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4 Una ludodicea de la vida cotidiana

Un juego serio

Gerardo era empleado en una carnicería que se encontraba a pocos metros de El Veintidós. Hombre corpulento, pasados los 50 años, dejaba momentáneamente su puesto de trabajo dos o tres veces al día para llegar, con su delantal rojo que nos dejaba distinguir las manchas de su labor, a la agencia. Si bien no dilataba el asunto, tampoco mostraba impaciencia por volver a su tarea. Aunque afable y de tono jocoso, el momento de la apuesta era su momento. Ingresando con seriedad y cierta solemnidad, focalizaba inmediatamente la mirada (ceño fruncido) sobre la tabla de resultados semanales y analizaba concienzudamente los números, mientras esperaba a ser atendido. De no haber otros jugadores antes que él, se tomaba un tiempo de prudente análisis antes de indicarle sus apuestas a Julieta, en voz alta y segura, para que ella los digitara en la máquina. Luego de realizada la operación, tomaba una postura más distendida e intercambia bromas o palabras casuales con la empleada. Pero lo primero era realizar las operaciones necesarias para las apuestas, lo cual implicaba un trabajo que, como expuse en el capítulo anterior, no es evidente para los no jugadores. No le era necesario anotar sus jugadas, pero sí realizar el análisis de los últimos números premiados. Era ese momento el que parecía distanciarse más de la vida cotidiana, al ponerla entre paréntesis hasta realizada la apuesta.

Pero, si el juego de la quiniela se presenta como un tiempo intersticial que suspende momentáneamente las obligaciones corrientes, esto no implica que se oponga a una dimensión “seria” de la vida que revestiría mayor importancia. Esta oposición es la contracara de la vinculación que la modernidad ha establecido entre productividad y seriedad, la cual supone que, cualquiera sea la actividad que hagamos, la hacemos para ganarnos la vida (Arendt, 2005). En efecto, en las sociedades organizadas en torno a la eficiencia de la producción, el juego aparece como un reducto que no deja nada útil (para los jugadores, claro), por lo que se trata de algo que no sería del orden de lo serio.

La seriedad de cualquier tipo de actividad no es inmanente a la actividad misma, sino que lo es en relación con determinadas configuraciones sociales y culturales que hacen de ciertas prácticas objetos de solemnidad o de frivolidad. En el caso del juego, la dimensión económicamente improductiva que conlleva no lo convertía en un asunto banal para Gerardo, ni para el resto de los jugadores. Si se oponía al trabajo en cuanto constituía un paréntesis entre los quehaceres habituales y las obligaciones laborales y familiares, esto no eliminaba el hecho de que, al mismo tiempo que era parte de una diversión, existía allí un elemento de solemnidad. No daba lo mismo jugar o no jugar, ni tampoco ganar o perder. Claro que sabían perfectamente que se trataba de un juego, pero no por ello ponían menos empeño y seriedad en él.

Las miradas adustas y compenetradas con las que los jugadores escudriñaban los números ganadores de los últimos días, analizando cuál sería su próximo movimiento; las anotaciones meticulosas que realizaban de ellos; el malestar que podía suscitar una pérdida; la expectativa con la que miraban, desde la vidriera, los resultados del último sorteo; la impaciencia con la que, a minutos de que cerrasen las apuestas antes del sorteo, llegaban para poder realizar las suyas; todo ello hace pensar en cierta gravedad que revestiría el asunto para los jugadores. Siendo un juego, lo que se halla en juego parece ser más que una simple diversión o pasatiempo y requiere de una constancia y de una dedicación que corre en paralelo con las actividades “serias” de la vida –y aun por encima de ellas–. En efecto, ser jugador puede ser todo un trabajo, e incluso llevar a trabajar (en su sentido productivo) para poder continuar jugando o para pagar las deudas que pueda ocasionar la actividad[1], con lo cual la subordinación de un orden a otro no es evidente.

Pero tampoco sería exacto decir que lo serio, para estos jugadores, se encuentra únicamente en el juego. Eso sería magnificar una presencia que, aunque cotidiana, es solo un aspecto de sus vidas. Lo que quisiera marcar es más bien la seriedad que en reiteradas ocasiones adquiere la práctica lúdica, y que parece sintomática de que lo que subyace a ella es más de lo que uno podría suponer, especialmente si se considera que las ganancias económicas esperadas no siempre parecen un elemento explicativo de la persistencia y vocación con la que se afanan. Dicho de otra manera, la atmósfera de seriedad que a menudo genera el juego no puede atribuírsele directamente a un utilitarismo focalizado en un premio monetario. Aunque la esperanza de obtenerlo siempre se halla presente, no es posible reducir la cuestión a este solo hecho. Si se observa tanto más empeño por salir de la “seriedad” de la vida cotidiana para ingresar en la quiniela, parece congruente pensar que aquello que está en juego en ella es tanto más inhallable o de difícil acceso en los quehaceres diarios, sumidos en lógicas que les son divergentes.

Debo, entonces, preguntarme por cuál es el sustrato de esa seriedad que el juego pone en escena, puesto que es allí donde me acercaré a una idea más pulida de lo que esa pequeña gran actividad implica para los jugadores.

La esperanza en juego

Pablo: Y si le saliera La Grande, ¿qué le gustaría hacer?

Jorge: Ah, sí, volverme a… [sonríe, como imaginando] volverme a mi tierra, a Salta.

P: Al pago…

J: Sí. Yo sigo acá porque tengo mi familia, tengo mis hijos, pero, si hoy me dijeran “Sacás algo”, me vuelvo para allá. […]. Sí, sí, me gustaría… Me gustaría… pero… Sí, lo primero, yo siempre dije, si algún día llego a sacar algo, grande, ¿no?, si jugara por ejemplo en Navidad o algo así, me compraría una casa ahí y me iría.

Este tipo de relato marca cuáles son las aspiraciones que pueden movilizar un juego de lotería millonario. Aunque se trata simplemente de la representación que los jugadores tienen de aquello que harían con un premio de gran magnitud, mantiene un interés sociológico en cuanto dichas representaciones nos hablan de las esperanzas que son movilizadas en el juego, independientemente de cuál pudiera ser el destino efectivo del dinero ganado[2]. En algunos casos, las fantasías que suscitan los premios se vinculan con cambios radicales en la propia vida, generalmente relacionados con la dimensión laboral del jugador o con esa otra forma ilusoria de crisálida personal que es la fuga geográfica: abrir una fábrica en Brasil, no trabajar nunca más, cantarle “las cuarenta” al jefe, mudarse a otro país. Sin embargo, no necesariamente se halla implicado un vuelco tan sustancial, y muchas veces el premio es visto como la posibilidad de realizar aquellos sueños que, postergados, han vagado apenas como ilusiones lejanas en las mentes de los jugadores, pero sin ser desproporcionadas en relación con las propias condiciones y, en este sentido, manteniéndose como más o menos realistas: realizar un viaje de paseo, abrir un comedor para niños o, como Jorge, volverse a su tierra. Como se verá más adelante, si bien no todos, varios jugadores veían como innecesarios para ellos mismos los millones que ofrecen determinados juegos poceados. Independientemente de lo que habrían hecho con dichos montos en caso de haber resultado efectivamente ganadores, es interesante que se sintieran incluso intimidados por las cifras: “Es mucho”, “¿Para qué quiero tanto?”, “Yo me conformo con…” son frases que pueden ser leídas como el ajuste espontáneo de las valuaciones monetarias con las evaluaciones morales características del lugar que ocupan en el mundo social.

Pero, como ya he expuesto, la quiniela no ofrece esta posibilidad millonaria, aunque siempre persista un interés económico en juego. Así, para Jorge, el dinero ganado en la quiniela movilizaba aspiraciones de otro orden, no menos apreciables:

La verdad que nunca recupera mucho […] bueno, por ahí si gana tres cifras, sí puede ser que… y puede invertir en alguna cosa. Si no, no. Lo que pasa que uno a veces juega pensando por ahí que va a sacar, si no uno no jugaría, ¿no? Como dicen,La suerte hay que probarla”, si no…

El problema sociológico que presenta la quiniela es justamente cómo dar cuenta de las esperanzas que suscita más allá de su dimensión económica, dimensión que engloba pero desbordándola. ¿A qué se está apostando más allá de lo monetario cuando se apuesta a un número, y qué tipo de esperanza es la que moviliza?

Una de las cuatro grandes preguntas formuladas por Kant en su Lógica (2021) se refiere al sentido de la vida humana y a su destino (¿qué me está permitido esperar?), cuya indagación la pone a cargo ­–en primera instancia– de la religión. Esta pregunta, tomada sociológicamente, despeja cualquier incumbencia de la libertad individual o de capacidad creadora del hombre in abstracto para indagar las condiciones de posibilidad de la espera de algo por alguien, es decir, de lo que es susceptible de ser buscado y encontrado por alguien en particular. Tomar en serio esta pregunta es cuestionarse por quiénes están en condición de esperar qué cosa y, en último término, hacer la pregunta por una sociodicea. Si las personas tienden a ser realistas porque sus deseos son engendrados por el principio que encierra los medios de satisfacerlos (Bourdieu, 2003), podría verse en la quiniela un juego posible de ser jugado porque la relación entre aquello que se invierte y aquello que es obtenido es razonable para los propios jugadores, incluso reconociendo ellos mismos el carácter “antieconómico” de la actividad. De esta manera, la esperanza debe ser siempre la esperanza de algunos sobre algunas cosas, situaciones o acontecimientos, y, de este modo, hacer una sociología de ella requiere indagar cómo se relacionan las formas y los objetos de la espera con determinados agentes sociales y, en último término, cómo se regula políticamente dicha espera en sociedades particulares.

Una de las primeras interrogaciones sociológicas sobre el fenómeno de la esperanza y de su vinculación con el orden social fue dada por Marcel Mauss en 1924, al hablar de la correspondencia que existe entre la dimensión sociológica y cierta actitud corporal y psíquica de la esperanza:

La esperanza es uno de los fenómenos de la sociología más próximos, a la vez, a lo psíquico y a lo fisiológico, y al mismo tiempo, uno de los más frecuentes.

La esperanza es parte del derecho. Lévy lo ha demostrado: el derecho de responsabilidad civil es una esperanza y la violación de las leyes, el crimen, es una infracción contra la esperanza que anima a las gentes de que ni la Ley ni las cosas cambien. La idea de orden es solo el símbolo de sus esperanzas. Una buena parte del arte no es más que un sistema de esperanzas suscitadas o descargadas, un juego en que se alternan las esperanzas decepcionadas con las satisfechas. […]. Una buena parte de los efectos del arte, de la novela, de la música, de los juegos, así como el ejercicio de las pasiones ficticias, reemplaza, entre nosotros, los oscuros dramas de la pasión real, bárbara, antigua o salvaje. Los fenómenos de la esperanza: la lotería, la especulación, el crédito, el descuento, la moneda (de la cual se cree que correrá), corresponden a esperanzas. […].

En concreto, el estudio de la esperanza y de la ilusión moral, los mentís infligidos a la esperanza de los individuos y de las colectividades y sus efectos, son de gran fecundidad. […].

Una buena descripción psicológica y sobre todo fisiológica, permitirá describir mejor, esas “vagas ansiedades” que se consideran locuras, esas imágenes concretas que las sustituyen, y esos movimientos violentos e inhibiciones absolutas que la esperanza produce en nosotros (Mauss, 1979: 287).

Siguiendo estas consideraciones, es posible pensar que las impugnaciones que la vida social impone sobre las esperanzas de ciertas personas pueden disponerlas a buscar esa “ilusión moral” por diferentes vías (“esas ‘vagas ansiedades’ que se consideran locuras”), no menos provistas de eficacia. Podría pensarse la quiniela, en efecto, como ese juego del hombre y la mujer medios, con aspiraciones corrientes (esos pocos pesos que promete la apuesta, pero también simplemente el hecho mismo de jugar y ganar, como puede verse cuando las apuestas superan las posibles recompensas), que, inmersos en la trama de una rutina desprovista muchas veces de atractivo, recuperan por un instante la esperanza del acontecimiento mágico de sentirse ganador, ese momento noble de “ganarle al sistema” o simplemente de corroborar el sentido de los números –y, mediante ellos, el de la propia destreza o suerte–. De recuperar, en fin, una pequeña cuota de soberanía dentro de posiciones y trayectorias regidas por las preocupaciones ­–los hijos, el trabajo, el auto, las deudas– o por el tiempo infinito de la espera vacía y sin recompensa, especialmente entre personas jubiladas y amas de casa.

La satisfacción con la que se pasaba a retirar el premio, que podía ir desde la algarabía hasta una calmada seguridad de quien se halla satisfecho con su suerte, parece indicar ese estado de ánimo que es propio de las esperanzas cumplidas, del acontecimiento mágico esperado. “Pasar a cobrar” es la aspiración de todo jugador, incluso cuando sea simplemente para pagar una deuda con la propia agencia o para volver a jugar el dinero. “Después paso a cobrar” era la frase que habitualmente y con la misma intencionalidad de hacer una broma que se cree original decían los jugadores cuando se retiraban de la agencia tras haber realizado sus apuestas. Inversamente, cuando los números y las Loterías parecían “burlarse” de los jugadores “poniendo” cifras muy próximas a las jugadas, se revelaba el fastidio de quien se siente estafado: no solamente se perdía la ilusión de ese sorteo, sino que además se tomaba como una derrota injusta, casi humillante.

Un hombre mayor entra a jugar mientras su esposa lo aguarda afuera. Se acerca a la tabla de números ganadores, observándolos detenidamente.

–Le jugué al 59 y ponen uno menos –se lamenta (había salido el 58 en Provincia, en La Primera). Miguel, viendo la escena, le pregunta cómo anda, a lo que le responde irónicamente y con voz firme: –Bien, de 20 puntos. Le sacás 10 y queda 10… Le sacás 5 y queda 5… Y bueno, dejalo ahí. Así estoy. ¿Qué voy a estar bien?

–¿Por qué?

–Y… empezando por la salud.

–Pero camina…

–Sí, pero lo que tengo adentro no lo tenés vos –le contesta, sin ánimo agresivo, pero cortando en seco el optimismo de Miguel (nota de campo, 25/08/2011, Escobar).

Nunca carentes de problemas en la vida cotidiana, si el juego es algo serio para los jugadores, es porque parece dar un pequeño aliciente a las injusticias de la propia existencia, al tiempo muerto y por lo tanto sin porvenir, a la repetición cíclica y al aburrimiento, a la vida dedicada al trabajo, a los hijos, a las obligaciones de todo tipo, a las necesidades coyunturales pero sucesivas y siempre renovadas. Se trata, en cualquier caso, de jugarle a la ilusión, a la esperanza y a la confianza en uno mismo. Y al hacerlo devuelve al mismo tiempo un poco de seguridad al reintroducir sentido en el decurso cotidiano de la propia existencia, vinculando, como ya se vio, objetos, personas, relaciones, eventos y sucesos de todo tipo en un universo más coherente y rico en significados. Es, paradójicamente, en el azar donde se busca sentido y orden a las contingencias de la vida. Pero jugar requiere también un mínimo de optimismo para poder apostar, para correr el riesgo.

Hernán: Así que ya te digo, los míos, los pálpitos, te digo que cuando se me cruzan… y te digo que se me cruzan en la cabeza y…

Pablo: Y le jugás.
H: Y le juego. Sí, porque va a salir, va a salir seguro.

Jugar da algo en qué pensar y algo que esperar. Pero, a diferencia de las esperanzas que encuentran una distancia infinita con las posibilidades reales, la quiniela otorga una satisfacción posible, esperable. Toda la magia y la popularidad de este juego se resuelve en la experiencia episódica pero más o menos recurrente de ganar, de volver real la ilusión del acierto bajo la apariencia de unos pocos pesos. “¡Ilusiones! Y alguna vez realidad”, tal como refleja el tango “El quinielero” [1930], expresa precisamente esa relación entre premios y sacrificios que vuelve razonable el riesgo de apostar. No se trata tanto de una forma de evasión o de escape (Cohen y Taylor, 1992), cuanto de una manera de reconciliarse y de lidiar con la vida cotidiana (Casey, 2008) al mantener la ilusión en algo, pero referido a esa misma vida. En este sentido, son licencias que los jugadores se dan a sí mismos, agasajos que incorporan la propia experiencia cotidiana en el universo de las significaciones del juego. De esta forma, si los apostadores tienden, como me advirtieron muchas veces en el campo, a contarles a los demás sobre lo que ganan y nunca sobre lo que pierden, no se debe simplemente a una forma de ocultamiento de las pérdidas, sino a un gusto por atesorar y recrear aquella magia que el juego suscita. Si, como indican Mauss y Hubert, “es siempre la sociedad la que se paga ella misma con la falsa moneda de su sueño” (Mauss y Hubert, 1950: 119), se puede ver en la quiniela una institución cuya popularidad se basa en la esperanza de las pequeñas alegrías que ofrece, en la creencia de una ilusión bien fundada.

La crítica social típicamente marxista[3] –pero también toda una tradición occidental proveniente del racionalismo cartesiano– que ve en las ilusiones creencias falsas y tramposas (Manicki y Fossier, 2005) ha contribuido a desvalorizar el estudio de estas. Sin embargo, esto no invalida el hecho de que dichas ilusiones sean inmanentes a la propia existencia de las sociedades y que siempre exista una “falsa moneda” con la que se paguen a sí mismas –ya sea la magia, la quiniela o la ciencia–. Si, por un lado, cada configuración social excluye objetos que son, en relación con ella, ilusorios, por otro, esa misma configuración se funda sobre ilusiones que esconden ciertas complejidades, permitiendo de esta forma la acción. En definitiva, siempre hay que entrar en algún juego (inlusio) en la vida social, y la esperanza y la ilusión son las condiciones no percibidas pero fundamentales sobre las que se extiende el entramado mismo de la sociedad.

En el caso de los jugadores habituales, esa esperanza se hallaba incorporada a la rutina diaria, como un modesto refugio de sus expectativas. Si, como ya mencioné, el dinero ganado en la quiniela puede ser usado de diversas maneras, esto se debe a que el juego mismo (cotidiano y de rápida circulación) se corresponde con las formas propias de utilización del dinero en manos de los jugadores, para quienes aquel circula constantemente entre necesidades, gustos, relaciones sociales, deudas, etc., que son del orden de lo diario, como el dinero del juego. De esta manera, la quiniela se muestra como particularmente ajustada a las formas de vida de sus jugadores: si el juego es atrayente, es porque se corresponde con las posibilidades, pero también con las búsquedas que realizan los propios jugadores, al otorgar pequeñas ínsulas diarias de esperanzas que, para ellos, pueden constituir la esperanza in toto.

La ilusión de pasar en un segundo de lo más bajo a lo más alto que sustentan las grandes loterías millonarias, aunque sea atrayente, no ofrece la posibilidad de sentirse y ser ganador hoy mismo con la esperanza de volver a serlo próximamente. Lo atrayente de la quiniela es la experiencia de poder ganar con cierta regularidad, aun cuando encubra pérdidas en el balance total de la economía doméstica. Es en efecto un juego medio, pero que otorga la posibilidad de ganar, de probarse y de otorgarse algo a uno mismo. En este sentido, es también diversión, como lo atestiguan quienes aducen no tener “otros vicios” para justificar su juego. Como expuse en el capítulo 2, el carácter trasgresor del dinero apostado es indisociable de la experiencia lúdica del juego, en la que uno se permite una pequeña destrucción sacrificial bajo la esperanza de salvarse.

La seriedad que se pone en evidencia en la quiniela, entonces, estaría vinculada con determinada forma de la esperanza que la práctica misma del juego otorga en la cotidianidad de los jugadores. Esto de manera cada vez más intersticial a través de la multiplicación de ofertas del juego en un mismo día, lo que lleva a una suspensión recurrente del tiempo social. El tema próximo será dar cuenta de cómo se producen, a través de la práctica del juego, dicha suspensión y su vínculo con la esperanza.

Sincronía y diacronía del juego

Lévi-Strauss, en El pensamiento salvaje (2009), postula que la diferencia entre el rito y el juego se basa en que, mientras que el primero transformaría los acontecimientos en estructuras, el segundo haría de las estructuras acontecimientos. El juego es así caracterizado como disyuntivo, en cuanto separa diferencialmente a jugadores o bandos que, en un primer momento, se presentaban como iguales, para luego distinguirlos entre ganadores y perdedores. Se parte de una simetría preordenada y estructural, dado que las reglas son las mismas para todos los participantes, para llegar a una asimetría engendrada, derivada de la contingencia de los acontecimientos (ya sea que dependan de la intención, el azar o el talento). Por el contrario, el ritual sería conjuntivo, puesto que instituye una unión entre dos grupos que se hallaban disociados en un comienzo. La asimetría entre profano y sagrado, fieles y oficiantes, muertos y vivos, etc., se ve modificada por el “juego” del ritual mismo, que, al hacer pasar a todos los participantes a un mismo grupo, “a la manera del bricolage”, descompone y recompone “conjuntos acontecimentales” (Lévi-Strauss, 2009: 59).

Giorgio Agamben (2001) retoma esta oposición remarcando el lugar del tiempo: el rito anularía la distancia existente entre un pasado mítico y el presente al reabsorber los acontecimientos en una estructura sincrónica, mientras que el juego destruiría la conexión entre pasado y presente al disolver la estructura en acontecimientos. Dicho de otra forma, el rito fija y estructura el calendario, mientras que el juego lo altera y lo destruye. En este sentido, considera que todo juego “contiene una parte de rito y todo rito una parte de juego” (Agamben, 2001: 107), y que ambos se revelan “como operaciones que actúan sobre los significantes de la diacronía y de la sincronía, transformando los significantes diacrónicos en significantes sincrónicos y viceversa” (Agamben, 2001: 116).

Si retomo estas consideraciones, es porque otorgan pistas para pensar la operación que permite realizar la quiniela. En este caso, ella misma tiene un aspecto ritual dado por la participación cotidiana de los jugadores, en la que cada nuevo sorteo reactualiza las operaciones que se llevan a cabo durante el juego. Sin embargo, contiene al mismo tiempo la búsqueda del acontecimiento, y este es su hecho más notable. Justamente, lo que abre cada nueva jugada es un ensanchamiento de lo posible por sobre lo probable, es decir, una esperanza del acontecimiento de ganar que se resuelve en la operación del sorteo. Por más que se trate de períodos temporales cortos entre la apuesta y la resolución del juego, cada vuelta implica una nueva esperanza de que el juego se resuelva a favor del jugador. Como mencioné en el capítulo 2, la objetivación del futuro en el sorteo organizado institucionalmente estructura un tiempo ritmado por los ciclos mismos del juego. Pero es la esperanza en el acontecimiento que este habilita lo que le da seriedad, la cual depende de que puedan sublimarse las probabilidades reales del acierto (Giraud, 2007) o, lo que puede ser pensado como su contraparte, de actuar sobre la base de un futuro imaginado (Beckert, 2016).

En ese juego entre estructura y acontecimiento, se pone entre paréntesis el decurso cotidiano de los jugadores mediante, paradójicamente, una estructura temporal cíclica que abre la puerta a la esperanza en los pequeños acontecimientos que son los aciertos: “Más para boludear, estás todo el día acá [en la feria], y yendo a ver qué número sale…”, me dijo el Pelado, tratándome de explicar el porqué de sus apuestas. Contra la rutina del tiempo social, el jugador entra –entre el pálpito y el arreglo del juego– en una fase liminar que es el “reino de la posibilidad pura” (Geist, 2002), en donde predomina la esperanza.

Aunque en la quiniela no haya un contrincante concreto, existe, sin embargo, pugna. Revelar la suerte, la acreditación de un “estado de gracia” –aquello que el protestantismo ascético realizaba mediante una ganancia obtenida por el ejercicio sistemático de una profesión (Weber, 2003)– implica en este caso confrontar al destino e, incluso, a las propias Loterías, que son pensadas como “manipuladoras” de los resultados. Se oponen de esta manera dos campos: por un lado, el jugador; y, por el otro, las fuerzas que les son desconocidas (ya sea el destino, la Lotería que organiza, o más comúnmente ambos). En cualquier caso, el hecho de apostar implica un apostarse a sí mismo para indagar su situación en el mundo, para medirse con él. La repetición indefinida del juego es, de esta forma, una manera de inmortalidad, de recomenzar nuevamente la pugna y la fantasía ante cada nuevo sorteo, incluso ante las pequeñas muertes que son las pérdidas.

Sí, mismo con la tecnología pueden poner hasta un chip, una pelotita que salga sola, entendés, ya no hay más algo como que te diga que está todo… Siempre su jugarreta está. Pero igual, uno lo acepta, todo el mundo. Vos fijate que todo el mundo piensa que los números los ponen ellos y siempre juegan igual. Ya sabés que es algo con trampa, pero la gente sigue jugando. Pero a mí me gusta, además ni sé por qué juego. Bueno, pero está la onda que vos capaz que ponés tres pesos y te ganás 1.800. Esa fantasía está buena. Y no te duele mucho poner dos pesos. […]. Y también tiene eso de ganarle al sistema (Pelado, Escobar).

Sin saber muy bien el porqué de su juego, se remite a la “fantasía” económica –en el doble sentido de poco costosa, a la vez que enfocada en una expectativa de ganancia– que es al mismo tiempo una fantasía simbólica, de atribución de sentido, que despliega en el día las esperanzas de realización que son en sí mismas el contenido del juego, aquello que se consume con la apuesta, más allá de los premios materiales. En palabras de DaMatta y Soárez, el juego puede tener la gran virtud de ser

Un modo de renovar la alegría de vivir, un ejercicio de volver a tener expectativas generosas, un remedio contra el caos y un modo de ordenar hechos banales, imprevistos y cotidianos: esas cosas que, conforme la articulación, hacen los días iguales o profundamente diferentes (DaMatta y Soárez, 1999: 13).

Los días jueves Marta concurría por la tarde a la agencia El Veintidós para limpiar el local, trabajando por hora, como lo hacía en otros lugares. Pero, a diferencia de estos, su trabajo allí le resultaba más ameno, porque estaba en contacto con el juego que la apasionaba: la quiniela. Mientras barría, escurría el trapo de piso o pasaba un paño por encima del mostrador, alzaba la vista y observaba el tablero donde se encontraban los números ganadores de la semana. A veces solo miraba, pero otras realizaba comentarios sobre los que salieron, los atrasados, los que estarían por salir. De vez en cuando, aprovechaba para realizar una apuesta, incluso utilizando una buena parte de lo que sería su paga por aquellas horas en la agencia. Sandra, en esos momentos en que se la veía a Marta casi obnubilada por los resultados del día, observaba la escena con simpatía y, sonriendo, le decía:

–Decí la verdad: ¿En qué otro lugar que limpiás te entretenés así?

–Y… si en otro lado son todos problemas –contestaba Marta, también sonriendo.

En contraste con los problemas (asociados en este caso al ámbito laboral), la quiniela se presenta como una actividad lúdica que permite distender el trajinar cotidiano al añadir, mediante el simple contacto con los números y la búsqueda de la suerte, un poco de interés al día.

Mariana entra por segunda vez en el día a la agencia. Pero, a diferencia de la primera, ahora estaba Sandra, quien le preguntó si había podido “bajar el libro”. Le contestó que sí, que estuvo leyendo y que “cuadra perfecto con la persona”. Yo no entendía bien de qué se trataba, hasta que pregunté a qué libro se referían. Sandra me explicó que era uno de una página web que le había recomendado a Mariana, en el que se detalla la personalidad del psicópata. Aparentemente, Mariana había tenido una relación con una persona y estaba bastante dolida por algo. Hablaron sobre el tema un rato, aunque el tono privado de la conversación me abstuvo de entrometerme en ella. Cuando se retiraba, Mariana bromeó con tristeza que se iba a ir a su casa “a darle al seis cuatro” para desahogarse: el 64 es el llanto en los sueños.
–Por lo menos espero una alegría… que salga un número –remató mientas salía (nota de campo, 20/09/2012, El Veintidós).

Jugar, como en el caso de Marta y de Mariana, puede ser entonces una forma de practicar la alegría, por nimia que parezca, substrayéndose momentáneamente al curso ordinario de las preocupaciones corrientes. Esas pequeñas islas ponen en suspenso el tiempo social del jugador, aquel de las obligaciones, los vacíos, las relaciones de fuerza, por el tiempo mágico que ofrece la posibilidad del acontecimiento en una espera que ya es algo en sí misma, independientemente del resultado que arroje el sorteo. El esperar esperanzado, y no la espera de la sumisión llana, es también una forma de recuperar la fantasía que vuelve más amena las horas de trabajo, la espera (ahora sí) densa de las obligaciones.

Sandra y yo colocábamos los extractos de los números ganadores para los distintos juegos y los afiches publicitarios, ella en la vidriera, y yo, en las carteleras junto a una de las repisas. En eso ingresó un hombre de mediana edad, sin demasiado apuro en su andar. Es uno de los choferes de la remisería que se encuentra a la vuelta de la agencia, asiduos clientes de esta.

–Ya lo atiendo, ¿eh? –le dijo Sandra, mientras intentaba acomodar uno de los afiches publicitarios del Quini 6, que son bastante grandes.

–Sí, no hay problema… Mientras más tarde, más tarde voy a ir a trabajar –le contestó, sin ningún dejo de ironía.

Sandra tenía dificultades para colocar los afiches en la vidriera, así que me pidió ayuda.

–¿Seguro que no tiene apuro? –le repreguntó con duda al jugador. El hombre le reiteró que no, revisando impasible sus números. Finalmente, Sandra se dirigió hacia el mostrador para atenderlo. Aquel le pasó sus jugadas, y ella se dispuso a digitarlas en la terminal de apuestas. Mientras lo hacía, sonó el celular del jugador:
–Te llamo en un rato… estoy manejando. De fondo se escuchaban nítidamente los sonidos que emite la terminal al apretar sus teclas–. Este me está buscando para trabajar –le dijo a Sandra tras cortar la llamada, riéndose–. Y bueno, dame un Quini y un Loto. Vamos a bombardear por todos lados –agregó finalmente, haciendo referencia a multiplicar las chances de ganar con alguno de los juegos (nota de campo, 19/07/2012, El Veintidós).

Ausentarse de la casa, del trabajo o de las obligaciones en general por un corto instante para pasar por la agencia y hacer sus jugadas es un rasgo típico de muchos jugadores. Amas de casa que aprovechan sus compras o directamente salen con el propósito de dirigirse a la agencia, jubilados cuyo único paseo diario consiste en “jugarse un numerito”, empleados que esperan la hora del almuerzo o el término del horario laboral para ver si tuvieron suerte en los sorteos anteriores, taxistas que frenan sus autos en la puerta de las agencias para “hacer una diferencia” y tal vez poder volver más temprano a sus hogares son todos casos en los que la ilusión actúa de distintas maneras sobre el tiempo, ya sea fraccionando y amenizando el de las obligaciones, o directamente creando un tiempo al dar algo que esperar. Si la esperanza en la quiniela parece ser razonable para sus adeptos, se debe al hecho de que organiza el tiempo de manera rutinaria, pero permitiendo, a su vez, otorgarle un sentido a la rutina; rutina peculiar consistente en la espera del acontecimiento que pone entre paréntesis el tiempo social. Si, a los ojos del lego, puede parecer irracional el hecho de entroncar sentidos en el acierto a la quiniela, puede haber, no obstante, “buenas razones” (Boudon, 2003) para quienes los buscan allí, incluso cuando no son directamente enunciables. En efecto, el sentido de la rutinización de la esperanza (Giraud, 2007) que otorga el juego parece residir en que lo que permite es justamente la autosuficiencia de una espera circular, depositada cada vez en un nuevo sorteo. Dinámica inmutable (Martignoni, 1997), esa rutinización del juego es a la vez lo que habilita, mediante la esperanza en el acontecimiento, una ruptura con las actividades cotidianas de los jugadores, de donde, no obstante, obtienen todos los recursos para apostar. Juego menor, aparentemente inocuo y sin grandes connotaciones financieras, es por ello por lo que permite a un gran número de personas participar de la búsqueda de ese pequeño instante milagroso que el ganar implica. Ofrece, como ya expondré, la posibilidad de una ludodicea, es decir, de una justicia que se define en términos de la salvación simbólica que el acontecimiento de ganar conlleva.

“¿Querés salvarte?”

Uno de los lugares públicos en donde era posible observar interacciones vinculadas a la quiniela era en los bares que son especialmente frecuentados por sectores populares. Esto se debe a que muchos de dichos establecimientos mantenían sus televisores en el canal de noticias Crónica. Hacia la noche, antes del último sorteo, Riverito (un ya legendario personaje de radio y televisión que presentaba los números ganadores de la quiniela) tenía allí un espacio titulado “La danza de la fortuna”, en el que presentaban los premiados del día. Una pequeña parrilla ubicada en el partido de San Martín, a metros de la estación de tren homónima, me permitió durante el 2011 realizar algunas observaciones en torno a la emisión de los resultados. En general, entre los no jugadores, no se observaban grandes efusiones en relación con los números ganadores o perdedores, sino más bien simples comentarios entre los habituales parroquianos que día tras día tomaban un vaso de vino o una cerveza antes de retornar a sus hogares o de continuar con su labor. Muchos de ellos eran vendedores ambulantes en el tren, que hacían una parada antes de emprender su última ronda. Pero también se detenían clientes ocasionales que se hallaban circunstancialmente de paso, teniendo en cuenta que la zona es el centro administrativo del partido bonaerense de San Martín. Al momento de la emisión del programa, el pequeño grupo de habitués –si no estaban ocupados en alguna otra conversación– o los clientes circunstanciales alzaban la vista hacia el televisor, colgado en la parte superior de una pared. Aun cuando no todos eran jugadores, todos se hallaban, no obstante, familiarizados con los significados de los números, haciendo referencia a ellos y a cuáles podrían haber jugado. La presencia de la quiniela en la vida popular se vislumbraba en que el sorteo se constituía en un espacio de socialización en sí mismo, independientemente de haber jugado o no, habitado con gran familiaridad.

Uno de los días en que estuve en aquel bar, una familia compuesta por la madre, el padre y tres niños se había ubicado en una mesa doble, frente a la entrada. La hija, que era apenas una beba, estaba sentada sobre la falda de la mujer, mientras que los dos hijos varones jugaban alrededor de las mesas, sobre las que había una botella de cerveza y una gaseosa. A pesar del frío invernal, el hombre –que no pasaría de los 35 años– salió a fumar a la vereda, provisto apenas de un conjunto deportivo gastado como atuendo. Terminado el cigarrillo, volvió impaciente a sentarse. Le dijo algo a su compañera, entre lo que se pudo escuchar la mención de unos números. De repente, el padre se paró, se dirigió con prontitud y determinación hacia el mostrador, ubicado a unos tres escasos metros (entre la barra, que mira hacia la entrada, y la salida, habría apenas cinco metros), y le pidió a Luis, el dueño del boliche, una lapicera “y un papel cualquiera”. El patrón le alcanzó lo que demandaba. Se lo veía exaltado y con un brillo en los ojos que me resultaba característico de ciertos estados anímicos de los jugadores. Se sentó y anotó, concentradamente, lo que tenía en mente. Cuando hubo terminado su anotación, le preguntó a la mujer: “¿Qué número te gusta?”. Ella le contestó en un tono bajo, casi susurrado. “¿Nada más?”, insistió el hombre. Ella hizo una negativa con la cabeza. Él se levantó y salió apurado con el papel en la mano, mientras los hijos más grandes continuaban moviéndose de un lugar al otro de la mesa, jugando entre ellos.

Unos minutos más tarde, el hombre volvió con mayor entusiasmo y ansiedad. Por lo visto, la suerte estaba echada. Se sentó nuevamente en su lugar, aunque no resistió mucho: salió a la vereda, esta vez acompañado por su mujer. Tomó a la beba en brazos, dándole demostraciones de afecto. Luego de un breve rato, volvieron a entrar. Él se acercó al mostrador, todavía sosteniendo a su hija. Se notaba que no resistía la agitación de la confianza en su apuesta, hasta que finalmente la manifestó con euforia: “¿Querés ganar plata?, ¿querés ganar plata?”, le repetía exaltado a Luis en voz alta. “¿Querés ganar plata?, ¿querés salvarte? ¡Cuatro diecisiete, cuatro diecisiete!”, sentenció con fervor religioso.

Pero ¿cómo se vincula ese fervor, aparentemente desproporcionado, con ese juego medio, de escaso rédito y sin grandes posibilidades de cambiar la vida de los jugadores? Si, como dije anteriormente, las esperanzas subjetivas se ajustan a las probabilidades objetivas de la quiniela, es porque estas son suficientemente altas como para lograr beneficios esporádicos, económicos y simbólicos, que se presentan como buenas opciones frente a la ausencia de otras fuentes más realistas. La quiniela se ajusta así a la potencia social de los jugadores, para quienes la circulación del dinero y de las aspiraciones en el juego no hace más que reproducir la circulación en la vida cotidiana de las pequeñas aspiraciones y necesidades bajo una dimensión lúdica. Pero, además, hace de la necesidad virtud al usar lo conocido de la vida cotidiana para buscar fuentes de sentido y de dinero por y para esa misma cotidianidad.

Como mencioné en el capítulo 2, el sacrificio de dinero que la apuesta implica supone una trasgresión en términos de la dilapidación de recursos. Este acto antieconómico, no obstante, solo puede comprenderse en el contexto de una economía de la espera que la apuesta entraña, bajo la esperanza de una ganancia ideal y material –para hablar como Weber– que se presenta bajo la noción de salvación. Si, en un sentido más general, salvarse se refiere al hecho de no tener que trabajar más para ganarse la vida, se utiliza también para temporalidades más acotadas (salvar el mes y hasta el día) o incluso para determinados bienes adquiridos a la sazón o ante la necesidad de afrontar ciertos gastos, como jugar al 19 para salvar el pescado de Pascuas o al número de patente de un auto usado que se adquiere para salvar los costos del trámite de transferencia. No obstante, su uso rebalsa la dimensión económica desde que no se juega solo para conseguir dinero. En efecto, utilizar los premios para repartir o para invitar a alguien a comer, más allá de la sociabilidad que implican, no son fines calculados de la apuesta, y, de hecho, eran pocos los jugadores habituales de quiniela que jugaban con el objetivo explícito de conseguir dinero para algo concreto.

Si, en otros juegos que ofrecen premios millonarios, el anhelo de salvación económica (y todos los imaginarios que le están asociados, como una vida feliz, sin preocupaciones, sin dependencias, etc.) se presenta más directamente, en los pequeños montos que promete la quiniela parece vislumbrarse una salvación más centrada en contrarrestar las subordinaciones y los hastíos que la cotidianidad impone. En este sentido, la quiniela implica la posibilidad de la experiencia misma de la salvación como develamiento de un estado de gracia en el mundo, victoria rodeada de cierta épica que devuelve un sentido de la existencia a sus jugadores. Actúa así como una ordalía ( Le Breton, 2000), rito oracular en el que se interroga el valor y la legitimidad de la propia existencia mediante la proximidad (metafórica o real, si se piensa en la ruleta rusa) con la muerte. Pero esta prueba no puede ser inactiva, sino que debe contar con cierta participación del sujeto (debe poder apostar). El que los juegos sin apuestas carezcan de interés para nuestros jugadores denota que la gloria y el sentido no pueden ser conseguidos sin el sacrificio y el riesgo de pérdida que implica la apuesta, que es material y simbólica también: se apuesta dinero, pero con el dinero se apuesta uno mismo, representado por ese dinero, reproduciendo la sacralización del yo a través de aquel pequeño ritual (Goffman, 2001). Porque el dinero importa y es necesario para otras cosas es por lo que es sacrificado.

Pablo: Y juegos sin apuestas, así más lúdicos, ¿te gustan?

Adriana: [sin convicción, como dudando] Sí… el Scrabble me gusta, pero a mí me gusta apostar, ¿viste? Si no hay plata…

A su vez, ese carácter sacrificial se observaba en el disgusto que producía un error de tipeo en el número apostado –aun cuando la cifra errónea se conservase–, lo cual llevaba a que siempre se exigiese volver a digitar el inicialmente mentado. Dado que uno (se) apuesta a través de un número, este pasa a ser un símbolo personal y, por eso, inalienable, por cuya mediación se dictaminará su suerte. El número representa al jugador en el universo mágico de la suerte.

En este sentido, es posible decir que los juegos de azar todavía mantienen una atracción de tipo espiritual (Binde, 2007), puesto que permiten un reencuentro individual de la trascendencia al proporcionar una fuente de salvación que reconstituye la experiencia de un presente (aunque acotado) dotado de sentido. La categoría de salvación deberá entonces ser entendida en un sentido amplio, y no meramente económico. Si bien las ganancias pecuniarias pueden ser una motivación explícita de los jugadores, este no siempre es el caso, y, en este sentido, el juego se transforma en una diversión suntuaria desde que las ganancias son casi siempre escasas frente a las pérdidas. Abordar esto sin tratarlo como irracional o patológico o bajo cualquier otra forma de indignidad que muchas veces se reproduce desde las propias ciencias sociales en cuanto a este tema es preguntarse por aquello que se halla en juego detrás de la apuesta monetaria.

La quiniela puede ser entendida, entonces, como una salvación a partir de lo cotidiano, de aquello que no tiene brillo por sí mismo, sino por el hecho de la posibilidad que encierra en el juego, reordenando personas, hechos y cosas en configuraciones particulares en las que todo se vincula con todo, y eliminando así todo vacío interpretativo o sinsentido. Jugar a una rata, al pescado, a un cumpleaños es jugar con la estructura en busca del acontecimiento, de la revelación de un carisma personal. En este punto, la quiniela puede ser entendida como expresión de una cosmología en que lo trascendente y lo inmanente, lo natural y lo sobrenatural, lo cotidiano y lo extraordinario no se hallan enfrentados como fuerzas excluyentes, sino que ambas participan en un continuum que actúa con igual eficacia sobre la vida cotidiana (Semán, 2006).

Una ludodicea

Lo que hace falta para que reine el orden social es que la mayoría de los hombres se contenten con su suerte; pero lo que hace falta para que se contenten no es que tengan más o menos, es que estén convencidos de que no tienen derecho a tener más” (Durkheim, 1987: 259).

El juego de azar puede ser entendido como una forma –si bien circunscripta– de inconformismo con la propia suerte, con el destino social, y por eso sería necesario probarla bajo la creencia de que la vida les debe algo, de que debe haber una recompensa. Constituye, de este modo, una especie de ludodicea, una teoría a la vez que una interrogación sobre el sentido de la distribución de la justicia en el mundo a partir del juego. Si se sigue esta interpretación, se puede ver en la quiniela una institución que permite, a través de la circulación de la suerte, la circulación monetaria y simbólica de quienes esperan algo más de su día a día.

La alea no tiene por función hacer ganar dinero a los más inteligentes, sino por el contrario, abolir las superioridades naturales o adquiridas de los individuos, a fin de poner a cada uno en pie de igualdad absoluta delante del veredicto ciego de la suerte (Caillois, 1967: 58).

La caracterización que hace Caillois de los juegos de azar, si bien dotada de idealismo, tiene la virtud de descentrar el hecho de la ganancia monetaria para reintroducir la igualdad que instituye la alea más allá de aquella. El corazón de estos juegos sería justamente abolir las superioridades (aun las más aparentemente naturales) para dar pie a la posibilidad del acceso igualitario al hecho de ganar. Sin embargo, los jugadores no buscan la igualdad de posibilidades de todos, sino la victoria de los que menos suerte han tenido en la vida social, como si el juego justo fuera aquel en el que ganan los que nunca ganan.

El tema del día en La Quince parece ser un hombre que ganó el pozo del Quini 6 en la localidad Maquinista Savio, dentro del partido de Escobar. Aparentemente, cerca de seis millones de pesos netos (descontados los impuestos). Cecilia y Miguel especulan con lo que harían con esa plata junto con algunos jugadores. Pero todos acuerdan que con ese monto se tendrían que ir de su lugar de residencia actual por cuestiones de seguridad.
Miguel, mientras Cecilia comentaba el hecho con una jugadora, se me acercó y me dijo que esperaba que el ganador del Quini haya sido alguien bien pobre, “de esos que vienen a jugar con dos pesos, no uno de esos fanfarrones”. Al rato ingresó una señora que también comentó el hecho:
–¿Así que es alguien de Savio el ganador? –preguntó para introducir la conversación.
–Sí, el del Quini –asintió Miguel.
–¡Que suerte!
Ojalá sea alguien bien, bien humilde.
–Sí, yo dije lo mismo –le contestó Miguel (
nota de campo, 23/06/2011, La Quince).

Miguel y Cecilia son hermanos. Su tía, quien trabajaba en la otra agencia de Sandra en Escobar y periódicamente realizaba reemplazos en La Quince, vendió durante una época quiniela clandestina para un capitalista, antes de ingresar hacía varios años a ese negocio. Su hermana, la madre de Cecilia y Miguel, también lo había hecho en su propio local de venta de verduras, hasta que debió cerrarlo. El padre de aquellos, quien trabajaba en una fábrica de pintura, jugaba a la quiniela habitualmente. Cecilia le hacía las jugadas a él y a sus compañeros de trabajo, que le pasaban los números por celular. Miguel también apostaba a la quiniela, y esporádicamente le gustaba frecuentar la ruleta del casino Trilenium, en Tigre. Vale decir que la familia entera tenía un vínculo con el juego, ya sea por jugar, o por trabajar en ello. No se trataba de la expresión de un neófito, y no parece casual, entonces, que el deseo coincidente de estas personas acerca del destino de los millones del Quini se centrara en alguien “humilde”. Pero diré enseguida que esto no se debe a un supuesto ethos generoso de los jugadores de quiniela o lotería, o incluso de los sectores populares, sino que más bien se vincula con la lógica social implícita en el juego. Hay en él una esperanza depositada que se relaciona con una ludodicea de aquellos que, en tanto se perciben a sí mismos como quienes no han gozado de fortuna (en el doble sentido de dinero y de suerte favorable) en la vida social, esperan ser recompensados a través del juego.

Apenas me encuentro con Adriana, le pregunto si se enteró de que alguien ganó 21 millones de pesos con el Quini 6. Me contesta inmediatamente:

–¡Sí, en Ballester! Callate que pensé que era yo, porque vengo borrando [acertando] siempre cuatro números y como yo juego en Ballester… Pero 21 millones es mucha plata, yo no quiero tanto.

–Yo no tengo problema, eh [riéndome].

–No, claro, yo tampoco, pero ¿qué hago con tanta plata? Está bien que tengo un montón para repartir, pero igual… Me parece que es en la agencia que juego yo, y por los números puede que sea una morochita que juega. Ojalá que le haya salido a alguien bien humilde, viste, porque el que tiene plata generalmente es amarrete; pero el que no, es agradecido. Hay que devolver (nota de campo, 4/03/2013, San Martín).

Este relato marca dos cuestiones relacionadas que, como se puede ver, no son privativas de Adriana. Por un lado, la idea de repartir como forma de devolver, del entregar mediante dones el premio obtenido. Buena parte de las ganancias esporádicas de Adriana eran utilizadas para hacer regalos a familiares y allegados. Para ella, era como una forma de agradecer por la suerte obtenida. Pero, más allá del destino que se le asignara al dinero ganado, el deseo de Adriana trasluce una suerte de ludodicea que se presentaba especialmente en esas ocasiones en las que tomaba estado público la obtención de un gran premio por parte de un jugador desconocido, lo cual ayuda a comprender un poco más el sentido profundo del juego. En esta ludodicea se expresa un sentido práctico de justicia que, a través de la suerte que rige el juego, equilibraría una situación percibida como desigual, especie particular de redención momentánea que plantea a sus jugadores la perspectiva de liberación (también momentánea) del sufrimiento (Weber, 2012). De esta forma, Adriana hacía uso de una sociología espontánea que le indicaba, con acierto o no (no es lo que interesa mostrar), que “alguien bien humilde” iba a saber agradecer, es decir, devolver, y, en este sentido, sería merecedor del premio, en contraposición al “que tiene plata”, asociado a la tacañería. Se trata así de una alteridad por contraposición a la cual se instituye una autoafirmación basada en una moral distinta que, de por sí, acreditaría el carácter justo del acceso a la ganancia. Ganancia, por otra parte, a la que se aspira dentro de determinados parámetros de lo que se considera apropiado para cada uno.

Yo juego… sí, no te digo que no es para ganar, pero ganar qué sé yo… seis millones ponele, dividido entre cuatro. ¿Para qué quiero yo seis millones? Si estoy más cerca del subsuelo que del primer piso (jubilado, 19/05/2011, La Quince).

Una señora mayor viene a controlar las jugadas de la quiniela y del Quini 6. Cuando deja las boletas arriba del mostrador, Miguel le pregunta, bromeando:

–¿Es millonaria?

–Noo, ¿para qué? Si es para problemas, mejor que no.

–Para irse del país…

–No, irme no. Sí de paseo, a las cataratas, a Villa la Angostura… (nota de campo, 30/06/2011, El Veintidós).

Llega Marta, una señora de unos 60 años, que siempre viene con lentes oscuros amplios. Juega al Quini 6 y comenta, mientras mira hacia la pared donde están los pronósticos:

–¡Qué suerte el de Olivos!

–¿Qué ganó? –le pregunto.

–Un millón, al Quini; y el otro que ganó 7 millones, el de…, de… [intenta recordar] Junín.

–¡Qué suerte! ¿Sabés lo bien que me vendría un millón? –interviene Julieta.

–Y a mí ni te digo, con todos los problemas que tengo… No un millón, un sale o sale[4] (nota de campo, 4/04/2012, El Veintidós).

Una señora bastante anciana pregunta:

–¿Qué número tengo que jugar? Soñé que estaba en casa y me robaban los chicos.

–Yo jugaría el 7902, el 79 son los ladrones y el 02 los niños –le contestó Miguel.

Cecilia, que escuchaba la escena mientras hacía otras tareas, se acuerda en voz alta:

–Ah, yo soñé que me robaban. Le voy a jugar al 79.

Hace la operación y al instante agrega:

–2 pesos le jugué.

Miguel, en tono burlón, se dirige a la señora diciendo:

–Pará, que mi hermana juega dos pesos… [se ríe].

A la señora pareció no causarle gracia y adoptó un tono algo severo:

–Bueno, pero va a ganar, porque los ambiciosos nunca sacan nada (nota de campo, 16/06/2011, La Quince).

La ambición puede ser una virtud en el ideario dominante del hombre o la mujer exitosos, pero, en el ámbito delimitado del juego, no se accede a la riqueza por ser ambicioso, sino por otras cualidades. Haciendo de la necesidad virtud, el juego ofrece el medio de acceder a victorias que pueden estar vedadas, o al menos circunscriptas, en el mundo social. El juego de azar se presenta así como un campo que no es para los ambiciosos, sino que les pertenece por derecho propio a los agradecidos y confiados frente a las asimetrías externas y heteronomías de todo tipo; un campo en el que los infortunados de la vida diaria (aunque no sean los únicos que juegan) esperan al menos un pequeño mejoramiento de lo ordinario (Martignoni, 1992), pero sin incurrir en un ansia desproporcionada por el dinero (“El que juega por necesidad pierde por obligación”). Claro que no se trata de una práctica contestataria ni de un replanteamiento de las relaciones sociales, sino de una manera individualizada, pero colectivamente organizada, de hacer de la existencia social una nueva forma de ser en el mundo.

El juego puede pensarse así como un tipo particular de bien de salvación que habilita una esperanza (diría mágica, pero fundada en el saber práctico de su experiencia periódica) basada en la posibilidad de sentido que el sorteo realiza. No se trata simplemente del sentido económico, sino del sentido de la espera que la quiniela puede ofrecer, al menos por un corto instante. Abordar una economía del juego que se centre no en las ganancias (únicamente), sino en los bienes asociados a dicho juego más allá del aspecto monetario es preguntarse por lo que se está consumiendo cuando se apuesta un número a la quiniela. La incongruencia entre la idea de sentido común de salvación en términos económicos, por un lado, y los resultados realmente obtenidos por los jugadores, por el otro, da por tierra con todo intento de explicación economicista, el cual inevitablemente lleva a la idea de irracionalidad. Pareciera más bien que es preciso tomar en serio a los propios jugadores cuando dicen que es su única diversión, pero para, partiendo de ese aspecto lúdico, rastrear lo milagroso que la apuesta abre. Ganar es realmente salvarse en cuanto reintroduce un poco de justicia en la vida de las personas, al otorgarles un sentido de trascendencia, de ser depositarios de la suerte.

Las teodiceas, como las analizó Weber, suponen tentativas por encontrar, frente a las contradicciones que suscitaba el sufrimiento en el mundo, un sentido global en esas tensiones. Esta exigencia, señala, aparecía como “el problema general del sufrimiento injustificado, es decir, como postulado de una compensación justa del reparto desigual de la suerte individual en el mundo” (Weber, 2012: 439). La ludodicea, entonces, supone la búsqueda de una redención de la condición presente a partir del juego, reconciliando las tensiones de la cotidianidad con ese pequeño espacio lúdico de salvación. Si bien esta puede aparecer en términos económicos (aun cuando se trate de lo que pueda aportar a las necesidades del día a día), su mayor peso se comprende en términos simbólicos, en cuanto confiere un “estado de gracia” a quienes no cuentan con un capital de sentido originado en el campo social. Ganar es incorporar cierto carisma como atributo personal, noción que se acerca bastante a la idea de lo sacro en Durkheim –o de mana, como el mismo Weber (2012: 64) señala–, y que expresa aquella calidad de lo que está fuera de lo cotidiano. Salvarse es, siguiendo esta línea interpretativa, encontrar un sentido a lo cotidiano a partir de aquel instante epifánico en el que se produce un contacto con lo extraordinario, con ese algo distinto o, para hablar como Durkheim, con lo sagrado, y que expresa la presencia de cierto carisma o mana que, justamente por ser extracotidiano, no poseen en la cotidianidad los jugadores. Ese diferencial simbólico, la fuerza que es puesta en presencia al ganar es la que hace que se pase de una situación de equivalencia a una de diferencia, la que abre un acontecimiento.

Aunque sea desmesurado pensar en nuestros jugadores como excluidos de todo juego (incluso existiendo una relación estadísticamente significativa), hay cierta afinidad entre este tipo de actividad lúdica y determinada percepción del tiempo social y de la relativa ausencia de una illusio que otorgue razones para comprometerse con la cotidianidad. Diversos trabajos sociodemográficos sobre los jugadores de lotería han mostrado que, en general, existe una relación inversa entre el nivel de ingreso y las apuestas a dichos juegos (Lang y Omori, 2009), pero también entre estas y los niveles educativos y el estatus ocupacional, incrementándose la práctica en el caso de las minorías étnicas y sociales[5]. Esto se corresponde con las observaciones que he podido realizar en las agencias: he dado cuenta de que se trata mayormente de trabajadores formales e informales. Pero, aunque mayoritarios, los sectores populares no son los únicos que encuentran en la quiniela una fuente de pequeños acontecimientos que den razones de esperar, lo que explica la presencia de muchos empleados de cuello blanco, jubilados y amas de casa que no necesariamente se ubican dentro de aquellas categorías. El problema del tiempo no se evidencia únicamente entre quienes estarían excluidos de otros juegos, sino también entre quienes, por su posición en el juego, no hallan perspectivas de cambio.

Elena es un ama de casa que concurría diariamente a la agencia El Veintidós junto a Atila, su perro caniche. Ella vivía dedicada a su marido y a su hijo, sin otra actividad que los quehaceres domésticos y el paseo diario que realizaba a la agencia. Allí muchas veces permanecía más de lo que duraban sus apuestas, aprovechando el espacio de sociabilidad que le proveía Julieta, a quien le fascinaban los perros. Aun sin decir nada, simplemente ubicándose cerca del mostrador con Atila en brazos, esperando expectante que pasara algo, que le hablásemos, Elena se tomaba su tiempo antes de volver a su casa para prepararle el almuerzo a su mascota –generalmente pollo– y luego ver televisión juntos. Su hijo (que en ese momento tenía 24 años, ya en la universidad y trabajando) y su marido se ausentaban de la casa durante el día, y ella le dedicaba su tiempo de ocio al perro, a la quiniela y a la televisión. “Hoy vino el coiffeur a bañarlo y cortarle el pelo”, nos comentaba en una oportunidad mostrando al animal reluciente. “Ahora vamos a ver el canal cultural… el canal cultural le digo yo a Rial[6]. Sus incursiones a la agencia no iban acompañadas de ninguna otra actividad: ni compras, ni pago de servicios, ni trámite alguno. Simplemente ingresaba con su compañero Atila, por quien velaba como por un hijo. Sin dudas, la quiniela era para Elena una manera de diversión, pero también de crear un tiempo, de agregar la paradójica, rutinaria y pequeña aventura de las apuestas. Los aciertos también eran bienes de salvación para ella, en la medida en que le ofrecían una cuota de confirmación y de reconocimiento (aun cuando ninguna persona la reconociera) de algo.

Pero estos jugadores tampoco eran unos inconformistas de sus vidas: no necesariamente deseaban otros destinos o una suerte más ilustre. Elena decía ser feliz de poder llevarle el desayuno a la cama a su hijo y plancharle las camisas, o de cocinarle a su fiel mascota. La quiniela simplemente le hacía el día más llevadero en su solitaria rutina, dándole algo que hacer y en qué pensar, al menos por un rato. El sentido del agasajo señalado por Miller (1999) es justamente otorgarse algo que tiene el rasgo de ser inalienable. Si este juego puede ser pensado como un operador simbólico, es porque provee sentidos a la espera, vinculando sucesos con significaciones en una circulación ininterrumpida de la suerte. Los jugadores encuentran allí elementos que, parafraseando a Lévi-Strauss, son buenos para pensar en su propia cotidianidad, organizándola en torno a las significaciones de los números. Pero la quiniela es apenas una forma específica –sin duda cultural, pero también política– de organizar cuestiones estructuralmente semejantes que aparecen como fenomenológicamente diferentes. Es solamente un juego (no el único), pero que expresa la búsqueda del acontecimiento y que otorga pequeñas cantidades de alegría que, aunque efímeras, reconfortan el andar diario de los jugadores.


  1. Sobre el fiado en las agencias de lotería, puede verse Figueiro (2018).
  2. Esto constituiría en sí mismo otra investigación, por cierto de mucho interés. Sobre los ganadores de grandes premios en los juegos de azar y la conversión de agentes que, no teniendo las disposiciones sociales para ser millonarios, han devenido tales, puede verse para el caso francés el estudio de Pinçon y Pinçon-Charlot (2012).
  3. “Sobreponerse a la religión como la dicha ilusoria del pueblo es exigir para éste una dicha real. El pugnar por acabar con las ilusiones acerca de una situación, significa pedir que se acabe con una situación que necesita de ilusiones” (Marx, 1982: 491. Cursivas en el original).
  4. Sale o sale es una modalidad del juego Quini 6 por la que pueden ganarse premios menores al pozo mayor. Para el caso, se trataba de 5.000 pesos.
  5. Sobre el tema, pueden verse los siguientes trabajos: Beckert y Lutter (2009 y 2013); Brown et al. (1992); Casey (2003); Clotfelter y Cook (1987); Lang y Omori (2009); Price y Novak (1999). Por otra parte, esta misma relación es la que la propia Lotería Nacional presentó en el informe citado en la introducción de este trabajo.
  6. Se refiere a un programa televisivo dedicado a la farándula, el cual era transmitido en el horario de 13 a 15 horas y conducido por Jorge Rial.


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