Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

3 Acerca de nuestra época y la producción de subjetividad

¿Estamos en el horno? ¿Podemos elucidar cómo desmantelar el sistema social que nos conduce a las fauces de la destrucción? ¿Podemos unirnos para hacer frente al complejo de crisis varias que generó el sistema, no “solo” el calentamiento de la tierra, no “únicamente” la destrucción progresiva de nuestra capacidad colectiva para la acción pública, no “meramente” el ataque generalizado a nuestra capacidad de cuidarnos unos a otros y mantener vínculos sociales, no “simplemente” el vertido desproporcionado de las secuelas sobre los pobres, la clase trabajadora y las poblaciones racializadas, sino la crisis general en la que diversos males se entretejen?

     

Nancy Fraser

La instalación de las representaciones que dan origen al inconsciente, los procesos que nos trasforman en seres humanos sexuados, atravesados por la cultura, es decir, la constitución de la subjetividad, siempre se dan en relación con un otro social e histórico. El discurso socialmente instituido, instituye a su vez las representaciones del sujeto y de su relación con el mundo, mediado por el otro humano, atravesado por sus deseos y prohibiciones, por las representaciones que constituyen su yo y las que el sujeto tiene de sí mismo. Cuando hablamos de subjetividad, pues, nos referimos también a un entramado social que define las posiciones de los sujetos. En dicho entramado, el sujeto busca un signo que le dé derecho de ciudadanía entre sus semejantes.

Como señala Silvia Bleichmar, el cachorro humano deviene sujeto en relación con otro: la constitución de la subjetividad, los procesos que trasforman a la cría humana en un ser humano sexuado, atravesado por la cultura, siempre se dan en relación con un otro socio-histórico. El infans deviene sujeto a partir del ejercicio de la función materna, la función paterna y el campo social. No se trata de pensar en un sujeto que en un tiempo segundo se socializa, sino que lo social adquiere un estatuto constitutivo y metapsicológico. Cuando hablamos de subjetividad nos referimos a un entramado social que define las posiciones de los sujetos, que pone en relación con un proyecto político, que habla de una dimensión subjetivante.

En este sentido, el concepto de contrato narcisista de Piera Aulagnier resulta nodal para pensar la relación entre cultura y psique. La autora remite al fundamento de la relación sujeto-sociedad, discurso social-referente cultural. Es un contrato fundante para el sujeto singular y para el conjunto social que permite asegurar que las renuncias primarias tienen espacios de investimentos, y para la sociedad se garantiza su continuidad en el traspaso de un discurso que fundamente su existencia. La producción de subjetividad incluye todos los aspectos que hacen a la construcción social del sujeto, en términos de producción y reproducción ideológica y de articulación con las variables sociales que lo inscriben en un tiempo y un espacio particulares desde el punto de vista de la historia política.

El establecimiento de dicho contrato posibilita la conformación de subjetividad, en la medida en que cada individuo reproduce la razón de ser del grupo social, interioriza sus instituciones y recrea sus enunciados. Por otro lado, posibilita la constitución de la singularidad, en tanto cada sujeto encuentra en el campo social referentes identificatorios, objetos sustitutivos que le permitan el alejamiento de las figuras parentales. Es en lo exterior a la familia que el sujeto busca un signo que le dé derecho de ciudadanía entre sus semejantes. El concepto mismo de contrato remite, desde su definición, a un hecho que hace nacer obligaciones recíprocas entre las partes, implica una contraprestación, un pacto de intercambio.

Hoy necesitamos revisar en clave de época ese contrato que posibilita la producción de subjetividad. La característica de nuestra época es la inexistencia del otro, un otro cuya función fundamental es la de constituirse en un punto de anclaje que permita regular y orientar las experiencias del sujeto. En este sentido, el sujeto hipermoderno está en una situación de desorientación a partir de esta inexistencia, que de alguna manera produce el estar sin brújula”, que determina un tipo de vida caracterizada por la precariedad y por la vulnerabilidad de los lazos sociales. Ese estar sin brújula está condicionado por una pérdida de los puntos de referencia, lo que deja al sujeto a merced del desamparo y la soledad.

El término desamparo apela, más allá de la presencia o ausencia, a la función de aquellos que han de ocuparse de un sujeto, sea este un niño, un adolescente o un adulto. El desamparo subjetivo revela un momento estructural en la constitución del sujeto. Se trata de ese sujeto que, al nacer, para poder vivir y humanizarse requiere del otro, de sus cuidados, de sus respuestas marcadas por un deseo particular a lo que este otro interpreta como demandas, ya que el sujeto en sí mismo no tiene elementos para resolver ni enfrentar solo ese mundo de sensaciones que se le presenta. Es un desamparo primario, condición para que el adulto tenga un lugar y para que un vínculo pueda constituirse. Si bien este estado es estructural, la evolución del sujeto indica que él mismo en relación con el otro va construyendo medios que lo ponen a resguardo de dicho desamparo.

Freud, en distintos momentos de su obra, remite al desamparo o desvalimiento como a un estado en el que el sujeto se encuentra frente a una situación para la que no tiene herramientas de regulación. Se vale del vocablo Hilflosigkeit para designar la referida condición o estadio originario en la constitución subjetiva. El sustantivo Hilfe, que denota “ayuda”, “asistencia” o “auxilio”, forma con el sufijo los el adjetivo hilflos, que en alemán significa “desamparado” o “desvalido”, aquel que no puede ayudarse a sí mismo. El desamparo subjetivo es un estado en el que el sujeto se ve desbordado por una situación que irrumpe y a la que no puede enfrentarse. Cuando hablamos de desamparo subjetivo, lo que está en juego es la ausencia de inscripción del sujeto, es decir, en el desamparo subjetivo tenemos una falta de inscripción en lo simbólico, cuyo resultado es la incapacidad para producir sentido. Esto es lo que convierte a los sistemas de protección en sistemas de riesgo de reproducir el desamparo, ya que suelen tener como operador principal la separación del sujeto de las condiciones de vida que lo han acompañado hasta el momento.

Las situaciones que propician la caída de las identificaciones, el lugar en el que era habitualmente guiado por los ideales, confronta al sujeto con el desborde y obstaculiza la formación del síntoma. Se trata del imperativo ya y sin restricción del consumo de objetos, productos, sustancias e imágenes impuesto por el discurso capitalista mediante los dispositivos de enunciación mediática. Los escenarios epocales están atravesados por tiempos de instantaneidad y actualidad extrema, e instalan la ilusión de acceder a lo real en tiempo real, sin mediación del intervalo, en pos de la promesa de felicidad. Estas transformaciones producen efectos en las subjetividades: emergen nuevas formas del síntoma. Los individuos están a la deriva, en errancia, desorientados, desesperados o anestesiados, buscan soluciones o respuestas inmediatas. Los consumos problemáticos de sustancias psicoactivas, o de cualquier objeto que provoque alivio a la tensión y que no remita a ninguna significación, se inscriben en estas nuevas presentaciones.[1]


  1. Estas consideraciones han sido publicadas en el n.o 4 de la revista Entreveros, en mayo de 2023.


Deja un comentario