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Tradición clásica y cosmopolitismo en la concepción erótica de Rubén Darío

Sabrina Nair Roldán[1]

La tradición clásica no es utilizada por Rubén Darío sólo como paradigma de alta cultura que permite universalizar su poesía, sino también para expresar o representar la naturaleza erótica de su poética y, por qué no, de sí mismo. Como explica Pedro Salinas, la concepción erótica de Rubén Darío es clásica, se considera al amor como una fuerza, un impulso vital de belleza propia, el que lo posee va de mujer en mujer, no hay una sola que prime sobre las otras porque lo que importa es el goce propio (1978: 61).[2] Este erotismo que podemos llamar más elemental es el que prevalece en la primera concepción dariana del tema amoroso, pero luego irá más allá y se tornará más profundo adquiriendo el estatus de religión. En palabras de Salinas: “Rubén, a quien ya no le basta para vivir su erotismo con la simple fuerza de sus sentidos, busca la potenciación, el esfuerzo de su sensualidad elemental, en esas fuerzas que se ocultan tras las figuras míticas” (1978: 86). También considera que de las treinta y seis poesías que contiene Prosas profanas sólo cuatro se alejan del tema amoroso (1978: 55).

Para comprender el erotismo nos servimos de dos teóricos: Octavio Paz con La llama doble y George Bataille con su libro El erotismo. Paz, para explicar el título de su libro, dice: “El fuego original y primordial, la sexualidad, levanta la llama roja del erotismo y ésta, a su vez, sostiene y alza otra llama, azul y trémula: la del amor. Erotismo y amor: la llama doble de la vida” (1993: 7). Luego, afirma que el erotismo es exclusivamente humano, no así la sexualidad, que nos iguala a los animales. Nos presenta una primera definición de erotismo: “es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres” (1993: 14-15). Continúa con consideraciones que serán claves para apreciar la concepción erótica de Rubén Darío, ya que, según Paz, el erotismo es dador de vida y de muerte (1993: 17), “es ante todo y sobre todo sed de otredad. Y lo sobrenatural es la radical y suprema otredad” (1993: 20). En la concepción erótica de Rubén Darío aparecen, principalmente, los elementos sobrenaturales del mundo griego para expresarla de forma poética, es lo que Paz llama la “suprema otredad”. También Salinas hace referencia a esto, al decir que al revestir lo erótico con la mitología se quita de encima la posible vulgaridad que suele contener el apetito físico de los sentidos (1978: 88).

Por su parte, Georges Bataille piensa una fórmula del erotismo “que es la aprobación de la vida hasta en la muerte” (2010: 15), parte de la actividad sexual para el fin reproductivo que da vida y muerte a la vez, y que es común a los hombres y a los animales, pero que se diferencia de estos últimos por una búsqueda psicológica independiente del fin natural que es la reproducción; de esta manera, entendemos que se relaciona más con el goce y el placer sin desconocer la presencia de la muerte. Ahora bien, el Modernismo es la respuesta al vacío espiritual de la religión y la metafísica del positivismo del siglo XIX (Anderson Imbert 1967: 14, Paz 2005: 114-116). Así posan su mirada en la poesía francesa –una de las variantes de su cosmopolitismo–, donde encuentran su estética pero que también los conduce a rever cierta tradición española en su afán cosmopolita (Paz 2005: 120). La revisión de ambas tradiciones se enlaza y, en este enlace, los modernistas priorizan la significación del ritmo poético[3] al ser concebido como manifestación del ritmo universal. Sobre esto recuperamos una cita de Paz:

Sí, el erotismo se desprende de la sexualidad, la transforma y la desvía de su fin, la reproducción; pero ese desprendimiento es también un regreso: la pareja vuelve al mar sexual y se mece en su oleaje infinito y apacible. Allí recobra la inocencia de las bestias. El erotismo es un ritmo: uno de sus acordes es separación, el otro es regreso, vuelta a la naturaleza reconciliada. (1993: 28)

El poeta contiene ese saber prohibido donde las religiones, mitologías y edades forman parte de ese ritmo universal. En particular, el cristianismo en Rubén Darío es utilizado, en su poesía, para dar cuenta de la rotación de las edades y mitologías; estos tintes anticristianos son novedosos para la poesía hispánica. Al igual que el cristianismo les da a los modernistas ideas como el pecado, la conciencia de la muerte, el saberse caído, y verse como un ser contingente en un mundo contingente y este conjunto, a su vez, aparece no como creencias sino como fragmentos, tópicos y obsesiones (Paz 2005: 112-124). Es del mundo clásico del que Rubén Darío se sirve para expresar muchas de estas obsesiones, ya que su estética es pagana y hedonista; el erotismo en el poeta ocupa el lugar de una religión. Así lo apreciamos, por ejemplo, en su poesía “El reino interior”:

¿Qué son se escucha, son lejano, vago y tierno? / Por el lado derecho del camino, adelanta / el paso leve una adorable teoría / virginal. Siete blancas doncellas, semejantes / a siete blancas rosas de gracia y de harmonía / que el alba constelara de perlas y diamantes. / ¡Alabastros celestes habitados por astros: / Dios se refleja en esos dulces alabastros! / Sus vestes son tejidas del lino de la luna. / Van descalzas. Se mira que posan el pie breve / sobre el rosado suelo, como una flor de nieve. / Y los cuellos se inclinan, imperiales, en una / manera que lo excelso pregona de su origen. / Tal el divino Sandro dejara en sus figuras / esos graciosos gestos en esas líneas puras. / Como a un velado son de liras y laúdes, / divinamente blancas y castas pasan esas / siete bellas princesas. Y esas bellas princesas / son las siete Virtudes. (Darío 1996: 183)

No sólo se puede notar la imbricación que lo erótico tiene con lo religioso, sino que esto se hace presente en los poemas por medio de desplazamientos espaciales, en este caso las doncellas que van en una procesión, ya que “teoría”, apunta Pedro Luis Barcia en su edición, es una procesión religiosa de la antigua Grecia. Caminan, “pasan” como si estuvieran acompañadas por la música de liras y laúdes, marcando metafóricamente el ritmo del poema.

Diferente serán las apariciones y entradas que harán los centauros, símbolos claramente eróticos, en los poemas de Darío. En el “Coloquio de los centauros” por ejemplo, hasta los elementos de la naturaleza se sienten interpelados por la presencia de los centauros, se estremecen y despiertan:

Son los centauros. Cubren la llanura. Les siente / la montaña. De lejos, forman son de torrente / que cae; su galope al aire que reposa / despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa. / Son los centauros. Unos enormes, rudos; otros / alegres y saltantes como jóvenes potros; / unos con largas barbas como los padres-ríos; / otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos, / y de robustos músculos, brazos y lomos aptos / para portar las ninfas rosadas en los raptos. (Darío 1996: 127-128)

La entrada al poema marcado por su rítmico andar, la descripción de los centauros y la forma de sus cuerpos lleva a un solo objetivo, el objetivo sexual de raptar a las ninfas, sus brazos y lomos eran aptos para el fin que buscaban. Otro rapto es advertido por el escritor Enrique Anderson Imbert en el poema “Palimpsesto”:

… el centauro que se roba una ninfa; Diana que, de un solo flechazo, mata a los dos –el poeta mira a las mujeres que se bañan desnudas en el río también con ojos de centauro. El centauro, el cisne, el sátiro, en Darío eran símbolos de su naturaleza erótica. (Anderson Imbert 1967: 88)

En la poesía “Palimpsesto”, encontramos también resaltado el ritmo de los pasos de estos seres mitológicos: “… en grupo lírico van los centauros / con la harmonía de su tropel. / Uno las patas rítmicas mueve, / otro alza el cuello con gallardía / como en hermoso bajo-relieve” (Darío 1996: 176)

El sonido que hacen los centauros al correr y la risa de las ninfas, más avanzado el poema, nos recuerdan la risa de “la divina Eulalia”, son sonidos rítmicos y provocadores, que invitan a la imaginación erótica y son focalizados por el poeta en las respectivas poesías. Continuando con “Palimpsesto”, vemos en el desarrollo de la escena el acercamiento del centauro que dirigía el tropel en busca de las ninfas y, en simultáneo, tenemos la imagen de Diana bañándose desnuda:

Silencio. Señas hace ligero / el que en la tropa va delantero; / porque a un recodo de la campaña / llegan en donde Diana se baña. / Se oye el ruido de claras linfas / y la algazara que hacen las ninfas. / Risa de plata que el aire riega / hasta sus ávidos oídos llega […] (Darío 1996: 176-177)

Ambos poemas terminan evocando la muerte, el erotismo de Darío no tiene diferencia al planteado por Paz, es dador de vida y de muerte, escapa a la consumación del acto sexual por medio de la muerte. Hipea, en “El Coloquio…”, dice sobre la mujer humana: “De su húmeda impureza brota el calor que enerva / los mismos sacros dones de la imperial Minerva; / y entre sus duros pechos, lirios del Aqueronte, / hay un olor que llena la barca de Caronte” (Darío 1996: 133). A su vez, Medón dice sobre la Muerte: “A sus pies, como un perro, yace un amor dormido” (Darío 1996: 137). Según Salinas: “Lo erótico del animal se combina con lo humano, significando la dualidad que yace en el amor, lo posesivo puro, animal, y algo que es superior, que está por encima, lo puesto por el hombre” (1978: 93). El poeta, mediante los elementos clásicos, inmortaliza lo mortal, como ya dijimos. El poema llamado “Canción” está compuesto sólo por personajes femeninos de la mitología grecorromana: Aurora que personifica al amanecer; las ninfas; Flora, diosa de las flores, la primavera y los jardines; Afrodita, diosa de la belleza y el amor; y Diana, diosa virgen de la caza. Todas estas diosas y las ninfas se entremezclan en el poema para representar, eternizar y potenciar toda la carga erótica que tiene la amada, que se da un baño y juega con su cuerpo a la espera del “fogoso amante”, que con el contacto de tantas diosas, finalmente, también se divinizó. El amante manipula el tiempo al preludiar el aviso de la llegada del sol, del cual se encarga Aurora, tanta es su impaciencia que adelanta el tiempo y el amanecer:

Amor tu ventana enflora / y tu amante esta mañana / preludia por ti una diana / en la lira de la Aurora. / Desnuda sale la bella, / y del cabello el tesoro / pone una nube de oro / en la desnudez de estrella; / y en la matutina hora / de la clara fuente mana / la salutación pagana / de las náyades a Flora. / En el baño el beso incita / sobre el cristal de la onda / la sonrisa de Gioconda / en el rostro de Afrodita; / y el cuerpo que la luz dora, / adolescente, se hermana / con las formas de Diana / la celeste cazadora. / Y mientras la hermosa juega / con el sonoro diamante, / más encendido que amante / el fogoso amante llega / a su divina señora. (Darío 1996: 195-196)

La tradición clásica, pensemos en los dioses, le permite al poeta contraponerse a la condición insoslayable de mortal, su pasión erótica se eterniza en la vida de esos dioses por su condición de inmortales. El erotismo, en Rubén Darío, no se puede separar del amor, de esta manera toma relevancia la condición de mortal, ya que parte del amor es el saber que el otro va a morir y que lo inmortal será su alma. Este es el tópico central del final en “El coloquio de los centauros”, la Muerte es la victoria de los humanos y lo inalcanzable para los dioses. A su vez, es el erotismo y el amor que nos hace conscientes de nuestra condición de mortales. La aparición de los dioses y diosas en la poesía de Rubén Darío inmortaliza el ambiente y escenas eróticas, así como marca el ritmo poético; vemos, por ejemplo, en la poesía “Pórtico”: “Y con la gente morena y huraña / que a los caprichos del aire se entrega, / hace su entrada triunfal en España / fresca y riente la rítmica griega” (Darío 1996: 146). Esta estrofa sumamente cosmopolita, como toda la larga poesía, muestra la entrada de Flora a España, una entrada rítmica y sensual representada en la risa femenina. Más adelante se vuelve a hacer referencia al andar de la diosa: “Ritma los pasos, modula los sones, / ebria risueña de un vino de luz, / hace que brillen los ojos gachones, / negros diamantes del patio andaluz” (Darío 1996: 147). Como se sabe, en Rubén Darío las asociaciones entre amor, erotismo, mujeres, poesía, belleza son factibles. Entonces, encontramos que el fin del poeta es eternizar todos esos conceptos a través de la tradición clásica y, mezclándolo con las referencias cosmopolitas que le dan el toque personal al tema, ir contra la condición mortal del ser humano.

El poeta nos presenta un tema que ha preocupado a toda la literatura universal y a la filosofía. El erotismo, en Prosas profanas, es representado por el mundo grecorromano y el cosmopolitismo de Francia, como supuesta mejor heredera de lo griego. No sólo porque en sí mismo es un mundo sensual y cargado de belleza, sino porque le permite a Rubén Darío dar cuenta de su concepción pagana del amor, le permite eternizar sus pasiones de mortal, por medio de las figuras inmortales.

Bibliografía

Anderson Imbert, Enrique (1967). La originalidad de Rubén Darío. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina.

Bataille, Georges (2010). El erotismo. Barcelona: Tusquets.

Darío, Rubén (1996). Prosas profanas y otros poemas. Edición, estudio y notas de Pedro Luis Barcia. Buenos Aires: Embajada de Nicaragua.

Paz, Octavio (2005). Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia. México: Ligeia.

Paz, Octavio (1993). La llama doble. Barcelona: Seix Barral.

Salinas, Pedro (1978). La poesía de Rubén Darío. Buenos Aires: Losada.


  1. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, UNLP.
  2. Explica Salinas, en la misma página, que Freud encuentra la diferencia entre el amor antiguo y el moderno, en que lo que en el amor se acentúa es el deseo y no el objeto de deseo (1978: 61).
  3. Dice Paz que entre los cosmopolitismos de los modernistas está la versificación irregular rítmica que toman de la tradición española, que esta versificación y los nuevos ritmos de los modernistas se convierte en el ritmo original del idioma (2005: 122).


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