Herminia Terrón de Bellomo[1]
I.
La poesía de Rubén Darío ha sido durante el siglo XIX una de las preferidas por distintas generaciones de lectores de este género, tanto de América Latina como de Francia y España. No sólo fue leída y apreciada por un vasto y variado público, sino que estudiantes de los distintos estamentos de la educación aprendieron sus poesías, las estudiaron y las recitaron en distintos actos y en la cotidianeidad. Darío fue el poeta que inició a muchos en la lectura de la lírica y en el gusto por las buenas rimas, los sonidos apropiados, la música que surgía de cada poema, tal vez sin detenerse en los posibles significados además del que aparecía espontáneamente, puesto que el entorno socio-histórico no le era indiferente como americano y como ciudadano del mundo, como él mismo se llamaba.
Por ello, ya iniciada la segunda década del siglo XXI, causa sorpresa el interés del público lector y de los estudiosos de su obra ante la recirculación de un importante número de crónicas que Darío escribió y publicó en diferentes diarios de América del Sur y de Europa, algunas producto de sus apreciaciones de distintos países o regiones por las que pasaba en sus numerosos viajes, otras, de sus reflexiones acerca de los cambios que el modernismo aportaba a la calidad de vida cotidiana en las personas y en las ciudades, en las que demuestra además su temple de flâneur, es decir, de aquel que goza con sus paseos sin pensar en el tiempo ni en el lugar por donde se desplaza, fijando la mirada en pequeñas cosas que en sus palabras se transforman en grandes descubrimientos.
No son estas las únicas motivaciones de sus escritos, en ellos se encuentran también confrontaciones entre pasado y presente, recurso que aproxima la crónica a la historia, de manera que el texto no resulta un árido informe temporal sino una reelaboración del pasado que incluye aspectos filosóficos en cuanto a la verdad que ellos encierran y, lo más importante en este caso, están escritas con “polidas y limadas palabras, dulzura y hermosura suave de decir”, según escribe el padre Las Casas al referirse a ciertas crónicas de su tiempo.
Darío, en estos textos, completa o amplía conceptos ya enunciados en prólogos a sus libros y en otros artículos que demuestran que su obra está orientada a conformar un proyecto estético renovador que, además, significó una de las grandes rupturas dentro del sistema literario latinoamericano. Y, visto desde el presente, el modernismo se puede considerar uno de los primeros intentos hacia el poscolonialismo.
En este trabajo se analizará una de las crónicas incluidas en El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical, publicado por Rubén Darío en 1909. El texto seleccionado se remite a la historia fundacional de Nicaragua, de manera que en un primer momento se estudiará la relación entre crónica e historia, ya que el escritor toma como fuente la Historia General de las Indias, de Francisco López de Gómara.
II.
Cuando Darío comienza a colaborar con el diario argentino La Nación, mediante las “crónicas”, adquiere “oficio” de periodista. Junto a sus libros, esos escritos definen su postura indiscutida de renovador de las letras latinoamericanas y españolas.
No obstante, la participación de Darío en diarios respondía a una actividad compartida por otros escritores e intelectuales del entresiglo como parte de la modernización, ya que la prensa fue la más notoria e incluyente de las nuevas formas de difusión del pensamiento y del quehacer letrado, según lo expresa Ángel Rama (2004: 107). Además, Darío tuvo oportunidad de publicar en diarios tan importantes como el ya mencionado que se constituyeron en pilares del sistema que Rama denomina “la ciudad modernizada” (Rama 2004: 99). Es en esa ciudad de fin de siglo donde se manifiesta la fragmentación del discurso, “de los códigos y de los sistemas tradicionales de representación en la sociedad moderna” (Ramos 2003: 118).
En este contexto, Darío escribe crónicas en las que expresa de distintas formas su calidad de cosmopolita, su manera de mirar el cambio en las ciudades y los acelerados ritmos que ellas imponen a la vida diaria.
Sin duda lo más importante es que en ellas encuentra lugar para reafirmar sus ideas acerca del origen del hombre americano y el valor de su cultura. Así, también expresa con claridad su visión de la destrucción de lo que ya existía en este territorio a la llegada de los colonizadores. Es su forma de demostrar que ser “ciudadano del mundo” no significa el olvido de su condición de hombre americano y su compromiso con su tierra y sus antepasados, como expresa en un prólogo tantas veces citado.[2]
Para formular la profundidad de su sentir, elige la forma crónica que le permite trabajar con datos provenientes de otro texto del mismo género y aproximarse así a la Historia.
Por cierto, el escritor no abandona en ningún momento su calidad de poeta: su dominio del lenguaje le permite entretejer prosa y poesía, logrando de esa manera un estilo rico y personal. De modo que en las dos crónicas seleccionadas para este estudio, el autor no se limita al simple relato de lo sucedido, sino que da lugar a algo mucho más valioso, como es reflexionar sobre las culturas originarias y actuales, revisar los hechos sucedidos y su escritura, los intercambios impuestos por la modernidad que son algunos de los motivos que permiten que la cultura hegemónica se imponga y continúe bajo otras formas. Y más aún, que la colonización siga su camino bajo otros presupuestos: la imposición de ideas, de formas de vida aportadas por el capitalismo, la información parcializada de los hechos, actuales o pasados.
La crónica seleccionada contiene datos generalmente desconocidos por los lectores de Darío, quien los escribe para que desaparezca esa “desmemoria” o ausencia de nociones histórico-culturales de América, claves en el imaginario universal al que él pretende llegar con sus escritos. Es así que el autor se permite expresar su manera de ver los hechos, compartida por otros intelectuales de la época, meditar sobre lo que significaron y aún significan, acciones que le permitirán reconocer las verdaderas dimensiones de su viaje de retorno a Nicaragua en 1907.
III.
Los estudios más recientes realizados acerca del modernismo coinciden en que Darío, en su obra, se proponía algo más que la renovación de elementos estéticos. Según Graciela Montaldo (2013: 23), Darío quiere “reposicionar la cultura letrada de América Latina y la escritura en español”, algo que puede ser una meta mayor que distinga su producción literaria.
No están ausentes de sus crónicas las reflexiones acerca del quehacer poético, su carácter “leve” o inasible, una de las apreciaciones caras al poeta que juega con sus sentidos: “bajo el ala leve del leve abanico”, como dice en uno de sus poemas, expresión que se vuelve casi un afán que bordea lo trágico en otro poema referido a la búsqueda de la palabra precisa: “Y no hallo sino la palabra que huye”.[3] Esta mezcla de discursos y de temas, tal vez base de la heterogeneidad de la literatura latinoamericana de siglo XX, se presenta como nuevas prácticas discursivas que superan las reglas de la comunicación letrada tradicional y por eso resultan atractivas a un poeta como Darío.
Se puede decir que Darío tiene muy clara la posición o el lugar desde donde escribe estas crónicas, que es principalmente el del intelectual latinoamericano ante la modernidad, pero ello no lo aleja del campo identitario. Es por eso que siempre su discurso está atento a difundir los valores estéticos y culturales de América Latina, oponiéndolos a la modernidad.
Este marco intelectual y poético le permite superar la vulgaridad de las “nuevas” ciudades aunque valora, como era de esperar, los avances en los medios de comunicación (trenes, telégrafos, etc.), la importancia de estar informados y de ahí el auge de revistas y diarios. Escribe las crónicas que incluyó en El viaje a Nicaragua e intermezzo tropical, en las que vuelve en calidad de lector y retoma las crónicas (de Indias) de Francisco López de Gómara para leer nuevamente el hecho fundacional de Nicaragua[4] y así expresar su postura crítica, actualizar los sucesos desde su mirada enriquecida por las experiencias vividas en los viajes.
Siguiendo el orden de las crónicas de Rubén Darío propuesto en la edición ya mencionada, se comenzará considerando la crónica número 3, en la que el escritor vuelve a los orígenes de la población de Nicaragua y realiza un repaso acerca de la formación étnica desde los primeros habitantes de esas tierras, quienes partieron de una raíz mongólica [sic], adoptaron formas de la sociedad aborigen por las inmigraciones de habitantes de México que luego estuvieron compuestas por tipos europeos (descendientes directos de españoles), otros con mezcla indígena, otros que tienen de indio y de negro para concluir esta cadena sanguínea con los indios puros y los negros, todo esto dicho en un discurso conceptual, sólo enunciativo que cambia en la frase siguiente cuando se refiere al carácter de estas personas que ha sido influenciado por los “hábitos coloniales” y concluye con una expresión valorativa: (se conserva) “la agilidad mental primitiva”.[5] Estas son palabras de Darío estratégicamente intercaladas entre las citas de la crónica de Gómara. Apreciaciones que están en concordancia directa con la cita elegida que proviene del texto que sirve de fuente, referida a la actitud del cacique Nicaragua: “Y nunca indio, a lo que alcanzo, habló como él a nuestros españoles” (Darío 2003).
Volver a las fuentes, intentar revisar el pasado y valorar (categorizar) los discursos dando lugar a los sujetos que los pronunciaron, forma parte del proyecto modernista en el que la escritura estaba autorizada (o podía) extender su autoridad en los “mundos representados” entendiendo por “representar”: “ordenar el caos, la oralidad, la naturaleza, la barbarie americana”.
En estas pocas líneas ya está expuesto el plan de escritura que el autor seguirá en toda la crónica y su punto de vista personal ante el hecho de la “conquista”. De manera que Darío fija su posición, el lugar desde donde escribe sobre la modernidad y su postura ideológica, ya que ese lugar le servirá para formar un campo identitario que abarca la defensa de los valores éticos y culturales de Nicaragua como país, previos a la colonización, y, por extensión, de América Latina.
Así, situándose en el lado contrario de la ciudad con sus nuevas formas de trabajo, muchedumbres y brillos de vidrieras, el discurso de Darío abreva en un campo indiscutido de identidad cultural y de normas éticas que están en las raíces de América Latina.
El encuentro del cacique y el español no es casual; el “gran rey” americano “a cincuenta leguas estaba”, por ello “envióle una embajada que sumariamente contenía que fuese su amigo, pues no iba por le hacer mal; servidor del emperador que monarca del mundo era, y cristiano, que mucho le cumplía, e si no que le haría guerra”.
Para ello, Darío acude al texto del cronista Francisco López de Gómara que relata el momento trascendental de su encuentro con el Cacique Nicaragua o Nicarao. De ese acontecimiento, el Conquistador dice: “Y nunca indio, a lo que alcanzo, habló como él a nuestros españoles”. El cacique se hallaba a cincuenta leguas de donde estaba situado Gómara, quien le envía mensajeros diciéndole que fuese su amigo, “pues no iba por le hacer mal”. Resulta interesante el fragmento citado por Darío, quien agrega las palabras que el conquistador pronuncia: (Gómara era) “servidor del emperador que monarca del mundo era y cristiano que mucho cumplía”. De esta manera sintética enuncia las motivaciones de la conquista: mandato del rey e imposición de la religión cristiana.
La respuesta del cacique muestra su astucia, ya que viéndose superado por los españoles en armas y caballos, mediante emisarios respondió que “aceptaba la amistad por el bien de la paz”.
Que Darío era lector de crónicas vuelve a afirmarlo en el párrafo siguiente al comparar al cacique Nicaragua con la sabiduría de Atahualpa, Atabaliba en el texto que utiliza Darío, y selecciona un momento crucial, como lo es el llamado “Encuentro de Cajamarca”. Recordemos que Cajamarca era el lugar donde descansaba el hombre más poderoso del Imperio Inca y hasta allí fue Pizarro con un séquito en el que se encontraba el sacerdote Valverde; intentan dialogar pero resulta imposible y allí comienza la destrucción del Incario.
Darío interviene entre estas citas para dar a entender que el cacique Nicaragua era tan poderoso e inteligente como Atahualpa y vuelve a citar palabras de la crónica referidas a este importante personaje histórico, tales como: “agudo” y “sabio en sus antigüedades”, para continuar con una serie de preguntas que, por su valor, son transcriptas en la crónica dariana. Son interrogantes de profundidad filosófica que enaltecen nuevamente las capacidades de los habitantes originarios puestas en boca de su cacique: la existencia de un diluvio y la inquietud acerca de si habría otro, si la tierra “se habría de trastornar o caer del cielo”; pregunta también sobre el fin del sol, la luna y las estrellas, y sobre quién “las movía y tenía” y acerca de la oscuridad y el frío, entre otras cuestiones de la misma calidad de significación.
De allí pasa a preguntar sobre el cristianismo: adónde iban los muertos, si moría el Papa, cómo Jesús es Dios y hombre y cómo nació de una virgen.[6] No faltan interrogantes referidos a la realidad que están viviendo, pues hábilmente inserta esta cuestión: “para qué tan pocos hombres querían tanto oro como buscaban,” abriendo de esta manera dudas acerca de las motivaciones de la Conquista.
La cita del texto de Gómara concluye resaltando la admiración que estas palabras provocaron en los españoles para quienes el cacique solo era “un hombre medio desnudo, bárbaro y sin letras”.
Una nueva lectura de esta crónica deja al descubierto la complejidad del pensamiento dariano. Aun en sus contradicciones: por una parte, ser el propulsor del modernismo en Latinoamérica y su figura más destacada, conocer ampliamente la poesía y el quehacer artístico europeo, hacer de todo ese bagaje el punto de partida de un cambio en el lenguaje y en la intención renovadora de las formas y, por otra parte, volver a los orígenes culturales del hombre americano al hacer que se “oiga su voz”, es decir, inserta “el saber del otro” en una página que responde al género más actual en esos momentos de la instauración del proyecto modernizador.
Darío encuentra en la complejidad de la crónica, en la mezcla y choque de discursos en el tejido de su forma, la proyección de los rasgos distintivos de la literatura latinoamericana (cfr. Ramos 2003: 13).
Bibliografía
Darío, Rubén (1909). El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical. Madrid: Biblioteca Ateneo.
— (2003). El viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical. Prólogo, edición y notas a cargo de Silvia Tieffemberg, con la colaboración de Víctor Goldgel Carballo. Estudio preliminar de Miguel Alberto Guerin. Buenos Aires: Corregidor.
Montaldo, Graciela (2013). Viajes de un cosmopolita extremo. Buenos Aires: FCE.
Rama, Ángel (2004). La ciudad letrada. Santiago de Chile: Tajamar.
Ramos, Julio (2003). Desencuentros de la modernidad en América Latina. México: FCE.
Scarano, Mónica y Graciela Barbería (editoras) (2013). Escenas y escenarios de la modernidad. Retóricas de la modernización urbana desde América Latina (fin del siglo XIX y siglo XX). Mar del Plata: Ediciones Suarez.
Zanetti, Susana (coordinadora) (2004). Rubén Darío en ‘La Nación’ de Buenos Aires. Buenos Aires: Eudeba.
- Profesora Consulta en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Jujuy. ↵
- Me refiero al prólogo que él mismo escribiera a su poemario Prosas Profanas. ↵
- Poemas como éste son los que aluden al oficio de escritor, noción que comienza a tener vigencia con el modernismo.↵
- En el libro editado por Silvia Tieffemberg et al., el hecho fundacional figura en dos crónicas completas en el apartado “El viaje a Nicaragua”, mientras que en el libro de Graciela Montaldo Viajes de un cosmopolita extremo, figuran las crónicas mencionadas, reducidas, en el Capítulo II, “Archivo y experiencia”. En este capítulo se trabaja con las crónicas reproducidas en el primero de los libros mencionados.↵
- Francisco López de Gómara, citado en Darío 2003. ↵
- Este interrogatorio hace recordar la payada de Martín Fierro, tan elogiada y estudiada desde la crítica literaria.↵






