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Modernidad y dictadura
en América Latina[1]

La tortura como dispositivo refundacional

José Santos Herceg[2]

La relación de América Latina con la modernidad es tan larga y profunda como controversial. El tópico de la modernidad de América latina ha atravesado el continente desde su ingreso en la historia europea. La aspiración, el sueño, la exigencia de modernidad, ha sido objeto de gran cantidad de políticas, de acciones concretas y de discursos. El caso de las dictaduras que asolaron el Cono Sur del continente durante la segunda mitad del siglo XX no es diferente. Ellas se plantearon, en general, como instancias refundacionales, modernizadoras. Esta pretensión puso en marcha una estrategia de reforma profunda y definitiva que abarcó múltiples ámbitos de la realidad de los países: lo económico, lo cultural, lo educacional, lo judicial, lo laboral, lo relativo a los sistemas de salud, de pensiones, etc. La modernidad no se alcanza, sin embargo, tan solo con implementar reformas a nivel de las políticas, aun cuando ellas afecten las estructuras institucionales. Es por ello que el eje central de los proyectos refundacionales de las dictaduras no estuvo en los cambios institucionales. A un nivel mucho más profundo y definitivo se implementó un proceso de reforma de las personas, una reconfiguración de los sujetos. La pretensión refundacional de las repúblicas se basó en un cambio subjetivo que se entronca profundamente con el proyecto moderno.

1. Modernidad: violencia y sacrificios

Sin la pretensión de señalar lo que sea la modernidad, ni tampoco establecer si la modernidad se dio y de qué manera en América Latina, hay al menos dos aspectos de ella que tiene sentido destacar. Según explica Enrique Dussel (1994), hay una ambigüedad esencial en la modernidad: “(…) por su contenido primario y positivo conceptual, la ‘Modernidad’ es emancipación racional (…). Pero, al mismo tiempo, por su contenido secundario y negativo mítico, la ‘Modernidad’ es justificación de una praxis irracional de violencia” (p. 175)[3]. Este mito, como explica el autor, está compuesto de una serie de elementos: (a) el sujeto moderno se autorrepresenta como superior, lo que implica (b) la obligación de desarrollar a quienes permanecen en estado de inferioridad (primitivos, bárbaros), para ello (c) el camino que debe seguirse es el del que se sabe superior. En este intento es posible que el inferior se oponga a dicho proceso, entonces (d) debe ser obligado por la fuerza, usando la violencia de ser necesario, lo cual, por supuesto (e) produce víctimas, que son un “sacrificio inevitable” para lograr el ascenso. En este proceso (f) la culpa, por supuesto, recae sobre el bárbaro que no se allanó a modernizarse y terminó siendo sacrificado para que esto fuera posible[4]. “Por último, y por el carácter ‘civilizatorio’ de la ‘Modernidad’, se interpretan como inevitables los sufrimientos o sacrificios (los costos) de la ‘modernización’ de los otros pueblos ‘atrasados’ (inmaduros), de las otras razas esclavizables, del otro sexo por débil, etcétera” (p. 176).

Siguiendo con la reflexión de Dussel, lo propio de la modernidad es y ha sido la “gestión” (management) de la centralidad del sistema mundo (Dussel, 2006, p. 58 y ss., 1997, p. 87 y ss.). Para hacerlo, la “simplificación” es, según explica el autor, la herramienta fundamental en tanto que hace de la gestión del sistema mundo algo “manejable”. Nos habla, entonces, de una “razón simplificadora” que reduce la complejidad del mundo a fin de permitir una gestión eficaz, adecuada, factible. “Esta simplificación de la complejidad abarcan la totalidad del mundo de la vida” (Dussel, 1997, p. 88). Se simplifica la relación con la naturaleza, con la propia subjetividad, con la comunidad, con la economía. Esto implica, como ha hecho ver el autor, muchas pérdidas: momentos negados de la complejidad que es la realidad. Entre dichas pérdidas, Dussel (1997) menciona la racionalización (burocratización) de la vida política, de la empresa capitalista (administración), de la vida cotidiana, la descorporización de la subjetividad, la supresión de la razón práctica comunicativa (se instala solo una razón instrumental) y la individualidad solipsista que niega la comunidad (p. 92). De entre todas estas reducciones las más importantes, a juicio del autor, son la instalación de una subjetividad solipsista sin comunidad y la negación de la corporalidad de dicha subjetividad (p. 93).

2. Centros de detención y tortura

Violencia, sacrificio, culpa, escisión (descorporización) y solipsismo aparecen como algunos de los elementos propios de la modernidad que pueden verse operando en los procesos refundacionales implementados por las dictaduras. Donde ello se hace más patente es en aquellos lugares habitualmente conocidos como “Campo de Concentración”, dado que tienen una sorprendente semejanza con los Konzentrationslager utilizados por los Nazi durante la Segunda Guerra Mundial (Montealegre, 2013; Santos Herceg, 2016)[5]. Dado que se trató de instalaciones diferentes de las alemanas, sin embargo, hoy se utilizan para designarlos términos especiales. En Argentina, por ejemplo, se les ha llamado “Centros clandestinos de detención, tortura y exterminio” (CCDTyE), “Centros clandestinos de detención” (CCD), o “Centros clandestinos de detención y tortura” (CCDyT)[6]. En Chile el Informe Rettig usa los nombres “Recintos de detención” y “Lugares de detención”, pero para casos calificados “especiales” se usa la categoría genérica de “Campo de detención” (cf. Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación,1991).

Estos lugares fueron muchos y estuvieron por todas partes, tanto en las ciudades como en lugares retirados. En cuanto a la cantidad el caso chileno es, sin duda, el más sorprendente. Como se reconoce en el Informe Valech I, durante la dictadura chilena había 1.132 de estos lugares (Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, 2004, p. 261). Este número es, sin duda, menor que lo que fue la realidad. Considerando la naturaleza clandestina de la mayoría de estos lugares, hay algunos de los cuales aún hoy no hay noticias. En Argentina, por otro lado, se informa que 640 entraron en existencia, aunque otros tantos eran solo temporales, el número se estabilizó en 364 de este tipo de lugares.

Como es bien sabido, Hannah Arendt (1998) llama a los Lager nazis “laboratorios de dominación total” (p. 533). Este nombre no es aleatorio, porque da cuenta del propósito de estos espacios: experimentar con la humanidad de los hombres/mujeres. El objetivo del análisis de Arendt es mostrar que en los campos se busca eliminar de los prisioneros todo rastro de humanidad. Aunque esta finalidad está presente en los CCDyT del Cono Sur, no fue su objetivo último. Esto fueron lugares que tenían una multiplicidad de propósitos que, además, sufrieron cambios con el tiempo. Entre esta multitud de objetivos, los CCDyT tuvieron un propósito político muy específico: la reconfiguración de los sujetos y, a partir de ello, de las relaciones sociales. Para su consecución la herramienta principal fue la tortura.

3. Finalidades de la tortura

Entre las características específicas de la prisión política en América Latina, la presencia de la tortura tiene sin duda un lugar destacado. Esto se hace evidente con solo observar que era una práctica masiva y sistemática. Quienes pasaron por los CCDyT en Brasil, Chile, Uruguay y Argentina durante las dictaduras fueron en su gran mayoría torturados. Como se señala en el Informe “Nunca Más” de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) creada en 1983 en Argentina: “(…) en la casi totalidad de las denuncias recibidas por esta Comisión se mencionan actos de tortura” (CONADEP, 2015, p. 53). Dada la especificidad de su misión –investigar los casos de tortura– lo mismo se puede decir de las denuncias recibidas por la Comisión Nacional de Prisión Política y Tortura de Chile. Entre las dos versiones del Informe preparado por esta Comisión (2004 y 2011), llamados Informe Valech I y II, hay reconocidas 38.254 víctimas de tortura. Es claro, no obstante, que fueron muchas más, puesto que aquí no se incluyen, por ejemplo, aquellas torturas con resultado de muerte (estas debieron estar incluidas en el Informe Rettig), ni la de una gran cantidad de víctimas que no fueron a prestar su testimonio.

La tortura no es un fenómeno específico o particular de las dictaduras del Cono Sur. De hecho, se extiende a todos los rincones del mundo y, como ha escrito Lesley Briceño (1998), “(…) la práctica de la tortura es tan antigua como la humanidad” (p. 29). En este punto hay acuerdo en todas las historias que la tratan (Lyons, 2005; Fornere, 1990; Lujan, 1972). Prácticas que hoy identificaríamos como tortura han existido desde siempre y en todas partes. América Latina, por supuesto, no es una excepción (cf. Vidal, 2000, p. 25; Loveman y Lira, 2004, p. 187). En el caso de las dictaduras latinoamericanas, sin embargo, esta adquirió un cariz diferente puesto que las finalidades de su ejercicio trascienden lo que hasta entonces se buscaba alcanzar con ella.

En la literatura, la tortura siempre ha sido considerada como un medio para un fin ulterior. Funciona como una herramienta con un objetivo que la trasciende. En el caso de las dictaduras latinoamericanas, ese objetivo se caracteriza por ser múltiple. Lesley Briceño (1998), por ejemplo, enumera once propósitos de la tortura aplicados en América Latina durante las dictaduras militares, pero podría haber más. Es posible distinguir tres tipos de finalidades en la tortura: las subjetivas, las estratégicas y las políticas (cf. Santos Herceg, 2020). Los objetivos políticos tienen un lugar preponderante, pues no solo son los más relevantes, sino que porque los de carácter subjetivo e instrumental se ordenan en calidad de medios respecto a estos. Son dichos objetivos políticos los que hacen de la tortura que se practicó durante las dictaduras del Cono Sur algo particular.

4. Violencia físico-psicológica

Uno de los objetivos principales de la tortura es la destrucción de la víctima. Natalia Pérez Vilar (2009) habla de que lo buscado con la tortura en general es un “quiebre absoluto”, tanto físico como psicológico (p. 113). Para lograrlo, se desencadena sobre la víctima una violencia directa. Dicha violencia es tanto física como psicológica. Violencia física, es decir, aquella agresión en la que se utiliza alguna parte del cuerpo, algún objeto, arma o sustancia para sujetar, inmovilizar o causar daño a la integridad física de otro. La violencia física es la de las armas concretas: desde el cuerpo humano, pasando por los “innumerables objetos cotidianos que pueden utilizarse como armas” (Sofsky, 2006, p. 30), hasta los complejos mecanismos técnicos diseñados especialmente para dañar la corporalidad de otro. Violencia psicológica es aquella que se expresa en prohibiciones, deprivaciones, coacciones, condicionamientos, intimidaciones, amenazas, actitudes devaluatorias, abandono.

En el caso de la tortura ambos tipos de violencia son indistinguibles. En la literatura se hace habitualmente una diferenciación entre tortura física y tortura psicológica. Como hemos hecho ver ya en otro lugar, dicha diferenciación se fundamenta en la cuestionada distinción entre cuerpo y espíritu, por lo que, aunque aún siga operando en algunos ámbitos, hoy ya no es posible sostenerla (Santos Herceg, 2015). Todas las torturas son físicas, pues siempre se requiere de alguna manipulación, de un control concreto y directo sobre el cuerpo del detenido. Por otra parte, el efecto de la tortura es siempre físico, así como también es siempre psicológico. ¿Qué dolor infligido con saña y alevosía sobre un cuerpo no tiene repercusiones en la psiquis?[7] Por el otro lado, todo dolor psíquico es también físico. Así como el que es golpeado o emparrillado junto con dolerse sufre humillación, pena, frustración, etc., aquel que es aislado-incomunicado se duele corporalmente, experimenta alteraciones sensoriales, motoras, hormonales, etc.[8]

La tortura es una violencia que se ejerce siempre sobre las personas y sus efectos nunca dejan de ser tanto corporales como psíquicos. Su aplicación, no obstante, provoca una escisión entre corporalidad y psiquismo. La víctima experimenta su propio cuerpo como el enemigo[9]. El cuerpo es para el torturado puro dolor, la encarnación del dolor o como dice Le Breton (1999): “(…) el hombre torturado vive su cuerpo como la forma permanente del tormento” (p. 249). El verdugo se encarniza contra el cuerpo y la única salvación parece ser el separarse de él, escindirse, huir del cuerpo, dejarlo, abandonarlo. Con ello se busca salvar algo, rescatar del colapso una parte –lo fundamental– de lo que se es. En un pasaje del relato que hace Sergio Vuskovic (2006) sobre su tortura en el buque Esmeralda escribe: “(…) tengo que tener confianza en mi cuerpo, que él continuará solo, como las otras veces, llevando adelante sus funciones. Por ahora te dejo aparcado aquí, en el mástil. En cualquier emergencia retornaré a ti. El cuerpo aprende a cuidarse a sí mismo cuando se le abandona” (p. 16). Lo que queda, lo que permanece luego del colapso corporal es solo una conciencia, una conciencia enajenada. La primera fase de la tortura reduce a la víctima solo a una psique que apenas sobreviviente. Res cogitans, una cosa que piensa, como diría Descartes. Estamos ante una de las simplificaciones más propias de la modernidad según Dussel: aquella que llama “descorporización”.

5. Shock: regresión y culpa

La tortura no termina allí. Es la psique su objetivo final: lo que se busca, atacando el cuerpo, es exponer la psiquis, es ponerla al descubierto, despojándola de toda defensa. Naomi Klein, en su conocido texto La doctrina de Shock, señala que “la tortura, o por utilizar el lenguaje de la CIA, el ‘interrogatorio coercitivo’, es un conjunto de técnicas diseñado para colocar al prisionero en un estado de profunda desorientación y shock” (Klein, 2007, p. 23). Explica que el objetivo es provocar un “huracán mental” que describe de la siguiente forma: “(…) los prisioneros caen en un estado de regresión y de terror tal que no pueden pensar racionalmente ni proteger sus intereses. En ese estado de shock, la mayoría de los prisioneros entregan a sus interrogadores todo lo que éstos desean: información, confesiones de culpabilidad, la renuncia a sus anteriores creencias” (Klein, 2007, p. 24). Como señala Klein, la idea de shock está tomada de las estrategias de interrogación de la CIA, en particular del conocido Manual KUBARK (1963). Allí se establece sin ambages: “(…) there is an interval which may be extremely brief –of suspended animation, a kind of psychological shock or paralysis. It is caused by a traumatic or sub-traumatic experience which explodes, as it were, the world that is familiar to the subject as well as his image of himself within that world” (CIA, 1963, p. 66). Lo que descubren quienes redactan el manual, es que poniendo al torturado en este estado de shock lo despojan de todas sus estructuras defensivas dejándolo en disposición de complacer con lo que se le pida y, por lo tanto, se vuelve susceptible de ser influido directamente.

Las estrategias del manual KUBARK tienen su fundamento en una tradición de estudios de psicología[10]. El mismo texto reconoce expresamente esta deuda cuando hace alusión a la “importancia y relevancia” del trabajo de los “psicólogos americanos” cuyas “investigaciones psicológicas” y “hallazgos psicológicos” habían generado el “conocimiento pertinente, moderno”, en el que se basaban las técnicas propuestas (CIA, 1963, p. 2). David Pavón-Cuellar (2017) hace ver que ya en los años cincuenta, recién terminada la Segunda Guerra Mundial “la CIA empezó a servirse de psicólogos y psiquiatras en su desarrollo de técnicas de tortura” (p. 16). Alfred W. McCoy (2006, 2012) ha mostrado con todo detalle que la CIA no solo utilizó los trabajos de psicólogos, sino que financió e incluso dirigió sus investigaciones. Entre los psicólogos nombrados se menciona a Hebb, Cameron, Hinkle y Wolff. Es en el trabajo de estos investigadores, según informa McCoy, que aparecen temas como el “lavado de cerebro”, “control de la mente” y “conducción psíquica” asociados a los interrogatorios. A estos estudios se agregan los experimentos que psiquiatras franceses habrían llevado a cabo en EEUU con la utilización de drogas y lo que hace el antes mencionado Cameron con electrochoques. Como ha puesto de manifiesto McCoy (2016), estas técnicas se usan en los interrogatorios para causar “la confusión, la relajación de la resistencia y la desaparición de las defensas” del torturado, haciendo que al final solo quedara una “personalidad en pedazos” (p. 138).

La tortura afecta, según el manual KUBARK “las funciones cerebrales” (CIA, 1963, p. 83)[11], lo que se traduce concretamente en una pérdida de defensas propias del hombre civilizado, es decir, en una suerte de “regresión”: “(…) the result of external pressures of sufficient intensity is the loss of those defenses most recently acquired by civilized man” (CIA, 1963, p. 83). Para explicar lo que ello significa, el manual recurre a una cita del ya mencionado Hinkel. Allí se hace una enumeración de lo que se entiende por regresión: se pierde la capacidad de llevar a cabo actividades creativas superiores, de enfrentar situaciones nuevas, complejas y desafiantes, de vérselas con las relaciones interpersonales y de superar frustraciones repetidas. La regresión va acompañada, según se establece en el Manual, con un sentimiento de culpa. “The usual effect of coercion is regression. The interrogatee’s mature defenses crumbles as he becomes more childlike. During the process of regression the subject may experience feelings of guilt, and it is usually useful to intensify these” (CIA, 1963, p. 103).

La relación entre el torturado y la culpa es compleja. Está, por supuesto, la culpa que surge como efecto posterior, luego de haber sido torturado[12]. La que interesa destacar aquí, no obstante, es aquella que aparece durante la tortura: la víctima que se siente culpable mientras sufre los apremios. Por contradictorio que parezca, el torturado tiende a sentir que es responsable de lo que le está ocurriendo; siente que él mismo es la causa de la tortura, que él la ha provocado, que es responsable de estar en la posición de víctima. Es necesario tener presente que esta es una reacción buscada por el torturador, como se dice en el Manual KUBARK: “(…) making a person feel more and more gilty normaly increases both his anxiety and his urge to cooperate” (CIA, 1963, p. 66). El Manual cita expresamente el trabajo de Meltzer, según el cual “(…) guilt makes compliance more likely” (CIA, 1963, p. 83). Tal como veíamos que opera el mito de la modernidad según Enrique Dussel, el torturador, como lo hiciera en su momento el conquistador, busca generar este sentimiento de culpa en su víctima. Debe sufrir y ser sacrificado por no haberse sumado libre y voluntariamente a la mejora, por haber resistido y luchado en contra de la refundación, de la modernización.

6. Destrucción y reprogramación

Como bien ha señalado Walter Benjamin (2001): “(…) la violencia, para comenzar, sólo puede ser buscada en el reino de los medios y no en el de los fines (…)” (p. 23). Lo mismo escribe Wolfgang Sofsky (2006): “(…) la violencia es instrumental en cuanto que es un medio para un fin. El fin dirige la violencia y justifica su empleo. Canaliza las acciones, da una dirección y un término, y acota el acto y su alcance” (p. 52). La finalidad de la violencia es una y siempre la misma, aunque se expresa de diferentes formas: subordinar o destruir al otro. La violencia tiene dos objetivos: el control (fagocitación, identidad) del otro o su muerte. Metafóricamente, la muerte del otro podría entenderse como su desaparición en tanto que otro, es decir, como antagónico, como diferente: se vuelve un igual. Muerte y fagocitación son, en alguna medida, lo mismo, una negación del otro.

La tortura, como ha sido puesto de manifiesto en múltiples oportunidades, no busca la muerte concreta, física de la víctima. En tanto que violencia directa, ella pretende conseguir, en primer término, la “destrucción”, la “aniquilación”, pero, como dice Julián Marrades (2005), “(…) no se trata propiamente de matarlo” (p. 2). La tortura busca alcanzar una muerte simbólica, metafórica de la víctima, es decir, su destrucción absoluta y completa, más no su desaparición como vida. Según este autor, la finalidad es la “destrucción del mundo personal” (p. 32). En términos de Le Breton (1999): “(…) al abrir dentro del cuerpo la brecha permanente del horror provoca la implosión del sentimiento de identidad, la fractura de la personalidad” (pp. 251-252). Se ha hablado de una “demolición” para describir este efecto (Pérez Vilar, 2009, p. 113). En el caso chileno, se utiliza el término de “quebrados” y en Argentina, de “arrasados”[13] para aludir a aquellas víctimas en las que la tortura logró su objetivo. La tortura es, usando las palabras de David Pavón-Cuellar (2017), “una estrategia psicológica, psicológicamente concebida y realizada, para conseguir la destrucción psíquica, personal y subjetiva, de quien es torturado” (p. 18).

Muchos autores han puesto de manifiesto de diferente forma esta finalidad de la tortura. En términos de Vidal (2000), “(…) el objetivo principal al infligir la tortura es desintegrar la identidad de la víctima” (p. 11). Se produce, como dice Calveiro (2006), una borradura radical, un “vaciamiento” (p. 73). La tortura aspira a una limpieza total, a un lavado de cerebro. Naomi Klein descubre que la tortura lleva a un punto a la víctima –el estado de shock– en el que se produce un vacío que deja al sujeto completamente vulnerable, susceptible de reorientar. La reprogramación es la finalidad última de la tortura. Valentina Bulo (2013) sostiene que “es en la tortura que el cuerpo queda convertido en una tabla rasa, una verdadera página en blanco sobre la cual se pueda escribir el diseño desde cero” (p. 209). Reescribir, rediseñar sería la finalidad. Fernando Savater y Gonzalo Martínez-Fresneda (1983) afirman que “torturar no es destruir, salvo en el grado necesario para construir de Nuevo y de otra forma. Tiene más de remodelación que de puro y simple quebrantamiento” (p. 72). Según concluye Pavón-Cuellar (2017), “el objetivo inmediato de la tortura será generalmente negativo y consistirá las más de las veces en desorganizar, desintegrar, neutralizar, anular, someter, inhabilitar, suprimir, destruir. Este objetivo destructivo podrá estar subordinado a uno reconstructivo (…)” (p. 18).

Es un hecho, constatado incluso por las mismas víctimas, que la tortura produce un cambio radical y definitivo en los sujetos. “La frase repetida en la intimidad de la consulta –nunca más volví a ser el mismo” (Rojas, 2004, p. 172)–. Producir dicho cambio es lo que busca, de hecho, la tortura: “(…) the man, or woman, or child who survives torture has not merely been the victim of physical injury or threat of death, such as occur in a natural disaster (and these are disturbing enough), but has also received the focused attention of an adversary who is determined to cause the maximal psychological change” (Turner & Gorst-Unsworth, 1993, p. 704). En esta misma línea se sitúa la reflexión de Pilar Calveiro (2006) cuando habla de que quebrar al torturado tiene como finalidad moldear a un “nuevo sujeto” que se caracterizaría por ser “un cuerpo sumiso que se dejara incorporar a la maquinaria, cualquiera que fuera el lugar que se le asignara” (p. 69). El sujeto que ha pasado por una tortura “exitosa” fue quebrado y rearmado, arrasado y reprogramado. Los nuevos hombres y mujeres son sumisos, como dice Calveiro, obedientes a la autoridad. Ricardo López y Edison Otero (1989) hablan de la tortura como una forma de pedagogía: una “pedagogía del terror”: “La tortura educa: reemplaza la crítica por el consentimiento. Modela de una cierta manera que interesa al poder. Es una forma de pedagogía, pero en su propia versión: es una pedagogía del terror” (p. 77).

El sujeto que ha sido quebrado en la tortura es temeroso. Hablando del caso de Agüero, Paz Rojas (2004) dice que “el temor y la angustia, que aparecieron en esos primeros momentos, persistieron a través de los años y no solo durante los 17 años que duró la dictadura sino, en muchos casos, hasta la actualidad” (p. 168). El miedo se queda pegado al cuerpo, en la psiquis del ex torturado. El sentimiento de inseguridad es permanente. Como ha escrito Elizabeth Lira (2004), la tortura tienen la capacidad de “vulnerar la experiencia de sentirse seguro y ‘en casa’ ” (p. 232). Quien pasó por la tortura extrema y sufrió la debacle de un derrumbamiento desconfía de todo y de todos. Desconfía del mundo, pues ya no es un lugar benigno, sino maligno. Como señala Julián Marrades (2005): “(…) sus efectos destructivos no afectan solo al contenido presente de su conciencia, sino también a su vida en adelante, amputándole y expropiándole elementos de su mundo personal que en el futuro ya no experimentará como benignos, sino como malignos” (p. 32)[14]. Le Breton (1999) habla de que “el dolor infligido de esta manera abre una brecha entre el yo de la víctima y el mundo” (p. 252).

7. Desconfianza: el otro y el horrorismo

La brecha que provoca la tortura no es solo de la víctima con el mundo, sino que también con los otros, con el prójimo. Quien fue torturado desconfía de quienes le rodean. Julián Marrades (2005) hace ver que el acto mismo de ser torturado provoca en la víctima un quiebre de la confianza en los otros: “(…) se trata de una aniquilación total, porque quiebra un elemento constitutivo de la condición moral del prisionero –la confianza en el prójimo–, y porque lo hace definitivamente” (p. 31). Esta confianza, como apunta acertadamente el autor, no es cualquier confianza, sino que se trata de una “certeza primaria”; la certeza de que “los otros respetarán la integridad física de uno, o en que, si le agraden, le dejarán defenderse o, al menos, ser socorrido por terceros” (p. 31). La posibilidad de un vínculo social se basa en la certeza de que el otro no nos dañará o que, si lo hace, uno podrá defenderse o al menos tener la esperanza de que alguien podría rescatarnos. La tortura desmonta todas estas certezas que son la base de la convivencia.

El torturador, como ya ha sido establecido, no es un loco ni necesariamente un psicópata que hace daño porque no puede evitarlo, ya que es movido por un impulso patológico. Como dicen López y Otero (1989): “(…) la teoría de la locura no tiene hoy, prácticamente, ningún respaldo en la investigación social (…)” (p. 97). Las torturas no son la expresión de anomalía o perversión. En la Corporación de defensa de los Derechos del Pueblo (CODEPU) se establece sin ambigüedad que “la regla es que la tortura se ejerza por sujetos normales” (CODEPU, 1985, p. 37). Como bien ha escrito Cristián Mallol (2009): “(…) cualquier ser humano, común y corriente, buen padre, buen vecino, puede encontrarse, potencialmente, en las vueltas de la vida, desempeñando tareas de eficiente torturador” (p. 46). Esta constatación es la que produce el quiebre más radical con el prójimo. Quien hace el daño es un otro, cualquier otro. El torturador no es un desquiciado, ni un monstruo, sino que puede ser un vecino, un amigo de la infancia, un compañero de trabajo, un sujeto común y corriente que simplemente hace su trabajo[15]. Luego de ello, se vuelve muy difícil confiar en alguien. Esto se extrema cuando el torturador, aquel que te hace el daño es, además, quien debería defenderte. “Los funcionarios de las Instituciones Chilenas que aplican torturas no salen de cualquier parte. Primero, son funcionarios estatales y sin ánimo de ironizar, son en sentido formal estricto, funcionarios públicos o servidores públicos” (CODEPU, 1985, p. 17). Es imposible volver a confiar si resulta que quien provoca el daño es quien debería evitarlo.

La desconfianza termina por instalarse si se suma la imposibilidad de defensa. No se trata solo de que el daño puede venir de cualquiera, del sujeto más inesperado, de quien tendría que defenderte. Esta adquiere su total poder, su consolidación, cuando se derrumba toda posibilidad de defensa. La confianza en que habrá alguna forma de salvación se destruye del todo con la tortura. Es tomar conciencia de que no hay manera de resistir, de que no se puede hacer absolutamente nada para evitarla, de que nadie vendrá a socorrerte. Es lo que Adriana Cavarero (2009) califica de “horrorismo”, es decir, aquella violencia extrema que se dirige contra sujetos inermes: “(…) quienes se encuentran en una condición de pasividad y sufren una violencia a la que no puede escapar ni responder” (p. 59). La tortura es, como ella misma sostiene, un caso paradigmático de este “horrorismo”. La tortura como forma de horrorismo, en tanto que se dirige contra un sujeto que no tiene posibilidad alguna de defenderse, termina destrozando la confianza primordial de que algo podrá hacer para salir de esa situación. Toda esperanza es vana.

La víctima de tortura es, en este sentido, una “víctima absoluta”: está a disposición del verdugo, sin ninguna posibilidad de oponerse, de protegerse. Simplemente no puede hacer nada más que observar mientras se actúa sobre él/ella. Su cuerpo y su mente son violentados sin límite alguno, sin que pueda hacer nada por evitarlo. La víctima de la tortura está completamente subyugada. El torturador es quien actúa y la víctima queda reducida a un lugar secundario, carente de cualquier agencia y sometida a la voluntad, a los designios e incluso a los caprichos de su verdugo. Como ha dicho bien Elaine Scarry (1987), la condición absolutamente asimétrica de la relación entre la víctima y el perpetrador, es un elemento esencial de la tortura (p. 59). Por lo mismo, la víctima es un sujeto expuesto: está abierto, sin defensa, desnudo literal y metafóricamente. “En la tortura, de un modo muy sucinto, cabría decir que el sujeto está expuesto en su condición de ser vulnerable; y ahí acaba todo, no hay más: falta la relación consentida con los otros, falta la posibilidad, siquiera mínima, de poder determinar cómo se quiere vivir, falta la presencia del amparo. Falta, en cierto sentido, todo” (Mendiola, 2014, p. 142). La víctima de tortura es un sujeto desamparado. En efecto, si hay algo que la caracteriza es el más absoluto desamparo, es decir, la conciencia acerca de que nadie acudirá en su ayuda, que nadie detendrá el dolor a menos que el torturador desee hacerlo o sobrevenga la muerte.

8. Aislación y solipsismo

La posibilidad de un vínculo social, como se decía, se basa en la certeza de que el otro no nos dañará o que, si lo hace, uno podrá defenderse o alguien lo hará por uno. La tortura destruye estas convicciones esenciales y lo hace definitivamente[16]. Paz Rojas (2004), tras años de trabajar con víctimas de tortura, llega a la conclusión de que “el daño más profundo y que permanece en el tiempo es la ruptura del vínculo humano” (p. 172). Se trata, según la autora, de una “verdadera catástrofe humana”, pues el vínculo con el otro sería “un elemento constitutivo de la esencia del hombre” (p. 173). Igualmente extremas son las expresiones de Julián Marrades (2005), quien habla de una “aniquilación total” aludiendo al quiebre definitivo de la confianza en el prójimo que sería “un elemento constitutivo de la condición moral del prisionero” (p. 31).

La consecuencia más inmediata de la tortura, de la destrucción de la confianza en el otro, es la aislación, cuestión que se mantiene luego de haber sido liberados de la prisión. Un muy buen ejemplo lo encontramos en el testimonio de Aníbal Quijada (1990): “(…) sí. Estaba libre. Libre para ver y oír, hasta para caminar por la ciudad ocupada. Pero casi no podía hablar. Mis movimientos se habían limitado. Sabía que debía dejarme ver lo menos posible y estar lejos de la calle y de la gente” (p. 173). La reacción espontánea de quien fuera torturado es el aislarse[17]. Elizabeth Lira (2004) habla de que este “efecto aterrador” que tiene la tortura sobre las víctimas se extiende a sus familias, sus organizaciones políticas e incluso sobre la sociedad completa. La autora explica este fenómeno señalando que los efectos “de las catástrofes personales recaían sobre las relaciones privadas haciendo estallar los vínculos” (p. 236).

Todo “nosotros” revienta después de la tortura. Valentina Bulo (2013) describe la tortura como “el ejercicio de desescribir un nosotros, de desgarrarlo, quebrar el cuerpo general, cuerpo común” (p. 209). Destruida la confianza en el otro no hay comunidad posible: no hay familia, no hay agrupación social ni política, no hay amigos, etc. Lira (2004) lo dice claramente: “(…) la represión política (y el terrorismo de estado, en particular) tiene la capacidad de fracturar esa noción de pertenencia común” (p. 232). Quien fuera víctima de tortura está condenado a ser una suerte de paria que no puede ni quiere contar con nadie, que no puede ni puede confiar en nadie. Se trata de un “solipsismo” concreto y dramático.

El aislamiento se extrema puesto que no solo quienes sobrevienen a la tortura dudan del prójimo, ellos mismos son objeto de desconfianza. “Los que atravesaron por el espacio y el tiempo suspendidos del campo clandestino y retornaron a este mundo generan desconcierto, incomodidad, sospechas en los otros. Sobre ellos pesa la culpa de estar vivos, la suposición de que para vivir hicieron un pacto con el Mal, cuando miles a su alrededor morían” (Longoni, 2007, p. 29). ¿Cómo se explica que alguien sobreviva a la tortura? –se preguntan los amigos, los compañeros, los vecinos–. Ana Longoni (2007) señala que no hay explicación posible para ello, no hay racionalidad alguna, no hay causalidad, solo hay mucho de azar (pp. 29-30)[18]. La sospecha de traición se cuela inevitablemente. “La sociedad quiere entender por qué está vivo y él no puede explicarlo, de manera que casi automáticamente se lo condena a la exclusión (…)” (Calveiro, 2006, p. 160). Si quien fuera víctima de la tortura se aísla por desconfianza hacia el otro, su mundo –amigos, colegas, correligionarios, vecinos, incluso familia– lo aíslan por desconfianza hacia él. La sospecha de traición destruye los lazos familiares, de amistades, de partido, aislando al prisionero. Como dice Longoni (2007), “su aislamiento es enorme. Su (sobre)vida los condena” (p. 24).

Este aislamiento completo es esperable, es buscado y provocado sistemáticamente. El solipsismo es programático en el caso de las dictaduras latinoamericanas, obedece a un proyecto de reconstitución o más bien de desmantelamiento del entramado social. Poco tiempo después de terminada la dictadura la Comisión Chilena de Derechos Humanos hacia ver que la tortura tiene como consecuencia para la sociedad “el envilecimiento de la sustancia vital de la comunidad, pues provoca las cobardías morales, los odios que surgen del resentimiento del cómplice culpable o del que sufre la vergüenza de su impotencia. El hermano, el amigo, el conocido que sufrió la tortura, sin pretenderlo, e incluso combatiéndolo, se erige en un acusador de todas las conciencias y éstas buscan encerrarse en sí mismas, para no ver; no oír, no saber, y en definitiva a veces así lo consiguen (Comisión Chilena de Derechos Humanos, 1982, pp. 135-136). El resultado final es una sociedad sin comunidad. Se trata de otra de las simplificaciones propias del mito de modernidad del que habla Dussel: una individualidad solipsista que niega la comunidad.

9. Tortura y modernidad

Hace algunos años Gabriel Gatti (2011) planteaba la tesis de que “la desaparición forzada de personas no es barbarie sino modernidad exacerbada. Esta hipótesis ayuda a entender lo sucedido en los setenta en Argentina y Uruguay como una radicalización del proyecto moderno” (p. 97). Lo desarrollado en este texto permite desplazar las afirmaciones de Gatti y sostener que no solo la desaparición forzada, sino que tampoco la tortura durante las dictaduras del Cono Sur fue simplemente barbarie, puesto que puede ser entendida igualmente como modernidad exacerbada en tanto que constituyó un dispositivo central en la radicalización del proyecto moderno que pretendieron realizar las dictaduras del Cono Sur.

Como se ha mostrado, la tortura aplicada masiva y sistemáticamente durante los períodos dictatoriales se puede comprender como modernidad extremada en la medida en que en ella se encarna, en primer lugar, la violencia, la exigencia de sacrificios que impone el mito moderno. La modernidad, como ha escrito Dussel (1994), es “justificación de una praxis irracional de violencia” (p. 175). El uso de la violencia como modo de refundar las repúblicas y conducirlas hacia la modernidad, con la consecuente producción de víctimas que terminan auto-culpándose es justamente lo que vemos que ocurre con la tortura. La pretensión refundacional de las dictaduras tiene su sustento en un sentimiento de superioridad. De ella se desprende, por supuesto, que cualquier otra alternativa de organización política y social fuera considera inferior. Un caso paradigmático de ello es el juico que hace la dictadura chilena del período de la Unidad Popular como un gobierno caótico, que llevó al país a la ruina y el caos.

La tortura aparece, entonces, como un dispositivo, como una herramienta adecuada para conducir por la fuerza a aquellos que se oponen. Dicha conducción forzada implica su desestructuración psicológica y su reformateo completo con la finalidad de crear un sujeto que se sume a la nueva república y que se pliegue a su modelo de organización. Esta estrategia produce dolor y sufrimientos. Se instala la idea, sin embargo, de que es el negarse a aceptar las nuevas ideas lo que genera el daño. La culpa es, por lo tanto, de las mismas víctimas que no se allanan a aceptar el orden impuesto. Como ha escrito Dussel (1994), “en esto consiste el ‘Mito de la Modernidad’, en un victimar al inocente (al Otro) declarándolo causa culpable de su propia victimización y atribuyéndose el sujeto moderno plena conciencia con respecto del acto victimario. Por último, el sufrimiento del conquistado (colonizado, subdesarrollado) será interpretado como el sacrificio o el costo necesario de la modernización” (p. 70).

Por otra parte, en el caso de la tortura se observa cómo operan las simplificaciones propias de la modernidad, en particular, las relativas a la subjetividad descorporalizada y solipsista. La reprogramación pasa por un proceso de destrucción violenta del individuo. Su aplicación provoca una escisión entre corporalidad y psiquismo. El verdugo se encarniza contra el cuerpo de la víctima y la única salvación parece ser el escindirse: queda transformado en cuerpo y espíritu (o psiquis). Con ello se espera rescatar al menos una parte de lo que se es. Lo que queda es tan solo una conciencia enajenada del cuerpo. Estamos en presencia de aquella conciencia descorporalizada propia del mito de la modernidad. La tortura, sin embargo, no termina con el martirio del cuerpo. Es la psique su objetivo final: lo que se busca, atacando el cuerpo, es exponer la psiquis para poder vaciarla y luego reestructurarla. Con ello se produce un cambio radical y definitivo en los sujetos.

Quien ha pasado por la tortura fue quebrado y rearmado, arrasado y reprogramado. Los nuevos hombres y mujeres son sumisos y obedientes a la autoridad, son temerosos, inseguros, desconfían de todo y de todos. La posibilidad de un vínculo social se basa en la certeza de que el otro no nos dañará o que, si lo hace, podremos al menos aspirar a alguna defensa o rescate. La tortura destruye todas estas certezas que son la base de la convivencia. La consecuencia más inmediata de la tortura, es, entonces, la aislación. Sin la confianza en el otro no hay comunidad posible. El aislamiento se extrema puesto que no solo quienes sobrevienen a la tortura dudan del prójimo, ellos mismos son objeto de desconfianza. Si quien fuera víctima de la tortura se aísla por desconfianza hacia el otro, los otros lo aíslan por desconfianza hacia él. La sospecha de traición destruye los lazos familiares, de amistades, de partido, aislando al prisionero. Este aislamiento completo es esperable, es buscado y provocado sistemáticamente. Estamos en presencia de la subjetividad solipsista sin comunidad propia del mito de la modernidad. La “individualidad”, como señala Dussel (2006), es una “nueva relación intersubjetiva y política” propia de la modernidad (p. 59), “una individualidad solipsista que niega la comunidad” (p. 61).

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  1. Este trabajo forma parte de la investigación titulada: Tortura: concepto y experiencia (FONDECYT Nº 1180001).
  2. Licenciado en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile y Doctor en Filosofía por la Universität Konstanz, Alemania. En la actualidad es investigador del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la Universidad de Santiago de Chile. Ha publicado como autor los libros Conflicto de Representaciones. América Latina como lugar para la filosofía (2010), Cartografía Crítica. El quehacer profesional de la filosofía en Chile (2015), Lugares espectrales. Topología testimonial de la prisión política en Chile (2019), Tiranía del paper. De la mercantilización a la normalización de las textualidades (2020). Ha compilado textos como Revisitar la catástrofe. Prisión política en el Chile pinochetista (2015) junto a Carolina Pizarro, Liberación, Interculturalidad e Historia de las Ideas, Pensamiento Filosófico en América Latina (2013), Nuestra América inventada. América Latina en los pensadores chilenos (2012), Escritos Republicanos (2011) junto con María José López, Interculturalidad e integración. Desafíos pendientes para América Latina (2007) y La Universidad chilena desde los extramuros. Luis Scherz García (2005). Contacto: santosherceg@gmail.com.
  3. “El ‘concepto’ [de Modernidad] muestra el sentido emancipador de la razón moderna, con respecto a civilizaciones con instrumentos, tecnología, estructuras prácticas políticas o económicas o al grado del ejercicio de la subjetividad menos desarrolladas. Pero, al mismo tiempo, oculta el proceso de ‘dominación’ o ‘violencia’ que ejerce sobre otras culturas” (Dussel, 1994, p. 72).
  4. “En esto consiste el ‘Mito de la Modernidad’, en un victimar al inocente (al Otro) declarándolo causa culpable de su propia victimización, y atribuyéndose el sujeto moderno plena conciencia con respecto del acto victimario. Por último, el sufrimiento del conquistado (colonizado, subdesarrollado) será interpretado como el sacrificio o el costo necesario de la modernización” (Dussel 1994, p. 70).
  5. La relación entre los Konzentrationslager y la modernidad ha sido puesta de manifiesto en más de una oportunidad. Como dice Bornhauser: “(…) concentración y extinción, tal como se estructuran y organizan en el campo de concentración, llevan la marca inexorable de la Modernidad y, lejos de constituir un ejemplo de barbarie o de salvajismo, un ‘quiebre radical de la civilización (moderna)’, representan, más bien, un caso extremo de ésta” (Bornhauser, 2012, p. 217).
  6. Este será el nombre que se utilice en este texto por tratarse de una categoría suficientemente amplia como para incluir todos estos recintos.
  7. Pérez Vilar (2009) lo ha escrito sin titubear: “(…) todo sufrimiento físico implica un desarreglo del equilibrio psíquico, de tal manera que no es posible pensar un padecimiento corporal sin la perturbación del psiquismo que conlleva. Cuando una agresión física violenta al cuerpo, se genera un quiebre que desestabiliza el funcionamiento del aparato psíquico” (pp. 105-106).
  8. Cuenta Nubia Becker (1987) en su testimonio: “(…) sufríamos males reales e imaginarios que a veces nos producían disturbios hormonales y dolores imprecisos y, de repente, nos enmudecíamos por días” (p. 93).
  9. El cuerpo del torturado se ha transformado en su enemigo en tanto que sus “componentes físicos y sensoriales (…) se vuelven en contra de él, ofreciendo al torturador otros tantos puntos vulnerables donde administrar el tormento” (Le Breton, 1999, p. 249).
  10. “Tras diez años de observaciones o reflexiones de expertos franceses y de experimentos de investigadores estadounidenses, la CIA pudo elaborar por fin, en 1963, el famoso ‘Manual de Interrogación de Contrainteligencia KUBARK’ ” (Pavón-Cuellar, 2017, p. 17).
  11. Paz Rojas hace ver que con el caso de la tortura se produce lo que se llama “reacción exógena aguda” (Bonhoeffer), en tanto que viene desde afuera. La autora enumera de una serie de trastornos a nivel de la conciencia para describir esta reacción: trastornos miméticos, trastornos de la percepción, así como también trastornos del pensamiento y de la imaginación (cf. Rojas, 2009, p. 178, 2004, pp. 167-198).
  12. Por una parte, está la culpa de haber hablado, de haber fracasado y haber delatado o traicionado, presente en innumerables testimonios. Culpa que se ve exacerbada si a causa de la delación otros sufrieron tortura o incluso murieron. Por otra parte, está la culpa de haber sobrevivido mientras que otros –tal vez mejores que uno– no lo hicieron. Sobre este tema de las culpas del sobreviviente hay una abultada literatura. Se ha puesto de manifiesto que, aunque sea sorprendente, no por ello es menos habitual. Se estudió latamente para el caso de los sobrevivientes de la Shoah, pero también a propósito de quienes lograron salir con vida de los CCDyT de las dictaduras latinoamericanas.
  13. El “quiebre” total del hombre que le impide toda reacción, inmovilizándolo, es otras de las formas de lo que se llama arrasamiento de la personalidad. “Cuando el hombre resulta arrasado, el campo cobra su victoria: la voluntad de resistir se extingue; el sujeto está aterrorizado, se entrega y sólo quiere terminar” (Calveiro, 2006, p. 105).
  14. “Cuando el verdugo amarra al prisionero a una cama para aplicarle descargas eléctricas, la convierte en un arma contra él y la destruye como cama. Aunque la electricidad no deje señales en su cuerpo, cuando el prisionero más adelante se acueste en una cama para descansar, hacer el amor o reponerse de una enfermedad, algo dentro de él le dificultará hacerlo con naturalidad, o incluso puede llegar a impedírselo: esos bienes habrán quedado dañados para siempre y, en esa medida, extirpados de su vida, expulsados de su mundo personal” (Marrades, 2005, p.33).
  15. Un buen ejemplo es esta anécdota que relata Mallol (2009): “cuando yo estaba bastante a mal traer, casi agónico, en las mazmorras de Villa Grimaldi, herido de cuatro balas y, además, torturado, venía a conversar conmigo un agente de la DINA. Era un muchacho que había conocido en mi barrio de Ñuñoa, con quien había compartido buenos momentos, pichangas de fútbol en la calle, bailes, pololeos, etc. Él venía a hablarme de esos momentos que habíamos pasado juntos, y que, sin ser amigos, nos habían hecho habitantes del mismo universo socio-cultural. Recuerdo que en medio de mi dificultad física y psicológica me dije: ‘él podría ser yo y yo podría ser él’. En algún momento nuestras vidas bifurcaron, y por razones que no vale la pena detenerse (pues creo que realmente no son importantes), en los sacudones de la historia yo quedé en el campo de los derrotados y él en el de los vencedores, y, más aún, tiempo después, yo sería una víctima y él un victimario. ¿Pudo haber sido exactamente al revés? Sin duda” (p. 45).
  16. “La tortura desmorona esa confianza, que ya no volverá a restablecerse” (Marrades, 2005, p. 31).
  17. Vidal (2000) describe esta redacción añadiendo que junto con él su familia sufría lo mismo: “la familia misma se aísla para protegerlo. La desconfianza, la paranoia, la hostilidad, la furia soterrada es, en este caso, asumida por todos (…) el torturado y su familia se sienten incomprendidos, incomunicados y estigmatizados” (p. 17).
  18. “Lo que es conmún a la gran mayoría de los relatos de sobrevivientes es que aquello que los salva no es –ni exclusivamente ni en primer término– la capacidad del prisionero para ser o parecer útil, sino su aleatoria condición de ‘elegido’ por los represores para sobrevivir” (Longoni, 2007, p. 31).


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