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8 Sobre la psicología del dinero[1]

Georg Simmel

En el contenido del conocer como del actuar, la mirada atenta descubre la separación entre un elemento relativamente fijo y uno relativamente fluido, separación que se presenta en todas partes. El primero está formado por los hechos sensibles y singulares de nuestra experiencia, y por los fines últimos de nuestra voluntad; el segundo por las conexiones causales que, disolviendo o enlazándolas, nos llevan por debajo del lado fenoménico de esos hechos. Por otra parte, está formado por los medios con los cuales buscamos alcanzar los fines que nos hemos propuesto en algún momento, cada vez de manera más minuciosa, pero, sin duda, de modo más indirecto. Un hecho, como aparece ante nuestros ojos, puede haber surgido de una infinidad de causas, y mientras el espíritu las identifica, la representación de sus causas y de las causas de sus causas fluye y se profundiza constantemente. Y así la transformación de nuestros fines más elevados resulta muy lenta, parecen estar paralizados frente al movimiento inevitable de alcanzar los medios, es decir, el continuo trabajo de la fundamentación y expansión de la estructura teleológica.

Está claro que los movimientos teórico y práctico, después de todo, son uno solo y únicamente según la diversidad de los intereses y los puntos de vista asumen direcciones opuestas. Reconozco los medios para un fin cuando reconozco qué causas crean este fin. La profundización de la conciencia teleológica de la humanidad, por tanto, va codo a codo con su conciencia causal. Y precisamente en esta profundización descansa lo que llamamos avance cultural, tal vez en el mismo grado que el descubrimiento de nuevos hechos o la transformación de los fines últimos de la voluntad.

La diferencia entre estados primitivos y cultivados se mide en el número de eslabones que hay entre la acción inmediata y su fin ulterior. Cuando la cadena de las causas y efectos para la realización de un fin es corta y conocida solo de manera fragmentaria, debe ocasionarse precisamente ese suceso que lo realiza de manera inmediata. Sin embargo, resulta evidente que este suceso a menudo no puede alcanzarse de manera directa y mientras el ser humano [Mensch][2] menos cultivado, en este caso, debe renunciar a su fin, el más elevado desencadenará un proceso que, en verdad, no ocasionará el fin mismo, sino cualquier otro que, por su parte, conduce a aquel. El avance del espíritu público muestra, por tanto, la multiplicación de instituciones mediante las cuales el individuo al menos puede alcanzar indirectamente esos fines, cuya obtención es difícil o improbable para él. Toda herramienta que, mediante rodeos y transformaciones, permite a la mano humana lograr un efecto que permanecería negado a ella mediante la influencia inmediata sobre el objeto que se tiene que configurar; toda institución jurídica que le asegura un efecto a la voluntad manifiesta de una persona, efecto que nunca podría alcanzar nada más que con su propia fuerza; toda comunidad religiosa que abre al sentir religioso un camino hacia el interior y hacia lo alto mediante la unidad de la multitud, camino que el individuo por sí solo no cree poder encontrar; todos estos son casos de la caracterizada profundización del proceso teleológico, es decir, del modo en que el espíritu público crea instituciones cuando la disparidad entre lo que el individuo quiere y lo que puede como individuo requiere de desvíos que únicamente la generalidad puede hacer transitables para él.

Todo medio de intercambio uniforme y generalmente reconocido ofrece un ejemplo para esta expansión de la cadena teleológica. Si toda circulación económica consiste en que yo quiera tener algo que, por el momento, se encuentra en posesión de otro y que él me cederá si para eso yo le cedo algo que poseo y él quiere tener, entonces, es evidente que el último eslabón mencionado de este proceso bilateral no siempre aparecerá cuando el primero aparece. Infinitas veces desearé el objeto a, que se encuentra en posesión de A, mientras que el objeto o la prestación b, que entregaría con gusto por ella, son completamente insípidos para A. Otro caso es cuando, a lo mejor, los bienes ofrecidos de modo recíproco son deseados por las dos partes, pero a partir de la comparación inmediata no se puede lograr un acuerdo sobre la cantidad en que son equivalentes. Por eso, para que la probabilidad de consecución de nuestros fines sea la máxima, es de una gran importancia que se introduzca un eslabón intermedio en la cadena de los fines, eslabón en el cual yo pueda convertir b en todo momento y que, por su parte, igualmente pueda convertir en a, aproximadamente de la misma manera que cualquier tipo de energía, del agua que cae, del gas caliente, del aspa del molino, que mediante un dínamo puede transformarse en cualquier otra forma de energía deseada. El medio de intercambio reconocido de manera general se transforma en punto de tránsito de todo tráfico bilateral que sea dificultoso y se revela, del mismo modo que los ejemplos mencionados más arriba, como una expansión de la acción teleológica en tanto es un medio para conseguir objetos deseados de forma indirecta y mediante una institución pública, objetos que serían inalcanzables para mi esfuerzo inmediato orientado hacia ellos. Así como mis pensamientos tienen que adoptar la forma del lenguaje generalmente comprendido para, por medio de este rodeo, promover mis fines prácticos, mi hacer y tener, tienen que entrar en la forma del valor monetario para servir a mi continuo querer.

Este carácter del dinero hace que el siguiente rasgo psicológico surta efecto en él. Es una de las peculiaridades del espíritu humano con las mayores consecuencias que los medios indiferentes en sí mismos se transformen en un fin cuando han permanecido ante la conciencia el tiempo suficiente o cuando los fines que se tienen que alcanzar con ellos estén a una gran distancia que, finalmente, los conviertan a estos mismos en un fin definitivo. El valor que los medios, originariamente, solo recibían del fin que se podía conseguir a través de ellos, se independiza y, en vez de adherirse este valor de forma mediada a ellos, lo hace en una inmediatez psicológica. Por ejemplo, nada más a través de este proceso la costumbre exterior gana la fuerza, en y para sí, para presentarse como regulación moral, puesto que, originalmente, solo era el medio o la condición para alcanzar fines sociales más distantes. Muchos filólogos quedan atrapados toda su vida en la investigación de las nimiedades más insignificantes, mientras que el fin auténtico de este esfuerzo mediador, es decir, el conocimiento de la esencia espiritual de una época o de un individuo, no aparece en absoluto ante la conciencia. Para una infinidad de seres humanos, a tal punto se transformó la perfección de la técnica en un fin en sí mismo, que los fines más elevados a los que tiene que servir toda técnica son completamente olvidados. Esta es una de las instituciones más convenientes del organismo espiritual. Si en cada instante tuviéramos que tener ante los ojos la serie teleológica completa que justifica determinada acción, la conciencia se fragmentaría de una manera insoportable. Tal vez el principio del ahorro de energía [Kraftersparnis][3] conlleva que la conciencia teleológica se concentre precisamente en el escalón presente del proceso teleológico, mientras que aquellos fines últimos que han quedado muy atrás se hunden para la conciencia. A efectos de que la consecución del medio necesario en primer lugar cuente con energía almacenada, en primer lugar, este tiene que dominar por sí solo la conciencia.

En el tejido [Gewebe] completo de la acción humana teleológica, tal vez no haya ningún eslabón intermedio en el que este rasgo psicológico de la degeneración del medio en un fin se presente de manera tan pura como en el dinero. Nunca un valor que un objeto solamente tiene mediante su transformación en otro definitivamente valioso se transfirió de manera tan completa a este mismo objeto.

Entretanto es interesante el modo en que esta ruptura psicológica de la serie teleológica no se presenta nada más en la codicia directa y la avaricia, sino también en su aparente opuesto, el placer en el mero gasto de dinero como tal y, finalmente, en la alegría por la posesión de la mayor cantidad de objetos posible, de cuya utilidad específica, para la cual fueron producidos, uno no se beneficia en absoluto, sino que precisamente solo quiere “tenerlas”. El pueblo compara este tipo de naturalezas con los hámsteres. Tenemos aquí los escalones del proceso teleológico: el fin último razonable únicamente es el disfrute en el uso del objeto. Los medios para ellos son: 1. que uno tenga dinero; 2. que uno lo gaste; 3. que uno posea el objeto. En cada una de estas tres estaciones la conciencia teleológica puede detenerse y constituirlas en un fin en sí mismo, en efecto, de una manera tan enérgica, que cada uno de estos tres contenidos puede degenerar en una patología. El nivel en que el dinero degenera en un fin en sí mismo puede ostentar diferentes grados de independencia psicológica. Mediante la necesidad que existe a lo largo de toda la vida de tener ante los ojos la ganancia de dinero como el fin más próximo al que se aspira, probablemente, puede surgir la creencia de que toda felicidad y toda satisfacción definitiva de la vida estarían asociadas a la posesión de una suma determinada de dinero. Solamente cuando el carácter instrumental del dinero ha adquirido suficiente firmeza, demuestra su eficacia esta creencia y persiste el sentimiento trascendente que ocasiona la gran posesión monetaria. Si ha permanecido por debajo de este punto de cristalización, entonces, se presenta el fenómeno del aburrimiento mortal y la decepción que tan a menudo ha de observarse en los empresarios cuando, tras ahorrar una suma determinada, se han jubilado. Ahora no saben qué hacer con esta abundante posesión monetaria y, tras la desaparición de las circunstancias que hacen que la conciencia valorativa se concentre en el dinero, este se revela en su verdadero carácter de puro medio que se convierte en algo inútil y generador de insatisfacción apenas la vida se vea orientada exclusivamente hacia él. Así como en medio del calvario y los tormentos del mundo, a menudo, se nos presenta como un ideal un estado de mera tranquilidad, así como olvidamos que no se trata de la tranquilidad, en y por sí, sino de la tranquilidad frente a determinadas cosas y para determinadas cosas, y nada más como precondición para satisfacciones positivas de las que carecemos y como, por tanto, la mayoría de los seres humanos, cuando han alcanzado este aparente fin último, muy pronto sienten un vacío y una inutilidad insoportables de la existencia, exactamente de la misma forma toma revancha el desconocimiento del carácter meramente relativo y condicional del dinero, el equívoco que el sistema mercantilista ostenta, en cierto modo, “escrito con mayúsculas”. Pero donde la metamorfosis psicológica, mediante la que el dinero se transforma en un fin en sí mismo, se realizó de manera suficiente para alcanzar la vida completa, están dadas las condiciones para una felicidad consumada. Pues al avaro le están ahorradas las decepciones que siempre siguen al disfrute real, las inconveniencias con las que nos topamos de inmediato cuando hemos superado las etapas preparatorias de la consecución de las cosas. Su placer debe ser psicológicamente similar al placer estético que se detiene ante la forma puramente significativa de las cosas y es independiente de la ofuscación y las imperfecciones de su realidad accidental. Entretanto, hay una diferencia sutil entre aquel avaro que, a pesar de lo atractivas que puedan ser las posibilidades de ganancia, no se separa a ningún precio de lo adquirido una vez, y aquel que derrocha a manos llenas cuando tiene la esperanza de lograr de esta manera una ganancia usuraria. En el primero el proceso teleológico se petrificó antes que en este. El fenómeno psicológico opuesto se observa en aquellos seres humanos extraños, pero no demasiado infrecuentes, que, sin reparos, le regalan a cualquiera 100 marcos, pero únicamente venciéndose a sí mismos verdaderamente, logran hacer lo mismo con una hoja de papel de sus provisiones de escritura o con otra cosa parecida. Mientras el avaro, a través del medio para adquirir las cosas, es decir, el dinero, se abstiene de adquirirlas y permanece indiferente frente a su valor, aquí, por el contrario, se agudiza la conciencia de las cosas en sí mismas, sin pensar en el medio con el cual, a cada instante, uno puede conseguirlas de nuevo. Para este es importante únicamente el valor de la cosa, para el adicto al dinero [Geldsüchtige] solo el valor de la cosa.

A partir del desarrollo histórico del dinero se deriva que, originariamente, este tiene que haber sido un valor existente por sí mismo. Pues, mientras la acuñación estatal todavía no pudo garantizar al individuo la reutilización del pago recibido por una mercancía, nadie habría sido tan necio para entregar la última sin recibir un valor real por ella. El medio de intercambio podrá ser en menor medida mero medio de intercambio, cuanto más insegura sea su función como tal, en este caso, por el contrario, más se le exigirá un valor inmediato. El valor existente por sí mismo del medio de intercambio puede reducirse en la misma proporción en que crece su fuerza de intercambio. Si, entonces, el último alcanza un máximo en virtud de la legitimación mediante el poder público, el primero puede minimizarse. En contraposición, se ha enfatizado que el dinero sería un patrón de medida para valores y solo como tal podría ser un medio de intercambio para ellos, pero los objetos que pueden definirse de modo cuantitativo únicamente podrían ser medidos por objetos del mismo tipo: solamente magnitudes espaciales mediante magnitudes espaciales, pesos solo mediante pesos, etcétera. Por eso, el dinero mismo habría de ser, bajo toda circunstancia, un valor para medir valores y nunca podría, por tanto, rebajarse a un patrón de valor solamente ficticio, a un mero “dinero simbólico” que estuviese separado de la relación con un bien real.

Toda la controversia —si el dinero mismo sería un valor o solo el símbolo de un valor, un puro punto de tránsito para bienes, sin ser este mismo un bien, y si todavía siéndolo, debería permanecer como tal—, en tanto se sostiene de manera principista y dogmática, me parece que muestra una sorprendente negligencia frente a aspectos psicológicos decisivos. Pues los adversarios del dinero simbólico —para resumir la totalidad de esta orientación de pensamiento en una palabra— olvidan que los valores para los cuales el dinero ha de servir como medida de valor, sin embargo, son valiosos nada más en términos psicológicos, que no hay ningún valor objetivo en sentido absoluto, sino por intermedio de la voluntad de los seres humanos que desea el objeto en cuestión, al cual no se adhiere el valor como una característica objetiva, del mismo modo que no lo hace la sensación de bienestar al rayo del sol, bienestar que este ocasiona en los nervios organizados de determinada forma. Entonces, cada objeto tiene el valor que se le atribuye, y si únicamente se pudiese aspirar a una coincidencia mínima en la atribución del valor, no hay que pasar por alto que esta es la razón por la cual una pieza de papel acuñado, no respaldado por ningún valor tangible, no ha de tener un valor de cambio definido en todo tiempo. Como si, de este modo, alguna característica le concediera un valor objetivo que lo equipararía con otros objetos con la misma cualidad, ya que también estos objetos se han transformado en valores por el proceso de la voluntad humana. Ni el alimento, ni el refugio, ni la vestimenta, ni los metales nobles son valores en y por sí. Solo se convierten en tales en el proceso psicológico de su valoración, como prueban los casos en que el ascetismo u otras constituciones anímicas generan una completa indiferencia frente a ellos. Si no se quiere reconocer como valor monetario al dinero simbólico cuando su valor de cambio es aceptado universalmente, se comete el mismo error de aquel idealismo económico que únicamente quiere reconocer como “bien” a aquello que obedece a una necesidad verdadera, pero no a lo que produce una satisfacción superflua o despreciable. De todos modos, este idealismo ignora que toda atribución de valor es nada más que un hecho psicológico y ninguna otra cosa, y, por eso, donde esta atribución tiene lugar, tiene que ser reconocida sin dificultad. Existen suficientes razones que hacen que sea deseable e indispensable la unión del valor monetario a los metales preciosos, causas suficientes que hacen irrealizables las condiciones para un dinero simbólico. Pero, en principio, no existe la más mínima razón por la cual un símbolo arbitrario para el dinero no pueda ofrecer exactamente los mismos servicios que el oro y la plata como medida de valor y medio de cambio, cuando la transferencia de la conciencia de valor a aquel ha tenido lugar por completo, lo cual es altamente factible a través del proceso de encumbramiento del medio a la dignidad de fin último, proceso que en otros ámbitos ha sucedido cientos de veces.

Es evidente que aquel proceso tuvo que realizarse de manera más rápida y fundamental en un medio como el dinero que es el punto de tránsito necesario para un gran número de fines. Pues, en la misma medida en que muchos fines necesitan precisamente de este medio, se acentuará en su necesidad para nuestra conciencia, de tal modo que su valor parecerá crecer por encima del de un mero medio. Y este resultado aparecerá de manera más rápida toda vez que los fines que tienen que alcanzarse de esta forma sean muy diversos y apartados entre sí, porque, entonces, la diversidad entre ellos se paraliza y solamente lo que tienen en común, el medio para todos ellos, se presenta en una iluminación tanto más clara. Esto tiene múltiples consecuencias para la psicología del dinero. La avaricia de la edad avanzada, por ejemplo, se explica precisamente por el hecho de que el medio que es común a muchos fines buscados en la vida, en proporción con la longitud mayor de la vida, tiene que recibir una mayor acentuación y señorío en la conciencia. De donde se deriva que muchos fines y estímulos de la vida mueren para la vejez, mientras el valor con el cual su anterior fuerza de atracción también reviste al medio de su realización consigue una autonomía que hace que perdure incluso tras la desaparición de aquella.

Además, si el dinero es la intersección de diversas series teleológicas, con la abundancia y divergencia de estas, tiene que hacerse cada vez más incoloro. Y este, de hecho, es su destino, puesto que con una cultura cada vez más elevada, cada vez más cosas muy diversas pueden comprarse por su intermedio. Así como seres humanos muy versátiles, que desarrollan sus actividades según las orientaciones más diversas, presentan fácilmente la apariencia de cierta falta de carácter, la carencia de una coloración definida, que, más bien, corresponde a un ser unilateralmente pronunciado, de la misma manera también en el dinero, en cierto modo, se presenta un fenómeno psicológico de interferencia [psychologische Interferenzerscheinung], en cuanto la abundancia cualitativa de los fines que colisionan en él, por así decirlo, lo ubican entre las cualidades y le quitan toda coloración psicológica definida, la que siempre habría de tener algo unilateral. Y mediante un proceso fácil de entender, esto actúa de modo retroactivo sobre los objetos del tráfico monetario. La apatía arrogante [Blasiertheit][4] de nuestros estamentos acomodados está relacionada con eso. Si el dinero se convierte en denominador general para todos los valores vitales posibles, cuando ya la cuestión no es qué valen, sino cuánto valen, se disminuye su individualidad. Mediante la posibilidad de comparación a través de un medidor indiferente y accesible a todos por igual, pierden el interés que se asocia con lo específico e incomparable. Para el apático arrogante no hay nada que le parezca imposible de pagar, y a la inversa, quien cree poder pagar todo con dinero, necesariamente tiene que volverse un apático arrogante. Cuando ese carácter de universalidad del fin psicológico último, en diversos sentidos, hace que parezca valioso únicamente el objeto que cuesta mucho dinero, se entiende, sin embargo, que para ciertas naturalezas nada más tiene valor lo que no puede conseguirse con dinero. Esto no es una inversión, sino un incremento de aquella consecuencia psicológica del tráfico monetario.

La nulidad del dinero, en esencia, probablemente tiene también como consecuencia el fenómeno de que el trato de las mujeres en los pueblos incultos es peor cuando son compradas y únicamente mejora un poco donde, en lugar de ser compradas mediante el pago de una suma, lo son mediante servicios personales del solicitante a los padres de la novia. Por eso, además, un obsequio monetario es lo más innoble, aquello que con mayor profundidad rebaja la personalidad. Así y todo, continúa siendo un fenómeno sorprendente que se pueda aceptar sin daño para el honor el mayor sacrificio de otro, la vida, el sufrimiento, el honor y cualquier otra cosa, pero en ningún caso un obsequio monetario. Aquí puede estar cooperando aquella función espiritual que, reorientándose positivamente, transforma la necesidad en virtud: bajo todas las circunstancias, a causa de su carencia de cualidades, el dinero puede devolverse, lo que en el caso de otras cosas, por ejemplo, el sacrificio de tiempo y energía personal, es simplemente imposible. El sentimiento del honor se adaptó en tal medida a circunstancias que no van a cambiar, circunstancias que nos permiten recibir tranquilamente y sin ninguna obligación de devolver de inmediato precisamente aquello que no se puede devolver de inmediato. Porque el valor del dinero consiste exclusivamente en la cantidad, solo puede asumir un carácter específico mediante aquella magnitud que nada más pueden tener unos pocos. Por eso, según el sentir general, aceptar dinero afecta en tanto menor medida al honor, cuanto mayor es la cantidad. Y también el fraude por dinero —particularmente cuando se trata de sumas bajas— será visto como un delito especialmente innoble, que desprestigia socialmente a sus autores con mayor profundidad que delitos que certifican una bajeza moral mucho más grave.

El dinero es “innoble” porque es el equivalente para todo. Únicamente lo individual es distinguido. Lo que es igual a muchas cosas, es lo más bajo de estas y, por eso, arrastra hacia el nivel de lo más bajo también a lo más elevado. El azar, sin duda, puede hacer que aquella nivelación de lo más elevado por medio de dinero, en algunas ocasiones, sea provechosa para el todo. Por ejemplo, la compra de cargos de los Borbones abrió al estamento intermedio el camino hacia la administración pública. También, en sentido inverso, el sueldo es lo único que posibilita el aprovechamiento en el puesto correcto del talento carente de medios. Si el mundo clásico, hasta los sofistas y la Era Imperial, no conoció o quiso conocer el pago por las funciones espirituales y estatales, de este modo, obstruyó a infinitos talentos el camino de su aprovechamiento.

La impersonalidad del dinero también posibilita una amplia expansión de la beneficencia. Se duda mucho menos sobre quién es el otro en las donaciones monetarias que cuando la beneficencia consiste en servicios personales. Hacia esta dirección apunta también la anonimia de la donación benéfica. De esta manera, sin embargo, por otro lado, puede tener lugar un efecto retroactivo, asociativo y conciliador sobre los donantes. Los logros de la Asociación Gustav Adolf hubiesen sido imposibles si el carácter objetivo de las aportaciones monetarias no hubiera borrado las diferencias confesionales de los contribuyentes, pero, en tanto así se hizo posible esta obra común de luteranos, reformados y unionistas, sirvió como un medio ideal de conexión y tuvo que fortalecer el sentimiento entre todos aquellos que, a pesar de sus diferencias, estaban vinculados.

Es interesante el modo en que el carácter tentador del dinero, que se puede transformar a cada momento en cualquier otra cosa posible, es decir, su impersonalidad, entra en conflicto con sus consecuencias para la beneficencia. San Francisco de Asís dejó que su orden mendigara alimentos y vestimenta, pero, bajo ninguna circunstancia, dinero, incluso cuando se trataba de ayudar a los enfermos y los necesitados. Santo Tomás, por el contrario, de una manera bastante sintomática para el hombre de mundo que era, extrae de la misma esencia del dinero consecuencias opuestas. Considera que la usura es despreciable, sin embargo, agrega que el dinero que otro ya ganó mediante la usura, de todos modos, sería un capital útil que se puede utilizar legítimamente para los fines de ayudar a los pobres y hacer beneficencia. Pues, dice él, de este modo podemos imitar a Dios que, de forma similar, hace que los pecados de los seres humanos sirvan a sus fines bondadosos.

Finalmente, el carácter impersonal del dinero tiene aún otra consecuencia psicológica, que contribuye a facilitar la infinita expansión y crecimiento del tráfico a causa de la reducción de todos los valores a dinero. La carencia de cualidades del dinero conlleva la carencia de cualidades del ser humano como comprador y vendedor. Lo que se consigue por dinero pertenece a aquel que más da por ello, más allá de qué y quién sea. Donde están en juego otros equivalentes, donde se entrega una posesión a cambio del honor, un servicio, la gratitud, se ve el talante de la persona a la cual se la entrega y a la inversa, cuando compro por dinero, es indiferente para mí a quién le compro lo que se me presenta como deseable y costando ese precio. Donde, sin embargo, compro algo al precio de un servicio, al precio de la obligación personal, en sentido interior y exterior, solamente ahí veo con precisión con quién estoy relacionado, porque a un desconocido nada más le daría dinero y ninguna otra cosa. La indicación en los billetes bancarios [Kassenscheinen] de que su valor se paga a quien lo entregue, “sin verificación de legitimidad”, es sintomática del carácter del dinero en general. El hecho de que en el tráfico monetario una persona valga exactamente lo mismo que la otra, tiene su razón en que ninguna vale nada, sino solo el dinero. Por eso, es muy acertado afirmar que en las cuestiones de dinero cesa la socialidad. El dinero es lo objetivo absoluto donde termina todo lo personal. Por eso el dinero no tiene ninguna historia en el sentido en que esta le otorga a cualquier otra posesión el valor más diverso para nuestro sentimiento, valor ya sea positivo o negativo, que a menudo no puede equipararse con ninguna otra cosa. La representación de que determinado dinero “está manchado con sangre” o “tiene una maldición” es una proyección sentimental sin justificación y que con un tráfico monetario creciente, necesariamente, se hace cada vez más inusual. En gran medida se aplica al dinero el non olet.[5] No hace falta discutir la cantidad de obstáculos psicológicos para la circulación económica que pone en el camino precisamente este carácter del medio de circulación general.

Aquella indiferencia del dinero, tan incrementada en nuestra época, cuya consecuencia es también la indiferencia de los objetos, está retratada por aquellas tiendas que se caracterizan por vender mercancías que tienen, todas, el mismo precio. Lo decisivo aquí es que lo que ha de determinar de antemano al comprador y la finalidad del negocio no son las mercancías en su particularidad, sino la determinación del precio que hay que pagar por ellas. Cada vez se retrae más la cualidad específica ante la cantidad, lo único que importa. De donde, luego, se desprende la consecuencia problemática de que cada vez más cosas, más allá de su calidad, sean compradas porque son baratas. Precisamente la misma esencia psicológica del dinero produce, sin embargo, también el fenómeno opuesto de que muchas cosas sean valoradas y buscadas porque cuestan mucho dinero. El simple hecho de que la cosa solamente pueda tenerse a costa de determinado precio, le da su valor a los ojos de muchos. De esta manera surge, en diversos sentidos, un círculo en la determinación del valor: si el oferente reduce el precio, entonces, se reduce la valoración de la mercancía y esto hace que descienda aún más el precio.

Sin embargo, ya tempranamente, este carácter del dinero tuvo como consecuencia el fenómeno particular de que aquellas clases que, a causa de su posición social, tenían cerrados muchos objetivos del anhelo personal, se lanzaran exitosamente a ganar dinero: los liberados en Roma, los hugonotes en Francia y los judíos en todo el mundo. El dinero es el ámbito neutral que menos que cualquier otro puede cerrárseles con éxito, porque es, precisamente, a causa de su carácter inespecífico, que aún puede afluir siempre hacia estas clases por múltiples canales, cuando aquellos canales para otros logros están cerrados para ellas. Y, por otro lado, es comprensible que precisamente aquellas clases oprimidas concentren toda la fuerza en ganar dinero, porque, precisamente, en virtud de la posición indiferente del dinero frente a los contenidos de la vida, pueden lograr con él una influencia y conseguir un disfrute para los cuales les están negados los medios directos y específicos.

Sin duda, en un sentido, la omnipotencia del dinero se debilitó en comparación con el pasado: la pena monetaria ya no tiene un ámbito de aplicación tan extenso. Es conocido cómo el derecho germánico antiguo permitía expiar los peores delitos por medio de dinero y cómo ya en el siglo VII la pena religiosa del ayuno podía ser reemplazada por dinero. La separación del dinero se sentía como algo tan esencial que de esta forma cualquier cosa posible podía compensarse, tal vez, incluso en cumplimiento con el mérito moral que ya le había atribuido el Evangelio a la entrega de la riqueza. En ambos respectos, como expiación de las infracciones tanto frente al orden humano como al divino, su valor se ha reducido. Pero esta aparente excepción confirma la regla. Precisamente porque paulatinamente cada vez se pueden tener más cosas por dinero, porque se alza como equivalente para la mayoría de los contenidos de la vida, precisamente por eso deja de ser equivalente en relaciones muy excepcionales y especiales. No es a pesar de que se puede tener prácticamente todo por dinero que ya no se podían compensar aquellas exigencias religiosas y morales, sino precisamente porque se puede tener prácticamente todo por dinero. La degradación de la dignidad del dinero, por un lado, y la elevación de la conciencia moral, por otro, actuaron conjuntamente para disipar ese fenómeno. Por otra parte, la circunstancia de que tantos valores de la vida puedan ser expresados en dinero, ha posibilitado fijar, al menos para los fines del derecho penal, el concepto general del fraude –el daño a otro fingiendo hechos falsos–, en el sentido de que solo se castiga como embaucador a quien daña la propiedad de otro. Sin duda, esto muestra con mucha nitidez que aún cuando el dinero es la expresión equivalencial para muchas cosas, sin embargo, no lo es para todas. El peor fraude, que destruye completamente la dicha vital de un ser humano y, de acuerdo a su carácter, requeriría, incondicionalmente, medidas penales, permanece impune (con excepción del § 179 del código penal alemán), cuando el daño ocasionado concierne a la situación puramente personal e individual, daño que se sustrae a la valoración por medio de la escala monetaria impersonal. El sentimiento de la impersonalidad del dinero es también una de las razones que hace que nos parezca tan especialmente desdeñosa la entrega del honor femenino por dinero. Pues se trata de algo tan personal que nada más puede ser correspondido equivalentemente con una entrega idéntica de la personalidad completa y en ningún sentido por aquel valor que, de todos los existentes, es el más impersonal, el más alejado del contenido específico de la personalidad. De modo que quienes entregan aquel por este, ocasionan y muestran el mayor demérito pensable del valor de su persona.

En general, podrá decirse que la coloración o, más bien, decoloración peculiarmente psicológica de la que se hace parte a las cosas a través de su equivalencia con un medio de cambio totalmente incoloro y que, por decirlo de alguna manera, conlleva cierta tersura [Glätte], un esmerilado de sus ángulos filosos, en cuanto de esta forma se facilita y acelera su circulación, es una parte del gran proceso cultural que transforma la realidad y el ideal, a partir de la forma de la estabilidad, de lo inconmoviblemente fijo, por siempre existente, en la forma del movimiento, de la eterna fluidez de las cosas, de la evolución constante. Cuando, en vez del conocimiento incondicionado y apriorístico al que aspiraban las épocas anteriores, se subraya cada vez más la experiencia como único medio del conocimiento, esto significa la transformación de un contenido del pensamiento considerado como válido para todos los tiempos, en otro que puede modificarse, aumentarse y corregirse constantemente. Cuando las especies de organismos, en vez de ser reconocidas como actos eternos de la creación de Dios, lo son únicamente como puntos de cruce de una evolución que avanza sin límite y, con esto, simultáneamente, en vez de formas de nuestro comportamiento uniformes e inmutables, se presenta como ideal la adaptación a condiciones evolutivas cambiantes; cuando la creencia metafísica en ciertas representaciones superiores, a cuya eternidad subjetiva y objetiva uno se aferra, es reconocida como resultado modificable de procesos puramente psicológicos; cuando las demarcaciones fijas dentro de los grupos sociales se hacen cada vez más fluidas y se rompen las rigideces del sistema de castas, de las obligaciones corporativas, del lazo con la tradición en cada ámbito, de tal modo que la personalidad, por así decirlo, pueda circular fácilmente por una multiplicidad de situaciones vitales; todos estos son síntomas del mismo cambio psicológico de los pueblos al que sirve también el dinero en virtud de la facilitación del dar y recibir que se deriva de él.

De la misma manera en que, sin embargo, en el πάντα ρεῖ[6] de los fenómenos algo persiste, es decir, la ley; de la misma manera en que en el cambio constante de los factores, sin embargo, la relación entre ellos permanece constante; de este mismo modo se podría abordar el dinero en tanto polo estático en la fugacidad de los fenómenos económicos, como el valor constante de una fracción, en la cual el numerador y denominador cambian continuamente a partir del mismo múltiplo. De la misma manera en que, precisamente, la multiplicidad de fenómenos hacen aparecer la ley del modo más claro, así el dinero se destaca en la persistencia de su valor con mayor claridad cuanto mayor es la cantidad y diversidad de las cosas entre las que articula la igualación, tanto más se despoja de lo material y sus transformaciones y se alza como ἀκίνητον κινοῦν[7] sobre todo lo singular. Esto sucede de una manera por completo comparable en sentido epistemológico con la ley que está ahí de manera más pura y fija cuanto más coloridos y cambiantes son los casos singulares que domina.

Si, tanto con un tono elegiaco como sarcástico, se ha expresado que el dinero sería el Dios de nuestra época, se pueden hallar, de hecho, relaciones significativas entre ambas representaciones, aparentemente tan opuestas. La esencia más profunda de la idea de Dios yace en que toda la multiplicidad del mundo logra su unidad en ella, que esta idea, según las bellas palabras de Nicolás de Cusa, es la coincidentia oppositorum.[8] De esta idea de que toda oposición y contradicción del mundo encuentra su igualación y unificación en él, procede la paz y seguridad, pero, simultáneamente, también la densa abundancia de representaciones que flotan conjuntamente y se encuentran en la representación de Dios. La semejanza psicológica de la representación de Dios con la del dinero resulta clara a partir de lo anterior. El tertium comparationis[9] es el sentimiento de tranquilidad y seguridad que confiere la posesión de dinero en contraste con cualquier otra posesión y que psicológicamente corresponde a aquel que encuentra el devoto en su Dios. En ambos casos se trata de la elevación por encima de lo singular que encontramos en el objeto anhelado, la confianza en la omnipotencia del principio superior, que nos garantiza en todo momento, por así decirlo, la posibilidad de convertir esto singular e innoble en aquel. Precisamente como Dios en la forma de la fe, en la forma de lo concreto, el dinero es la abstracción más elevada a la que la razón práctica se eleva.


  1. Traducción de Georg Simmel (1989 [1889]). Para las referencias bibliográficas agregadas al texto original véase la Introducción del traductor.
  2. N. del T.: Cuando Simmel utilice la palabra Mensch o el plural Menschen, para evitar una identificación con el género masculino, emplearé el término neutro de “ser humano” o “seres humanos”, respectivamente.
  3. N. del T.: Respecto al concepto de “ahorro de energía”, cfr. G. Simmel (2017 [1890]: 217-266).
  4. N. del T.: En las traducciones castellanas de escritos de Simmel se ha popularizado la expresión “actitud blasé” como equivalente de Blasiertheit. Esta traducción, de todas maneras, no resulta transparente para el lector no familiarizado con el francés. Este término refiere en alemán a cierta arrogancia, pero en Simmel no se trata simplemente de esto, sino, como en el francés blasé, del hastío, la indiferencia o la apatía. Por estas razones, elegí dos palabras (“apatía arrogante”) para expresar Blasiertheit en castellano.
  5. N. del T.: “No huele”.
  6. N. del T.: “Todo fluye”.
  7. N. del T.: “Motor inmóvil”.
  8. N. del T.: “Coincidencia de los opuestos”. Al respecto, cfr. N. de Cusa (2003).
  9. N. del T.: “Término de comparación”.


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