Reflexiones infrecuentes acerca de la influencia de la administración y la economía en el pensamiento republicano clásico
Juan Acerbi
Identidad e identidades
El ser romano se ha identificado a lo largo de los siglos con una gran variedad de aspectos, cualidades y aptitudes que abarcan desde el respeto por las instituciones hasta la habilidad para mostrarse permeables a las culturas de los pueblos que progresivamente anexaban bajo la órbita de su dominio.[1] En la vasta atención que han recibido resulta sin embargo llamativa la ausencia de estudios centrados en analizar el vinculo entre el dinero y la administración de los bienes con la forma en la que la identidad romana se ideaba a sí misma y que luego se proyectaría sobre una enorme parte de la humanidad hasta llegar a nosotros.[2] Dicha relación es la que constituye el principal objetivo del presente capítulo.
Nuestro trabajo se centrará, en una primera etapa, en los lineamientos que diera aquel que ha definido el concepto mismo de República, concepto que le serviría también para distinguir las virtudes y las características propias del hombre romano de las del andros griego. Marco Tulio Cicerón (106 – 43 a.C.) no solo será quien preste las bases de toda definición posterior de lo que la República deba ser sino que él mismo, reconocido en vida como parens patriae,[3] ha sentado las bases de la forma republicana de gobierno llegando a ser una de las principales influencias sobre muchos de los que forjaron gran parte de los hitos que hoy definen nuestra realidad social y política.[4] A pesar de ello, Cicerón se encuentra proverbialmente ausente del canon de autores abordados por las ciencias sociales siendo, como es de esperarse, nula la atención que ha recibido la relación establecida en su obra entre el hombre virtuoso, el uso del dinero y aquellos hombres de quienes el buen romano debía alejarse. Tal vez resulte conveniente aclarar aquí que no estamos insinuando que Cicerón fuese un “economista” ignorado, ya que es un hecho que la economía no ocupa un lugar sustancial en su obra. Sin embargo comprendemos que sin ser un autor en cuyo corpus se encuentren tratados económicos, lo sensibles que resultan las acciones referidas a la administración económica, y al uso del dinero, revelan la suma trascendencia de las mismas en su relación con las acciones políticas. Es por ello que en la primera parte nos encargaremos de inquirir acerca de la importancia que poseía el concepto de negocio en su relación con el conjunto de virtudes que hacen a la identidad romana llegando a desbordar, como veremos, al propio ámbito de lo estrictamente económico.
Ahondaremos luego, en una segunda instancia, en la forma en la que el conjunto de actividades propias de la administración de los bienes y del dinero son utilizadas como dispositivos que permiten delinear las diferencias que distinguen al vir, al buen romano, de aquel que representa la suma de todos los males y encarna la amenaza viva del Estado romano. Por último nos permitiremos la inclusión de un post scriptum en el que incurriremos en algunas digresiones acerca del estatus de la teoría política en nuestros días.
Un negocio, divino y romano
Es probable que en pocos lugares se puedan apreciar con tanta claridad las características del ideal del hombre republicano como en el De republica. Más específicamente, en el primer libro Cicerón da cuenta de la esencia del hombre de Estado al tiempo que se permite establecer dicho semblante en la medida que lo distancia de aquel ideal de hombre que había predominado en –y a través de– el mundo griego.
La obra de Cicerón, desde su fragmentado comienzo,[5] nos sumerge en una de las delicadas cuestiones propias de la política: la identidad de los ciudadanos. Allí, en relación a los griegos y a su identificación con la filosofía, leemos que “en verdad, todo el discurso de estos [filósofos], aunque contenga manantiales riquísimos de virtud y de ciencia, me temo, sin embargo, que […] resulte no haber aportado tanta utilidad a los negocios humanos cuanto deleite a los ocios”.[6] Este pasaje nos brinda una excelente oportunidad para advertir muchos de los aspectos que luego serán desarrollados por el orador en pos de precisar aquellas virtudes que diferencian al hombre romano del griego y también nos permite llamar la atención sobre las lecturas que sugieren que el texto propiamente teórico-político no tiene inicio sino hasta mucho después, cuando Cicerón introduce la clásica definición de res publica.[7] Esto nos advierte acerca de la posibilidad de que no sean pocos los pasajes de la obra ciceroniana que no han recibido la debida atención debido a consideraciones erróneas sobre lo que debe (o no) ser considerado parte de su teoría política. Es por ello que consideraremos con especial atención este primer fragmento ya que entendemos que el mismo resulta capital para comprender el lugar que le otorga nuestro autor a los “negocios humanos” y así demostrar que estos, a su vez, resultan consustanciales con su teoría política.
En el proceso mediante el cual se delinean las características propias del hombre de Estado, la significación que tiene en el texto ciceroniano toda referencia a la filosofía debe ser comprendida como una alusión directa a los ideales y al estilo de vida propio de la aristocracia ateniense. La visión que los romanos tenían de la filosofía griega se encontraba ligada a la vida contemplativa y a la búsqueda de la verdad que de nada les había servido para evitar la decadencia de su hegemonía política, económica y cultural. El Arpinate, lejos de querer que los romanos repitan el mismo error, se esforzará por fijar en la consciencia de sus compatriotas lo que podríamos definir aquí como la esencia del pensamiento republicano: la subordinación de todo ideal a las necesidades propias de la República. Es por esto que la filosofía, aunque posea “manantiales riquísimos de virtud y de ciencia” debe servir a los “negocios humanos”. Ahora bien, lo que se impone aquí es la necesidad de precisar el significado del término negocio. Lo primero que se debe resaltar es que el término negocio surge como la negación de la actividad ociosa, es decir, se trata de una negación mediante la cual se afirmaba la ausencia de ocio (neg-otium). Pero lo interesante es que esa ausencia de ocio quería significar una actividad de la cual, sin embargo, no se puede extraer ningún tipo de conclusión respecto al tipo de actividad al que el término se refiere.[8] Es por ello que el término negotium goza de un grado de libertad respecto al tipo de actividad con la que se vincula y es por esto que, a diferencia de lo que ocurre en nuestros días, puede pensarse en un tipo de negocio que no se relacione con ningún tipo de actividad comercial. De esta manera la conjunción del término “negocio”, entendido como actividad, como negación del ocio, referido a su vez a las ocupaciones humanas no debe ser limitado a la esfera de las actividades económicas ya que el término admite horizontes de sentido mucho más amplios. De hecho, y circunscribiéndonos a la obra ciceroniana, no resulta arduo comprobar que la actividad propiamente humana del hombre verdaderamente virtuoso no es otra que la actividad política. Es en este sentido que el negocio se opone al ocio en tanto virtud que acompaña al hombre como defensor del bien común,[9] defensa que no puede ser comprendida de otra manera que por medio de la dedicación escrupulosa a los asuntos públicos y esto debido a que “la virtud de la fortaleza consiste enteramente en la práctica, y la práctica principal de la misma es el gobierno de la ciudad”.[10] A partir de aquí, y teniendo en cuenta que esa actividad máxima a la que el hombre puede aspirar posee, a su vez, reminiscencias divinas[11] es que comprenderemos de mejor forma las implicancias que se siguen respecto a todo lo referente a los negocios humanos.
El otro aspecto a considerar es la compleja referencia que guarda el mencionado pasaje hacia la filosofía. A nuestro entender encontramos allí un triple alcance del término que conviene intentar precisar; se trataría de la filosofía como referencia directa al ideal griego de la vida contemplativa y la búsqueda de la sabiduría; la filosofía como acción vinculada a un tipo de actividad preocupada por asuntos ajenos al alcance de los hombres[12] y, por lo tanto, carentes de valor para la política; y la filosofía como actividad teorética que deviene, en el pensamiento ciceroniano, en ociosa[13] coincidiendo como el ideal epicúreo al que Cicerón se oponía férreamente.[14] Por lo tanto la crítica a la filosofía debe entenderse como una crítica a la manera griega de filosofar, “sin medidas”, y por lo cual se recomendará filosofar pero “moderadamente”.[15] De todo lo dicho se evidencia que la filosofía debe ser un instrumento al servicio de la política pero la relación de la filosofía con el hombre de Estado no se da en términos instrumentales sino complementarios. Si nos centramos en las características propias del hombre de Estado, notaremos que el ideal republicano que aspira a las formas impuras de gobierno, por sobre las puras,[16] se aplica también al hombre que conducirá a Roma. El verdadero hombre de Estado no es aquel que ha alcanzado la gloria exclusivamente por sus acciones ni tampoco lo es aquel que ha logrado aproximarse a los secretos más recónditos del kosmos o de las formas verdaderas. El ideal del político ciceroniano es aquel que reúne ambas[17] vías.[18] Es por esto que la filosofía posee dos posibles utilidades para el hombre, o es complemento del verdadero estadista o, en manos de aquellos que no tienen la suficiente virtud y fortaleza para hacerse cargo de los asuntos públicos, estar al servicio de las necesidades del Estado. Así encontramos no pocos pasajes en los que se alaba el uso de la filosofía como forma de hacer cumplir voluntariamente aquello que la ley manda[19] (aunque con un alcance limitado, mientras que el político lo hace cumplir a todos) o para persuadir a un ejercito de que el “terror supersticioso” que sentían ante un eclipse era infundado y no había razón alguna para temer.[20] En otros términos, el hombre no debe preocuparse por conocer lo que ocurre en la esfera celeste salvo que por su intermedio le sea posible influir sobre los ánimos y las acciones de los habitantes de la Urbs.[21]
De esta manera, la identidad romana a la que debía aspirar todo hombre de bien podría ser definida de una manera infrecuente pero no por ello impropia: así, el hombre dedicado a la política puede ser definido como un hombre de negocios. Por supuesto, la política es un negocio pero no se trataba de una actividad que cualquiera pudiera desempeñar y es por ello que se distinguía al hombre talentoso y capaz como aquel que “daba respuestas que resolvían las dificultades y los negocios de quienes le consultaban”[22] y al hombre de Estado como aquel dedicado al más excelso de los negocios humanos y a la única forma mediante la cual los hombres eran capaces de acercarse a la divinidad.[23]
Œconomia y dinero: una cuestión de humanidad
Nos ocuparemos ahora de reflejar la importancia que adoptaba la buena administración de los bienes y el buen uso del dinero en la performación de la identidad romana pero ya no en relación a una identidad extranjera sino como criterio que permitía identificar a los boni, los buenos ciudadanos romanos para así distinguirlos de aquellos que representaban un peligro para la Urbs. Para ello nos centraremos en uno de los episodios más emblemáticos de la vida política de la Roma tardorrepublicana, la conjura liderada por Lucio Sergio Catilina.
El orador, quien ejercía por entonces la máxima magistratura, lanzó cuatro invectivas dirigidas al líder de la conspiración que pretendía asesinar a la clase dirigente e incendiar parte de la ciudad para así hacerse con el poder. La forma en la que Cicerón caracteriza a Catilina ha recibido una enorme atención ya que las Catilinarias pueden ser leídas como un verdadero catálogo de vicios, delitos, profanaciones, enfermedades y portentos. Así, a lo largo de los cuatro discursos, es posible leer aspectos propios de un criminal,[24] de un loco o un enfermo,[25] de un inmoral,[26] de un sacrílego[27] e incluso nos encontramos con características propias de aquello que se encuentra más allá de los límites de lo humano.[28] Pero no puede no llamarse aquí la atención sobre un aspecto de los conjurados que resulta insoslayable para comprender la esencia de aquellos que encarnan la amenaza al Estado. Se trata de la relación que se establece entre aquellos que son los causantes de todos los males y el conjunto de elementos propios de la administración de los bienes privados, del uso del patrimonio, del dinero y de lo que aquí podríamos sintetizar con el término economía.[29]
Si bien se comprueba que a lo largo de las invectivas no se sostienen con el mismo tono y la misma frecuencia las alusiones lanzadas por Cicerón contra aquel que fuera identificado como un criminal asesino y líder de una “cohorte pretoriana de prostitutas”,[30] no es menos cierto que en el catálogo de aquellos que acompañaban a Catilina[31] el lugar que ocupa el uso del dinero y la situación económica es sumamente sensible. Cicerón le explica al pueblo, en su segundo discurso, quiénes son, qué clase de gentes pudo haber acompañado a un ser tan despreciable como Catilina a levantarse no solo contra Roma sino también contra los dioses.[32] En la taxonomía que establece Cicerón, los indeseables son catalogados en cinco clases las cuales se ordenan de acuerdo a la gravedad de sus vicios y sus actos; de esta manera se ubica en primer lugar a aquellos a los que aún “se les puede hacer cambiar de opinión” e incluso, si no modifican su postura, no son de temer ya que si bien son “capaces de expresar deseos de ir en contra de la república [no son capaces] de llevar sus armas contra ella”.[33] La clasificación continúa hasta llegar así al último lugar el cual está reservado para los peores criminales, para aquellos que es mejor que mueran debido a que “siendo tantos, no hay cárcel capaz de contenerlos a todos” y a los que se trata como la última clase “no sólo por su orden sino también por su misma condición”.[34] Ahora bien, no es necesaria una lectura meticulosa para notar aquello que se afirma de manera explícita: la taxonomía formulada por nuestro autor se establece, en cuatro de sus cinco casos, a partir de los caracteres de quienes las componen pero también por la situación económica y patrimonial de los allí comprendidos. Así leemos, respecto a la primer clase, que “es la de aquellos que, teniendo unas grandes deudas, son dueños de unas posesiones todavía mayores, a las cuales sienten tal afecto que, de ningún modo, podrían desprenderse de ellas. En apariencia forman éstos una clase respetabilísima -pues son ricos-, pero su modo de pensar y de actuar está lleno de desvergüenza”[35]; luego explica que “la segunda clase es la de aquellos que, aunque se ven agobiados por las deudas, no obstante esperan mandar, quieren hacerse dueños de la situación, piensan poder conseguir, con la revolución, unos honores de los que, con la república en paz, no les queda la menor esperanza”[36]; la tercer clase son aquellos que “al verse inesperada y repentinamente entre riquezas, dieron rienda suelta a la suntuosidad y a la inmoderación. Tales sujetos […] contrajeron tan grandes deudas que, para poderse librarse de ellas, deberían llamar a Sila de los infiernos”[37]; la cuarta clase podríamos citarla in extenso pero por economía textual nos limitaremos a señalar que “la forman, sin duda, […] hombres que […] están abrumados de deudas, […] que -en parte por holgazanería, en parte por mala gestión de sus negocios y en parte, incluso, por derrochar- andan vacilantes bajo el peso de antiguas deudas”.[38] Por último, la quinta clase, de cuya breve descripción ya hemos mencionado sus características principales – la de ser asesinos– también es identificada por el estilo de vida que llevan quienes la componen, un estilo impropio de los hombres de bien. Es decir, Cicerón concluye su breve disquisición acerca del peor de los grupos de sublevados otorgándole un lugar de relevancia al hecho de que se trata de hombres “cuya actividad y todo cuyo desvelo se manifiesta en cenas que se prolongan hasta el amanecer”.[39] Así, una vez más, se manifiesta un vínculo estrecho entre los hombres de la peor calaña de toda la ciudad, de Italia y del mundo con la forma en la que los mismos llevan adelante la administración de sus bienes y sus ocupaciones personales.
Por otra parte, resulta ilustrativa la contracara que ofrece Cicerón al referirse a los hombres de bien, que aman la patria y que son capaces de resistir el hambre y las mayores penurias sin por ello volverse contra Roma.[40] En este sentido, el paroxismo llega cuando incluye dentro de esta clase de hombres a los propios esclavos y esto debido a que “no hay un solo esclavo, por poco tolerable que sea su condición de tal, que no sienta horror ante la audacia de esos ciudadanos,[41] que no aspire a la estabilidad de la actual situación, que no ponga de su parte aquello de que es capaz y cuanto puede para la salvación de todos”.[42] Y, por supuesto, no podemos obviar el hacer mención sobre aquel vir que más se destaca entre todos los hombres de bien. Nuevamente, la frecuencia con la que Cicerón expresa su predisposición a dar su vida a cambio de que nada le ocurra a Roma y a sus ciudadanos resultan cuantiosos[43] pero es concluyendo las líneas del último de sus discursos donde mejor se enuncia dicha predisposición. Allí leemos que si, pese a todos sus esfuerzos, y al esfuerzo de todos los ciudadanos y de los mismos dioses, “el poder de los malos ciudadanos frustrase mi esperanza y me venciese, os encomiendo a mi hijo todavía pequeño; estoy seguro de que, como apoyo, no sólo para la salvaguarda de su vida sino para que pueda vivir con dignidad, le bastará que recordéis que es hijo de quien, para salvar todo lo que tenéis, se expuso él solo a los peligros”.[44] Al menos en su retórica, el orador que estaba dispuesto a darlo todo por Roma mostraba una única preocupación en un momento tan vital y no era otra que la de la vida y la dignidad de su hijo para lo cual le bastará, al fin de cuentas, con preservar la memoria de su pueblo. Una memoria que representaba a una de las instituciones republicanas por excelencia,[45] lo cual equivalía a pedir por el bienestar de Roma y sus instituciones más allá del destino que corra su propia vida. Al fin y al cabo Cicerón actuaba acorde con la forma en la que se esperaba que actúe todo padre por su hijo y de esa forma respondía por su doble condición de padre.
P.S
A la luz de lo visto hasta aquí, resulta incuestionable que los aspectos que definían al ser romano, y más precisamente al buen ciudadano, guardaban una estrecha relación tanto con la actividad política como con una buena administración de los bienes y un uso criterioso del dinero. En este sentido debemos advertir la necesidad de mostrarnos sensibles a los conceptos que son propios de una teoría política y no limitar nuestra atención a los textos (o autores) que se limitan exclusivamente a enumerar las formas de gobierno o las maneras en las que la representación institucional debe garantizarse sesgando la dimensión eminentemente política de la religión, la historia, el derecho o la economía. Así, mientras que en la actualidad afirmamos constantemente la necesidad de contar con una teoría crítica ante una realidad política y social compleja, atravesada por una gran cantidad de dimensiones analíticas, seguimos reduciendo la mirada política de la política al plano formal de lo institucional. A nuestro entender, una de las tantas pruebas de la forma en la que nuestras lecturas son incapaces de abordar la política en su debida complejidad surge a partir de la conjunción [y] que acompaña a muchos de los títulos de los estudios que abordan la relación entre la política y la religión o la política y la economía. Esa y no puede significar otra cosa que el hecho de que aún hoy seguimos concibiendo a la política de una manera ingenua y superficial. En este sentido, el análisis ciceroniano que precede a las presentes líneas nos permite insistir, por una parte, en la existencia de una dimensión económica en la teoría política de nuestro autor. Por otra parte, quisiéramos llamar la atención acerca de las formas en las que se cataloga, considera o desecha un texto de acuerdo a si es, o no, considerado parte de un campo disciplinar. En el sentido de lo estrictamente abordado en este trabajo, nos interrogamos acerca de qué otra forma sería posible concebir cualquier tipo de discurso (oral o escrito) en el que se consideren aspectos o dimensiones propias de la vida social de una comunidad para explicar –y por ende justificar– un determinado orden social sino como un discurso político incluso cuando el mismo no haga referencia explícita a las instituciones tradicionalmente definidas como políticas.
Para concluir solo agregaremos que resulta necesaria una relectura del republicanismo clásico a la luz de tres cuestiones que consideramos incuestionables: a. que se ha empobrecido y limitado a la tradición republicana en un sentido similar de lo que ha ocurrido con la democracia ateniense al reducirla a una idea romántica; b. que las lecturas sobre el republicanismo se centran en lo que las corrientes liberales definen como “política” relegando o ignorando otras dimensiones de análisis y, por lo tanto, volviéndose ingenuas y funcionales a dicha ideología; c. la tradición republicana ha influido en nuestra cultura, tal vez, como ninguna otra y sin embargo su ausencia en los programas de estudios de las Universidades y en el campo de la investigación de las ciencias sociales resulta proverbial. Esto es llamativo en sí mismo y más aún cuando consideramos, bajo la luz de los episodios que transcurren en nuestros días, que Roma fue el verdadero laboratorio del que surgen muchos de los conceptos políticos de los que las actuales potencias globales se sirven para luchar, por ejemplo, contra el gran enemigo público de nuestra época, el terrorismo. En este sentido se impone la necesidad de investigar el verdadero estatus de Roma en nuestros días y si su ausencia se debe al fin de su hegemonía sobre nuestra cultura[46] o a determinados mecanismos ideológicos que encubren su presencia con fines que quedan aún por dilucidar.
- Cfr. MAQUIAVELO, Nicolás. Discursos sobre la primera década de Tito Livio. Trad. Ana Martínez Arancón. Madrid: Alianza Editorial, 1999.↵
- Cfr. CANFORA, Luciano. Ideologías de los estudios clásicos. Trad. María del Mar Llinares. Madrid: Akal, 1991.↵
- Recordemos que el título de “padre de la patria” le fue concedido en diciembre del 63, luego de liderar las acciones contra Lucio Sergio Catilina, gracias a la propuesta realizada por Quinto Lutacio Cátulo (h.). Al respecto, cfr. Sobre la casa 132 y el Pro Sestio 121, ambos discursos se encuentran en Discursos IV. Trad. José Miguel Baños Baños. Madrid: Gredos, 1994. ↵
- Cfr. WOOD, Neal. Cicero ́s Social and Political Thought. University of California Press: Berkeley-Los Angeles-Oxford, 1988.↵
- Recuérdese aquí que el palimpsesto Vaticano posee lagunas que se salvan, en algunos casos, con los agregados de los comentaristas. La edición que seguiremos aquí, y que citaremos como «Rep.», corresponde a Sobre la república. Trad. Álvaro D´Ors. Madrid: Gredos, 1984.↵
- Rep. I 1e.↵
- Es decir, en I 25,39 como afirma, por ejemplo, Álvaro D´Ors en su nota correspondiente a dicho parágrafo. En este sentido, nótese que una gran parte de las citas que acompañarán a este primer apartado son anteriores al pasaje señalado por el traductor español lo cual refuerza algunos aspectos que serán mencionados en el post scriptum. ↵
- Cfr. BENVENISTE, Emile. Vocabulario de las instituciones indoeuropeas. Trad. Mauro Armiño. Madrid, Taurus, 1983. Pág. 94.↵
- Rep. I 1,1.↵
- Rep. I 2,2.↵
- Además de las varias decenas de pasajes en los que se confirma esta relación, tal vez sea suficiente recordar aquí el famoso Sueño de Escipión en el que Cicerón desarrolla, con tintes mítico-poéticos, la relación del hombre de Estado con la divinidad.↵
- Cfr. Rep. I 10,15.↵
- Sobre la famosa máxima ciceroniana del cum dignitate otium cfr. BALSDON, J.P.V. “Auctoritas, Dignitas, Otium”. The Classical Quarterly, New Series. Vol.10, No.1, May 1960. Págs. 43-50.↵
- Recordar la máxima epicúrea del “ocio gustoso” al que alude de manera directa Cicerón en Rep. I 1,1. Sobre las críticas de Cicerón a los ideales epicúreos, vid. Sobre la naturaleza de los dioses. Al respecto también resulta pertinente MASLOWSKI, T. “The Chronology of Cicero’s Anti-epicureism”, Eos 62, 1974. Págs. 55-78. Para un abordaje particular del tratamiento del epicureísmo en el contexto del De republica vid. ENGLERT, Walter. “Epicurean Philosophy in Cicero´s De republica: Serious Threat or Convenient Foil?”. Etica & Politica / Ethics & Politics, XVI, 2014, 2. Págs. 253-266.↵
- Cfr. Rep. I 18,30.↵
- Cfr. Rep. I 8,24.↵
- Cfr. Rep. I 8,13.↵
- Es decir, y como bien señala D´Ors, Cicerón optará por una doble vía, la especulativa (propiamente griega) y la fundada en la experiencia (característicamente atribuida a los romanos). Al respecto, cfr. Rep. I 20,33; II 11,22; III 3,6. ↵
- Rep. I 2,3.↵
- Rep. I 15,23.↵
- Es conocido el pasaje en el que Cicerón hace comparar, en la voz de Lelio, un fenómeno atmosférico que producía la visión aparente de dos soles con la gravedad de que en Roma existiesen dos senados o dos pueblos. Al respecto, cfr. Rep. I 19,32.↵
- Rep. I 18,30.↵
- Rep. I 7,12.↵
- Las referencias a Catilina como criminal resultan cuantiosas, sin embargo cfr. Cat. I 4,8; I 5,10; I 7,18; I 10,25; I 13,31; II 4,7; II 11,25; III 7,17; IV 6,11.↵
- Cfr. Cat. I 1,1; I 4,8; I 5,10; I 9,22; II 11,25; IV 3,6; IV 10,20.↵
- Cfr. Cat. I 6,13; II 2,4; II 3,5; II 4,7; II 11,25.↵
- Cfr. Cat. I 4,9; I 5,12; I 9,23; I 13,33; II 9,19; II 13,29; III 9,22; IV 9,18.↵
- Cfr. Cat. I 3,7; II 1,1.↵
- Como sabemos, el término latino œeconomia deriva del griego οικονομία, el cual venía a significar la administración de los asuntos del hogar. Al respecto, cfr. la entrada correspondiente en VALPY F.E.J. Etymological Dictionary of the Latin Language. London: Valpy, 1828. Por otra parte, y si bien se avoca a un contexto diferente, es interesante el estudio de BORISONIK, Hernán. Dinero sagrado. Política, economía y sacralidad en Aristóteles. Buenos Aires: Miño y Dávila Editores, 2013, especialmente págs. 35-55.↵
- Cat. II 11,24.↵
- Cat. II 8,18; II 10,23.↵
- Sobre el uso político de la divinidad en Cicerón, vid. ACERBI, Juan. “Tradición, divinidad y persuasión. Condiciones de posibilidad en torno al concepto de razón de Estado en Cicerón”. En AA.VV. Beresñak, F., Borisonik, H. y Borovinsky, T. (editores). Distancias Políticas. Soberanía, Estado, gobierno. Buenos Aires: Miño y Dávila Editores, 2014. ↵
- Cat. II 8,18.↵
- Cat. II 10,22.↵
- Cat. II 8,18. Resulta sumamente interesante el comentario que sobre esta misma clase de ciudadanos, y en relación al episodio protagonizado en torno a Catilina, formula nuestro autor en su Pro Sila 20,59.↵
- Cat. II 9,19.↵
- Cat. II 9,20. Recuérdese, además, que Catilina había prometido tabulas novas (borrón y cuenta nueva). Es decir, alterar los registros del erario público perdonando las deudas de aquellos que lo apoyaran en su revolución. Al respecto, cfr. el parágrafo 21,2 de SALUSTIO. La conjuración de Catilina. Trad. Bartolomé Segura Ramos. Madrid: Gredos, 1997↵
- Cat. II 10,21.↵
- Cat. II 10,22.↵
- Cat. IV 8,17.↵
- Recordemos que los esclavos no eran ciudadanos por lo que Cicerón realza el énfasis de que unos y otros se encuentren en una situación tan paradójica: los esclavos a favor de la República y los ciudadanos en contra.↵
- Cat. IV 8,16.↵
- Cfr. Cat. I5,11; I 7,18; I 9,22; II 5,11; II 28,13; III 10,24; IV 2,4↵
- Cat. IV 11,23.↵
- Al referirse de esta manera a la memoria de su hijo, Cicerón se inscribe él mismo dentro de la tradición del mos maiorum, el decir de los antepasados, que constituía una de las bases fundamentales del orden político y social de Roma. Al respecto, cfr. PINA POLO, Francisco. “Mos maiorum como instrumento de control social de la nobilitas romana”. Revista Digital de la Escuela de Historia. Universidad Nacional de Rosario Vol.3, Nro4 (2011). Págs. 53-77.↵
- Aldo Schiavone sostiene que la larga tradición jurídica romana ha visto su decadencia, y su posterior fractura, a lo largo del siglo XX. Al respecto, cfr. SCHIAVONE, Aldo. Ius. La invención del derecho en Occidente. Trad. Germán Prósperi. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2012.↵






