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La piel frágil rioplatense, 1968-1975[1]

El edificio Carlos Pellegrini-Unión Industrial Argentina

Pablo Corral[2]

Pero no se trata sólo de una cuestión de cosmética, basta recordar que la raíz de esta palabra es la griega “κόσμος” (kosmos = orden). Cosmética, entonces, pero como manifestación del orden del ser. Y en este sentido, dos son los cambios “cosméticos” de estos años.

Uno, la tendencia a tratar al volumen como una botella, vale decir como una piel de cristal continua que en el límite no manifiesta soluciones de continuidad, pliegues o quebraduras.
El edificio como botella viene siendo desarrollado desde hace varias décadas, desde que los gruesos mullions, las piezas de carpintería con función estructural, fueron trasladados del exterior al interior del plano de fachada. Los trabajos de César Pelli, fueron pioneros en este sentido; el edificio de la UIA, fue el primer intento de emplear este criterio en nuestro país.[3]

La tecnología del muro cortina fue lentamente introducida y asimilada por nuestra arquitectura al producirse un cambio significativo en el código de edificación mediante la implementación del decreto municipal 4.110 de 1957, para los edificios de iluminación total en entorno urbano consolidado, surgiendo propuestas sugestivas e inéditas para dar respuesta a los nuevos programas para edificios corporativos, donde el cerramiento de vidrio y aluminio, suplantando al muro tradicional, se incorporaba decididamente a los nuevos requerimientos para las edificaciones en altura.

Estos modelos propuestos para prismas puros cristalinos en la Ciudad de Buenos Aires obedecen, en su mayoría, a la adopción del modelo americano cristalino superpuesto y verticalista, actuaron en sus comienzos incorporando piezas edilicias aisladas a la estructura espacial urbana primigenia de nuestra ciudad, y posteriormente se trasladaron a un territorio gestado para tal fin, Catalinas Norte.

Imagen 1. Fachada original edificio Carlos Pellegrini-UIA, 2013

Fuente: elaboración propia.

Así, la triada de rascacielos modernos de la década del 30, conformada por el edificio Comega, el Safico y el Kavanagh, era renovada por una nueva tríada corporativa en estilo internacional, como consecuencia de la instalación de industrias de capitales extranjeros durante el desarrollismo (1958-1975), a través de la reglamentación y puesta en vigencia de edificaciones en torre con basamento (1957) insertas en el damero urbano porteño. Edificios en altura que, en el área céntrica y con características diferentes, intentaron resolver la articulación con la trama del tejido existente, no solo en lo programático y en lo conceptual, sino también en lo tecnológico: la Galería-Torre Florida/Air France (1957-64), el edificio FIAT Concord-Mirafiori (1961-64) y el edificio Brunetta SA/Olivetti (1961-68), primeras torres en disponer de cerramiento con muro cortina en aluminio en la Argentina.

Paralelamente al desarrollo corporativo en la Argentina, se produce a partir de 1962 el primer intento de transformación urbana moderna, con los proyectos y las propuestas realizados por el plan director y plan urbanístico particularizado de la zona centro de la ciudad –cuatro áreas piloto–, propiciando el desarrollo moderno bancario rioplatense, con una eclosión de las actividades bancarias públicas y privadas. Inicialmente en los suburbios y luego en la city porteña, que determinaría la construcción de gran cantidad de sucursales y reconfiguración de casas matrices, dotándolas de oficinas gerenciales en el mismo edificio, en sintonía con las propuestas e imagen del Manufacturers Trust Company, por Skidmore, Owings & Merrill (SOM, 1954) y Gordon Bunschaft, estableciendo los nuevos estándares modernos bancarios, que apelaba a una caja de cristal y aluminio, de máxima flexibilidad y transparencia.[4]

A través de un lento proceso y luego de infinitos debates, se iniciaba otro equivalente por fuera del damero tradicional, pero aledaño a él, cuando, a partir de la creación del OPRBA, se aprobó el proyecto para la urbanización de Catalinas Norte en un área de 8,4 hectáreas (1961), territorio donde poder experimentar con estos modelos corporativos internacionalistas de torres exentas cristalinas transparentes de oficinas o islas de congestión de envases de la sociedad terciaria,[5] en loteos de mayor envergadura.

La Organización del Plan Regulador para Buenos Aires (OPRBA), creada en 1958, encaró el proyecto de urbanización de Catalinas Norte, bajo la intendencia de Hernán Giralt, que se convertiría en su gran impulsor y gestor del proyecto. Eduardo J. Sarrailh describía los sucesos que determinaron la promoción y construcción del proyecto urbanístico de Catalinas Norte hacia 1960. Por un lado, el diseño arquitectónico-urbanístico encargado al arquitecto Clorindo Testa, sobre bases y determinaciones generales urbanísticas definidas en el período anterior, y la clarificación legal, administrativa y económica que permitiría disponer de la propiedad y el dominio de los terrenos para el desarrollo del proyecto.

El 3 de febrero de 1960, el Congreso Nacional autorizó a la Municipalidad la compra de los terrenos de Catalinas Norte para la concreción en el área del proyecto elaborado por la Organización del Plan Regulador de la Ciudad de Buenos Aires (OPRBA), y fue entonces que en 1961 se creó la Comisión de Catalinas Norte por decreto.

Dos pasarelas elevadas sobre las calles Marcelo T. de Alvear y Tres Sargentos para peatones vincularían la ciudad en su parte alta con la plataforma del conjunto a 10 metros sobre el nivel del suelo, relacionando las zonas comerciales del sector con las de la calle Florida. Varias son las circunstancias que demoraron su inicio, que, conjuntamente a la ruptura y desintegración del OPRBA en 1966, impulsó a la comuna a tomar una línea de menor resistencia y rápida concreción mediante una reformulación de normas, para que hicieran más atractiva la oferta a los futuros locatarios, otorgando mayor libertad de acción a medida que se vendían las parcelas, y se volvió optativa la construcción del basamento.

Por Ordenanza Municipal 22.973/67, se pusieron en aplicación las normas urbanísticas de Catalinas Norte, sobre la base de una subdivisión del terreno que mantenía en líneas generales las ideas del proyecto anterior, estableciendo la venta a entes privados en uso de las facultades de la ley 16.897 (B.M. 12.857) y de acuerdo con la ley 1.260 (art. 44, inc. 2). Los predios asignados fueron nueve: Impresit Sideco, Aerolíneas Argentinas, UIA, Conurban SA, Kocourek SA, IBM, Segba (2) y Sheraton.

Los de propiedad de la comuna son cuatro, entre los que se mantienen tres playas de estacionamiento. Las superficies restantes se destinan a vía pública y parque, por lo que se creó un tejido orientado en sentido SE-NO, en contraposición al trazado urbano originario.

Dentro de este nuevo panorama, se llamó a concurso para diversos edificios (públicos-privados), y se comenzaron a realizar otros. De esta manera, se iniciaron en junio de 1969, sobre el predio frentista a la Plaza Británica, las obras de la construcción del primer edificio del área de Catalinas Norte, que resultaría ser el Buenos Aires Sheraton Hotel, proyecto de los arquitectos S. Sánchez Elía, F. Peralta Ramos y A. Agostini (SEPRA) que se recuesta sobre el borde norte del predio y que, de acuerdo a sus criterios funcionales y de marketing hotelero, se resolvería tecnológicamente con tecnologías más convencionales y apartadas del discurso de las envolventes livianas y transparentes de muro cortina que es lo que nos interesa considerar.

Si bien el proyecto inicial prefiguraba un master plan de imagen más unitaria y programas polifuncionales, a posteriori se concretaría un modelo individualista, donde cada emprendimiento adoptaba postulaciones icónicas, dentro de las tipologías consumadas y consagradas a nivel internacional, aunque con algunos ensayos atípicos y búsquedas regionalistas en los primeros emprendimientos: nos referimos al Buenos Aires Sheraton Hotel (1968-1972), el edificio Carlos Pellegrini, para la Unión Industrial Argentina-UIA (1968-1975), y el edificio Conurban (1969-1973).

Imagen 2. Proyecto Catalinas Norte, con la inserción de los primeros edificios

1 Buenos Aires Sheraton Hotel / 5 Edificio Carlos Pellegrini–UIA / 7 Edificio Conurban.
Fuente: elaboración propia.

Comenzaba a consolidarse el centro administrativo y financiero porteño, inmediato al casco histórico de la Ciudad de Buenos Aires, que trajo, por un lado, la experimentación posible y aislada del modelo, coincidente con la implantación de las tipologías modernas del rascacielos a nivel mundial –en Manhattan (Nueva York) y La Defense (París)–, y la revisión de los consecuentes daños ocasionados a los grandes centros históricos.

Problemática que llevó, particularmente a los europeos, a revisar el tipo en una serie de estudios sobre vida y muerte del rascacielo,[6] poniendo énfasis en estas ciudades dentro de la ciudad que suelen sobresaturar al sector, con actitudes antiurbanas e irracionales, lo que implicó a nivel global –no así localmente– revisar las políticas de uso del suelo para realizar un desarrollo más coherente, situando a La Défense (1958-1964) como prolongación del eje histórico desde el Louvre, con una línea subterránea de alta velocidad de la Red Expreso Regional, prohibiendo la construcción de edificios para oficinas en altura en el área central de París.

Mientras estos debates se realizaban a nivel internacional, solo algunos de los edificios propuestos para el área de Catalinas Norte lograban emprenderse. No obstante, ante la ausencia de lotes vacantes en el sector, este se fue ampliando hacia territorios perimetrales, tendientes a satisfacer las demandas del sector administrativo y centro de negocios de menor escala, constituyendo una fracción urbana con características propias, que albergaba los edificios de similar tipología y lenguaje acristalado –curtain wall– en las construcciones frentistas sobre la avenida L. N. Alem y alrededores de la Plaza San Martín, entre 1970 y 1980.

Dicho proceso proyectual, afianzado en una concepción especulativa a partir de la mundialización de la economía, fue determinante en la optimización de la unidad de trabajo, el surgimiento del edificio aglutinante –rascacielos icónicos–, y finalmente las macrociudades interconectadas verticalmente como verdaderos centros financieros o islas de negocios urbanas. En Catalinas Norte, se vislumbra la intencionalidad de ampliar el repertorio previamente utilizado para estos emprendimientos en el tejido urbano de la antigua city porteña y experimentar, aunque con resultados inciertos, con los objetos aislados en el prado de características propias, frente a las posturas esquemáticas generalizadas por el Internacional Style, que apelaban a edificios idénticos y racionalizados, ausentes de contenido, fáciles de replicar y vender, cuando estas comenzaban a objetarse por su simplismo y luego de la reacción historicista a mediados de los setenta, en los Estados Unidos y Europa, de Charles Jencks, Robert Venturi y Aldo Rossi, entre otros.

Muchos fueron los debates en relación con la ausencia de pertenencia territorial que traían consigo estas tipologías, y que hicieron poner en duda el sentido de estos rascacielos en nuestra ciudad, conjuntamente a la necesidad implícita de importar recursos tecnológicos externos para la consolidación del cerramiento. En su propósito por intentar resolverlo localmente, con una industria predominantemente artesanal, podríamos aseverar que, de una u otra manera, varios de ellos fracasaron en su intento. Lo que confirmaba la real dependencia de las empresas licenciatarias locales, con las casas matrices extranjeras, para la resolución de los cerramientos en muro cortina en nuestro país en emprendimientos de semejante índole.

Las declaraciones y los debates, a favor o en contra de los edificios y del conjunto, no se hacían esperar. A poco de concluirse las primeras obras, Odilia E. Suárez se refería a Catalinas Norte como una experiencia urbana totalmente desvirtuada:[7]

De esta historia vale reiterar que el proyecto nació como una estructura poli funcional; administrativa, hotelera, comercial y de intercambio social. […]. Sin embargo, todavía hoy se discute Catalinas Norte como un resultado formal; como un problema de “piel y estructura” de sus edificios o como un curtain wall mejor o peor realizado. […]. En consecuencia, lo que si puede juzgarse como una descarnada expresión del capitalismo (en este caso tanto privado como estatal) no es la altura en sí de las torres sino el sentido con que, en definitiva, han sido realizadas. La perceptible sensación de desencanto con que se observa esta importante realización no tiene su raíz en la crítica de la eficacia de tal o cual cerramiento o núcleo vertical., sino en la pobreza temática y promocional con que ha sido sacrificado un excepcional sector de la ciudad: de nuevo hemos vuelto a construir edificios aislados sobre lotes individuales, con programas sectorizados. […]. Es necesario adoptar una nueva escala de producción de hechos urbanos. Ello implica ampliar el concepto de propiedad sobre lotes privados, sujetos a operaciones fragmentarias, para abordar empresas asociadas de intereses públicos y privados.

El arquitecto Rafael Viñoly,[8] en uno de los períodos de mayor notoriedad de la arquitectura argentina, mencionaba ciertas intencionalidades en la adopción y reconfiguración de estas tipologías para Catalinas Norte:

No hay otra forma de explicar, como no sea por su articulación, contradicciones como Ias que se producen entre el utópico enunciado de Ias normas urbanísticas de Catalinas (fragmento de ciudad ideal), y el resultado construido. Toda la oposición al basamento como estructura de interrelación de escala urbana, la imposibilidad de plantearlo desde el organismo de planificación en términos factibles, así como el incumplimiento por parte de los proyectistas de los consabidos principios de unidad y compatibilidad formal con el entorno proclamados por todas Ias teorías vigentes, no son sino los síntomas directos de esa realidad negada. Pero hay en esta especie de fenómeno extemporáneo, de Manhattan rioplatense, algunos rasgos parciales que merecen ser vistos con interés, aun cuando ello implique un inevitable reduccionismo; y es que estos edificios fuerzan de una manera especial los límites del modelo en que se insertan. Sin impugnarlo de plano lo subvierten parcialmente, pero en su estructura básica, a pesar de que los rasgos superficiales de su imaginería reconozcan origen. Algunos aspectos que son aparentemente solo formales (la magnífica pared de ladrillos del Conurbán, la calidad esotérica de la caja de vidrio de la UIA, la enorme cantidad de hormigón del proyecto de Aerolíneas Argentinas –no consumado–, proyecto de los arquitectos C. Testa, Héctor C. Lacarra y Francisco F. Rossi), sugieren una interpretación que interroga, a pesar de sus autores, lo “lógico” legitimado por los códigos dominantes. En su estructura agregan una función crítica al modelo que reinterpretan y que inevitablemente será recodificado (una especie de funcionamiento metalingüístico).

El arquitecto Francisco García Vázquez exponía su disconformidad acerca de los cerramientos vidriados cristalinos implementados en ellas:[9]

Este tipo de pared ha probado ser una nulidad arquitectónica, a menudo una aberración, y hubiera sido relegada a un lugar secundario si los arquitectos no se hubiesen aferrado a ella sin razón, como un emblema de fácil identificación de la forma progresista. Por desgracia, los prácticos hombres de negocios han sancionado esta modalidad de construcción, tipo invernáculo, solo funcional para el cultivo artificial de plantas porque al final el vidrio es barato y una pared de vidrio, si solo se consideran los costos iniciales, es la manera más simple, si no la menos costosa, de cubrir un edificio lo suficiente como para hacerlo aparecer habitable. Esta facilidad original no toma en cuenta las facturas posteriores, para calefaccionar o refrigerar, para limpieza y un aislamiento adicional.

En julio de 1967, la Confederación Industrial Argentina adquiere el lote para construir un edificio institucional, que agruparía a cámaras, federaciones empresarias, institutos y organismos vinculados con la investigación y la promoción técnica y económica, de toda la actividad industrial argentina y sus productos. En julio de 1968 se realiza el concurso de anteproyectos con 26 trabajos presentados, obteniendo el primer premio la propuesta 176- de los arquitectos, F. Manteola, I. Petchersky, J. S. Gómez, J. Santos, J. Solsona, R. Viñoly. El edificio Carlos Pellegrini, de 121,30 m de altura, sede de la Unión Industrial Argentina (UIA), 1968/74, plasmaba la idea arquitectónica general planteada por el Plan Regulador, sugiriendo volúmenes paralelepípedos exentos, ordenados, esbeltos y puros, con una definida imagen cristalina y representativa para las nuevas oficinas corporativas, en este nuevo paisaje urbano rioplatense, adscripta inicialmente a la reglamentación propuesta para el área, de torre con basamento de altura preestablecida.

Proponemos un edificio donde el tema arquitectónico dominante sea la torre como volumen puro, naciendo del suelo hasta su máxima altura. Es con su verticalidad que se da el planteo formal. […]. De aquí surge la idea básica: un prisma de cristal, abierto a las mejores vistas y orientaciones, servido por el basamento de locales, la torre de servicios y una “cápsula de esparcimiento”. La expresión arquitectónica se da en la idea del prisma de cristal que contiene en su altura distintos lugares de trabajo. La síntesis expresiva se da en el envase cristalino; la estructura y el tratamiento son temas secundarios. […]. Partiendo del ideal de una planta de máximo aprovechamiento y máxima flexibilidad nos fijamos las siguientes exigencias: a) lograr el mayor perímetro exterior vidriado y como consecuencia, mejores vistas, más luz natural y mayor flexibilidad. […]. Ubicamos el núcleo sobre el lado oeste, protegiendo de esa orientación, dejando el norte y el sur para las vistas y superficies vidriadas. La planta se abre al río y al paisaje del nuevo conjunto de Catalinas. […]. A partir de la teoría del “envase de cristal” se propone el tratamiento arquitectónico. El cerramiento exterior se ha pensado con base en un posible de carpintería con fenestración; pensando lograr banderolas de ventilación por paños grande de subdivisión utilizando vidrios de 10 mm de espesor, de aproximadamente 3 x 3,60 m, con cuatro banderolas por paño. Se adoptó un módulo curtain wall de aluminio resuelto con la menor sección, así la mayor libertad para la ubicación de tabiques, resolviendo el contacto de los futuros tabiques modulares con el vidrio, por medio de una pieza de sujeción por ventosa. De esta manera el aventanamiento, es independiente de la subdivisión interior de las plantas, lográndose en el caso de los grandes despachos, salas de reuniones u oficinas generales, una amplia superficie de vidrio sin parantes. El solarium y el helipuerto se cierran lateralmente con cristales soportados con una estructura metálica interior. Para la protección del sol, se propone colocar internamente cortina de tablillas de aluminio.

Imagen 3. Documentación Edificio Carlos Pellegrini–UIA

Fuente: elaboración propia.

Asimismo, el jurado del concurso se explayaba sobre las cualidades del proyecto:

El dinamismo, por ejemplo, se enfatiza en el primer premio mediante la ubicación de la batería de ascensores sobre una de las paredes exteriores del edificio; la transparencia de la caja permitirá visualizar el movimiento de los ascensores, ritmo que se asemejará a los latidos de un organismo vivo. Un edificio que aporta imaginación y originalidad en la tradicional relación de torre y basamento. La torre llega con independencia y clara definición hasta el nivel de tierra, rodeada por el basamento que se estructura como aro independiente y da amplia interpenetración interior-exterior. […]. En este trabajo el cuerpo de la torre se desarrolla de acuerdo con la solución tradicional de losas superpuestas que conforman espacios estratificados hasta el último nivel de oficinas; pero a partir de éste, aun cuando el envoltorio perimetral vidriado continúa sin modificarse, dentro del volumen se produce un cambio fundamental: los locales, encerrados en cajas o ubicados sobre planos que juegan libremente en su relación espacial, se intercomunican a través de tubos transparentes, rampas, escaleras, hasta darnos la sensación de que nos encontramos frente a un fascinante mecanismo de relojería encerrado en un fanal. […] en definitiva, por el nuevo enfoque que significa este proyecto para la solución de los edificios en torre, la obra constituirá, sin duda, uno de los aportes más relevantes a la arquitectura argentina.

Jorge Francisco Liernur da cuenta de la contundente imagen de la propuesta ganadora:[10]

Los dibujos ganadores del proyecto, sorprendieron por su inusitada imagen. El esfuerzo no estaba puesto en la volumetría ni en su concepción estructural […] lo que dejaba estupefactos a quienes contemplaban esas representaciones era que en una torre de oficinas se había logrado espacio interior, vale decir que a partir de cierta altura los planos horizontales se vaciaban creando una suerte de gigantesco hueco en el que cabían volúmenes de servicio terrazas y jardines suspendidos. Por añadidura, semejante tour de force, no solo se colocaba en el remate del edificio, sino que se exhibía, transparente, como un enorme escaparate a las visiones de todo el entorno.

La estructura concentrada en cuatro puntos internos intenta configurar una planta de máximo aprovechamiento y flexibilidad, y logra el mayor perímetro exterior vidriado para mejores vistas y luz natural. El ordenamiento interno espacial de equipamiento modular adaptable, para uso general y despachos privados, denotaba una liberación total del espacio interior y libre disposición dentro del espacio total, junto a una libre circulación perimetral e interna sobre la disposición irregular de los despachos tipo action office. El tratamiento arquitectónico de envase de cristal a las mejores vistas y orientaciones, altamente propositivo en la etapa de anteproyecto, sería revisado y ajustado según los estándares de producción nacional, que implicó la reconsideración sobre numerosos aspectos de la envolvente. Limitando, por un lado, el color del vidrio adoptado, recurriendo a tonos de color grisáceo y dimensiones menores a las planificadas originalmente por los arquitectos. De esta manera, el acristalamiento del exterior debió ser realizado con vidrios laminados de seguridad, color grisáceo tipo sándwich, fabricado con dos vidrios transparentes y un plástico de butiral de polivinilo entre ambos, y luego sometidos a un proceso de prensado por laminado y a un tratamiento en autoclave, a fin de impedir desprendimientos cortantes o caídas al vacío.

En términos teóricos, se intentaba resolver la primera envolvente cristalina continua sin interrupción en la Argentina, trasladando los mullions al espacio interior, creando una superficie pelicular vidriada, de transparencia y reflejos, tensa, frágil, y continua de 11.000 m2, en sintonía con los desarrollos norteamericanos de César Pelli, Anthony Lumsden, y Eero Saarinen, entre otros, desarrollada entre 1954-1964 como envolvente de piel sin huesos, en la que la estructura de sostén no se manifestaba al exterior bajo ningún concepto. Aquí, la envolvente cristalina sin antepecho, separada de la estructura principal, se expresa desde la batea bajo nivel acera (-5,50 m) hasta el límite superior, interrumpida solo en los dos puntos de ingreso edilicio, poniendo de manifiesto otra alternativa en cuanto a cómo resolver la parte inferior de la envolvente, no resuelta únicamente a través de la planta baja libre. La conceptualización de piel-continente, a partir de una membrana cristalina ininterrumpida en torno al espacio comercialmente rentable, se ve, en este caso particular, y como en ningún otro en nuestro país, llevada a su extremo.

La propuesta, intencionadamente sugestiva y cristalina, aligeraba la envolvente, liberándola de las consideraciones termomecánicas en coincidencia con el cerramiento. De esta manera, este se trasladaba al cielorraso, para garantizar mayor superficie de fachada activa y transparencia con circulación perimetral continua, sin oscurecimiento de esta, volviéndose el cerramiento enteramente pelicular, sutilmente coloreado y apenas reflejante, casi inexpresivo, al punto de desafiar los principios tecnológicos requeridos para tales emprendimientos. En términos internacionales, la independencia de la piel/membrana del sistema de climatización interior tendió gradualmente a oscurecer la envolvente, mediante el surgimiento y la puesta en el mercado de nuevos pigmentos y versatilidad de colores en los cristales, oscureciendo lentamente la fachada con el fin de mejorar el aislamiento térmico interno y menor consumo energético, en sintonía con la crisis internacional petrolera acontecida hacia 1973, en los países árabes.

En el edificio de la Unión Industrial Argentina, se logró una solución en función de la economía. Se empleó un curtain wall mixto con perfiles de hierro en el lado interior atendiendo a su conservación y de aluminio en el exterior, pues no requiere mantenimiento. Además, se utilizaron vidrios nacionales de tamaño relativamente pequeño, 0.90 x 1.20 m.[11]

Los proyectistas, con el asesoramiento del ingeniero en cerramientos Jorge Jarach, diseñaron un componente mixto en hierro y aluminio, constituido por un perfil del 12 doble T para las montantes y planchuelas de hierro de 76 x 13 mm para el interior de los travesaños. Mientras que la superficie al exterior era revestida integralmente en aleación de aluminio anodizado, color bronce mediano. Todo el montaje de la piel exterior se realizaba desde el espacio interior, sin andamios, una vez finalizada la estructura, con lo que se obtenía una retícula que cubría la fachada. En consecuencia, hubo que prever una junta de dilatación entre cada encuentro de horizontales y verticales, realizándose un montaje sobre planchuela de neoprene y selladores elásticos del mismo material. A modo de ventilación de emergencia, se posiciona una hoja de abrir a banderola En los pisos típicos, integralmente en aluminio del mismo tono. La limpieza exterior del cerramiento de cristal se realizaba por medio de góndolas suspendidas de rieles, ubicados en el coronamiento.

Imagen 4. Fachada sobre L. N. Alem, edificio Carlos Pellegrini–Unión industrial Argentina. Fotografías cerramiento original y reemplazo en su estado actual

Fuente: elaboración propia.

Imagen 5. Detalle módulo carpintería / detalle muro cortina original y cerramiento actual. Documentación Planimétrica Edif. Carlos Pellegrini – Unión industrial Argentina

Fuente: elaboración propia.

Imagen 6. Nueva envolvente para el edificio Carlos Pellegrini-UIA

Fuente: elaboración propia.

El curtain wall de aluminio, para el que se dispuso, en términos idealistas, la menor sección posible de carpintería, sin dudas, disociado de las resoluciones técnicas implementadas en esa época, conllevó a un escenario donde en la práctica los elementos de estanqueidad no cumplieron los requerimientos solicitados, y, transcurrido un tiempo, la envolvente debió ser reconsiderada en su totalidad. Así, la piel frágil, liviana y transparente rioplatense ejecutada integralmente en nuestro país, con tecnología local mixta (hierro y aluminio) y sin experiencia probada en este tipo de emprendimientos, era más un deseo que una realidad concreta, con significativas consecuencias a corto plazo.

Esta debió ser diagnosticada (1992) cuando ya acusaba serios desajustes técnicos debido a la falta de estanqueidad frente a condiciones meteorológicas extremas y el desgaste natural del tiempo sobre las juntas de la envolvente y obligaba al reemplazo completo de su piel y sus componentes por otra de mayor eficiencia, similar a la planificada originalmente, aunque mayormente tonalizada, ahora sí con patentes internacionales y sin ningún elemento afectado a la corrosión. Con nuevas prestaciones técnicas, pero respetando las características del proyecto original, se iniciaba el reemplazo total de la envolvente desde el espacio exterior, provisto por la empresa Viracon (EE. UU.) mediante cristales de baja emisividad y doble vidriado hermético (VE4-85) de comprobada eficiencia.[12]

Imágenes 7-8-9. Transparencias y reflejo. Nueva envolvente edificio Carlos Pellegrini–Unión Industrial Argentina

Fuente: elaboración propia.

Las obras de reciclaje de sus fachadas tuvieron varias instancias, a lo largo de aproximadamente diez años. Durante este período se atacaron problemas de filtraciones y deterioros por corrosión, y sólo en 1996 se inició la reparación de las columnas y tabiques de ascensores, en su cara exterior. Posteriormente, en el período 1997/98, se efectuó la reparación integral de las carpinterías vidriadas de la cara exterior de la caja de ascensores y el sellado de placas premoldeadas de hormigón. El Consorcio de Propietarios encaró luego la reparación de la carpintería de acero original, incluido sus anclajes y estructuras, por presentar problemas de filtración de aire y agua. El diagnóstico al que arribaron, luego de una ronda de consultas a profesionales especializados, precipitó el recambio del curtain wall original por uno nuevo de última generación. La nueva envolvente implicaba un desafío tecnológico y logístico, por cuanto los trabajos debían realizarse en su totalidad desde el exterior, con ocupación plena del edificio y sin interferir con las tareas que se desarrollan en las áreas interiores, proceso contrario al original que implico la ejecución de los mismos totalmente desde el espacio interior sin usos de andamios. El mayor costo inicial, evaluaron, se compensaba frente al revalúo inmobiliario, el ahorro de energía provocado por el uso de termopaneles de última generación, un mayor confort térmico y acústico, y una solución definitiva a los problemas de estanqueidad.

Una vez que los frames con muros cortinas estandarizados, en sus distintas proporciones y ritmos, se habían convertido en algo habitual en nuestra ciudad, surgieron estas propuestas experimentales en Catalinas Norte para la resolución de la envolvente con imaginería local, por fuera de los lineamientos internacionales, con el consabido riesgo que ello significaba. Inicialmente combinando hormigón/curtain wall vertical tonalizado y sectorizado en el Buenos aires Sheraton Hotel, envolventes mixtas (aluminio/hierro), en la piel frágil rioplatense para el edificio Carlos Pellegrini-UIA, acoplando el ladrillo/curtain wall oscurecido –hasta entonces asimilable a lo doméstico– en el cerramiento opaco-transparente del edificio Conurban, como así también en las variadas propuestas fruto de concursos, premiados y no ejecutados, dentro del sector.

En ese distanciamiento del International Style hacia posturas cada vez más expresionistas de mediados de los sesenta en adelante, acercándose a propuestas y desarrollos proyectuales de las últimas obras, de arquitectos como Kevin Roche y John Dinkeloo, Louis I. Kahn y James Stirling, que en esos años exploraban las posibilidades de otros materiales en contraste con la liviandad de los cerramientos cristalinos, y reflexionando ante un desdibujado internacionalismo, se encontraban los profesionales para ese entonces, en la búsqueda y diferenciación de lo internacional, lo nacional, lo regional y lo local.

No obstante, a comienzos de los ochenta en nuestro país, se reencauzaría el rumbo mediante un decidido retorno a los desarrollos de pieles continuas, sistematizadas propuestas por la industria del catálogo, y un paulatino alejamiento de los arquitectos en la resolución y participación para el consustanciado de estas. Este avance de la industria del cerramiento y la adopción de sistemas prefigurados de envolvente se volvía cada vez más notorio, en pos de una garantizada eficiencia, dejando poco territorio para la experimentación arquitectónica.

Esto implicó en cierta manera el alejamiento y la pérdida de ciertas búsquedas y anhelos que supieron sostener en el tiempo los idealistas de esta primera corriente arquitectónica –transparente moderna, tanto internacional como localmente–, con la consiguiente pérdida de “profundidad visual” entre interior y exterior. Los High Rise buildings, extrapolados a nuestro país, no pudieron alterar, o solo sutilmente, alguna de las variables proyectuales tan determinantes del tipo, excepto en los casos anteriormente mencionados, como así también en algunas experimentaciones locales de MRA & Asoc., en la década del 60, a la búsqueda de alternativas para las envolventes cristalinas rioplatenses.

Así, los prismas puros transparentes cristalinos se convertían cada vez más en superficiales envolventes coloreadas impermeables, que ocultaban anodinos estratos superpuestos, carentes de espacialidad y propuestas multiprogramáticas, y que dieron como resultado un modelo de torre estandarizada, consustanciada en su mínima expresión, simplificada, de baja calidad técnica e igual resolución en los cuatro lados del perímetro envolvente y, sobre todo, de excesiva especulación inmobiliaria –Torre Catalinas Norte (1972-1975), Torre Madero (1976-1980)– y desarrollos posteriores por dentro y fuera del sector.

Asistiendo gradualmente en esos veinte años transcurridos al recambio definitivo de la piel-membrana en cuestión y de su modelo conceptual (de transparente a leve, mediana y altamente oscurecida, a reflectiva o espejada), en que la ansiada profundidad de la transparencia literal moderna, a medida que era cuestionada, transitaba hacia los desarrollos tecnológicos del cerramiento cristalino altamente tonalizado, sobrevalorando lo superficial de la envolvente y volviéndose esta un concepto fronterizo asimilable a la piel humana. Tal noción de envolvente definió la arquitectura objetual contemporánea de los edificios en altura, para regular las condiciones exteriores e interiores en el devenir arquitectónico del escenario urbano porteño como característica de la arquitectura corporativa en altura hasta finales de siglo.

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  1. El edificio Carlos Pellegrini, perteneciente a la Unión Industrial Argetina (UIA), sito en Leandro Alem 1075 en Buenos Aires, fue proyecto por el equipo integrado por los arquitectos F. Manteola, I. Petchersky, J. S. Gómez, J. Santos, J. Solsona y R. Viñoly, con la colaboración de de los arquitectos M. Montero, A. Jantus, M. Petriela, J. y F. Otaola. Este ensayo fue publicado en Arquitectura y Sociedad, FAU, Universidad Central del Ecuador, 22-2, 2022, revista que ha autorizado su reproducción en este libro.
  2. Arquitecto y profesor de la FA UAI Sede Buenos Aires e investigador en CAEAU. Está culminando su trabajo de investigación doctoral en DAR UAI-UFLO-UCU, del cual este texto es una parte. Las fotos de este artículo fueron realizadas por Pablo Corral, así como los redibujos del proyecto.
  3. Liernur, Francisco Jorge (1994). Nuevos rascacielos en Buenos Aires: vivir en las nubes. Revista Arquis, 3, pp. 92-95.
  4. Surgían en esos años el Banco Popular Argentino (1962-1968), el Bank of America (1963-1970), el Banco Municipal de la Ciudad de Buenos Aires (1967-1971), el Banco del Oeste (1969-1979), el Banco do Brasil (1973-1977) dentro de este lineamiento conceptual-proyectual.
  5. Denominación utilizada por Alberto Belluci en su artículo “Los envases de la sociedad terciaria” con relación al predominio de las actividades administrativas sobre las fuerzas productivas directas. Revista Summa, 109, febrero de 1977, p. 22.
  6. Revista L’Architecture d´Aujord´hui, 178, con motivo del proyecto para la Operación Défense, marzo-abril de 1975.
  7. En revista Summa, 97, enero de 1976. “Catalinas Norte: una experiencia urbana desvirtuada”, p. 58.
  8. En revista Summa, 97, enero de 1976, p. 56.
  9. En revista Summa, 171-172, febrero-marzo de 1982.
  10. Liernur Jorge Francisco (2008), Desarrollo y utopías. 1960-80, Arquitectura en la Argentina del Siglo XX, La construcción de la modernidad. Fondo Nacional de las Artes.
  11. Entrevista a Horacio Luis Campi, presidente de Campi SACeI, revista Summa 145/6, enero-febrero de 1980, p.184.
  12. Encomendada a la Unión Transitoria de Empresas (UTE) conformada por las empresas IMYC SA y Procedimientos Gorodner SA, especializadas en proyectos de alta complejidad.


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