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Presentación al estudio
sobre Francisco de Miranda

por Guillermo Barón

El texto que sigue corresponde al segundo apartado del Capítulo 4 de Revolución y utopía, la tesis de doctorado de Estela Fernández Nadal. En este apartado Estela encuentra en las estrategias discursivas de Francisco de Miranda, el precursor de la emancipación hispanoamericana, las marcas cristalizadas de sus estrategias políticas. Descubre el juego que se establece entre la categoría de portavoz y la de los diferentes nosotros inclusivos que el enunciador va tejiendo como círculos concéntricos, permitiéndonos ver cuál es el sentido social que Miranda, como representante ideológico más acabado de las élites criollas que dieron forma a la independencia, imprime a la revolución hispanoamericana.

Así, la diferencia entre los referentes que alternadamente llenan de sentido al deíctico «nosotros los americanos» —el pueblo llano cuando es necesario su auxilio para destruir el viejo orden, las élites criollas cuando se busca definir el sentido de una nueva institucionalidad— permite entender el camino sinuoso de la estrategia política del prócer así como los diferentes momentos de la argumentación política y la retórica revolucionaria.

Elegí este texto porque fue el que más me orientó en mi propio trabajo. Revolución y Utopía es ejemplo concreto de la adecuación de la perspectiva discursiva a la Historia de las ideas y del análisis del discurso como herramienta por excelencia de este tipo de investigaciones. Hasta encontrarme con esta lectura, la mayoría de los estudios de análisis del discurso con los que estaba familiarizado ensayaban o una aproximación positivista a los textos, mediante la aplicación de anodinas técnicas cuantitativistas, o pretendidas hermenéuticas que agregaban muy poco a la hora de analizar textos tan potentes como, en este caso, los de los libertadores americanos.

Frente a los peligros de una lectura contenidista/literalista, en la cual cae la mayoría de los trabajos de este tipo, y de una lectura externa a los discursos, que de tan externa muchas veces se vuelve extraña y antojadiza, Estela nos propone en cambio una lectura entrelíneas, una lectura que parte de la propia falta de homogeneidad de los textos para permitirnos leer más allá de su superficie. Una lectura suspicaz, que contrasta entre sí no sólo las concreciones discursivas («los textos») sino también los discursos posibles y los reales, haciendo evidentes los vacíos y los silencios.

En este texto se trasluce fielmente lo que Estela nos ha enseñado a quienes hemos tenido la suerte de ser sus discípules: el cuestionamiento permanente, la desconfianza frente a las inmaterialidad de las ideas, la certeza de que siempre, de manera más o menos evidente, se manifiesta en ellas el interés, la ambición, el deseo y la imaginación de sujetos situados, de sujetos imbuidos en la apuesta permanente del juego político.



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