Usos del tiempo en tareas de cuidado
en Villa Fiorito
Florencia Sorgi, Juliana Paolucci y Rodrigo Moyano
Introducción
A la hora de pensar de qué manera utilizamos nuestro tiempo, probablemente la mayoría de nosotros coincida en el horario de trabajo como organizador de nuestras vidas. Si ampliamos esta mirada a la organización del tiempo de la sociedad en su conjunto, nos encontraremos con esa misma visión, pero de manera extrapolada: el mundo entero gira en torno a la organización del trabajo y, al mismo tiempo, y como consecuencia de ello, sobre una marcada desigualdad social.
Siendo la familia la unidad primaria de reproducción de las relaciones de poder, mientras que los varones han sido históricamente asignados a las tareas de proveedor de medios de subsistencia, a las mujeres se les impuso las tareas de cuidado y el trabajo doméstico.
Dado que las tareas de cuidado no se encuentran socialmente percibidas como un trabajo que deba ser remunerado, una amplia gama de cuestiones ideológicas y culturales incorporadas a lo largo de la historia hicieron que la distribución de estas sea desigual, entendiendo que las máximas responsables de la casa son las mujeres. Según datos extraídos de la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo del año 2021 realizada por el INDEC, las mujeres realizan el 89 % de las actividades domésticas (INDEC, 2021).
Dentro del mercado de trabajo, la desigualdad de género se sostiene hasta nuestros días. Las condiciones en las que trabajan mujeres y varones varían, al igual que los salarios percibidos por el mismo trabajo y la posibilidad de ascenso. Esta caracterización resulta transversal a todas las capas sociales, sin ningún tipo de distinción tajante. En este trabajo, en consonancia con el objeto general de estudio del GICP “Pobreza…”, nos concentramos en los sectores populares, donde la desigualdad de género es una más entre muchas otras condiciones de vulnerabilidad que padecen.
Por consiguiente, nos proponemos conocer cómo es la dinámica del uso del tiempo en tareas de trabajo no remunerado en mujeres pertenecientes a sectores vulnerables, viéndolas desde una perspectiva interseccional.
Nos centramos en un grupo de mujeres de la localidad de Villa Fiorito, ubicada en el partido de Lomas de Zamora, en la Zona Sur del conurbano bonaerense. Todas ellas mayores de 18 años a cargo de tareas de cuidado en sus hogares, a quienes entrevistamos para conocer de qué manera afecta la responsabilidad de tareas de cuidado en su vida cotidiana. Del mismo modo, nos propusimos saber en qué sentido la pandemia de COVID-19 y sus medidas restrictivas de aislamiento dispuestas por el Estado nacional afectaron esa cotidianeidad, y si esto les permitió visibilizar problemáticas que hasta el momento no eran consideradas como tales o, dicho de otra manera, eran cuestiones totalmente “naturalizadas”.
Trabajo no remunerado
Al hacer referencia al trabajo, algunas corrientes económicas lo han contemplado históricamente como aquellas tareas formalmente mercantilizadas y que pueden visibilizarse en términos monetarios, dejando de lado otro tipo de actividades por el solo hecho de no ser realizadas a cambio de una retribución económica. El problema que habita en esta perspectiva es la invisibilización de un sector que brinda un gran aporte a la economía y al funcionamiento de la sociedad. Es por lo que nos proponemos hacer foco en dichas tareas, denominadas “tareas de cuidado” o “trabajo no remunerado”.
Según el informe “Los cuidados, un sector económico estratégico. Medición del aporte del Trabajo Doméstico y de Cuidados no Remunerado al Producto Interno Bruto” del Ministerio de Economía de la Nación (2020: 3), se entiende que
el Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado (TDCNR) es el trabajo que permite que las personas se alimenten, vean sus necesidades de cuidados satisfechas, cuenten con un espacio en condiciones de habitabilidad, reproduzcan en general sus actividades cotidianas y puedan participar en el mercado laboral, estudiar o disfrutar del ocio, entre otras.
Partiendo de esta definición, entendemos como “trabajo no remunerado” las tareas domésticas del hogar y el trabajo de cuidados de niñas/os, personas con discapacidades y adultas/os mayores, que requieren de la atención de terceras/os para satisfacer las necesidades básicas.
Las tareas de cuidado tienen la particularidad de no realizarse a cambio de ningún tipo de remuneración, pero resultan indispensables para el funcionamiento de la organización doméstica y, en definitiva, de las sociedades en su conjunto. Tal como afirma Durán Heras (2005: 49), las tareas de cuidado requieren de dirección, gestión y disponibilidad de tiempo para ser ejecutadas, lo que demuestra que no consisten en una simple improvisación cuya ejecución sea opcional, sino que son un verdadero trabajo.
Por otra parte, el hecho de no ser remuneradas no resulta ser la única particularidad que tiene este tipo de tareas, sino que, a su vez, son realizadas mayoritariamente por mujeres: en Argentina, por ejemplo, las tareas de trabajo no remunerado son realizadas en un 69 % por mujeres (EPH-INDEC, 2023).
Desigualdad de género y su vínculo con los usos del tiempo
Históricamente, la organización de las sociedades a lo largo y ancho del mundo se encuentra diseñada desde una perspectiva androcéntrica en la que coexisten dos esferas, la pública y la privada. Para cada una de estas esferas, se establece un patrón en el cual los varones son responsables del aspecto productivo de la esfera pública, y las mujeres, en cambio, del aspecto reproductivo y de cuidados del ámbito privado. Si bien la sociedad moderna trajo consigo cambios en los patrones productivos que tuvieron como correlato la inserción de la mujer en el ámbito del trabajo formal, esto no resulta suficiente para modificar estructuralmente la división sexual del trabajo. En nuestros días las diferencias entre varones y mujeres en el ámbito laboral siguen existiendo: las condiciones de trabajo y salario no son las mismas, las posibilidades de ascenso tampoco, y sigue habiendo una gran estigmatización sobre la compatibilidad entre maternidad y trabajo. La idea de que las mujeres tienen una mayor probabilidad de ausentarse de sus trabajos si sus hijos o hijas se enferman es moneda corriente entre quienes deciden las contrataciones en las empresas, y es muchas veces un elemento determinante a la hora de acceder a un puesto.
En los resultados de la Encuesta Permanente de Hogares del INDEC, correspondiente al primer trimestre del año 2023, se puede ver la amplia diferencia entre varones y mujeres en la tasa de actividad, entendida como la relación entre quienes participan del mercado de trabajo y la población total. De esta estadística resulta que la participación en la tasa de actividad de varones en nuestro país es de un 70,9 %, mientras que la de las mujeres es de un 52,2 % (INDEC, 2023).
El hecho de que exista tal diferencia entre mujeres y varones en actividad no significa que las mujeres no realicen ningún tipo de trabajo. Las tareas de cuidado al interior de los hogares son fundamentales para el sostenimiento del resto de las tareas de la sociedad en general, pero resultan invisibilizadas por no ser realizadas a cambio de remuneración alguna. El trabajo no remunerado es una realidad, pero en el imaginario social es un deber, una responsabilidad, más bien relacionada con cuestiones afectivas e instintivas que a una tarea en sí. Se encuentra instalada en el imaginario social la idea de que las tareas de la casa, como son las de cuidado, se realizan por “amor”, y eso no requiere de una compensación material. A las mujeres que no cuentan con un trabajo formal, se las denomina comúnmente “amas de casa” y no se las percibe como trabajadoras. Mientras que las mujeres que tienen un trabajo remunerado –formal o informal– y cumplen con una jornada diaria, en general, realizan una doble tarea, dado que deben ocuparse también de las tareas de cuidado al regresar a sus hogares.
Con base en esta información, se desprenden varios puntos que resultan imprescindibles y que tienen que ver, en principio, con las causas por las cuales se llega a esta desigualdad en la actividad. El hecho de que se encuentre instalada cultural e ideológicamente la idea que ubica a las mujeres en el rol de responsables de la organización de la vida privada no se sostiene únicamente sobre la base de las costumbres, sino que se encuentra enmarcada en un contexto socioeconómico que la propicia.
Dentro del mercado laboral formal o informal, las mujeres se enfrentan a un ambiente hostil que no está preparado para recibirlas en una situación de igualdad de condiciones frente a sus pares, los varones. La “idea” de su rol de reproducción y cuidado hace mella en cada sector decisor de la economía formal o informal, construyendo sentido e instalando “discursos” del tipo “En determinado puesto, un varón resultará más eficiente o productivo, podrá brindar una mayor dedicación inclusive teniendo hijas/os, y requerirá de una menor cantidad de licencias en relación con una mujer”. Esta comparación arbitraria y totalmente sesgada no solamente es aplicada a la hora de efectivizar la contratación a un puesto laboral, sino también en el marco de un posible ascenso. En este sentido, nos pareció interesante el concepto de “techo de cristal” para hacer referencia a esta situación.
Se denomina “techo de cristal” a una serie de barreras invisibles que impiden que las mujeres asciendan a puestos jerárquicos y de decisión en una figurativa escalera organizacional. Según un relevamiento realizado por Glue Consulting, en Argentina sólo el 4 % de las empresas está dirigido por mujeres. Esto no es un fenómeno exclusivamente local: en la lista de CEOs de las 500 empresas más grandes del mundo solamente aparecen veinte mujeres (que representan también un 4 %). Tampoco es algo que suceda solamente en el sector privado: la academia, los sindicatos, los partidos políticos y el sector público en general exhiben asimetrías notorias entre los lugares que ocupan varones y mujeres (Brossio, 2017).
Estos muros invisibles existentes en el mercado laboral pueden evidenciarse claramente analizando los distintos rubros en los que hay mayor presencia femenina y menor masculina y viceversa. Al observar esto, nos encontramos con que los sectores mayormente vinculados a tareas de cuidados y reproducción (servicio doméstico, enseñanza, servicios sociales y de salud) tienen mayor presencia de mujeres, y los trabajos vinculados al sector productivo (construcción, transporte, comunicaciones, manufactura) cuentan con una mayor participación de varones. Ante esta distinción, podemos preguntarnos sobre las conclusiones que arroja esta información. Esta pregunta puede responderse con un dato concreto: en el primer trimestre del 2023, el sector de “servicio doméstico” tuvo un porcentaje de feminización de un 97,8 % y el promedio de ingreso mensual más bajo en comparación con los demás rubros, registrando un 78,1 % de informalidad (Ecofeminita [ecofeminita.com]).
También resulta necesario contemplar otro factor que afecta más a las mujeres que a los varones, que es el trabajo no registrado o informal, en el que las condiciones de contratación se realizan por fuera de la Ley de Contrato de Trabajo, lo que tiene como resultado salarios por debajo de los establecidos (impuestos por los/as empleadores/as, por fuera de las paritarias), jornadas laborales en muchos casos más extensas y ausencia de derechos básicos tales como aguinaldo, vacaciones pagas, aportes previsionales, cobertura médica, el derecho a organizarse sindicalmente. Si bien esta realidad afecta a gran parte de la población de nuestro país, inclusive a varones, la situación de las mujeres las posiciona ante una mayor vulnerabilidad. Al analizar los datos sobre trabajadores/as dentro de la informalidad, nos encontramos con que el 39,3 % de las mujeres ocupadas no tiene un trabajo registrado o en blanco, mientras que, en el caso de los varones, es un 34,6 %, según los datos extraídos del “Informe sobre la participación de las mujeres en el trabajo, el ingreso y la producción” del primer trimestre de 2023. Esto significa que las mujeres se encuentran mayormente expuestas a condiciones de irregularidad que conllevan un monto menor en sus salarios, menor acceso a derechos laborales y la ausencia de cargas sociales aportadas por sus patrones, lo que luego repercutirá al momento de su retiro del mercado laboral.
En la actualidad, nos encontramos en un momento histórico en el que el rol de la mujer intenta traspasar las barreras del cuidado del hogar, pero, cuando lo hace, se encuentra con un ambiente hostil pensado para varones, y que no contempla como un problema la desigualdad de género. Son las mujeres las que ocupan las ramas de trabajo con salarios más bajos y mayor tasa de informalidad, y las que acceden en menor medida a un trabajo formal. La asociación de las tareas de cuidado con el género femenino hace que sea aún más difícil despegarse de ese rol, y que quienes llegaran a lograrlo aun así se vean obligadas a realizar esas tareas al llegar a sus casas.
No está de más aclarar que la desigualdad de género es transversal a todas las sociedades, culturas y religiones, y también a todas las clases sociales. Pero, a la hora de poner el foco en la clase social, la falta de recursos es también una agravante en este sentido. Como ya lo sostuvimos en la introducción, este es el motivo por el cual decidimos centrarnos en barrios populares, donde las herramientas para sortear estas dificultades son nulas, por lo cual se incrementa notoriamente la desigualdad.
Villa Fiorito
Al decidir centrarnos en un barrio vulnerable, consideramos pertinente hacerlo dentro del primer cordón industrial del conurbano bonaerense, entendiendo que es un sector geográfico que se caracteriza por una amplia densidad demográfica y nivel de urbanización, pero que, a su vez, cuenta con una gran disparidad en cuanto a ingresos económicos y niveles de vida de la población. De esta manera, conocer la realidad de las mujeres pertenecientes a estas poblaciones nos permite entender si la pobreza las ubica en una situación de mayor vulnerabilidad, no solamente por la carencia de recursos, sino también en términos simbólicos y culturales.
Villa Fiorito se encuentra en el municipio de Lomas de Zamora, ubicado en la Zona Sur del conurbano bonaerense. El Partido de Lomas de Zamora está comprendido, a su vez, por las localidades de Lomas de Zamora (cabecera del partido, ubicada en la región central, siendo su nombre originario “Pueblo de la Paz”), Temperley, Banfield, Llavallol, Turdera, Villa Fiorito, Ingeniero Budge, Villa Centenario, Villa Albertina y San José (este barrio tiene la particularidad de ser compartido por dos municipios, ya que una parte pertenece a Almirante Brown). Tiene una superficie de 87 km², y cuenta con 694.330 habitantes, según el censo del año 2022, siendo uno de los municipios más poblados del AMBA. Está ubicado al sur de la Ciudad de Buenos Aires, con la cual limita en una breve sección por el Riachuelo (al cruzar el Puente de la Noria, se entra al barrio de Villa Riachuelo). Además, limita con los partidos de Lanús, Quilmes, Almirante Brown, Esteban Echeverría y La Matanza.
Mapa 1. Municipio de Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires

Fuente: www.google.com/maps.
La urbanización de este municipio se desarrolló en una primera etapa con la llegada de inmigrantes europeos entre los años 1880 y 1930 y en una segunda instancia hacia 1930, incorporando migrantes internos y de países limítrofes. Esta última etapa de urbanización se llevó a cabo en el denominado Cuartel ix. El rápido crecimiento demográfico de la región dio lugar a la urbanización de zonas bajas cuyas condiciones habitacionales no eran óptimas, debido fundamentalmente a la mayor probabilidad de inundaciones, como es el caso de Villa Fiorito.
Cuartel ix es una zona caracterizada por la gran cantidad de focos de conflictos sociales y delictivos. Villa Fiorito e Ingeniero Budge son las principales localidades de la zona, a las que deben sumarse los barrios de Villa Albertina, Villa Independencia, Juan Manuel de Rosas, Villa Centenario, Villa Lamadrid, Santa Marta, 2 de Abril y Villa Amelia; contando con la “formalidad” de 30 barrios y numerosos asentamientos, ocupa prácticamente la mitad de la superficie de todo el partido, habitando el 40 % de la población total de Lomas de Zamora, de acuerdo a un estudio del Concejo Deliberante local. Para tener una idea de la ubicación de la zona, debemos tener en cuenta que limita con el Riachuelo y con los partidos de La Matanza, Esteban Echeverría y Lanús; es atravesado por tres arroyos, presenta una reserva natural, la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, los tribunales provinciales y las ferias de la zona conocida como La Salada[1].
La renovada Terminal del Puente La Noria es uno de los centros neurálgicos de acceso a medios de transporte que vinculan el barrio con otras localidades y con la Capital Federal, donde pasan 20 líneas de colectivo: ocho nacionales que pasan del conurbano a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, y viceversa (líneas 21, 28, 31, 101, 117, 188, 114 y 141), seis provinciales (283, 298, 306, 318, 405 y 421) y seis comunales (532, 540, 542, 550, 551 y 553). El colectivo es el principal medio de transporte utilizado por las vecinas y los vecinos del barrio, ya que la necesidad de desplazarse hacia otras localidades para trabajar o recibir asistencia médica (la región, en general, y Villa Fiorito en particular, por sus características, es una zona de “residencia” y trabajo no formal o “changas” y cuenta con muy pocos centros de salud con los instrumentos adecuados para atender a la población) genera un enorme flujo del transporte público, haciendo que las distintas líneas de colectivos funcionen con mucha frecuencia (en horario diurno y vespertino; no hay actividad después de medianoche y hasta avanzada la madrugada).
El Ferrocarril Belgrano Sur, que conectaba las estaciones de Puente Alsina con Aldo Bonzi, supo ser otra vía de comunicación con el barrio, a través de la Estación Villa Fiorito, pero esta dejó de funcionar en el año 2017.
Mapa 2. Villa Fiorito, región Cuartel ix, Partido de Lomas de Zamora

Fuente: www.google.com/maps.
Fiorito fue declarada ciudad en el año 1955, y es una de las localidades de Lomas de Zamora con mayor desigualdad y ausencia de recursos. La crítica situación económica que dejó la última dictadura cívico-militar y las dificultades habitacionales que se presentan en el Área Metropolitana hicieron que el advenimiento de la democracia encontrara a este barrio con una nueva ola migratoria proveniente de la Capital Federal, y con ella el agravamiento de la situación habitacional, que ya se encontraba altamente vulnerada con anterioridad. La crisis del 2001 en Argentina tuvo un gran impacto en los sectores de mayor vulnerabilidad, y esto también se vio reflejado en el barrio. Los índices de desocupación y desnutrición infantil se incrementaron exponencialmente.
Con base en relevamientos realizados por la organización TECHO entre 2013 y 2016, el área comprendida por el barrio de Villa Fiorito es de 5,5 km², y se estima una población de 48.266 habitantes distribuidos en 12.925 familias. A su vez, hay distintos tipos de organizaciones urbanas: villas como La Cava, Soledad, Libre Amanecer, San José Obrero, Pilcomayo y Campana; asentamientos como 3 de Enero, El Paredón, La Lonja, 8 de Diciembre, Eva Perón, Gabriel Miró y El Porvenir, y barrios populares informales como 1.º de Octubre[2].
Según la Evaluación Integral de Salud Ambiental en Áreas de Riesgo realizada por ACUMAR en 2019, el 87,8 % de los hogares relevados no tiene cloacas, más de la mitad de los hogares se encuentran construidos sobre terrenos rellenados con residuos sanitarios, y la situación de hacinamiento es crítica. Si bien hay acceso a agua corriente de red pública, los altos niveles de contaminación y la falta de una red cloacal hacen que la probabilidad de contraer enfermedades, sobre todo en niños/as, sea alta.
A principios de 2022, el gobierno de la provincia de Buenos Aires anunció una inversión de más de $700 millones en infraestructura para construir viviendas y mejorar las condiciones de vida de los habitantes de la zona, a partir de la mejora en el acceso a servicios públicos, agua, desagües, etc.[3]. En esta línea, la reciente pavimentación de algunas calles principales significó un cambio fundamental para mejorar las condiciones de la población no solamente en términos urbanísticos, sino también de salud, ya que implica no tener que caminar en el barro durante días lluviosos y que se reduzcan los depósitos de agua estancada.
La conexión a la red eléctrica provista por Edesur presenta ciertas irregularidades, y el elevado importe de las facturas da lugar al incremento de conexiones clandestinas en algunos sectores. Dado que no hay tendido de red de gas, se utilizan garrafas para la cocina, y leña o carbón para la calefacción.
El acceso a la salud también presenta sus complicaciones. Si bien hay salas de primeros auxilios dentro del barrio, es necesario trasladarse a otras localidades dentro del municipio, o inclusive a otros municipios para acceder a la atención hospitalaria. En muchas oportunidades, el acceso de ambulancias es dificultoso, por lo que la atención de emergencias tampoco es óptima[4].
Cuidadoras
El rol asignado históricamente a la mujer al interior de las familias la ubica como principal responsable del hogar y sus tareas. ¿Pero qué sucede cuando ese rol asignado a la vida privada trasciende estas fronteras y pasa a tener una funcionalidad dentro de la comunidad?
El incremento de necesidades insatisfechas producto de las reiteradas crisis económicas dio lugar al surgimiento de redes de contención y organización al interior de los barrios, donde el papel de los denominados “merenderos” es determinante para el acceso de una necesidad básica como la de la alimentación. Con el tiempo el rol de cuidado desempeñado por las mujeres al interior de sus hogares se transformó en los barrios de menos recursos en un rol social. Son ellas las responsables del correcto funcionamiento de los merenderos, de asegurarse de la existencia de las materias primas necesarias para la comida de todos los días, y de la preparación de ella. Son ahora las responsables del “cuidado comunitario”[5].
En estratos sociales medios y altos, un mayor poder adquisitivo permite recurrir a otras soluciones para la vida cotidiana, como la delegación de ciertas tareas en personal doméstico. Esto significa que, por un lado, la responsabilidad del cuidado no recae completamente en ellas y que, a su vez, las mujeres tienen la posibilidad de destinar mayor parte de su tiempo a su crecimiento personal y profesional.
Lo anterior no puede verse manifestado en los estratos de más bajos recursos y, si se recurre a otra persona para los cuidados (mayoritariamente, niñas o adolescentes que, por lo general, son parte de la familia ampliada, como ser alguna sobrina o prima), es porque precisamente su tarea “remunerada” fuera de su hogar consiste en “tareas de cuidado” o “domésticas”. Esto nos lleva a la conclusión de que, a la situación de pobreza, si le sumamos la condición de ser mujeres, hace que el rol de cuidadoras se acentúe y que ese cuidado encuentre un mayor sustento en la idea de que es una demostración de afecto, es el recurso con el que las mujeres cuentan para demostrar cariño.
Así como las mujeres realizan más trabajo no remunerado que los varones, las de menos recursos económicos hacen en promedio más trabajo no remunerado que las de más recursos. Las mujeres pobres tienen más demandas de cuidados y menos posibilidades de resolverlas si el Estado no las garantiza (Mesa Interministerial de Políticas de Cuidado, 2020).
La no visibilización de las tareas realizadas al interior del hogar se encuentra propiciada por el sistema económico vigente a nivel mundial, en el cual la pobreza, a niveles gubernamentales, es analizada en términos exclusivamente monetarios, y, por consiguiente, las tasas de empleo se miden con relación a actividades que generan ingresos. Recientemente tuvieron lugar estudios que se encargaron de “poner un valor monetario” al trabajo no remunerado, para de esta manera identificar cuál es su papel dentro de la economía. La OIT calcula que a nivel internacional la participación de las tareas de cuidado no remuneradas en el PIB es del 9 %, y, según la proyección al 2020 con datos obtenidos en la EPH (Encuesta Permanente de Hogares) del 2013 por el INDEC, en nuestro país, el denominado TDCNR (Trabajo Doméstico y Cuidados No Remunerados) es del 15,9 %, siendo el sector de mayor aporte en toda la economía, por encima de la industria y el comercio (D’Alessandro et al., 2020).
El actual sistema de división sexual del trabajo se encarga de profundizar la feminización de la pobreza, y, poniendo foco en situaciones concretas, podemos percibir la complejidad del vínculo entre géneros y pobreza.
Las tareas de cuidado en un contexto de pandemia
Durante la pandemia del covid-19, se implementaron en Argentina medidas de emergencia sanitaria con el objetivo de disminuir los contagios, como el cierre de escuelas, negocios y espacios de socialización, lo que llevó a la necesidad de permanecer mayor tiempo al interior de los hogares. Las mujeres fueron las más afectadas por ello, y se visibilizó la desigualdad en cuanto a la redistribución de las tareas de cuidado.
En el momento de mayor cierre de la economía argentina, la tasa de participación económica de las mujeres caía 8,2 puntos porcentuales, lo que las dejaba en un nivel comparable al de dos décadas atrás. Más de un millón y medio de mujeres salieron de la actividad. La situación más crítica se observa en las mujeres jefas de hogar sin cónyuge y con niños, niñas y adolescentes a cargo (UNICEF y Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género, 2021).
La necesidad de reorganizar la vida familiar “sin salir de casa” llevó en muchos casos a priorizar las tareas de cuidado por sobre el empleo, mayormente informal y menos redituable que el del varón del hogar. La implementación del teletrabajo permitió conservar la fuente de empleo en varios sectores, pero, en casos de trabajos no registrados o sectores de la economía donde la virtualidad no resultase una opción, la salida de la actividad terminó siendo la alternativa más conveniente para los empleadores.
Al igual que en cada crisis, los sectores más vulnerables se vieron afectados por esta situación, y, si bien las medidas implementadas, en términos económicos, por parte del Estado apuntaron a dar soluciones materiales a este estrato de la sociedad, en muchos casos no fueron suficientes ante el recrudecimiento de la crisis económica.
Nuestra experiencia en Villa Fiorito
Para poder acceder al barrio de Villa Fiorito, tomamos contacto con Laura, la referente más importante del barrio La Cava en Villa Fiorito, quien muy amablemente nos invitó a su casa para tener nuestro primer encuentro. En esa entrevista le contamos sobre nuestra intención de poder conversar con las mujeres del barrio y saber de sus experiencias, mientras que ella nos contó sobre su propia experiencia personal.
Laura vivió toda la vida en La Cava, siempre tuvo mucho compromiso por el bienestar de sus vecinas y vecinos; tan es así, que decidió ceder parte de su hogar para la instalación del merendero Color Esperanza, donde todos los días se prepara la comida para el barrio. También fue la impulsora del fútbol femenino en el barrio, y actualmente es la delegada del equipo de Fútbol Femenino Las Diego Armando del club Juventud Unida.
La referente del barrio nos contó también sobre los desafíos que enfrenta el barrio, las carencias respecto a obras públicas y condiciones de vida. Durante la pandemia la necesidad de organizarse la llevó a encabezar la organización del merendero casa por casa. “Yo les acercaba la comida a los vecinos para que no salieran”, nos relató, muy orgullosa de que los contagios de covid-19 no fueron tantos como imaginaron. También hubo momentos muy duros, donde muchas mujeres recurrieron a ella ante situaciones de violencia de género.
Laura nos contó que sintió que el Estado estuvo presente tanto en la pandemia como en los momentos posteriores, entiende que las demandas urgentes pudieron canalizarse de una forma esperable. Un hecho clave que se considera un antes y un después gracias a la intervención de políticas públicas es el asfaltado de las calles. Cuando las calles eran de tierra, las lluvias eran sinónimo de enfermedades, ya que la exposición de los más chicos a caminar sobre el barro hacía que se incrementasen las infecciones y enfermedades respiratorias[6]. Otra forma en que la referente considera que el Estado ha brindado soluciones es mediante la provisión de bolsones de alimentos que podían repartir entre las familias y la provisión al merendero de las materias primas necesarias para poder llevar un plato de comida a cada casa todos los días de la semana.
Luego de esta fructífera y emotiva charla con Laura, acordamos hacer nuevas visitas para entrevistar a las mujeres del barrio que estuvieran dispuestas a conversar con nosotros, y así poder conocer un poco sobre su vida cotidiana, sus responsabilidades y sus roles dentro de la familia y el hogar. El punto de encuentro convenido no podía ser otro más que el Club Juventud Unida, donde entrenan Las Diego Armando.
Por consiguiente, el sábado 9 de julio de 2022, asistimos al punto de encuentro previamente planificado, y nos encontramos con un club repleto de niñas y niños, de adolescentes y jóvenes y de personas adultas, todas y todos convocados por la realización de una nueva fecha de los torneos de fútbol femenino de distintas categorías. Laura nos contó que las chicas, agrupadas en edades, participan de la Liga de Fútbol Femenino de Lanús y, como ya señalamos, su equipo se llama Las Diego Armando, y visten camisetas azules y blancas con una imagen de la cara de Diego Maradona en el frente. Es evidente la influencia de esta figura del fútbol oriunda del mismo barrio –y por la cual el barrio se hizo “conocido mundialmente”–, llamándose de esta manera aun antes del fallecimiento del ídolo del fútbol internacional.
Ese día, y aprovechando la nutrida concurrencia, pudimos intercambiar varias conversaciones, principalmente con madres que iban a acompañar a sus hijas a jugar al fútbol, coincidiendo la mayoría de ellas en que ese era un momento de entretenimiento y socialización, no solo para sus hijas, sino también para ellas. En medio de estas charlas, realizamos 17 encuestas a mujeres de entre 24 y 50 años. Optamos por una modalidad mixta en la cual, a partir de una entrevista, poder realizar la encuesta, para obtener datos “crudos” sin perder la posibilidad de entablar una conversación que quizás pudiera ser más enriquecedora de acuerdo con el perfil de cada entrevistada. Recalcando que este estudio es de carácter cualitativo, no es cuantitativo ni a los fines estadísticos, sino a los efectos de, a través de un estudio de caso, poder contar con argumentos que confirmen lo que venimos señalando con relación a las tareas de cuidado, la estigmatización de la mujer respecto a ellas y su agudización en contexto de vulnerabilidad social.
De las encuestas realizadas, la información recabada, en términos generales, puede ser presentada de la siguiente manera: las 17 mujeres entrevistadas tienen a su cargo, y a su cuidado, al menos una persona; en relación con el nivel educativo, 9 tienen secundario incompleto y 8 pudieron completarlo (6 de ellas lo terminaron a través del Plan FinEs). Respecto a la situación laboral, 9 están desempleadas (las 9 rechazaron trabajos por tareas de cuidado), 6 trabajan en el sector informal de la economía, y solo 2 en el sector formal (trabajo registrado); 13 son beneficiarias de algún tipo de subsidio o plan social (AUE, AUH o Tarjeta Alimentar), y 14 reciben el Ingreso Federal de Emergencia (IFE)[7]; 16 tienen acceso a internet, pero una sola con wifi, las otras 15 a través de telefonía móvil (una sola de las mujeres entrevistadas no tenía acceso a internet); finalmente, cuando les preguntamos sobre el tiempo dedicado para esparcimiento y ocio, 11 respondieron que le dedican entre 1 y 2 horas diarias, solo 2 le dedican más de 2 horas, y 4 directamente aseguraron que no tienen tiempo para “eso”.
Al preguntarles específicamente sobre las “tareas de cuidado”, 16 respondieron que recaen en ellas, y solamente una respondió que la comparte con su pareja; 12 aseguraron que les dedican más de cuatro horas diarias a esas tareas, y solo 5 dijeron que les ocupa menos de cuatro horas; salvo una de las mujeres entrevistadas, el resto (16) respondió que vieron incrementado el tiempo de cuidado durante el período del ASPO[8].
Como puede apreciarse, 16 de las mujeres entrevistadas (equivalente al 94 % de la muestra) afirmaron que las tareas del hogar recaen solo bajo su responsabilidad. La idea de cuidado asociada a una demostración de afecto se encontraba muy instalada entre las entrevistadas, quienes aseguraron que el cuidado de sus seres queridos y la realización de las tareas del hogar es su responsabilidad y es, a su vez, algo que desean hacer como muestra de cariño a su familia. Cuando les preguntamos si les gustaría poder delegar en terceras/os estas tareas, la respuesta fue negativa, es decir, no consideraron como una opción válida pagar a alguien para que realice estas actividades, debido a esta fuerte asociación del rol de mujer al cuidado del hogar, y el componente emotivo de fondo.
Sabiendo que, a la hora de congeniar la vida profesional con la vida personal, para las mujeres resulta mucho más difícil en comparación con los varones, en parte por la maternidad y también porque la división sexual del trabajo sigue teniendo como sujeto privilegiado al varón, decidimos preguntar a nuestras entrevistadas si se habían visto obligadas a resignar una propuesta laboral o profesional por no poder delegar en otra persona sus responsabilidades del hogar, y la respuesta afirmativa a esta pregunta fue del 54 % (9 de las 17 entrevistadas). Esto puede tener una explicación multicausal. Por un lado, existe una explicación cultural sobre la idea de priorizar la familia y de que la mujer “debe quedarse en casa” que sigue muy instalada a pesar de la inserción de la mujer en el mercado laboral. Por otro lado, también existe una explicación material ya que, en el caso de mujeres que viven con su pareja masculina, es el varón el que tiene más probabilidades de conseguir un trabajo mejor pago y, a su vez, muchas veces pagar a alguien para que realice las tareas de cuidado resulta más costoso que el mismo sueldo que podrían ganar.
Esta realidad, sumada a que gran parte de esta población no cuenta con estudios secundarios finalizados, limita aún más la posibilidad de encontrar un empleo que realmente justifique relegar las tareas de cuidado del hogar y de familiares a cargo. Tal como sucedió en todos los estratos sociales, durante la pandemia en este grupo esta situación se intensificó, y aumentó el tiempo que se destina normalmente a tareas de cuidado. La cuarentena obligó a quedarse a todos en casa, por lo que el tiempo disponible cuando los menores iban a la escuela o realizaban algún deporte ya no existía.
Al tratar el tema del tiempo libre, nos llamó la atención en las entrevistas que realizamos el papel fundamental que tienen el deporte y la existencia del club para estas mujeres. Todas nos comentaban que su momento de distracción es el sábado o el domingo, cuando sus hijos e hijas juegan al fútbol. En esos momentos, ellas también asisten al club y se encuentran, en cierto modo, “justificadas” de no hacer tareas del hogar. Tienen la posibilidad de socializar con otras mujeres del barrio, y hasta de jugar al fútbol también. Cuando hablábamos de tiempo libre, la mayoría de las entrevistadas nos aseguraron “no tener tiempo libre”, no dedicar tiempo a hacer alguna actividad de manera individual, de leer un libro o mirar una película. La falta de recursos también se resume en no poder hacer alguna “salida a comer o al cine”. El único espacio que genera ese momento de esparcimiento es el club. Los números son claros en este sentido: el 65 % de las entrevistadas (11 mujeres sobre 17) afirma tener entre una y dos horas solamente destinadas al esparcimiento, y 4 directamente ninguna (salvo estas “salidas” al club).
Conclusiones
El trabajo de cuidados no remunerado cumple un rol central en las economías capitalistas: la reproducción de la fuerza de trabajo. Sin este trabajo, el sistema no podría reproducirse ya que gracias a él dispone de trabajadoras y trabajadores que se encuentran en condiciones de emplearse. El problema radica en que dicho tipo de actividad se encuentra invisibilizada. La oferta de trabajo es pensada desde la elección racional de los individuos, es decir, desde sus intereses personales y desde cuánto salario van a percibir, dejando de lado, de esta manera, el trabajo que implica la responsabilidad –impuesta y naturalizada por el deber de la sociedad hacia las mujeres– de las tareas de cuidado.
Asimismo, esta investigación se propuso indagar sobre la organización de los cuidados, ya que, si bien es transversal a las clases sociales, se consideraron como distintas las respuestas entre las diferentes clases. En este sentido, los hogares de diversos estratos económicos tienen distintos grados de libertad a la hora de organizar las tareas de cuidado. Las mujeres de clases medias o altas cuentan con acceso a servicios o espacios de cuidado o bien con la posibilidad de contratar a una persona para que se encargue del cuidado y la limpieza del hogar, lo que permite que la persona pueda dedicar su tiempo a tener un trabajo, a formarse, a participar de un partido político u otro tipo de organización política o social, o dedicarle más tiempo al ocio y al esparcimiento. Por el contrario, las mujeres de los sectores bajos ven mucho más acotadas las posibilidades de desarrollarse en un trabajo, tener participación comunitaria o poder estudiar, ya que, a su vez, deben garantizar la realización de las tareas de su hogar.
Si bien, a partir de los conocimientos previos y la diversidad de estudios sobre esta problemática, la realidad con la que nos encontramos al visitar el barrio era la que medianamente esperábamos hallar –entendiendo que la “lógica” del capitalismo funciona de esta manera: a mayor poder adquisitivo, mayor posibilidad de delegar ciertas responsabilidades–, que esta responsabilidad asociada a la mujer se encuentra fuertemente instalada entre ellas, y con un alto componente emocional vinculado al cuidado con el amor, a un rol culturalmente instalado. En este sentido, también fue muy evidente la perspectiva generacional, el comentario en mujeres de más de 40 años de “Lo hago porque es con amor, si lo hiciera otra persona, no sería así” se modifica en mujeres más cercanas a los 20, quienes “reniegan” de que sus parejas no hicieran nada en la casa.
También nos encontramos con dos elementos que consideramos determinantes y característicos de los sectores populares. En primer lugar, el funcionamiento del merendero que se encuentra totalmente organizado por las mujeres del barrio, lo que implica que la función de “cuidadoras” exceda el espacio privado de sus hogares, para ser el de toda la comunidad. Las mujeres, muchas desempleadas, otras percibiendo solamente algún tipo de prestación de seguridad social, se encargan de organizar, preparar y servir los almuerzos para todas las personas que lo necesiten en su barrio. Esto no solamente enfatiza el rol asignado que estas tienen en la sociedad, sino que las posiciona en términos de referencia para sus vecinas y vecinos, profundiza los lazos de cooperación y el sentido de pertenencia hacia el barrio, como también su conciencia social. Conversar con las trabajadoras del merendero es hablar con personas comprometidas con mejorar la vida de las personas, con las problemáticas que atraviesa la zona, y que entienden de las complejidades de situación económica de nuestro país más que nadie.
Otro espacio con el que nos encontramos al realizar el trabajo de campo es el club de barrio. En tiempos en los que estos espacios tienden a desaparecer y donde los deportes se profesionalizan al extremo de convertirse en verdaderos negocios, pudimos interiorizarnos sobre el significado que tiene un club deportivo para los sectores populares. La posibilidad de tener un espacio de cercanía donde las niñas y los niños se sientan seguras y seguros, pudiendo realizar una actividad que les enseñe sobre trabajo en equipo, amistad y compañerismo, y donde tengan la posibilidad de ejercer su derecho a jugar, resulta fundamental cuando los recursos de las familias no son suficientes para acceder a otros tipos de actividades aranceladas. También el hecho de poder practicar fútbol femenino en diversas edades amplía aún más la inclusión que este espacio genera. Anteriormente era un espacio para varones, que hoy en día no hace distinciones en lo que respecta al género. Pero, a su vez, logramos identificar el significado que estos espacios tienen para las mujeres adultas, que acompañan a sus hijas e hijos al club. Ese momento resulta ser en muchos casos el único de dispersión, de entretenimiento, de interacción con sus pares sin existir de por medio una obligación. Es un lugar de encuentro social, pero también de relajación. “Es el único día que tengo permitido no hacer las cosas de la casa”, nos comenta una de las mujeres entrevistadas. Podríamos considerar que el espacio del club es común en todas las clases sociales, pero en sectores vulnerables su importancia es mayor. Cuando las oportunidades son acotadas, instituciones de fácil acceso como esta optimizan la democracia y generan igualdad.
Por tal motivo, resulta relevante incorporar el concepto de “interseccionalidad” como herramienta analítica, ya que permite reconocer las distintas desigualdades que se yuxtaponen, tales como el género, el estrato social o si la persona es migrante.
A su vez, se aborda en esta investigación los impactos que tuvo el confinamiento impuesto por la crisis sanitaria mundial. En el caso argentino, se decretó el aislamiento social preventivo obligatorio (ASPO), lo que provocó un cambio en las rutinas de las personas, ya que, en el momento más restrictivo, solo las y los trabajadores esenciales podían dirigirse a sus trabajos. De esta manera, hubo un impacto notable en las tareas de cuidado no remuneradas, que implicaron una carga extra, es decir, que aumentaron las horas de limpieza, de cocina, de ayudar a niñas y niños con las tareas de la escuela. Todo este trabajo recayó, principalmente, sobre las mujeres. El informe publicado por la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género del Ministerio de Economía a cargo de Mercedes D’Alessandro (en el momento de escribir este informe, es la Lic. Sol Prieto quien está al frente de la dirección) permitió visibilizar el trabajo doméstico y de cuidados no remunerados (TDCNR) y de cómo este se encuentra invisibilizado a pesar de ser un motor estratégico para la economía, tal como se indicó anteriormente.
En esta misma línea, el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidades de la Nación lanzó el Mapa Federal del Cuidado[9]. Este busca evidenciar la organización social del cuidado de la sociedad, poniendo a disposición de las personas la oferta de servicios de cuidado y formación más cercanos a su domicilio mediante un buscador. También visibiliza las demandas insatisfechas de cada territorio y la desigualdad en el acceso.
Consideramos que, para aspirar a sociedades más igualitarias, resulta relevante incorporar en las agendas de discusión de política pública la cuestión de la organización de las tareas de cuidado. La feminización de la pobreza es una problemática que se encuentra arraigada en lo más profundo de la sociedad capitalista, y entendemos que es un trabajo arduo que demandará a generaciones enteras el compromiso para cambiarlo, pero en este caso entendemos que el Estado es un actor de cambio clave y que su ausencia no implicaría otra cosa más que la profundización de un modelo que de por sí se caracteriza por la desigualdad social y económica, pero que en su estructura también incluye la desigualdad de género.
Es necesario llevar a cabo políticas públicas que permitan ampliar el abanico de posibilidades de las personas para que puedan elegir, de manera igualitaria, la forma de organizar el cuidado y que el mercado de trabajo extienda las licencias paternales y parentales, además de que incrementen servicios públicos de cuidado, y también que se desarrollen mejoras en las condiciones de trabajo de las personas empleadas en actividades de cuidado.
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- Fuente: nota del diario Clarín a cargo de Malena Baños Pozzati del 27 de agosto de 2017. ↵
- Ver mapa.poblaciones.org/map/6001/#/&!r15400/l=9401.↵
- Ver www.lomasdezamora.gov.ar. ↵
- Datos extraídos de nuestro recorrido etnográfico por el barrio (junio-agosto de 2022).↵
- En el capítulo VI del presente libro, se estudia el caso particular del merendero Emmanuel en el barrio La Esperanza del partido de Escobar, al norte de la provincia de Buenos Aires, en el cual queda totalmente expuesto lo que sostenemos en este apartado.↵
- La Municipalidad de Lomas de Zamora encaró en plena pandemia la pavimentación de 20 cuadras, acompañada de la construcción de desagües pluviales, la instalación de luces y la construcción de veredas. El periódico local, La Unión, del 20 de agosto de 2020 indica que ya se habían asfaltado diez de las doce cuadras proyectadas.↵
- Fue un ingreso “adicional” transitorio para hacer frente a las pérdidas económicas ocasionadas por la pandemia del covid-19.↵
- ASPO: aislamiento social preventivo obligatorio dispuesto por el gobierno nacional durante el año 2020.↵
- Ver mapafederaldelcuidado.mingeneros.gob.ar.↵







