Daniela Griselda López
Introducción
No cabe duda de que en la actualidad el fenómeno de los precios ocupa un lugar central en la agenda política y mediática y es el foco de discusiones y encendidos debates en la arena pública en Argentina. Sin embargo, llama la atención que en esas discusiones se “olvidan”, por así decirlo, las acciones sociales concretas de los actores en el mercado. Titulares periodísticos como “El precio de la leche subió” (Sticco, 2016), “Sin regulación oficial, aumentan los precios” (Sainz, 2015) o “Un aumento de precios escandaloso” (Suplemento Economía, 2017) son prueba suficiente no solo de la visión instalada acerca de que los precios son moldeados por las fuerzas anónimas del mercado, sino también del menosprecio de un análisis en el que los actores económicos jueguen un rol activo en su proceso de formación. Los que aumentan son los precios y, en consecuencia, los agentes del mercado que producen concretamente ese aumento son desplazados del centro de la escena.
Más allá de la relevancia de la cuestión de la formación de precios en la vida económica de una sociedad, también es importante señalar la centralidad que la temática ha tenido a lo largo de la historia de la reflexión económica. Desde el punto de vista teórico, el precio aparece como uno de los conceptos centrales del análisis económico (Ebeling, 1990) y su proceso de formación ha sido uno de los principales problemas a los que este pensamiento intentó darle solución (Valdebenito González, 2016: 61). Y esto, principalmente, porque no existe ninguna proposición económica que no pueda ser expresada en términos de precios (Klimovsky, 2000: 81).
La importancia vital del fenómeno tanto en la realidad económica de una sociedad como en la esfera de la reflexión científica sugiere la necesidad de elaborar los lineamientos para una comprensión sociológica de la formación de precios que, a grandes rasgos, pueda servir como base para demarcar un campo de investigación: la sociología de los precios. ¿Cómo abordar el estudio sociológico de la formación de precios? ¿Qué dimensiones del fenómeno deben considerarse relevantes? ¿Cómo posicionarse frente a los abordajes convencionales? ¿Desde qué ángulo debe emprenderse la crítica a la economía neoclásica? Estas son algunas de las preguntas que intentaremos responder a lo largo de nuestro artículo.
Para comenzar es preciso mencionar que el estudio de los precios ha sido abordado desde una amplia variedad de perspectivas sociológicas (Beckert, 2011a; Dore, 1992; Ebeling, 1986; Fillieule, 2010; Uzzi y Lancaster, 2004; Wherry, 2008; Yakubovich, Granovetter y McGuire, 2005; Zelizer, 1981). En términos generales, la principal contribución del abordaje sociológico de los precios es que su proceso de formación no se entiende como el producto de preferencias individuales, sino que se comprende como el resultado de fuerzas sociales y políticas que operan en el mercado. En sus rasgos más centrales, la perspectiva sociológica sobre los precios se posiciona de modo crítico frente a la economía neoclásica, la que ha interpretado que en el marco de las economías de mercado los precios son el resultado de la oferta y la demanda. Sin embargo, el análisis sociológico no niega que la oferta y la demanda jueguen un rol importante en la formación de precios, sino que propone que la oferta y la demanda son moldeadas por fuerzas sociales y políticas así como por contextos sociales y culturales que orientan las preferencias de los actores.
En un sentido amplio, el fenómeno de los precios atañe al establecimiento de intercambios en el mercado y se enmarca en la sociología de los mercados. Los intercambios involucran la formación de precios de los bienes generándose, de este modo, un tipo de medida cuantitativa. Dado que los precios determinan el valor de mercado de los productos y servicios, su fijación está vinculada a un proceso de reparto. Los precios crean “ganadores y perdedores” al estipular cuánto deben recibir los vendedores y cuánto deben pagar los compradores con el objeto de realizar la transacción. En consecuencia, la investigación sociológica de los precios conlleva un abordaje de las instituciones básicas de la economía moderna y dos ejes fundamentales como son el poder y la desigualdad, temas de relevancia política indiscutida y locus de sentidos y significados sociales (Carruthers, 2005: 371).
La idea de comprender los precios desde el punto de vista de las fuerzas sociales que los constituyen posee una larga tradición en el pensamiento sociológico. Ya en Émile Durkheim es posible encontrar una reflexión en torno a los precios, los que se definen, por un lado, como rasgos externos que confrontan a los actores del mercado “desde afuera”. Y, por el otro, como reflejo, bajo circunstancias “normales”, de la opinión pública sobre el valor de los bienes (Durkheim, 1993: 179). Desde su perspectiva, la importancia de considerar a los precios como hechos sociales radica en que su análisis solo puede ser realizado con referencia a las instituciones sociales. El mismo Max Weber afirmó que “[…] los precios en dinero son producto de lucha y compromiso; por tanto, resultados de constelación de poder.” (Weber, 2002: 82). Teniendo en mente estos análisis, queda desde el comienzo derribada la idea neoclásica de que los precios son el resultado de un ajuste automático de la oferta y la demanda. Por el contrario, derivan de fuerzas sociales y políticas operantes en el mercado. En esta línea, puede rescatarse la propuesta de Pierre Bourdieu para quien la noción de campo rompe con la lógica abstracta de una determinación automática, mecánica e instantánea de los precios en un mercado en la cual prevalece una competencia sin trabas. Es la estructura del campo, es decir, la estructura de las relaciones de fuerza o relaciones de poder entre las empresas, la que determina las condiciones bajo las cuales los agentes deciden o negocian los precios de compra (de materiales, trabajo, etc.) y los precios de venta. La estructura de las relaciones de fuerza entre empresas contribuye en muchos aspectos esenciales a la determinación de los precios al dar forma, a través de la posición que se ocupa en esa estructura, a oportunidades diferenciales de ejercer una influencia sobre la formación de precios. En este sentido, “[…] no son los precios los que determinan todo, sino que todo determina los precios.” (Bourdieu, 2005: 77). También Niklas Luhmann (1988) ha realizado un aporte al abordaje sociológico de los precios al sostener que los precios proveen puntos de orientación, es decir, funcionan como estructuras de expectativas que sirven a la coordinación de ego y alter ego, haciendo posible que se conecte un pago con otro pago, en otros términos, haciendo posible la “autopoiesis” del subsistema social de la economía. Sin embargo, el significado social de los precios desborda la función de coordinación y su comprensión como resultado de las disputas entre los actores en el mercado ofrece también un punto de vista estratégico desde el cual la sociología puede realizar un aporte al análisis de su proceso de formación.
En el marco de estas discusiones, y con el trasfondo de las preguntas planteadas más arriba, el capítulo busca recuperar los aportes conceptuales que desde diversas perspectivas se han realizado a la investigación sociológica de los precios. Para ello se abordan, en primer lugar, las reflexiones preexistentes, tanto filosóficas como económicas sobre la distinción entre valor y precio, buscando ampliar el horizonte interpretativo al aportar nuevas preguntas e interrogantes. En segundo lugar, se revisan las investigaciones empíricas realizadas en el campo de la sociología económica de los precios con el objeto de relevar elementos teóricos y metodológicos de utilidad para la indagación de problemas concretos. Se sostiene que la historia de la reflexión sobre las nociones de valor y precio ha atravesado un proceso en el que la esfera económica se autonomiza conceptualmente de la moral y de las preocupaciones vinculadas a la cuestión de la justicia en los intercambios. Y que ambas dimensiones han vuelto a vincularse en las últimas décadas no solo desde el punto de vista de la mirada científica, sino también desde diversas prácticas económicas concretas como las del comercio justo donde se ponen en juego nuevamente nociones como la equidad y la justicia, entre otras. En el marco de este “estado de la cuestión crítico”, nos proponemos fomentar la apertura de la sociología fenomenológica a los estudios en el campo de la sociología económica. Mostraremos que, en línea con la intención husserliana de crítica a las ciencias, Alfred Schutz propone desde su sociología de orientación fenomenológica resituar al mundo de la vida como fundamento olvidado de las ciencias sociales, en general, y de la ciencia económica, en particular. Esto es, una reivindicación del significado subjetivo que, en oposición a la visión idealizada y a priori dominante, enfatiza la estrecha conexión de la vida económica con la realidad intersubjetiva del mundo de la vida.
Nuestro propósito más amplio es el de contribuir a la constitución de un pensamiento sociológico sobre los problemas económicos que sea crítico de las corrientes convencionales neoclásicas las que, como mencionamos, conciben los procesos de formación de precios como el resultado automático del movimiento de las curvas de oferta y demanda. Proponemos una interpretación alternativa de los fenómenos económicos que incluya a los sujetos sociales, quienes en las perspectivas mencionadas quedan fuera de toda indagación científica y de toda reflexión conceptual. Pretendemos, en síntesis, relevar los rasgos más salientes de lo que podría denominarse como campo de la sociología de los precios para explicar su significado social en el sentido más profundo de su expresión.
I. La posición neoclásica en el marco de las reflexiones sobre el valor y el precio
I.1. Aristóteles y la noción de “precio justo”
Las primeras reflexiones sobre el significado de las nociones de valor y precio se produjeron en el marco de la filosofía moral. Lo que preocupaba a los pensadores que abordaron la temática en sus inicios era precisamente la moral y la justicia, y, en este sentido, trataron de contestar preguntas tales como ¿cuál es el precio justo?, ¿es justo cobrar interés por un crédito? o ¿es lícito el comercio? Más concretamente, el tema económico por excelencia era la justicia en los intercambios (Cachanosky, 1994). Como consecuencia de este planteo, la indagación en torno a qué era un precio o cómo se determinaba un precio quedaba subsumida a los ejes centrales alrededor de los cuales giraba la filosofía moral de la época: la resolución de criterios de justicia. La formación de precios, entonces, no se inscribía solo en el campo de la economía, sino también en el de la ética[1] y la política. Como mostraremos más adelante, esta ligazón entre economía, ética y política se rompe con la autonomización de la economía como disciplina científica –suele señalarse The Wealth of Nations de Adam Smith (1977 [1776]) como el hito en el que se produce la separación más importante entre economía y moral– para volver a interpelarse en la actualidad, en interpretaciones recientes que describen el proceso de inclusión de la cuestión de la equidad en los intercambios de mercado en prácticas como las del comercio justo y el denominado consumo ético.
El pensamiento filosófico griego, especialmente el de Aristóteles, representa un buen punto de acceso para indagar los antecedentes de la reflexión sobre el valor y el precio dado que es posible encontrar en él una primera formulación tanto del problema del valor de los bienes económicos como del establecimiento de los precios. En sus escritos se hace clara la múltiple intersección entre economía, ética y política, la que se ve cristalizada en la idea de “precio justo”.
Aristóteles se preocupaba por la manera de lograr una sociedad más justa tratando de resolver los problemas de justicia en los intercambios. En el marco de esa intención, el filósofo presentó lo que algunos autores mencionan como los rudimentos de la distinción entre valor de uso y valor de cambio o, desde nuestro punto de vista, entre valor y precio: “[…] toda propiedad tiene un doble uso […] por ejemplo, un zapato puede usarse como calzado y como objeto de intercambio” (Arist. Plt, I, 9, 1257a5-10). Como señalan especialistas en la temática “[…] es Aristóteles quien hace las primeras reflexiones sobre el valor y el precio desde la perspectiva del valor de uso y el valor de cambio, desde su preocupación por la manera de alcanzar una sociedad justa.” (Sánchez-Serna y Arias-Bello, 2012: 437). Debemos señalar que no está hablando aquí Aristóteles de valor y precio desde una óptica económica, sino de las distintas maneras que tienen las personas de adquirir bienes, esto es, del intercambio desde una perspectiva ética.
Para que haya justicia en el intercambio lo que se entrega debe ser “igual” a lo que se recibe, una “retribución proporcional”. El criterio para administrar justicia es el de “reciprocidad proporcional” (Arist. EN, V, 4, 1133a5-10) entendida como una característica del lazo social. Si bien no se indica qué es lo que hay que igualar, Aristóteles refería los asuntos de justicia en el intercambio a la regulación de los precios a partir de la equivalencia, o valor de cambio, entre valores de uso desiguales. Su concepción de precio justo apelaba a una equivalencia encerrada en el objeto, en su valor equivalente, no en la subjetividad del comprador. Esto significa que se recurría a una equivalencia práctica objetiva de cambio de acuerdo a un principio de justicia que tenía que ver con el bien común. Desde su punto de vista, la justicia posee la virtud de regular las desigualdades que todo tipo de relación mercantil lleva en su seno. Es la justicia conmutativa la que actúa como base para el establecimiento de los precios y la que mantiene el principio igualitario en el que debe enmarcarse toda transacción económica. Ante un acto injusto según el cual una de las partes está apropiándose de un excedente, y a fin de preservar la armonía de la sociedad cívica, es necesaria una ley que defina el intermedio, lo justo entre los extremos, a los que tiende todo tipo de relación comercial (Valdebenito González, 2016: 62-63). La equivalencia no puede darse entre las utilidades de bienes desiguales, entre los valores particulares de estos. Para que la igualdad logre efectuarse entre objetos de utilidades diferentes se precisa que dichas utilidades sean llevadas a una cualidad común, a una forma general de proporción. Las mercancías al intercambiarse deben ser llevadas a su forma convenida de equivalencia, por medio de un valor general que permita que las cosas puedan tornarse igualables, por ende, intercambiables. Ese valor general se expresará mediante el precio de las mercancías, siendo la moneda la responsable de manifestarlo en su forma más concreta. La condensación de “lo justo” en relación al intercambio resulta ser el precio justo, cuyo rol consiste en corregir las desigualdades derivadas de las relaciones injustas que toman lugar en el espacio donde transcurre el intercambio comercial. Si bien Aristóteles no desarrolló una teoría del valor ni detalló los aspectos del valor de cambio, logró instalar la necesidad de contar con un valor objetivo de los bienes económicos, independiente de las circunstancias del mercado y de la estimación subjetiva de los participantes en el proceso de cambio.
Creemos importante aquí comenzar a delinear algunos ejes por los que discurrirá la reflexión sobre valor y precio que serán de utilidad para nuestro recorrido. En primer lugar, la filosofía de Aristóteles y la escolástica que le sigue se plantean dos modos distintos de acceder a las nociones de valor y precio: la perspectiva objetiva que, como mencionamos, sostiene que la equivalencia está encerrada en el objeto, en su valor equivalente,[2] y la perspectiva subjetiva, para quien el valor reside en la subjetividad del comprador. En segundo lugar, el otro eje importante es el del lugar que se le otorga al mercado en el proceso de formación de precios. Como vimos, para Aristóteles el precio justo era independiente de este. Son los escolásticos quienes abrirán la posibilidad de que el precio sea fijado tanto por el gobernante como por el mercado inaugurando, de este modo, la reflexión acerca de las fluctuaciones de la oferta y la demanda. La escolástica realizará una de las primeras reinterpretaciones de la teoría aristotélica del precio justo y, como sostendremos, se convertirá en el antecedente de los postulados de la teoría subjetiva moderna del valor.[3]
I.2. La escolástica: precio justo, subjetivismo y mercado
Puede afirmarse que fue Francisco de Vitoria, fundador de lo que posteriormente se denominó como escuela de Salamanca, quien en el siglo XVI sentó las bases de las modernas teorías del valor y del precio (Cachanosky, 1994) al enunciar que los costos no deben tenerse en cuenta para determinar el precio justo, sino la común estimación de lo que vale un bien. Dos características recorren su obra así como el pensamiento escolástico de la época. En primer lugar, una aproximación a todas las cuestiones prácticas desde el punto de vista ético. En segundo lugar, una concepción de persona “[…] no como individuo desligado, sino como constitutivamente religada a los demás en una sociedad política articulada.” (González Fabre, 1999: 84). De ahí la centralidad de la noción de “común estimación de los hombres”. Además, en el contexto de un Estado crecientemente endeudado por las guerras europeas y mediterráneas, las ideas de Vitoria derivan en recomendaciones de política económica al rey y a sus consejos (ibíd.: 110). De eso se desprende que el precio justo no es el precio de mercado, sino que deben buscarse otros parámetros a fin de que el rey pueda elaborar su determinación. Para ello el autor realiza una distinción entre bienes de primera necesidad y de lujo, y considera que los costos deben tenerse en cuenta para determinar el precio justo de los segundos, mientras que en el caso de los bienes de primera necesidad deberían tenerse en cuenta las necesidades de la gente o la estimación común. Esto lo llevó a estar a favor de un control de precios de bienes de primera necesidad.
Así como Vitoria, muchos pensadores de la escuela de Salamanca entendían que son las necesidades las que dan origen al valor de las cosas[4] y que la oferta y la demanda “[…] son algunos de los factores que reyes y príncipes deben tener en cuenta para fijar los precios.” (Cachanosky, 1994: 28). En este sentido, vale la pena mencionar el trabajo de Luis Saravia de la Calle quien se ha identificado con un “subjetivismo extremo” y con la culminación de un movimiento gradual al interior de la escolástica dado su rechazo a los costos de producción en cualquier estimación de los valores y los precios de los bienes (Grice-Hutchinson, 1952). En el análisis de Saravia los precios se determinan por la oferta y la demanda, y los costos de producción no tienen influencia alguna en su establecimiento. No obstante, la ley de la oferta y la demanda de los escolásticos era rudimentaria, en el sentido de que se hablaba de una cantidad específica de compradores y vendedores, de urgencia por comprar y vender y de la escasez o abundancia de mercancías y dinero.
En suma, para la corriente escolástica, la apreciación que las personas tienen de los bienes, y no la dimensión objetiva, como los factores productivos, los costos de producción, la tierra o el trabajo de estos, pasa a ser el fundamento de la fijación del valor de cambio. No obstante, ese subjetivismo escolástico es distinto del que será el moderno subjetivismo de la escuela económica neoclásica. Para la escolástica la estimación de los bienes guarda relación directa con la justicia, la que asegura que toda transacción comercial no tenga como consecuencia el enriquecimiento de ciertas partes a costa del empobrecimiento de otras. Más adelante desarrollaremos el cambio radical que experimenta el subjetivismo con la corriente subjetivista moderna.
I.3. Los clásicos y la teoría objetiva del valor
Los antecedentes presentados más arriba permiten revelar un interés por lograr la armonía en las relaciones de intercambio que podrían ser, potencialmente, desiguales e injustas. Planteándose, de ese modo, los rudimentos del problema de la coordinación. Ese problema se formuló claramente a principios del siglo XVIII y marca el “acta de nacimiento” (Klimovsky, 2000: 79) de la economía como disciplina autónoma. Esto puede verse claramente en la obra de Smith para quien la coordinación de las acciones económicas parte del supuesto de individuos egoístas, concepción que hace evidente el desprendimiento de la moral de la esfera económica. Con la escuela clásica, la ciencia económica empieza a identificarse como una ciencia independiente de la ética y la política, pasando los juicios morales a un segundo plano (Cachanosky, 1994: 52).
Los precursores de la teoría objetiva del valor asignaban a las mercancías un valor objetivo que se fundamentaba en el trabajo. Esa teoría nace con la economía moderna en la obra de Smith (1977 [1776]), fue desarrollada por David Ricardo (1973 [1817]), y recuperada críticamente por Marx (2000 [1867]) en su teoría del plusvalor. Smith partió de la distinción entre valor de uso y valor de cambio que había iniciado Aristóteles y planteó lo que se conoce como la famosa paradoja del valor, paradoja sobre la cual se edificará la crítica de la escuela de la utilidad marginal. Smith daba por sentado, como todos los clásicos, que para que una cosa tenga valor de cambio tiene que tener valor de uso. Sin embargo, cosas de mucha utilidad pueden tener un precio bajo o nulo y cosas de poca utilidad pueden tener un alto precio. Más adelante veremos el impacto que tendrá esta paradoja en el surgimiento del pensamiento económico neoclásico.
Todos los clásicos coincidían en que la mejor medida del valor de cambio era la cantidad de horas de trabajo que insumía producir un producto. Smith sostiene que el trabajo es la medida del valor de cambio de todos los bienes porque lo considera la moneda original: “El trabajo fue el primer precio. La moneda de compra originaria que se pagaba por todas las cosas.” (Smith, 1977 [1776]: 51).[5] Smith dirá que solamente el trabajo, que nunca varía su propio valor, es el patrón último y real a través del cual se puede estimar y comparar, en todo tiempo y lugar, el valor de todas las mercancías. Es su precio real; el dinero es solo su precio nominal.
En este marco, estableció una distinción entre el precio de largo plazo o precio natural de los bienes y precio de corto plazo o precio de mercado.[6] El precio de mercado puede estar por encima, por debajo o coincidir exactamente con su precio natural. El precio de mercado de toda mercancía está regulado por la proporción entre la cantidad que efectivamente fue traída al mercado y la demanda de aquellos que están deseosos de pagar el precio natural de la mercancía. Smith explica la formación de los precios de mercado por cambios en la oferta y la demanda. De modo que el precio de mercado puede separarse del natural por sus movimientos.
Por su parte, Ricardo sostiene, al igual que Smith, que la palabra valor tiene dos significados: valor de uso y valor de cambio, retoma la paradoja del valor y concluye que la utilidad no es la medida del valor de cambio, pero sí una condición necesaria para su existencia, esto es, la utilidad como fundamento del valor de uso o precio de las mercancías. A diferencia de Smith, Ricardo sostendrá que “[…] no es el trabajo el patrón efectivo de valor de una cosa, sino la cantidad relativa de trabajo cristalizado en dicha cosa.” (Valdebenito González, 2016: 74).
En esta línea, Marx comienza sosteniendo como todos los clásicos que para que las cosas tengan valor de cambio tienen que ser útiles o tener valor de uso. La utilidad de una cosa hace de ella un valor de uso. Pero esa utilidad “no flota por los aires”, sino que es “[…] el cuerpo mismo de la mercancía.” (Marx, 2000 [1867]: 44). En este sentido, es el sí-mismo de las cosas el que posee la capacidad para satisfacer necesidades y no la mente humana la que percibe la utilidad. La capacidad de una mercancía para satisfacer necesidades sería algo objetivo, un rasgo de las cosas mismas. Luego de eso, Marx deja de lado el análisis del valor de uso y desarrolla la teoría del valor trabajo. Sostiene que el valor de cambio se presenta como una relación cuantitativa, es decir, la proporción en la que se intercambian valores de uso. Y define, luego, el valor de cambio en términos abstractos como el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una mercancía.
Los clásicos, con su teoría objetiva del valor, dieron nacimiento a la teoría clásica de los precios de producción. La crítica posterior de la escuela neoclásica a esa teoría abrirá el camino para la formulación de la teoría del equilibrio general, abordaje dominante en la actualidad. Estas dos grandes visiones acerca de la formación de precios son las que monopolizan la discusión económica actual.
I.4. La escuela neoclásica: individuo, oferta y demanda en la formación de precios
A finales del siglo XIX surge la escuela neoclásica. Sus fundadores son William Jevons, quien junto a Alfred Marshall dará origen a la escuela de Cambridge; Carl Menger, fundador de la escuela austríaca de economía; y León Walras, autor de la teoría del equilibrio general, ampliada posteriormente por Vilfredo Pareto. En 1871 se produce la mayor revolución de las teorías del valor y del precio con el descubrimiento de la teoría de la utilidad marginal que se dio en el marco de la llamada “revolución subjetivista”. La corriente subjetivista moderna se opone enfáticamente a la base objetiva de la teoría del valor trabajo desarrollada desde Smith hasta Marx. La paradoja del valor en la que caen los clásicos será el disparador de la teoría de los economistas neoclásicos. El valor de cambio pasa a depender enteramente de la utilidad, y el valor final del bien se funda únicamente en sus cantidades y escasez en el marco de un mercado que se interpreta como compuesto por individuos atomizados. El precio justo, de esa manera, se somete al punto de vista de cada individuo, al examen que este lleva a cabo en virtud de su interés individual.
En términos generales es posible afirmar que los tres autores coinciden en que la utilidad es la capacidad que tiene un objeto de producir placer o evitar malestar. La ley de la utilidad marginal decreciente enuncia que a medida que un individuo posee más unidades de un mismo bien, la utilidad que este le brinda es cada vez menor. Desarrollaremos brevemente la ley de utilidad marginal en base a uno de los trabajos más representativos de esta tradición, el de Menger. Nos inclinamos por su obra dado que es el autor que utilizó un lenguaje menos matemático y puso el acento en la escala de preferencias para explicar por qué decrece la utilidad de un bien a medida que se tienen más unidades de él. Las obras a las que nos referimos, y que marcan el surgimiento de la escuela austríaca de economía son Principios de Economía (Menger, 2007 [1871]) e Investigaciones sobre el método de las ciencias sociales y de la economía política (Menger, 2009 [1882]). En su primer libro, Menger propondrá su versión del principio de utilidad marginal mientras que, en el segundo, sentará posición en la Disputa Metodológica [Methodenstreit] contra el economista alemán afiliado a la escuela histórica alemana, Gustav Schmoller (Prendergast, 1986: 10). En su primer trabajo Menger inició lo que se denominó la “revolución subjetivista” en economía. Esa revolución reemplazó a la teoría clásica del valor de Smith, Ricardo y Marx, por una teoría del valor entendido “en sentido subjetivo”. Según esta perspectiva el valor de las mercancías y servicios no depende del costo de su producción, sino de la utilidad que los consumidores les asignan. A juicio de Menger, y tomando la paradoja del valor como punto de partida, la teoría del valor con relación a la cantidad de trabajo para producir un bien se revelaba insuficiente, pues muchas cosas, a pesar del trabajo que se emplea en producirlas y los altos costes de producción, alcanzan precios muy bajos y a veces ni siguiera obtienen precio alguno. En oposición a la teoría del valor trabajo, Menger sostenía que el valor de un bien depende de la utilidad que de él obtiene un individuo. Esa utilidad consiste en la satisfacción que el individuo recibe por el hecho de poseerlo. No obstante, para un mismo individuo, un bien puede tener más o menos valor según la cantidad en que está disponible. A medida que un individuo adquiere nuevas cantidades de una mercancía, aumenta la satisfacción y la utilidad que obtiene, pero no en una medida proporcional. La ley de la utilidad decreciente o ley de la utilidad marginal sostiene que:
[E]n la medida en que el consumo de una mercancía por parte de un individuo aumenta respecto del consumo de otras mercancías, la utilidad marginal de la mercancía en cuestión tenderá a disminuir respecto de la utilidad marginal de las demás mercancías que consume. (citado en Antiseri, 2006: 19).
Luego del retiro de Menger, su sucesor Eugen Böhm-Bawerk, continuó la tradición, y la tercera generación centrada en Ludwig von Mises, Schutz, Felix Kaufmann, Fritz Machlup y Friedrich von Hayek, conducirán a la escuela a través de la mitad del siglo XX (Wilson, 2005: 22).
Mises desarrolló la teoría de la utilidad marginal de Menger en su praxeología a partir de la noción de elección, el acto de preferencia o de aplazamiento. Desde su perspectiva la acción no solo es preferir, sino que también supone elegir, determinar e intentar alcanzar un fin. Tomar una decisión es siempre un proceso racional el cual involucra la búsqueda de los medios más adecuados con el objeto de alcanzar los propios fines. Los fines últimos, por los que se esfuerzan los actores, se basan en sus valores subjetivos. De dos cosas que no puede tener simultáneamente un agente, elige una y deja de lado a la otra. Cuando se elige, las opciones aplazadas siempre hacen que se prefieran otras. Esto se denomina “costos de oportunidad”, lo que no es más que otra formulación del principio de utilidad marginal. Es importante mencionar que en términos epistemológicos estas son verdades a priori, universales, se aplican a cualquier actor y son siempre verdaderas en todas las situaciones históricas: “[…] aunque el hombre de la Edad Media no hubiese conocido la ley de la utilidad marginal, no podría haber actuado de otra forma que lo que describe la ley de la utilidad marginal.” (Mises, 2003 [1933]: 103). Es posible mencionar aquí, los graves problemas de fundamentación epistemológica que atravesó esa tradición (López, 2016), dada la versión de subjetividad que proponía la que, fundada en supuestos a priori, quedaba desconectada de cualquier realidad económica concreta. Si bien las acciones subjetivas estaban en el centro de su interés, la metodología de construcción de categorías objetivas acorde a ese objeto, consistía en una intuición intelectual que implicaba un olvido o una desconexión respecto del sujeto actuante, es decir, del sujeto entendido como persona real. De este modo, se sustituía al sujeto concreto por idealidades y abstracciones creadas por la ciencia. En la formulación de esta crítica mucho tuvo que ver Schutz quien, desde su fenomenología social, elaboró los fundamentos epistemológicos para un abordaje de los fenómenos económicos desde el punto de vista del actor social. Desarrollaremos este punto más adelante.
Algunas características generales de la escuela neoclásica de economía que pueden mencionarse son, por un lado, que el mercado se concibe como un proceso neutro que permite el logro de la eficiencia y que, en ese contexto, los precios son precios de equilibrio que permiten alcanzar un uso eficiente de recursos en un espacio económico que no incorpora en absoluto ningún criterio de justicia. Por otra parte, el orden económico es concebido como una sociedad simétrica. La sociedad de mercado de competencia perfecta está conformada por agentes cuyas decisiones y acciones se basan en un criterio general de racionalidad instrumental que consiste en la maximización de utilidad. Todos los agentes poseen la misma información y sus decisiones no influyen sobre los precios, diferenciándose por su carácter de consumidores o productores. El único principio para la determinación de los precios de los bienes y servicios es el de la oferta y la demanda. Y, dado que los precios de todos los factores se establecen sobre la base este único principio, “[…] no existe una diferencia substancial entre el servicio de un capital y el de un tipo particular de trabajo o de tierra. En este contexto, no hay lugar para las clases sociales.” (Klimovsky, 2000: 85).
Como síntesis del recorrido que presentamos en esta sección es posible sostener que la escolástica se revela como el primer antecedente de los postulados de la teoría subjetiva moderna del valor, la que, enfrentada al pensamiento económico clásico, intenta explicar el valor de cambio de las mercancías a partir de un único criterio como es la percepción individual de las personas con relación a la utilidad de las mercancías que consumen y a la satisfacción de sus necesidades. En el marco de este proceso, que se ha denominado “revolución subjetivista en economía”, se produce lo que el economista Fernando Azcurra entiende como una “confusión empírica entre valor y precio: el precio es el valor” (citado en Valdebenito González, 2016: 61) o, dicho de otro modo, el valor de uso se convierte en el fundamento del valor de cambio. Pero no solo eso, el subjetivismo de la economía neoclásica también deja atrás “[…] todo aspecto de justicia vinculado a la formación y al comportamiento de los precios en el mercado.” (ibíd.: 61). Por otra parte, entre el subjetivismo escolástico y el subjetivismo moderno radica una gran diferencia. Para el subjetivismo escolástico la estimación del precio de los bienes estaba íntimamente ligada a la justicia que, como mencionamos, aseguraba que toda transacción comercial no tenga como consecuencia el enriquecimiento de ciertas partes a costa del empobrecimiento de otras, en suma, tenía en cuenta la estimación común y el acto moral. El subjetivismo moderno, con su versión idealizada de sujeto, desplazará el concepto de justicia en los intercambios por la idea de un precio en el que la valoración individual y los movimientos de la oferta y la demanda juegan un rol fundamental.
En este breve y esquemático recorrido filosófico y conceptual de la reflexión sobre las nociones de valor y precio que culmina con la escuela neoclásica es posible visualizar dos procesos que vale la pena destacar: en primer lugar, una reificación progresiva del conocimiento económico respecto del fenómeno de la formación de precios a partir de su explicación por las leyes abstractas de la oferta y la demanda y de su concepción de individuo atomizado. Esta idealización intelectual, como mostramos, se desconecta de la vida económica y de las prácticas concretas e históricas de los actores en situación de mercado. En segundo lugar, un desplazamiento del concepto de justicia de la esfera económica junto con la pérdida de la reflexión sobre la equidad y el bien común en los intercambios. Como mostraremos a continuación, desde hace unos años se está produciendo un proceso opuesto. Por un lado, la nueva sociología económica pone en el centro de la escena la indagación en torno a los rasgos de la estructura social como elemento ineludible para la explicación del fenómeno de la formación de precios. La crítica a la economía neoclásica por parte de este abordaje hace foco en la imposibilidad de pensar a los actores atomizados y muestra que la dinámica de la oferta y la demanda, lejos de ser anónima, posee una estructura social específica. Por el otro, se multiplican nuevas visiones y prácticas económicas que restituyen el concepto de justicia a la esfera del mercado superando la escisión entre economía y moral planteada por el pensamiento neoclásico.
Para ordenar los aportes de la nueva sociología económica de los precios resulta de utilidad la clasificación que realiza Jens Beckert (2011a), el primer investigador que intentó sistematizar los avances conceptuales en el nuevo campo de la sociología económica de los precios. Con ese objetivo en mente demuestra que la discusión sociológica en torno a la formación de precios puede organizarse a partir de tres abordajes dominantes en sociología económica: las redes sociales, las instituciones y los significados culturales.[7] A continuación se presentan los antecedentes de la investigación empírica más representativos de cada una de estas líneas de indagación.
II. La nueva sociología económica: la desnaturalización del fenómeno de la formación de precios
II.1. Entramados sociales: la estructura social de la oferta y la demanda
Como mostramos, el análisis de los fenómenos económicos ha sido un interés siempre presente en la reflexión sociológica que, luego de declinar en los años 20, se ha visto revitalizado en los años 80 por la nueva sociología económica cuyo exponente, Mark Granovetter, elaboró la teoría de la incrustación [embededness]. Desde esta perspectiva se afirma que las acciones económicas están incrustadas en sistemas concretos de relaciones sociales, argumento que ha sido ampliamente discutido y algunas veces criticado por ignorar sus aspectos cognitivos, políticos y culturales (Zukin y DiMaggio, 1990). Más allá de las críticas internas, la nueva sociología económica constituyó un impulso para el desarrollo de multiplicidad de investigaciones sociológicas sobre procesos y objetos económicos, entre ellos, el de la formación precios.
La teoría de la incrustación desarrollada por Granovetter (1985) afirma que las acciones económicas están integradas en sistemas concretos de relaciones sociales en lugar de ser llevadas a cabo por actores atomizados. Desde este punto de vista, los precios dependen de la estructura de las relaciones sociales en el mercado. En consecuencia, los estudios de redes sobre los precios se proponen explicar su formación y establecimiento en base a una morfología del campo del mercado. Esto permite una desnaturalización de los procesos de formación de precios fundada en el análisis exhaustivo de la estructura social de la oferta y la demanda. Mientras que algunos estudios sobre redes enfatizan la existencia de mecanismos vinculados a la confianza entre el cliente y el proveedor (Dore, 1992), otros, resaltan la noción de status (Uzzi y Lancaster, 2004) en las relaciones sociales y su influencia en la formación de precios. Este último abordaje puede verse claramente en un estudio realizado en el campo del derecho corporativo, investigación que constituye uno de los primeros antecedentes de la sociología económica de los precios.
Brian Uzzi y Ryon Lancaster estudiaron la formación de precios que las grandes firmas de abogados cargan a las compañías de sus clientes por los servicios legales, y, fundamentalmente, el impacto de la “incrustación” en esos precios. Los autores examinaron el modo en el que las relaciones sociales de intercambio entre productores y consumidores afectan los precios que los productores cargan a sus clientes y construyeron su trabajo en base a la idea de incrustación de Granovetter. Los mercados son pensados como estructuras sociales y la incrustación en esa estructura tiene incidencia en la formación de precios y agrega un valor único a los intercambios. En diferentes grados, los actores económicos están incrustados en relaciones sociales y en redes de afiliación que dan forma y generan oportunidades para la creación de valor.
Con la intención de explicar los mecanismos por los cuales la incrustación afecta la formación de precios el trabajo respalda su hipótesis en datos empíricos basados en casos. Su relevamiento estadístico parte de una muestra de 133 bufetes de abogados seleccionados entre las 500 firmas más grandes de Estados Unidos durante el período 1989-1995. Su variable dependiente son los precios (tarifa por horas) de dos tipos de servicios legales que proveen esas firmas: los ofrecidos por los denominados “socios” [partners] y aquellos que realizan los “asociados” [associates]. Los socios son abogados que poseen acciones de la firma y reciben una parte de las ganancias de la empresa, son responsables de realizar el trabajo legal complejo como la redacción de contratos de fusiones y adquisiciones corporativas. Los asociados, por su parte, son empleados asalariados que llevan adelante el trabajo legal rutinario, sus tarifas por hora son más bajas. Para medir la variable independiente “incrustación” los autores toman en cuenta un indicador que pondera la relación entre las firmas de abogados y la compañía del cliente, la que debe haber tenido una duración de, al menos, dos años. Se asume que si la relación ha perdurado por un período tan largo de tiempo, los actores han podido conocerse y desarrollar expectativas y valores compartidos, en suma, han forjado vínculos incrustados. Los datos sobre los precios y sobre la incrustación son tomados de una encuesta anual llevada adelante por el National Law Journal. Uzzi y Lancaster muestran que existe una correlación estadística entre la incrustación y la disminución del precio de los servicios legales. Esta correlación es significativa para el precio de los servicios de los socios, pero no para el de los asociados. Más específicamente, los autores muestran que cuanto más incrustados son los vínculos entre las grandes firmas de abogados y sus clientes, más bajo será el precio por hora de sus servicios legales. Esto se explica porque las relaciones incrustadas entre ambas partes tienden a dar origen a una confianza mutua y a normas compartidas entre los actores, lo que a su vez facilita el intercambio de información privada y limita los riesgos de oportunismo. De esto resulta una reducción en los costos de la transacción, esto es, la reducción de los costes horarios de la producción del servicio legal, lo que tiende a bajar los precios sustancialmente.
En otro estudio ya clásico del área, Valery Yakubovich, Granovetter y Patrick McGuire (2005) resaltan la importancia de las relaciones de poder para analizar el caso del sistema de precios en la industria de la electricidad en Estados Unidos. Al abordar ese estudio los autores señalan la relevancia de analizar la construcción social y política del proceso de fijación del precio de un producto tan particular como es la electricidad.
En su investigación los autores toman como objeto de estudio los primeros sistemas de formación de precios para la electricidad utilizados en Estados Unidos entre los años 1882 y 1910. Y, en base a un análisis de los debates que tuvieron lugar en aquel momento, analizan los motivos por los cuales el “sistema Wright”, notablemente inferior a las otras alternativas en términos de eficiencia productiva, fue ampliamente adoptado en el año 1900. Veamos cómo se dio el proceso. En el período anterior a la fijación de un sistema de precios a la electricidad por parte de la comisión reguladora, se produjo un debate entre dos alternativas de fijación de precios [pricing]: los sistemas Wright y Barstow. El primero no penalizaba el uso de la energía eléctrica en las horas pico, en parte, porque sus defensores perseguían lo que puede denominarse como una “dinámica de crecimiento” que incluía una maximización de la recaudación y la construcción de monopolios. Por su parte, el sistema Barstow, proponía precios basados en las horas del día, más consistente con la eficiencia productiva y la maximización del beneficio a corto plazo. El trabajo de investigación propone que, a pesar de la importancia obvia de los aspectos técnicos y económicos en la emergencia de la industria de la electricidad, los resultados generales no pueden ser explicados en toda su complejidad sin una comprensión del modo en el que los “actores claves” involucrados movilizaron recursos a través de sus relaciones sociales, políticas, financieras, industriales y extraindustriales (Yakubovich et al., 2005: 580).
Hacia principios del siglo XX el sistema Wright se volvió dominante en la industria de electricidad norteamericana mientras que el sistema Barstow desapareció virtualmente del discurso. Si la maximización de la ganancia hubiese sido el objetivo último, entonces el sistema Barstow habría prevalecido. Por otra parte, es cierto lo que argumentan los teóricos de la organización industrial acerca de que el aumento de la recaudación puede, bajo ciertas circunstancias, conducir a la maximización de la ganancia a largo plazo, y en ese sentido el sistema Wright podría también haber sido económicamente sólido. Varios años después, a pesar de esas ambigüedades, un número prominente de economistas argumentan (con el beneficio de la mirada retrospectiva) que los sistemas de precios basados en las horas del día fueron superiores no solo en términos de eficiencia productiva, sino también distributiva. De hecho, algunos autores atribuyen al sistema Wright la crisis que atravesó la industria de la electricidad en ese país en la primera mitad del mencionado siglo. Dadas las ambigüedades involucradas es interesante preguntarse por qué el sistema Wright se volvió dominante. Para responder a esta pregunta, los autores proponen un abordaje que le asigna un rol central en los resultados a las posiciones en redes de los principales actores involucrados y a sus filiaciones institucionales.
Lo interesante de esta perspectiva es que ilumina la historia de las luchas que se dieron por el sistema de fijación de precios a la electricidad en Estados Unidos. En ese marco, los precios se presentan como un campo de disputa entre el lado de la oferta y el de la demanda en contra de sistemas diferenciales de precios. En una primera etapa, los autores muestran cómo se da una presión creciente por parte de los consumidores hacia la estandarización de los métodos de formación de precios [pricing methods]. Desde este punto de vista, el movimiento de la demanda es abordado poniendo el foco en su organización social: los clientes dejan de ser pensados como átomos y comienzan a verse como conectados mediante relaciones sociales entre ellos. Esa recuperación de la estructura social de la demanda representa un cambio significativo y decisivo respecto de la abstracta demanda de la economía neoclásica desconectada de cualquier realidad histórica concreta. Los autores realizan un análisis del entramado social que constituye esa demanda y de la capacidad de esas redes para la acción colectiva. También las presiones institucionales son tomadas en cuenta para la investigación dado que estas jugaron un rol central, fundamentalmente, las presiones legislativas en torno a la imposición de un sistema de precios. Pero también la oferta es abordada desde su estructura social y, en este sentido, la investigación sostiene que fue Samuel Insull, el primer secretario privado de Thomas Edison, así como el círculo creado por él luego de la partida de Edison de la industria de la electricidad, quien tuvo el éxito político de controlar las asociaciones comerciales (Yakubovich et al., 2005: 581) y de incidir en la imposición de uno de los métodos de formación de precios. La consolidación del poder de Insull en el marco de las asociaciones comerciales coincidió con el debate sobre los precios, lo que le permite a estos autores tomar una fotografía instantánea de la distribución de poder al interior de la industria. Esa fotografía representa una oportunidad única para comprender el proceso de institucionalización del sistema de precios y, en particular, del rol de las redes sociales concretas en el mismo.
Se sugiere que la adopción del sistema Wright no fue el resultado de argumentos persuasivos, sino de complejas manipulaciones y ejercicios de poder llevados a cabo por los principales actores de la industria, quienes movilizaron apoyos a través de sus redes personales en base al rol dominante en las asociaciones de comercio e industria. Para demostrar este punto se analizan las actas de los encuentros anuales de las dos principales asociaciones de comercio en la joven industria de la electricidad, desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX, y se argumenta que el resultado a favor del sistema Wright se debe, en parte, a la influencia política y organizacional de sus partidarios, así como a sus particulares concepciones sobre los límites y el futuro de esa industria. El sistema Wright respondía mejor a la estrategia de “crecimiento dinámico” promovida por los gerentes de las grandes estaciones centrales en su feroz competencia con las instalaciones más pequeñas y descentralizadas. De este modo, aún en este escenario en apariencia técnico y económico sobre cómo formar el precio de un producto, existía un amplio margen para la construcción social y la manipulación política. En el texto se señala la importancia de la dimensión social aún en las prácticas económicas más convencionales. Y se concluye que un grupo particular de ejecutivos de la industria de la electricidad fue capaz de institucionalizar su sistema elegido de formación de precios a través de su posición dominante en la estructura de poder de la industria, especialmente a través del control de las asociaciones de comercio. Esto nos abre el camino para la presentación del segundo abordaje crítico de la corriente neoclásica de la formación de precios, la perspectiva institucional.
II.2. Los procesos de institucionalización de los mecanismos de formación de precios
La perspectiva institucional para la explicación de la formación de precios es mucho más antigua que los abordajes de redes y “[…] excede los límites de la sociología económica […]” (Beckert, 2011a: 767), puesto que tanto la economía institucional como la economía política han estudiado la influencia de las regulaciones institucionales sobre la esfera económica. Desde la sociología económica ha sido Karl Polanyi (1992) quien se dedicó a su estudio, fundamentalmente para demostrar que los mecanismos de formación de precios no emergen espontáneamente, sino que poseen un sustento institucional. Sin embargo, la sociología económica ha prestado poca atención a la influencia de las regulaciones institucionales sobre los precios. Beckert hace referencia a seis mecanismos o instrumentos a través de los cuales las reglas institucionales impactan en los precios: 1. las influencias institucionales sobre la competencia (regulaciones sobre la movilidad de los productos y los factores de producción tales como retenciones o subsidios a las importaciones, leyes antimonopólicas, estándares de calidad, salarios básicos y regulaciones sindicales, entre otras); 2. las regulaciones institucionales que limitan las oportunidades de externalizar los costos (normas ambientales o leyes de seguridad laboral), las que modifican los costos de producción y, en consecuencia, el precio de mercado de los productos; 3. la reducción de la incertidumbre del mercado (mediante distintas formas de políticas de protección al consumidor); 4. los impuestos y normas contables; 5. la regulación del precio del dinero (políticas monetarias); y, por último, 6. la determinación o fijación directa de los precios por el Estado.
En este contexto, los mecanismos de oferta y demanda están al final de una larga cadena de factores que determinan los precios, demostrándose que su movimiento es moldeado profundamente por influencias políticas, estructuras de mercado y, como veremos más adelante, marcos culturales que constituyen el valor de los productos y servicios. En este sentido, la sociología económica de los precios no solo presta atención a las disputas en el mercado que se vinculan a las regulaciones institucionales, sino también a los procesos de institucionalización de formas organizacionales y rutinas. Esa institucionalización de los mecanismos es frecuentemente sutil e implícita y, por ello, difícil de capturar en la investigación empírica. Es raro encontrar la arena dónde los temas importantes sean discutidos abierta y francamente (Yakubovich et al., 2005: 592). Por lo que la investigación empírica en torno a procesos de institucionalización es muchas veces opaca para el investigador.
Un abordaje de la dimensión institucional de los procesos de formación de precios es elaborado por Granovetter (1992) quien sostiene que los precios pueden ser pensados como un “resultado” que surge de la agregación de transacciones. Lo “institucional” no son los precios en sí mismos, sino las reglas, normas, hábitos y convenciones subyacentes que los sustentan. Afines a la tradición fenomenológica, Peter Berger y Thomas Luckmann (2003) son releídos por la nueva sociología económica para pensar los procesos de institucionalización. Según Granovetter, Berger y Luckmann vieron los orígenes de los hábitos y de las instituciones en las interacciones sociales más básicas. Sus afirmaciones sobre los orígenes de la institucionalización emergiendo de los procesos de transición de una relación diádica a una triádica, su resultado en procesos de habituación y tipificación, y el surgimiento de instituciones históricas (Berger y Luckmann, 2003: 76-78), es retraducida por Granovetter en la afirmación de que las instituciones económicas son el resultado de acciones emprendidas por individuos situados socialmente e integrados [embedded] en redes de relaciones personales con propósitos tanto económicos, como no económicos (Granovetter, 1992: 47).
Por otra parte, la perspectiva de los estudios institucionales involucra el estudio de las presiones contextuales hacia la racionalización y la estandarización de estructuras y prácticas (DiMaggio y Powell, 1983). Para el caso de los precios de la electricidad que analizamos en el apartado anterior, los autores identifican las presiones contextuales que forzaron a los ejecutivos de la industria a buscar uniformidad en las políticas de formación de precios. Estas incluían las expectativas culturales de equidad entre los clientes de las estaciones centrales, la incertidumbre causada por un conocimiento insuficiente de los mecanismos de formación de los precios de la electricidad, y la rápida profesionalización del negocio de las estaciones centrales. En vistas de tales presiones, la teoría institucional de las organizaciones sugiere que los procesos coercitivos y normativos producen un isomorfismo en las rutinas y estructuras organizacionales (DiMaggio y Powell, 1983). Y, de hecho, los autores muestran cómo las redes informales de clientes, las compañías de inspección y los cuerpos legislativos negaron legitimidad a las estaciones centrales en lo que atañe a lo que consideraron una formación de precios injusta. Sin embargo, por sí solo ese argumento es insuficiente y no explica cómo una forma organizacional o rutina se vuelve ampliamente aceptada en lugar de otra.
Es por este motivo que una combinación del viejo y el nuevo institucionalismo es propuesta en este estudio clásico de la formación de precios. Por el lado del nuevo institucionalismo representado por Paul DiMaggio (1988) se argumenta que la institucionalización es producto de los esfuerzos políticos de los actores para alcanzar sus propósitos y que el éxito de un proyecto de institucionalización y la forma que adquiere la institución resultante depende del poder relativo de los actores que la sostienen, se oponen a ella o luchan por influenciarla. Sin embargo, también se señala que el nuevo institucionalismo en la teoría sociológica de las organizaciones no ha prestado suficiente atención a los intereses y a la agencia. Y esa agenda vacante puede ser desarrollada con la ayuda del viejo institucionalismo, tanto en economía como en sociología, el que pone el foco en los procesos causales de influencia institucional, en general, y en las temáticas del poder y la política, en particular. Por ejemplo, los trabajos empíricos sobre la formación de precios por los economistas del viejo institucionalismo encuentran coerción en los juegos de poder de vendedores y compradores que, en etapas subsecuentes, se convierten en convenciones de fijación de precios. El estudio empírico de mayor alcance de los procesos de fijación de precios desde esta perspectiva es el de Walton Hamilton (1938) quien estudió productos tan diversos como automóviles, neumáticos, gasolina, leche, whisky, semillas de algodón y ropa. Hamilton encontró que las prácticas de fijación de precios estaban moldeadas por lo que denomina “políticas de la industria” facilitadas por el carácter intrínsecamente evasivo de los estándares de fijación de precios. En particular, los costos y las ganancias no son un fenómeno objetivo, sino resultado de los criterios gerenciales fundados en prácticas contables apoyadas por “[…] la retórica convincente de la empresa comercial.” (Hamilton, 1938: 538). El viejo institucionalismo, según estos autores, no presta mucha atención a la formación de precios, sino que explora en profundidad el rol del poder en la formación de las instituciones. En este sentido, la disputa en torno a qué sistema de formación de precios adoptar fue el resultado de una lucha a fines del siglo XIX en la industria de la electricidad. La incertidumbre sobre la eficiencia y la equidad en las políticas específicas de formación de precios limitó la habilidad de actores claves para elegir racionalmente el mejor esquema. Se argumenta que un grupo particular de intereses utilizó esta oportunidad para promover una agenda más amplia y utilizó las estructuras formales de las asociaciones de comercio para implementarlas. Es aquí donde el poder de las redes sociales concretas entra en juego. Un grupo de ejecutivos de la industria de la electricidad pudo institucionalizar su sistema de formación de precios a través de su posición dominante en la estructura de poder de la industria (Yakubovich et al., 2005: 585).
II.3. El significado cultural de los precios
Finalmente, el último tipo de abordaje que puede mencionarse, y que se articula como parte de la crítica a la economía neoclásica, estudia la formación de los precios desde el punto de vista del significado. Los enfoques culturales sobre los precios abordan cuatro preguntas o ejes fundamentales. En primer lugar, en aquellas investigaciones que toman como objeto de indagación los mercados financieros, se investigan las herramientas de cálculo [pricing technologies] que los actores utilizan para evaluar los productos que se intercambian en el mercado (Preda, 2006). En segundo lugar, puede mencionarse el abordaje de la formación de expectativas con relación a los eventos económicos. En este marco, Koray Caliskan (2007) mostró en un detallado trabajo etnográfico, la secuencia de tres sistemas de formación de precios que surgían en el curso de un día de intercambio comercial entre comerciantes del mercado de algodón en Esmirna, Turquía. El principal problema con el que trabaja el autor es el de las expectativas. En el mercado del algodón el precio está vinculado fundamentalmente a las expectativas de los actores económicos con relación al abastecimiento futuro y eso depende de la cosecha. Dado que la cantidad y la calidad de los productos solo puede conocerse luego de la cosecha, los comerciantes deben basar sus decisiones en estimaciones de abastecimiento futuro. En este sentido, se propone que en los mercados en los que la justificación del valor actual de los productos depende de eventos futuros desconocidos, los precios se basan en expectativas contingentes que son formadas a partir de procesos políticos.
Otro de los ejes que aparece en los enfoques culturales sobre los precios refiere a las precondiciones normativas necesarias para que productos y servicios se conviertan en objetos legítimos de intercambio en el mercado. Mientras que el acuerdo de precios no plantea problemas morales para la mayoría de los intercambios, hay ciertos objetos en las sociedades modernas que se consideran altamente problemáticos con relación a su valoración en términos monetarios. En esta línea, Viviana Zelizer (1981) investigó las tensiones culturales entre el dinero y los valores humanos en diversos estudios históricos sobre el desarrollo de los mercados de seguros. En su investigación sobre los seguros de vida infantiles de principios del siglo XX en Estados Unidos, la autora muestra la existencia de una justificación moral subyacente que concebía a los seguros de vida como una “compensación” que los padres recibían por la pérdida económica sufrida tras la muerte de su hijo. Desde este punto de vista, la legitimidad de establecer un precio a la vida de los niños se expresaba en términos de su contribución económica al bienestar de la familia. En otro trabajo publicado sobre la misma temática (Zelizer, 1985), la autora pone al descubierto la dimensión moral que encierran los procesos de valuación describiendo el proceso cultural de “sacralización” de la vida de los niños que hizo posible dar forma a su precio económico. Con este estudio Zelizer mostró, no solo los vínculos entre “[…] factores económicos y no económicos en la vida social, esto es, entre precio y valor […]” (Zelizer, 1985: 15) o, en otras palabras, las relaciones entre la formación de precios de mercado y los valores morales, sino también el tema más general de las interrelaciones entre esferas que hasta el momento habían sido pensadas como autónomas desde el punto de vista de la disciplina económica y que ahora eran analizadas bajo una nueva luz: la vida económica y la vida moral.
En esta misma dirección, estudios recientes recuperan la dimensión moral y política que atraviesa los procesos de formación de precios en objetos de consumo como son los productos provenientes del comercio justo. Estas investigaciones muestran que cada vez más se incrementa el número de consumidores que están dispuestos a pagar un precio más alto por productos socialmente responsables o amigables con el medio ambiente. El fenómeno del “consumo ético” (Zick Varul, 2009) ha crecido en los últimos años no solo en Argentina, sino en el resto del mundo, y pone al descubierto la idea de que los consumidores, en algunos casos, utilizan su poder de compra para promover causas políticas o morales. El caso del comercio justo es particularmente ilustrativo al respecto dado que “[…] no solo trata de alcanzar objetivos morales utilizando los mecanismos de mercado sino que intenta re-moralizar esos mismos mecanismos.” (ibíd.: 2). En este sentido, el comercio justo parecería estar desafiando la “amoralidad” de los mercados desde dentro. No obstante, a juicio del autor, el consumo ético debe ser entendido no solo instrumentalmente, como un medio de ejercer cierta influencia política a través del poder de compra, sino también como la búsqueda de una auténtica expresión, una autoconstrucción del consumidor como persona moral. En ese marco, los consumidores de productos de comercio justo plantean una relación compleja entre el sentido de la obligación moral y la auto-construcción moral de la propia imagen.
El aspecto simbólico del consumo se revela claramente en este tipo de intercambio. Los productos de comercio justo se convierten en significantes que refieren a significados, es decir, símbolos que refieren a ideas de “justicia”, “equidad” y “virtud”. Así, el consumo ético representa simbólicamente un objetivo político que no puede ser plenamente logrado en la realidad. También significa para un grupo de consumidores una “objetivación material” de sus productores, en muchos casos localizados en el llamado “Tercer mundo”. Esos “otros distantes”, frecuentemente caracterizados por la pobreza y el trabajo duro, productores rurales pertenecientes a comunidades étnicas, expresan la pérdida de una autenticidad inaccesible para los consumidores del “Primer mundo”. El trabajo muestra que el interés de los consumidores por la procedencia está vinculado a un ideal en el que la autenticidad del productor se convierte en un valor de uso simbólico. En esta línea resulta interesante el análisis que hace el autor de las estrategias de marketing de los productores de un chocolate, cuyo slogan sobre el “trato igualitario” intenta recubrir al producto de conceptos morales y políticos como la “solidaridad” y la “justicia”.[8] Se sostiene que la noción de equidad que se activa en las prácticas de comercio justo tiene sus raíces en las prácticas cotidianas de las sociedades de mercado contemporáneas. Por lo que puede afirmarse que aún hoy el consumo cotidiano opera sobre supuestos morales y políticos. Por otra parte, la “activación” de una noción de igualdad en el intercambio y en las prácticas de consumo también da forma al precio que el consumidor ético está dispuesto a pagar.
En esta misma perspectiva se sitúa el trabajo de Beckert (2011b), su propuesta se centra en el valor de uso simbólico de los productos de consumo y en las fantasías que ellos evocan. La “performance imaginativa” de las mercancías, como él la denomina, entra en juego cuando el consumidor proyecta ideales simbólicamente representados en las mercancías (Beckert, 2011b: 110) y es una parte esencial de los procesos de valuación y de formación de precios. Esos significados simbólicos reflejan los valores morales y las orientaciones socialmente compartidas, lo que explica el poder transcendente de las mercancías. En primer lugar, aquello que las mercancías simbolizan trasciende el tiempo, el ahora. Un ejemplo de esto es el valor simbólico de un vino Chambertin de 1811, cuyo consumo se vincula al hecho de que este posee la fuerza evocativa para conectar al consumidor con un tiempo distante y con eventos que se desarrollaron en momentos históricos pasados. Pero también se puede hablar de una trascendencia del espacio, del aquí, donde el valor imaginativo de los productos está representado por aquellos productos marcados por su origen regional o por los métodos tradicionales empleados en su producción. Esos productos son valorados porque cargan significados vinculados a los lugares. Una muestra de esto son las etiquetas que distinguen la producción regional, los productos de comercio justo o las certificaciones éticas, entre otros. Esos elementos simbólicos dan forma al precio de venta y al precio que está dispuesto a pagar el consumidor. También puede mencionarse la trascendencia de lo social en el caso de los productos que crean imágenes de proximidad a personas idealizadas o a representaciones simbólicas de estilos de vida o de clase. La performance imaginativa de los productos “[…] posee la cualidad de ofrecer acceso a eventos históricos pasados, regiones distantes, valores morales o estéticos, o posiciones sociales inalcanzables, al convertir al objeto en una representación simbólica de lo que de otra manera sería intangible.” (Beckert, 2011b: 117). Lo interesante de la perspectiva de Beckert es que no enfoca primariamente, como lo hacen otras investigaciones, en la dimensión de la “oferta” de los mercados, sino en las motivaciones de los consumidores para comprar productos o pagar un precio más alto.
Redirigiendo la mirada a la esfera de la producción de los productos Peter Gourevitch (2011) se pregunta por la forma en que los consumidores deciden si vale la pena pagar un precio más alto para obtener mercancías producidas bajo consideraciones éticas. Siguiendo la perspectiva del consumo ético, el autor sostiene que este tiene que ver con el modo en el que se produce una mercancía: si no contamina, no explota niños, hombres y mujeres trabajadores, no daña a los animales o no consume demasiada energía. Estas son todas características del proceso de producción y no del valor de uso del producto. No obstante, los consumidores deben buscan asistencia para determinar esos rasgos claves de los procesos de producción puesto que no pueden ser observados a partir de la simple inspección directa de los productos. Es por ese motivo que se inclinan por las ONGs que monitorean y evalúan tanto a productores como a los procesos de producción. Las etiquetas de certificación de comercio justo cumplen esta función. Cuestiones como la eficiencia impactan, además, en la construcción del precio: si cuesta más alcanzar esas metas, muchos consumidores pagarán el precio extra si están seguros de que el producto se ajusta a los estándares de producción. En consecuencia, la verificación por expertos se encuentra en el corazón de muchos procesos de valuación. En la medida que los consumidores estén dispuestos a pagar precios altos por mercancías producidas éticamente, buscarán una confirmación de que esos productos han sido producidos bajo las condiciones éticas deseadas.
En ausencia de órganos estatales o ante la posibilidad de conflictos de intereses privados, las ONGs proveen información para que el consumidor pueda fiarse del producto y, de ese modo, el precio pagado está mediado por la confianza del consumidor. (Gourevitch, 2011: 91).
El último ámbito en el que los estudios en sociología económica han realizado una conexión entre la formación de precios y los significados culturales es el de las preferencias. Desde el punto de vista sociológico las preferencias no son consideradas como una expresión de gustos individuales, sino concebidas como reflejo de configuraciones de significado culturalmente construidas. Según esta perspectiva, los productos son enmarcados intersubjetivamente y es desde esos contextos intersubjetivos que los actores establecen aquello que “tiene valor” (Stark, 2009). En muchos casos, las investigaciones se concentran en el rol de los expertos en la explicación del establecimiento del valor y de los precios en mercados como el del vino o el del arte contemporáneo (Beckert y Rössel, 2004; Velthuis, 2005). En estos estudios se muestra el modo en el que las opiniones de los expertos proveen un terreno común de orientación para la determinación de la calidad de un producto y, en consecuencia, de su valor. La importancia de la investigación sociológica de los marcos de sentido culturales relevantes para el establecimiento de los precios resalta el hecho de que su formación no sigue leyes universales, sino que depende de culturas locales y de acciones colectivas en el campo del mercado. Por otra parte, el hecho de trazar las preferencias sociales en lugar de verlas como gustos individuales no cuestiona el mecanismo de la oferta y la demanda en la fijación de precios, por el contrario, ayuda a explicar por qué ciertos productos están en demanda y cómo cambia esa demanda.
Nos detendremos, para finalizar, en la reflexión acerca de la cuestión de la moral en los procesos de formación de precios. Fundamentalmente porque observamos en ese pensamiento una intención de restituir las nociones de justicia y equidad en la esfera de los intercambios económicos.
III. La interpelación de la economía y la moral
La referencia ineludible respecto de la relación entre economía y moral es el mencionado trabajo de Zelizer, quien, como señalamos fue una de las primeras investigadoras en describir los modos en los que las consideraciones morales se encuentran en el centro de la formación de los precios de ciertos objetos económicos. Desde una mirada crítica a la escuela neoclásica, Zelizer señala las limitaciones de las dicotomías entre la esfera económica y la esfera del comportamiento normativo. Especialmente la dicotomía planteada por los economistas neoclásicos quienes ven de un lado, un mundo autónomo caracterizado por una rígida racionalidad y, enfrentado a este, otro mundo autónomo caracterizado por los sentimientos y las obligaciones morales. Como consecuencia de eso el análisis económico excluye sencillamente las preguntas normativas y éticas de su agenda de investigación. El presupuesto subyacente es que la moral y la actividad económica no entran en contacto y que esta última debe, por el contrario, eliminar cualquier consideración de ese tipo (Zelizer, 2011: 357). Como mencionamos, la autora demuestra, a partir de su investigación sobre los seguros de vida para niños, que “[…] las visiones de la economía como una esfera autónoma de la vida humana organizada alrededor de la racionalidad y la eficiencia han impedido una consideración seria del rol que ocupa la moral en la vida económica.” (Zelizer, 2011: 443). En lugar de ver al mercado como inevitablemente vacío de moralidad, su trabajo muestra cómo y hasta qué punto esos mercados están constituidos y atravesados por consideraciones morales y políticas. Como sostienen Marion Fourcade y Kieran Healy existen nuevas evidencias que abren la “caja negra de la moralidad” y que proveen nuevos puntos de vista sobre la construcción de las categorías morales del mercado (Fourcade y Healy, 2007: 305). Los mercados mismos se transforman en entidades moralizantes en tanto las personas aplican y emiten esquemas morales a través de varios tipos de transacciones económicas.
Afín a esta perspectiva es el trabajo de Nico Stehr Mercados Morales (2008), libro que enfoca la proliferación del conocimiento en la sociedad occidental moderna en los últimos 50 años, la que provocó una transformación de las estructuras de mercado y resultó en la inclusión de la dimensión moral en los intercambios además de, y a veces en lugar de, el cálculo racional de la utilidad presupuesto por la economía neoclásica. Stehr demuestra cómo ese modelo estándar de mercado generalmente pasa por alto la consideración de los intercambios como integrados en prácticas sociales que se intersecan con un rango diverso de actividades e identidades que van más allá del mero interés individual. En este sentido, el autor puntualiza el aumento en años recientes de la demanda de los consumidores de productos y servicios producidos ética y sosteniblemente así como la creciente influencia de organizaciones no gubernamentales y otras entidades que promueven las consideraciones éticas. Por otra parte, señala la creciente atención que se da por parte de los productores y principalmente de las corporaciones a los programas de responsabilidad social. Quizás el factor más grande es la expansión del conocimiento económico en sí mismo, el que ha alterado profundamente las relaciones intersubjetivas resultando en una diferenciación de roles y en la puesta a disposición de tipos sociales como el del consumidor-ciudadano, un tipo social que, al estar fácilmente disponible, permite la auto-construcción del consumidor como persona política. El autor analiza los casos de la biotecnología y del medio ambiente, en ambos las consideraciones que la economía neoclásica concibe como externas se muestran como una preocupación central a la hora del desarrollo de la actividad económica. La acción de mercado desde esta perspectiva no es, estrictamente hablando, moral, sino, con más exactitud, entendida como política, esto es, operante en la esfera cívica. Un ejemplo que puede mencionarse a este respecto es la discusión actual sobre el cálculo del PBI que, en términos generales, define el crecimiento económico de un país. Diversas críticas se han realizado a su medición desde distintos movimientos políticos.[9] Se sostiene, por ejemplo, que un bosque solamente influye en el PBI si se tala y se vende su madera. Si se deja vivo, no tiene valor para el PBI y, por lo tanto, no mejora la economía. Dejar las luces encendidas sube el PBI. Tener mala salud hace subir el PBI porque genera gastos en cuidado y medicinas. Un país enfermo con dinero para pagar sus medicinas tendrá mejor PBI que un país sano. El excesivo tráfico de vehículos genera más accidentes, mayor consumo de combustible y enfermedades respiratorias, todo lo cual aumenta el PBI. Teniendo en cuenta estas ideas, se han desarrollado en los últimos años medidas alternativas e indicadores que incluyen otra serie de variables que son relevantes y que el PBI no contempla como son los recursos naturales, la contaminación, la calidad de vida o la igualdad en la distribución de la renta del país, entre otros. Como consecuencia surgen nuevos indicadores como el PIB ambientalmente ajustado, el Índice de Mejor Vida, el Índice de Progreso Genuino o la Huella Ecológica, entre otros, lo que muestra los vínculos profundos que existen entre la esfera económica, la moral y la política.
En el contexto de estas discusiones, las reflexiones de la fenomenología no han perdido actualidad. Y es que el principal aporte epistemológico de Schutz dirigido no solo a las ciencias sociales en general, sino también a la economía en particular (Embree, 2009), parece corresponderse con las inquietudes de la sociología económica en su actitud crítica respecto de los supuestos neoclásicos. Buscando superar los aspectos problemáticos de la concepción apriorística y atomista de la tradición austríaca representada por su maestro Mises, Schutz afirmó que, como científicos sociales, tanto el sociólogo como el economista deben tratar de explicar los fenómenos económicos valiéndose del postulado de la interpretación subjetiva. En oposición a la teoría pura a priori de la acción económica aislada de las realidades históricas, Schutz enfatizaba la necesidad de referir al actor en el mundo social y a sus interpretaciones en términos de sistema de proyectos, medios disponibles, motivos, relevancias, planes, preferencias y expectativas. Esto, por un lado, va en la línea planteada por Zelizer en su crítica al modo en que la ciencia económica se ha vuelto una disciplina abstracta vacía de cualquier contexto cultural (Zelizer, 1985). Para Schutz este tipo de ciencia no es más que una especie de “taquigrafía intelectual”, donde los elementos subjetivos subyacentes de las acciones humanas en cuestión son presupuestos o considerados ajenos al propósito científico o, simplemente, pasados por alto. Reconducir los objetos económicos a las actividades de los sujetos en el mundo social y a sus marcos interpretativos implica, desde su perspectiva, indagar en la estructura del acervo social de conocimiento, el que remite, entre otras cosas, a la cuestión moral. Y esto porque el sentido que tiene para un grupo social particular la noción de igualdad de sentido común es un elemento del sistema de tipificaciones y relevancias aprobado por dicho grupo y, por lo tanto, de la situación sociocultural que este presupone en cualquier momento de su historia (Schutz, 2003 [1957]). En esta línea, explicar los fenómenos económicos a partir del postulado de la interpretación subjetiva significa referirlos al conocimiento de los actores sociales en situación de mercado, conocimiento atravesado por nociones morales como la igualdad, la justicia y la equidad.
La intención schutziana de referir los fenómenos económicos a los actores en el mercado y a sus marcos de sentido no ha pasado desapercibida para muchos economistas.[10] A fines de los años 80 y principios de los 90 se produce un “giro interpretativo” en las ciencias económicas. Estos economistas, interesados por recobrar la relevancia de la hermenéutica para la economía, se ocuparon de formular lo que se denominó como “economía del significado” [economics of meaning] (Boettke, Lavoie y Storr, 2001) o “economía interpretativa” [interpretive Economics] (Boettke, 1990; Prychitko, 1990). Los dos economistas que provocaron el debate sobre el uso de la hermenéutica para revisar la economía austríaca fueron Richard Ebeling (1985, 1986), quien ha retomado principalmente los trabajos de Schutz y de Paul Ricoeur, y Dan Lavoie (1986) quien, por su parte, se ha valido de las reflexiones de Hans-Georg Gadamer. La economía interpretativa, en línea con la intención de la teoría de la incrustación, se propone develar la estructura social de la oferta y la demanda. Toman como punto de partida el interrogante acerca de la coordinación económica que, en términos generales, se pregunta:
¿Cómo pueden los actores, mutuamente dependientes entre sí en un sistema de división del trabajo, coordinar exitosamente sus actividades de forma tal de asegurar un balance entre las múltiples demandas y ofertas de distintos tipos de mercancías y servicios en un orden de mercado complejo y desarrollado? (Ebeling, 1999: 120).
Si el proceso de producción requiere distintos períodos de tiempo para ser completado, la inversión debe realizarse “hoy” para que las mercancías terminadas estén disponibles en algún punto del futuro. Si la oferta futura debe coincidir con las demandas de “mañana”, las expectativas que deben formarse aquellos que dirigen el proceso de producción deben orientarse hacia las demandas futuras del público consumidor (López, 2008: 74). Por mencionar solo un trabajo, Roger Koppl (1997) retoma la metodología schutziana de los tipos ideales y su concepción de anonimato. La noción de tipo ideal, sostiene Koppl, distingue claramente entre significado objetivo y significado subjetivo. Desde este punto de vista, la comprensión del significado detrás de cada acción descansa en un continuo entre significado objetivo y significado subjetivo. Este continuo se corresponde con un continuo similar de abstracciones de tipos ideales, cuanto más objetivo sea el tipo ideal, mayor el grado de anonimato. Es decir, los individuos utilizan un rango de tipos ideales en su vida cotidiana y es a partir de ese continuo de tipos ideales que puede construirse una teoría de las expectativas y que puede resolverse el problema de la coordinación. Con estas investigaciones se intenta mostrar que los mercados se encuentran profundamente atravesados por la cultura y por las configuraciones de significado de los actores sociales. Conexión que se hace palpable a partir de las ideas de Schutz.
Desde la perspectiva de la “sociología de la valuación y la evaluación” también se afirma que la sociología económica ha desarrollado en los últimos años un enorme corpus de investigación que ha producido una renovación en los estudios sobre la experiencia económica la que se mira, ahora, a través del lente de la moral (Cefaï, Zimmermann, Nicolae y Endress, 2015). En esta línea se afirma que “[…] el mercado no se sostiene a sí mismo únicamente por la fuerza de sus propios mecanismos o por su coherencia lógica” como afirmaría el paradigma neoclásico, sino que, por el contrario, “[e]stá sumergido en un vasto y resplandeciente universo de valores sociales constantemente bajo construcción y discusión.” (Vatin, 2013: 35). Por esta razón, la sociología de la valuación y la evaluación pone el foco en el modo en el que los actores dotan de significado a sus acciones y a sus vínculos con los objetos y las personas. La pregunta que debe formularse desde este punto de vista es: “¿Cómo organizan los actores sus configuraciones de significado y cómo, desde el comienzo, experimentan el ‘valor’? Y, ¿de qué modos ellos definen, categorizan, miden, comparan, valoran y evalúan las situaciones?” (Cefaï et al., 2015: 2). Estas preguntas, enfocadas desde el punto de vista de la sociología schutziana, requieren una indagación en torno a los procesos de tipificación:
¿Cómo se construyen los tipos en su proceso de génesis y cómo son experimentados en las relaciones cara a cara? ¿Cómo se activan esos tipos ideales en los juicios de valor, por ejemplo sobre la ‘igualdad’, en los diferentes dominios de relevancia? (ibíd.: 2).
Nos gustaría desarrollar en la última sección un breve análisis del aporte de la mirada fenomenológica al abordaje de los fenómenos económicos, en general, y a la investigación en torno a la formación de precios, en particular. Sostendremos, como se sugirió en este apartado, que la sociología de orientación fenomenológica de Schutz provee un fundamento epistemológico desde el cual efectuar la crítica al conocimiento económico neoclásico, específicamente a las idealizaciones y formalizaciones desconectadas del mundo de la vida que proponen los teóricos pertenecientes a esta tradición.
IV. El valor de la mirada fenomenológica: el fundamento del mundo de la vida y el postulado de la interpretación subjetiva
La fenomenología de Edmund Husserl resulta muy pertinente para analizar el proceso que hemos presentado en este texto. La crisis de las ciencias europeas de la que hablaba el filósofo moravo (Husserl, 2008 [1936]) cobra un sentido iluminador si la vinculamos con el pensamiento económico de fines del siglo XIX, un abordaje específico sobre la vida económica que ha logrado imponerse como dominante a pesar de la multiplicidad de voces críticas que, como fue enfatizado en este trabajo, han surgido tanto desde el ámbito científico como desde el político en décadas recientes. Esa crisis de las ciencias, que afecta tanto a las ciencias de la naturaleza como a las ciencias del espíritu, refiere al hecho de que “[…] ellas han perdido el significado humano.” (San Martín, 2008: 130 Nuestro énfasis). Como sostiene Javier San Martín, una ciencia determinada por las ciencias positivas significó una abandono de las preguntas decisivas para la humanidad: “Meras ciencias de hechos hacen meros seres humanos de hechos.” (Husserl, 2008 [1936]: 50). Y una ciencia de hechos nada puede decir a los seres humanos sobre lo que es importante para ellos. Esto resulta válido no solo en lo concerniente a las ciencias de la naturaleza, sino también a las ciencias sociales y humanas, las cuales parecen esforzarse por excluir toda pregunta por el sentido racional humano inherente a la historia, como excluyendo, por lo tanto, “[…] toda toma de postura valorativa, toda pregunta por la razón o sin razón de la humanidad estudiada y de sus productos culturales.” (San Martín, 2008).
Para Husserl “[…] el mundo de la vida es el fundamento último de todas las ciencias.” (Husserl, 2008 [1936]: 37). Este nos es siempre pre-dado como horizonte, no una vez accidentalmente, sino siempre y necesariamente como campo universal de toda práctica efectiva y posible. Vivir es siempre vivir con la certeza del mundo, pues, como sostiene Husserl, “[m]undo de la vida hubo siempre para la humanidad antes de la ciencia, por lo tanto, precisamente, como tal continúa su modo de ser en la época de la ciencia.” (citado en Iribarne, 2008: 38). No obstante, como indica Husserl, la ciencia ha perdido su base de sentido: “La crisis de la ciencia, sin embargo, significa nada menos que lo siguiente: su auténtico carácter científico, la forma toda en que plantea su tarea y el método que construye para ella se han vuelto cuestionables.” (Husserl, 2008 [1936]: 47).
En el año 1940 Schutz trabaja en el texto “La fenomenología y las ciencias sociales” (Schutz, 2003 [1940]). Allí enfatiza, retomando a Husserl, la necesidad de una fundamentación fenomenológica de las ciencias sociales. En ese texto se argumenta que en toda ciencia la base de sentido es el mundo de la vida [Lebenswelt] pre-científico, el mundo de todos nosotros. Y alerta sobre la pérdida de la percepción del nexo fundacional entre el mundo de la vida y la ciencia en el curso del desarrollo del conocimiento científico a lo largo de los siglos. Como consecuencia de esto, Schutz afirma que se produce una “[…] división dualista entre un mundo corpóreo real y autónomo y un mundo mental.” (Schutz, 2003 [1962]: 135). En principio, debe ser posible aclarar nuevamente ese nexo haciendo evidente la transformación de sentido que este mismo mundo de la vida ha sufrido durante el proceso constante de idealización y formalización que resume la esencia de toda adquisición científica. Si esta clarificación no se produce, o se hace de manera insuficiente, y “[…] si las idealidades creadas por la ciencia sustituyen directa o ingenuamente el mundo de la vida, luego, en una etapa posterior del desarrollo de la ciencia, aparecen problemas de fundamentación.” (Schutz, 2003 [1940]: 127).
En este punto, el aporte de Schutz se basa en un intento de radicalizar la revolución subjetivista protagonizada por los economistas neoclásicos de su contexto intelectual poniendo en el centro la noción de mundo de la vida y la de significado subjetivo. Esto fue señalado por el autor en el marco de las discusiones del seminario de Mises. En un manuscrito de 1936, Schutz (1996 [1936]) sostiene que si bien el “giro copernicano” de la escuela de la utilidad marginal tuvo como resultado una compresión más radical de la vida económica, esta revolución se queda a medio camino al dejar al sujeto, y con este al mundo de la vida, fuera del análisis. Lo que está siendo criticado aquí es “[…] el sí-mismo [self] económico solipsista del que gustan hablar los exponentes de la praxeología general o de la economía pura.” (ibíd.: 99). Schutz pone en tela de juicio la noción abstracta e idealizada de sujeto atomizado que fundamenta las conclusiones de la escuela marginalista. Desde su punto de vista, los economistas consideran que los sujetos de la vida económica no son humanos en la plenitud de su existencia, sino tipos ideales. Esto es, son seres ficticios a los que se imagina dotados de experiencias conscientes (metas de acción, motivos, acciones, etc.) y a los que se considera lo suficientemente válidos como para “escenificar” aquellos eventos económicos relevantes para el problema científico a mano. En este sentido dice Schutz que se origina un “mundo ficticio” paralelo al mundo real. El peligro está en las reglas de la construcción de tipos y en su falta de correspondencia respecto de las realidades empíricas. En consecuencia los economistas deben, a su juicio, evitar el destino de Pigmalión quien se enamoró de la escultura que el mismo había creado. Los economistas “[…] no deben trasponer sus modelos al mundo y tratarlos como humanos con conocimiento, experiencia, errores y libertad.” (Schutz, 1996 [1936]: 99-100). Hacer esto tiene como resultado la imposibilidad de dar cuenta de la experiencia subjetiva la que es reemplazada por modelos construidos por el propio investigador.
Como claramente explica Lester Embree, la reflexión de Schutz sobre la economía como ciencia social “[…] es expuesta con relación a [su propia] teoría de la ciencia, especialmente con referencia a lo que denomina ‘postulados’” (Embree, 2009: 165). Estos postulados de amplia aplicación, también denominados “reglas procedimentales” o “reglas del procedimiento científico”, son los postulados del significado subjetivo y de la adecuación. Desde la mirada schutziana, y en marcado contraste con la tradición austríaca de Menger y Mises, el concepto de acción debe referir a los sujetos en el mundo social y a la interpretación de los actores en términos de sistemas de proyectos, medios disponibles, motivos, relevancias, planes, etc.
Con relación al tema que nos convoca, es importante recuperar sus ideas acerca de las curvas de la oferta y la demanda. Para Schutz, el economista neoclásico estudia “el comportamiento de los precios” y no el comportamiento de las personas en situación de mercado, “las formas de la curva de la demanda” y no las anticipaciones de los sujetos económicos simbolizados por tales curvas. El economista investiga los fenómenos económicos como si estos estuvieran completamente escindidos de cualquier actividad de los actores y deja de lado la estructura significativa que tales actividades poseen para estos. Una investigación más atenta revela que ese esquema conceptual abstracto no es más que una “taquigrafía intelectual” en la que los elementos subjetivos subyacentes de la acción humana se dan por sentados o se consideran irrelevantes para el problema bajo escrutinio y, como consecuencia, son menospreciados:
Correctamente entendido, el postulado de la interpretación subjetiva aplicado a la economía, así como a todas las otras ciencias sociales, solo significa que siempre podemos –y para ciertos fines debemos– referirnos a las actividades de los sujetos del mundo social y a su interpretación por los actores en términos de sistemas de proyectos, medios disponibles, motivos, relevancias, etc. (Schutz, 2003 [1962]: 61. Énfasis en el original).
Como cualquier otro problema de las ciencias sociales, en principio, los fenómenos de la economía pueden ser vistos de dos modos: en primer lugar, “[…] el científico puede confinarse a la descripción del curso externo de los fenómenos que se hacen visibles y que son de una estructura altamente compleja.” Por ejemplo, puede “[…] diseñar curvas de oferta y demanda; ocuparse de la observación de las fluctuaciones de los precios y establecer la relación entre los precios y los productos finales y sus costos.” No obstante, también es posible desde el punto de vista científico “tematizar estratos adicionales más profundos.” El tema de cuál estrato se tematiza es decidido de una vez con la selección del problema científico. Y se produce en virtud de que todos los fenómenos sociales pueden ser reconducidos a las acciones de los actores en el mundo social, quienes a su vez, pueden ser observados por el científico social. Por consiguiente, es plausible en cualquier momento, plantear preguntas adicionales: “¿Qué posibles significado asigna el actor a estas acciones que se nos presentas a nosotros, los observadores, como cursos de los fenómenos sociales?” Al plantear esta pregunta ya no estaremos satisfechos con establecer ciertas formas de las curvas de oferta y demanda. Más allá de esto debemos preguntarnos, “[…] ¿qué consideraciones habrán ocasionado que vendedores y compradores se comportaran de tal modo en el mercado, de modo que las curvas resultantes de oferta y demanda han adquirido esta o aquella forma?” Ya no estaremos satisfechos con los precios de los productos finales y con el establecimiento estadístico de los productores en el momento de estructurar sus planes de producción. “Esta perspectiva puede ser correctamente denominada dirección subjetiva o mejor aún la pregunta acerca del significado subjetivo del fenómeno social.” (Schutz, 1996 [1936]: 94-95).
Por otra parte, el postulado de la adecuación establece que la formación de construcciones típico-ideales requiere que “[…] el tipo sea suficiente para explicar la acción sin contradecir la experiencia previa.” (Schutz, 1932 [1967]: 236. Énfasis en el original). Cada término de un modelo científico de la acción humana debe ser construido de manera que un acto humano efectuado dentro del mundo de la vida por un actor individual de la forma que indica la construcción típica sea comprensible tanto para el actor mismo como para sus semejantes en términos de interpretaciones de sentido común de la vida cotidiana. El cumplimiento de este postulado garantiza la compatibilidad de las construcciones del científico social con las experiencias de sentido común de la realidad social (Schutz, 2003 [1962]: 68). Ambos postulados “[…] sirven para anclar las construcciones de segundo orden de los científicos culturales a las construcciones de primer orden a través de las cuales los actores comprenden el mundo social.” (Embree, 2009: 171).
En suma, como científicos sociales, tanto los economistas como los sociólogos tratan de explicar los fenómenos económicos utilizando el postulado de la interpretación subjetiva y el postulado de la adecuación. Ambos deben referir al actor en el mundo social. La noción de mundo de la vida se convierte en la piedra de toque de la teoría de la ciencia schutziana. El mundo de la vida es concebido como una formación subjetiva resultante de las actividades de la experiencia subjetiva pre-científica. En este marco,
[e]l gran logro de Schutz […] es el ‘análisis descriptivo de la economía’ […], el que elucida lo que hacen los economistas. La mayoría de ellos, incluyendo a Mises, pasa por alto el fundamento mundano de la teoría económica. (Eberle, 2009: 505. Énfasis en el original).
V. Consideraciones finales
Es muy difícil hacer justicia en unas pocas páginas a una temática tan compleja que reside en el centro de la historia económica. Esperamos, no obstante, que al resaltar las discusiones y las ideas claves asociadas a cada período, este artículo haya producido una lectura coherente del desarrollo de las teorías del valor y el precio y de los aportes de Schutz en el marco de tal desarrollo. Este tratamiento relativamente corto del tópico puede quizás haber expuesto los temas de modo excesivamente simplificado al exagerar las diferencias entre los períodos minimizando las relaciones entre ideas contrapuestas. Su propósito, no obstante, ha sido demostrar que las ideas económicas de Schutz estaban directamente apuntadas a criticar al pensamiento neoclásico, no solo con relación a las limitaciones del conocimiento económico y su desinterés por la realidad concreta, sino también respecto de las abstractas leyes de oferta y demanda y de la formación de precios. A pesar de haber caído en el olvido, vale la pena recobrar sus ideas fenomenológicas sobre la economía porque ellas, por un lado, proveen una muestra de la visión crítica de Schutz desde el corazón de la tradición económica neoclásica, cuestionando las ideas de pensadores liberales de la talla de Mises y Hayek, lo que le concede un lugar en la historia del pensamiento económico. En segundo lugar, porque su perspectiva va en el mismo sentido que la crítica actual a la ciencia económica dominante. Con este telón de fondo, la fenomenología schutziana no ha perdido actualidad. Zelizer, por caso, pone sobre la mesa el interrogante que está en el centro de nuestra indagación: “[…] una de las más interesantes de las preguntas nunca formuladas de la historia intelectual es cómo la ciencia económica […] [se ha] convertido en una disciplina abstracta carente casi por completo de cualquier contexto cultural.” (Zelizer, 1985: 17). Como se ha mostrado en este artículo, Schutz planteó esa pregunta en 1936.
Más recientemente, en el contexto de movimientos políticos en Inglaterra en contra de la economía neoclásica, Steve Keen, autor del libro Debunking Economics (2002), argumenta que “[…] la economía necesita una revolución copernicana” (Keen, 2014). Como se mostró en este trabajo, fue Schutz quien impulsó ese giro copernicano tomando como punto de arranque las ideas económicas de su tiempo:
En tanto ciencia social, la economía política es una ciencia de la acción humana […] Al preguntarnos explícitamente si un evento observado fue en realidad producto de la conducta humana, estamos efectuando el giro al examen del punto de vista subjetivo. Con ese giro se adopta un cambio metodológico decisivo. (Schutz, 1996 [1936]: 100).
Su propuesta de reconducir los fenómenos económicos al mundo de la vida y a los sujetos sociales muestra no solo la solidez de su razonamiento, sino también el potencial de la mirada fenomenológica en el contexto de los debates actuales.
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- Entendemos la moral como una dimensión perteneciente al mundo de la vida y al acervo de conocimiento de los actores sociales. La diferenciamos de la ética por ser esta la ciencia o la filosofía, es decir, la reflexión acerca de la moral. Para una discusión sobre la historia de estas nociones véase Julio De Zan (2004). No obstante, es importante señalar que desde la tradición de la sociología económica las nociones de ética y moral se utilizan como sinónimos.↵
- Este abordaje será retomado más adelante por los economistas clásicos y, luego, por Karl Marx, quien planteó desde una perspectiva objetiva que el valor estaba encerrado en las mercancías, lo que lo llevó a desarrollar la teoría del valor de cambio como expresión objetiva del trabajo humano.↵
- Esta visión se opone a la de Emil Kauder (1953) quien afirma que Aristóteles tenía una teoría subjetiva del valor viendo en el filósofo a un precursor de la escuela austríaca de economía. No es el objetivo de este artículo profundizar en esta discusión.↵
- Uno de los trabajos que puede mencionarse como antecedente es el del escolástico Johannes Buridanus quien en el siglo XIV se acercó mucho al concepto de marginalidad, pero no logró precisarlo, poniendo el acento, por un lado, en la necesidad humana como determinante del valor y, por otro, en la escasez de mercancías. Véase Grice-Hutchinson (1982).↵
- Todas las citas del inglés son nuestra traducción.↵
- Puede resultar interesante aquí mencionar los antecedentes de esta distinción en el trabajo de Richard Cantillon (2010 [1755]). A su juicio las cosas tienen un doble precio, o valor de cambio, uno intrínseco (que puede asociarse con el precio justo de Aristóteles y los escolásticos) y otro determinado por la necesidad de los individuos al que llama “precio de mercado”. Los clásicos harán la misma distinción. Así como los escolásticos se preocupaban por el precio justo, Cantillon se preocupa por el valor real o de largo plazo, el cual identifica con la cantidad de tierra y trabajo empleados para producir el bien.↵
- Vale la pena señalar que el fenómeno de la formación precios desde la sociología económica ha sido poco estudiado en Argentina. El trabajo más importante sobre la temática es el de Federico Lorenc Valcarce (2010) quien, en su estudio sobre los mercados de la seguridad privada en el país, aborda la manera en la que los precios son producidos, percibidos, interpretados y manipulados en el curso de las acciones económicas de diversos agentes, así como las estrategias que se despliegan para controlar la competencia y el intercambio.↵
- Véase http://www.divinechocolate.com/uk/about-us↵
- Fuente: https://goo.gl/p847VZ↵
- Aquí también vale la pena mencionar que en la clásica “Introducción” de Neil Smelser y Richard Swedberg (2005) se presenta un detalle de la variedad de estudios que constituyen la “[…] larga y rica tradición en sociología económica.” Allí los autores reconocen que si bien es este primariamente un fenómeno centrado en Estados Unidos, no deben dejarse de lado las contribuciones que, desde Europa, se han realizado al campo de estudio, entre las que puede mencionarse la tradición fenomenológica. Véase también Knorr Cetina & Bruegger (2004).↵






