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Trabajo informal, estrategias de apropiación de los territorios e interacciones sociales

Notas acerca de la construcción de territorialidades urbanas por parte de los lavacoches de la ciudad
de Santa Rosa, La Pampa

Franco Carcedo

Resumen

Entre los oficios populares que emergieron en Argentina luego de la crisis socio-económica de 2001-2002 se encuentra el cuidado y lavado de vehículos en la vía pública. Hasta ese momento, esta actividad de servicios era realizada por un número reducido de personas en determinados espacios de las ciudades, generalmente en aquellos puntos de interés turístico o comercial.

En la ciudad de Santa Rosa (La Pampa), la presencia de lavacoches da cuenta de la importancia del espacio público como refugio ante el desempleo. A su vez, para algunos trabajadores, se presenta como una actividad complementaria que busca aumentar los magros ingresos provenientes de las “changas” o de las estadías temporales en el sector de la construcción.

Este trabajo informal puede ser caracterizado como precario (ingresos insuficientes, inestabilidad, ausencia de derechos); desvalorizado socialmente; con reglas informales que se aprenden con el ejercicio cotidiano; no regulado por el Estado; controlado y vigilado por la policía y; en ocasiones, quienes lo realizan necesitan “poner el cuerpo” para defender el espacio de trabajo.

Introducción

Entre los oficios populares que emergieron luego de la crisis de 2001-2002 se encuentra el cuidado y lavado de vehículos en la vía pública. Hasta ese momento, esta actividad era realizada por un número reducido de personas en determinados espacios de las ciudades, generalmente en aquellos puntos de interés turístico o comercial. En algunas oportunidades, los gobiernos locales les otorgaban permisos para legitimar su accionar.

En la actualidad no existen estadísticas oficiales que den cuenta de la cantidad de personas que realizan la actividad. Según la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), en el año 2015 en Argentina había alrededor de 15.000 personas que se dedicaban a limpiar vidrios en los semáforos y a cuidar/lavar autos (Grabois y Pérsico, 2015). Para la ONG Defendamos Buenos Aires, en el año 2016 en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) había alrededor de 5.000 lavacoches, mientras que en otras ciudades del interior la cifra se acercaba a 1.000.[1]

La pregunta acerca de ¿cómo logran las personas obtener recursos materiales para la vida? (Narotzky, 2012) es central para intentar acercarse a los procesos económicos desde abajo sin dejar de considerar la dimensión estructural que condiciona las prácticas de reproducción social de grupos determinados de trabajadores. Lo que hace la gente para vivir, sobre todo en contextos de crisis socio-económicas reiteradas como en Argentina, está cada vez más marcado por la incertidumbre respecto de las posibilidades de que sus esfuerzos cuenten con condiciones óptimas para proyectarse en el tiempo (Narotzky, 2015).

Los lavacoches realizan un trabajo informal y de carácter precario que forma parte de ese universo conocido tradicionalmente como sector informal o, como se lo denomina desde hace algunos años, economía informal.[2] Entre los principales rasgos del oficio pueden mencionarse los siguientes: a) es precario (ingresos insuficientes, inestabilidad, ausencia de derechos); b) se realiza de manera autónoma o en cooperación con otras personas; c) está desvalorizado socialmente; d) no requiere demasiada experiencia ni elementos para llevarlo a cabo; e) cuenta con reglas informales propias que se aprenden con el ejercicio cotidiano de la actividad; f) se realiza en espacios públicos a cielo abierto; g) es una actividad de servicios que en períodos de crisis económica es menos demandada por los usuarios; h) en épocas de recesión aumenta la cantidad de lavacoches y con ello los conflictos por el uso espacio; i) se requiere forjar relaciones de confianza con vecinas, vecinos y comerciantes de la zona; j) no está regulado por el Estado; k) no puede realizarse cuando las condiciones meteorológicas son adversas; l) es controlado y vigilado por la policía; m) en ocasiones es necesario “poner el cuerpo” para defender el espacio de trabajo.

En su libro La inseguridad social, Robert Castel (2004) sostiene que la precariedad del empleo es el mayor desafío de las sociedades contemporáneas, pues revela el establecimiento de un nuevo régimen de organización del trabajo y de integración profesional sostenido en la inseguridad social. Desde su perspectiva, el punto crucial de la precariedad es la condición y el sentimiento de pérdida de seguridad de quienes lograron alguna forma de integración al mundo del trabajo y de quienes la pretendían y no la lograron.

En este capítulo intentaré describir de qué manera los lavacoches[3] de Santa Rosa llevan a cabo su actividad. Haré especial hincapié en las trayectorias personales y laborales de algunos de ellos y en las interacciones que establecen con las fuerzas del orden. Este texto forma parte de los resultados de un trabajo de investigación realizado, con intermitencias, entre 2015 y 2019. A su vez, muchas de estas ideas son ampliadas y profundizadas en la tesis de Maestría en Estudios Sociales y Culturales (FCH-UNLPam) en la cual me encuentro trabajando.[4] A partir de las conversaciones informales, las entrevistas y la observación participante pude acercarme a una actividad que lejos de tener un carácter individual se construye a partir de vínculos e interacciones con distintos actores de la dinámica urbana (comerciantes, transeúntes, clientes, policías, otras y otros trabajadores, etc.).

La pandemia de COVID-19 y las medidas de ASPO (Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio) y DISPO (Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio) decretadas por el gobierno nacional durante 2020 y parte de 2021 probablemente hayan modificado algunas lógicas espaciales e interaccionales de esta actividad (como de muchas otras). Por este motivo, los resultados parciales aquí presentados deberán ser ampliados y revisitados a partir de nuevos interrogantes y marcos conceptuales.

El espacio urbano en la dinámica de acumulación del capital

En las últimas décadas, desde diversas ciencias sociales se ha reconocido la importancia de incorporar el espacio en la explicación de los procesos sociales. Hasta hace poco tiempo atrás, la espacialidad era considerada un mero resultado de procesos históricos y sociales, otorgándosele a esta un poder explicativo escaso. En este sentido, Edward Soja expresa la necesidad de ser conscientes de cómo “las relaciones de poder y disciplina se inscriben en la espacialidad aparentemente inocente de la vida social, cómo las geografías humanas se cargan de política e ideología” (Soja, 1989, p. 6).

La espacialidad, en el contexto del capitalismo, ha sido siempre un proceso conflictivo, abierto a la contradicción y a la transformación. Esto se debe a que en el mundo moderno el proceso de reproducción del capital se realiza a través de la producción del espacio. A su vez, como afirma Henri Lefebvre (1974), las relaciones sociales poseen una existencia espacial, se proyectan en el espacio y se inscriben en este durante su proceso de producción. Para el autor, el espacio como producto social debe ser entendido como una compleja red de relaciones sociales, sustentadas por una jerarquía de clases sociales y un modo de producción dominante.

Exponentes de la geografía crítica, como David Harvey y Neil Smith, han sugerido que las crisis de acumulación del capital y fuerza de trabajo se resuelven a través del “ajuste espacial”. En distintos trabajos, Harvey sostiene que sin las posibilidades inherentes a la expansión geográfica, a la reorganización territorial y al desarrollo geográfico desigual, el capitalismo habría dejado de funcionar (Harvey, 1990, 2004, 2007). Smith, por su parte, reconoce que el capitalismo no solo genera ciclos temporales de expansión y crisis, sino también ciclos espaciales de desarrollo en un polo y subdesarrollo en otro. Dado que la división del trabajo es en gran medida una cuestión espacial, el capital se mueve a lugares específicos donde puede extraer ventajas económicas (Smith, 2006).

Los procesos de acumulación del capital también tienen una injerencia fundamental en la construcción de la ciudad como negocio. En la ciudad se manifiesta la contradicción entre el valor de cambio –el espacio producido como condición de la realización del lucro– y el valor de uso –la ciudad creada para la realización de la vida cotidiana en lugares específicos–. En efecto, la producción del espacio urbano (por la realización del sector inmobiliario) se conecta cada vez más a la forma mercancía que sirve a las necesidades de la acumulación, promoviendo cambios, exigiendo readaptaciones de usos y funciones de los lugares en la ciudad (Carlos, 2008, 2015).

Desde esta perspectiva, la urbanización debe ser entendida en el ámbito del proceso de reproducción general de la sociedad. La ciudad se va transformando a medida que la sociedad también lo hace como consecuencia del desarrollo del capitalismo. Esto significa que la acumulación del capital invade completamente la vida cotidiana imponiendo una racionalidad homogeneizante, creando signos inductores del consumo y nuevos patrones de comportamiento. Para Correa (1993), estos procesos –la acumulación del capital y la reproducción social– “crean funciones y formas espaciales, o sea, crean actividades y sus materializaciones, cuya distribución espacial constituye la propia organización espacial urbana” (p.1).

Con matices diferentes en las sociedades industrializadas y en aquellas con menor nivel de desarrollo, la transformación de la ciudad ha avanzado hacia la configuración de nuevas territorialidades y realidades espacio-temporales. En las metrópolis latinoamericanas, como consecuencia de la reestructuración económica global se produjo el agravamiento de una estructura urbana históricamente desigual. Por un lado, aumentaron las desigualdades, la pobreza, la exclusión social y se expandieron los empleos precarios e informales. Por otro lado, se desencadenaron nuevas modalidades de expansión metropolitanas, donde la suburbanización (por parte de los sectores de altos y medios ingresos en urbanizaciones cerradas, así como de los sectores de bajos recursos localizados en terrenos fiscales o en áreas degradadas de renta urbana mínima), la gentrificación, la segregación y la fragmentación socio-espacial aparecen como los rasgos más destacados.

En América Latina, tradicionalmente, el análisis de la desigualdad en las ciudades se asoció al de la segregación residencial.[5] Sin embargo, distintos autores (Di Virgilio y Perelman, 2014; Segura, 2015; Cosacov y Perelman, 2011, 2012, 2015 y Boy y Perelman, 2017) sostienen que las formas actuales de la vida urbana desbordan esta noción y, por lo tanto, la desigualdad socio-territorial ya no puede considerarse solo en relación a la localización de los actores en un enclave fijo. En este sentido, a partir de las posibilidades que tienen las personas de moverse en la ciudad y de ocupar distintos espacios públicos para desarrollar distintas formas de trabajo, de consumo, de acción política o expresión cultural, pueden abordarse las disputas, los conflictos y las negociaciones entre actores con diferente poder de incidencia en el uso y producción del espacio urbano.

¿Por qué decidiste empezar a trabajar como lavacoches? Trayectorias, recorridos y experiencias de un grupo de jóvenes trabajadores de Santa Rosa

El uso de los espacios públicos es un aspecto central a tener en cuenta en el estudio y análisis de las ciudades. Esta experiencia no es vivida de la misma forma por todas las personas, ya que puede variar según el género, la edad o la clase social. En la ciudad de Santa Rosa, la utilización de estos espacios como lugar de trabajo no es exclusiva de los lavacoches. Además de ellos, otras personas ponen en marcha diferentes actividades a fin de generar los ingresos que les permitan sobrevivir: venta ambulante de ropa, bijouterie, flores, accesorios (carteras, gorras, anteojos, etc.) y comida; arte callejero, recolección de distintos materiales para reciclado, limpieza de vidrios, producción de artesanías, cadetería, entre otras. En la Figura 1 se puede observar la unidad de estudio donde realicé el trabajo de campo entre 2015 y 2019. Este espacio comprende sectores del centro urbano y los barrios Villa Alonso, Villa del Busto, Villa Tomás Mason Sur, Villa Elvina y Villa Santillán.

Figura 1. Demarcación de la unidad de estudio

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Fuente: elaboración propia.

A partir de las entrevistas y conversaciones informales que mantuve con distintos lavacoches intenté reconstruir cómo y por qué motivos decidieron empezar a trabajar en la calle. Para ello indagué acerca de las primeras jornadas de trabajo y las experiencias laborales previas. En este sentido, comprobé que la falta de trabajo, la búsqueda de mayor autonomía y los vínculos con vecinos y/o amigos del barrio son factores que contribuyen a explicar el ingreso al trabajo callejero.

En la capital pampeana, uno de los primeros espacios donde comenzó a realizarse el lavado de vehículos se encuentra en la intersección de las calles Coronel Gil y Mansilla. A escasos metros de allí funcionó hasta 1998 un comercio de venta de plantas y semillería, que al cerrar sus puertas obligó a sus empleados a buscar otra fuente de ingresos. Julio, quién hasta entonces trabajaba en ese comercio, reconoce que empezó a desempeñarse como lavacoches en el estacionamiento público que se encuentra en la esquina antes mencionada. Cuando este espacio se privatizó,[6] en agosto de 2013, se instaló a dos cuadras de allí. A esta situación se refiere Julio cuando sostiene que:

Fui uno de los primeros lavacoches. En el año 1998 no se veían. No se veían lavacoches hasta el 2001, no se veían. Yo laburaba ahí; cuando fallece María, que era la esposa, vende. Y bueno no me quedó otra, no tenía un sueldo, necesitaba la ‘guita’[7]. Viste que uno trata de ir haciendo un poco de ‘guita’ pero en la albañilería no me pagaban nada, no me alcanzaba. Unos amigos me decían lava coches. Ya que estás al lado, lavá los coches de ahí. Desde ese año siempre me mantuve en esto. Antes éramos veinte y nos conocíamos todos. Ahora hay veinte [lavacoches] pero acá nomás a la vuelta. A mí lo que no me gusta es cuando hay un montón. Eso no me gusta (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Como se desprende de su testimonio, el ingreso de Julio al trabajo como lavacoches se debió, en primer lugar, al cierre del comercio donde trabajaba; en segundo lugar, a que los ingresos que obtenía en el sector de la construcción le resultaban escasos y, en tercer lugar, al papel que desempeñaron algunos amigos que lo incentivaron para que ocupara el estacionamiento público donde trabajó hasta 2013. Ese espacio era compartido con otros lavacoches, quienes, paulatinamente, se fueron trasladando a otros sectores de la ciudad.

Cuando lo entrevisté por primera vez, en el año 2017, Julio ya llevaba cuatro años trabajando en el estacionamiento “de las vías” sobre la calle Coronel Gil. Es un espacio que, como él mismo cuenta, es utilizado como estacionamiento por muchas personas, principalmente en horario matutino:

Ciento cincuenta autos por día estacionan a la mañana. Lo que pasa es que tengo cuarenta autos que estacionan que vienen todos los días hace dos años. Yo vengo a las ocho, “clavo” los baldes y ya me ven acá. Eh, ¿todo bien Julio? Sí, lávame el auto. Listo, hasta luego. Y se van, chau. Si no quieren lavar el auto me dicen che lávame los vidrios, repasame el parabrisas o lávame las ruedas, lávame el frente o lávame las luces que ando de viaje. Otros me dicen, che cuidalo un rato, te tiro diez, veinte “mangos”.[8] Y tres o cuatro lavaditos que metiste ya hiciste quinientos pesos, a la mañana (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Otros lavacoches que participaron de esta investigación también tuvieron experiencias laborales anteriores a la incursión en la actividad. Abandono escolar mediante, es en el ámbito de la construcción donde han realizado sus primeras intervenciones en el mundo del trabajo. Desempeñarse como ayudante de albañil (casi siempre de manera informal), suele ser, en efecto, el primer paso de un camino que presenta dos alternativas: por un lado, la continuidad y –con el correr del tiempo– la especialización en el oficio y, por otro lado, el abandono o el despido prematuro.

En el caso de Julio, como dije anteriormente, él dejó su trabajo como albañil porque consideraba que los ingresos que obtenía eran insuficientes. Argumentos similares los escuché de parte de Juan, Orlando y Pedro. En una charla que mantuve con Juan durante el año 2015, me comentó que decidió trabajar como lavacoches “por conveniencia, por no tener patrón, hacer sus propios horarios y cobrar su dinero en el día”. Desde su perspectiva, el trabajo de albañil le exigía cumplir un horario más rígido y, a su vez, obtenía menores ingresos. Orlando, por su parte, sostiene que trabajando como lavacoches no se esfuerza tanto como en la construcción. Para Pedro, ser lavacoches es “más práctico, más ligero y se gana más” que de albañil. No obstante, reconoce que volvería a trabajar en la construcción si tuviera la posibilidad de “estar en blanco”.

En resumen, para los trabajadores antes mencionados, el hecho de no tener patrón, la flexibilidad horaria y los mayores ingresos que se obtienen trabajando en la vía pública fueron los principales motivos por los que decidieron empezar y continuar desempeñándose como lavacoches. En este sentido, Julio reconoce que no tener un empleador es uno de los aspectos positivos que tiene esta actividad laboral, más aún cuando hace muchos años que trabaja de manera independiente:

[Muchos lavacoches] La ven como una salida laboral rápida. Y es que es rápida. Está bien, vos ofreces un servicio, pero yo como te digo, acá vos no tenés patrón. Yo lavo este auto y dos o tres vidrios y ya tengo para comer. Me voy. No es que tengo un tipo dale, dale, dale. Yo no sirvo para renegar, yo no sirvo para estar de empleado de alguien porque hace muchos años que no tengo un patrón. Entonces si no laburo yo no me mantengo. Tampoco lo quiero cambiar de un día para el otro al laburo. Me gusta mucho. Me gusta mucho porque es como que ya estoy acostumbrado (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

La preferencia de algunos lavacoches por trabajar en la calle de manera independiente también se manifiesta con relación al trabajo en lavaderos de autos. Desempeñarse en estas empresas implica el cumplimiento de muchas horas de trabajo, tener un patrón o encargado supervisando las tareas y un ingreso reducido comparado con lo que se obtiene trabajando por cuenta propia. A esto se refiere Lucas cuando recuerda cómo fue su experiencia de trabajo en un lavadero:

Trabajé en lavadero. He trabajado. Me usaban como esclavo, me trataban re mal. Estaba pasando un momento malo. Me pagaban ochenta pesos el día y estaba desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde ahí. Lavaba un montón de autos, loco. Yo lavo, soy rápido para lavar. Pero prefiero lavar dos autos que vienen para mí y no tener que dárselos al encargado del lavadero. En el lavadero te dan ochenta pesos y un sándwich para que comas y ¿qué haces vos con el sándwich? ¿Lo partís por la mitad y se lo llevas a tus hijos? Te arruina. A mí no me conviene. Prefiero estar en la calle y sacar una monedita para comer (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

En el caso de Damián, él decidió no trabajar en un lavadero de autos porque los ingresos que recibiría serían muy escasos. A su vez, prefirió mantener sus horarios de trabajo y no tener que rendir cuentas a un empleador:

Iba a lavar en “Burbujas” pero me iban a pagar muy poco. Hacía el doble acá lavando yo que lo que te pagaban ellos. A ellos les re rinde. Si ellos capaz que lavan veinte autos por día. Y más en el verano, imagínate cuanto lavan. Por eso está bueno acá. A mí no me manda nadie. Vengo a la hora que yo quiero. Obvio que tenés que venir todos los días. A no ser que haga mucho frío o esté lloviendo (D. Pérez, comunicación personal, 18 de agosto de 2018).

La valoración de la autonomía que se obtiene trabajando en la calle con relación a otros trabajos también fue observada por Claudia Fonseca (2000) cuando realizó un interesante estudio etnográfico en un barrio popular de Porto Alegre (Brasil). Según la autora, los habitantes de “Vila Cachorro Sentado” rechazan los empleos asalariados más denigrantes y ponderan cualquier ganha-pão (“gana pan” o “changa”[9], en el caso argentino) que les permita sobrevivir. Fonseca interpreta esto como uno de los mecanismos para compensar la pérdida de prestigio. Desde su punto de vista, las personas del lugar saben perfectamente que los trabajos asalariados a los que pueden tener acceso son duros, comandados por una persona más joven y menos experimentada, y casi siempre perteneciente a una clase social superior. En este esquema, el sueño de los varones del barrio es ser trabajador “autónomo” o cuentapropista.

En el caso de los lavacoches de Santa Rosa, la valoración de la autonomía se relaciona con la posibilidad de obtener mejores ingresos, organizar los tiempos y espacios de trabajo y no tener una persona controlando las tareas. Además, como explicaré en las próximas páginas, también les permite gestionar el ingreso de posibles compañeros de trabajo. Si bien existe una cierta idealización de la autonomía, las pocas opciones de trabajo disponibles a las que pueden tener acceso no logran seducirlos para abandonar el trabajo en la calle. Como dije anteriormente, muchos han intentado insertarse en otros trabajos, pero la precariedad de esas experiencias los vuelve a empujar al lavado de automóviles.

La representación del lavado de automóviles como un trabajo autónomo refleja una de las formas en las que algunos trabajadores construyen su identidad social. La posibilidad de poder sostener económicamente a sus familias y la búsqueda de cierto respeto en el territorio son dos aspectos que refuerzan esa noción de autonomía que aparece en los relatos antes mencionados. Asimismo, los períodos de cierta bonanza económica contribuyen a fortalecer la creencia de que les será posible circular, al menos por un tiempo, por el sendero del progreso individual y familiar.

A principios de 2017, cuando Julio comentaba que su trabajo le agradaba y que no lo quería cambiar de un día para el otro, lo hacía en un contexto en el que su servicio gozaba de una demanda relativamente sostenida. Según sus propias palabras:

Yo hace como tres o cuatro años que gracias a Dios me va bien. Está bien, tengo que esforzarme. En invierno me duelen las manos, las piernas. Pero bueno, es así, hay que “curtirse”[10] también. Por no haber estudiado, a uno le pasa esto. Lo único que yo no me quejo de la situación como está porque yo gano bastante bien, yo junto 14.000 pesos al mes acá. Es muy buen dinero. Pero yo tengo una constancia: venir todos los días. Y de guardarla [se refiere al dinero]. Yo llego a mi casa, ponele quedaron 200 [pesos], ahora se compró una yerba y cosas para la bebé y lo otro lo guardo. Ahora lo que estoy ganando lo estoy guardando. Mañana me levanto y no saco un “mango” de ahí. La “guita” [dinero] la guardo. Billetes de 2 [pesos], de 5 [pesos], de 10 [pesos] y monedas guardo, no los gasto. Y llego a fin de mes y tengo 4000 [pesos], 5000 [pesos] en cambio. Voy, pago el alquiler, tengo mi propia luz, mi propio gas, internet, como todos. No nos falta nada (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Los ingresos que Julio obtenía en ese momento superaban ampliamente los $8.600 establecidos por el Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil.[11] Además de trabajar en la calle, tenía algunos clientes a quienes les lavaba el vehículo en sus respectivos domicilios. Esto lo hacía los días domingo desde la mañana hasta la tarde:

Yo le lavo todos los autos a González. A los hijos de Pérez les lavo los autos, a mucha gente, clientes que tengo. A la mamá de García le lavo el auto en la casa. A la diputada Pereira le lavo el auto. A los de “La Rural” les lavo el auto (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Paralelamente, muchas personas le donaban ropa para su beba, comida y distintos elementos que iban desde un equipo de mate hasta libros. Su pareja, a su vez, elaboraba budines para vender. Durante las tardes, era muy común encontrar a Julio junto a su familia en el mismo lugar. Un día soleado de agosto de 2017, por ejemplo, pude observar cómo, en cuestión de dos horas, realizó el lavado de seis vehículos. También advertí que varias personas (probablemente clientes “fijos”) le solicitaban que les lave el auto sin que él les ofrezca su servicio. En cambio, era Julio quien iniciaba la interacción con quienes estacionaban ocasionalmente en la cuadra.

Tanto para Julio como para otros lavacoches, la situación laboral empezó a cambiar a partir de los primeros meses de 2018. En abril de ese año, la crisis cambiaria hizo que la economía argentina ingresara en una profunda recesión que afectó tanto a los sectores populares como las capas medias de la sociedad. Aunque el PBI (Producto Bruto Interno) de Argentina ya venía estancado desde el período 2012-2017, durante 2018 y 2019 presentó valores negativos. Además, los saltos del tipo de cambio aceleraron un proceso inflacionario que, medido por el INDEC, fue del +47,65 % anual para 2018 y del +53,83 % anual para 2019.

La recesión y sus efectos, como el aumento del desempleo, la pobreza, la indigencia y la caída del salario real tras la megadevaluación (pérdida del valor nominal de una moneda corriente frente a otras monedas extranjeras) de agosto de 2019, hicieron que a nivel nacional la informalidad trepara del 35,3 % de las y los asalariados al 35,9 % y el cuentapropismo pasó de representar el 21,1 % al 22,7 % del total de la población ocupada.[12] Desde la perspectiva de Víctor Tokman (1978), la informalidad aumenta durante las crisis económicas debido a que sirve como refugio para las trabajadoras y trabajadores que pierden su empleo en el sector formal. A su vez, sostiene que una vez terminado el ciclo recesivo la recuperación del empleo formal y de los salarios marchan más lentamente que la recuperación económica (Tokman, 2004).

La crisis económica hizo que un número cada vez mayor de personas empezara a trabajar como lavacoches. Al mismo tiempo, produjo una reducción de la demanda de su servicio con relación a los años anteriores. Algunos jóvenes con quienes conversaba cotidianamente afirmaban que muchas veces preferían no ir a lavar y buscar alguna “changa”. “Ir al centro” significaba para ellos una pérdida de tiempo. Estas dos variables, el aumento de personas lavando y la escasa demanda de su servicio hicieron que se produjeran algunos conflictos por el control y uso de determinados territorios.[13]

A principios de mayo de 2018 me encontré con Julio en las cercanías de la terminal de ómnibus. La lluvia le estaba jugando una mala pasada y hacía más de una semana que no podía trabajar. Por esta razón, estaba vendiendo bolsas de residuos en el barrio Villa Alonso. Unos minutos antes de encontrarlo, se había acercado a la Casa de Gobierno para pedir una audiencia con el gobernador y solicitarle un trabajo. Las inclemencias del tiempo y los escasos ingresos que últimamente obtenía lavando autos le generaban preocupación. De hecho, afirmó que estaba cansado de lavar y que junto con su pareja tenían intenciones de estudiar. Desde su óptica, esto le posibilitaría acceder a un trabajo mejor y a una obra social.

En poco tiempo, los desajustes estructurales y la precariedad del trabajo que realizaba colocaron a Julio en una situación de extrema vulnerabilidad: con escasos ingresos, una familia que sostener económicamente y un alquiler que abonar. Las posibilidades de autogestionar su vida con mayor holgura que existían un año atrás estaban empezando a desaparecer. La falta de formación específica y la carencia de experiencias laborales en el mundo asalariado le dificultaban poder insertarse en el mercado de trabajo tal como él quisiera. Por ello, además de continuar lavando vehículos (al menos hasta principios de 2020) complementó esta actividad con la venta de diarios los días domingo.

A diferencia de Julio y de otros lavacoches antes mencionados -me refiero a Juan, Orlando y Pedro-, para Brian y Damián el lavado de vehículos en la vía pública fue la primera experiencia laboral. Aunque a mediados de 2018 cuando los entrevisté trabajaban juntos, en sus inicios lo hicieron cada uno por su cuenta. Para ambos resultó importante concurrir a las primeras jornadas de trabajo acompañados de un familiar o amigo del barrio. Al consultarle sobre cómo fue su primer día de trabajo, Brian me comentó que empezó a trabajar con su cuñado:

Un día [mi cuñado] me dice: mañana tengo que ir a lavar autos. ¿A dónde lavas vos? Le digo. Allá en el centro, me dice. Bueno, vamos, le digo. Y vinimos acá, en el verano era. Me gustó y empecé a venir con él. Empecé a venir, empecé a venir. Me gustó y seguí solo. El loquito ahora tiene familia y yo seguí solo. Antes andábamos en otra. Antes de andar drogándonos o robando en la calle. Ahora hacemos la plata legal lavando (B. Ramírez, comunicación personal, 18 de agosto de 2018).

Brian no había tenido experiencias laborales pero, como él mismo reconoce, había participado en actividades delictivas. En su caso, el hecho de trabajar como lavacoches significó empezar a “hacer plata legal”, es decir, comenzar a ganarse la vida de otro modo. Su ingreso al trabajo en la calle tiene puntos en común con la experiencia de Damián, su compañero de “parada” de ese entonces. No obstante, las primeras intervenciones de Damián como lavacoches las realizó a muy corta edad: en ese momento tenía doce años. Según recuerda, la primera vez que fue a lavar frente a la catedral lo hizo acompañado de un amigo:

[Fui] con un ‘finado’[14]. Fui y ahí me largué. Me largué y me largué. Bueno después estuve trabajando de albañil, en el campo, por todos lados estuve trabajando. Y ahora volví de vuelta, hace como dos años que me vine de Trenque Lauquen. La última vez que trabajé en el campo fue en Trenque Lauquen. Estaba de alambrador (D. Pérez, comunicación personal, 18 de agosto de 2018).

Siguiendo este mismo mecanismo, algunos años después, fue Damián quién incentivó a su cuñado para que empiece a lavar vehículos:

Yo tengo un cuñado que tiene vergüenza. Vamos, le digo, vas a ver que te va a gustar, le digo. Venía yo y como que se escondía cada vez que yo le iba a preguntar a la gente. Se escondía porque le daba vergüenza. El primer día estaba feo, estaba nublado, habremos hecho 300 pesos cada uno. Al otro día vinimos e hicimos como 900 pesos. ¡No sabes cómo le empezó a gustar! Después venía toda la semana. Pero porque lo tenés que animar. Si no estaba conmigo no arrancaba. Y ahora está allá en la [calle] Alsina. Está con los hermanos (D. Pérez, comunicación personal, 18 de agosto de 2018).

Los testimonios de Brian y Damián muestran la importancia que adquieren las formas informales de sociabilidad barrial al momento de buscar trabajo. Según Pablo Forni, Marcelo Siles y Lucrecia Barreiro (2004), en situaciones de exclusión la conformación de vínculos a menudo constituye una solución práctica a los problemas que trae aparejados la situación de precariedad en la que viven las personas. En este sentido, un estudio de Vicente Espinoza y Eduardo Canteros (2001) realizado en Chile muestra que el punto de entrada de las personas en condiciones de pobreza al mercado de trabajo depende principalmente de sus contactos con jóvenes o amigos directos. En este primer trabajo, la mayoría de las veces el joven trabaja directamente con parientes o amigos, o bien en lugares cercanos, recomendados por algún conocido.

En el próximo apartado mostraré cómo está lógica de trabajo puede ser cancelada a partir de los efectos que genera el abuso policial en la vida cotidiana de los lavacoches. A partir de algunos relatos recolectados en el trabajo de campo, analizaré las interacciones que estos trabajadores mantienen con las fuerzas del orden. Desde el momento en que estos jóvenes se inician en la actividad, saben -o pronto les hacen saber- que comienzan a transitar un camino de micro disputas con la fuerza de seguridad local. Reconocen, por el hecho de haber sufrido anteriormente el hostigamiento policial, que su presencia en el espacio público los hará presas fáciles de los uniformados.

De esta manera, la historicidad de estas relaciones de poder se convierte así en un factor clave para definir quiénes logran resistir los primeros embates de la autoridad. En otras palabras: aquellos lavacoches que en el transcurso de su vida padecieron alguna forma de abuso policial, probablemente tengan más posibilidades de afianzarse en el oficio. Por el contrario, aquellos que no cuentan con experiencias semejantes, solo podrán permanecer si logran incorporarse a un grupo ya establecido o trabajan en compañía de una persona con mayor antigüedad en el oficio.

En resumen, en las próximas páginas me propongo exponer cuáles son las formas más habituales de intervención policial y los efectos que estas prácticas tienen en el trabajo de los lavacoches. Para ello adopté el punto de vista del “grupo” estudiado. Esto no implica mostrar una versión distorsionada de la “realidad”, sino la cotidianeidad de la que forman parte estas personas, y que ellas mismas crean a través de la interpretación de sus experiencias y en función de la cual actúan.

Las interacciones entre los lavacoches y las fuerzas del orden: abuso policial, prácticas adaptativas y control del espacio público

Desde la década de 1980, el aumento de las técnicas selectivas para prevenir el delito y el recrudecimiento de las acciones directas sobre una parte de la población se enmarcan en una redefinición de las misiones del Estado: retiro de la arena económica, reducción de su papel social y endurecimiento de la intervención penal. En la base de esta transformación existe un conjunto de instituciones, agentes y soportes discursivos que, partiendo de Estados Unidos, se esparcieron por distintos países de Europa –especialmente Francia e Inglaterra – hasta llegar a las principales metrópolis de América Latina.

A partir de sus trabajos etnográficos en Chicago y París, Loïc Wacquant (2000, 2001, 2007) plantea que la violencia “desde arriba” tiene tres componentes fundamentales: a) el desempleo masivo, crónico y persistente que, para todo sector de la clase obrera, se traduce en la desproletarización y la expansión de la precariedad, que acarrea un cortejo de privaciones materiales, dificultades familiares y consecuencias personales; b) la relegación en barrios desposeídos dentro de los cuales los recursos públicos y privados disminuyen en el momento mismo en que la caída social de las familias obreras y la instalación de las poblaciones inmigrantes intensifican la competencia por el acceso a los bienes colectivos; y, c) la estigmatización creciente en la vida cotidiana y en el discurso público, cada vez más estrechamente asociada no solo al origen social y étnico sino también al hecho de vivir en barrios degradados y degradantes.

En este contexto, la presión penal recaerá sobre las personas marginadas del mercado laboral (en particular jóvenes, descendientes afroamericanos y extranjeros en situación de espera entre la escolaridad y el trabajo), a las que no se ofrece como perspectiva otra cosa que la aceptación de una inserción en los empleos inseguros o sanciones carcelarias, especialmente en caso de reincidencia.

Una de las técnicas policiales que fue adquiriendo relevancia es la stop and frisk, medida emblemática de la “tolerancia cero”. Esta práctica consiste en controlar, detener y en caso de necesidad someter a un cacheo en la calle a cualquier persona que pueda ser “razonablemente sospechosa” de un crimen o delito. Para el criminólogo Adam Crawford (1998) sería más conveniente describir este tipo de intervenciones como estrategias de “intolerancia selectiva”. Esta doctrina, puesta en práctica inicialmente en la ciudad de Nueva York, se propagó a distintos lugares del mundo a la par de una “retórica militar de la “guerra” al crimen y de la “reconquista” del espacio público, que asimila a los delincuentes (reales o imaginarios), los sin techo y los mendigos a invasores extranjeros –lo cual facilita la amalgama con la inmigración–” (Wacquant, 2000, p. 32).

Las relaciones entre la policía y los lavacoches de Santa Rosa que describiré pueden ser enmarcadas dentro de la categoría de abuso policial. Para Alvarado y Silva (2011), el abuso policial incluye distintas formas de mal comportamiento por parte del personal policial, desde su relación con el uso excesivo de la fuerza física en un arresto, pasando por detenciones arbitrarias, prácticas discriminatorias como el profiling (detener o revisar a ciertos sujetos o grupos sociales por sus características raciales, étnicas, sexuales, políticas, de clase, etc.), o distintas formas de extorsión y corrupción. El abuso no tiene que implicar el uso real de la fuerza. Así, por ejemplo, la amenaza comprende conductas verbales, físicas y gestuales que intimidan psicológicamente a los sujetos.

Solo una vez presencié como observador naturalista el accionar policial frente a algún trabajador. En esa oportunidad, un agente a bordo de una motocicleta “le solicitó” a un joven que retire los baldes que había dejado escondidos en un garaje para retomar la actividad durante la tarde. A pesar de no haber sido testigo directo de otras prácticas policiales de este tipo, a partir de las entrevistas y conversaciones informales pude conocer otras situaciones más agresivas de control territorial por parte de los uniformados.

Para algunos de los jóvenes, las interacciones con la policía comenzaron mucho tiempo antes de trabajar en la vía pública: participación en actividades delictivas, en carácter de transeúntes (pedidos de datos personales y cacheos en la vía pública) o de trabajadores informales (persecuciones y hostigamiento en el relleno sanitario municipal, por ejemplo). Estas experiencias fueron configurando un saber acerca de las prácticas policiales como también una confirmación del lugar que ocupan en la sociedad. Por esta razón, los efectos del poder en sus vidas cotidianas poseen una historicidad, es decir, son anteriores a la incursión de nuestros entrevistados en el oficio de lavacoches.

Este tipo de aprendizajes se inscribe en los cuerpos de dos formas distintas y complementarias. Por un lado, las personas comprenden lo que encarnan ante los ojos de la sociedad. Por el otro, se apropian de esta representación que se les da de ellos mismos. Desde la perspectiva de Didier Fassin:

Esta puesta en juego del cuerpo -encarnación e incorporación- se traduce en las emociones, y en primer lugar en ese miedo que, ante los policías, dicen experimentar las personas que no sólo han tenido que vérselas con ellos, sino también que saben por experiencia que están particularmente expuestas, habida cuenta de lo que representan, a encontrarse una vez más sometidas a procedimientos penosos y comentarios hirientes (Fassin, 2016, p. 34).

El testimonio de Lucas, quien actualmente trabaja como lavacoches, es significativo para entender la relación de algunos jóvenes en situación de pobreza con la policía. A temprana edad, comenzó a “cirujear”[15] en el relleno sanitario en búsqueda de alimentos o algún material factible de ser vendido. Allí conoció de cerca el hostigamiento policial:

De chico he ido al basurero a “cirujear” y no es nada lindo porque ahí tenés que pelear por las cosas. No son tres o cuatro como somos acá lavando. En cambio allá son veinte, veinticinco peleando por un “cacho” de pan, peleando por algo de valor para llevar a la casa y vender y darle de comer a tus hijos. De noche es muy peligroso, la policía por ahí te pega. Yo te lo cuento porque yo ya lo viví. [La policía] por ahí te pega, te agarra a balazos de goma. Y vos no estás haciendo nada, no estás robando, ¿me entendés? Y te corren y eso (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

Desde hace varios años, el municipio dispone de vigilancia policial para controlar el ingreso al “basurero”. Este equipamiento sanitario se encuentra en el área suburbana de la ciudad de Santa Rosa, limitando con el asentamiento “Nuevo Amanecer”. Debido a que el tejido perimetral está roto, acceder al predio no presenta mayores dificultades para quienes lo intentan. Allí es habitual que los policías utilicen ithacas para expulsar a las personas que diariamente sobreviven gracias a la actividad de reciclado (Carcedo, 2014, 2018).

Para Boaventura de Sousa Santos (2005), en las desiguales y fragmentadas ciudades contemporáneas, las intervenciones del Estado son duales, al igual que las rutinas de las fuerzas policiales. En las “zonas salvajes”, el modus operandi será la “mano dura”, mientras que en las “zonas civilizadas” se utilizará la “tolerancia cero”. En estas últimas, la función de la policía ya no será esclarecer el delito sino perseguir a aquellos grupos que son percibidos por otros sectores sociales como fuente de peligro.

Desde mi punto de vista, los jóvenes que han padecido alguna forma de abuso policial tienen más posibilidades de afianzarse en el oficio. Esto les otorga mayor resistencia al hostigamiento de los primeros días de trabajo y, en algunos casos, el valor para enfrentar directamente a los uniformados. Por el contrario, aquellos que no cuentan con experiencias semejantes, solo pueden permanecer si se incorporan a un grupo ya establecido o trabajan en compañía de una persona con mayor “antigüedad” en el oficio.

En una oportunidad, durante el mes de agosto de 2018, conversé con Agustín, quien unas horas antes había empezado a lavar vehículos. El lugar que eligió se encuentra a escasos metros del Área Coordinación Operativa de Lucha Contra el Narcotráfico de la Policía de La Pampa, sobre la calle 25 de mayo. Al consultarle por qué se decidió por ese espacio, comentó que lo hizo porque estaba libre. También aseguró que había lavado un solo auto, y que dos policías ya se habían acercado para decirle que “no toque nada”. Dos horas después pasé por el mismo lugar y noté que se había trasladado para ubicarse exactamente frente de la dependencia policial (lugar donde nunca observé lavacoches). Luego de esa jornada no volví a verlo lavar en ningún punto de la ciudad. Es posible que la ingenuidad de Agustín al momento de elegir el lugar de trabajo, la intervención policial posterior y las escasas experiencias previas en este tipo de situaciones confluyera para que rápidamente dejara de ejercer la actividad.

En la provincia de La Pampa, la legislación vigente le otorga a los uniformados una gran “dosis” de discrecionalidad (poder de acción y de castigo ilimitado, incluso agresivo, entre otras prerrogativas no siempre preestablecidas que van desde la vigilancia, las detenciones y las revisiones hasta el encarcelamiento). Desde la perspectiva de Alejandro Osio (2017), la Norma Jurídica de Facto N° 1.064/81 “Ley Orgánica de la Policía de La Pampa”, la Ley Provincial N° 1.123 “Código de Faltas Provincial”[16] y la Ley Nº 2.287 “Código Procesal Penal de la Provincia de La Pampa” son incompatibles con las obligaciones internacionales y constitucionales –provincial y nacional–.

Si bien no es el objetivo enumerar las normas que legitiman prácticas violatorias de los derechos humanos en la gestión del espacio público, solo basta reconocer que el inciso c del Artículo 9 de Ley Orgánica de la Policía de La Pampa establece que:

Detener a toda persona de la cual sea necesario conocer sus antecedentes y medios de vida, en circunstancias que lo justifiquen o cuando se niegue a probar su identidad. La demora o detención no deberá prolongarse más del tiempo indispensable para la identificación, averiguación del domicilio, conducta y medios de vida, sin exceder el plazo de veinticuatro (24) horas; l) secuestrar y poner inmediatamente a disposición de juez competente las sumas de dinero, los objetos de valor y otros bienes que encontrara en poder de persona con antecedentes penales o policiales que sean sorprendidas en circunstancias tales que hagan necesaria la intervención policial y cuya tenencia ilegítima sea presumible; y q) vigilar, registrar y calificar a las personas habitualmente dedicadas a actividades que la Institución debe prevenir y reprimir (Osio, 2017, pp. 5-6).

Luego de un análisis detallado, Osio (2017) sostiene que esta ley afecta la dignidad humana (Art. 5,1 de la CADH – Convención Americana sobre Derechos Humanos-), entre otras cuestiones, debido a la:

Clasificación de personas que propone y a la selectividad con que se manifiesta el poder punitivo en los procesos de selección criminalizante. Otra afectación convencional-constitucional consiste en la falta de precisión normativa en torno a los supuestos que habilitan la privación de la libertad hasta por hasta 24 horas, los cuales aparecen enunciados en términos de una vaguedad que imposibilita cualquier tipo de definición previa y que remiten su precisión directamente a la apreciación subjetiva de la autoridad policial interviniente respecto a la necesidad de proceder de ese modo o no (Osio, 2017, p. 6).

Cuando este marco legal se articula con los criterios de selectividad implementados por los agentes policiales, aquellos grupos delimitados como “peligrosos” tienen más posibilidades de ser víctimas del abuso policial.[17]

Uno de los lavacoches que más padeció el abuso policial es el ya referido Lucas. En un principio comenzó a trabajar frente al supermercado Carrefour, pero luego de algunas diferencias con sus compañeros decidió trabajar de manera individual. Desde el momento en que empezó a ocupar su espacio sobre la calle Coronel Gil, entendió que su presencia y accionar no eran bien vistos por el personal policial. Al principio, esto se materializó en los constantes desplazamientos del lugar de trabajo y en los traslados hasta su casa o la dependencia policial. Para él, los dos primeros meses fueron los más difíciles debido a que se lo “llevaban” todos los días:

En mi caso ahora no me molestan mucho porque ya me conocen. Yo les tuve que hablar. Los primeros dos meses que estuve la policía me llevaba todos los días, todos los días me llevaba. Me llevaban a mi casa o a la comisaría. En la comisaría me interrogaban, me querían sacar preguntas de otra cosa que nada que ver. Y yo siempre les decía que si ellos me llevaban, a mí no me iba a importar porque yo iba a venir a lavar igual. No tengo otra cosa que hacer. En un momento yo hablé con un oficial y le dije, acá en la calle, que si ellos me llevaban a mí no me iba a importar, yo iba a volver acá a mi puesto porque yo no tengo como darle de comer a mi familia. Y de ahí no me molestaron más (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

Desde el momento en que estos jóvenes se inician en la actividad, saben que comienza un camino de micro disputas con la policía por el uso del espacio público. En la base de esta confrontación se encuentran, por un lado, los usos diferenciales del espacio propuestos por estos trabajadores informales y, por el otro, la centralidad que adquiere su presencia en tanto sujetos que no encarnan el estereotipo “apropiado” para ser un actor visible y permanente en la vida pública de la ciudad. A diferencia de otras personas que tienen derecho al anonimato y a transitar libremente sin ser individualizados (Goffman, 1979), los lavacoches no pueden esconder quiénes son, se convierten en “otros”, en “sospechosos permanentes”. Cuando la policía les pide documentos está ejerciendo un control sobre el espacio, está marcando el territorio. Concretamente: cuando un policía detiene por averiguación de identidad a una persona, lo que le está diciendo es que circule, que “mueva”, que “no lo quiere ver otra vez por allí” (Appella, Rodríguez y Pedersoli, 2011).

Una cuestión que asiduamente surge en el diálogo con los lavacoches es acerca de cómo fue el primer día de trabajo en la calle. Lucas recuerda perfectamente aquella jornada porque la policía lo detuvo y no pudo cobrar su trabajo con el lavado de dos autos:

El primer día de trabajo vine, me acuerdo que agarré dos coches para lavar que me dio la gente. Lavé esos dos coches y cuando terminé de lavar esos dos coches la policía no me dio tiempo a nada, ni a cobrar los coches, y me llevó. Me llevó a la comisaría y me tuvieron dos horas ahí adentro y me soltaron. Y bueno, volví acá. Pero la plata no la pude cobrar, no le pude dar de comer a mi familia, me la tuve que rebuscar de otra forma: salí a pedir a las panaderías, a la gente salí a pedirle monedas (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

En contraposición con Agustín, que ante los primeros “llamados de atención” decidió dejar de trabajar, Lucas resistió el acoso policial. La necesidad de tener un ingreso para poder alimentar a su familia –en ese momento tenía dos hijos pequeños–, la experiencia adquirida en los “encuentros” previos con los agentes policiales y la tenacidad para volver a su puesto le permitieron mantenerse en el oficio. En pocas palabras, tuvo que tolerar el hostigamiento policial durante varias semanas antes de adquirir cierta tranquilidad:

Vinieron sacaron huellas [digitales] como hacen allá cuando te llevan, [hicieron] una “banda” de trámites para que yo quede en la cuadra. Hoy en día si se llegan a robar algo de acá, de alguna tienda, el culpable soy yo por estar lavando acá. Ya tienen todos mis datos. Capaz que yo caigo en la “volteada” y nada que ver. Una persona que viene de otro lado, viene y roba y me “hinchan” las “pelotas” a mí, me joden a mí, y yo nada que ver (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

Este acuerdo tácito para poder continuar trabajando implica que ante cualquier delito en su cuadra, él pueda ser identificado como posible responsable de este. Al igual que Lucas, varios de los lavacoches entrevistados han tenido que otorgar sus datos personales:

Una vez vino la policía y nos tomó los datos, la primera vez, para saber en qué estaba trabajando. (O. Lucero, comunicación personal, 03 de agosto de 2015).

Con la policía he tenido demasiados inconvenientes. No me han querido “correr”, hasta ahora no, pero he tenido un par de secuencias. Me han pedido los datos personales (E. Ayala, comunicación personal, 01 de diciembre de 2015).

Ahora ya no tanto. Pero cuando arranqué me pedían el D.N.I. todos los días. Tengo el teléfono de “González”, el jefe de la policía, pero igual varias veces me han querido “correr” (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Los del servicio penitencial, de acá a media cuadra, tienen todos nuestros datos. Nos tienen “cortitos” (J. González, comunicación personal, 10 de septiembre de 2015).

En su libro Las fuerzas del orden, Didier Fassin (2016) sostiene que los controles de identidad realizados por la policía a los jóvenes son una mera relación de fuerzas que funciona como un llamado al orden social. Este orden social es tan desigual (entre el policía y el joven) e injusto que hay que asimilarlo en el cuerpo. Por eso, desde la perspectiva del autor, la única finalidad de los reiterados controles es “recordarle” a determinados grupos el lugar que ocupan en la sociedad (y en la ciudad). Esto también genera que las personas ensayen alguna explicación que les permita sobrellevar la impotencia. Para Julio, quien realiza la actividad desde finales de la década del noventa, lo que los hace vulnerables frente a la policía es la “ley de la ropa”. Desde su óptica, los agentes lo detienen solamente por trabajar en la calle:

Me han llevado muchas veces preso. No querían que esté en la calle, en la vía pública. Es la ‘ley de la ropa’, acá en la calle se le dice así. Es más, estando mi señora que le faltaban cuatro o cinco días para tener familia, me llevaron a las nueve de la mañana y a las tres de la mañana me largaron del Tribunal Superior de Justicia. Me decían que no venga más a laburar, que están “podridos” de los lavacoches (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

La violencia física, la vigilancia y el control policial impactan de dos formas sobre la actividad de los lavacoches. Algunos, por ejemplo, incrementan el control de su espacio a fin de evitar que otras personas (especialmente otros lavacoches) produzcan disturbios o tengan comportamientos “desviados”.[18] De producirse alguna de estas situaciones, ellos podrían ser culpabilizados por los agentes debido a que ya fueron registrados como los “encargados” del lugar. No obstante, una defensa agresiva del territorio también puede inducir la intervención policial. A esta paradoja se refiere Lucas cuando comenta que “a veces vienen otros pibes “escabiados”[19], medio drogados y te quieren sacar. Es un tema, porque si hacemos “bardo” viene la policía y nos corren a todos por disturbios en la vía pública”. Un episodio de este tipo fue vivenciado por Julio, que tuvo que intervenir en una pelea entre dos lavacoches en su territorio:

A los “pendejitos” que andan jodiendo no les importa si tenés un bebé para darle de comer. El otro día uno se hizo el “loco” con otro y sacó una “punta” [elemento cortante] y le quería pegar. Lo agarré con una madera que tengo ahí, que es de los bancos de la plaza, ¿viste? Lo “cagué” a maderazos. Le digo que venís acá a sacar un cuchillo, ¿no ves que hay chicos? Hay gente acá ¿qué te pasa? Le digo. ¡Eh vos que te metes! [le dice el otro lavacoches] ¡Que no me voy a meter si este es mi lugar de trabajo! ¡Tomatela, anda allá, anda a tu barrio, allá hacete el “poronga”, de acá tomatela! (…) Fue una de las únicas veces que tuve mucho “quilombo”. Después vino la policía, tuvimos que ir a declarar. Se habían pegado un puntazo. Pero había gente, viste. Queda re feo. Es como si viene un tipo ahora, vos estás hablando conmigo y diga vamos a pelear y yo saque algo. Soy un irrespetuoso bárbaro (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

La intervención policial también genera que ciertos trabajadores modifiquen determinadas prácticas de trabajo. En el caso de Julio, para evitar problemas con la policía, decidió trabajar de manera individual:

Siempre trabajo solo. No me gusta [trabajar con otra persona] por el carácter mío. Prefiero estar solo que mal acompañado, porque si el otro falta el respeto caigo yo en la “volteada”; si el otro grita una “gilada” a una mujer, te viene a romper las “bolas” la policía; si el otro se está drogando, estamos “los dos” drogándonos. Entonces no. Ya probé de laburar con alguien, pero no (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

Forjar este tipo de prácticas “adaptativas” les permite a los lavacoches reducir el riesgo de ser violentados por la policía. Desde la perspectiva de Agustín Samprón (2003), esto puede convertir a los trabajadores callejeros en vigilantes vigilados, inspectores de sus propios compañeros, de su propia clase social. Según Foucault (2010), esta redistribución del poder se produce porque la individualidad no es algo pasivo sobre lo cual se aplica el poder: el individuo es a la vez receptor y emisor de poder. Para el autor, las relaciones de poder son relaciones entre sujetos que se definen como “modos de acción que no actúan directa e inmediatamente sobre los otros, sino sobre sus acciones” (Foucault, 1994, p. 236).

En algunas oportunidades, el control del territorio también implica vigilar y cuestionar el comportamiento de los policías. El conocimiento de sus movimientos puede ser utilizado para defenderse ante un posible desplazamiento. Por supuesto que no todos los lavacoches pueden acusar directamente a un policía de intentar cometer un delito, sino aquellos con más años trabajando en la calle:

El otro día en el cine (Amadeus) vienen, me toman los datos y me piden el documento de la beba. Me re enojé yo: ¿me estás ‘tomando el pelo’? le digo. Pasa que nos llamaron del cine [le dijo el policía]. Que te van a llamar del cine “b…..” si a mí los dueños me dan el auto para lavar. ¿Cómo me vas a venir a mentir?, le digo. Hace quince años que estoy en esta cuadra. Que voy y vengo. Les traje el diario [La Arena] cuando tenía seis o siete años a la señora del frente, le digo. ¿Qué me venís a decir? (…) Yo no voy a ir a robar porque a vos se te ocurra (le dice al policía), tengo dos autos lavados y todos esos autos los estoy cuidando. ¿De que los cuidás? [preguntó el policía]. De vos, le digo. Vos sos más chorro que yo (…). De vos los cuido, porque la camioneta esa tiene caja de herramientas, bolsas de maíz, todo afuera y pasaste cinco veces y las cinco veces miraste para adentro de la caja. ¿De qué me estás acusando? [dice el policía]. Tengo una cámara ahí, le digo. ¿Querés que la volvamos para atrás para ver qué es lo que hacés cuando pasás en la moto? No sabía dónde meterse el “milico”. Pasaba y “cogoteaba” la camioneta. ¿Una bolsa de maíz sabés lo que vale? Había veinte en la camioneta. Ponen una camioneta de los “milicos” y se la llevan a la “miércoles” (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

La disputa entre Julio y el policía deja al descubierto una relación de poder en torno a la prevención del delito en el espacio público. El conocimiento de las rutinas policiales, de la ubicación de las cámaras de seguridad y de los vehículos estacionados en ese momento, le permitieron confrontar con el policía, limitando su accionar y dejando en evidencia la intención de desplazarlo sin motivos. Este enfrentamiento permite comprender cómo opera la resistencia en las relaciones de poder. Para Foucault, una relación de poder se articula sobre dos elementos que le son indispensables: “que “el otro” (aquél sobre el cual se ejerce) sea reconocido y permanezca hasta el final como sujeto de acción; y que se abra ante la relación de poder todo un campo de respuestas, reacciones, efectos, invenciones posibles” (1994, p. 236).

Cuando las respuestas o reacciones de carácter individual se complementan con la injerencia de vecinos o comerciantes, la policía tiene más dificultades para detener a los lavacoches. En este sentido, los que detentan más antigüedad han podido interactuar con más frecuencia con aquellas personas que viven o trabajan en su territorio. En situaciones puntuales, estas relaciones personales pueden “activarse” para defender a los trabajadores del abuso policial. En el caso de Lucas, un comerciante lo ayudó a esconderse de los agentes; en otra ocasión, algunos vecinos intervinieron para evitar la detención de Julio:

La última vez que me quisieron llevar por nada, porque estaba lavando coches nomás, hace como dos años atrás, se llenó de patrulleros acá todo afuera y gracias al chico de Moda Urbana, Carlos, que no me llevaron. Me metió adentro del local y no me llevaron. Pero me iban a llevar por nada. Y ya sé que si te llevan te van a pegar. Ya estoy re acostumbrado (…) Ahora por ahí nos roban los baldes, para que nosotros dejemos de lavar (…) Son los [policías] que ya la tienen re clara. Son gente grande (…) Yo no digo que no hacen su trabajo, pero tampoco que nos vengan a joder a nosotros, si yo no jodo a nadie. Yo estoy siempre acá, hace diez años que estoy lavando acá y yo no molesto a nadie (L. Rodríguez, comunicación personal, 28 de junio de 2018).

 

[En medio de una discusión con un policía] Por ahí salieron los vecinos y le dijeron: ¿por qué lo molestas al muchacho? Es que nos llamaron del cine [dijo el policía]. No, anda a joder a los otros que se están drogando [dijeron los vecinos], el muchacho acá está con la esposa y la nena, no lo jodas. Se tuvieron que ir a la “miércoles” los “milicos” pero ya venían con ese ímpetu de: guarda todo dale, dale. Y mi señora que es re guerrera dice: ¡no!, ¡qué vas a guardar!, ¡nosotros estamos laburando, mi marido vive de esto! (J. Pérez, comunicación personal, 01 de febrero de 2017).

En este último caso, los vecinos aparecen como actores legitimados para arbitrar en el intento de expulsión de Julio. Además de levantar sospechas sobre la denuncia que originó su intervención, dejaron en claro que el joven estaba trabajando acompañado de su familia. Si bien los policías estaban a bordo de motocicletas (lo que no quita que puedan pedir refuerzos), de no ser por los vecinos, probablemente Julio hubiera sido trasladado en calidad de demorado o, cuanto menos, echado del lugar. A diferencia de esta situación, cuando Lucas quiso ser detenido se encontraba solo y los uniformados llegaron en patrulleros. Al no contar con una orden judicial, la valiente actitud del comerciante bastó para evitar su detención.

A modo de síntesis, se puede decir que estos conflictos se originan como consecuencia de la visibilidad que adquiere la presencia de los lavacoches en la vía pública y por los usos diferenciales del espacio público propuestos por éstos. A su vez, estas disputas tienen como trasfondo una serie de experiencias previas de violencia policial padecidas por algunos lavacoches, como también un conjunto de prácticas rutinizadas a partir de las cuales los policías criminalizan ciertos comportamientos “indeseables” de los grupos “peligrosos”.

Como se desprende de los testimonios transcritos en este apartado, los jóvenes consideran legítimo e imprescindible el uso del espacio como fuente de ingresos. Si bien su defensa puede provocar enfrentamientos directos con otros lavacoches, la principal amenaza proviene del accionar policial, que resulta impredecible e inevitable. Desde la perspectiva de Foucault, en las luchas inmediatas las personas “critican las instancias de poder más cercanas, aquellas que ejercen su acción sobre los individuos. No buscan el “enemigo principal”, sino el enemigo inmediato. Ni tampoco esperan encontrar una solución a su problema en el futuro” (Foucault, 1991, p. 58).

Para las personas que participaron de esta investigación, los “enemigos principales” de los que habla Foucault son la precariedad e inseguridad que engloban todos los aspectos de sus vidas. Esto se traduce en necesidades habitacionales, informalidad laboral, discriminación, estigmatización y violencia estatal, problemáticas para las cuales difícilmente encuentren una solución, aunque la busquen.

A modo de cierre

En este trabajo intenté analizar algunas dimensiones de la actividad laboral que desarrollan los lavacoches de la ciudad de Santa Rosa. Me interesó, particularmente, enfocarme en los factores que intervienen al momento de incursionar en este trabajo, identificar sus experiencias laborales y reconocer, al menos someramente, el rol que desempeñan los condicionantes estructurales en la vida cotidiana de estas personas. También consideré oportuno analizar las interacciones que los lavacoches establecen con el personal policial y las microdisputas que se generan en pos de controlar el uso del espacio público.

A partir de la pregunta acerca de ¿por qué decidiste empezar a trabajar como lavacoches?, recuperé las historias de algunas personas que participaron en la investigación. En este sentido, pude identificar algunos aspectos en común como el hecho de no tener patrón, la flexibilidad horaria y los mayores ingresos que se obtienen trabajando de manera independiente con relación al trabajo informal en la construcción o en lavaderos de autos. Al mismo tiempo, para aquellos jóvenes sin experiencias laborales previas, pude dar cuenta del rol que desempeñan las redes de sociabilidad barrial al momento de empezar a trabajar.

La recesión económica iniciada a principios de 2018 y profundizada en los años posteriores hizo que la demanda del servicio ofrecido por los lavacoches se viera disminuida. A su vez, como consecuencia de la crisis socio-económica, aumentó la cantidad de personas lavando vehículos para subsistir. Esto generó algunos conflictos territoriales, por un lado, y que muchas personas busquen formas alternativas de generar ingresos –elaboración y venta de comida, por ejemplo–, por otro.

La pandemia de COVID-19 y las medidas sanitarias implementadas por el poder ejecutivo nacional también impactaron en la actividad que desarrollan los lavacoches. Desde el 20 de marzo de 2020 y durante los siguientes dos meses del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO), la mayoría de estos trabajadores y sus familias sobrevivieron únicamente a partir de los ingresos provenientes de los programas de carácter nacional o la ayuda social procedente desde la Municipalidad de Santa Rosa. De esta manera, el contexto sanitario, económico y social vino a profundizar la situación de vulnerabilidad y precariedad en la que se encontraban estas personas. También hizo que aumentara la incertidumbre con respecto al futuro más cercano y a las posibilidades de circular por el sendero del progreso individual y familiar.

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  1. Popular, 06/11/2016, “Hay 6 mil trapitos en el país y recaudan $4,8 millones al día”. Disponible en: https://bit.ly/2Uz3wYF. Consultado el 12 de julio de 2020.
  2. Desde la perspectiva de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la economía informal está compuesta por: a) trabajadores/as por cuenta propia, dueños/as de sus propias empresas del sector informal; b) empleadores/as, dueños/as de sus propias empresas del sector informal; c) trabajadores/as familiares, independientemente de si trabajan en empresas del sector formal o informal; d) miembros de cooperativas de productores informales; e) asalariados/as que tienen empleos informales, estén empleados/as por empresas del sector formal, por empresas del sector informal o por hogares que les emplean como trabajadores/as domésticos/as asalariados/as y, f) trabajadores/as por cuenta propia que producen bienes exclusivamente para el propio uso final de su hogar.
  3. En la ciudad de Santa Rosa la actividad es realizada mayoritariamente por varones. Por este motivo a lo largo del texto utilizaré el genérico masculino.
  4. El proyecto de tesis se denomina “Estrategias de apropiación de los territorios, interacciones sociales y circulación de prejuicios. Un análisis de la construcción de territorialidades urbanas por parte de los lavacoches de la ciudad de Santa Rosa, La Pampa (2015-2020)” (aprobado por Resolución Nº 636-CD-2019). Desde un principio, el trabajo con los lavacoches se enmarcó en los proyectos de investigación “Trabajo informal, economía solidaria y autogestión. Resistencia de trabajadores/ras y cambios en las identidades laborales en La Pampa contemporánea” (aprobado por Resolución 138-CD-15) y “Trabajo, relaciones de género y gestión de la vida en la provincia de la Pampa, siglo XXI” (aprobado por Resolución 220-CD-2019), ambos dirigidos por la Dra. Lía Norverto.
  5. Este concepto es utilizado para dar cuenta de un proceso que caracteriza a la ciudad, y no únicamente a la ciudad capitalista, pero que bajo la égida del capitalismo asumió nuevas dimensiones espaciales. Según Manuel Castells (1974), la segregación residencial se origina en la tendencia a la organización espacial en áreas de fuerte homogeneidad social interna y de fuerte disparidad entre ellas. También pueden consultarse los trabajos de Clichevsky (2000), Flores (2003), Sabatini (2003), entre otros.
  6. Actualmente, el estacionamiento está siendo gestionado por la Fundación Vidanimal.
  7. Según el lunfardo, el término guita hace referencia al dinero.
  8. En el área cultural del Río de la Plata es otra de las formas de designar al dinero. El origen de la palabra mango con el significado de dinero, prácticamente con certeza es la contracción de la palabra lunfarda usada a fines de siglo XIX marengo.
  9. Según el lunfardo, el término changa hace referencia a un trabajo breve.
  10. Según el lunfardo, el término curtir hace referencia al hecho de golpearse o hacerse fuerte.
  11. Véase la Resolución 2/2016 del Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo Vital y Móvil. Disponible en: https://bit.ly/3BClTfW.
  12. BAE Negocios, 26-03-2020, “Hubo una leve baja del desempleo en 2019, pero se disparó la precarización”. Disponible en: https://bit.ly/3y5Ve91. Consultado el 24 de mayo de 2020.
  13. Diario La Arena, 18/12//2019, “Otra vez la violencia con los lavacoches”. Disponible en: https://bit.ly/3kMcjBb. Consultado el 19 de julio de 2021.
  14. Según el lunfardo, un finado es una persona fallecida.
  15. El “cirujeo” consiste en hurgar en las bolsas de residuos en busca de materiales que puedan ser vendidos o reutilizados. El término surgió a fines del siglo XIX en la ciudad de Buenos Aires y, en un principio, incluía a “botelleros”, “metaleros”, “cartoneros”, entre otros recuperadores de elementos en desuso.
  16. Según Appella, Rodríguez y Pedersoli (2011), los códigos contravencionales representan una “legislación menor” o micropenalidad a través de la que el Estado criminaliza la pobreza, al definir como problemáticas las estrategias de supervivencia que desarrollan determinados colectivos de personas para resolver sus problemas materiales.
  17. Esta situación no es exclusiva de La Pampa. Distintos estudios realizados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (Martínez, Palmieri y Pita, 1998; Sozzo, 1998; Pita, 2003; Pasin y Zajac, 2013) y Córdoba (Bailetti, 2014; Bermúdez y Previtali, 2014; Bisig, 2014; Lerchundi, 2016 y Chevarria, 2019), por citar solo dos ejemplos, dan cuenta de cómo a partir de la aplicación de códigos de faltas o de convivencia, la policía vulnera la libertad ambulatoria, el derecho a la vida y a la integridad física.
  18. Este tipo de prácticas también las observó Perelman (2018) cuando estudió las relaciones sociales que establecen los vendedores ambulantes que trabajan en distintos trenes de C.A.B.A. Algunos vendedores entrevistados por el autor consideran que cumplen un rol social, tanto en la venta como en el modo en que “limpian” la línea de tren.
  19. La palabra escabiar pertenece al lunfardo y significa ebrio o borracho.


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