Apuestas, moral y trasgresión
Cuando conocí a Adriana en el 2011, ella tenía 43 años y trabajaba como personal de limpieza en una dependencia pública en el partido de San Martín, en el conurbano bonaerense. Divorciada y madre de cinco hijos, eran cuatro los que aún estaban bajo su manutención. Antes de que la conociera, ella solía ir al bingo: “Me llevaba la tarjeta de débito y ¿sabés cómo bajaba con el bingo?”. Aunque había dejado de concurrir aduciendo su prioridad para con sus hijos (“Primero la comida, la ropa, la escuela”, me decía), su gusto por las apuestas no había desaparecido, sino que había encontrado en la quiniela un juego aparentemente más razonable. Pero el dinero jugado no dejaba de serle un problema económico y moral. Ella discurría diariamente entre su trabajo, el cuidado de sus hijos y las apuestas, entre su pasión por los números y el gasto que representaban. Muchas veces iniciaba un diálogo mencionando que no estaba apostando, que lo había dejado cansada de soportar las pérdidas, para enseguida contarme cuál había sido su jugada uno o dos días atrás y vaticinarme, confiada, el número que estaba pronto a salir: “Haceme caso, jugale porque va a explotar”.
Gasto 500 mangos [pesos] por mes. Yo tengo que mantener a mis hijos. No me compro nada para mí… Claro, sí me la gasto en el juego (Adriana, 23/03/2012).
Me llegué a gastar 100 pesos por día… No puedo ser tan turra teniendo cuatro chicos. Estamos a 18 y no tengo un peso. Tengo las tarjetas, pero cualquier urgencia que pasa, necesito… Yo que no me compro ni un calzón… Ahora la más chiquita de 5 tiene una inflamación en la cadera y una infección en la garganta. Hoy, por ejemplo, no jugué a La Primera, jugué a La Matutina. Llega a salir en La Primera y me mato… (Adriana, 18/05/2012).
Los relatos de Adriana marcan de manera dramática una tensión que se halla presente de forma más o menos explícita en la cotidianidad de muchos jugadores de quiniela. Dicha tensión puede formularse en términos de una oposición entre el carácter transgresor e improductivo de los juegos de azar y las obligaciones morales asociadas al cuidado del dinero doméstico y a determinados sentidos productivos, especialmente para quienes tienen hijos o familiares a cargo. Hombres y mujeres pasan cotidianamente por las agencias de lotería para realizar sus jugadas de quiniela, utilizando pequeños montos de dinero que no son percibidos como un gasto oneroso, pero que, sin embargo, mantienen un trasfondo transgresor que requiere muchas veces de justificaciones que lo enmarquen como una práctica aceptable. Dicha tensión se vuelve especialmente evidente en los momentos en que las pérdidas acaecidas se tornan considerables y las apuestas realizadas se hacen sentir en la economía cotidiana. En este sentido, los juegos de apuesta se presentan como un caso paradigmático de cómo las evaluaciones que se hacen del dinero no son escindibles de las dimensiones morales e institucionales de las prácticas y los sentidos que articula (Zelizer, 2011; Wilkis, 2013; Dodd, 2014).
Como en muchos juegos de azar, en la quiniela son los propios jugadores quienes deciden los montos que desean apostar, por lo que no es posible hablar de un precio de mercado ni de uno fijo. Esto podría hacer pensar que, por eso mismo, existiría una gran dispersión en los montos jugados. Sin embargo, se observa una notable homogeneidad en torno a lo que es posible denominar “pequeños” montos. Esto no significa que todos gasten lo mismo, pero las variaciones se dan al nivel de la cantidad de números jugados antes que de las cantidades que se apuesta a cada uno de esos números. Por otra parte, los premios de la quiniela son más bien acotados y son lo que los economistas consideran como un bien con valor esperado negativo, es decir que las pérdidas siempre serán mayores a las ganancias (Garvía, 2009), algo que los propios apostadores no desconocen. Pero incluso cuando llegan, los premios son relativamente bajos y no constituyen un cambio significativo en la vida de los jugadores.
Para comprender las prácticas monetarias en torno a la quiniela, es necesario dar cuenta de las reglas que la organizan y que posibilitan una circulación rápida de sumas más o menos pequeñas de dinero. Si bien estas reglas no son el motor directo de las prácticas, son parte del entramado de dispositivos que las constituyen y las vehiculizan, incluso en el caso de las quinielas ilegales[1]. En otras palabras, si se quiere entender un poco más sobre las cantidades apostadas, se debe prestar atención a las reglas del juego, no solo en el sentido de las normas explícitas que deben conocerse para poder jugar (el cómo se juega), sino también las condiciones implícitas en las que se hace y que dan forma a la actividad: me refiero a la política del juego, en un sentido amplio. Por ejemplo, los horarios de apuestas y sorteos, el emplazamiento geográfico de las agencias y casas de juego, la gratuidad o no del ingreso a ellas, el valor mínimo de las apuestas que puedan realizarse, sobre quiénes y en qué porcentajes recaen las tasas impositivas (si sobre las ganancias de los jugadores, sobre las apuestas o sobre la recaudación bruta de los establecimientos privados) y las facilidades que otorgan las nuevas tecnologías son elementos de importancia para dar cuenta de los públicos a los cuales se hallan dirigidos (y que, al mismo tiempo, ayudan a constituir) y de cómo las prácticas individuales de los jugadores son alimentadas y reactivadas. Así, la forma del consumo no se encuentra en el solipsismo del jugador o en el instante del encuentro entre este y el agenciero o el crupier, puesto que no son independientes de los dispositivos institucionales, comerciales, económicos y técnicos que los hacen posibles y que activan, refuerzan o transforman determinadas disposiciones que se hallaban presentes entre los consumidores o usuarios (Cochoy, 2004; Dubuisson-Quellier, 2009).
Para dar cuenta de esto, es preciso indagar al juego en cuestión en cuanto sistema de reglas que organizan la cotidianidad de los jugadores al tiempo que mantiene expectativas realistas sobre las posibilidades de ganar. Pero también deberá indagarse por el sentido de la propia apuesta, más allá de los montos: ¿hay algo en el acto de apostar, tal como se configura en nuestras sociedades, que genere inevitablemente dilemas morales y tensiones de difícil resolución?
Un juego económico
La quiniela se caracteriza, en primer lugar, por los montos bajos que permite apostar. Durante el trabajo de campo, las apuestas podían realizarse por un mínimo de 50 centavos a cada número y un mínimo de un peso[2] por cada boleta emitida para cualquier sorteo del mismo día, no siendo posible apostar para días posteriores. Estos montos mínimos tienden a hacer pensar en el juego como un gasto menor en relación con otros tipos de juego, tales como el bingo o los juegos de casino en general, donde el establecimiento está diseñado para retener el mayor tiempo posible al jugador y que continúe apostando durante su estadía.
Pero, por otra parte (y esta es una segunda característica), los premios de la quiniela podrían estimarse como relativamente bajos en comparación con otros juegos, y nunca son lo suficientemente cuantiosos como para darle un giro significativo (en términos económicos) a la vida de los ganadores. Como se ve en el cuadro 2.1, por cada peso jugado, hay un premio mínimo de 7 pesos y un máximo de 3.500, dependiendo de que se haya apostado a una sola cifra o a cuatro, respectivamente (por ejemplo, al 5 y al 3.525), en primer lugar de ubicación (a la cabeza). Luego de realizado el sorteo y pasado un tiempo, que va desde los 30 minutos hasta una hora –período que demora la autorización de los pagos vía online–, se puede cobrar el importe en la misma agencia que emitió la apuesta, sin sufrir ninguna retención impositiva ni de otra índole. Esto hace que la extensión del juego[3] (Goffman, 1970) sea relativamente breve, habilitando así la posibilidad de un ingreso casi instantáneo de pequeñas sumas.
Cuadro 2.1. Premios por cada peso apostado a la quiniela
Cifra | A la cabeza | A los 5 | A los 10 | A los 20 |
1 | 7 |
|
| |
2 | 70 | 14 | 7 | 3,5 |
3 | 600 | 120 | 60 | 30 |
4 | 3500 | 700 | 350 | 175 |
Fuente: elaboración propia.
El ritmo del juego, siguiendo a Goffman, es “el número de juegos completados durante una unidad de tiempo” (Goffman, 1970: 139). En este caso, el ritmo de la quiniela es establecido por la cantidad de sorteos diarios y por los horarios de recepción de las apuestas, a partir de las cuales se inicia el período de juego. Estos últimos dependerán en mayor medida de las franjas de atención de cada agencia, pero en principio es posible decir que, tomadas en su conjunto, se podrán realizar jugadas desde la mañana temprano a las 8:00 horas y hasta las 20:45, horario en que el sistema online deja de tomar apuestas para el último sorteo del día.
Cuadro 2.2. Cronograma de sorteos de quiniela en la Ciudad de Buenos Aires y en la Provincia de Buenos Aires
Lotería / día | Lunes | Martes | Miércoles | Jueves | Viernes | Sábado |
LN* | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 15 – 18:30 y 21 h*** |
Buenos Aires | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 15 – 18:30 y 21 h |
Montevideo | 15 y 21 h | 15 y 21 h | 15 y 21 h | 15 y 21 h | 15 y 21 h | 21 h |
Mendoza | —- | —- | —- | —- | —- | 21 h |
Santa Fe** | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 14 – 17:30 y 21 h | 11:30 – 15 y 21 h |
Córdoba | —- | —- | 21 h | —- |
| —- |
Santiago del Estero | —- | —- | —- | —- | 21 h | —- |
* Actualmente Lotería de la Ciudad. / *** El sorteo de las 18:30 horas fue agregado a partir del 14 de septiembre de 2013.
Fuente: elaboración propia.
El cuadro 2.2 muestra la pluralidad de horarios y de sorteos en los que es posible jugar en el ámbito de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires . En dichos días y horarios, desde cualquier agencia de ambas jurisdicciones, pueden realizarse apuestas para el sorteo realizado por el iplc, la antigua LN, la Lotería de Montevideo o cualquiera de las instituciones provinciales que se observan, en virtud de los convenios que mantienen entre sí. La relevancia de estos datos, y particularmente de la frecuencia del juego, viene dada porque organiza la cotidianidad de los jugadores, los cuales llegan a incorporar los horarios como marcos temporales sobre los cuales trascurre su día. En este sentido, los sorteos de La Primera, La Matutina, La Vespertina y La Nocturna funcionan como horizontes temporales objetivados e institucionalizados a partir de los cuales se divide el día del jugador, entrecruzándose y superponiéndose con otros tiempos, como, por ejemplo, los laborales. Gran cantidad de jugadores organizan su rutina cotidiana en torno al paso por una o varias agencias de quiniela y en función de dichos horarios.
Lo que muestra este juego (a través de la expansión que fue comentada en el capítulo anterior) es la progresiva disolución de la frontera que separaba al tiempo libre del trabajo. Por un lado, a partir de la extensión de los dispositivos tecnológicos que permiten estar conectados las 24 horas, del desarrollo de la lógica emprendedurista y de la mayor presión para administrar los propios horarios, el trabajo ha ido colonizando tiempos y espacios que antes estaban reservados al hogar y al ocio. Pero, por otro lado, el tiempo libre no desaparece, sino que cada vez más se intercala de manera intersticial en la vida productiva a través de los mismos mecanismos que extienden el trabajo. Especialmente quienes son trabajadores por cuenta propia trabajan muy próximos a las agencias (lo cual es bastante sencillo, debido a la extensión geográfica de estas) o simplemente tienen cierta flexibilidad para abandonar sus puestos (comerciantes o empleados de comercio, barrenderos, taxistas, etc.) y pueden hacer algunas pausas al día para realizar sus apuestas sin que implique una contraposición a su trabajo. Incluso cuando no les es posible acercarse a una agencia, pueden utilizar el recurso de llamar por teléfono o enviarle un mensaje de WhatsApp para dejar asentada su jugada, si es que son clientes habituales.
En términos generales, la cantidad de sorteos (los cuales se fueron incrementando durante los últimos años), los bajos montos que al menos formalmente es posible apostar y la amplia red de agencias de Lotería permiten que se trate de un juego de muy fácil acceso y que el jugador tenga siempre presente un próximo horario de jugada. No son pocas las personas que ingresan varias veces al día en las agencias para revisar los resultados y apostar al sorteo siguiente, y, de hecho, es justamente esa presencia casi permanente del juego la que moviliza un flujo diario de esperanzas y de apuestas, insertándolo como una práctica constante en las economías domésticas.
Cuadro 2.3. Distribución de boletas jugadas y promedio de dinero apostado por sorteo (N = 500 boletas). Agencia El Veintidós
Sorteo | Boletas jugadas | % | Promedio apostado por boleta ($) |
La primera | 68 | 13,60 % | 8,59 |
Matutina | 121 | 24,20 % | 9,71 |
Montevideo Matutina | 50 | 10,00 % | 4,48 |
Vespertina | 72 | 14,40 % | 9,68 |
Nocturna | 132 | 26,40 % | 11,46 |
Montevideo Nocturna | 57 | 11,40 % | 4,02 |
Total | 500 | 100,00 % | 7,99 |
Fuente: elaboración propia.
Como se puede observar en el cuadro 2.3, a partir de una muestra de 500 boletas jugadas en El Veintidós, se registró una mayor concentración de estas para los sorteos de la Matutina (14 horas) y de la Nocturna (21 horas), representando un 24,2 % y 26,4 % respectivamente sobre el total. Aunque esta muestra es válida para una agencia en particular, ubicada en un barrio residencial y de escasa circulación durante ciertos horarios (especialmente durante las primeras horas de la tarde), el incremento para dichos horarios se vincula con la mayor disponibilidad de personas para poder jugar, ya sea durante el horario del almuerzo hacia el mediodía o de retorno hacia el hogar al anochecer, lo cual he podido corroborar también en el caso de La Quince a través de la observación directa.
Pero sería erróneo hacer de la quiniela una mera contraposición al trabajo. Si es cierto que supone un pequeño paréntesis de este, su pasión no reside –o al menos no únicamente– en la negación de este. Esto se ve en la rutina metódica que hacen del juego personas ya jubiladas, para quienes las apuestas funcionan como pequeños parámetros temporales que reemplazan al menos en parte los quehaceres que involucraba el trabajo y las obligaciones domésticas (Serfaty-Garzon, 2010). En este sentido, el juego parece contraponerse antes al hastío y a la monotonía que a las labores productivas. Se combina así el carácter disyuntivo que da la imprevisibilidad de un juego de azar (y, en este sentido, se trata de un productor de acontecimientos) con el carácter conjuntivo de la rutina que ofrece el calendario preciso de sus sorteos, los cuales constituyen pequeños marcos de espera a través de los cuales transcurre el día[4]. De esta forma, el juego goza de una “dinámica inmutable” (Martignoni, 1997), en tanto, a pesar de la repetición del jugador y de la estructura cíclica de la quiniela, cada jugada abre un nuevo espacio de posibilidad y suspende el tiempo social al poner entre paréntesis el transcurrir ordinario del jugador.
Un dinero sin contabilizar
Salvarse, término frecuentemente utilizado por los apostadores de los más diversos juegos, en un sentido amplio, implica en su imaginario no tener que volver a preocuparse nunca más por el dinero, pudiendo dar un giro significativo a la propia vida, como si se tratase de un nuevo comienzo. Sin embargo, la quiniela tiene la particularidad de que sus montos pequeños pueden ser muy estimados, no para salvar la vida, sino para salvar el mes, la semana o incluso el día, lo cual supone horizontes muy cortos de salvación, de utilización del dinero y de previsión, a diferencia de los juegos millonarios. Estos últimos son jugados sin tanta expectativa inmediata, en términos de un posible lejano, con una esperanza más bien vaga (aunque siempre latente) sobre la posibilidad de obtener un premio “grande” en algún momento de su carrera, o bien como un acto de desesperación frente a alguna adversidad o situación particular, en el que el juego se presenta como una solución radical financiera en el corto plazo.
Pero, por fuera de estas situaciones, la quiniela mantiene una expectativa más vívida y a la vez más realista en torno a las posibilidades de ganar (dadas las probabilidades objetivas de acertar algún número, pero asentadas no sobre el cálculo explícito, sino sobre la propia experiencia de hacerlo más o menos periódicamente) y al posible uso de las ganancias en el mismo día o en un plazo acotado, lo que, a su vez, tiende a comprometer con mayor entusiasmo a los jugadores y, en último término, contribuye a la multiplicación de las apuestas. Se produce así una tensión entre el juego en el largo plazo y las pequeñas sumas que se van apostando en el corto plazo, donde, a los ojos de los jugadores, la posibilidad de ganar se presenta de manera más vívida, y donde las apuestas se basan en la inversión de un dinero que es tenido por fútil, pero que, sin embargo, tiende a diluir, como por goteo, una porción mucho mayor durante las carreras de aquellos.
La lógica de la quiniela aparenta ser así la de un juego inocuo con el que nadie se salva, pero con el que nadie tampoco gasta demasiado. Sin embargo, resulta ser más oneroso en términos totales que los juegos que ofrecen cifras millonarias. En el caso de los juegos poceados, como el Quini 6 y el Loto, donde los premios se hallan en función de la venta de billetes para cada sorteo, los “pozos” pueden llegar a las ocho cifras, dado que, de no haber ganadores, los premios se acumulan (los “pozos vacantes”) para el sorteo siguiente. Pero, a diferencia de la quiniela, estos juegos se sortean una o dos veces por semana, y, a pesar de que también existe una gran oferta, su público apenas juega algunas combinaciones de números cada vez. Muchos jugadores de quiniela también lo juegan, así como también hay jugadores que solo se interesan por los juegos poceados. Por otra parte, estos últimos tienen una apuesta fija (de 5 o 7 pesos durante el trabajo de campo, tras el cual se han ido incrementando hasta los 70 y 90 en sus versiones básicas), lo que les otorga un marco de referencia más nítido para el cálculo de las operaciones: siendo fijos sus precios y la posibilidad de acertar tan bajas, optan por jugar uno o dos billetes de estos juegos, generalmente de forma ritualizada a los mismos números. Pero, en cualquier caso, el nivel de comercialización de estos juegos es menor que el de la quiniela, a pesar de que este parece ser un juego que promete menos en términos monetarios.
Aunque en la quiniela se podían apostar 50 o 100 pesos a un número de cuatro cifras como forma de incrementar la posible ganancia (cuadro 2.1), eran muy raras excepciones quienes apostaban montos (en ese entonces) altos a un número, y mucho más quienes apostaban dichas nominaciones a uno de cuatro cifras. Aunque no se trata meramente de un cálculo estratégico, sino que generalmente se establece una confianza particular con un número (un pálpito, como ya comentaré), apostar también implica un saber hacer que vuelve desatinada una apuesta tal a los ojos de los jugadores. Es muy difícil obtener un acierto de esa índole, por lo que generalmente se realizaban apuestas bajas y a una mayor cantidad de números de dos cifras, como se observa en el cuadro 2.4. Más extraordinario aún resultaba que alguien apostara a una sola cifra, a pesar de que, en términos de probabilidades, no deja de ser una buena opción si es que se incrementa el dinero apostado. Sucede que también era inusual que alguien jugara a tres o cuatro cifras y no bajase el número hasta llegar al ambo, es decir, a las dos últimas cifras de este. Por ejemplo, si jugando al 1322 no jugara también al 322 y al 22. Con lo cual un número podía descomponerse y tener más de una apuesta, terminando casi siempre en las dos cifras.
Pero, si bien cada boleta puede emitirse con hasta ocho números y las apuestas podían realizarse por hasta 100 pesos cada número, nada impedía que un jugador apostase tantas veces y a tantos números como deseara por las cantidades que prefiriera. De esta forma, muchos salían de la agencia con varias boletas correspondientes a uno o a varios de los sorteos del día, aunque, como dije, era muy inusual que se concentrara una apuesta de 100 pesos en un solo número. La distancia entre las estrategias con mejores probabilidades objetivas y la apuesta real debe enmarcarse en la significación que tienen los números que van del 00 al 99[5], mientras que los de una sola cifra no cuentan con significado propio. Pero, además, apostar a una única cifra implicaría aumentar la apuesta para volverla redituable, lo que, a su vez, achicaría la posibilidad de apostar a otros números que también desean jugarse. De una muestra de 500 boletas jugadas, el monto más alto apostado fue de 40 pesos, pero a un número de dos cifras ubicado entre el puesto 2 y el 20 del sorteo[6]. El siguiente más alto fue a uno de dos cifras por 20 pesos a la cabeza (en primer lugar de ubicación), lo que equivaldría a un premio de 1400 pesos. Sin embargo, el promedio jugado por número fue de apenas 1,27 pesos.
Cuadro 2.4. Cantidad de números y apuestas realizadas según dígitos
Números | Cantidad de números apostados | Cantidad de apuestas | |
Valores absolutos | % | ||
Un dígito | 0 | 0 | 0 % |
Dos dígitos | 94 | 1249 | 59 % |
Tres dígitos | 236 | 823 | 39 % |
Cuatro dígitos | 32 | 55 | 3 % |
Totales | 362 | 2127 | 100 % |
Fuente: elaboración propia con base en una muestra de 500 boletas pertenecientes a 82 jugadores de El Veintidós.
A su vez, como mencioné anteriormente, la probabilidad de obtener un acierto a las dos cifras es lo suficientemente elevada como para que cualquiera que juegue en forma constante obtenga un premio en un lapso de tiempo más o menos acotado, al menos en relación con lo que son las loterías tradicionales o los juegos poceados. Esto posibilita que cada jugador habitual realice la experiencia de ganar dinero periódicamente. Por otra parte, la sociabilidad que se genera dentro y fuera de la agencia entre jugadores permite la circulación del conocimiento de personas que han sido ganadoras, reforzando así la creencia en el juego y la esperanza de obtener la recompensa correspondiente.
Justamente, el hecho combinado de que las apuestas puedan ser montos pequeños y que pueda experimentarse periódicamente alguna ganancia, por exigua que esta sea, es lo que hizo de la quiniela un juego tan popular (Cecchi, 2012). Pero, a la vez, es este hecho lo que la vuelve suficientemente atractiva como para que un jugador pierda la noción del dinero gastado. La cuestión del registro y de la contabilidad doméstica (escrita o no), como señala Florence Weber (2009), parece ser de importancia para dar cuenta de las diferentes escenas sociales y de los razonamientos prácticos a ellas asociados que realizan los jugadores. En este sentido, la casi total ausencia de registros semanales o mensuales por parte de estos contribuye a que mantengan su horizonte, a lo sumo, dentro de los cálculos diarios, subestimando así las cifras que gastan en el corto plazo en contraposición a lo que esperan obtener. Hacer apuestas de 50 centavos, 1 o 2 pesos –si bien es cierto que es una medida muy relativa– les parecía poca cosa en relación con los premios esperados: “Y capaz que perdés siempre, viste, pero no te duele jugar un peso, dos pesos y después cobrás ochenta o trescientos, ¿entendés? Es distinto”, me relataba un artesano que diariamente concurría a La Quince.
Por otra parte, a diferencia de los juegos poceados, sus premios no tienen ninguna retención impositiva, y el ganador recibe la totalidad del monto tal cual se indica en la tabla de premios de mano del agenciero, sin realizar ningún tipo de trámite ni debiendo acudir a la institución organizadora[7]. Así, la percepción del valor escaso del efectivo apostado, sumado a la expectativa multiplicadora del juego, casi como una suerte de inversión, alentaba a que se percibiera como una actividad inocua, en principio sin grandes connotaciones económicas para la vida diaria, a pesar de que no se desconociera el hecho de que se podía perder durante algún tiempo. En este sentido, no era percibido como un gasto suntuoso, sino más bien como una erogación razonable de pequeñas sumas a cambio de las cuales podía conseguirse un poco de diversión y de dinero.
Pero, al minimizar esos montos, se incrementaban al mismo tiempo los números que apostar: la “liviandad” de la apuesta se diluía en el entusiasmo que otros números suscitaban. El jugador de quiniela siempre tiene un número extra para jugar, siempre existe alguno más que podría ser apostado. Basta un comentario, un pronóstico, un suceso inesperado o un pálpito de último minuto para que surja la posibilidad de que el destino esté detrás de un nuevo número al que también debe dársele una oportunidad:
Jugadora: [Luego de apostar varios números] ¿Qué va a salir hoy?
Miguel: Y… yo estoy siguiendo el 18.
Jugadora: Y bueno, ponele un peso al 18. Total, un peso más, un peso menos… Ah, y al 52 [diálogo entre una comerciante y Miguel, empleado de La Quince].
Así también, muchas veces se redondea la apuesta, por ejemplo, si, habiendo llegado a los 19 pesos, se agrega un número para alcanzar los 20 o, escuchando un relato ocasional u observando el auspicio de un cartel en la agencia, se decide sumar una nueva jugada. La promesa que puede encerrar un número habilita a que se apueste una nueva pequeña suma, quizá insignificante si se considera en forma aislada.
Al mismo tiempo, hay una dilución de esas pequeñas apuestas en la estructura temporal de la quiniela, dado que en muchos casos estas no se realizan en un mismo momento para todo el día, sino que se distribuyen a lo largo de distintos horarios, por lo que el jugador ve circular montos más pequeños de los que implicaría el balance total diario. Sin llevar un control estricto, este generalmente resulta ser algo más considerado de lo que hubiera sospechado en un primer momento el apostador.
Miguel, uno de los empleados de Sandra en La Quince, revisaba la pila de boletas que le había entregado una joven para que revisara si tenían premio. Cuando terminó, luego de indicarle la inexistencia de beneficios, le dijo a modo de chanza que ahora debería sumar los importes de todas las boletas y apostar al número que le diera por resultado. La idea pareció entusiasmar a la jugadora, así que yo mismo me ofrecí para realizar la suma. Dio un total de $209,50. Cuando le dije el resultado a la clienta, preguntó sorprendida: “¿Cuánto? ¡No puede ser! Yo creía que eran todas de dos pesos… nunca me puse a calcular”. Estaba sorprendida de que hubiera sumado tanto, pero, sin mostrar enfado ni indignación, sino más bien cierta euforia. Había muchas boletas de 2 y 4 pesos, pero también había de 16 y de 10. Evidentemente, no se detenía a calcular las sumas destinadas a la quiniela, pero le había gustado la idea de jugar al número del monto que gastaba. Estuvo a punto de sacar las boletas que había jugado un momento antes de controlar esas para ver cuánto había gastado y así jugar un nuevo número. Yo le dije en tono de broma “No, mejor no las mires”, para que no se amargase. Nos reímos (nota de campo, 7/07/2011, Escobar).
Cuadro 2.5. Cantidad de boletas apostadas según montos.
Agencia El Veintidós
Montos en $ | Frecuencia | % | % Acum. |
Entre 1 y 5 | 206 | 41,2 % | 41,2 % |
> 5 y hasta 10 | 160 | 32,0 % | 73,2 % |
> 10 y hasta 15 | 62 | 12,4 % | 85,6 % |
> 15 y hasta 20 | 42 | 8,4 % | 94,0 % |
> 20 y hasta 25 | 9 | 1,8 % | 95,8 % |
> 25 y hasta 30 | 8 | 1,6 % | 97,4 % |
> 30 | 13 | 2,6 % | 100,0 % |
Total | 500 | 100,0 % |
|
Fuente: elaboración propia con base en una muestra de 500 boletas.
Las boletas se multiplicaban así por montos que variaban generalmente entre 1 y 10 pesos (el 73 % de la muestra, como se desprende del cuadro 2.5), que a su vez se reproducían en varios sorteos diarios, y eran muy pocos quienes llevaban un registro metódico de las pérdidas mientras estas se sucedían. A lo sumo, se realizaba una anotación de lo que se habría de gastar en una jugada, escribiendo en un papel los números que deseaban jugarse y sus montos, con la respectiva sumatoria del total, el cual era entregado al agenciero para que realizara las apuestas. Frente a estos registros, que eran los menos frecuentes, se encontraban quienes solo escribían los números y los montos de las apuestas, sin calcular el costo total. En este caso, la anotación tenía como objeto que quien tomase la apuesta pudiera leer directamente los números, evitando olvidos o equivocaciones. Sin embargo, la mayoría de los jugadores llevaban sus jugadas de memoria o las determinaban in situ al momento de jugar, y no fue casi posible observar un registro del dinero que circulaba desde la economía doméstica hacia la quiniela. Apenas se expresaba una vaga idea de un monto aproximado, subvalorándolo y reduciéndolo a los parámetros que consideraban razonables.
Justamente era el carácter razonable de las apuestas tomadas aisladamente el que se esgrimía y el que parecía ajustarse a la práctica cotidiana del juego. No había un cálculo consciente de lo que se apostaba, sino que parecía actuar más la percepción de un dinero “menor” antes que una contabilidad total de él. Solo al evidenciarse que este ya no alcanzaba a cubrir los gastos corrientes, se vislumbraba que había habido pérdidas cuantiosas. Frente a esto, algunos optaban no por reducir sus apuestas, sino por ponerse reglas de juego que implicaran una mayor restricción, como jugar únicamente a la lotería de Montevideo, cuyos sorteos tienen lugar solo dos veces por día. Pero, por fuera de estos contados casos, la gran mayoría de las apuestas seguía concentrándose en los sorteos de la LN y el IPLC.
Cuadro 2.6. Cantidades de números apostados sobre 500 boletas jugadas, según sorteo y Lotería. Agencia El Veintidós
Lotería* | Sorteo | Total | ||||||||
La Primera | Matutina | Vespertina | Nocturna | |||||||
| Cant. | % | Cant. | % | Cant. | % | Cant. | % | |||
Provincia de Bs. As. | 29 | 10,5 % | 61 | 8,16 % | 81 | 25,71 % | 60 | 7,60 % | 231 | 10,86 % |
Nacional | 0 | 0,0 % | 2 | 0,27 % | 2 | 0,63 % | 6 | 0,76 % | 10 | 0,47 % |
Montevideo | 0 | 0,0 % | 219 | 29,28 % | 0 | 0,00 % | 225 | 28,52 % | 444 | 20,87 % |
Nacional y Provincia de Bs. As. | 246 | 89,5 % | 466 | 62,30 % | 232 | 73,65 % | 396 | 50,19 % | 1340 | 63,00 % |
Otras jurisdicciones provinciales | 0 | 0,0 % | 0 | 0,00 % | 0 | 0,00 % | 4 | 0,51 % | 4 | 0,19 % |
Nacional, Provincia de Bs. As. y otras jurisdicciones provinciales | 0 | 0,0 % | 0 | 0,00 % | 0 | 0,00 % | 98 | 12,42 % | 98 | 4,61 % |
Total | 275 | 100 % | 748 | 100 % | 315 | 100 % | 789 | 100 % | 2127 | 100 % |
* Las loterías de otras jurisdicciones que se ofrecen en la Provincia de Buenos Aires se sortean solo en el horario nocturno. Por su parte, la de Montevideo solamente sortea en los horarios matutino y nocturno.
Fuente: elaboración propia.
Pero la casi nula contabilización del dinero gastado no excluye que existiera una noción (imprecisa, por cierto) de las pérdidas que se tenían globalmente. Aunque los jugadores desconocían los montos exactos de las apuestas a lo largo de una cantidad de tiempo, por ejemplo en un mes (desconocimiento que es condición para seguir apostando), sabían que en términos económicos no eran un buen negocio y que las ganancias no llegaban a cubrir las pérdidas ocasionadas. Este conocimiento se expresa en la utilización muy extendida de una sentencia que reza “De enero a enero la plata es del banquero”, en alusión al organizador o financista del juego. Lo que esto revela es que las pérdidas conviven en una trama de ingresos y de gastos junto a los cuales se van midiendo y priorizando las apuestas, en función de las necesidades cotidianas y de las obligaciones morales en las que se inscribe la utilización del dinero. Ahora bien, esto no significa necesariamente que se dejase de sacrificar recursos en el juego para destinarlos a otros bienes y servicios más “legítimos” o prioritarios, sino que, como en el caso de Adriana, existía la conciencia de esta contraposición, a veces como dilema, sin que pudiera resolverse en una ecuación simplificada.
Dicha tensión requiere acomodos que tiendan a acentuar el carácter inocuo de los montos de las apuestas frente a una cotidianidad de privaciones o de ausencia de otras diversiones. Jorge trabajaba durante la noche en la recepción de un albergue transitorio, en el partido de Merlo, Provincia de Buenos Aires. Oriundo de la provincia de Salta, tenía 58 años cuando lo conocí y vivía en Buenos Aires desde los 19, edad en la que había llegado junto con un amigo en busca de trabajo. Había empezado a jugar a la lotería de manera colectiva con un grupo de compañeros del bar en el que había trabajado a su llegada, para luego seguir apostando de forma individual a la quiniela.
Más bien uno juega por… cómo se llama… algo tener, algo jugás… O sea, no juego a otra cosa, no tengo otro vicio, no fumo, no voy a jugar, así, al bingo, no me gustan los caballos. No, lo único que puedo jugar es la quiniela, esas cosas, loterías. Sí, y fin de año lotería. Un billetito entre compañeros y, si no quieren ellos, juego yo a veces… y bueno. Más bien pruebo siempre en Navidad. Después Año Nuevo, Reyes, ya no dan como bolilla… pero siempre la grande es de Navidad. Entonces es la que trato siempre de jugar algún número.
Lo único que podía jugar era la quiniela y la lotería. Se expresa así la dimensión más popular, menos grandilocuente, sin tantas luces, más oculta y aparentemente personal del juego de la quiniela. Juego menor, se justifica por la ausencia de otros “vicios”, quedando como la única actividad que se permite a sí mismo. Como el tabaco (Derrida, 1995), es ese don puro y de lujo que se brinda el jugador, tras el cual puede no quedar nada.
Pablo: ¿Pero usted juega a la quiniela porque hay menos posibilidades de ganar en la lotería?
Jorge: No, no, en la quiniela, no, eso no… eso es digamos, para el momento, uno apuesta por jugar, y no se va a salvar nunca, con eso no.
P: No, por eso digo…
J: Tendría que apostar mucho…
P: Usted prefiere la quiniela, pero ¿por qué? ¿Porque hay más posibilidades de que salga [ganador]? Porque en realidad no hay tanta diferencia [con los juegos poceados], o sea, hay diferencia, pero diez pesos tampoco es tanto.
J: Claro, claro.
P: En relación al premio.
J: Sí, si… No, no. Lo que pasa que, como eso es todos los días, se juega todos los días, entonces es como que uno, bueno, voy, me gusta un año, sí, voy a jugar a esto. Por ejemplo, mi hijo cumplió ayer 17 años. Y bueno, jugué al 17 ayer. Hoy ya no jugué a nada. Ayer sí jugué porque era el día [del cumpleaños].
Preso de mis propios esquemas de pensamiento, intentaba razonar lógicamente las preferencias de un juego que parecía no otorgar ningún beneficio sustancial, frente a lo que me encontré con la lógica de una práctica que esconde todo el entramado institucional de las reglas que la rigen y los sentidos que permite conjugar: siendo un juego que está disponible todos los días, cuenta con un sistema de referencias temporales y simbólicas precisas que permiten que cualquiera pueda jugar en función de sucesos cotidianos, algo que los juegos que se sortean una o dos veces por semana no poseen. Al mismo tiempo, habilita una economía de lo cotidiano ( Lazuech, 2012) –del financiamiento para hoy– a lo que parece ser un bajo costo, dándosele un uso muy rápido a lo obtenido con la esperanza de volver a ganar. Uso que depende siempre de la economía del jugador, de sus necesidades y obligaciones diarias.
Los usos de la ganancia
Hernán –o el “Canario”, como lo apodan– tenía 52 años cuando lo conocí y era jugador desde los 20, primero en su provincia natal, Santa Fe, y luego en Buenos Aires. Cliente diario de La Quince, trabajaba como personal de mantenimiento en un club deportivo que distaba a dos cuadras de la agencia, a la que se acercaba en su bicicleta dos o tres veces al día durante su horario laboral. En realidad, “se hacía escapadas”, aprovechando la ausencia de labores concretas o alguna diligencia que le hubieran encomendado. A pesar de ser un hombre parlanchín y de buen genio, trataba de no demorarse demasiado por temor a que alguno de los directivos del club donde era empleado notase su ausencia. Además, trabajaba por su cuenta realizando arreglos en jardines y piletas, así como labores de pintura, de donde obtenía un ingreso adicional. Al llegar a la agencia, dejaba rápidamente la bicicleta en la vereda y entraba silbando cual canario (de ahí su apodo), saludaba de manera general a quienes se encontraban atendiendo y se dirigía hacia una de las dos repisas dispuestas para el público, donde había un bolígrafo y papeles para que los jugadores pudiesen anotar sus apuestas. Luego de una revisión de los números que habían resultado ganadores en los últimos días, exhibidos en una cartelera tras el mostrador y en otra junto a las repisas, anotaba sus números y realizaba las apuestas. Canario me relató así su trayectoria en el juego:
Canario: Yo vengo de Santa Fe. Y bueno, y una vez gané con el 174, me acuerdo que era mucha plata. Y… las tres cifras. Y… después que me vine para acá, siempre jugué. Hace quince [calculando], dieciséis años que estoy acá. Siempre jugué y bueno… no en esta digo, ¿eh? Yo tenía una agencia ahí, favorita, que jugué. Once años trabajé en la fosforera en León Suárez y once años jugué en la misma agencia.
P: Ah, ¿en Suárez?
C: En Suárez y después en de otro chico, que son dos hermanos, en Villa Ballester. […]. Tenía esa agencia y la de José León Suárez, la que está… en la avenida Márquez, en la esquina. Ahí jugué siempre… y ganaba. Ahí ganaba. Ahí agarraba seguido, cada cuatro días, cada dos días, en la semana siempre ganaba. Tres cifras y dos cifras, siempre.
P: En general, ¿en qué lo usabas?
C: Lo usaba en… como estaba solo en aquel entonces, lo usaba en vestirme bien, mis buenas zapatillas, salía con mi novia, la invitaba, comía bien, eh… No me faltaba nada, gracias a Dios. Hasta que vine acá a Escobar y acá en Escobar hace ocho años que estoy. Bueno, formé pareja con mi señora, tengo mi nene y bueno, o sea, que a veces cuando gano lo invierto en lo que… en pagar cuentas, digamos. Por ejemplo, fui a Garbarino el otro día, con mi documento tenía, no tenía tarjeta yo, tenía mi señora, ¿viste?, y le entregué a la chica, le digo [reproduce el diálogo]: “Quiero sacar la tarjeta de acá de Garbarino, ¿qué tengo que traer?”. “Recibo de sueldo, documento y un servicio”, me contesta. “Servicio no tengo”, le digo, “tengo el documento y el recibo de sueldo”. Lo chequea ahí en la computadora… “Esto guárdelo”, me dice. “Espere un momentito”. Espero un momentito con el documento que estaba chequeando ella. Me dice: “Señor, usted tiene disponible 10.000 pesos para gastar. Con el documento solamente usted puede sacar un valor de diez mil pesos, así que ya puede elegir lo que usted quiera”. Y bueno, me llevé un televisor de 29 pulgadas, una estufa que me hacía falta de 5.500 calorías, una cocina le regalé a mi señora y la campana. 7.000 pesos gasté. Y me quedaron 3.000 a mi favor. Así que… por eso te digo, que lo que gano, por ejemplo gano 1.200, voy y achico la cuenta. Me adelanto. Tengo para pagar del 1 al 10 de mayo y, cuando gano así, voy y pago.
De esta forma, Hernán relató los usos del dinero en distintos momentos de su trayectoria como jugador. Primero soltero, utilizaba las ganancias para sus necesidades personales y gustos. Luego, en pareja y con un hijo, destinaba ese dinero para el pago de deudas. La quiniela se presentaba para él como una forma más (además del trabajo estable y de las labores extras) de financiar su economía doméstica, como un reaseguro frente a las obligaciones monetarias. Aunque una distinción tan tajante resulta simplificadora y alberga una diversidad de grises intermedios, por otro lado ilustra bien la transformación, no simplemente del lugar de la quiniela, sino de toda una serie de prácticas y sentidos económicos en los que ella se inscribe. Como en otros casos (Figueiro, 2020), las etapas vitales por las que transcurren las trayectorias personales son importantes para enmarcar los usos del dinero, en la medida en que este se encuentra en cada momento enraizado en relaciones sociales que involucran distintas obligaciones, derechos, aspiraciones y prioridades. De esta forma, los usos del dinero no están previamente delimitados por sentidos que preexistan, sino que estos se construyen relacionalmente en las tramas sociales y personales en las que aquel se inserta y que ayuda a demarcar y a vincular. En el caso de Hernán, el dinero de la quiniela se presentaba como una forma de ingreso más para hacer frente a los compromisos que asumía, casi siempre vinculados al bienestar familiar. Si bien no era un dinero con el que se pudiese contar de antemano, no dejaba de ser una fuente que periódicamente permitía morigerar sus obligaciones:
A veces te digo “No gano nada en todo el mes”, ¿eh? [risas]. Ni para los caramelos, ¿viste? Y bueno, cuando saco algo, ya te digo, lo cubro en la primera cuenta pesada que tengo. Así, con los ojos cerrados, voy y pago, voy saldando las cuentas.
Dos meses después de nuestra entrevista, Hernán acertó cuatro cifras de un número que venía siguiendo con empeño desde antes de la Pascua: el 3333 –el 33 es el Cristo en la simbología de jugadores–. Pero él también iba bajando el número, por lo que además obtuvo un premio por las tres cifras. Fue un sábado, pero solo se enteró el lunes al hablar con el empleado de la agencia, dado que el domingo permanecen cerradas. El jueves siguiente, Miguel, el empleado de La Quince, le refirió el hecho y le preguntó: “¿Y qué se siente [haber ganado]?”. Hernán empezó a relatar que el domingo no había podido conciliar el sueño pensando en las cuentas que tenía que pagar: “Cuentas, la tarjeta, Garbarino, abogado… ¿cómo voy a hacer? Pensaba. Y me soñé contando plata”. El relato lo hizo con cierto dramatismo y en un tono que intentaba expresar la angustia de aquella noche. Como contextualizando su preocupación, aclaró que a él no le gusta tener deudas, sino ir con el dinero contante y sonante y pagarlas. Luego cambió el registro a un tono mucho más relajado, de serenidad: “Ahora tengo la plata separadita para la tarjeta, para Garbarino… Después dormí toda la semana como un chanchito. Eso se siente: paz”.
El dinero ganado en la quiniela, si bien no implica un cambio en la vida de las personas, puede representar un respiro para la economía doméstica mensual e incluso diaria. Aunque se ha resaltado el carácter particularmente superfluo del gasto del dinero proveniente del juego (Weber, 2009), esto no siempre es el caso para la quiniela. La variedad de usos de este iba desde el seguir jugando y la compra de regalos para sí o para terceros, hasta el aprovisionamiento diario para el hogar y el pago de deudas. Esto dependía, más que de su origen “profano”, de las urgencias que tuviera el jugador y del monto ganado. Por lo general, uno “pequeño” (por ejemplo, de 35 o 70 pesos) era vuelto a jugar con la esperanza de obtener uno mayor (300 o 600 pesos), el cual sí sería utilizado en usos más variados. Pero, incluso en el primer caso, podía destinarse a la compra de aprovisionamientos, gastos inesperados e incluso en inversión productiva.
Por ejemplo, algunos feriantes que se encontraban próximos a la agencia La Quince, en Escobar, utilizaban parte de lo ganado para comprar materiales para las artesanías que producían. El Pelado y Oliver pasaban apenas los 40 años. El primero era argentino, mientras que el segundo era oriundo de la República Cooperativa de Guyana, y ambos vendían sus artesanías en la feria al aire libre que se encontraba en diagonal a la agencia. Esta cercanía les permitía acercarse con frecuencia al local para realizar apuestas o, llegado el horario de los sorteos, simplemente para revisar a través de la vidriera los resultados. Algunas veces llegaban juntos; otras se turnaban para ir mientras el otro cuidaba sus respectivos puestos en la feria.
Pelado: Invertimos para mercadería para acá, ¿entendés? O sea que esa plata que ganás la hacés mucho más. Por ejemplo, la otra vez yo gané y agarré, viste, y arreglé el coche. Y siempre vas teniendo tu pucho, así, […] antes que gastarlo en boludeces y ahí lo duplicás un poco más.
Pablo: Claro, ¿como una forma de financiamiento?
Pe: Claro, ni hablar. Y capaz que perdés siempre, viste, pero no te duele jugar un peso, dos pesos y después cobrás 80 o 300, ¿entendés? Es distinto. Pero sí, más para boludear, estás todo el día acá, y yendo a ver qué número sale…
Este fragmento resulta revelador en cuanto a la polifonía y ambigüedad del juego: la frontera entre el aspecto lúdico y dispendioso, por un lado, y la utilitarista, por otro, es lábil y no siempre distinguible. La cualidad del juego se halla en que hay apuestas de por medio, pero cuyo interés no se reduce únicamente a la adquisición de un premio. El juego vale porque hay apuestas, pero no se traduce de forma automática en la búsqueda de ganancia, aunque esta siempre esté presente. Incluso cuando se gana, el dinero puede ser destinado a compras menos utilitarias y planificadas. En el caso de Oliver, quien jugaba desde muy joven a diversos juegos, sus ganancias se acomodaban a las necesidades que pudiera tener, pero también a los gustos que pudiera darse:
Oliver: Comer, vestir… depende, el movimiento, ¿no? Si me gusta un zapato y me gano 600 y vale 600, me lo compro, así de una.
Pablo: Claro, ¿depende de cómo vengas acá [en la feria] también?
O: Claro. Pero más me lo como [sic] la plata…
Pelado: [Se ríe] Bueno, tenés que pagar el alquiler, ¿o no?
O: A veces el alquiler… pero bueno, si me gano platita hoy, me voy y me compro mariscos; me gusta el marisco. Voy, me gasto 100 pesos en mariscos, y voy y me como y me cago de risa y mañana sigo jugando, ¿entendés?
Menos visible que los grandes gastos, quizá por eso menos señalada en comparación con estos, la quiniela se inserta como una pieza ambivalente dentro de la economía diaria. Aunque redunde en pérdidas y ocasionalmente reporte ganancias, se mantiene, no obstante, como un horizonte de posibles ingresos de dinero, cuyo destino depende de la situación particular del jugador, pero también de cuál sea el monto obtenido. La variedad de usos posibles debe verse a la luz de lo que implica dicho juego como fuente recurrente de financiamiento. Aunque esporádica, la ganancia no es un acontecimiento aislado, sino que se ubica dentro del conjunto de apuestas, pérdidas y ganancias que los apostadores soportan, lamentan y disfrutan a lo largo de sus carreras, y cada evento conlleva el principio de una nueva partida, puesto que ninguna es definitiva. El dinero obtenido no será el último y, por lo tanto, puede ser usado para lo que se considere más relevante o necesario en el momento de su adquisición.
“La plata va y viene… no toda, pero bueno”, le refería un recolector de basura a su compañero mientras apostaba en El Veintidós. La quiniela presenta en su dimensión económica una afinidad entre la circulación rápida de dinero que ofrece, en la que va y viene, y la propia experiencia de los sectores populares en relación con sus economías domésticas (Figueiro, 2013). Es especialmente en dichas economías donde el dinero “va y viene”, y no solamente en el juego. Así, la quiniela se presenta como un sistema permanente de circulación dineraria que puede ser considerado como una fuente (no la principal ni la única, pero sí una más) de recursos legítima dentro de la actividad cotidiana. Como señala Martignoni, el juego no es un medio ridículo de hacerse de dinero para los “pobres” (Martignoni, 1997: 52).
De esta forma, es posible ver cómo las reglas mismas del juego de la quiniela permiten una diferenciación práctica de los dineros “chicos” que conlleva una subestimación de estos, lo cual, a su vez, permite legitimar sus usos en un gusto “menor”. A contrapelo de las nociones de “fungibilidad”, “neutralidad” e “impersonalidad” que corrientemente le fueron asignadas al dinero, Viviana Zelizer (2011) mostró hace casi tres décadas cómo en realidad nos hallamos permanentemente “marcándolo” y diferenciándolo en sus usos y significados. Dado que se encuentra atravesado por las estructuras institucionales, culturales y sociales por las que circula, se trata de un objeto eminentemente político y moral que puede asumir diferentes significaciones y sostener diversas prácticas y relaciones (De Blic y Lazarus, 2007; Dodd, 2014). El dinero de las herencias, de las ayudas sociales, el dinero regalado, el dinero prestado, el obtenido mediante un trabajo formal y el que es fruto de la ilegalidad o del juego conllevan clasificaciones prácticas que hacen de cada uno un destino particular y que lo dotan de un color, un olor y un sabor específicos[8].
Sin embargo, es posible asimismo observar cómo la cantidad también es un principio de clasificación y de evaluación a partir del cual se jerarquizan distintos dineros (Wilkis y Figueiro, 2020). La clasificación de dineros en “grandes” y “chicos” también actúa como un marcaje moral y contable. En nuestro caso, el dinero de la quiniela se encuentra en gran medida evaluado y cualificado a partir de una dimensión cuantitativa, en cuanto dinero “menor”, lo que a su vez implica una diferenciación en su uso. Si bien el carácter trasgresor del dinero apostado no desaparece (y es, en definitiva, lo que lo vuelve atractivo), la quiniela permite evaluar ese dinero como pequeños agasajos (Miller, 1999), es decir, como formas de donarse algo a uno mismo, pero sin grandes repercusiones económicas (en principio) sobre el presupuesto doméstico. Esto implica que el dinero jugado es evaluado no solo en función de los usos posibles de un premio, sino también de su mero consumo. Se trata en este caso de ver la quiniela como una práctica que tiene su sentido en la apuesta misma, no únicamente en la búsqueda de una recompensa monetaria. Muchas mujeres que se dedican al trabajo y a su hogar, como Adriana, han justificado su juego por la ausencia de otra diversión (“Yo no salgo”, “No tengo vicios”, “Juego porque me distrae”, “No me voy de vacaciones”), apelando al aspecto lúdico y recreacional de la actividad por sobre alguna especulación económica. Los hombres también solían justificarse en idénticos términos, pero, mientras que estos lo hacían solo en el caso de ser interpelados al respecto[9], las mujeres eran propensas a sentirse en la obligación de explicitarlo, más constreñidas por la vinculación material, simbólica y afectiva que las asocia al cuidado del hogar.
De hecho, no se apostaba en vistas a efectuar determinados gastos, sino que, post festum, se les asignaba a las recompensas monetarias ciertos usos que dependían siempre de la situación coyuntural de los jugadores y que se inscribían, las más de las veces, en justificaciones que lavaban moralmente al dinero jugado: hacer regalos, comprar cosas para el hogar, pagar deudas, invertirlo productivamente, etc.; es decir que apelaban a una autoridad exterior al propio jugador como principio de legitimación del uso del dinero (la generosidad, la familia, la racionalidad económica, etc.). La sentencia habitualmente escuchada que reza “El que juega por necesidad pierde por obligación” traduce en un dicho popular de los jugadores esa impronta moral que subsiste en el juego como acto desinteresado: no es la búsqueda de ganancias monetarias lo que debe orientar las apuestas. Pero entonces subsiste una pregunta: ¿a qué se está apostando y por qué requiere de la presencia de dinero para que el juego suscite interés?
Una apuesta de sí
A diferencia de las loterías tradicionales, en las que muchas veces se realizan jugadas entre varias personas (Garvía, 2009), la quiniela es un juego del que se participa individualmente. Como los números pueden jugarse en la cantidad que se quiera y por montos bajos, lo razonable parece ser que cada jugador realice la apuesta a los números que quiera y por la suma que desee. Así, compañeros de trabajo (obreros de la construcción, empleados de comercio y municipales, policías) e incluso familiares (generalmente esposos, pero también padres e hijos) realizaban sus jugadas de manera independiente, a pesar de que pudieran ir juntos a la agencia. Incluso si alguien jugaba por una tercera persona (por ejemplo, una hija por ella y por su madre), las apuestas se realizaban y se pagaban por separado, con dinero previamente diferenciado. Detrás de esta aparente cuestión pragmática (cada cual se hace cargo de sus gastos), puedo suponer que esta demarcación responde además a que la quiniela se presenta como un espacio y un momento propio, un paréntesis en el que uno se aboca a una actividad lúdica y, en este sentido, uno se dona esos momentos de manera personal. Esto, como ya expondré, no significa que desaparezcan las relaciones sociales que atraviesan al apostador, siempre presentes tanto en las apuestas cuanto en los destinos del dinero ganado, pero sí que la apuesta le corresponde a uno (aun cuando se la realice otra persona en su nombre) y es, en este sentido, una actividad inalienable: pone en juego un momento soberano que, no desprovisto de contradicciones para los propios jugadores, es esencialmente personal.
En efecto, la quiniela parece particularmente propensa a cumplir con ese agasajo que es un acto de darse, de donarse algo de manera aparentemente trasgresora, incluso cuando el dinero que puede ser obtenido como premio es casi idéntico al apostado. No pocos eran los jugadores que jugaban 50 centavos a varios números de dos cifras, alcanzando tal vez los 30 o 35 pesos en apuestas… 35 sería lo que habrían podido ganar en caso de acertar a uno de ellos. Para comprender esto, hay que alejarse del enfoque sobre el premio y la utilidad y centrarse en el gasto y la dimensión trasgresora que ella ocupa. Puesto que el dinero importa y es objeto de variados registros morales en torno a su uso, puede ser por eso mismo objeto de una trasgresión que cobra y da significación en la medida misma en que es sacrificado (Mauss, 2009; Simiand, 2006; Bataille, 2008; Caillois, 1950; Dodd, 2014). Como todos los apostadores saben, lo que da sentido al juego no es el juego mismo, sino la apuesta.
Si recordamos la explicación de Jorge, aquel trabajador nocturno de un albergue transitorio en Merlo, es posible iluminar este punto. Señalando a cada instante que lo suyo no era un juego compulsivo, que él no jugaba “de más” (“No soy aquel que es compulsivo, que trato de jugar sí o sí, no, no. Por lo menos me sé controlar en ese sentido”), se distanciaba así del estereotipo estigmatizado del jugador problemático, pero para poco a poco ir brindándonos algunas claves interpretativas de los jugadores a través de su relato: “No juego a otra cosa, no tengo otro vicio, no fumo, no voy a jugar, así, al bingo, no me gustan los caballos. No, lo único que puedo jugar es la quiniela, esas cosas, loterías”. Más que una justificación ad hoc del porqué de su juego, se puede resaltar el hecho de la posibilidad que otorga la quiniela y que la vuelve un juego razonable: cuando decía que lo único que podía jugar es ese juego, se puede tomar literalmente la expresión para inferir que justamente la quiniela le otorga algo que no le proporcionan otros juegos, y es esa posibilidad. “Lo único que puedo jugar es la quiniela” implica que la quiniela es lo único que le estaba disponible a él, tanto por la adecuación subjetiva que le brindaba (sin grandes luces ni sonidos, sin necesidad de aglomeraciones ni euforias), cuanto por la adecuación objetiva a través de una economía del dinero y del tiempo que se acomodaba a su posibilidad diaria, a sus recorridos, a sus horarios, siempre presente en la bajada del colectivo o de vuelta al hogar por unas pocas monedas o billetes.
No, cuatro [cifras] no [apuesto], porque es mucha [plata], no, no. De tres sí, cuatro no. Juego de tres y de dos. Nada más. Es lo que suelo apostar. En el día, yo le digo, en el día hay uno, dos, tres, cuatro sorteos. A las once y media de la mañana, a las dos, a las cinco y a la noche. Y yo de las cinco cuando me encuentro por ahí… cualquiera, si me encuentro al mediodía juego al de las dos. Si me encuentro a las diez de la mañana, juego al de las once. Y las otras no juego. Y ahí está que uno juega a veces en una y sale en la otra.
Pero ese agasajo, ese darse algo, aun cuando razonable, no es gratuito y puede entrar en tensión con otros aspectos de la vida social por intermedio de un dinero que es destinado a usos no productivos o ilegítimos, y es en este sentido en que puede decirse que es sacrificado. La quiniela se presenta así como una trasgresión menor, casi irrisoria al lado de las grandes pérdidas de los casinos, de las apuestas deportivas o el turf. Nadie se salva y nadie se arruina jugando a la quiniela. Juego de pérdida, es, sin embargo, una pérdida razonable, quizá mediocre: su popularidad no puede entenderse sin esa media tinta que ofrece, ese gasto superfluo pero accesible, no calculado, pero dentro de los parámetros de lo posible.
La dimensión que quisiera remarcar es aquella del carácter sacrificial y trasgresor del dinero en juego que habilita, por un lado, la posibilidad de disponer libremente, por un instante, de sí mismo: la soberanía, al transgredir los imperativos del mundo de la utilidad, desborda las condiciones que reducen los seres sociales a no ser más que simple soportes de funciones unidimensionales (empleado, madre, jubilado, obrero, etc.). Esa pequeña destrucción de un excedente dentro de un paréntesis en la vida social permite recuperar de manera controlada la vida detrás de la función y, lejos de ser un proyecto deliberado, implica una espera sin objeto, una apuesta de sí mismo (Besnier, 2005). La apuesta ya tiene en sí misma, independientemente del resultado, un valor que es tal justamente porque lo que se apuesta importa, es un útil que se halla asociado a vínculos y obligaciones morales determinados (hijos, ahorros, hogar) que le otorgan un sentido más improductivo –y por eso más vital– al dinero.
Si se intenta aprehender el papel del dinero en el juego, se evidencia que este es constitutivo de la experiencia que los jugadores tienen de él. Jugar sin apostar es un impensado, algo sin demasiado sentido, algo que, acaso, convertiría al juego en un juego de niños. Pero la apuesta es algo serio, en la medida que sacrifica un dinero justamente porque sirve. Pero, al mismo tiempo, es descentrado de su mera utilidad y, por eso mismo, se destruye. Las ganancias pueden insertarse en el ciclo de la economía doméstica a través de la apuesta de pequeños dineros que retribuyen, de vez en cuando, sumas mayores que, no obstante, difícilmente puedan cubrir lo apostado. Pero este hecho, que también es cierto, no llega a explicar por qué muchas veces se sacrifica un dinero que tiene fuertes componentes morales por los destinos a los que deja desguarecidos, como me expresaba con angustia Adriana. Lo que propongo es que el sacrificio de ese dinero es condición de la búsqueda que el juego abre, y cuya lógica es la de la expansión de la propia subjetividad a través del paréntesis que permite en la vida social. Mientras que la razón solo extrae equivalencias de la diversidad del mundo, y en este sentido la homogeniza, el juego produce lo contrario en cuanto transforma una equivalencia en diferencia (Bataille, 2005). La experiencia de esa diferencia, de esa delimitación es la que requiere que el dinero sea trasgredido en sus usos utilitarios y sacrificado en aras de la suerte.
La apuesta puede ser interpretada como un pago sacrificial que permite vincular a los jugadores con el “universo mítico de la abundancia” (DaMatta y Soárez, 1999), pero no únicamente para obtener un beneficio de él, sino para saber qué lugar ocupa uno allí. Se trataría entonces de un pago ritual que se realiza para participar en dicho universo, para poder indagarlo y, así, indagarse uno mismo frente a la suerte. Es por este motivo por lo que se juega de manera individual, puesto que es uno quien se apuesta. Como una forma de ordalía moderna (Le Bretton, 2000), probar la suerte (como dicen los jugadores) es probarse por el valor de uno mismo, por lo que vale su vida cotidiana. Pero para eso se debe arriesgar algo. El dinero simbolizaría esa parte de sí que uno pone en cuestión (pregunta, pero también cuestiona) para saber cuánto vale, sustrayéndolo de toda utilidad. Tomar esto como un don hacia sí mismo, como una oportunidad que uno se regala, es apuntar hacia lo que hay de irreductible detrás de la utilidad. Al decir de Karsenti: “[t]omar el don como perspectiva es ubicar el gasto improductivo como fundamento de la producción, lo superfluo como fundamento de lo útil, la locura como fundamento del cálculo racional que estructura en apariencia la economía mercantil” (Karsenti, 2009: 111).
Pero esta lectura que propongo corre el riesgo de recostarse sobre una idealización del juego. Como bien saben los especialistas en marketing, esto también puede ser (y lo es) aprovechado por las estrategias de venta[10] (Howland, 2010), y la trasgresión ha sido siempre una gran fuente de ganancias. Pero lo que me interesa remarcar en este capítulo es la condición ambivalente del juego como práctica paradójica en la que, al tiempo que se busca un premio monetario, se sacrifican pequeñas sumas que son relativamente importantes dentro de la economía doméstica. Si esto es así, como expondré más adelante, se debe a que su destrucción entraña la producción de un valor que no es del orden de la acumulación, sino del sentido (Fouillet, 2010). Esto nos aleja de la búsqueda de racionalidad y de las objeciones morales contra el juego, en la medida en que su crecimiento no se entiende sin una constelación de intereses materiales privados y estatales, pero también ideales de parte de los propios jugadores. El problema de las apuestas no es la irracionalidad de los jugadores, sino la expansión política de la que son objeto.
Los juegos de apuesta han presentado históricamente controversias morales en torno al gasto que implican. Esta misma tensión se expresa en las justificaciones que señalan la práctica como “única diversión” y como un hábito que implica un dinero menor. La conjunción de estos dos aspectos es importante: no se trata meramente de una diversión, sino de una diversión que, justamente por su carácter individual y “antieconómico” –es decir, trasgresor–, requiere una erogación de dinero que permita mantenerlo como un pequeño “agasajo”. No hay escala monetaria que no esté enredada en una escala moral (Aspers y Beckert, 2011), puesto que siempre implica una jerarquización en la que se intentan ponderar criterios sobre lo que se considera un buen o mal uso, lo justo y lo injusto, lo aceptable y lo inaceptable. Si las apuestas de la quiniela tomadas aisladamente son bajas, a pesar de que en principio no tendrían ningún límite, se debe a que es un juego que hace de la utilización de las pequeñas sumas una virtud. Aumentar los montos apostados implicaría exponer a los jugadores ante la visión descarnada del gasto, es decir, dejarlos sin la inocencia de un dinero chico que se diluye en una infinidad de apuestas.
- En efecto, las quinielas ilegales se han valido de los sorteos oficiales (ya sean de Lotería Nacional –y ahora de la Ciudad– o de la Lotería de Montevideo) para realizar el juego. ↵
- Posteriormente, dicho mínimo se ha ido incrementando sucesivamente siguiendo a la inflación. En diciembre de 2021, el mínimo en la Lotería de la Ciudad era de 4 pesos. ↵
- Goffman (1970) utiliza este concepto para dar cuenta de las cuatro fases por las que transcurre un juego: la apuesta, el juego interno o determinación, la revelación del resultado y el arreglo de cuentas.↵
- Retomamos aquí la distinción que realiza Lévi-Strauss (2009) entre los juegos como actividades disyuntivas, productoras de diferencias, y los ritos como conjuntivos, restauradores de unión. Al respecto puede verse también Agamben (2001) y De Certeau (2000). Se retomará este tema en el capítulo 4. ↵
- Cada número cuenta con un significado particular que los jugadores conocen y utilizan en sus apuestas. Este tema será desarrollado en el capítulo 3.↵
- Cuando se apuesta “a los 20”, es decir, a un número que salga en una posición cualquiera (son 20 los números sorteados), en realidad no cuenta la posición 1. Si apostando al 14 “a los 20” saliese en el primer lugar, no obtendría ningún premio. Lo mismo sucede al apostar “a los 5” o “a los 10” primeros. ↵
- Los montos superiores al mínimo no imponible, que era de 1.333,33 pesos, debían ser cobrados en el iplc, aunque, en el caso de la quiniela, generalmente esto era realizado por el propio agenciero, aun cuando se superase dicho monto. ↵
- Para un esquema de análisis de las cualidades del dinero a partir de las metáforas sensoriales, puede verse Blanc (2009 y 2011).↵
- Hernán, por ejemplo, refirió una demarcación entre un juego legítimo y uno ilegítimo a partir del cumplimiento de sus obligaciones domésticas: “Yo no voy a permitir que trabaje mi señora y quedarme yo en casa porque… y jugando y jugando y le pido plata a mi señora para jugar. No. Yo laburo, salgo de acá [del club] y me voy al [barrio El] Cazador, estoy pintando, hago trabajo de pintura y pego el mango. Yo en diez días que me voy para ahí, ya me gané 8.000 pesos. ¿Me entendés? Que me deben una parte y estoy cobrando todos los meses 2.000 pesos. A mí me sirve. Pero lo tengo ahorrado. Sé que llega el cinco y viene la señora acá y me paga. ¿Me entendés?”.↵
- Las mismas Loterías cuentan con gerencias de mercado dedicadas al estudio sociodemográfico de los jugadores y a la implementación de estrategias de posicionamiento. Así, en un artículo aparecido en la publicación oficial de Lotería Nacional (revista Abrazar), sugestivamente titulado “La apuesta por entrar en la mente del consumidor”, puede leerse: “Todos los esfuerzos del área comercial radican en la obligación de identificar las necesidades del mercado, definir el público a seducir y/o conquistar, para luego dar lugar a la estrategia de posicionamiento, que tiene como objetivo principal ubicar la oferta y la imagen de la empresa en un lugar privilegiado en la mente del consumidor. En marketing, el terreno es el mercado, el rival la competencia y el objetivo la mente del consumidor” (Abrazar, año 4, n.° 22, marzo-abril de 2012, p. 32). ↵






