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Presentación al texto sobre la racionalidad moderna
en Franz Hinkelammert

por Manuel Cuervo

Este escrito breve no se propone presentar el artículo de Estela, sino más bien una idea que porfía en su extensa y variopinta producción; y que aparece tratada de un modo sugerente y especialmente claro en este ensayo.

¿Qué idea es? La que, en palabras de Franz Hinkelammert, nos dice que la vida humana no es otra cosa que infinitud atravesada de finitud. En esta idea, simple y profunda, se juega un conjunto de asunciones ontológico-epistemológicas cuya concurrencia resulta clave para un quehacer científico realmente crítico. Insistir en la dignidad irrenunciable del sujeto, es decir, en su condición de exceso infinito respecto a cualquiera de las objetivaciones por medio de las cuales se presenta en situación, no es sólo un postulado ético-político notable para orientar nuestras prácticas; es principalmente condición de posibilidad para el desarrollo de una verdadera ciencia social.

Si tal como planteaba Bachelard en La formación del espíritu científico, frente a lo real el espíritu científico jamás es joven, sino que tiene la brumosa y espesa edad de sus prejuicios; esta idea que nos propone Estela ofrece un punto arquimédico para conocer lo real que hay en lo social, en la imperturbable opacidad de sus instituciones, en la inasequible urdimbre política que, silenciosa, le brinda consistencia en el juego tenaz de sus luces y sus sombras.

La singular dialéctica entre infinitud y finitud, que habita en esta idea, constituye una herramienta conceptual muy precisa para aprehender la naturaleza de una situación social cualquiera, su efectiva configuración en una trama de poder; es decir, para proyectar una luz de fondo sobre la cual recortar rigurosamente el perfil que dibuja la miríada de mediaciones institucionales y relaciones de poder que la constituyen. Sin esa operación de producción del fondo (como horizonte utópico), y sin la reflexión consecuente sobre qué condiciones ontológicas son las que permiten que una vida albergue la posibilidad de producir esa operación (la vida como aspiración de infinitud), no pareciera posible una crítica de lo social en el sentido estricto de la palabra.

Ahora bien, la idea de la que hablamos no eclipsa su potencia en esta función conceptual. Trabaja también como índice de una cierta actitud vital, de un modo de ponerse en situación. De eso también nos habla Estela… cuando hace… y en el modo en que hace. Insistir, nos sugiere, con denuedo insurgente, insistir, a cada paso que habitamos, en el irrenunciable valor del sujeto. Ponernos, en tanto sujetos, como valiosos. Allí también la clave de un singular modo de practicar el magisterio, de abrazar un destino, de ejercer la militancia. Enseñarnos como de soslayo el coraje de la verdad; invitarnos —en un universo de relaciones sociales crecientemente abismado en el imperio de lo instrumental— a no ceder a la molicie del argumento efectista, a confiar en la potencia de los sujetos y a practicar efectivamente el valor de empuñar nuestras verdades en la acción.



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