Juan José Borrell
Introducción
El presente capítulo aborda el conocimiento geopolítico desde una perspectiva teórica. Sin pretender agotar la complejidad y profundidad de la cuestión, formula en particular una aproximación a la geopolítica enfocada en dos niveles analíticos claves: en primer lugar, la relación crítica entre los conceptos y supuestos epistemológicos constitutivos de la disciplina y el paradigma científico convencional; en segundo lugar, el contraste entre entidades internacionales y esferas geoculturales de producción de conocimiento, discursos e ideas respecto al campo académico e institucional de su reproducción y circulación en la periferia, ligado específicamente a la elaboración de doctrinas de defensa nacional. El texto en la conclusión deja planteada una reflexión sobre la problemática de revisar los marcos conceptuales y las categorías de análisis frente a procesos contemporáneos que han modificado la relación entre nuevas formas de proyección de poder y las configuraciones geográfico-espaciales.
En el marco general del libro, el recorte temático planteado en este capítulo tiene como propósito contribuir a una mayor precisión y comprensión de las categorías y los marcos teóricos empleados en el estudio geopolítico, lo cual a su vez es posible llevar al análisis de cuestiones de política internacional, estrategia, seguridad y defensa. Además del aporte a la reflexión crítica, motivan tal propósito la doble situación de significativa proliferación reciente de discursos, reportes y textos, tanto dentro como fuera del campo académico, que refieren versar sobre “geopolítica”, y, al mismo tiempo, la percepción de un nebuloso código geopolítico y doctrina estratégica particularmente en los países periféricos donde sucede dicha proliferación.
Esta doble situación que pareciera ser una paradoja, por un lado, pone en evidencia el empleo inexacto de una metodología geopolítica o bien de un inapropiado bagaje conceptual. La mera cita del término en textos académicos, reportes oficiales y discursos sobre política internacional, economía o geografía no transforma a estos en res geopolitica.[1] Por otro lado, refleja un fenómeno de tipo sociológico, específicamente de sociología del conocimiento –que excede el espacio de este capítulo–, desde el cual es posible relacionar proporcionalmente cierto carácter superfluo del campo académico en algunas sociedades con una endeble, o a veces ausente, fuerza externa que lo dinamice y usufructúe. Esto último, que sucede a nivel de las doctrinas de Estado, por carácter transitivo podría también aplicar en el debate sobre la política exterior o los modelos económicos.
En este espíritu, el análisis propuesto parte de observar dicha cuestión desde la realidad local. Es decir, el enfoque del capítulo no tiene pretensión de universalidad, sino que, gravitando dentro de la hispanoesfera, asume una posición desde el Cono Sur americano. En esta línea, tampoco aspira a la neutralidad, ni considera que las ciencias –más aún sociales y políticas– estén libres de dimensión valorativa (Gómez, 2014). Vale reiterar que lo planteado es apenas una aproximación analítica cuya meta es contribuir dentro del campo a la especificidad y comprensión teórica-conceptual, lo cual no reviste por supuesto un carácter conclusivo.
Geopolítica y dilemas del conocimiento convencional
Este apartado realiza una aproximación a la geopolítica desde el primero de los niveles clave de análisis propuesto: los supuestos epistemológicos y conceptos constitutivos de la disciplina, y su relación crítica con el paradigma científico convencional. De forma breve, aborda el debate sobre la naturaleza epistemológica del conocimiento geopolítico, formalizado disciplinarmente entre fines del siglo xix y principios del xx, y el modo en que los respectivos posicionamientos han incidido en los enfoques y las categorías de estudio. Esto es clave, ya que la geopolítica como conocimiento avant la lettre no surgió en un único tiempo histórico, ni netamente del campo académico –ergo ligada a un monolítico paradigma científico–, sino que evoluciona y se institucionaliza tensionada entre las perspectivas opuestas de personalidades y entidades de las grandes potencias en pugna de la época.
En principio, uno de los interrogantes fundamentales de los dilemas teóricos de la geopolítica refiere a su naturaleza epistémica: ¿es una ciencia, es solo una teoría o es un método de análisis? Es decir, el debate gira en torno a si conforma una disciplina autónoma con cuatro componentes esenciales, objeto de estudio, método, enunciados específicos y criterio de verdad, o bien si es una corriente teórica particular o un método más contenido dentro de un campo o un subcampo disciplinar ya existente, por ejemplo, la geografía o la ciencia política, y dentro de esta las relaciones internacionales.
Sin pretender indagar en toda su profundidad esta cuestión, ya que excedería los límites del capítulo, es preciso aclarar que no todo conocimiento es científico y, por lo tanto, la ciencia no es el único modo de conocer la realidad. Lo que entendemos por “ciencia” responde a una concepción específica del saber propia de un contexto histórico-espacial singular, la modernidad occidental, cuya categoría central de cientificidad depende de una serie de características generales:
- Capacidad descriptiva, explicativa y predictiva mediante leyes.
- Carácter crítico.
- Aspiración a la universalidad.
- Saber fundamentado lógica y empíricamente.
- Carácter metódico.
- Sistematicidad.
- Comunicabilidad mediante un lenguaje preciso.
- Pretensión de objetividad (Pardo, 2012).
Estas características son constitutivas de las dos grandes ramas del conocimiento científico convencional: las ciencias formales y las ciencias fácticas. De forma muy esquemática, podrían resumirse los rasgos esenciales según el objeto de estudio, los tipos de enunciados, los tipos de criterio de verdad, y los métodos. Las ciencias formales, cuyos ejemplos típicos son las matemáticas y la lógica, abordan entes ideales, signos vacíos carentes de contenido empírico; los enunciados son analíticos, y el criterio de verdad es necesario y a priori. Su método procura la demostración lógica y fundamenta los enunciados a partir de la deducibilidad respecto a otros. Por su parte, las ciencias fácticas, que incluyen, a grandes rasgos, dos subdivisiones, ciencias naturales y ciencias sociales, estudian entes empíricos como hechos y procesos; los enunciados son sintéticos, y el criterio de verdad es contingente y a posteriori. Su método propende a contrastar empíricamente por medio de la observación o experimentación. Estos componentes son constitutivos del paradigma positivista de ciencia establecido en la modernidad, entendido como un modelo convencional según una comunidad científica, el cual está conformado por supuestos teóricos, leyes explícitamente establecidas, normativas de aplicación de técnicas, y principios tácitos de carácter metafísico (Kuhn, 2013). Su finalidad no solo apunta a un conocimiento sistemático del mundo en cuanto cosa externa, sino que además conlleva un fin instrumental y de dominio. Es decir, la ciencia convencional está en función del proyecto moderno de controlar el mundo exterior y transformarlo en recurso, en materia disponible. Así, “el proyecto moderno de una racionalización total de la realidad deviene un programa de dominio tecnológico” de ella (Pardo, 2012: 37).
Respecto a estas exigencias de cientificidad del conocimiento, ¿cómo se sitúa la geopolítica? ¿Escapa a tal convención, o es tributaria de dicho paradigma a partir de su formalización? El motivo central de estudio de la geopolítica, genéricamente la relación entre el espacio geográfico y la acción de los actores políticos, es una cuestión histórica. No nace a fines del siglo xix y principios del xx con las sociedades industriales modernas, sino que es rastreable ya en la Antigüedad. Por caso, la guerra existencial entre griegos y persas en el siglo v a. C., testimoniada por Heródoto (484-425 a. C.), es entendida como expresión fundante del universo geopolítico: dos unidades civilizatorias antagónicas (pero inseparables en la raíz), que aglutinan etnias, costumbres, creencias y cosmovisiones diferentes, con vínculos singulares respecto a la geografía circundante. La liga panhelénica encarnando la esencia del mar, las ciudades-estado libres de aquella primigenia frontera sur de Europa, contrapuesta al avasallante imperio terrestre procedente de lo profundo de Asia. Talasocracia versus telurocracia;[2] una suerte de sempiterna pugna entre esencias que se manifestaría en distintas conflagraciones a lo largo de dos milenios y medio de historia ( Vicens Vives, 1956).
Sin embargo, aquel bagaje de conocimientos no enseñado públicamente, ajeno a las universidades, y por siglos propio de la planificación discreta y praxis de los asuntos estratégicos de estado de ministros, embajadores, generales y almirantes, adquiere estatus disciplinar durante el cambio del siglo xix al xx. Es un contexto aún en ebullición intelectual y académica en el que están terminando de conformarse las estructuras del saber del mundo moderno, en particular, del amplio campo de las llamadas “ciencias sociales” y “humanidades”. Durante una primera etapa de construcción desde fines del siglo xviii hasta 1945, los diversos campos del espectro abierto décadas antes por las principales disciplinas sociales –economía, sociología y política– se ven sujetos a un dinámico proceso de subdivisión, solapamiento, reconfiguración, y cambios de nominación.[3] En este momento intermedio de la primera etapa de construcción disciplinar, lo genéricamente denominado “geopolítica” sedimenta en un convulsionado espacio propio en intersección con diversos subcampos de otras disciplinas. Queda así a medio camino de las estructuras epistemológicas de la ciencia convencional; es decir, tensionada y no del todo definida por el paradigma moderno –más arriba caracterizado– desde el cual clasificar conocimientos y delimitar disciplinas. Por lo tanto, no coincide exactamente con las grandes dicotomías o antinomias epistémicas de las ciencias sociales: una antinomia entre pasado y presente, otra entre disciplinas idiográficas y nomotéticas, y una tercera entre el denominado “mundo civilizado” y el mundo bárbaro (Wallerstein, 2005).
Estas antinomias demarcan para las categorías del conocimiento convencional un adentro epistémico de un afuera no epistémico, un contexto de “actualidad” de una temporalidad “ya pasada”, y una distinción entre un saber pretendidamente objetivo y “verdadero” sobre lo exterior y la “mera interpretación” subjetiva. Coincidentes ambos polos de las antinomias, queda entonces delimitado un orden jerárquico de saberes donde una espacialidad “civilizada” epítome del progreso histórico se autoconoce y autorregula “racionalmente” en lo económico, político y social, y ostenta además la capacidad de conocer –ergo de regular– la espacialidad “atrasada” ubicada en un afuera. La geopolítica al respecto, si bien aborda su objeto de estudio en una temporalidad presente al igual que las ciencias sociales, no prescinde de la historia, ya que sitúa en el espacio geográfico la morfología de diversos procesos y fenómenos históricos, pero fundamentalmente entiende lo pasado como una esencia real que gravita en el presente de las comunidades humanas dando sentido de identidad, ubicación y trascendencia en clave histórico-espacial.[4]
Este anclaje diferencia la geopolítica de las ciencias sociales, que nacen para dar respuestas pragmático-instrumentales al surgimiento de la sociedad moderna en cuanto agregado amorfo en permanente cambio y desenraizada del suelo. Comparte con ellas el propósito de ser “útil” por abordar sus pilares constitutivos y de alguna manera procurar anticipar lo futuro mediante la formulación prospectiva de escenarios, que sin hacer predicciones contribuyen a visualizar tendencias sistémicas y movimientos tectónicos del espacio, incorporando además el enfoque comprensivista hermenéutico propio de las humanidades. La particularidad es que dicha utilidad no es de validez universal. A diferencia de una receta macroeconómica, una categoría sociológica o un modelo de política pública, supuestamente extrapolable de una realidad a otra, en particular de una geografía “civilizada” a otra “atrasada” –falacia eurocéntrica de origen de las ciencias sociales–,[5] el criterio de funcionalidad del conocimiento geopolítico está dado por la subordinación a los intereses de Estado. Es decir, debe ser potestad de cada Estado la formulación de una doctrina geopolítica propia, ya que lo original y necesario para uno puede no serlo para otro. Quien acuña el término “geopolítica”, el sueco Rudolf Kjellén (1864-1922), la define en este sentido atribuyéndole una función más allá de lo científico al servicio del propio Estado nación. En su libro El Estado como forma viva (1916), reeditado en idioma alemán un año después, afirma que la geopolítica
es la doctrina del estado como organismo geográfico o como entidad en el espacio: en otras palabras, el estado como país, territorio, área o, más pronunciadamente, como imperio (Reich). Como ciencia política, tiene constantemente en vista la unidad del estado y quiere contribuir a la comprensión de la naturaleza del estado (Kjellén, 1917: 46).
La característica de universalidad del paradigma positivista moderno tomado de las ciencias formales para las ciencias fácticas, que aplica para un teorema matemático o una fórmula química, en rigor de verdad no es del todo adaptable a las ciencias sociales, aunque en su origen así lo hayan estipulado. La razón de Estado, en definitiva, es la fuerza gravitante que subsume la funcionalidad del conocimiento geopolítico. De aquí que, teniendo en vista su aplicabilidad, la misma concepción esté imbuida en la visión singular de cada país de origen: “En este sentido la ciencia social era claramente una criatura, si es que no una creación, de los estados, y tomaba sus fronteras como contenedores sociales fundamentales” (Wallerstein, 1996: 30).
Sin embargo, a diferencia de ciencias sociales afines o escuelas dentro de estas que tienen un enfoque Estado-céntrico eminentemente liberal institucionalista, la geopolítica no parte del principio de homogeneidad y equivalencia internacional. El mapamundi de geografía política y relaciones internacionales donde cada país o territorio es graficado con un color es un producto cultural del ideario ilustrado sobre la igualdad, libertad y fraternidad universal: cada Estado miembro de la comunidad internacional tiene pleno derecho, “Un país, un voto”, según el apotegma de las Naciones Unidas.[6] Para la geopolítica, en cambio, la soberanía no es un hecho dado ni un acto declamativo, debe ejercerse en la arena política para no ser vulnerada; y el sistema internacional es definitivamente jerárquico, con posicionamientos desiguales y relaciones asimétricas. En realidad, así como hay Estados sin capacidad de asegurar efectivamente la soberanía sobre el propio territorio coloreado en el mapa, también hay Estados que proyectan poder más allá de los límites establecidos sobre el espacio “soberano” de otros países.
Respecto a los demás ejes del andamiaje epistémico de la ciencia convencional, tampoco la geopolítica encaja en la totalidad de sus presupuestos. Las ciencias sociales, al tomar para sí en su conformación el paradigma moderno de las ciencias exactas, reproducen las premisas de pretendida separación ontológica entre el sujeto cognoscente y la naturaleza externa cognoscible, así como presupuestos correlativos de objetividad, neutralidad y universalidad del saber. Mientras que la geografía extrae, clasifica y calcula del mundo exterior datos cuantitativos con un fin descriptivo y normativo (kilómetros, coordenadas, toneladas, flujos, precios, habitantes, ingresos, etc.) –ya que, por herencia de la mecánica clásica, concibe el espacio de manera geométrica–, la geopolítica comprende dicha información de modo dinámico ponderando valores cualitativos del espacio. El mundo externo no es simple materia objetiva (la res extensa cartesiana), sino que, en principio, posee una dimensión simbólica de carácter metapolítico, lo cual no es posible de transpolar a cada geografía particular, tampoco es representable con gráficos, ni es reducible a explicaciones de manual.
Además, la geopolítica configura el espacio según relaciones de poder, reales y proyectadas, a partir de niveles estratégicos de importancia: ecúmenes, áreas de interés, zonas de influencia, esferas geopolíticas, zonas de amortiguación, vacíos anecuménicos, glacis, etc. Ponderación esta que no estipula subdivisiones como la geografía económica o la geografía humana, sino que evalúa un actor político en el nivel más alto de la toma de decisión según sus propios intereses vitales. Es posible entonces universalizar pesos y medidas, calcular distancias, toneladas o precios de un recurso X equiparable en distintos puntos del planeta según un patrón monetario de conversión, o bien explicar la interacción de factores como engranajes de un mecanismo; pero no es posible transpolar el valor estratégico de un espacio ecuménico a otro, la singularidad del Heartland o el Rimland euroasiático al resto de las regiones del globo,[7] o comprender el sentido simbólico tradicional para un pueblo de un lugar de culto o una ciudad sagrada.[8]
De aquí que, para posturas ortodoxas sobre el paradigma de conocimiento, la geopolítica no ostente todos los atributos “esperables” de cientificidad, o bien que su estatus disciplinar sea cuestionado no por su (invaluable) cualidad epistémica, sino por la funcionalidad a la que sirve. No es de extrañar por ello que los fundamentos teóricos de las ciencias llamadas “del Estado”, orientadas a su fortalecimiento y expansión –en particular fuera del propio trazado fronterizo–, sean objeto de disputa (Losano, 2011). En el contexto histórico previo a la Primera Guerra Mundial, de creciente rivalidad entre imperios coloniales, y de forma más acentuada aún durante el convulsionado período de entreguerras, más que una discusión por el paradigma entre comunidades científicas, el combate de ideas por la geopolítica apunta a su condición existencial.
El caso arquetípico es la asociación de la geopolitik germánica de la década de 1930 con la doctrina estatal del Tercer Reich. La contrapropaganda de guerra de los aliados, en particular estadounidense, emplea la prensa especializada para argumentar que la geopolítica y sus referentes son una expresión ideológica del expansionismo nazi con una supuesta intención velada de conquista mundial. Robert Strauz-Hupé, austríaco migrado a los EE. UU., afirma en su libro Geopolítica. La lucha por el espacio y el poder: “La Geopolítica no ha sido todavía definida como ciencia. No puede ser calificada como geografía política o ciencia política en sentido convencional. Para los líderes de la Alemania Nazi la Geopolítica es el plan para la conquista mundial” (Strauz-Hupé, 1942: viii).
Un año después, en una breve reseña sobre el libro de 1942 del también migrado Hans Weigert, Generales y geógrafos: el crepúsculo de la Geopolítica –crítico de la obra de geopolítica alemana del general Karl Haushofer–, el politólogo Robert Gale Woolbert comenta en la influyente revista Foreign Affairs: “Los adeptos y críticos de la pseudo-ciencia de la Geopolítica son ahora legión en este país, y su número sigue creciendo” (1943). A pesar de ello, casi dos décadas después de finalizada la guerra, mientras EE. UU. proyecta sobre la “tierra orilla” de Eurasia (Rimland) la doctrina estratégica de la Contención –extraída del esquema geopolítico de Nicholas Spykman (1944)–, el geógrafo Saul Bernard Cohen de la City University of New York afirma: “La esencia del análisis geopolítico es la relación entre el poder político internacional y el medio geográfico. […]. Creemos que el análisis geopolítico aún conserva su validez” (Cohen, 1963: 71).
Es decir, en la angloesfera después de la Segunda Guerra Mundial, la geopolítica conserva su utilidad epistémica, pero, como efecto residual de la guerra psicológica, no será reconocida como disciplina autónoma, sino que quedará reducida a método. En particular, dentro del campo académico universitario, es desmembrada entre, por un lado, un esquema conceptual ecléctico bajo la rúbrica de “geografía” –es decir, una suerte de metodología cuantitativa aplicable a temas internacionales, con elementos de geografía política, economía y demografía–[9], y, por otro lado, por el hecho de que sus categorías clave y esquemas de análisis son asimilados por una emergente disciplina caracterizada como “ciencia social norteamericana”: las relaciones internacionales (Hoffmann, 1977); en particular, por la corriente teórica realista (Del Arenal y Sanahuja, 2015).[10] Solo en circuitos militares, de seguridad nacional y planeamiento estratégico, conservaría su acepción más de tipo clásico.[11]
En cambio, en países europeos con una definida tradición de pensamiento geopolítico, como Italia y Francia, continúa siendo considerada disciplina autónoma, con el resguardo de que
Erigir la geopolítica como una ciencia independiente que trascendiera y determinara la política sería, por tanto, un absoluto error. Sin embargo, sería caer en el error contrario negarle el estatus de disciplina autónoma, como la demografía o la sociología, que también estuvieron presentes en statu nascendi en la obra de Aristóteles antes de haber volado por sí solas (Coutau-Bégarie y Motte, 2015: 33).
Campo científico y la función del conocimiento geopolítico
Este apartado efectúa una aproximación a la geopolítica desde el segundo de los niveles de análisis propuestos: la relación entre las entidades y esferas geoculturales de producción de conocimiento, discursos e ideas, y el campo de su reproducción y circulación en la periferia. En principio, formula un interrogante central y dos derivados: ¿el conocimiento geopolítico es un producto exclusivo del campo científico?; luego, ¿cómo incide el contexto institucional en la conformación del conocimiento?; y ¿de qué manera es funcional transpolar de la realidad de una potencia central a la periferia sudamericana un bagaje particular de conocimientos?
La pregunta central bien podría aplicarse también a la estrategia, la seguridad y la defensa. Así como no todo conocimiento de la realidad es un producto científico, no es por tanto la academia el único ámbito de producción de conocimiento. Como explica el apartado anterior, solo el paradigma de ciencia convencional considera que produce saberes con carácter de verdad; pero precisamente la geopolítica no encaja en aquella ortopedia epistémica de las ciencias sociales clásicas. ¿Cuál sería entonces el ámbito de producción del conocimiento geopolítico? Que no sea producto exclusivo del campo científico, ¿implica en consecuencia que no es un conocimiento válido? En todo caso, ¿quiénes clasifican y validan lo que es geopolítica y lo que no lo es?
Para analizar este aspecto y poner en perspectiva los presupuestos del ámbito de producción de conocimiento geopolítico, tomamos la noción de “campo científico”. Su autor lo define de la siguiente manera:
El campo científico como sistema de las relaciones objetivas entre las posiciones adquiridas (en las luchas anteriores) es el lugar (es decir, el espacio de juego) de una lucha de concurrencia, que tiene por apuesta específica el monopolio de la autoridad científica, inseparablemente definida como capacidad técnica y como poder social, o, si se prefiere, el monopolio de la competencia científica, entendida en el sentido de capacidad de hablar y de actuar legítimamente (es decir, de manera autorizada y con autoridad) en materia de ciencia, que está socialmente reconocida a un agente determinado (Bourdieu, 1999: 76).
El concepto parte de la base de que la llamada “comunidad científica” no es un grupo independiente de personas desinteresadas y neutrales que solo procuran la búsqueda del saber “verdadero”, sino que es un ámbito de lucha desigual al estar todas las prácticas orientadas hacia la adquisición de la autoridad científica (reconocimiento, prestigio, celebridad, etc.), lo cual es una “especie particular de capital social que asegura un poder sobre los mecanismos constitutivos del campo” (Bourdieu, 1999: 81). Dicha configuración de poder implica posicionamientos asimétricos y un tipo específico de violencia simbólica, lo cual refuerza los instrumentos de legitimación e imposición de determinado sistema simbólico. El campo científico, al ser un campo de producción simbólica, por un lado, sostiene las relaciones de poder desde las mismas estructuras que producen y reproducen la creencia en él, y, por otro lado, ostenta específicamente un poder simbólico, irreconocible pero legitimado por quienes están subordinados a la lógica del campo.
Este poder simbólico –a diferencia del planteo más racionalista de Kuhn– es el principio legitimante de la autoridad científica de la comunidad en cuestión; ergo, es el medio por el cual se delimita la cientificidad de determinados conocimientos, es decir, su carácter de verdad, respecto a otros conocimientos que no son validados como tales y quedan excluidos del campo. Estos últimos, al no ser validados como ciencia por la comunidad del campo, pierden su carácter de conocimiento verdadero, y sus cultores, de su carácter de “científicos”. Así, estos conocimientos pasan a transformarse en mera ideología (Ricoeur, 2008).
Este es el mecanismo simbólico que, en el contexto bélico de fines de la década de 1930 hasta mediados de la de 1940, por medio de la propaganda y las operaciones psicológicas, refiere a la geopolítica como pseudociencia del bando derrotado.[12] El poder simbólico de la maquinaria comunicacional de guerra que caracteriza a la geopolitik germánica en cuanto expresión ideológica del expansionismo nazi resulta ser componente del poder vencedor en la pulseada de fuerzas mundiales; por lo tanto, tiene la potestad hegemónica “de constituir lo dado por la enunciación, de hacer ver y de hacer creer, de confirmar o de transformar la visión del mundo y, por ello, la acción sobre el mundo” (Bourdieu, 1999: 71).
Por lo tanto, la visión hegemónica del mundo de una esfera geocultural resulta ser hegemónica en los demás sistemas simbólicos de esa esfera. En consecuencia, la visión hegemónica del mundo o cosmovisión incide en todos los campos simbólicos (intelectual, científico, artístico, etc.), dado que es una estructura estructurante. Es por ello por lo que, dentro del campo científico, adquiere estatus de cientificidad determinado corpus disciplinar, al mismo tiempo que es obliterada la geopolítica como disciplina autónoma. Según las dicotomías o antinomias del paradigma convencional de ciencias, queda delimitado un adentro epistémico de un afuera, lo convencional de lo irregular, lo normado de lo “fuera de ley”, el presente respecto a lo “ya pasado”, lo propio de lo ajeno, en definitiva, el campo del conocimiento en cuanto sistema de valores reflejo de un “mundo exterior” asimétricamente constituido. Desde la posguerra, entonces, el campo científico de la esfera geocultural hegemónica deviene hegemónico para los sistemas simbólicos subordinados dentro de su esfera geopolítica, y, en consecuencia, también para los diversos campos científicos de los países subordinados.
La falacia moderna de la universalidad del saber, de la “comunidad” científica internacional de iguales, que sin barreras intercambia fraternalmente conocimientos en lo alto de una torre de marfil desde la cual observa el mundo, invisibiliza en rigor de verdad la naturaleza agónica del campo científico, así como las estructuras asimétricas y la desigual distribución de capitales. El campo no es más que la expresión de un sistema simbólico más amplio, que igualmente impone relaciones asimétricas de poder y posicionamientos subordinados, el cual, al ser hegemónico, deviene en la creencia legitimante, es decir, funciona como ideología, para sí y para cada campo simbólico subalterno, en este caso, el campo científico con su respectivo paradigma.
Retomando entonces el interrogante principal de este apartado, ¿cuál es el campo específico de formalización del conocimiento geopolítico a fines del siglo xix y principios del xx? La respuesta basada en múltiples realidades del fenómeno escapa a los estrechos límites de la definición teórica. Como es conocido, en 1904 ante la Royal Geographical Society de Londres, el profesor de Geografía de la Universidad de Oxford y miembro del influyente club social The Coefficients del Barón Sidney Webb, sir Halford J. Mackinder (1861-1947), dicta su conferencia sobre el “pivote geográfico de la historia”.[13] Sin mencionar la palabra “geopolítica” –dado que el término aún no se había acuñado–, instituye formalmente en un ámbito académico-profesional no universitario la síntesis geoestratégica de la perspectiva talasocrática británica sobre la importancia del “área pivote” de Eurasia (más tarde Heartland). Dicha visión, de allí en más, no solo será clave para entender cómo en Versalles se rediseña el mapa europeo por los vencedores de la Gran Guerra, sino que arraigará como idea fuerza en el núcleo de la doctrina estratégica de las potencias navales de la angloesfera desde la Segunda Guerra Mundial hasta el fin de la Guerra Fría, y se actualizará incluso a mediados de la década de 1990 para nuestra contemporaneidad (Brzezinski, 1997).
Sin embargo, una particularidad del caso es que los estrategas y diplomáticos que parecen aplicar la doctrina geopolítica respecto al “corazón terrestre” euroasiático en ese momento (Heartland) no ostentan títulos académicos en la disciplina, ni elaboran papers con una metodología específica. Es más, tampoco es la conferencia de Mackinder lo que lleva a cierto circuito de personalidades a enterarse de las implicancias del dominio ruso de una vasta región en el corazón continental de Eurasia y la amenaza para el Imperio británico. Será la historiografía posterior la que establezca la conferencia de enero de 1904 en la Royal Geographical Society –transcripta a The Geographical Journal en abril y actualizada en 1919 y 1943– como la instancia fundante o bien la exteriorización inicial formal de una geopolítica anglosajona.
Lo cierto es que el conocimiento geopolítico en sí subyace al hito académico referido como acto fundacional; de hecho, antecede a la frontera epistémica instituida por los “guardianes” del campo disciplinar. Así, el aporte de Mackinder no será tanto un inicio de ciclo, sino un punto de inflexión entre dos períodos: por un lado, la conclusión de una fase histórica, denominada durante el siglo xix “el Gran Juego” (the Great Game), de confrontación entre el Imperio británico y el Imperio ruso por el dominio de Asia Central;[14] y, por otro, el comienzo de una etapa en el siglo xx que inaugura la Primera Guerra Mundial con la presencia de una emergente potencia talasocrática (EE. UU.) y la debacle de cuatro imperios decimonónicos, el Reich alemán, el austro-húngaro, el otomano y la misma Gran Bretaña. En el referido circuito londinense, antes que los aportes de Mackinder, probablemente hayan sido más sustanciosos para nutrir una concepción geopolítica talasocrática respecto al dilema de la expansión rusa en el centro de Eurasia figuras clave no debidamente reconocidas por la historiografía disciplinar como George Curzon (1859-1925) y Henry Rawlinson (1810-1895).[15]
En paralelo, del otro lado del canal de la Mancha, la volksgeist o espíritu del pueblo germánico continúa manifestándose en ese momento en cuanto reacción contra el racionalismo positivista y el cosmopolitismo liberal. Entendida por sus apóstoles como una suerte de esencia común inmutable a lo largo de la historia, precede a las instituciones del Estado moderno, incluida la universidad ilustrada y el campo científico. Para filósofos, poetas y artistas alemanes románticos y decimonónicos,[16] la unidad nacional es no solo la sumatoria de una comunidad política y una comunidad cultural, sino que además es una comunidad de destino, que logra recién su materialización moderna en el Reich de 1871 –tardía e incompleta por los efectos que sufre desde la disolución del Sacro Imperio en 1806 a manos de Napoleón y la Francia revolucionaria–. Los intelectuales nacionalistas afines a este sentido romántico e idealista de la comunidad de origen (gemeinschaft) propugnan aquel saber primigenio y polifacético al servicio del Reich, ya que este es la exteriorización del pueblo. En una analogía fundamentalista, lo que la sangre es al cuerpo, es el pueblo al suelo (blut und boden), como una suerte de argamasa imbuida de un espíritu/saber nacional que se manifiesta en cada expresión cultural de la historia (música, literatura, poesía, arquitectura, etc.) y por supuesto en el espacio o territorio patrio.
En esta línea, y como una expresión más de aquella volksgeist, los escritos del profesor Friedrich Ratzel (1844-1904) a fines del siglo xix avanzan en un camino de hibridación disciplinar entre la geografía natural, la etnografía y la biología darwinista –paradigma imperante en el contexto–, formulando en 1901 la noción de lebensraum (‘espacio vital’): un término que servirá para legitimar la expansión de colonos agrícolas alemanes en suelo europeo por encima de las posibles conquistas territoriales de ultramar, ya que, para tal perspectiva biologicista aunque espiritualista, Europa es el corazón de la civilización terrestre (Chiantera-Stutte, 2014). Aunque la radicación del concepto está en una franja entre la geografía política y lo que Ratzel define como “antropogeografía”, tendrá en décadas posteriores –sin esperarlo su autor– una burda utilización por el nacional-socialismo alemán para legitimar la ocupación violenta de países vecinos desde marzo de 1938 con la anexión de Austria en adelante. La original manifestación del movimiento romántico e idealista degenera en manos del extremismo nazi en una versión racista supremacista, la cual es rechazada de plano por nacionalistas conservadores como el Gral. Karl Haushofer; sin embargo, a causa de la propaganda de guerra aliada, termina siendo atribuida al carácter esencial de la geopolítica.[17]
En definitiva, el conocimiento geopolítico en la primera etapa de construcción de las ciencias sociales (desde fines del siglo xviii hasta 1945) pareciera escapar a la estrecha lógica racionalista del concepto de “campo científico”. No porque la ciencia no tuviese límites definidos, sino porque la geopolítica está en directa relación con otras dimensiones de la vida humana imposibles de cosificar, cuantificar y tipificar por el paradigma positivista, como el simbólico-espiritual, fenómenos psíquico-emocionales, expresiones artístico-culturales, impresiones de viajeros y diplomáticos, observaciones de militares y espías, la influencia de personalidades y élites de poder, etc. Aun así, después de la Segunda Guerra Mundial, durante la segunda etapa de conformación de las ciencias sociales (1945-1991), dicha diversidad de expresiones sufrirá un retroceso en una primera fase breve en las dos décadas posteriores a 1945, para volver a aflorar y recuperarse en el ámbito académico de la mano de teorías críticas y posestructuralistas en una segunda fase breve desde fines de la década de 1960 hasta el cierre del período en 1991 (Wallerstein, 1996).
En un primer período de la Guerra Fría, es decir, la fase breve de las primeras dos décadas después de 1945, impulsado por un cambio del paradigma hegemónico, se impondrá una división internacional del conocimiento científico (Pletsch, 1981). Primero dentro del campo académico estadounidense, luego en la angloesfera y los países de Europa Occidental, hasta finalmente aquellas regiones del entonces denominado “tercer mundo”, donde se expande la influencia de su poder simbólico. Esencialmente, se configura una división del mundo en tres grandes esferas geoculturales, correspondiente cada una con una gran esfera geopolítica, que funcionarán como fuerzas gravitantes para todas las expresiones de orden cognitivo, cultural, discursivo e ideológico en general. Esta formulación elaborada desde las potencias atlánticas, con un enfoque determinista y etnocéntrico, asigna un carácter y una jerarquía a cada esfera que se corresponde con la supuesta división del mundo: en primer lugar, EE. UU. y los aliados miembros de la OTAN; en un segundo lugar, los países del bloque socialista soviético; y, por último, el resto de los países del globo. De aquí que
el tercer mundo es el mundo de la tradición, la cultura, la religión, la irracionalidad, el subdesarrollo, la superpoblación, el caos político, etc. El segundo mundo es moderno, tecnológicamente sofisticado, racional hasta cierto punto, pero autoritario (o totalitario) y represivo, y en última instancia ineficiente y empobrecido por la contaminación con preconceptos ideológicos y agobiado con una élite socialista ideológicamente motivada. El primer mundo es puramente moderno, un refugio de ciencia y toma de decisiones utilitarias, tecnológico, eficiente, democrático, libre; en resumen, una sociedad natural sin restricciones por religión o ideología (Pletsch, 1981: 574).
Estas esferas geoculturales tendrán entonces saberes atribuidos; es decir, en la división internacional del conocimiento, existe un “nosotros” jerárquico con capacidad de conocer y producir ciencia original, una otredad rival que produce ciencia e ideología sojuzgada al partido-estado imperante y, en la categoría inferior, un “aquellos” que no son capaces de hacer ciencia, sino de consumir pasivamente la del primer mundo. Esta última esfera o subcategoría es el espacio “salvaje” del tercer mundo, donde habitan aquellos que perdieron el tren histórico del progreso y aún viven en un estado de naturaleza hobbesiano. Al decir de Rodolfo Kusch, parecieran condenados a estar (negados a ser) en un “atraso” a perpetuidad (2007). Según esta visión determinista y etnocéntrica, existiría una dicotomía entre el universo del pensamiento mítico y mágico, el pensamiento simbólico y atemporal, la imaginación y la artesanía, y lo concreto para necesidades vitales, contrapuesto al universo “civilizado” de la razón, del pensamiento científico y conceptual, el cálculo del tiempo, el pensamiento abstracto y las bellas artes, de lo trascendente y las necesidades de autorrealización (Goody, 2008).
Las categorías modernas herederas del iluminismo se resignifican bajo el orden internacional nacido de la Segunda Guerra Mundial, el cual subsume a la doctrina de la Contención el imperativo del desarrollo de aquel tercer mundo. En el marco de una proyección global de poder, con una instrumentación asistencialista e intervencionista, el desarrollo será la ideología hegemónica de la Guerra Fría para “sacar del atraso” al habitante de la periferia. En el abanico de acciones emprendidas –imposibles de abarcar exhaustivamente en este capítulo– dentro del campo intelectual, la institucionalización de las ciencias sociales, bajo el credo del desarrollo, responde entonces a la cosmovisión de la potencia hegemónica. En particular, después de 1945, quienes financian e impulsan primero dentro de los EE. UU. –luego en algunos países del tercer mundo– las ciencias sociales, los denominados “estudios internacionales y de área” (regiones), y la mentada teoría del desarrollo son tres gigantes corporativos: las fundaciones Rockefeller, Ford y Carnegie (Berman, 1983; Guilhot, 2011; Parmar, 2012):
Las fundaciones respaldaron los esfuerzos de un número de cientistas sociales estadounidenses, quienes estaban afiliados a programas en desarrollo sobre estudios internacionales y regionales, en su elaboración de una teoría del desarrollo para las naciones de África, Asia y América Latina. No sorprende que la teoría del desarrollo resultante fuera de apoyo al impulso de las actividades de ultramar de las fundaciones. La teoría proveía también legitimación para los programas en el exterior de las fundaciones, mientras simultáneamente reforzaba el esfuerzo desarrollista de las agencias gubernamentales norteamericanas, cuyo personal frecuentemente consultaba con los agentes de las fundaciones (Berman, 1983: 100).
Numerosos autores, textos y teorías en ciencias sociales y política internacional, al amoldarse a la visión hegemónica institucionalizada por estas fundaciones –dado que financiaron investigaciones, cargos y publicaciones–, pasan a beber de la fuente de la autoridad científica. Es decir, adquieren capital simbólico y devienen referenciales al reproducir el paradigma del campo científico instituido. En primer lugar, se debe a que lo producido (“conocimiento”) es institucionalizado en el ámbito por antonomasia legitimante de la cientificidad, esto es, la universidad; en segundo lugar, porque la élite económica de aquella sociedad invierte capital económico en crear y posicionar un capital científico “de élite”; y tercero, porque la angloesfera donde se establece dicho campo científico es hegemónica en una amplia esfera geopolítica. En otras palabras, es una geocultura referencial porque goza de una posición hegemónica que nuclea capital económico, capital político, capital social y capital simbólico (Bourdieu, 1999).
De igual manera, en el contexto posterior a la Guerra Fría, estas mismas fundaciones –sumadas a otras nuevas como la Open Society Foundations del magnate George Soros o la Bill & Melinda Gates Foundation– continuarán la práctica de financiar autores e ideas para el uso político. En este sentido, “las fundaciones norteamericanas son fuerzas globalizadoras por esencia, y conscientemente fortalecen redes globales de conocimiento entre universidades, tanques de pensamiento (think tanks), agencias de gobierno, y filántropos” (Parmar, 2012: 227). Lo cual moldea el campo científico en la ya referida tercera etapa de construcción de las ciencias sociales (desde 1991), no solo inyectando financiamiento y contenidos curriculares, sino ideológicamente, al crear una aparente “comunalidad” de ideas sumando incluso organismos internacionales. Esta circulación de ideas y discursos es referencial por estar dentro de un campo simbólico hegemónico; pero principalmente porque dicho campo ostenta una posición referencial en el sistema simbólico de una esfera geopolítica hegemónica (Beigel, 2013). Por supuesto que las ideas, las teorías y los conceptos producidos en dicho ámbito no son neutrales, sino que responden a los intereses y la visión de los actores que poseen posiciones de poder en determinado circuito geopolítico de toma de decisión. Sin embargo, el ámbito académico de (re)producción cumple la función ideológica de transferir simbólicamente los atributos convencionales de cientificidad: universalidad, objetividad, necesidad e incontestabilidad por su supuesto carácter verdadero. Desde la década de 1990, entre los ejemplos referenciales del mainstream académico anglosajón en política internacional, es posible mencionar la llamada “teoría de la paz democrática”, la iniciativa German Marshall Fund y el proyecto Princeton de Seguridad Nacional (Parmar, 2012).[18]
Una singularidad de estas expresiones del campo científico de la angloesfera –en particular de los EE. UU.–, común a un campo intelectual más amplio que incluye organizaciones no gubernamentales, think tanks y agencias de gobierno, es que también son profusamente citadas en el campo científico de países periféricos como de “máxima referencia”. Esto puede entenderse por la lógica asimétrica más arriba explicada sobre el capital simbólico hegemónico que genera posicionamientos subordinados, aunque no conscientes bajo la creencia de autoridad o prestigio (sin justificación), incurriendo en una falacia ad verecundiam. Sin embargo, en materia de seguridad y defensa nacional, es esperable que las formulaciones intelectuales respondan a una doctrina propia, orientada según los intereses estratégicos específicos de cada país. Es decir, la operatividad de la producción de conocimiento en relación con su sociedad, y no en función de una dinámica endógena del campo intelectual. De lo contrario, absorbida como epifenómeno del campo intelectual, sin tracción ni incidencia en el campo político, acaba cumpliendo aleatoriamente una doble función ideológica: por un lado, legitima desde un campo propio conocimientos e ideas ajenas, es decir, sirve de receptáculo reproductor del poder blando (soft power) de potencias hegemónicas (Nye, 2004); y, por otro lado, por la propia lógica asimétrica del campo, obtura la posibilidad de que se produzca un pensamiento original con carácter científico (Ricoeur, 2008).
De aquí que las preguntas derivadas del interrogante central de este apartado remitan a una cuestión crucial: ¿cuál es la función del conocimiento geopolítico en países periféricos? Más aún, ¿qué rol juega el campo científico universitario? Al ser la geopolítica un conocimiento que mayormente está circunscripto a esferas institucionales de formación de las fuerzas armadas, ¿queda garantizada su independencia epistémica? Responder rigurosamente estos interrogantes en todas sus variables excedería los alcances del presente capítulo; sin embargo, podemos dejar asentado un anclaje –sin ánimo de cerrar la cuestión– partiendo de la base de que la función de la geopolítica es ser “la versión física del modelo o proyecto de país que se aspira. Constituye el punto de partida de cualquier proyecto nacional de envergadura porque el espacio es permanente y estable en esta era de discontinuidades” (Marini, 2003: 28).
Por lo que la pregunta obligada sería entonces la siguiente: ¿quién tiene el poder (simbólico) para definir cuál es el “modelo o proyecto de país” al que aspirar? Cuestión que a todas luces excede al campo científico.
Reflexiones finales: ¿qué geopolítica para el siglo XXI?
Atendiendo a lo planteado en los apartados anteriores sobre la geopolítica, con relación al paradigma científico convencional y respecto al dilema del campo de su (re)producción, queda claro que no referimos a la formulación de un conocimiento de alcance universal. La pregunta “¿qué geopolítica…?” gravita en torno a la doctrina que tenga como norte los intereses estratégicos del propio país y la defensa nacional. Por ello su formulación es singular y no transferible.
Ahora, ¿qué arroja el estado de la cuestión en la disciplina? Si no existe consenso en determinar lo geopolítico de lo solo nominado como tal, cuando además el campo es de relativas “puertas abiertas” y encima pende la grave sentencia de no ser ciencia, sino ideología, ¿cuál producción analizar como original? Por ejemplo, al estudiar el cuadro geoestratégico del Cono Sur y la evolución de la relación de fuerzas desde su situación medio siglo atrás (Guglialmelli, 1979; Coutau-Bégarie, 1985), ¿cómo abordarlo objetiva pero incisivamente –para que tenga utilidad– sin caer en la corrección política ni en la revelación de secretos de Estado? En otras palabras, ¿cuál es el límite de lo que la academia puede de forma transparente publicar? Más aún, al campo científico: ¿hasta qué nivel de información puede acceder?
El mito moderno de la ciencia “fuente de la verdad” y del erudito omnisciente puede tener validez solo para outsiders o marginales del campo. Puertas adentro, acaba chocando contra el hermético muro de la información real del terreno (militar, diplomático o económico), o pierde precisión en la niebla de la desinformación. Mientras, opera como creencia que legitima simbólicamente el campo, dejando lugar a un simulacro de saberes. Saberes constituidos en mímesis de especialidades, las cuales no se conocen en el fondo, pero el capital simbólico permite impostar, lo cual precisa también para su reproducción. En rigor de verdad, sin cierta impostación, no habría constitución posible de un campo de tipo “científico”, ya sea en geopolítica como en seguridad y defensa. Por los presupuestos convencionales de la ciencia –mencionados en el primer apartado– sobre objetividad, comunicabilidad, accesibilidad, transparencia, etc., versus la naturaleza del objeto de conocimiento de la geopolítica, una salida a esta dicotomía termina siendo la reproducción superflua. Lo cual suma capital simbólico, que es necesario a nivel institucional, y sirve para una nutrida población graduada, prolífica en titulaciones, aunque subempleada –fenómeno compensatorio que se agrega a las funciones de una universidad en crisis– (Santos, 2015; Zelaya, 2015).
Sin embargo, una consecuencia aleatoria de dicha reproducción superflua es el anquilosamiento epistémico. Es decir, una parálisis de la producción original a la par de la reproducción mimética y la sobresaturación informativa. ¿Con cuáles conocimientos afrontar los desafíos del mundo real? Por otro lado, si al conocimiento geopolítico no lo tracciona la más alta esfera de decisión del Estado, ¿con qué esquema conceptual los tomadores de decisión ponderan la dinámica entre las nuevas formas de proyección de poder y las configuraciones geográfico-espaciales? Por caso, el documento oficial de la Directiva de Política de Defensa Nacional 2021 de la Argentina[19] pone en evidencia la ausencia de una doctrina que incorpore riesgos y amenazas provenientes de nuevas dimensiones del espacio geopolítico: el transespacial y el microespacial (Borrell, 2020). Un marco conceptual estéril podría llevar al espejismo de escenarios crisógenos caducos, o a no visualizar posibles nuevas amenazas críticas. Para mencionar dos ejemplos de ponderaciones controversiales, respectivamente: el vacío anecuménico patagónico argentino, cuando potencias militares de primer y segundo orden poseen los mayores anecúmene del planeta y su territorialidad no está en disputa (Marini, 2003); y una “pandemia” fenómeno de salud, cuando voceros oficiales de las mayores potencias lo plantean inicialmente como un acto de guerra biológica –munidos además de tecnología bionanotecnológica de punta de uso dual– (Skopec, 2021).
En definitiva, de depender la geopolítica exclusivamente del campo científico, en las condiciones actuales que se manifiesta, podría quedar esterilizada en su valioso potencial epistémico. En cambio, en un campo intelectual ampliado, integrando aquellas instituciones involucradas en la producción de información real, aunque sin licuar la especificidad del conocimiento disciplinar, podría con el debido estímulo –sin caer en idealizaciones– cumplir la función para la cual fue institucionalizada. Con la salvedad de que, “mientras que antes razonábamos principalmente con miras a aumentar el espacio, la principal lección del siglo xx fue que teníamos que pensar en términos de organización más que de extensión” (Coutau-Bégarie, 2015: 30). En este espíritu, desde nuestra realidad, comprender la funcionalidad para la cual se formalizó la geopolítica como disciplina implicaría darle un norte al país frente a los desafíos del siglo xxi.
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- Similar inflación y banalización del sentido ha sufrido el término “estrategia”. De su acepción clásica referida a la conducción de grandes operaciones militares, del arte del stratēgós (en griego, el comandante supremo o general de los ejércitos), se ha pasado en décadas recientes a su uso para estrategias de venta, estrategias de enseñanza, o estrategias de lectura, entre otros. ↵
- “Talasocracia”, del griego θάλασσα, ‘mar’, y κρατεῖν, ‘poder’, romanizado: thalassokratia, ‘poder marítimo’. “Telurocracia”, del latín tellus, ‘tierra’, y del griego κράτος, ‘poder’. ↵
- Según la comisión multidisciplinar de expertos coordinada por Immanuel Wallerstein y patrocinada por la Fundación Gulbenkian en la década de 1990 para la reestructuración de las ciencias sociales, estas tienen un extenso período inicial de construcción histórica desde fines del siglo xviii hasta la Segunda Guerra Mundial, una siguiente etapa desde 1945 hasta el fin de la Guerra Fría, y finalmente otra contemporánea aún en marcha (Wallerstein, 1996). ↵
- La geopolítica clásica tiene varios ejemplos: Friedrich Ratzel, Antropo-geografía, o la aplicación básica de la geografía a la historia (1882-1891); Alfred T. Mahan, La influencia del poder marítimo en la historia (1890); Jaime Vicens Vives, España. Geopolítica del Estado y del Imperio (1940); y Carl Schmitt, Tierra y mar. Una perspectiva histórica mundial (1942), entre otros. ↵
- Se puede consultar Mignolo, Walter D. (2003). “Segunda Parte: Soy de donde pienso: la geopolítica del conocimiento y las diferencias epistémicas coloniales”, en Historias locales / diseños globales. Madrid: Akal, pp. 155-288. Para teoría internacional, ver Hobson, John M. (2012). The eurocentric conception of world politics. Western international theory, 1760-2010. Cambridge: Cambridge University Press.↵
- Ver el punto 1 en bit.ly/2NGCnOP (última consulta: 6 de junio de 2022).↵
- Dos casos resonantes de este tipo de incorrección teórica se pueden hallar en los libros Geopolítica del Brasil (1966) del Gral. Golbery de Couto e Silva y Geopolítica (1968) del Gral. Augusto Pinochet, quienes trasladaron la categoría de Heartland euroasiático a las zonas núcleo de sus respectivos países.↵
- Mircea Eliade, eminente historiador de las religiones, aclaraba: «En la geografía mítica, el espacio sagrado es el espacio real por excelencia, porque, como se ha demostrado recientemente, para el mundo arcaico es real el mito porque refiere las manifestaciones de la realidad verdadera: lo sagrado. En tal espacio es donde se toca directamente lo sagrado –sea materializado en ciertos objetos, sea manifestado en los símbolos hiero-cósmicos” (Eliade, 1955: 42). ↵
- Ejemplos post Guerra Fría dentro de la frontera disciplinar de la geografía: Peter Taylor y Colin Flint, Geografía política. Economía-mundo, Estado-nación y localidad (2002); John Agnew, Geopolitics: revisioning world politics (Londres, 1998); Gearóid Tuathail y Simon Dalby, Rethinking geopolitics (Londres, 1998); o Klaus Dodds, Global geopolitics. A critical introduction (Essex, 2005).↵
- Específicamente en la ponderación de los elementos del poder nacional, encontramos en el realismo clásico, por ejemplo, a Hans Morgenthau, Politics among nations. The struggle for power and peace (1948), y Klaus Knorr, War potential of nations (1956). Una expresión reciente: John Mearsheimer, The tragedy of great power politics (2001). Saul B. Cohen, Geopolitics. The geography of international relations (2008) estaría en un cruce entre la geografía política y el realismo internacionalista.↵
- Ejemplos recientes son los diversos estudios publicados por el US Army War College, o el exasesor de Seguridad Nacional de EE. UU. Zbigniew Brzezinski con The grand chessboard (1997) y Strategic vision. America and the crisis of global power (2012), o el almirante James Stavridis con Sea power. The history and geopolitics of the world’s oceans (2017). ↵
- Ver al respecto: Hepple, Leslie W. (2009). “The Far Side of geography: tales from the x-files of German geopolitics”, en School of Geographical Sciences, University of Bristol, pp. 1-21, en bit.ly/3S6f2CP; y Borrell, Juan José (2017). “Karl Haushofer frente a sus críticos. Presentación de Apología de la geopolítica alemana”. En Revista de la Escuela Superior de Guerra, Buenos Aires, año xciv, n.° 595, pp. 61-70. ↵
- Aquel mismo año de 1904 Mackinder sería nombrado director de la London School of Economics, academia libre que había contribuido a fundar una década antes bajo el auspicio del Barón Webb, y que a partir del 1900 pasaría a formar parte de la Universidad de Londres. ↵
- Ver Sergeev, Evgeny (2013). The Great Game 1856-1907. Russo-British relations in Central and East Asia. Baltimore: Johns Hopkins University Press; y Hopkirk, Peter (1990). The Great Game: on secret service in High Asia. Londres: John Murray Publisher. ↵
- Lord Curzon of Kedleston, virrey de la India (1899-1905) y presidente de la Royal Geographical Society (1911-1914), plasma en varios escritos sus observaciones como explorador de Asia Central a fines del siglo xix, por ejemplo: Russia in Central Asia and the anglo-russian question (Londres, 1889). Durante sus funciones diplomáticas al frente de la Secretaría (ministro) de Política Exterior del Reino Unido (1919-1925) tras finalizar la Primera Guerra Mundial, tiene participación directa en el trazado de fronteras desde el Báltico hasta el Bósforo, y desde Egipto hasta Medio Oriente. Por su parte, el mayor-general sir Henry Rawlinson, presidente de la Royal Geographical Society (1871-1873 y 1874-1876), es un importante explorador y especialista de las civilizaciones del antiguo Medio Oriente, quien sostiene desde mediados del siglo xix la necesidad estratégica de contener a Rusia en Afganistán, Persia (hoy Irán) y provincias del actual Uzbekistán para frenar su curso hacia la India británica, el golfo Pérsico y las aguas cálidas del Índico. Entre otros, testimonio vivo de su pensamiento es el libro England and Russia in the East. A series of papers on the political and geographical condition of Central Asia (1875). ↵
- Como Fichte, Herder, Friedrich y Wilhelm von Schlegel, Von Schiller, Hörderlin, Von Goethe, Jacob y Wilhelm Grimm, Arndt, Brahms y Wagner, entre otros. ↵
- A tal punto fue la influencia sobre el concepto de “geopolítica” en la angloesfera, que actualmente en circuitos de divulgación su mención todavía refiere a “conducta expansionista por un régimen autocrático”, haciendo una analogía tácita con el nazismo. Por ejemplo: Walter Russell Mead: “The return of geopolitics. The revenge of the revisionist powers”, en Foreign Affairs, mayo-junio de 2014; o Steve Rosenberg, “Ukraine crisis: Vladimir Putin’s geopolitical jigsaw”, en BBC News, 28 de enero de 2022 (en bbc.in/3U9Jj5H).↵
- Diversas versiones de la democratic peace theory desde la década de 1980 incluyen a las “figuras” Francis Fukuyama, Michael Doyle, Bruce Russett, Jack Levy, Larry Diamond y Jack Snyder, financiadas por las fundaciones Ford, Carnegie y MacArthur. Es conocido su slogan “Las democracias no hacen la guerra entre sí” como un ejemplo tipo de falacia argumentativa. Un medio referencial de expresión de ideas, la revista International Security del Belfer Center for Science and International Affairs de la Universidad de Harvard, recibía financiamiento de las fundaciones Ford y Carnegie. La iniciativa German Marshall Fund durante la presidencia de Bush hijo es financiada principalmente por las fundaciones Ford, Rockefeller y Carnegie –además del gobierno alemán–, incluyendo a John Ikenberry, Barry Posen, Robert Cooper y Walter R. Mead, entre otros. El Princeton Project on National Security en la primera década de 2000 es financiado principalmente por las fundaciones Ford y Carnegie, reuniendo a los “notables” Henry Kissinger, Zbigniew Brzezinski, Stephen Krasner, Richard Haass, Fareed Zakaria, John Mearsheimer, John L. Gaddis, Stephen Walt, Robert Kagan y Barry Rubin. Ver Parmar (2012). ↵
- En bit.ly/3Lksh0k.↵








