el tema central de la discusión sobre el dinero ya no esté focalizado en los mecanismos para establecer el valor de la moneda –sea la preciosidad del metal o la prenda–, ni tampoco solamente en el esquema de variables generales y sociales, sino cuando se interrogue explícitamente sobre las razones por las que las cosas adquieren valor, e incluso algunas más que otras. Allí, se prestará especial atención a las razones por las que, en su singularidad, los hombres intercambian los objetos a precios diversos movidos por la necesidad, la utilidad, el placer.[29]

Para los economistas de este período, si bien el valor del dinero siempre se establece dentro del cambio posibilitado por la representación, los resultados a obtener pueden ser distintos si su formación se realiza sobre el acto mismo de cambio o si la mirada se concentra en todo aquello que, con anterioridad, permitió que el cambio fuera posible. En la primera lectura es posible reconocer a los utilitaristas[30] y en la segunda a los fisiócratas.[31] Sin embargo, ambas corrientes compartieron el mismo cuerpo de proposiciones, aunque establecían entre ellas órdenes diversos[32], estando la problematización alrededor de la necesidad y el deseo presente en ambas partes. En ese sentido, es de destacar el importante rol que los utilitaristas le dieron al juicio –“estimativo”, “de apreciación” – que el hombre realiza sobre las cosas, generando así una íntima vinculación entre la conformación del valor y una esfera estrictamente humana.[33]

El hombre logra así su entrada definitiva en el campo económico, aunque no sustentada en lo que él o el dinero son, sino en una especie de naturaleza de segundo grado, la cual se teje por una articulación precisa de variables diversas (riquezas, precios, salarios, población, temporalidades), pero cuyo punto de corte a esa línea ininterrumpida, la última articulación de ese espacio homogéneo y veloz, lo constituye la ley del hombre. Así, el ser humano logra su sueño moderno: ser el eje articulador, pero también el punto final, la decisión, de toda escala económica. El dinero ya se encuentra completamente antropomorfizado, en tanto su valor, su “ser”, se teje en un espacio que el hombre reclama para sí y que cree haber dominado. El hombre reinará, aunque sobre una ontología formal del dinero y del espacio.

Es cierto que en la experiencia moderna, más precisamente en el siglo XIX, surgirá algo así como un querer o una fuerza –del deseo, de la necesidad– que desbordará y escapará al ser de la representación. Pero no será ello, como aparentemente deja entrever Foucault[34], la expresión del fin de la representación. Será tan sólo la constitución de un soberano que decidirá desde fuera del juego representacional –aunque articulándose con él– el punto final de una cadena que podría ser infinita. El querer o las fuerzas que habitan en el hombre se constituirán en el soberano articulador, más no destructor, del espacio representado del dinero. Por ello, no es posible esperar que de esta experiencia, aparentemente violenta, surja el orden dormido de las cosas, suponiendo que algo así exista.

Conclusión

Como vimos, durante el siglo XIX el hombre entra en la escena económica, pero sin más ley que la del deseo, la necesidad y el placer. En esta época, e incluyendo también al siglo XX, el teatro del dinero mostrará su costado mas descarnado, pero no por ello más transparente. Un exceso de antropomorfismo es lo que nos hace creer que cuando el deseo, el placer y la necesidad toman el poder, entrando en la escena, la naturaleza se nos muestra transparente, tal cual es. Sin embargo, todas ellas pertenecen al hombre. El dinero, en cambio, en tanto herramienta de conversión, no tiene ley del deseo, ni del placer, ni de la necesidad. Solo antropomorfizando una herramienta de cálculo es cómo podemos volverla “naturalmente” violenta, sangrienta, salvaje, es decir, aparentemente originaria (y así justificar la naturalidad de ciertos sistemas).

Pero si nos remitimos, a lo que habrían sido los orígenes del dinero debemos atender al trueque más rudimentario, en el cual no se da otra cosa que un intercambio de bienes posibilitado por una operación de conversión. Por ello, el dinero no es el intercambio en acto, sino la operación “intelectual” que lo calcula y posibilita. El dinero, en tanto conversión, está entre nosotros como posibilidad, antes incluso de cualquier comercio. Si el comercio existe, es solo porque somos seres capaces de acceder a una herramienta de conversión, es porque podemos acceder al dinero. En este sentido, al estar el dinero potencialmente en todos lados, en tanto herramienta de conversión, su entidad se vuelve un poco difusa.[35]

Esta dificultad para concebir el dinero como mera herramienta de conversión, abstracta, incorporal –en principio– y materialista –en el sentido de que tiene efecto material en el mundo– se acentúa hoy aún más. Sobre todo, tomando en consideración que perdura sobre el mismo la concepción materialista y corporal del dinero-mercancía de intercambio, dinero-moneda o dinero-billete que, según hemos visto, de maneras diversas mantuvieron los siglos XVI al XX.

Sin embargo, y quizás siquiera sin saberlo, desde finales de siglo XX, la economía mundial ya nos ofrece otra versión del dinero. Aún conmovida por la crisis de 1929, en 1971 la economía de Estados Unidos de Norteamérica rompió el régimen de convertibilidad que sujetaba el dólar al oro, terminando así con una larga historia que sugería que el dinero se correspondía con alguna región material y corporal del mundo. Pocos años después, durante 1973, en los mercados de divisas se determinó la libre flotación de las monedas, las cuales logran mantenerse vigentes, con mayores y menores poderes de conversión, mediante una regulación de variables contenidas en un sistema relativamente mecanicista. Pero, lo más importante aquí, es que el sistema de regulación se contiene entre las monedas mismas –atendiendo a las fluctuaciones cambiarias– y generando, no tierra firme, sino un piso –o banda– de flotación.

Así, el sistema de flotación de divisas que rige hoy no es más que la representación del dinero en su estado puro, es decir, sin necesidad de correspondencia con una parte del mundo (con la riqueza material que hay en él). Es más, el hecho de que en nuestro tiempo exista más dinero que bienes[36], mayor poder de conversión que bienes para intercambiar, no es el síntoma de una economía desestabilizada, “antinatural” o en crisis (aún cuando se encuentre en tal estado por otras razones que pueden ser visualizadas en otro tipo de síntomas que son ocultados bajo este problema aparente o de segundo grado). Aquello es el reflejo, o la descarnada denuncia, de lo que el dinero siempre fue, a saber: una herramienta abstracta de conversión.

Ahora bien, la correspondencia de la moneda para con los bienes y riquezas materiales del mundo sólo responde a una historia compleja que habría que indagar pero en la que, sin lugar a dudas, al menos en lo que va del siglo XVI a la actualidad, han intervenido más o menos directamente las modificaciones de las concepciones cosmológicas y espaciales. Así, empezando por la era del orden finito, cerrado, jerárquico y divino (siglo XVI), pasando por la discusión sobre el modo de reintegrar la certeza luego de que aquél orden se haya desmembrado (siglo XVII), y habiendo alcanzado algunas certezas, aunque ya no con el foco puesto sobre el ser –de la moneda, de la cosa, o del mundo–, sino sobre una cosmovisión abierta regida por la función y los mecanismos que determinan la naturaleza –de los precios, de los salarios, de las poblaciones, de los deseos y necesidades de los hombres– (siglos XVIII-XIX), hoy alcanzamos un mundo meramente probabilístico asentado sobre sistemas funcionales (siglo XX-XXI). El sistema actual quizás se aproxime al grado de representatividad final, en tanto que –aun como efecto no deseado- es posible visualizar en él la “verdad” del dinero: su entidad incorporal, así como la ausencia de correspondencia para con los bienes del mundo.

En ese sentido, sería necesario conceptualizar un espacio del materialismo de lo incorporal[37] donde asentar aquellas “esferas-herramientas-facultades” de las cuales se sirve el hombre que, como el dinero, si bien acompañaron gran parte de la historia que decimos ser nuestra, e incluso más allá de ella, aún no reciben el estatuto de entidades reales, materiales e incorporales. Por su cuenta, la historia, occidental por lo menos, ha concebido al dinero forzándolo a aparecer de las siguientes formas: o bien como una entidad irreal (aquí puede reconocerse aquellos que se pronuncian a favor de la desaparición del dinero o quienes dicen que, siguiendo la antigua frase china, se trata un mero “tigre de papel”); o bien como una entidad real e inmaterial (comprendiendo el dinero como un símbolo); o bien como real, material y corporal (puede leerse aquí la tradición recorrida que entiende al dinero como moneda); o bien, finalmente, como una interrelación de algunas de las anteriores (el dinero como prenda y, luego, como billete). Sin embargo, acceder al dinero como herramienta de conversión implica tener el poder de convertir, dentro del campo de posibilidades, algo en otra cosa; y, como estas son cosas o regiones del mundo, lo que se transforma es el mundo en el cual se habita.

Resulta harto evidente que existen otras formas de transformar el mundo. Por ejemplo, se puede hacerlo mediante la fuerza. Sin embargo, como otras, ésta también tiene un límite casi inmediato, ya que la fuerza que puede adquirir un hombre o una máquina no es infinita).[38] En cambio, el dinero, esta forma peculiar, compleja, pero a su vez más simple de cambiar el mundo, nos permite acumular el poder de transformarlo. El dinero, así, no sería un mero medio de cambio (como la fuerza de trabajo se traduce en una casa), ni tampoco la conversión por la que se modifica el mundo, sino más bien la herramienta de conversión que posibilita el poder de transformar el mundo.

Lo que el dinero posibilita es el poder de transformar el mundo, a diferencia de la fuerza que, en su intervención, inevitablemente no puede hacer más, ni menos, que transformarlo. De allí, justamente que algunos quieran acumularlo, porque, junto con él, el poder sobre el mundo se acrecienta. Ese mal “uso” del dinero quizás sea uno de los tantos orígenes de las enormes e incontables desigualdades entre los hombres. Por eso, sobre esa misma lectura, también se plantea la imperiosa necesidad de regular dicha acumulación, sino eliminarla en distintos grados. Incluso, si tenemos en cuenta que el dinero es una herramienta de conversión, y que convertir significa, originariamente en latín, volver, será visibilizado que en su mismo significado podría quedar determinada la operatoria más propia del dinero: se trata de un circuito de ida y necesaria vuelta, un trayecto que si bien alcanza la herramienta de conversión, y también así el peculiar modo del dinero que consiste en posibilitar el poder de transformar el mundo, es necesario que vuelva y lleve a cabo su tarea más propia: cambiarlo.

La discusión, en todo caso, podrá ser sobre la temporalidad de ese circuito, sobre los efectos de unas u otras temporalidades de ese recorrido. Si el recorrido es lento, la acumulación será mayor, y muy probablemente también el impacto de la transformación que posibilite. Lo que cabría preguntarnos es: ¿estamos preparados para recibir semejantes impactos? ¿Estamos en condiciones de asimilarlos? ¿A qué costo? Y también, para aquellos que lo tengan, ¿estamos preparados para saber dirigir el poder de realizar esos impactos? ¿Podemos ser conscientes del espectro de transformaciones que un poder así podría crear? ¿O acaso tener y hacer efectivo ese poder no implica necesariamente un abandono del mundo, de la responsabilidad por los efectos de nuestras acciones? Por ahora, estas son tan sólo algunas preguntas que surgen de lo aquí trabajado.

Actualmente resulta imperioso alterar el prisma a través del cual concebimos el que quizás sea uno de los elementos más importantes de las sociedades actuales. Por ello, es necesario re-apropiarse de su significado como herramienta de conversión materialista e incorporal que posibilita el poder de transformar el mundo, y que se encuentra a nuestra disposición para su uso y efectivo y total cumplimiento. La correcta administración de nuestro –por ahora– planetario hogar exige, sin lugar a dudas, una revisión del concepto del dinero. Esperamos haber aportado algunos elementos a dicha causa.


  1. La diferencia que, sin embargo, aquí planteamos es que no llevamos adelante nuestra investigación con el prisma localizado sobre la cuestión de la población –tal y como Foucault lo hace–, sino que lo realizamos ubicando el foco sobre las concepciones espaciales en donde tales discusiones económicas y políticas se situaban. Ello, no para invalidar la hipótesis de Foucault, sino más bien para enriquecerla, de manera tal que el pensar se abra a nuevas formas económico-políticas.
  2. Nos referimos, entre otras transformaciones, al proceso de refeudalización al cual hacen referencia Rodney Hilton y Eric Hobsbawn (véanse los textos de estos autores en: HILTON, Rodney (Ed.). Transición del Feudalismo al Capitalismo. Trad. Domenec Bergadá. Barcelona: Crítica, 1977).
  3. “Es posible describir aproximadamente esta revolución científica y filosófica (en realidad resulta imposible separar en este proceso los aspectos filosóficos de los puramente científicos, ya que son interdependientes y están estrechamente conectados) diciendo que conlleva la destrucción del Cosmos; es decir, la desaparición, en el campo de los conceptos filosófica y científicamente válidos, de la concepción del mundo como un todo finito, cerrado y jerárquicamente ordenado (un todo en el que la jerarquía axiológica determinaba la jerarquía y estructura del ser, elevándose desde la tierra oscura, pesada e imperfecta hasta la mayor y mayor perfección de los astros y esferas celestes)”. KOYRÉ, Alexandre. Del mundo cerrado al universo infinito. Trad. Carlos Solís. México: Siglo XXI Editores, 2008. Pág. 6.
  4. Algunos ejemplos de la crisis cosmológica pueden encontrarse en los siguientes textos: De docta ignorantia (1440) de Nicolás de Cusa, Zodiacus vitae (1536) de Pier Angelo Manzolli y De revolutionibus orbium caelestium (1543) de Copérnico (pero también en Thomas Digges, Giordano Bruno y William Gilbert). Cfr., ibíd. Págs. 31-59.
  5. En lo referente al mundo antiguo, véase: VERNANT, Jean-Pierre. Los orígenes del pensamiento griego. Trad. Marino Ayerra. Buenos Aires: Ed. Paidós, 2008. Págs. 95-113 y Págs. 133-142.
  6. Estas serán a grandes rasgos las características que se irán sedimentando a través de los trabajos de Galileo, Descartes y Newton, incluso a pesar de que sus obras expongan una problematización más aguda permitiendo lecturas que no se ajusten estrictamente a dicha caracterización.
  7. KANT, Immanuel. Los progresos de la Metafísica desde Leibniz y Wolff. Trad. Félix Duque. Madrid: Ed. Tecnos, 2002. Pág. 158.
  8. Sobre la popularización de Newton y la influencia en la revolución industrial, véase: ELENA, Alberto y ORDÓÑEZ, Javier. “De la Revolución Científica a la Revolución Industrial: la dimensión tecnológica del newtonianismo”; y FEHÉR, Marta. “La marcha triunfal de un paradigma: un estudio sobre la popularización de la ciencia newtoniana”. En ELENA, Alberto, ORDÓÑEZ, Javier y COLUBI, Mariano (Comps.). Después de Newton: ciencia y sociedad durante la Primera Revolución Industrial. Santafé de Bogotá: Uniandes, Ed. Anthropos, 1998. Págs. 11-40 y 41-69 (respectivamente).
  9. Véase: CREMASCHI, Sergio. “La herencia newtoniana en la economía política del siglo XVIII”. En ELENA, Alberto, ORDÓÑEZ, Javier y COLUBI, Mariano (Comps.). Después de Newton: ciencia y sociedad durante la Primera Revolución Industrial. Op. cit. Págs. 70-101.
  10. Cfr., ibíd. Pág. 86.
  11. Cfr. SMITH, Adam. La teoría de los sentimientos morales. Trad. Carlos Rodríguez Braun. Madrid: Alianza Editorial, 1997. Cap. VI.
  12. “Depende del gobierno cambiar la temperatura del aire y mejorar el clima; un curso dado a las aguas estancadas, bosques plantados o quemados, montañas destruidas por el tiempo o el cultivo constante de sus superficie forman un nuevo suelo y un nuevo clima” (MOHEAU. “De l´influence du Gouvernement sur toutes les causes qui peuvent déterminer les progrés ou les pertes de la population”. En Recherches et considérations sur la population de la France. [Trad. Horacio Pons.] París: Moutard, 1778. Págs. 154-155). Cfr. FOUCAULT, Michel. Seguridad, territorio, población. Curso en el Collège de France (1977-1978). Trad. Horacio Pons. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007. Pág. 43.
    Asimismo, también es necesario incluir aquí gran parte de las explicaciones biologicistas y neurocientíficas que desde el siglo XIX vienen alentando una manera de comprender la política (véanse las tesis “biopolíticas” de Von Uexküll, pero también la herencia uexkülliana que adoptó Heidegger en su manera de comprender el espacio), y de la cual el nazismo del siglo XX ha sido su articulador mas descarnado, más no el más dañino (por lo menos en términos temporales).
    Sobre las tesis de Uexküll, véase: UEXKÜLL, Johan Jakob von. Cartas biológicas a una dama. Santiago de Chile: Zig-zag, [1920]; UEXKÜLL, Johan Jakob von. Ideas para una concepción biológica del mundo. Trad. R. M. Tenreiro. Buenos Aires: Ed. Espasa-Calpe, 1951.
    Sobre el concepto espacial de Umwelt -implementado por Uexküll- por el que Heidegger hereda la tradición que va de Karl Ernst von Baer a Uexküll, véase: CASTRO GARCÍA, Óscar. Jacob von Uexküll. El concepto de Umwelt y el origen de la biosemiótica. Septiembre 2009. Página Web: https://goo.gl/3QbS4b. Págs. 176-180).
  13. Desde Descartes hasta Newton inclusive, gran parte de los autores de la temprana modernidad también han tematizado el problema del éter, de la materia sutil y otras fuerzas que no necesariamente se corresponderían con lo que se daba a entender como lo meramente material. De todas maneras, también es cierto que esa problemática ha sido dejada a un margen rápidamente, aunque muchas veces fue reintroducida subrepticiamente en algunos textos. Ahora bien, criticar la concepción material que hace del espacio, y así también del hombre, solamente un ser material, calculable, físico, biológico, no implica recurrir, como alternativa, a seres o entidades espirituales o divinas, sea el alma, dios, cierta forma de comprender la razón u otras. Caer en esa alternativa dual es desconocer los embrollos filosóficos en los que se han visto enredados todos aquellos que a lo largo de la historia occidental, incluidos los pre-platónicos, el mismo Platón, Aristóteles, Galileo, Descartes, Leibniz, Newton, Von Uexkull, y otros, han intentado pensar aquello que a grandes rasgos podemos denominar la realidad.
  14. FOUCAULT, Michel. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. Trad. Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 2003. Pág. 170.
  15. Cfr., ibíd. Pág. 166.
  16. Así, “la moneda sólo mide en verdad si su unidad es una realidad que existe realmente […]. Es necesario que el valor de la moneda esté regulado por la masa metálica que contiene […]; no se daba valor de marcas reales a los signos arbitrarios; la moneda era una justa medida ya que no significaba más que su poder de medir las riquezas a partir de su propia realidad material de riqueza” (Ibíd. Pág. 167).
  17. Estas discusiones, de las cuales participaron entre otros Bodino, Copérnico, Malestroit y Davanzatti, tuvieron lugar en el marco de una serie de prácticas económicas y edictos relativos a las importaciones de materiales provenientes del “Nuevo Mundo”, así como a las numerosas crisis suscitadas desde mediados del siglo XVI (Cfr., ibíd. Págs. 167-168).
  18. Ibíd. Pág. 169.
  19. Cfr., ibíd. Págs. 170-171 (notas al pié 9 y 10).
  20. Ibíd. Págs. 170-171.
  21. Ibíd. Pág. 172.
  22. Cfr., ibíd. Pág. 173.
  23. Ibíd. Pág. 172.
  24. Ibíd. Págs. 77-178.
  25. Ibíd. Pág. 180.
  26. Cfr., ibíd. Pág. 184.
  27. Cfr., ibíd. Pág. 183 y Págs. 185-188.
  28. Cfr., ibíd. Pág. 186.
  29. Dice Foucault: “Así, pues, no se trata de saber de acuerdo con qué mecanismo pueden representarse las riquezas entre sí (y por medio de esta riqueza universalmente representativa que es el metal precioso), sino por qué los objetos de deseo y de la necesidad tienen que ser representados, cómo se da el valor de una cosa y por qué se puede afirmar que vale tanto o tanto más” (Ibíd. Pág. 188). Quizás sea posible encontrar en este período las discusiones que darían lugar a una genealogía de las actuales formas tecnológicas de comercialización que ofertan masivamente pero con un registro personalizado.
  30. Cfr., ibíd. Pág. 194.
  31. Cfr., ibíd. Pág. 190
  32. Cfr., ibíd. Págs. 197-198.
  33. Cfr., ibíd. Págs. 194-195.
  34. Cfr., ibíd. Pág. 207.
  35. Esta confusión, sin embargo, no debe extrañarnos, ya que aparece en sociedades del más diverso tipo y con remisiones por demás lejanas. En sus estudios sobre el mana, relativos al Esbozo de una teoría general de la magia, Marcel Mauss retomó los trabajos de Codrington sobre la Melanesia para señalar la extrañeza que el dinero producía en estas sociedades al momento de concebirlo: “La riqueza se considera efecto del mana, incluso en algunas islas el dinero se designa con la palabra mana. La idea de mana se compone de una serie de ideas inestables que se confunden unas con otras” (MAUSS, Marcel. “Esbozo de una teoría general de la magia”. En Sociología y antropología. Trad. Teresa Rubio de Martín-Retortillo. Madrid: Ed. Tecnos, 1979. Pág. 123). Una investigación detallada sobre la caracterización que Mauss realiza sobre el mana, en el marco de una teoría del dinero, permitiría ampliar la problematización sobre su estatuto sagrado a la esfera de la magia.
  36. Véanse los siguientes datos arrojados por la “Central Intelligence Agency” of the United States of America: https://goo.gl/gpQ2kh
  37. Como se dijo previamente, si bien continuamos la propuesta que Foucault realizara respecto del materialismo de lo incorporal (FOUCAULT, Michel. El orden del discurso. Trad. Alberto González Troyano. Buenos Aires: Tusquets Editores, 1992. Pág. 57), consideramos que la misma debe ampliarse hacia otros horizontes que los allí propuestos por el autor.
  38. Piénsese en el ejemplo de querer construir una casa con nuestra propia fuerza; en el caso de que quisiéramos construir una mejor casa con materiales más sólidos y pesados, o en el caso de querer construir numerosas casas, es cierto, podríamos realizar un entrenamiento que nos permita tener más fuerza o compartir el trabajo con otra gente; sin embargo, ambas posibilidades presentan, enseguida, un inmediato límite.


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