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Conclusiones

A lo largo de este trabajo, me he propuesto hacer una sociología de la quiniela que no sea únicamente una sociología del juego, sino también del dinero, de lo simbólico, de la esperanza, de la industria, de la moral y de la vida cotidiana de sus jugadores. Cada capítulo trató de ser una problematización de algunas de estas dimensiones, siempre entrecruzadas y mutuamente referidas, para mostrar, a través de la sencillez de un juego, la complejidad de prácticas aparentemente individuales. En efecto, la quiniela se juega individualmente y, sin embargo, se trata de una institución social, tanto en su contenido cuanto en su forma. Como la plegaria (Mauss, 1970), no existe por fuera del ritual y de los símbolos que la realizan. Lo que llamé una “gramática lúdica” se compone de las ocasiones socialmente pertinentes para jugar, campos colectivamente demarcados como buenos para la generación de pálpitos, junto con las formas de realizar y combinar las apuestas y sus montos. Incluso las maneras aparentemente más originales y personales no dejan de ser variaciones y combinaciones de aquella gramática.

Ahora bien, dicha institución que es la quiniela evidencia el carácter paradójico del juego en nuestras sociedades. Por un lado, desborda la cotidianidad de sus jugadores con una amplia presencia a través de agencias, sorteos, pronósticos y resultados en diarios, programas de radio y televisión, redes sociales, aplicaciones, etc. El juego hace tiempo que ya no es más un asunto de tugurios, sino que tiene visibilidad pública y es parte de una inmensa industria global. Pero, por otro lado, sigue siendo un objeto problemático que requiere de operaciones morales para conjurar el carácter abyecto de su práctica. Ahora bien, el lugar paradójico del juego puede ser un buen develador de la constitución paradójica de las sociedades mismas.

La heterogeneidad del juego, su aspecto inasimilable, se debe fundamentalmente a la relación particular que mantiene con el dinero y que lo convierte en una práctica de lo otro, de aquello que se intenta excluir: lo irracional, el vicio, el crimen, lo patológico. El dinero, en cuanto medida común de los diferentes resultados de la actividad productiva, es la base de la homogeneidad social, de su parte cuantificable, medible y útil (Bataille, 2007). Sin embargo, no es privativo de esa mera función, acaso posterior a su génesis (Mauss, 1971; Théret, 2007 y 2008), sino que aparece en un conjunto de prácticas que, como el juego, lo rebelan contra ella. Objeto económico, político y eminentemente moral, es constantemente trasgredido en sus “funciones”. En este sentido, las apuestas no son una forma marginal y distorsionada de la actividad económica y de los fundamentos sociales, sino que pueden ser emblemáticas de esas formas heterogéneas de la vida social, de sus aspectos aparentemente más ingobernables (y, sin embargo, siempre blanco de gobierno) que, para hablar como Gabriel Tarde, circulan como flujos de creencias y deseos que nutren y desbordan permanentemente las formas homogéneas.

El juego “normal” requiere para su existencia de la exclusión de la compulsividad y de lo que resulta problemático, centrándose en un uso recreativo (e incluso profesional) asimilable a una actividad natural e inherente a lo humano. El lavado moral que realiza el Estado al destinar una parte del dinero recaudado a fines sociales contribuye a esa misma distinción entre el juego legítimo y el ilegítimo. Demarcación que es realizada material y simbólicamente a través de la regulación y resignificación de los circuitos de circulación del dinero, para convertir así estas formas reguladas de juego en actividades socialmente productivas. Estas operaciones son esenciales para el desarrollo de la industria de las apuestas, la cual mantiene una tensión constante entre su homogeneidad y su heterogeneidad: objeto de inversiones, fuentes de empleo y de recaudación, es al mismo tiempo ocasión de una práctica sospechosa, por momentos más o menos vinculada al vicio y al exceso, y nunca enteramente purificada.

Pero el juego existía antes de su legalización y seguramente no podría ser desterrado. La atracción que produce y su aparente universalidad no pueden comprenderse sin ese elemento trasgresor que, en los límites de las posibilidades, apuesta toda estabilidad consolidada y que, por eso mismo, es objeto de restricciones. No es trasgresor por su ilegalidad, que acaso sea circunstancial, sino por la significación que adquieren la productividad y el gasto en nuestras sociedades. Georges Bataille sostenía que la economía es, al fin de cuentas, una cuestión moral:

El trabajo es útil y satisface, el placer, inútil: deja un sentimiento de insatisfacción. Estas consideraciones sitúan la economía en la base de la moral […]. La elección recae, siempre, en cualquier momento, sobre la cuestión vulgar y material: “partiendo de mis recursos actuales ¿debo gastarlos o aumentarlos?” (Bataille, 2002: 59).

Recordar esto es hacer de la economía como ciencia una disciplina bien distinta de lo que se pretende habitualmente. En su base está la política en cuanto campo de tensión que no resuelve más que precaria y momentáneamente un estado de inestabilidad estructural de lo social. La economía del juego lo revela en sus apasionados debates de fines del siglo xix, pero también en su expansión muchas veces silenciosa de fines del xx y principios del xxi. Igualmente lo evidencia cuando a los propios jugadores se les plantea como una cuestión de ética práctica, de cómo se debe actuar en las coyunturas particulares: “¿Apuesto o guardo? ¿Y si justo sale?”.

Pero, para entender este dilema, es preciso salir de los estrechos lentes de la racionalidad instrumental. El juego es aquello que hace circular dinero y sentidos en constantes nuevas composiciones de equivalencia y diferencia. Cada nuevo sorteo permite destruir una igualdad de partida para llegar a una diferenciación que dota de sentido al instante presente. Agarrar un número, siempre esquivo, es un acontecimiento que rompe momentáneamente la estructura cíclica de la vida cotidiana al vincular al apostador con el universo mágico de la suerte, del éxito y de la ganancia, independientemente de la cuantificación de esta última. Los números de la quiniela son símbolos que representan al jugador y lo comunican con un universo proscrito en la modernidad. La continuidad que produce acertar un número es una forma de comunidad holística en la que el jugador se ve envuelto y con la que busca comunicarse: integrar los sucesos y su propia vida en un esquema más coherente, dentro de algún orden, es darle sentido a su propia cotidianidad. Jugar, como una ordalía moderna, es una forma de interrogar dicho sentido y de interrogarse por el lugar que ocupa uno mismo. No de la vida en su conjunto, sino de los pequeños acontecimientos diarios, de los sucesos extraordinarios o triviales, locales o lejanos, personales o públicos, que pueden darle un brillo especial al día que transcurre. La quiniela tiene sin dudas esa virtud, juego medio que le permite a la persona “común” disfrutar de ese pequeño resplandor.

En este sentido, la persistencia de las apuestas en contraposición a las ocasionales ganancias debe verse a la luz de la espera que el juego abre. La quiniela da algo que esperar, lo cual ya es una forma de consumo razonable en sí misma. Pero esto requiere poner en cuestión lo estabilizado. Apostar dinero es una trasgresión al principio de utilidad que implica al mismo tiempo una apuesta de sí. La necesidad de este acto para que el juego “valga” se da en la medida en que con esa ofrenda es uno quien se juega a sí mismo. El dinero ofrecido sacrificialmente –negado en su utilidad– es la condición de que los números elegidos representen simbólicamente al apostador en el universo del sorteo. Lo sagrado requiere de intermediarios: son aquellos símbolos los que vinculan la vida del jugador, su universo cotidiano con la búsqueda de salvación. El juego es así, en su soberana apuesta, una búsqueda material e ideal del sentido que liga todo con todo, de la continuidad entre seres, cosas y símbolos. Experiencia de carácter cosmológico, se manifiesta en el juego una continuidad entre dominios que el punto de vista moderno ha separado: el aquí y el más allá, lo trascendente y lo inmanente, lo natural y lo sobrenatural aparecen en un mismo plano de realidad, en permanente comunicación, para los jugadores (Semán, 2006).

La idea de una ludodicea nos permite dilucidar una demanda de compensación de justicia que sería asequible a través del juego, invirtiendo las virtudes necesarias para el acceso a la ganancia que se presentan como comunes en la vida social (“Los ambiciosos nunca ganan”). Esta justicia se manifiesta en términos de una salvación que es material y simbólica a la vez, en cuanto otorga un acceso inmediato a lo que se entiende como una ganancia monetaria, a la vez que permite vincular la propia existencia a un conjunto más vasto en el que los acontecimientos adquieren sentido. Se trata de un momento epifánico en el que se revela el carácter diferencial del ganador respecto a una igualdad formal de partida dentro del juego. Si la quiniela es particularmente rica en la vida popular es porque otorga la posibilidad de ganar más o menos periódicamente en virtud de cualidades que no son las percibidas como requeridas en el mundo social para obtener un diferencial. La suerte y el empeño en su búsqueda son capitales que pueden ser puestos en juego para acceder a dicha ludodicea, por ser los recursos de que disponen sus jugadores, junto con la razonabilidad de las pequeñas apuestas tomadas aisladamente. Este conjunto de elementos permite desplegar las esperanzas a través del gasto material y simbólico que las pérdidas conllevan. Dicho de otra forma, la esperanza requiere del sacrificio y del gasto, lo cual otorga un instante de soberanía recobrada por el jugador al sustraerse de la utilidad, de la obligación y de las preocupaciones diarias, pero también contiene ya en sí misma un sentido en cuanto supone la espera de algo.

Sin embargo, hablar del carácter trasgresor del juego no implica que al mismo tiempo no haya sido objeto de una política de expansión y de una creciente articulación con la dimensión productiva. El crecimiento de la quiniela no puede verse por fuera de los sorteos que la realizan como juego, es decir, sin las instituciones que la organizan. El crecimiento masivo de la industria lúdica se da de la mano de su monopolio por parte del Estado, tanto en sus variantes y frecuencia, cuanto en la ampliación de las casas de apuestas. Todas estas son formas de racionalizar la esperanza creando rutinas (Giraud, 2007) en las que aquella finalmente se convierte en una espera circular. Y paralelamente, esa inflación de los juegos, al institucionalizar nuevos sorteos y visibilizarlos como práctica legal y legítima, incrementa también los espacios para el juego ilegal. Este actúa en buena medida utilizando los sorteos legales y públicos, de manera que el incremento de estos implica la multiplicación de las apuestas clandestinas y, además, de la cotidianidad de la práctica como un vicio menor. De modo que dicha inflación no es explicable únicamente por el orden de lo lúdico, sino de lo político y de lo económico.

Recapitulemos. El juego incluye un factor central que es el dinero. Este se presenta como relevante desde que se juega porque se apuesta, es decir, porque se sacrifica en la esperanza de resultar ganador, lo cual conlleva también una ganancia económica. A los jugadores no les gusta jugar por jugar, sin nada de por medio. Debe haber riesgo, es decir, la posibilidad de pérdida. Pero el circuito del dinero es más amplio: la circulación que se produce entre las pérdidas de unos jugadores y las ganancias de otros deja un diferencial que pasa por las agencias y por las instituciones que organizan el juego. Estas últimas convierten lo recaudado en dinero público que es girado hacia organismos de asistencia social, de salud, educación, etc. El dinero doméstico puede ser así captado sin ser una relación fiscal estrictamente hablando. De esta forma, si existe una disposición de los jugadores, no es menos cierto que también hay una gubernamentalidad de las fuerzas afectivas que la esperanza conlleva, gubernamentalidad que no es simplemente del orden de los Estados, sino de las prácticas, los discursos y las tácticas de organizaciones, instituciones y profesiones diversas.

Entonces, los procesos de gastos no responden a una pulsión individual, sino a un proceso social que produce y reproduce las condiciones de consumación. Si, por un lado, el exceso es aquello que intenta ser conjurado en nuestras sociedades (bajo el discurso moral o médico), por otro, el juego revela una economía política que es paradigmática de la relación ambivalente que el capitalismo mantiene con él: mayores acumulaciones requieren mayores gastos. Pero lo que es racionalizado es la producción del exceso, no su consumo, el cual, no obstante, promueve. El incremento de la oferta del juego expresa esa contradicción que es resuelta por la expulsión de los elementos irracionales como “juego problemático” o “ludopatía”, figuras que son, sin embargo, productos de dicha expansión. El doble movimiento de, por un lado, la justificación social del juego y sus condiciones morales de posibilidad como fuente de empleos y de recursos legítimos para la asistencia pública y, por el otro, de la tipificación (y construcción) de sujetos que harían un uso ilegítimo, inapropiado o patológico del juego se presentan como la condición de dicha expansión.

Pero, antes que ver en esto simplemente una necesidad fiscal –aunque también lo sea–, se plantea una tensión más estructural. Se trata de la relación que mantiene el capitalismo con el exceso, el cual es promovido y ocultado al mismo tiempo: racionalización de los procesos productivos del exceso y de determinado consumo de este, y delimitación de sus efectos nocivos. La ludopatía, potente paradigma del uso irracional del dinero, es aquello que corrompería la soberanía del consumidor al privarle de la razón y de la voluntad, pero es al mismo tiempo el fundamento de una producción que requiere que el consumo sea profundamente demencial. El exceso no sería entonces una consecuencia no deseada del capitalismo, o aquello que es excluido para que la sociedad pueda funcionar, sino que es consustancial a su propia dinámica actual y se halla en el centro de su proceso de valorización. Las analogías entre las apuestas y las operaciones de bolsa no son novedosas (Weber, 2010; Caillois, 1967), pero el lugar central que ocupan hoy en día las finanzas parece demandar la explicitación de que el crecimiento de ambas actividades fue paralelo. Las dos son, al mismo tiempo, objetos contradictorios que vacilan entre una función formal asignada, el peligro de disolución social y la imagen excitante de la gloria que promueven a nivel subjetivo (Müller, 2006).

Libre por definición, el juego es, sin embargo, organizado para atraer a un cada vez mayor caudal de jugadores y de apuestas. Junto al aspecto de soberanía que implica el gasto libre, no es posible callar el efecto nocivo que la inflación de las ofertas de apuesta trae aparejado. En este sentido, no he buscado hacer una apología floreada de los jugadores frente a una industria malvada, sino indagar la confluencia de condiciones que hacen del juego tanto una práctica social con significación propia, cuanto una forma de extracción prominente en las sociedades contemporáneas. Como cualquier consumo, las significaciones singulares y las apropiaciones que realizan los agentes no invalidan el hecho de que exista un interés en cierta forma de consumo y una política deliberada de extracción.

Sin dudas, estas formulaciones deben ser profundizadas, pero marcan ya un campo problemático que es posible indagar. En este sentido, he querido abordar un objeto que va más allá de sí mismo. Como institución social, tiene una significación propia, como todo objeto sociológico. Pero, en cuanto elemento heterogéneo, puede brindar pistas mayores de la condición de las sociedades modernas en la época contemporánea. La heterología que propuso desarrollar Georges Bataille y que estuvo en la base del Collège de Sociologie (Hollier, 1995) se presenta como una manera de acceder a la sociedad por sus objetos aparentemente más marginales. Ciencia de lo que es otro, de lo excluido, de lo desplazado, ilumina justamente la permanencia de aquello que es comúnmente negado, mostrando que lo sagrado no solo se halla en las iglesias y en los libros, sino en la propia vida cotidiana. En este sentido, como quería Pascal, detrás de la apuesta también puede estar acaso la salvación.



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