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Diseñar el uso público de espacios de oportunidad

Algunos proyectos actuales de urbanismo táctico

Martín Di Peco[1]

¿Qué sucede mientras tanto se completan normativas de cambio urbano que afectan gran cantidad de lotes que quedan semiestancados en un tiempo indefinido? ¿Cómo pueden utilizarse tácticamente estos espacios para la apropiación pública? A través de una serie de prácticas actuales de urbanismo táctico, se abre un muestreo de acciones proyectuales directas sobre la ciudad con fines específicos y duración acotada, que aprovecha lugares de oportunidad para usos comunitarios. Este modo de producir ciudad genera varias diferencias con respecto al modo tradicional de hacer arquitectura y urbanismo. La primera de ellas tiene que ver con la salida del modo profesionalista.

Breve trayectoria del rol profesional entre la teoría y la práctica

Se podría ubicar el rol tradicional del arquitecto en la figura del jefe teórico, a partir de las definiciones de De Re Aedificatoria (León Battista Alberti, 1452). Este arquitecto traduce en diseños los deseos de un comitente ya sea público o privado, individual o colectivo, y manteniendo distancia con quienes efectivamente construyen con sus manos la obra.

Esta postura fue puesta en crisis desde el tardomodernismo del Team X de fines de los 50 y 60 a través de los Congresos CIAM y también de la revista Forum, dirigida por Aldo van Eyck. Críticos como Bernard Rudofsky apelaban al rescate de las arquitecturas vernáculas sin pedigree (Rudofsky, 1964).

El arquitecto Gian Carlo de Carlo sostenía por aquellos años que la arquitectura debería ser “una serie de acciones continuas e interdependientes que conducen hacia una situación en la cual todos comparten el poder en igual medida”.[2] Con esa base teórica, diseñaba y construía Lucien Kroll su obra más emblemática, las viviendas en el campus de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lovaina, Bélgica, codo a codo con los mismos estudiantes entre los años 1970 y 1976.[3] De esa misma época, es una experiencia notable a nivel local el diseño y la construcción del barrio Justo Suarez, junto con los habitantes de la entonces villa 7 en Mataderos,[4] [5] [6] una propuesta de erradicación de villas en pleno gobierno militar, que, aun en semejante ambiente político, logró contrabandear la erradicación por consolidación. En nuestro medio, lamentablemente, ese tipo de experiencias no volvieron a repetirse a esa escala, sino más de 40 años después, en que se ha vuelto a pensar en el concepto de participación a gran escala”, fundamentalmente en el proyecto de transformación del Barrio 31.

Desplazamiento del objeto arquitectónico a los procesos de gestión

Surgido del movimiento de cooperativas de vivienda posterior al 2001-2002, se producen novedosas experiencias de diseño participativo, entre las cuales una de las más destacadas fue la del MTL y su Conjunto de Viviendas Monteagudo, diseñado por el estudio Pfeifer & Zurdo, pero construido por una cooperativa armada ad hoc por los mismos destinatarios de dichas viviendas.[7] En 2003 el Movimiento Territorial de Liberación (MTL), en conexión con un equipo multidisciplinario reunido por el Instituto de Estudios del Hábitat Social (IDEHAS), compró un predio en Parque Patricios a través de un crédito que obtuvieron del Programa de Autogestión para la Vivienda de la Municipalidad de Buenos Aires.[8] Luego de la formación de una cooperativa para administrar los recursos estatales recibidos en préstamo, ya como empresa constructora, condujeron el paso del subsidio al empleo formal de aproximadamente 240 de sus miembros. Una vez terminada la obra, la cooperativa no solo no se disolvió, sino que ingresó al mercado como una empresa más y participó en distintas licitaciones y concursos.[9]

En este corrimiento de modelos socioeconómicos, el proyecto de arquitectura dejó de lado tipológicamente el esquema del bloque exento para dar lugar a una disposición más ligada a la consolidación de lo existente al reutilizar parte de un viejo edificio, intentar recomponer el tejido barrial y construir el borde de la manzana con la nueva edificación. La reducción del número de pisos valorizó la escala media, y disminuyó también costos de mantenimiento. Se reincorporaron y revalorizaron además otros problemas figurativos: los techos a cuatro aguas y el ladrillo visto como revestimiento en algunos sectores acotados para recomponer simbólicamente la unidad del conjunto, subdividido en pequeños consorcios que descentralizan la administración, el gerenciamiento y el control. Sin compartir instalaciones ni estructura, cada una de estas sociedades funciona independiente del resto. Gestados en un momento en que las asambleas barriales se presentaban como modelo de gestión y participación alternativo a la lógica del Estado,[10] en estos proyectos lo colectivo aparece gobernado por pequeñas instituciones y lo público resulta moldeado por micropolíticas ocasionales. Pero tal vez lo más destacable y paradójico del proyecto a nivel urbano es que incluyó la apertura de una calle, un tramo de José C. Paz.[11] El estudio Pfeifer & Zurdo, de reconocida trayectoria en la arquitectura comercial, reconfiguró su método de diseño hacia un proceso más horizontal: estrategias de proyecto que tuvieron que ver más con técnicas participativas que con inspiraciones individuales y diseño de autor.

Arquitectura como servicio comunitario

El edificio como objeto ya no es lo más importante. Es más relevante como sede de acciones sociales, y los procesos que lo generan son entonces más importantes que el objeto en sí. En muchos casos no hay un comitente que encarga un trabajo a un hacedor de formas, sino que se va encontrando un programa de necesidades a partir de encuentros y discusiones colectivos, que irá tomando forma a través de técnicas de diseño participativo. El arquitecto no vende un objeto terminado, sino que ofrece un servicio, funciona más como un mediador y gestor de un diseño consensuado, sin ejercer un control minucioso sobre la forma final. Esta arquitectura de participación y acción directa se construye muchas veces con recursos alternativos en sociedades en las que el bien más escaso es el dinero y en los que la intervención del Estado es indirecta y no siempre uniforme o sostenida en el tiempo. Ejemplos de esto son las actuaciones de Flavio Janches en el sistema de espacios públicos en Villa Tranquila (Avellaneda),[12] las iniciativas de Roberto Frangella en la Isla Maciel a través del proyecto Popa o las de los Matéricos Periféricos[13] de Rosario, grupo de larga trayectoria cuyo último proyecto se da en el espacio comunitario de la Villa Itatí de la ciudad de Villa Gobernador Gálvez (Santa Fe).[14] También hay proyectos de mayor escala y con un marco más oficial, como el de Javier Fernández Castro en el plan de reurbanización del Barrio 31 Carlos Mugica en Buenos Aires. Actualmente trabajando en la concreción y el avance de obras junto con la municipalidad, el proyecto tiene un largo recorrido, y fue necesaria mucha insistencia para convencer a las autoridades de las ventajas de la modalidad de radicación con participación de los residentes: “La opción por la radicación aparece entonces dotada de una nueva justificación, la económica, sumada a las ya manejadas de apropiación y mantenimiento de los circuitos sociales y productivos, en definitiva, culturales”.[15]

Locales y globales

Este método de trabajo que confronta de manera directa a arquitectas/os con las realidades más duras viene teniendo una creciente participación de arquitectos/as globales en los países periféricos, como el proyecto de los arquitectos Brillembourg & Klumpner (Urban Think Tank) para el Centro de Rehabilitación Urbana e Infraestructura Cívica en San Pablo, Brasil.[16] También pueden mencionarse los repetidos ofrecimientos de sus servicios de parte de Shigeru Ban cada vez que un terremoto sacude algún contexto regional vulnerable, destacándose su participación en la bienal de Quito, Ecuador.[17] Contextos informales proveen la posibilidad de experimentar, proyectar y construir en entornos sin la presión de tantas regulaciones institucionales, y, como beneficio adicional, cooperar con comunidades frágiles. Por su parte, los colectivos locales tienen la oportunidad de trabajar con equipos de países centrales, accediendo a fuentes de financiación para sus proyectos y su comunidad que de otra forma no serían alcanzables, además de la chance de trabajar al lado de una figura del star system.

Perdurar o performar

Por su carácter relacional/político, estas obras son difíciles de describir y analizar con los mismos parámetros o herramientas de obras de arquitectura diseñadas al modo tradicional. Si bien también están hechas de muros, ritmos, (a)simetrías, y los elementos clásicos de la arquitectura (la tríada vitruviana firmitasutilitasvenustas, firmezautilidad-belleza[18]), no son estos los que mejor definen su performance. Se hace más justicia a la obra si se la analiza como hecho social en el que el edificio es un vehículo o una herramienta más que el fin en sí mismo.

Lo a veces precario de su materialización constructiva está, sin embargo, en sintonía con lo no indispensable de su perdurabilidad en el tiempo: la relativa inestabilidad de estas obras no necesariamente implica una desventaja. Muchas veces, este tipo de proyectos se producen para un fin determinado, para una ocasión en particular, y luego se desmontan. Estos objetos no tienen que soportar la carga (estructural ni intelectual) de tener que durar para siempre. Estos proyectos son muchas veces efímeros, autoconscientes de su corta duración, performáticos en ese sentido. En cuanto momentáneos, su existencia aparece ligada a la de algún evento o suceso temporal, y, como ellos, empiezan y terminan. Es muy típico el desarrollo de estas acciones en el marco de festivales, ligados a performances musicales y artísticas en general.

Estas arquitecturas de acción surgen entonces de asociaciones más o menos espontáneas entre arquitectas/os y su comunidad, en las que la construcción de esos equipamientos se convierte en una celebración en sí, y a la vez funciona como un momento muy importante de la obra. Es desde esa perspectiva desde la que estudios como a77[19] encaran su trabajo, generando una celebración cada vez que instala su Centro Cultural Nómade, ya sea en los atrios urbanos de enclaves culturales de Buenos Aires como la Fundación PROA, en el Centro Metropolitano de Diseño, Tecnópolis, u otros. De modo análogo, el español Andrés Jaque despliega sus infraestructuras agrosociales móviles y permanentes en Matadero Madrid, para el cultivo de ciudadanías con voz propia”.[20] Y más aún, Santiago Cirugeda, a través de su página web, ofrece “información, protocolos y cervecita”,[21] como ya veremos más adelante.

Empoderar y celebrar

El empoderamiento es también una consecuencia lógica de estos proyectos, surgidos de necesidades de mejoramiento social y ambiental. El Lab.Pro.Fab. de Venezuela acondicionó un lote urbano abandonado para convertirlo en una plaza de juegos, talleres y recitales en Caracas; el centro cultural ciudadano La Tren se autoconstruyó en México con el trabajo coordinado de la comunidad de Saltillo y el estudio CTRL+Z; y la Ciudad Roca Negra creció por goteo en el sur del Gran Buenos Aires a través de la arquitectura asamblearia de la oficina de Ariel Jacubovich.[22]

Esta transformación de la sociedad a la que aspiran también está presente en el rol didáctico de algunos ejemplos en los que la construcción del objeto es llevada a cabo por los mismos usuarios, implicando una transferencia del oficio de construcción a la comunidad participante.

El carácter político de estos emprendimientos puede explicarse desde la relación que la ciudad guarda con los términos “polis” y “política”.

El urbanismo siempre tiene relación con la política, en el sentido amplio de la palabra. La política viene de polis, de la correcta organización de la ciudad, y tiene que ver con la gestión del espacio y los equipamientos públicos.[23]

Un movimiento fuertemente político halla su medio natural de desarrollo en la ciudad, lo urbano es su escenario más propicio.

Táctica y estrategia

Se entiende que el urbanismo, por lo prolongado de los tiempos de las ciudades, debería estar restringido a cuestiones estratégicas, pero, desde hace unos años, ha ido apareciendo un fenómeno conocido como “urbanismo táctico, que no espera los tiempos formales de las normativas legales: medidas urbanas de aplicación relativamente sencilla, con recursos dentro de todo bajos y de acción directa y rápida. Colectivos como Supersudaca lo han llamado “arquitectura directa”.[24] El urbanismo táctico puede aparecer incluso para remediar situaciones originadas por el urbanismo tradicional: planes oficiales desacertados, no ejecutados o detenidos en el tiempo.[25] El urbanismo táctico[26] [27] estaría comprendido por “acciones de corto plazo que buscan generar un cambio de largo plazo en la forma de habitar la ciudad”. Este fenómeno implica arquitectas/os y urbanistas trabajando directamente con las comunidades sobre una estrategia implícita que generalmente tiene que ver con conseguir más y mejor espacio público.

En Chile, el trabajo de Alejandro Aravena con el grupo Elemental en Iquique combina la acción y promoción social con la arquitectura y el urbanismo para ofrecer viviendas de bajo precio, pero integradas a la ciudad y sus servicios. Lo hacen mediante una combinación de infraestructura, estructuras sismo-resistentes y autoconstrucción.[28] Se lo podría considerar táctico en el sentido de que plantea unas acciones acotadas en el tiempo (mitad de una buena casa) y luego el progreso en el tiempo de ese barrio dependerá más de la acción de sus habitantes. Un tanto más controversial es su reciente proyecto llave en mano de edificio–puente para las oficinas del BID en Buenos Aires, conectando el Barrio 31 y la Recoleta,[29] [30] [31] cruzando por sobre las vías de tren y la autopista. La arena política nunca está exenta de discusiones, opiniones encontradas, o marchas y contramarchas. Más allá de buenas intenciones, el diseño en sí podría ser susceptible de algunos puntos críticos: ¿tendrán algún tratamiento especial esos vidrios dispuestos de igual manera en los lados más largos, los noroeste y sureste?; ¿cómo son los apoyos en ambos extremos (no es posible descifrarlos en los renders, que siempre muestran el edificio como flotando)?; ¿cómo se conjugará el mínimo espesor de la losa con la profundidad necesaria para que árboles como el jacarandá echen raíces?

En Colombia, la acción de Medellín incluyente, Empresa de Desarrollo Urbano- Municipio de Medellín,[32] ha generado, a través de muchas intervenciones puntuales trabajadas con la comunidad, revertir la inercia negativa de numerosas áreas conflictivas de la ciudad.

La Autoridad de Cuenca Matanza Riachuelo (Acumar) ha desarrollado una política de acceso público a la información generada por dicho organismo.[33] Si bien los datos del Acumar son, por supuesto, mucho más abarcadores y tendientes a medir la contaminación y el saneamiento de la cuenca del Matanzas Riachuelo, ya comienzan a haber proyectos para algunos de los espacios indexados, como la Barraca Peña en La Boca.[34]

Si el espacio público se plantea en disputa, el campo de batalla más común de estas iniciativas son los terrenos baldíos, definidos por Manuel de Solà-Morales como “sitios de oportunidad para un gran abanico de actoras/es sociales, desde colectivos comunitarios, diseñadoras/es y arquitectos/as, pero también, por supuesto, para desarrolladoras/as y especuladoras/es inmobiliarias/os.

Diseñar con muchos brazos

Clemente es el nombre de un espacio que está siendo actualmente diseñado de manera colectiva.[35] Antes que la mano de un buen diseñador/a, es más importante la cantidad de brazos que se puedan sumar a colaborar e implicarse. Actualmente, en Buenos Aires tal vez la mayor exponente de urbanismo táctico sea Carolina Huffman,[36] nexo local de las Janes Walks[37] y una de las impulsoras de las acciones de placemaking (creación de lugar) en la manzana de Colegiales en la que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires había prometido una plaza, pero los vecinos denuncian que está en sus planes concesionar el espacio vía la construcción de locales comerciales y estacionamientos.[38] En el mismo momento en que las fuerzas vivas del barrio declararon la incompatibilidad de programas públicos con privados, el colectivo de arquitectos Gallardo, Piccini y Zolkwer (este último, integrante de Supersudaca) flamearon su proyecto “A-parquear[39] [40] (juego de palabras entre aparcar”, es decir, estacionar el auto, y “aparquizar”, es decir, crear más espacios verdes). Justamente, lo que ellos proponen, si bien para el macrocentro porteño, es aprovechar el espacio aéreo de los estacionamientos para hacer plazas allí arriba, superponiendo espacio público sobre el privado.

Esto no es un solar

Una propuesta para utilizar baldíos en desuso y aprovechar esa oportunidad para la comunidad es el proyecto “Esto no es un solar, en Zaragoza, España. Sus autores, Patricia Di Monte e Ignacio Grávalos, así lo cuentan:

Se realizó una selección estratégica de los solares, tanto públicos como privados, de manera que propiciaran unos determinados vínculos ciudadanos. Se han realizado zonas de juego infantil, huertos urbanos, bosques, pistas deportivas, petancas [juego de bochas – NdA], mesas de ping pong, parques, plazas […] fomentando la movilidad sostenible e incrementando la superficie de zonas verdes de la ciudad. Cada solar da respuesta a una demanda vecinal. Se ha procurado que todas las intervenciones sean gestionadas posteriormente por diversas asociaciones (infantiles, juveniles, deportivas, de mayores) o cualquier colectivo ciudadano interesado en su uso. Todo ello ha sido ejecutado a través de 29 intervenciones (14 en 2009 y 15 en 2010) realizadas en 13 meses (entre 2009 y 2010), que han equilibrado la ciudad y han supuesto el reciclaje de 42000 m2 de espacios en desuso en espacios públicos.[41]

Si bien surgen de demandas populares, la conexión con organismos oficiales no solo es deseable, sino también inevitable para concretar estos proyectos con algún grado de calidad y perdurabilidad. En algunos casos, fue el mismo alcalde quien les comisionó encargos, poniendo a disposición una serie de espacios municipales vacantes para ser reconvertidos, por ejemplo, en huertos urbanos y reservorios de especies vegetales autóctonas.

Las intervenciones en la mayoría de los casos tienen que ver con acciones de bajo presupuesto y equipamiento básico y modesto, pero de alguna manera diseñado austera y funcionalmente. La constante material en todas las intervenciones pareciera ser el pallet de madera,[42] atributo que comparte con el movimiento de parklets, que se comentará más adelante. Se apela mucho también al diseño gráfico como recurso económico y de alto impacto visual para el tratamiento de suelos y medianeras. En otros casos, también las intervenciones iban acompañadas de programas educativos y deportivos, con la intención de cohesionar socialmente nuevos actores urbanos, como el grupo creciente de inmigrantes. Cada intervención estaba muy ligada a las necesidades de la comunidad local, y hacía variar sensiblemente las características de cada uno de los proyectos. En el distrito Las Fuentes reconvirtieron un vacío que se estaba usando como estacionamiento para transformarlo en plaza pública. En su blog[43] mantienen actualizados sus proyectos propios y los de iniciativas afines. Curiosamente (¿o no?), existe asimismo una empresa privada bajo el mismo nombre, Esto No Es un Solar, que brinda servicios de recuperación y mantenimiento de solares vacíos. Con base en Zaragoza, también tienen sedes en Santander y Madrid, como una derivación de la empresa Aplicaciones Icaz[44] que pudo hacer actuado en los proyectos originales de Di Monte y Grávalos. Los baldíos son lugar de oportunidad tanto para colectivos autogestionados como para el circuito comercial y el mercado inmobiliario. Por eso también hay acciones para mantener a los baldíos así como están, como especies en extinción que ser reservadas como última naturaleza metropolitana.

Esto sí es un solar y me gusta

También proveniente de Zaragoza, pero residente en Rotterdam, la artista Lara Almárcegui basa su trabajo en la problemática y experiencia estética de los descampados y su importancia como reserva en potencial. Contrariamente a Esto no es un solar”, ella proclama la necesidad de mantener estos espacios vacíos como crítica a la ciudad funcional.[45] Su trabajo consiste en señalarlos para su disfrute experiencial estético, pero sin decir qué es lo que hay que hacer con ellos”:

Es una naturaleza salvaje, desbocada, estupenda. Me dan una sensación de libertad muy agradable. Yo me siento muy a gusto en ellos […]. Y los descampados en los que trabajo son lugares muy interesantes. Si propongo al público visitar determinado descampado, es porque es un buen descampado (Almárcegui, 2013).

Si bien la experiencia estética del descampado puede ser la parte principal de su trabajo, no es para nada menor su tarea de cartografiar, inventariar y, sobre todo, gestionar:

El tipo de acciones que he realizado para evitar cerrar y definir esos espacios va desde hacer guías de descampados de varias ciudades hasta algún tipo de instalación. […] Otra de las acciones que he hecho es abrirlos, pidiendo permisos para abrir la puerta o la valla. Y lo más lejos que he llegado es conseguir preservar alguno (Almárcegui, 2013).

Esto revela también la parte más social de su trabajo y también su compromiso como activista.[46]

Las recetas urbanas de Santiago Cirugeda

Santiago Cirugeda es un arquitecto y activista sevillano. Sus objetos de trabajo son asimismo, en parte, los lotes vacíos, aunque también los vacíos legales. Sus primeros trabajos tuvieron que ver con sortear ordenanzas municipales para instalar artefactos de vivienda alegales armando un protocolo para la construcción de prótesis sobre edificios existentes.

Algo así como andamios y obradores permanentes que configuran módulos habitacionales colgados de infraestructuras existentes en funcionamiento. Su trabajo es bastante difícil de encasillar, es transdisciplinar y abarcador. Parte de su obra consiste también en la creación de redes sociales tanto físicas como virtuales.[47] En ese sentido, se lo puede considerar un artista relacional, que genera vínculos entre distintos actores sociales que estén dispuestos a aprovechar los grises legales en beneficio de propuestas de habitabilidad y espacio comunitario, siempre en clave festiva. En su sitio web,[48] pone a disposición todas sus experiencias, que abarcan los campos de la autoconstrucción, pero también la gestión económica y el patrocinio legal. La última vez que estuvo en Buenos Aires, propició la reocupación del edificio del ex-Padelai, cuyos ocupantes habían sido en ese momento recientemente desalojados, y el edificio, cedido al Centro Cultural de España.[49] Su trabajo durante las jornadas artísticas consistió en la puesta en contacto de ambas partes y la firma de un contrato entre el CCEBA y los por entonces ocupantes, para permitirles volver a instalarse allí.

Ganar la calle: parklets

Etimológicamente, la palabra parklet[50] se construye como diminutivo de park: en inglés ‘parque’, pero también infinitivo de “estacionar”. Un parklet es un nanoparque del tamaño de uno o dos autos, un espacio ganado al estacionamiento vehicular en la calle, es la extensión de la vereda sobre una plataforma desmontable con equipamiento urbano como mesas, sillas y plantas. También pueden albergar pequeños huertos urbanos, estacionamiento de bicicletas, puestos de reciclaje o algún tipo de instalación artística.

El movimiento de Parklets–Pavement to Parks se habría iniciado en San Francisco, Estados Unidos, en 2010.[51] Fueron cinco primeras experiencias en distintos barrios de la ciudad, manejadas en conjunto con organizaciones barriales, pequeñas empresas u ONG. Han acumulado un importante número de acciones que ponen a disposición a través de su Manual de Parklets, resumido en una interesante infografía. De modo análogo, en Nueva York, los parklets están incluidos y reglamentados dentro del programa Street Seats.[52] En Buenos Aires, la municipalidad ha dispuesto la creación de parklets para beneficio de algunos locales gastronómicos,[53] [54] con lo que han extendido su superficie de vereda y consecuentemente la cantidad de cubiertos que pueden servir.

Ciertas empresas de diseño han visto la posibilidad de explotar comercialmente el fenómeno. Asimismo, las asociaciones profesionales los han tomado como temas de proyecto, hecho que se demuestra en el concurso[55] convocado por DArA (Diseñadores Argentinos Asociados). A nivel académico también han sido objeto de programas curriculares, como por ejemplo en la ciudad de Ibarra, Ecuador, en el 2016, a través de la Facultad de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador-Sede Ibarra (PUCESI).

Los/as alumnos/as tuvieron que diseñar una serie de intervenciones urbanas para llamar la atención sobre el uso del espacio público.[56] Con varios pallets como principal insumo material, diseñaron y construyeron festivas ocupaciones peatonales del espacio vehicular. Localmente, la Universidad de Morón también utilizó a los parklets como ejercicio de diseño,[57] aunque con la diferencia sustancial de que fueron implantados en la vereda, para evitar la disputa con el universo automotor.

Asociado al concepto de parklet, está también el de Pocket Park, o ‘parque de bolsillo. En este caso, pequeños espacios públicos son reabiertos al público temporaria o permanentemente en baldíos de propiedad pública o privada. Su tamaño es mayor al de los parklets, ocupando típicamente un lote entre medianeras, por eso su nombre también hace referencia a sus proporciones y a que son accesibles solo por su frente. En Santiago de Chile, se realizó la experiencia Morande 83 en 2016.[58] También en Buenos Aires se han producido varias aperturas de plazas de bolsillo en terrenos baldíos o con galpones abandonados, como por ejemplo el Patio Salguero [59] en el barrio de Almagro. El uso del concepto de “patio para denominar a una pequeña plaza denota la intención de asociar la calidez del hogar en el ámbito de la ciudad.

David Sucher es un académico con base en Seattle, posible continuador de los patterns (guías, consejos, sugerencias) de Christopher Alexander (Alexander, Ishikawa y Murray, 1977)[60] en cuanto al diseño de las ciudades con sentido de comunidad y pertenencia, con el objetivo de recuperar la afabilidad de los pequeños poblados para la alta complejidad, intensidad y aspereza de las grandes metrópolis. Su libro City Comforts. How to build an urban village[61] contiene instrucciones precisas para materializar el oxímoron utópico de la aldea urbana. Su blog aporta mucha información, aunque no tiene ningún nuevo posteo después del 5 de enero de 2016.[62] Podrían asociarse sus ideas a las de Jane Jacobs (seguridad en las calles a partir de tener gente caminando y cuidándose los unos a los otros) o a Jan Gehl (la presencia de mujeres y niños en el espacio público es un indicador de buena ecología urbana).

Ecologías y ecosistemas urbanos

El estudio español Ecosistema Urbano a través de su proyecto Philadelphia Urban Voids propone estrategizar el crecimiento de la ciudad de Filadelfia con corredores ecológicos para conectar el centro de la ciudad con zonas de alta concentración de vacíos urbanos. El plan prevé la creación de catalizadores urbanos,[63] edificios desmontables emplazados en lotes vacíos, con el objetivo de ir ampliando la red ecourbana. Una vez que la zona se regenera, el catalizador urbano se desplaza (desmonta y rearma) hacia su próxima localización.

Las propuestas descriptas buscan cada una desde su lugar contribuir al problema del no aprovechamiento de espacios públicos potencialmente disponibles. Estas prácticas justamente lo que hacen es poner a disponibilidad comunitaria esos sitios de oportunidad, antes de que sean solamente una chance de especulación inmobiliaria y dividendos para el sector comercial.

Al ser alternativas autogestionadas, normalmente carecen de detalles de terminación propios de otras arquitecturas, y el rol del arquitecto/a se desplaza hacia la gestión y el servicio antes que a la creación de formas. Si entendemos el proyecto arquitectónico como deseo de modificación de la realidad a través del espacio construido y el proyecto urbano desde la perspectiva de cómo una sociedad resuelve su convivencia práctica y cotidiana, surgen de la cruza de ambos conceptos “arquitecturas de acción” y “urbanismo táctico. Lejos de esperar un plan oficial, en muchos casos, integrantes de una comunidad se unen a diseñadores y urbanistas para generar sus propias tácticas para conseguir espacios públicos. Los mejores resultados de diseño y de mayor perdurabilidad de su uso se alcanzan, sin embargo, al estar al menos apoyados por instituciones municipales y así eventualmente articulados con empresas, como en el caso de “Esto no es un solar” en Zaragoza, los Pavement to Parks de San Francisco, o también, aunque un caso un tanto distinto, las Viviendas Monteagudo para el MTL en Buenos Aires.

En estos casos se diseñan procesos antes que edificios, se planifican los medios para conseguir determinados efectos, se priorizan los resultados a la estética. Esta queda suspendida también al desplazar el objeto de diseño a algo que no se ve: en estos casos es más importante lo que sucede alrededor del edificio, lo que genera en la sociedad, lo que permite hacer antes que su apariencia.

Bibliografía

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  1. Arquitecto FADU UBA, profesor en FA UAI Buenos Aires e investigador CAEAU. El presente es un fragmento de su trabajo de tesis doctoral en DAR UIA-UFLO-UCU.
  2. De Carlo, Giancarlo (1984). Notas sobre la participación con referencia al sector de la arquitectura en el que parecería más obvio, en Summario, 80-81, pp. 42-48: Apropiación y desarraigo”. Buenos Aires: Ed. Summa S.A.
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  10. Lewkowicz, Ignacio (2004). Pensar sin Estado: la subjetividad en la era de la fluidez. Buenos Aires: Paidós.
  11. Gesto no menor teniendo en cuenta el reduccionismo de parte de los medios a los piqueteros como movimiento cortacalles.
  12. Janches, Flavio y Rohm, Max (2012). Interrelacines Urbanas. Buenos Aires: Piedra Papel Tijera.
  13. Ver t.ly/7FZMv.
  14. Estas últimas dos propuestas fueron seleccionadas para representar a nuestro país en la Biennale de Venezia 2018.
  15. Fernandez Castro, Javier (2010). Urbanización vs Erradicación. Barrio 31 Carlos Mugica. Posibilidades y límites del proyecto urbano en contextos de pobreza. Buenos Aires: Instituto de la Espacialidad Humana, octubre, p. 190.
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