Violencia e inmigración en Así hablaba mi madre, de Rachid Benzine
Noralí Mola
Introducción
PRÓSPERO —Ya que empleas tan bien la invectiva, podrías al menos bendecirme por haberte enseñado a hablar. ¡Un bárbaro! ¡Una bestia bruta que he educado, formado, que he sacado de la animalidad que todavía le cuelga por todas partes!
CALIBÁN —Para empezar, eso no es cierto. No me has enseñado nada. Salvo, claro está, a chapurrear tu lenguaje para que pueda comprender tus órdenes…
Aimé Cèsaire, Una tempestad
Ainsi parlait ma mère, la última novela escrita por Rachid Benzine, fue publicada en 2020 por la editorial Seuil y traducida al español en 2021 por el sello Edhasa como Así hablaba mi madre. Es la primera novela del escritor francoparlante publicada en Argentina.
Narrada en primera persona, relata la intimidad entre una madre y su hijo en los últimos instantes de vida de ella: tendida en la cama, lo escucha leer siempre la misma novela, La piel de zapa, de Honoré de Balzac, mientras él rememora la historia que han tenido juntos.
La madre es una inmigrante marroquí que, junto a su esposo, decide abandonar su tierra natal para vivir en Bélgica, “en una época en la que no se emigraba de verdad” (Benzine, 2021: 14), considera el hijo, quien además afirma no haber entendido nunca el recorrido migratorio de sus padres. Madre de cinco niños, al morir su esposo, debe encargarse de la economía familiar. Trabaja como empleada doméstica, a la vez que sufre hostigamientos por ser pobre, inmigrante y analfabeta. Por su trama, la novela busca rendir homenaje a la primera generación de inmigrantes norafricanos en Francia, a quien el autor considera invisibilizada y sin voz. Así, con un estilo sensible y conmovedor, Benzine da cuenta de lo que significa y cuesta vivir en un ámbito intercultural y logra, al mismo tiempo, universalizar un relato extremadamente íntimo. Aunque el propio autor sostiene que, “en la ficción, siempre encuentras un poco de ti mismo” (Zolezzi, 2021: 2). El escritor se siente cercano al narrador en su viaje y sus preguntas, ya que forma parte de la generación que ve envejecer a sus padres inmigrantes en Francia.
Rachid Benzine nace en 1971 en Kenitra, Marruecos. Es islamólogo, politólogo, profesor, novelista y dramaturgo en lengua francesa. Se traslada con siete años a Francia, concretamente a la localidad de Trappes. Sus estudios como islamólogo se centran en la hermenéutica coránica (interpretación del Corán) liberal contemporánea, es decir, en la visión del islam que pone en valor los derechos humanos, la igualdad de género, la diversidad en cuanto a las creencias religiosas y la libertad de conciencia. Ha trabajado como profesor en diversas universidades e instituciones, como el Institut d’Études Politiques de Aix-en-Provence, la Université Catholique de Louvain y el Institut Protestant de Théologie de París. Además, es el codirector de la colección “Islam des Lumières” de la editorial Albin Michel.
El escritor marroquí en lengua francesa fue nombrado comandante de la Orden Ouissam Al Moukafâa Al Wataniya, orden de mérito nacional, por el rey de Marruecos Mohammed vi. También fue galardonado con el Prix Littéraire 2018 de la Conférence Catholique des Baptisé-e-s Francophones por su libro Des mille et une façons d’être juif ou musulman (2019).
Sus obras recorren temáticas tales como el yihadismo o la primavera árabe; con ellas intenta un acercamiento de culturas a partir del rechazo por el fundamentalismo, pero también desde el reclamo racional a la sociedad francesa, sobre todo a aquellos que insisten en ver un yihadista en cada individuo de origen islámico. Sin embargo, Así hablaba mi madre no es la primera obra en la que el autor descarga el peso de la historia sobre un personaje femenino. Hace pocos años publicó Dans les yeux du ciel (2020), en la que la protagonista es una prostituta que se enfrenta a una sociedad vil e intolerante en los albores de la Primavera Árabe[1]. Actualmente, Benzine trabaja en una adaptación de Así hablaba mi madre para el teatro, como así también para el cine.
En nuestra lectura de la novela, además de las temáticas de la vejez y el amor filial entre una madre y su hijo, advertimos y destacamos un aspecto latente que cobra mayor importancia a medida que avanza la historia: la cuestión de la violencia en la lengua. La especial relación que ejerce la madre (pobre, inmigrante y analfabeta) con la lengua francesa, su segunda lengua, produce en la sociedad belga un fuerte rechazo que se evidencia en la lengua misma: la madre es humillada, incluso por sus propios hijos, que sienten vergüenza de ella por no pronunciar correctamente el francés en una sociedad que juzga y no perdona. Consideramos, entonces, que, como consecuencia del proceso migratorio y de su falta de carácter, la madre es la única de la familia que no ha logrado integrarse en el mundo francés.
Inmigración: una lengua prestada
En Así hablaba mi madre, el narrador –el hijo menor– evoca el proceso migratorio de sus padres como un desplazamiento azaroso y sin sentido. Ellos habían salido de Zagora, Marruecos, a mediados de los años cincuenta hacia Bélgica. Una vez allí, se habían establecido en la localidad de Schaerbeek, donde, al fin y al cabo, no les iba tan mal. Como mencionamos antes, el hijo nunca llegó a comprender el recorrido migratorio de sus padres, y tampoco había tenido ganas de hacerlo: “Mis padres y yo vivimos juntos pero nunca al mismo tiempo” (Benzine, 2021: 14), confiesa.
El padre trabajaba en una trituradora cerca de Bruselas. Pasaba sus días destruyendo toneladas de material sin vender de toda clase, desde el libro de tapa blanda hasta el diario local. Libros, revistas y diarios se llevaba cada día a su casa. Allí, los usaban para calefacción, aislamiento de las ventanas, fijar algún mueble o como pañales para los niños; y a veces, incluso, para la lectura. Aunque no sabía leer en francés, el padre tenía particular afección por la revista Modes et Travaux, cuyo público se restringía a la mujer ama de casa, chic y parisina. Sin embargo, él se sumergía durante horas en los consejos de moda, decoración, cocina o belleza y se detenía en las páginas dedicadas a la costura, en especial al tejido. Así había aprendido a leer. Unos días antes del cumpleaños número siete de su hijo menor, el padre muere aplastado por una tarima de libros. Afirma el hijo: “Un destino que no me enemistó con la lectura, solo con las tarimas. O eso creo” (2021: 16).
En cuanto a los hijos, el narrador y protagonista es quien se encargaba de la educación de sus cuatro hermanos, a pesar de ser el menor. Él era el único que leía la pila de libros que su padre llevaba a casa. Sus hermanos se mudaron rápidamente con sus esposas o compañeras, abandonando el hogar paterno.
En lo que respecta a la madre –una mujer cansada, agotada, desgastada por la vida y sus vicisitudes–, es su condición de inmigrante lo que forja su carácter: “Siempre la vi agachar la cabeza con respeto delante de los señores y señoras con sombrero, de apellido noble, con un buen auto, o con un auto a secas, y hasta con vivienda social” (2021: 22), pronuncia el hijo. Se rehusaba a pedir ayuda por temor a molestar y porque, además, no quería mostrar fragilidad. Así, a pesar de su sumisión, nunca se mostraba vulnerable. Explotada por excelencia, nunca encontraba nada para objetar sobre su situación social. Nunca perdía la sonrisa. En cuanto a su cultura natal, experimentaba un amor desmedido por los miembros de la realeza. Como toda marroquí bien educada, no dejó de profesar un gran respeto por la familia real. Esto demuestra un gran apego cultural a su país de origen.
Si nos detenemos en el recorrido migratorio de la madre, nos parece conveniente antes reflexionar sobre la noción de “inmigración”, que da lugar al traslado que el sujeto realiza de un país a otro, distinto y distante, para establecerse en él en forma permanente, aunque tenga la posibilidad de retornar al lugar del cual proviene (Grinberg y Grinberg, 1984). En el caso de la novela, desconocemos el motivo por el que los personajes migran a Bélgica. En cambio, sabemos que para la madre fue un proceso arduo que nunca logró asimilar. Y esto se debe a varios factores.
En primer lugar, Grinberg afirma que, cuando el sujeto migra, siente una suerte de desamparo y necesita imperiosamente que alguien, ya sea persona o grupo, en el nuevo medio asuma funciones de maternidad y continencia que le permitan sobrevivir (Grinberg, 1984: 93). La madre de estos cinco niños pudo ser para ellos ese espacio seguro de amparo y protección, sin embargo, no logró encontrar brazos que la acogieran a ella en su llegada. En este punto, un factor de enorme importancia que puede gravitar en el destino de una migración es la reacción de los miembros de la comunidad receptora frente a la llegada del inmigrante. La calidad de estas reacciones influye de distintas maneras en la evolución de su asentamiento y adaptación. En lo que respecta a la madre, no fue bien recibida en la sociedad belga, y no solo por su condición de inmigrante, sino –sobre todo– por ser pobre y analfabeta. Ella siempre se sintió una menos que nada:
… sus patronas más groseras agobiaban sin descanso a esa sirvienta “árabe”, por mucho tiempo sin permiso de residencia. En cuarenta años de trabajo arduo en casa de empleadores sin escrúpulos, desde el piso hasta el techo creo que mi madre le sacó brillo varias veces a la circunferencia de la Tierra. Una esclavitud moderna que se amplificó con la muerte de mi padre pero que le permitió hacer sobrevivir e incluso vivir a sus cinco hijos. Hasta hace un pasado muy reciente, mi madre nunca nos dijo nada de los sufrimientos que soportó (Benzine, 2021: 22).
Esta cita nos permite vislumbrar la hostilidad hacia el recién llegado, que también suele manifestarse en formas sutiles. Por ejemplo: no intentando entender ni hacerse entender por el extranjero, sino acentuando las diferencias lingüísticas, como para confirmar que es imposible lograr la comprensión del medio. “Estos interlocutores usan la lengua como defensa frente al nuevo…” (Grinberg y Grinberg, 1984: 104). El conocimiento de la lengua francesa, más que aproximativo, de la madre contribuye de manera crucial a su sentimiento de ser una “menos que nada”.
En el intento por explicar el comportamiento de la comunidad receptora frente a la llegada del inmigrante (antes mencionado), nos parece interesante rescatar el término l’étranger (“el extranjero”), de Julia Kristeva, que desarrolla en Étrangers à nous-mêmes (1997), debido a que este supone un cambio de perspectiva: es el migrante mirado desde el lugar del nativo. El extranjero es definido como aquel que no pertenece al grupo, que no es uno de ellos, el otro. La noción de “extranjero” pone de relieve no la experiencia del sujeto desplazado, sino las reacciones que este sujeto, en el nuevo entorno, provoca en los miembros del grupo al que se integra. Así, el extranjero, cuya definición se restringe –en principio– a los límites de la nación (el que no pertenece a la nación en la que se encuentra, que pertenece a otra soberanía), aparece como una metáfora de la otredad, tanto en una dimensión intrasubjetiva o psicológica (relación del sujeto consigo mismo), como en una dimensión intersubjetiva (relación de identificación que vincula a los miembros de una nación) (Mandolessi, 2010). Señala Kristeva: “Étrangement, l’étranger nous habite: il est la face cachée de notre identité […], l’étranger commence lorsque surgit la conscience de ma différence et s’achève lorsque nous nous reconaissons tous étrangers, rebelles aux liens et aux communautés” (Kristeva, 1997: 13).
Lo expuesto hasta aquí nos permite dar cuenta de dos aspectos: por un lado, el inmigrante –desde su llegada– acaba por convertirse en otro, por el solo hecho de no ser nativo del suelo donde se encuentra; por otra parte, el nativo configura su identidad a partir de la imagen del otro, del extranjero, quien actúa como su lado oculto y siniestro.
Para referirse a lo siniestro, Kristeva –en Étrangers à nous-mêmes– recupera a Freud, quien considera que lo siniestro supone una desintegración del espacio psíquico; es la sensación de que lo familiar se vuelve extraño, habitado por algo radicalmente otro. Ese elemento otro no es, en realidad, más que un elemento del sujeto reprimido con anterioridad, y que, en la experiencia de lo siniestro, retorna y se manifiesta. La alteridad presente en la experiencia de lo siniestro es un elemento que en realidad pertenece al sujeto, es una parte de sí mismo que lo habita, pero que, por haberse defendido a través de la represión, no reconoce como propia. En la sensación de lo siniestro, son precisamente esas defensas las que caen y permiten que lo otro salga a la luz. Kristeva habla de una experiencia de despersonalización o desestructuración del yo. La lógica de lo siniestro representa, por lo tanto, la irrupción de lo otro en lo que aparece hasta ese momento como un sujeto homogéneo, sin fisuras. Esta fuerza disruptiva obliga al sujeto a enfrentarse con la radical alteridad que lo habita. Aunque lo siniestro destruye la integridad imaginaria del yo, Kristeva argumenta que esta desestructuración del yo es un recurso antes que una amenaza. La despersonalización se vuelve un recurso cuando, deshaciendo las proyecciones defensivas, posibilita un encuentro con lo absoluto otro (Mandolessi, 2010: 77).
En la novela de Benzine, la madre, la extranjera, representa ese ser extraño que proviene de afuera, es el otro que habita la identidad del nativo, su cara oculta. En este sentido, ambas identidades se reconstruyen. Por ello, para Grinberg la migración es un proceso tan largo que muchas veces no acaba nunca (1984: 92).
En ese interminable viaje, la madre toma posesión del país en el que vive a través de la música y la literatura; es la forma que encuentra para habitar el mundo que desconoce y del que no se siente parte. Su rostro se iluminaba al escuchar “Helwa Ya Baladi”, una canción sobre el exilio, una oda de amor al país al que siempre se espera volver para encontrar las luces del pasado y el recuerdo de los primeros amores. Esa canción atravesaba tanto a la mujer, que cerraba los ojos, inclinaba la cabeza y se balanceaba al ritmo de la suave melodía; estaba como en otra parte, buscando las imágenes, los colores y los olores de su pueblo natal. En cuanto a la literatura, ella solo se contentaba con escuchar leer a su hijo un único libro, una novela, La piel de zapa de Balzac. Debemos la elección de la obra a un dato autobiográfico que el propio Benzine confiesa en el contexto de una entrevista: cuando él era adolescente, le atrajo el título de esta novela que no entendía. Le parecía extraño y hermoso a la vez asociar el dolor a una piel. Más tarde comprendió que no debía entender el disgusto en cuanto tristeza. Investigó y supo que el término provenía del turco sagri, que significa la piel de un animal, en este caso el burro, y el cuero que se preparaba con ella. En el siglo xvi, la lengua francesa lo tomó prestado como sagrin, luego chagrín; un cuero es chagrinado para darle un grano. Este cuero tiende a encogerse a medida que envejece. Así, Balzac hace de esta expresión una novela filosófica sobre el deseo que se marchita como ese cuero. Sin embargo, lo que más atrae la atención de Benzine es la existencia de un cuento oriental que se narra en la novela y que Balzac descubre. “Como hijo de un inmigrante [cuenta Benzine], estaba orgulloso de encontrar una parte de mi cultura en la literatura francesa” (Zolezzi, 2021: 4). Al final, la literatura que había separado a la madre y su hijo (él, profesor de Letras, apegado siempre a los libros; ella, analfabeta) es lo que les permite reconectar su lazo.
Como consecuencia de su condición de inmigrante, aparece en los hijos –no así en sus padres– la vergüenza de no ser más que extranjeros. Pero es el hijo menor, a partir de los hechos rememorados, quien asume la falta de conciencia en cuanto a la riqueza de su cultura natal, la cultura árabe, y de la presencia de su madre, la encargada de regresarlos a sus orígenes, a su lengua, de la que solo conocían pocos aspectos, pero que, sin embargo, ella encarnaba. Y aquí asoma la incertidumbre del hijo, quien no comprende cómo ellos fueron capaces de “integrarse” cuando la madre era descalificada de entrada, solo por su manera de hablar o de ser frente a los otros. En realidad, la falta de vergüenza en su madre se debe a que ella nunca llegó a ser consciente de su acento o de por qué sus hijos se reían cuando hablaba o cantaba. Esto último nos advierte que la condición de inmigrante, pobre y analfabeta se vuelve una experiencia habitual para ella, quien –en otras palabras– se acostumbra a la sumisión y la inferioridad. En cambio, su hijo se llena de culpas por haber sido un “tránsfuga de clase” y por haber mirado con superioridad la vida poco emocionante de una inmigrante inculta, resignada a agachar la cabeza y a sufrir desprecios en una lengua prestada.
Consideramos que el acto de cuidar de su madre, asearla y leerle todas las noches su libro preferido le ayuda a redimir la culpa, aunque de manera inconsciente. Como todo hijo, siente que le debe mucho a su madre, así que elige estar a su lado en sus últimos instantes.
Violencia y lengua
Cuando leemos el título de la novela de Benzine, Así hablaba mi madre, inmediatamente nos resuena el de una de las obras clásicas de la literatura, Así habló Zaratustra, de Nietzsche. Aunque el primero no se trata precisamente de un tratado de filosofía, sino de la historia de un hijo, sin nombre, que vive junto a su madre, también sin nombre, para acompañarla en su vejez. El relato logra construir una majestuosa intimidad en la que madre e hijo se ven inmersos, y trata de cómo en algún momento de la vida los hijos se vuelven padres de sus padres.
En líneas anteriores, señalamos que tanto la música como la literatura son las maneras que elige la madre para tomar posesión del país en el que vive. Ambas funcionan como medios que ella utiliza para entrar en diálogo con ese mundo cuya lengua no habla. Las canciones que aprende, el libro de Balzac al que tanto se aferra son como anclas que la devuelven a la orilla desconocida de la cultura francesa, una cultura a la que no puede acceder a través de la lengua. Aquí es donde la cultura adquiere su dimensión universal y donde los papeles se invierten: ella no sabe leer, así que el hijo le lee; él no puede oír todo lo que su madre tiene dentro de ella, así que ella oye. Es en esos momentos en los que cada uno repara la fragilidad o la minusvalía del otro. Él lee en su lugar y ella escucha en el suyo.
Por ello, este texto es también una oportunidad para subrayar hasta qué punto el hecho de compartir una cultura “popular” y no necesariamente “culta”, que apela a lo común, puede hacer mucho para unir a personas de distintos orígenes en algo común. Tal vez en eso consiste la cultura (Lorenzón, 2021: 5).
Entonces vemos que la obra está plagada de intertextos (canciones árabes y fragmentos de la novela de Balzac), que unen la cultura de origen de la madre con la del nuevo país en el que vive y cuya lengua desconoce.
La madre había intentado aprender el francés de manera vaga, repitiendo incansablemente sílabas –de las que no entendía ni el sentido ni las reglas combinatorias– que descifraba en las revistas que sus patronas tiraban a la basura y que ella recuperaba a escondidas como si se tratara de un fabuloso tesoro. También solía mirar las mismas telenovelas, tratando de reproducir las entonaciones de voz y las expresiones que usaban las actrices que más le gustaban. Así, en sus frases se mezclaban torpemente y sin ninguna lógica gramatical bereber, francés y árabe.
El desconocimiento de la lengua francesa no solo le trajo problemas (con la policía, los impuestos, el servicio social, el banco, los hospitales y todas las administraciones), sino también burlas y hostigamientos. Su acento y las frases construidas penosamente provocaron enojo en la gente: le decían que a su edad ya era tiempo de que aprendiera a leer. Así, “la lengua de Molière la aprendió a puro cachetazo y humillación” (Benzine, 2021: 22), sobre todo de parte de sus patronas. De ellas también solía escuchar y repetir: “Sanamos si nos atacan con una lanza, pero no sanamos si nos atacan con la lengua” (2021: 66). Esta última frase nos sumerge, a nuestros ojos, en la problemática fundamental de la novela, la cuestión de la violencia en la lengua.
Para Barthes (2002), la Lengua es la instancia por excelencia, de allí su mayúscula, que nos constituye como sujetos –sujeto de la palabra, por sujeción a ella– y vive de, para y gracias a nosotros. “On naît et on est dans la langue” (Voysset-Veysseyre, 2010: 3). Así, la lengua nunca muere, es inmortal, aunque sí puede matar. En este sentido, lo que nos interesa destacar de la propuesta de Barthes es la idea de la violencia en cuanto sustancial a la lengua. La violencia es definida por el teórico francés como una coacción ejercida sobre alguien para obligarle a hacer algo que no quiere. De este modo, la lengua se relaciona con la violencia en el uso cotidiano. Finalmente, es la violencia la que convierte la lengua en un lugar de poder, ya que hablamos siempre en una lengua y, en este sentido, caemos bajo su pulgar (sujetos a ella). Es por esta razón por la que Barthes la concibe como fasciste. “Mais la langue, comme performance de tout langage, n’est ni réactionnaire, ni progressiste; elle est tout simplement: fasciste; car le fascisme, ce n’est pas d’empêcher de dire, c’est d’obliger à dire” (Barthes, 1978: 14). Así, la lengua es fascista en la medida en que es opresiva o incluso represiva: oprime, domina y esclaviza.
Así hablaba mi madre es una constante puesta en escena de la violencia que sufre la madre por su escaso conocimiento del francés. Violencia no solo de parte de la sociedad en la que vive, sino incluso de sus propios hijos, quienes sentían vergüenza de su condición de iletrada, de su acento marcado y de las frases que construía al hablar, que revelaban un origen extranjero y campesino (ella se había criado en un establo, donde trabajaba y dormía). Uno de los factores que más influye en la diferencia cultural entre ella y sus hijos es la escuela: “La cultura escolar excluye tanto como integra y los padres extranjeros son sus primeras víctimas” (Benzine, 2021: 46-47), comentaba el hijo menor haciendo referencia a varios episodios en los que los profesores no entendían las expresiones de la madre. Esa cultura escolar es la que desarrolla en el hijo un inconsciente pero real desprecio de clase que aún lo contamina y lo avergüenza.
Este racismo del que da cuenta la novela de Benzine, y que se imprime en la lengua misma, es al que hace referencia Barthes, quien sostiene que dejará de existir cuando no haya más lengua, porque “le racisme fait partie de la servilité de la langue” (Barthes, 2007: 63). La lengua es entonces un instrumento de dominación; y nosotros, en cuanto sujetos a ella, participamos de la violencia que la envuelve y la corroe. Tal como lo expresaba Derrida en La hospitalidad (2014), la primera violencia que recibe el extranjero es la imposición del nativo de traducir su propia lengua, ya que el extranjero es sobre todo extranjero a la lengua del derecho en la que está formulado el deber de hospitalidad.
Si bien en la novela se remarca la condición de analfabeta de la madre, advertimos –junto al hijo menor– la enorme sabiduría que de ella emerge, y que no es más que la que obtiene justamente de su experiencia de vida como inmigrante, iletrada y pobre. Esos calificativos la convierten, finalmente, en una mujer sabia cuya riqueza no es reconocida sino casi al final de la historia, cuando el hijo advierte que, a pesar de no haber aprendido a leer ni a hablar el francés, su madre no deja de sorprenderlo con su poesía: “¿Ves, hijo mío, esos copos? Son las almohadas de los ángeles… vienen a buscarme” (Benzine, 2021: 92).
Así, de a poco, se va tejiendo la intimidad entre la madre y su hijo, para quien la respiración de ella se vuelve el hilo de su vida. Vislumbrar la existencia sin ella le parece algo ineludible pero completamente insoslayable, indignante, desgarrador; imposible de superar. Él se convierte en su sombra y, consciente de ello, afirma:
No sé si mi madre ha sido una buena madre. O simplemente una madre que hizo lo que pudo. Con lo que Dios le dio como conocimiento, como amor, como coraje. Como paciencia, también. Solo sé que es la mía. Y que mi mayor riqueza en esta vida es haberla podido amar (2021: 94).
A partir de este recorrido, podemos concluir que la violencia, que deja su marca en la lengua, se representa en Así hablaba mi madre no solo a través de las humillaciones que padece la madre por desconocer el francés, la lengua del país en el que reside, sino también –como expone Barthes– por el simple hecho de que la lengua es, en sí misma, violencia; esta obliga a decir. También advertimos, siguiendo a Derrida, que apropiarse de la lengua de migración, no apropiarse de ella, sino exapropiarse de ella, pasa por esta operación de alteridad lingüística que consiste, a veces violentamente, en engendrar más de una lengua en una lengua. Es el caso de la protagonista, quien, en el intento por emitir frases, mezcla tres lenguas, bereber, árabe y francés. Finalmente, nos interrogamos junto con Derrida:
… ¿debemos exigir al extranjero comprendernos, hablar nuestra lengua, en todos los sentidos de este término, en todas sus extensiones posibles, antes y a fin de poder acogerlo entre nosotros? Si ya hablase nuestra lengua, con todo lo que eso implica, si ya compartiésemos todo lo que se comparte con una lengua, ¿sería el extranjero todavía un extranjero y podríamos hablar respecto a él del asilo o de hospitalidad? Es esta paradoja lo que veremos precisarse (2014: 23).
Referencias bibliográficas
Barthes, Roland (1978). Leçon inaugurale de la chaire de sémiologie littéraire du Collège de France prononcée le 7 janvier, París, Seuil.
Barthes, Roland (2002). Le Neutre, París, Seuil.
Barthes, Roland (2007). Le discours amoureux. Séminaire à l’École pratique des hautes études, París, Seuil.
Benzine, Rachid (2021). Así hablaba mi madre, Buenos Aires, Edhasa. Traducción de Lucía Dorin.
Casa Árabe, disponible en red: www.casaarabe.es [ref. 21 de enero de 2021].
Derrida, Jacques (2014). La hospitalidad, Buenos Aires, Ediciones de la Flor.
Grinberg, León y Grinberg, Rebeca (1984). Psicoanálisis de la migración y del exilio, Madrid, Alianza.
Kristeva, Julia (1997). Étrangers à nous-mêmes, París, Folio.
Lorenzón, Claudia (2021). “Rachid Benzine: La diferencia cultural, religiosa, étnica es insuperable en el imaginario francés”, en Grupo La Provincia, disponible en red: bit.ly/3eftPNp [ref. 25 de enero de 2021].
Mandolessi, Silvana (2010). “Sobre exiliados, migrantes y extranjeros: hacia una definición terminológica”, en Cahiers du CRICCAL, 39, 71-78.
Voysset-Veysseyre, Cécile (2010). “Violence dans la langue: le cran d’arrêt vu par Roland Barthes”, en Hal, disponible en red: bit.ly/3ytwiKU [ref. 24 de enero de 2021].
Zolezzi, Raúl (2021). “Entrevista a Rachid Benzine. La condición migrante”, en Perfil, disponible en red: bit.ly/3MyliSt [ref. 24 de enero de 2021].
- Las protestas árabes de 2010-2012, conocidas como “Primavera Árabe”, corresponden a una serie de manifestaciones populares en clamor de, según los manifestantes, la democracia y los derechos sociales organizada por la población árabe.↵








