Graciela Ferrero
Pas besoin de gril: l’enfer, c’est les Autres.
Jean-Paul Sartre, Huis clos
Desde las aproximaciones a la violencia asociada a la política y al poder, trabajada por politólogos, polemólogos (Bouthoul, 1960) e irenólogos (Galtung, 2008), hasta la violencia como mito del origen, indagada por antropólogos en las fuentes de la antropología política (Balandier, 1986, 1989), pasando por corrientes psicológicas sobre las teorías de la agresión (Klinemberg, 1975), por la criminología (Pinatel, 1971) e incluso por teorías psicoanalíticas (Bleichmar, 2008) o por la biopolítica (Espósito, 2011; Agamben, 2003; Bauman, 2004), no existe teoría capaz de abarcar todas las formas de violencia que en una sociedad pueden manifestarse.
Frente a la densidad semántica y a la inaprehensibilidad conceptual del fenómeno, la realidad violenta del presente (Amartya Sen, 2006) no tiene pausa ni reconoce límites. No resulta extraño, por lo tanto, ni la multiplicidad de abordajes disciplinares, ni la interdisciplina que se ha constituido para coagular sus respectivos aportes, ni la transdisciplina a la que se aspira para la generación de nuevas y más amplias perspectivas analíticas.
La recepción estética de esta vigencia supone, en el caso particular de la literatura, que esta se instituye como una second order observation sobre la violencia. Es capaz, como en otros casos, de producir un saber cultural que está a disposición de la sociedad como un metasaber sobre sí misma; por otra parte, los espacios de la literatura permean la normalidad y la normatividad de una cultura y de una sociedad, ponen en escena digresiones y disuelven estéticamente las codificaciones binarias de un fenómeno contextual y culturalmente ambiguo y problemático como es el de la violencia.
Justificar la elección de un tema como el poder de la violencia en contextos artístico-literarios supone la disposición de comprender el fenómeno (comprensión como proceso de adquisición de sentido), pero, además, un posicionamiento: el análisis, la interpretación y la posterior generación de conocimiento respecto de lo inenunciable suponen un gesto simbólico de contraviolencia nacida de la escritura reflexiva y pretendidamente responsable. Al ser la literatura un espacio imaginario privilegiado para hacer converger la comprensión y el juicio, se cristaliza en ella la potencia beligerante de un modo de la praxis política: contradecir y contrahacer.
Los relatos de la violencia aquí seleccionados constituyen, por otra parte, un recordatorio, una reactualización y, a la vez, una reparación simbólica del trauma. Los autores de las ficciones y también los de las operaciones críticas actúan como traductores (o mejor, intérpretes) del dolor y del exceso. La autoría no implica, en estos casos, solo un acto de libertad creativa o crítica, sino de responsabilidad (en su sentido etimológico de “dar respuesta”) ante el cainismo de la vida social y la cultura: el ethical turn del que habla Rancière recorre estas travesías críticas.
Hemos abordado un conjunto de obras de las últimas décadas del siglo xx y del xxi de autores de distintos orígenes, lenguas y culturas, en la convicción de que la ficcionalización de la violencia se configura como una respuesta universal, más allá de las especificidades sociopolíticas que sin duda marcarán la trayectoria temática del conjunto. Este se convierte en polifonía epocal, donde se produce semiosis no solo a partir de cada texto considerado individualmente, sino desde su combinatoria.
Por otra parte, los textos sobre los cuales se ejerce la operación crítica son portadores de un amplísimo espectro de instrumentos retóricos, de mostración del fenómeno, que van desde la sátira hasta las memorias y el testimonio, desde espacios textuales en los que la violencia no solo se tematiza, sino que se exhibe como crispación discursiva que supera los límites lingüísticos y retóricos de la narrativa tradicional, hasta aquellos fundados en la ficcionalización de discursos politológicos e historiográficos, o en la deconstrucción, por el absurdo, de los discursos oficiales.
En los sucesivos capítulos, asumimos la densidad semántica que el término “violencia” entraña y la multiplicidad de fenómenos a los que refiere: la violencia política (la fuerza física y el terror político ejercidos por las autoridades o por sus opositores); la estructural (opresión político-económica incrustada históricamente y desigualdad social, ambas de carácter crónico y sistémico); la omnipresente violencia simbólica (vis que esconde la matriz basal de las relaciones de fuerza que explican el sexismo, el racismo y las expresiones multifacéticas del poder de clase); y la cotidiana, subyacente u ostensible en las prácticas habituales a nivel microinteraccional.
A pesar de la fragmentación que supone la división en capítulos y el abordaje de textos diferentes, estos dialogan entre sí, y las líneas teóricas y modalizaciones ficcionales necesariamente se entrecruzan y superponen. Múltiples narrativas para una diversidad tipológica de conflictos.
Las modalidades de la retoricidad inherente a los textos literarios han sido el criterio de segmentación del presente libro. Lejos de reducir lo retórico a una tropología, lo concebimos como un repertorio de estrategias ligadas a clases discursivas generalmente identificadas con lo que tradicionalmente se ha llamado “géneros literarios”: las convenciones discursivas, la dimensión ideológica (socioideológica y cultural) que atraviesa las escrituras y los dispositivos de producción de semiosis son los elementos tenidos en cuenta en este intento de organización.
Textos dramáticos
La violencia en la dramaturgia de B-M Koltès, abordada por Amelia Bogliotti a partir de tres textos paradigmáticos, Tabataba, Combate de negro y de perros y Roberto Zucco, es fundamentalmente subjetiva, física o verbal, dirigida hacia el otro o autoinflingida, pero inherente a la vida misma. Al margen de esta dominante de lo intersubjetivo, “se inmiscuyen otras violencias, objetivas, responsables de grandes malestares que Bernard- Marie Koltès devela, con sutileza, sin pathos (Bernard, 2014), y gran maestría”. Prolijamente analiza la autora del capítulo la crispación discursiva presente en los textos, pero fundamentalmente en la semántica de los títulos y en los nombres de los personajes: animalización de lo humano (devenir animales, lo llama Pascal Robitaille), humanización de lo animal, cosificación y desnominación, como muestras de un corrimiento y una horadación de la persona, un exceso y desborde que es correlato de la omnipresencia de la violencia.
Noelia Martínez Villegas realiza su operación crítica a partir de cinco textos dramáticos en los que la violencia es el eje que atraviesa las historias de las mujeres que son sus protagonistas. Los textos abordados, de la dramaturga española Diana de Paco Serrano, son Polifonía, de 1999, Espérame en el cielo… o, mejor no, de 2012, Morir de amor, de 2013, África L., de 2014, y Casandra, de 2016. Cada una de estas obras expone modulaciones de la violencia de género y correlativas flexiones de discurso femenino contrapatriarcal. Mujeres de distintas épocas, culturas, edades y condiciones sociales protagonizan esta selección de la dramaturgia de Diana de Paco Serrano y exhiben, a partir de esta multiplicidad, un constante dispositivo de opresión y silenciamiento. Es este, en definitiva, el programa autorial: dar voz a las víctimas y defender sus disidencias.
Lecturas comparadas
“Violencias visibles, violencias imperceptibles: procesos de subjetivación en la literatura francófona contemporánea” es el título del capítulo en que Natalia Ferreri indaga sobre la convergencia de dos tipos de violencia: una invisible ‒discreta, según Lemoine‒ llamada “microviolencia” o “microfísica”, desde los postulados de Michel Foucault, y otra violencia visible, ejercida directa y brutalmente sobre el cuerpo. Ferreri articula fundamentos de la biopolítica para desmontar los modos de la violencia exhibida en la diégesis de obras escritas en lengua francesa, pero de autores no franceses, algunos de los cuales han sufrido el desarraigo (también violento) del exilio: Pavel Hak, bohemio; Boubacar Boris Diop, africano; Gaël Faye, nacido en Burundi; Laura Alcoba, argentina; y Marc Meganck, belga. En las cinco obras, se tematizan hechos históricos recientes generadores de una macroviolencia envolvente y su correlato en los cuerpos sometidos y en los procesos de subjetivación que desde esas corporalidades “sujetas” se desatan.
Leer críticamente a Murakami desde la traza de una semiótica de la cultura cruzada con los aportes de Byung-Chul Han es el desafío que aborda Gabriela Mondino en “La subjetividad contemporánea o la experiencia íntima del vacío y la violencia”. En cinco novelas, analiza la representación estética del desencanto de una generación alienada por el sistema implacable del capitalismo en la densa urbe de Tokio. La muerte voluntaria opera, para los sujetos ficcionales cuya individualidad ha sido violentada, como gesto de protesta ante un sistema que los invisibiliza.
El suicidio se yergue como forma extrema de la autoagresividad resultante de una excesiva regulación social “silenciosa” de las grandes ciudades globales. Las muertes autoinfligidas, sostiene la autora del capítulo, constituyen una interpelación a la vida en un gesto de soberanía y resistencia.
Narrativa
“Huellas y proyecciones de la violencia en novelas de Edgardo Cozarinsky” es el título del capítulo en el que Silvina Perrero discurre sobre las dimensiones de la violencia ficcionalizadas en tres textos del escritor argentino: La tercera mañana (2011), Lejos de dónde y Dark (2016). La primera de estas dimensiones se constituye en el espacio imaginario de Lejos de dónde: una suerte de memoria social de la violencia, que entrelaza dos formas de su realización extrema en la existencia de la protagonista: el Holocausto y los sucesos de la dictadura argentina. Una segunda dimensión, no separada, pero sí discernible de la anterior, es la latente y perdurable violencia urbana, violencia oscura, sistémica, estructural, que las comunidades padecen más que ejercen.
En ambos casos el fenómeno está marcado por una suerte de larga duración temporal, que actúa como el correlato de una condición que Cozarinsky atribuye a la humanidad.
Patria, de Fernando Aramburu, es el texto en el que Cecilia Malik de Tchara indaga sobre el modo en que la literatura resuelve la batalla hermenéutica por la construcción del relato histórico, es decir, cómo da cuenta de la violencia de ETA, la resuelve estéticamente, y eventualmente contribuye a problematizarla en cuanto constitutiva de una forma de vinculación social.
Violencia política, terrorismo, dinámica interaccional de los actores del conflicto, víctimas, victimarios y testigos son escrutados a partir de una afirmación que le permite a la autora del capítulo plantearse el “después de ETA”: “La violencia altera y reconstruye el sentido intersubjetivo de las interacciones sociales” (Espinosa Lima, 2019). Este es el nodo a partir del cual Malik centra el análisis del ethos y el pathos de las subjetividades ficcionales durante el imperio de la lucha armada y el posterior “proceso de paz”. Cuestiones como la complicidad, el silencio, la memoria y el perdón son abordadas en el marco de una reivindicación de la literatura como vehículo para desplegar esa “imaginación spinoziana que lleve a la empatía”.
En “(Con)vivir con una lengua prestada: violencia e inmigración en Así hablaba mi madre, de Rachid Benzine”, Noralí Mola se cuestiona el entrecruzamiento de tres líneas temáticas: violencia, lengua y migración. La historia está centrada en un hijo, sin nombre, que vive junto a su madre, también sin nombre, para acompañarla en su tiempo final. La mujer es una inmigrante marroquí residente en Bélgica, “sirvienta árabe, por mucho tiempo sin permiso de residencia”; sobre ella se ejerce una violencia simbólica sostenida a causa de su “extranjería” lingüística: en sus frases se mezclaban torpemente y sin ninguna lógica gramatical bereber, francés y árabe. Benzine no traza el típico y tópico alegato antirracista, sino que, por el contrario, su texto aborda (y esto es rescatado por Mola) la complejidad del fenómeno: la paradoja de una revictimización del inmigrante por parte de los hijos, integrados a la cultura del país de acogida.
Narrativa breve
Federico Frittelli aborda en el cuento “De memoria” de Germán García, uno de los directores de la mítica revista Literal, una forma de violencia estructural muy sutilmente trazada por el izquierdismo antipopulista de García: un “enfrentamiento” entre intelectuales (los trasnochados del título del capítulo) y obreros. El gesto trivial de pedir fuego se desarrolla en el cuento como un acto de “servicio debido” de los trabajadores hacia los trasnochados, y, para Frittelli, esta acción aparentemente despojada de trascendencia (y del patetismo inherente a la literatura engagée) es la expresión de la omnipresente violencia simbólica que esconde la matriz basal de las relaciones de fuerza multifacéticas del poder de clase.
La violencia bélica es el eje temático que analiza Marcos Demichelis en dos textos de la literatura argentina: el cuento “Muero contento” de Martín Kohan y “La granada” de Rodolfo Walsh. La guerra, en cuanto fenómeno, no es considerada en sus clásicas variantes de la agresión, la invasión, la infiltración o la infección, sino en las escisiones subjetivas experimentadas por los personajes ficcionales.
La guerra posee en estos textos una potestas que invalida la distinción entre dentro y fuera, amigo y enemigo, dominación y sumisión, propia de lecturas como la canónica de Carl Schmitt: la dimensión externa del conflicto se interioriza y deja expuesta la posibilidad de leer los sujetos violentados a partir del par categorial de nuda vida-existencia política que son, para Agamben (uno de los teóricos a los que apela Demichelis), nodos de comprensión de lo bélico en la política occidental.
Después de esta escueta referencia a los trabajos que integran el volumen, una consideración final que pretende dar cuenta de aquello que cohesiona su combinatoria. Nos apropiamos aquí del título del texto de Byung-Chul Han: topología de la violencia. Esto construye la literatura, no una tipología, sino una topología: una radicación, en el espacio discursivo, de las múltiples modalizaciones del proteico fenómeno que nos ocupa y, simultáneamente, una patología, en cuanto las ficciones son, además, pasiones.
Este carácter pasional de las ficciones es el punto en el que deseamos detenernos. Los trabajos aquí reunidos, no obstante las perspectivas teóricas particulares y los enfoques diversos que adoptan en sus análisis, coinciden en referirse, de una u otra forma, a un problema de fondo vinculado con la representación de la violencia: desde dónde contar. La opción, lejos de todo psicologismo, ha consistido en el rescate de los procesos de subjetivación determinados (no solo condicionados) por las torceduras que la violencia impone: sujetos descentrados, fragmentados, bestializados, disociados, sujetos sin agencia, como una vasta exposición contemporánea del homo sacer sobre el que teorizara Agamben.
Referencias bibliográficas
Agamben, Giorgio (2003). Homo sacer: el poder soberano y la nuda vida, Valencia, Pretextos.
Balandier, Georges (2004). Antropología política, Buenos Aires, Ediciones del Sol.
Bauman, Zygmunt (2004). Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Barcelona, Paidós.
Bleichmar, Silvia (2008). Violencia social – violencia escolar, Buenos Aires, Noveduc.
Bouthoul, Gastón (1960). Le phénomène guerre, París, Petite Bibliothèque Payot.
Espinosa Luna, Carolina (2019). “Cinco premisas sociológicas sobre la violencia”, en Sociológica, año 34, n.° 97, pp. 329-350.
Espósito, Roberto (2011). Bios. Biopolítica y filosofía, Buenos Aires, Amorrortu Editores.
Galtung, Johan (2008). “Forma y contenido de la educación para la paz”, en Paz por medios pacíficos: paz y conflicto, desarrollo y civilización, Bilbao, Bakeaz Lugar, Editorial.
Klineberg, Otto (1975). Psicología social, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica.
Pinatel, Jean (1971). La sociedad lacrimógena, Madrid, Aguilar.
Sen, Amartya (2006). Identidad y violencia: la ilusión del destino, Katz Barpal SL Editores.








