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Darío y Martí: ecos en la lectura dariana de la Exposición Universal de París

Clara María Avilés[1]

Yo admiraba altamente el vigor general de aquel escritor único, a quien había conocido por aquellas formidables y líricas correspondencias que enviaba a diarios hispanoamericanos, […] sobre todo La Nación, de Buenos Aires. Escribía una prosa profusa, llena de vitalidad y de color, de plasticidad y de música. Se transparentaba el cultivo de los clásicos españoles y el conocimiento de todas las literaturas antiguas y modernas; y, sobre todo, el espíritu de un alto y maravilloso poeta.

    

Rubén Darío, Vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1912)

Las Exposiciones Universales son ocasiones que reúnen a representantes de todo el globo, que producen en sus concurrentes la “sensación de estar en el mundo” y reconocen una nueva relación de pertenencia a la propia comunidad dentro de otra de alcance universal (Scarano 2015: 500). Al cumplirse el centenario de la toma de la Bastilla, se celebra en Francia la Exposición Universal –en adelante EU– de París, evento que originaría uno de los textos más leídos de José Martí, de nombre homónimo y publicado en el tercer número de su revista mensual La Edad de Oro (1889). Al año siguiente, Rubén Darío, también emblema del modernismo latinoamericano, regresaría a la “Ciudad luz” para visitar la EU, no sin antes haber leído a su maestro en varias crónicas, escritas también como corresponsal de La Nación de Buenos Aires, y reunidas posteriormente en la primera parte del volumen Peregrinaciones (1901). Nuestro trabajo se propone, en esta oportunidad, elaborar un análisis comparativo y discursivo que contemple las resonancias martianas en las crónicas “En París I y II” del escritor nicaragüense.

Uno de los hechos que despertó mayor interés en el mundo, hacia finales del siglo XIX –1889, para ser más precisos– fue la celebración en París de la EU, evento cuyo festejo conmemoraba el aniversario de la Revolución Francesa y servía como un gran escenario de la pujanza y modernización global. En sus quince años de estadía en los Estados Unidos (1881-1895), José Martí cubrió como periodista –y hombre curioso–, una serie de eventos e inauguraciones modernas, registrados en diarios y revistas que dieron lugar a crónicas tales como “Coney Island” (3 de diciembre de 1881), “El Puente de Brooklyn” (junio de 1883), “Fiestas de la Estatua de la Libertad” (1 de enero de 1887) y, por supuesto, “La Exposición Universal de París” (septiembre de 1889). Lo notable es, sin embargo, que la visita a esta última no resultó como las anteriores, porque el cubano no estuvo presente en la gran feria; aunque, pese a ello, pudo escribir su extensa crónica con la ayuda de variadas fuentes y materiales, entre los que se encontraban la revista oficial del evento –de cuyas páginas seleccionó los grabados que acompañan el texto–, así como de testimonios orales de amigos y conocidos que visitaron la exposición, además de impresiones y comentarios publicados en algunos periódicos de los Estados Unidos y Latinoamérica. Su visita fue, entonces, desde la palabra y la imagen, y quizá sea este uno de los motivos por los cuales la crónica pueda concebirse como una invitación al lector, los niños latinoamericanos, a emprender un paseo por los distintos pabellones de la mano del poeta cubano, quien se presenta como una suerte de flâneur.

En el 1900, es decir, once años después de la publicación de la crónica de José Martí, Rubén Darío fue enviado como corresponsal por el periódico La Nación de Buenos Aires, y en calidad de tal se trasladó también a la capital gala para recorrer y cubrir la EU para el diario porteño. De la misma manera que la crónica martiana ofrecía un recorrido por los avances mundiales de la ciencia y de la técnica, así como exhibía los progresos sociales, el nicaragüense escribió, entre otras crónicas sobre ese evento, “En París I y II”, textos que luego se incorporarían a Peregrinaciones (1901), volumen compilado al año siguiente de su publicación en aquel periódico. Estas crónicas, así como las restantes del libro, relatan el peregrinaje dariano por el mundo moderno –del mismo modo en que Martí ejercía la flânerie en su crónica sobre la EU–. El poeta nicaragüense describe en dichas páginas,[2] con un parecido abrumador, lo que el diccionario de la Real Academia Española define, en una de sus acepciones, como peregrinar, es decir, su “andar por tierras extrañas”.

De alguna manera, las EU constituyeron una experiencia inédita –una experiencia intensamente moderna, podríamos decir– para los miles de personas que las visitaron. En el caso de nuestros cronistas, la práctica era más dificultosa: debían ilustrar con la noticia a los lectores latinoamericanos que no habían vivenciado la exposición. En este sentido, es interesante de qué manera ambos permiten que el lector ingrese a la globalización, en la textualidad.

Martí abre el extenso artículo con una breve reseña a propósito de la emancipación, en el marco del centenario de la Revolución Francesa, y posteriormente da inicio a su recorrido por los pabellones:

Y eso es lo que vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos. Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las razas humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos los pueblos de la tierra. […] Vamos a ver la historia de las casas […]. Vamos a subir, con los noruegos de barba colorada, con los negros senegaleses de cabello lanudo, con los anamitas de moño y turbante, con los árabes de babuchas y albornoz, con el inglés callado, con el yankee celoso, con el italiano fino, con el francés elegante, con el español alegre, vamos a subir por encima de las catedrales más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en sus palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de América. Veremos, […] la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega por lo alto del aire y lo hondo de la mar. […] Veremos trabajando a la vez todas las máquinas y ruedas del mundo. ¡Oh, cuánto hay que ver! (Martí 2010: 78-89. Las bastardillas son nuestras)

De esta extensa cita podemos mencionar una serie de cuestiones. En primer lugar, como habíamos anticipado, el artículo –como la revista en su totalidad– está dedicado a niños y jóvenes, a quienes invita, a través de la lectura, a recorrer la exposición. Ellos andarían, tomados de la mano del maestro, de un pabellón a otro. Hay una serie de verbos que, sobre todo en su repetición, dan cuenta del desplazamiento del sujeto de la enunciación: “vamos a ver”, “vamos”, “vamos a subir”, “veremos”, así como también de los pequeños lectores, integrados ambos en el uso de la primera persona plural. Julio Ramos llama retórica del paseo (1989: 126) a la narrativización de los segmentos aislados de la ciudad, organizados y representados desde un sujeto que, al caminar, traza el itinerario en el discurrir del paseo. De esta manera, como sucede con la voz enunciadora en esta crónica, el narrador toma los materiales que le ofrece la ciudad –que se manifiesta en la EU mediante “todos los materiales del mundo”– y establece entre ellos articulaciones, vinculaciones, relaciones de causa-efecto, es decir, un recorrido propio.

Asimismo, como vemos en el fragmento seleccionado, el desplazamiento es acumulativo, y ello se evidencia en la selección de determinados ítems léxicos y la sintaxis. Una serie de elementos son seleccionados por el cronista cubano para construir el efecto, el “como si lo tuviésemos delante de los ojos”: la conjunción aditiva “y” que abre el párrafo –entendiendo el párrafo que leemos como conclusión de la celebración de la Revolución Francesa–, la repetición de algunos términos –entre ellos, los verbos mencionados–, pero además las estructuras sintácticas, prácticamente iguales entre sí, iniciadas por la conjunción “con” y seguidas por una etnia y una cualidad propia, es decir, un adjetivo o construcción similar, a modo de epíteto: “con los senegaleses de barba colorada”, “con el italiano fino”, “con el francés elegante”. Los signos de puntuación aportan lo propio desde la sintaxis y contribuyen a enfatizar: el lector se ve contagiado por el entusiasmo de esa primera persona, emprende con él su recorrido, una travesía por los pabellones que, en su lectura, en su “como si estuviésemos allí”, lo deja a uno con la respiración entrecortada. Es tanto lo que “hay que ver” –nótese la modalidad deóntica– que el narrador no logra asirlo. Con todos ellos, es decir, con todas las razas que se “visitan”, en términos de Martí, el sujeto de la enunciación subirá a la Torre Eiffel, y desde “la cúpula de la torre de hierro”, podrá observar panorámicamente los palacios del mundo entero, que son, en otras palabras, “la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto y hecho”.

Las EU de 1889 y 1900 significaron, para estos modernistas latinoamericanos, una nueva experiencia, que exigía una sintaxis acorde, impuesta por la nueva realidad mundial. En la crónica que abre el relato de su visita, “En París”, escrita el 20 de abril de 1900, Rubén Darío recupera la idea de comunión de las culturas de todo el mundo –“la visita que se están haciendo las razas humanas”, en Martí–; en este caso, refiriéndose a la EU que se llevaría a cabo también en la “Ciudad-luz”, en el comienzo del siglo XX. Habiendo transcurrido más de una década desde la publicación de “La exposición de París” en la revista La Edad de Oro, Darío dirá que se trata de una “cita fraterna de los pueblos”.

La crónica dariana comienza con un sujeto en primera persona que hace referencia al oficio de periodista y al tiempo de la escritura, equiparado a la apertura de la feria. Resulta notable, sobre todo a partir del texto ya leído de Martí, la conciencia que exhibe el escritor nicaragüense respecto del oficio de la escritura. Podría pensarse que, así como “el pensador y el trabajador” ven su obra en la Exposición, él mismo verá la propia, para la cual fue contratado, en la próxima publicación de La Nación. Dice en la crónica: “En el momento en que escribo la vasta feria está ya abierta. Aún falta la conclusión de ciertas instalaciones: aún dar una vuelta por el enorme conjunto de palacios y pabellones es exponerse a salir lleno de polvo” (1910: 21). El sujeto presenta el asunto: la EU, y lo hace a partir de adjetivos que dan cuenta de la magnitud desmedida del certamen: “vasto”, “enorme”. Señala que su deber –comparado por él mismo con la falta de conclusión de ciertas instalaciones– está incompleto; el sujeto aún debe completar su vuelta por el lugar, lo que instala la idea de movimiento que se refuerza con la referencia a que el sujeto saldrá de ahí lleno de polvo. El uso repetido del adverbio “aún” colabora en mostrar la enormidad de los pabellones ya recorridos y por recorrer. El desplazamiento, como sucedió en el texto anterior, se presenta desde las primeras líneas de “En París”: la necesidad de recorrer el espacio se lee como un “poner el cuerpo”, “exponerse”, por lo que el cronista no sale de allí de la misma manera que ingresó, sino “lleno de polvo”. También la vastedad de palacios y pabellones resulta abrumadora, de los que pareciera que Darío no puede, como ocurría con Martí, asir su totalidad. Es decir, la magnitud de la feria es tal que ambos cronistas no han logrado abarcarla por completo, a pesar de que aparentemente ese es el propósito de sus crónicas.

El recorrido en este relato se ubica, como lo hizo el sujeto de la enunciación en el texto martiano, desde las alturas –recordemos que el cubano invita a los lectores a subir junto a él a la Torre Eiffel, inaugurada en ese año, 1889–, más precisamente desde la misma estructura de hierro desde la que lo había hecho su mentor. Escribe Darío, ya en la primera página de la crónica:

Visto el magnífico espectáculo como lo vería un águila, es decir, desde las alturas de la Torre Eiffel, aparece la ciudad fabulosa de manera que cuesta convencerse de que no se asiste a la realización de un ensueño. La mirada se fatiga, pero aún más el espíritu ante la perspectiva abrumadora monumental. […]

[París] es la agrupación de todas las arquitecturas, la profusión de todos los estilos, de la habitación y el movimiento humanos; es lo gótico, lo romántico, lo del renacimiento […]

Y el mundo vierte sobre París su vasta corriente como en la concavidad maravillosa de una gigantesca copa de oro. Vierte su energía, su entusiasmo, su aspiración, su ensueño; y París todo lo recibe y todo lo embellece […] Me excusaréis que la entrada haya hecho sonar los violines y trompetas de mi lirismo. […]

Iremos viendo paso a paso, lector, en las visitas en que has de acompañarme. […] He aquí la gran entrada por donde penetraremos, lector, la puerta magnífica. […] Sin preconcebido plan, iremos viendo, lector, la serie de cosas bellas, enormes, grandiosas y curiosas. (1910: 21-31)

En esta crónica, como en la martiana, el sujeto cuya vista es comparada con la del águila tiene una mirada totalizadora, esa mirada panóptica de la que habla Julio Ramos; ve lo magnífico, espectacular y fabuloso de la ciudad. Tanto es así que no puede discernir entre lo real e irreal –el ensueño– y, a medida que emprende su recorrido, se configura como “un sujeto que al caminar la ciudad traza el itinerario (un discurso) en el discurrir del paseo” (Ramos 1989: 126).

Es notable cómo el autor coloca el énfasis en las imágenes visuales, a partir de las cuales describe el dinamismo y el movimiento de la “muchedumbre” que acude a la feria: el sujeto ve la ciudad desde la altura; se refiere, en primera persona del plural, a los lectores, utilizando el verbo “ver” en un sentido metafórico, puesto que los lectores no están presentes en el acontecimiento y, como una suerte de guía turístico, informa, anuncia, adelanta lo que se describirá en las crónicas subsiguientes. Así también es como describe múltiples cuadros cosmopolitas en los que prevalecen las imágenes visuales: “los grupos de english, entre los blancos albornoces árabes, entre los rostros amarillos del Extremo oriente, entre las faces bronceadas de las Américas Latinas” (Darío 1910: 21), que bien nos recuerdan a los personajes que caracteriza la crónica de Martí: “el inglés callado”, “el yankee celoso”, “el italiano fino”. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el texto del cubano, hay en la crónica dariana un sujeto que repara más en lo estético, en los materiales –las telas, albornoces– y colores –blanco, amarillo, dorado, bronceado– de esa “confusión de razas”. Lo mismo sucede con la caracterización de París: se observan en el fragmento abundantes adjetivos, como “gótico”, “romántico”, o también “maravilloso”, “gigantesco”, “bello”, “grandioso”, campos semánticos que evidencian, por un lado, el carácter sincrético de la “Ciudad-luz”, “vestida” especialmente para “esta fiesta en el corazón de los pueblos”; que, por otro lado, incorporan prolíficos términos que aluden a la experiencia estética que experimenta el sujeto de la crónica, la experiencia que lo “llena de polvo” –nótese, además, el empleo de verbos como “embellecer”–. Tal es la majestuosidad que ha obligado a Darío a hacer su ingreso con trompetas y violines.

Para concluir, podemos señalar que, en estos textos, los cronistas modernos que nos han acompañado en este breve recorrido han dibujado la experiencia que adquirieron al llegar a París como cronistas que viajan desde la periferia, en el momento en que se realiza la mayor reunión mundial de la época, con una mirada que transforma la ciudad en un objeto contenido tras el vidrio del escaparate. La vitrina, en ese sentido, es una metáfora de la crónica como mediación entre el sujeto privado y la ciudad, una figura de la distancia entre ese sujeto y la heterogeneidad urbana que la mirada busca dominar, conteniendo la ciudad tras el vidrio de la imagen (Ramos 1989: 128-129). Martí, con un joven público lector en formación –“los hombres del mañana”– fue el precursor; Darío, posteriormente, desde La Nación –el periódico para el que su maestro también trabajó– sigue, de alguna manera, los pasos martianos en la EU y profundiza, asimismo, la experiencia estética por sobre la ético-política.

El juicio estético confesado en la cita textual que elegimos como epígrafe de este trabajo fue, como indicamos, delineado por la pluma del poeta nicaragüense. En ella se manifiesta la enorme admiración de Darío por su maestro, iniciada en la lectura de sus crónicas y artículos publicados en la “estupenda sábana”, como se referiría Darío luego a La Nación (en Scarano 2007: 3), diario que le proveyó el salario con el que costearía sus viajes a Europa y que sería su principal modo de ingreso de dinero. Pero la historia del encuentro de estos dos grandes del modernismo latinoamericano no concluye allí: Darío remata su encuentro con el ilustre Maestro cubano en Nueva York, en su autobiografía Vida de Rubén Darío escrita por él mismo (1912), comentando su cita con este sentido relato de filiación:

Pasamos por un pasadizo sombrío; y, de pronto, en un cuarto lleno de luz me encontré entre los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo y que me decía esta única palabra: ‘¡Hijo!’. (Darío 2015: 108)

Bibliografía

Darío, Rubén (1910). Peregrinaciones. Prólogo de Justo Sierra. Biblioteca de los novelistas. París / México: Librería de la Vda. De Ch. Bouret.

— (2015). Vida de Rubén Darío escrita por él mismo seguida de El viaje a Nicaragua y de Historia de mis libros. España: Biblok.

Martí, José (1991). La Exposición de París (1889). Edición crítica. Investigación, presentación, estudio valorativo y notas de Salvador Arias. La Habana: Centro de Estudios Martianos.

— (2010). La Edad de Oro. La Habana: Centro de Estudios Martianos.

Montaldo, Graciela (1994). La sensibilidad amenazada. Fin de siglo y modernismo. Rosario: Beatriz Viterbo.

RAE. Diccionario de la lengua española. Disponible en línea: www.rae.es

Ramos, Julio (1989). Desencuentros de la modernidad en América Latina. México: FCE.

Scarano, Mónica (2007). “Prensa y modernización: crónicas sobre las exposiciones de París en ‘La Nación’ de Buenos Aires” en XVI Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas. París: Univ. de la Sorbonne Nouvelle Paris III, Univ. Paris-Sorbonne Paris IV, Univ. Paris X-Nanterre, Univ. Paris 8 Vincennes-Saint-Denis, Univ. Paris XII-Val de Marne, Univ. Paris VII Denis Diderot, Univ. Paris XIII Villetaneuse, Univ. de Cergy-Pontoise, Univ. Marne-la.

— (2015). “Cosmopolitismo y migrancia cultural en crónicas latinoamericanas del entresiglo XIX-XX” en Leonardo Funes (coordinador). Hispanismos del mundo, diálogos y debates en (y desde) el Sur. Anexo digital. Sección V. Buenos Aires: Miño y Dávila, pp. 495-504.


  1. Becaria doctoral del CONICET. Profesora ayudante en la cátedra de Literatura y Cultura latinoamericanas 1, Departamento de Letras, Facultad de Humanidades, UNMDP.
  2. Las dos primeras quedan acotadas a su visita a la “Ciudad luz”, pero en las siguientes amplía su recorrido a los viajes realizados como corresponsal en Francia, simultáneamente a y después de la Exposición, y por varias ciudades de Italia.


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