Patricia Cardona Z.
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Conocí a Roger Chartier en mi formación de pregrado, a finales de la década de los 90; El mundo como representación[1] llegó con fuerza a Colombia y fue, en ese momento, una obra central para problematizar el concepto de “representación”, que, en este libro, se desarrolla sobre la base de las discusiones de Louis Marin y su comprensión doble de la representación como “efecto y poder de presencia en lugar de la ausencia y la muerte”, presencia de la ausencia y como intensificación de la presencia del “propio sujeto legítimo y autorizado de exhibir calificaciones, justificaciones de lo presente y lo vivo serlo”[2]. Esta problematización del concepto desarrollada por Chartier fue de gran importancia en el país en los 90, porque respondía muy bien a las preguntas que, enmarcadas entonces en la recién estrenada constitución política de 1991, circulaban en aquella época con tanta fuerza sobre la naturaleza del poder y de la representación y sus efectos en la vida social y cultural.
Así, en principio, y a mi modo de ver, la lectura de Chartier se hizo a partir de la historia social y política; ello se explica porque en Colombia, en ese momento, las preocupaciones por las prácticas de lectura, los problemas de formatos, los vínculos culturales entre sociedades grafas y ágrafas apenas se esbozaban en el ambiente académico, y la violencia desatada durante aquellos años fue un motivo de preocupación de las ciencias sociales y de las humanidades que buscaban, desde diversas disciplinas e instituciones, encontrar algunas respuestas sobre un fenómeno que afectaba tan crudamente al país y sobre los efectos que en una democracia asediada por diversas fuerzas tendría la mencionada constitución política y su correlato de diversidad, de expansión de las ciudadanías y de activa participación política[3].
A medida que transcurrió mi formación académica, la obra de Chartier amplió sus horizontes para mí y su consulta fue cada vez menos instrumental y más encaminada a encontrar derivas teóricas y metodológicas para la investigación histórica en general, y para el estudio de la cultura escrita, la historiografía y la historia de públicos y formatos, temas que han ocupado gran parte de mi vida académica.
En este punto textos como Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna[4] fueron vitales para mi trayectoria investigativa: el uso de las fuentes, la correlación permanente entre estas y el material empírico, la manera en la que Chartier despliega la teoría para enriquecer la mirada sobre una época, un fenómeno cultural, actores y agentes, sin que aquella se convierta en una camisa de fuerza a la que debe amarrarse la realidad, antes bien, que el estudio y el consecuente trabajo hermenéutico de interpretación encuentre en la teoría un aliado para expandir los sentidos y producir, así, una mirada siempre renovada, abierta a nuevas posibilidades explicativas; ello hace que la obra de Chartier sea siempre generosa pues, antes que limitar y circunscribir al investigador a un punto de vista, una perspectiva o una mirada unívoca, invita siempre a dejarse a asombrar, a “escuchar a los muertos con los ojos”[5], a enfrentar la labor investigativa con amplitud y con una actitud siempre abierta a establecer diálogos con la filosofía, la literatura, y la sociedad. Asimismo, vale la pena señalar su profundo conocimiento del “momento historiográfico” en el que vive, actividad que quedó plasmada en cientos de reseñas de gran valor para el investigador en formación, gracias a la cantidad de elementos metodológicos que destaca de los autores a los que lee y de la riqueza de los comentarios que hace a propósito del oficio del historiador. En El juego de las reglas: lecturas, Chartier dejó consignada su experiencia de lectura y su actividad como lector, exponiendo en un trabajo de autorreflexión los diversos modos en los que la lectura es camino de relación y reconocimiento del otro[6].
En la actualidad, la obra de Chartier sigue siendo central en mi vida y en mi trabajo, en este momento en particular destaco y valoro profundamente su relación con la hermenéutica ricoeuriana[7] y sus diversos textos encaminados a la comprensión de la historia como disciplina que tiene una historia (historiografía) y a los debates sobre la naturaleza del conocimiento histórico y las múltiples problemáticas a las que se enfrenta el historiador. Señalo, específicamente, “Cuatro preguntas a Hayden White”[8], artículo en el que Chartier debatía las tesis narrativistas de White en Metahistoria, libro en el que proponía un análisis formal del texto histórico a partir de componentes prefigurativos de índole narrativa, presentes, según este autor, en obras de la filosofía de la historia y obras históricas del siglo XIX[9]. En cuatro preguntas a Hayden White, Roger Chartier no deja de reconocer la importancia que tuvo Metahistoria para los historiadores, toda vez que este texto suscitó múltiples inquietudes y discusiones sobre la narración en la historia y si la naturaleza del conocimiento histórica estaba de lo dado o lo elaborado, del lado de la imaginación o de realidad y si era el texto histórico un tipo de texto literario en el que las determinaciones retóricas, ideológicas y estéticas minimizaban la labor de construir conocimiento a la que aspira el historiador.
Chartier, de la mano de autores como Michel de Certeau, recordaba que la historia es un tipo de saber que, aunque materializado en la narración, es producto de operaciones técnicas, de una epistemología y de unas condiciones específicas de producción que posicionan a la historia como una disciplina que no se reduce solo a la imaginación y que no es exclusivamente narración[10].
Finalmente, quiero destacar, particularmente, el acercamiento que ha hecho Chartier a la hermenéutica, en una doble dimensión, de una parte a las teorías de la recepción que han revitalizado el circuito comunicativo y que han mostrado que ni la enunciación prefigura la recepción y que la recepción no es una acción ahistórica, que los receptores son poseedores de tradiciones y lenguajes y que la comprensión es una acción que pone en relación la enunciación con las condiciones de recepción, lo cual implica que el sentido no sea un fenómeno a priori y no pueda esta prefigurado en el momento de la enunciación; el sentido es pues un fenómeno histórico que además ayuda a pensar las formas de apropiación y uso de distintos bienes culturales. Unido a este problema, Chartier se aproxima a Ricoeur a partir de la noción de refiguración, con la que ahonda en el horizonte histórico del lector y en las condiciones de inteligibilidad que participan de la lectura y de la comprensión por parte de los receptores. Así, otras variables como la adopción, adaptación, vulgarización, traducción, etc., entran a participar del universo cultural como actividades que favorecen la comprensión, y el reconocimiento de la recepción como una acción “creativa” que integra una obra a un contexto[11].
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
A lo largo de mi vida académica, como intenté mostrarlo en la pregunta anterior, la obra de Chartier ha sido de gran importancia; en cada una de las etapas de mi formación, ha estado presente a través de distintos textos, con los cuales he establecido una relación acorde con el momento académico personal y también con los debates que circulan o han circulado en mi contexto.
La obra de Chartier ha sido central para las líneas de investigación que he venido trabajando; los temas relacionados con la historia del libro y la lectura encuentran en su obra no solo una guía metodológica irremplazable, sino un trabajo teórico cuidadoso y sugerente que siempre tiene algo que aportar y que permite, además, que el investigador vaya abriendo sus propios rumbos. En especial nociones como estrategias editoriales[12] han sido claves para mí, especialmente porque parte de mi trabajo ha estado centrada en reconocer lo que he llamado “libros o impresos populares” o “de uso popular en Colombia”[13], concepto con el que intento rebasar la idea de que lo popular es sinónimo de “populacho”, tal como llamaban algunos letrados colombianos a esos grupos sociales contingentes, ágrafos, predominantemente orales y marginados del proceso civilizatorio. En las orillas de ese abismo, la escritura de libros “populares” fue un importante servicio a la causa patriótica; en ausencia de profesores y escuelas, los libros podrían llevar a los confines de la república los avances de la ciencia, eran remedio contra la ignorancia y la barbarie, y herramienta indispensable en el camino que debía emprender la república hacia la civilización, la democracia y la felicidad común de sus habitantes.
Los libros populares no pueden reducirse en el cometido discursivo, ideológico o político, su naturaleza reside en la materialidad y en las condiciones técnicas y epistemológicas que determinan su producción. La nominación esbozaba el método, los propósitos, los alcances, los modos y los ámbitos de lectura de los impresos: los libros populares podrían estar claramente dirigidos a la escuela, por eso también pueden denominarse “de uso escolar”. La noción “obra popular” busca subrayar los usos fuera del contorno escolar, así como sus destinatarios letrados y las diversas prácticas de lectura. El libro escolar responde, sobre todo, a la gradación y segmentación de la escuela como institución responsable de la formación, la instrucción y la educación, y a la redefinición de la noción de infancia, aspectos que delinearon un mercado singular de textos circunscritos al aula de clase y a los grados de escolaridad, que se formalizó en las primeras décadas del siglo XX.
La noción de “impresos de uso popular” logra integrar en un marco social más flexible diversos estamentos culturales. Las estrategias editoriales permiten vislumbrar los diferentes mecanismos editoriales tendientes a favorecer la lectura y la apropiación de los textos, incorporando, por ejemplo, las lecturas comunitarias, los mediadores de lectura y los lectores populares, a veces más elusivos para el investigador. Las estrategias editoriales son definidas por Roger Chartier como una serie de recursos lingüísticos y de composición impresa que aseguran la inteligibilidad de los textos y su éxito comercial. En síntesis, constituyen un conjunto específico de prácticas que, de manera racional y planificada, participan de la elaboración de un impreso en relación con la capacidad lectora y de comprensión de los potenciales lectores; lo cual fue crucial en cuanto a la segmentación de los mercados y a la definición de obras doctas, voluminosas, extensas, con lenguajes más complejos y obras populares, más sencillas en cuanto a formatos y contenidos, manipulables y portables, cuyos lenguajes simples y directos podían ser mejor entendidos por un público con escasa formación. De allí que la noción de “estrategia editorial” ayude a configurar la de “impreso de uso popular”. De esta manera, se pueden reconocer no solo los elementos didácticos que contemplaba la retórica para favorecer la cognición y que incluían lenguajes simples, sin perder dignidad, organización en párrafos numerados, uso de cuestionarios, extensión, etc., y también el problema del mercado y sus correspondientes movimientos editoriales como elementos centrales de la elaboración de los impresos, sin caer en el autoritarismo del editor o del autor.
Esa noción muestra que un impreso, tal como lo plantea Chartier[14], es el producto de múltiples trayectorias y oficios, es decir, es un producto social y cultural, y no el resultado de la gestión de un individuo, y que las decisiones son el resultado de una lectura comprensiva de los contextos culturales en los cuales habría de circular un libro, un impreso, e, incluso, un discurso. Este concepto es potente porque une, precisamente, los procesos de enunciación, las condiciones de edición y los contextos de circulación, dando a cada fase de la producción textual un lugar y unas condiciones específicas y destacando, particularmente, que las condiciones de recepción son tan importantes como las de creación y que el impreso, o, en sentido más amplio, el texto en sus condiciones materiales (oral, escrita, audiovisual, etc.), no es solo un intermediario entre el autor y el lector, sino que representa, en sí mismo, un elemento de transmisión y diálogo cultural que merece ser estudiado[15].
Por otro lado, los trabajos de Chartier han sido claves para cuestionar la noción de influjo o influencia que tan fuertemente ha permeado la academia latinoamericana, estableciendo una relación mecanicista entre lo que se produce en los “centros” y su asimilación en los márgenes. Bajo el modelo de la influencia, campos como la historia de las ideas, la historia política o la misma historia de la educación reducen a los receptores en contenedores vacíos de tradiciones, intereses, lenguajes e historia y se asimilan a continuadores pasivos que incorporan, a la manera de autómatas, los discursos. De allí que la preocupación que introduce decididamente la obra de Chartier por los modos de lectura, como prácticas históricamente acotadas, y por los sentidos, como la convergencia histórica entre los textos y los contextos de lectura y la incorporación de la hermenéutica textual y de la teoría de la recepción, ha sido de gran importancia aquí, pues ha favorecido y consolidado teóricamente nociones de actualización y adaptación como actividades intelectuales que no se limitan a la reproducción mecanizada, sino que interrogan contextos específicos a fin de dar a un texto la pertinencia cultural e histórica que permita su legibilidad y la consolidación de nuevos sentidos, usos y apropiaciones[16].
Ya la obra de Paul Zumthor[17] anunciaba esta perspectiva cuando analizaba la performance poética en la sociedad medieval, señalando que la puesta en escena era parte del acto creativo del que participaban los auditorios y que estos, a su vez, eran cocreadores y podrían modificar, en sucesivas performances, los textos. De este modo, los receptores adquieren protagonismo como depositarios finales de un texto, pero no son más agentes pasivos, sino que participan activamente de la creación de sentidos y definen nuevos procesos culturales y hermenéuticos que hacen parte de todo el circuito cultural: las traducciones, las adaptaciones, las actualizaciones semánticas y performativas[18] son todas operaciones que favorecen la inserción cultural e histórica de los textos, y que por sí mismas deben ser estudiadas a fin de entender las derivas de sentido, las condiciones culturales y editoriales que han permitido la pervivencia de un texto, pero también el olvido de otros.
Quiero en este punto detenerme en la obra de Chartier como una provocación permanente a pensar de manera cuidadosa las derivas históricas de nuestra realidad latinoamericana; la mirada a veces subvalorada de los procesos de adopción, adaptación o actualización, las mismas traducciones en su sentido amplio, es decir, como una operación intercultural (lingüística, histórica, semántica, etc.) que abre y diversifica los diálogos diacrónicos y sincrónicos, deberían ser cuidadosamente estudiadas, pues, como nos lo muestra Chartier, no se ha tratado solo de una labor de reproducción mecánica y de copia, sino que, más bien, parte de una labor de reflexión sistemática sobre la propia realidad y de cómo los saberes circulan y son apropiados por los receptores a los que llegan, de manera que producen así nuevos saberes, nuevas elaboraciones culturales.
Pienso, por ejemplo, en las adaptaciones que se han hecho de diversas corrientes pedagógicas, como se hiciera en Colombia hacia finales del siglo XIX con el método pestalozziano que, de un lado, produjo una cantidad maravillosa de clases “objetivas”, para las que los “preceptores”, tal como se llamaba a los maestros, recurrían a objetos de su entorno tales como el maíz o la madera, pero también porque, una vez que se llevó a cabo el proceso de la Regeneración con su proceso de “recatolización de la sociedad”, los legisladores no renunciaron a un método que como el pestalozziano cimentaba la formación racional en detrimento de la especulación, todo lo contrario, plantearon la idea de “perfeccionar dicho método”, lo que significaba pasar por el filtro católico, un verdadero ejemplo no solo de traducción, sino de adaptación a un momento ideológico y político específico, que puede arrojar muchas luces sobre las formas de adaptación de los modelos pedagógicos en nuestros contextos y sobre cómo se llevan a cabo operaciones que replantean la idea de influencias y señalan, más bien, los mecanismos de intercambio histórico y de legibilidad que producen modificaciones en el saber y, por ende, en las sociedades.
Para terminar, quiero señalar que la obra de Chartier ha sido vital en mis investigaciones sobre historia e historiografía colombiana del siglo XIX, específicamente en la teorización sobre la “historia patria”[19] como una forma particular del saber histórico que, en el siglo XIX, aún no se había deslindado plenamente de la retórica y que se presentaba como un saber útil, a través del cual se establecían vínculos entre el pasado heroico de los héroes fundacionales de la República y la ciudadanía en ciernes basados en la deuda por la sangre derramada y que, en su faceta patriótica[20], el ciudadano tenía el deber de pagar, a través de su propio sacrificio si la patria así lo requería. La historia patria requirió de estrategias editoriales específicas que vincularon no solo los contenidos históricos, sino las tradiciones narrativas y performativas de la sociedad, el tramado de esta historia en forma épica tendiente a movilizar pasiones fue un efecto de las formas retóricas imperantes, como también de los modos de contar con los cuales estaba familiarizada la sociedad (letrada y no letrada) y con formatos que fueran manipulables, portables y posiblemente “oralizables”[21].
En consecuencia, los trabajos de Chartier han favorecido la reflexión sobre la refiguración desde el punto de vista de la historia, entendiendo las condiciones que permiten la inteligibilidad de los textos, auscultando los asuntos que definen la selección de los formatos (grandes o pequeños, portables o en varios volúmenes, con ilustraciones, etc.) en una relación dialógica entre la enunciación y la recepción, las nominaciones que prefiguran también los métodos y alcances de los textos (catecismo, prontuario, elemento o rudimento, tratado o memoria); y más allá de ello, permiten entender la historia en condiciones particulares de uso y circulación[22]. En este sentido, la hermenéutica y la teoría de la recepción, la sociología de los textos, y la misma historiografía, de la mano de Chartier, han posibilitado una mirada más dinámica y social de la historia, no solo desde el punto de vista de su trasegar epistemológico, sino de los mecanismos diversos que han sido cruciales en los procesos de circulación y de apropiación de este saber.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
En la historiografía contemporánea, las discusiones sobre el estatuto de la historia, la verdad histórica, las relaciones problemáticas entre historia y literatura y los antecedentes históricos de la historia misma, fuertemente adheridos a la retórica, siguen siendo cuestiones de importancia vital no solo para la disciplina histórica, sino también para una sociedad que tiende a relativizar la verdad y la facticidad del pasado; de allí que los análisis de Chartier sean tan importantes para la historiografía latinoamericana, específicamente para entender la trascendencia de la historia y su relación con las materialidades textuales, que, de alguna manera, suponen un aspecto distintivo con respecto a la memoria y su omnipresencia en nuestro contexto, aun a costa de la verificabilidad o las operaciones de control que lleva a cabo la historia sobre aquella.
Por otra parte, el estudio de las materialidades supone una comprensión cabal de procesos que no se reducen a la elite letrada, sino a situaciones específicas de producción, a oficios, y a actividades vitales para la sociedad. Implica, entonces, no centrarse en una comprensión “elitista” de los productores de ideas, de los letrados que pareciera que, sin más, marcan los rumbos de la sociedad, para adentrarse al horizonte económico y del mercado en el que los seres humanos resuelven parte de sus inquietudes cotidianas.
En mi criterio, constituye un punto importante en relación con la obra de Chartier y su llamado permanente a reflexionar sobre las diversas dimensiones que componen a toda sociedad y, también, a expandir la historia y salirse de aquellos modelos complotistas que alimentan la idea de una sociedad completamente sumida en el control de los poderosos. Los trabajos de Chartier demuestran, científicamente, que las sociedades tienen espacios libertarios y que, pese a lo que se cree, los grupos populares acumulan una experiencia feraz y activa tan importante, que condenarlos al silencio y la sumisión no es más que perpetuar prejuicios sobre estos grupos y desconocer su propia experiencia histórica.
Toda apropiación, todo uso es, de alguna manera, una acción libertaria que expande una obra y que establece nexos entre el pasado y un presente determinado del que participa la sociedad de manera activa, con sus referentes, tradiciones y repertorios lingüísticos y narrativos. La lectura es, también, una acción en la que pueden llevarse a cabo modos de resistencia; justamente por eso, muchas veces editores y autores incorporan elementos que propenden por la constricción de sentidos y por la delimitación de los modos de lectura y de las interpretaciones. Sin embargo, estos ejercicios no siempre funcionan, y, como lo desarrolla Chartier a propósito del concepto de “refiguración” que toma de Paul Ricoeur[23], la lectura, la interpretación y los sentidos son operaciones históricamente acotadas, en las que se conjuntan pasado y presente para permitir la inteligibilidad de los textos.
Estas discusiones han sido especialmente fructíferas para el campo de la historia, entendida como una disciplina que “expresa” a través de la escritura todas las operaciones técnicas que la delimitan científicamente, y la distancian de la literatura; en tal sentido, el libro de historia es también objeto de indagación, perspectiva fuertemente asentada en el método y los conceptos que ha desarrollado Chartier.
Los análisis historiográficos sobre libros de historia tienden a centrarse en el discurso histórico y en la calidad de sus contenidos. Se olvida de que los contenidos se conciben en correlación con una manifestación material específica, para la cual tienen que ser adaptados, arreglados y organizados. La reconocida separación entre forma y contenido ha incidido en cierto menosprecio a las manifestaciones palmarias que adquiere el discurso en el proceso de su enunciación, y que es consustancial a su existencia, como lo es a las condiciones de formulación y publicación de un saber, una teoría o una doctrina. Esta tendencia cae en una autorreferencialidad tal, que desliga al discurso no solo de las condiciones en las cuales y para las cuales fue formulado, sino que lo aísla de la sociedad, con lo que promueve así la idea de que existe algo así como un autor atemporal, que produce ideas desembarazadas de toda corrupción material para un mundo abstracto[24], y que las ideas se difunden a través de un sortilegio que no requiere ninguna corporalización y para la cual no importa el modo de enunciación, la época o el público, ya que siempre es la misma y expresa las mismas consideraciones. A contrapelo de esta tendencia, Roger Chartier señala la urgencia de ubicar las diversas formas “que rigen la producción, circulación y la apropiación de los textos, al considerar esenciales sus variaciones según los tiempos y las sociedades”[25].
Para la mayor parte de los estudiosos, las formas pasan inadvertidas; y, obsesionados con el estudio purista del discurso, olvidan por completo que aquel se manifiesta, se hace efectivamente discurso a partir de las formas físicas que adquiere al ser enunciado, esa dimensión textual que se hace performance a través de una alocución, una teatralización o un libro incide de manera directa en los contenidos provistos para ser publicados y en los modos particulares que cobran para ser oídos, leídos y comprendidos por el público.
El sentido no depende exclusivamente de lo que el escritor quiso decir, ni es una esencia atemporal que hace que un texto diga en todas las circunstancias y épocas, bajo distintas performances y para todos los públicos, la misma cosa. El sentido que cobra un discurso es una condición histórica de la que participan sus consecutivas materializaciones, la sociedad en la que se da a conocer y los espacios en los cuales se lleva a cabo su expresión. La organización textual o el orden de sus contenidos están directamente en relación con las estrategias de las que hacen uso editores, maestros o actores y lectores para hacerlos comprensibles, atendiendo también a las capacidades intelectivas de un determinado público. Afirma R. Chartier: “El mismo texto fijado en la escritura, no es el “mismo” si cambian los dispositivos de su inscripción o de su comunicación”[26].
En consecuencia, los textos también van cobrando características, se van especializando en función de los públicos; si no, entonces, ¿por qué podemos encontrar en el mercado resúmenes baratos de las grandes obras de la literatura universal?, o ¿por qué podemos acceder a libros de gran factura intelectual, a módicos precios y en ediciones sencillas que buscan llegar a un público más vasto? Incluso, ¿por qué los expertos se empeñan en eruditas y cuidadas ediciones que tienen como propósito actualizar la puntuación y el lenguaje de obras de gran calado que, de no ser por ese ejercicio esmerado, serían incomprensibles y, por qué no, impertinentes para los lectores contemporáneos?
Y no es que desconozcamos la importancia de los análisis discursivos, ni de las correspondientes investigaciones sobre la narración histórica, los modos de definir la verdad o los estudios propiamente historiográficos. Mejor, intentamos pensar el problema al margen de las falsas oposiciones, y entender que forma y contenidos no son elementos dicotómicos; ellos encierran una especie de unidad en la que la correlación entre lo que se dice y cómo se dice, el modo en que algo se dice están determinados por estrategias que buscan la claridad de lo que se expone, pero que a la vez tienen que estar sometidas a las materialidades propias que adquiere cada locución. Evidentemente, puede haber concordancias o elementos tomados de la tradición oral e implementados en la escrita; no obstante, la escritura impone nuevas habilidades no solo a los potenciales lectores, también a impresores y editores que debieron ajustar los textos a las condiciones técnicas de la impresión y a los escritores que tuvieron que hacer gala de habilidades provenientes de usanzas didácticas que hicieran más comprensibles sus escritos.
Tanto para impresores como para editores, el éxito comercial debió ser uno de los motores de sus iniciativas en el campo de las publicaciones, elemento que a menudo se pasa por alto, pues, aunque no podemos desconocer las inquietudes filantrópicas y académicas que movilizaron a los escritores y al mundo editorial, tampoco podemos ignorar que los intereses económicos fueron centrales a la hora de determinar una publicación. Por lo tanto, es de esperarse que, una vez que un escritor enviaba sus manuscritos a un taller tipográfico, los editores lo publicaban pensando en que, luego de impreso, este llegaría a un buen número de compradores que garantizaran, si no enormes ganancias, al menos el sufragar los gastos de la edición[27].
La pregunta por la materialidad de los textos no es, pues, una pregunta que se limite a la morfología de estos, a su descripción física o a los tipos, las letras y el papel que se utilizaron en una edición. Esta pregunta supone establecer encadenamientos y sucesiones entre forma y contenidos, entendiendo que cuanto se dice sobre una materia o teoría se dice en función de un potencial auditorio (oyentes, lectores o videntes o, en el caso de las tecnologías actuales, la sumatoria de los tres) y que, por lo tanto, adquiere una materialización que redunda en la legibilidad y comprensión de lo que se dice.
Dichas materializaciones organizan, estructuran y diseñan cuanto se dice en procura de adaptarlo a las condiciones y los espacios de lectura, de escucha o de visión; por eso, y para el caso de los libros, no es lo mismo ni se piensa del mismo modo un libro destinado a expertos, cuyas condiciones de estudio se someten a los rigores de la disciplina, al confinamiento en espacios cerrados y silenciosos y a una relación crítica con lo que se lee, que un libro destinado al espacio escolar, abierto, eventualmente tumultuoso en el que, básicamente, priman la divulgación y el aprendizaje de los elementos y las teorías más importantes que componen un campo del saber, por medio de la alternancia entre la lectura y la oralidad.
El cotejo físico de tales producciones ya nos señala diferencias materiales como tamaño, número de volúmenes, calidad del papel, formas de encuadernación, número de páginas, etc.[28]; estos asuntos no son producto del azar o el resultado de una moda en materia de edición, van más allá de eso, son convenciones editoriales ya implantadas, en las que se mezclan viejos usos editoriales con innovaciones técnicas en materia de impresión, antiguos lenguajes con cambios en las concepciones epistemológicas que ayudan en la definición de un saber, veteranos procedimientos para la claridad de los contenidos, con estimaciones modernas sobre el público y los mejores modos de hacer comprensible a una mayoría (tanto letrada como no letrada) lo que se dice y, por último, condiciones políticas que legitiman un saber y hacen viable su circulación en amplios ámbitos sociales.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiadora y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
En el año 2007, Roger Chartier hizo una serie de conferencias en la Universidad EAFIT de Medellín, Colombia, en las que presentó algunos textos que sintetizaban su obra y proponían, además, nuevas perspectivas para problematizar el mundo contemporáneo. Esta visita quedó consignada en la revista Co–herencia, en tres artículos que pueden consultar los lectores de este texto en el siguiente enlace: t.ly/sBsZE.

Esta visita de Chartier al país congregó en dicha universidad a estudiosos de diversas universidades de Colombia y atrajo el interés general del mundo académico, que reprodujo de distintos modos sus intervenciones y sus conferencias. La lectura de Chartier está incluida de manera sistemática en el pénsum de las carreras de historia, literatura y filología con que cuenta el país, pero es también asunto de discusión en programas de maestría y doctorado.
Puede afirmarse que en Colombia la recepción de Chartier ha sido amplia y con grandes repercusiones, la historia editorial, la historia del libro y la edición, la historia de la lectura y, particularmente, la historia de la cultura escrita se han desarrollado fuertemente a partir de la apropiación de sus trabajos. Sus aportes han sido centrales no solo desde el punto temático, sino también metodológico, al llamar la atención sobre asuntos como la recepción y los sentidos como fenómenos culturales e históricamente acotados.
Sus perspectivas metodológicas, que integran de manera equilibrada tanto los estudios morfológicos como la epistemología, no dejan de lado ni las condiciones históricas de la enunciación, ni los fenómenos culturales asociados a la publicación y reproducción de los textos –sea oral, escrita o digital su naturaleza–, ni las condiciones de circulación y de recepción de los textos.
Pero tampoco han dejado de lado la “función de autor”[29], en una clara discusión abierta a partir del texto de M. Foucault “¿Qué es un autor?”[30], con lo cual también ha ambientado la discusión en torno a la aparición de los derechos de autor, el copyright (no de reproducción), y los debates contemporáneos en torno a la circulación abierta y libre de restricciones económicas del conocimiento humano. En tal sentido, su obra ha supuesto, al menos en Colombia, una apertura a temáticas que no solo tocan la específica del libro o la edición, sino que también ahondan en la comprensión de la naturaleza del conocimiento humano, como una posesión común con un fuerte contenido democratizador y emancipador.
De otro lado, esa discusión no implica, necesariamente, la renuncia al mercado; es un hecho que el llamado “consumo de bienes culturales”, o, en términos de Bourdieu, el capital cultural[31], es apreciado y tasado en un mercado complejo y dinámico del que participan distintos agentes e intermediarios, variados oficios y saberes, diversas disciplinas y ciencias y multitud de formatos que coexisten, se imbrican, se reproducen y se transforman. La llamada “economía naranja” constituye en la actualidad un sector central en el mercado de bienes, que ha implicado, además de la circulación de objetos, la reproducción y circulación de símbolos de estatus y de “distinción”, empleando el término también de Pierre Bourdieu[32]. El estudio y la comprensión de este hecho son indispensables para comprender fenómenos contemporáneos como la digitalización creciente de la sociedad, la relaciones y los circuitos construidos por la web, las nuevas materialidades de los textos, que no necesariamente implican la “muerte del libro”, sino las adaptaciones morfológicas a los formatos que requieren la web y el mundo digital. Todos estos son elementos centrales de análisis en una economía emergente como la colombiana, que ha empezado a consolidar el sector naranja y a considerar la cultura como elemento clave para la integración social a partir del reconocimiento de la diversidad cultural que caracteriza a este país y que se ha constituido en una de sus más importantes riquezas.
Asimismo, en tiempos de pandemia, la obra de Chartier ha elucidado aspectos fundamentales de nuestra sociedad y de sus relaciones con el saber, con el libro y con su propia historia, sus reflexiones apuntan a entender el presente en permanente diálogo con el pasado, poniendo en práctica la famosa premisa de la hermenéutica de Gadamer de “haber sido siendo”, que habita la obra de Chartier[33].
Quisiera, finalmente, enfatizar en la importancia que ha tenido para la reflexión historiográfica su defensa de la historia como una disciplina científica, producto de una serie de operaciones técnicas no deterministas. Ha sido crucial para fijar el lugar de esta disciplina en el mundo contemporáneo, para alimentar la lucha contra el relativismo y para entender el crucial papel que debe jugar la historia en el desenmascaramiento de los absolutismos, las imposturas y las falacias ideológicas.
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- Marin, Louis Marin, Poder, representación e imagen”, en Prismas, Revista de historia intelectual, n.º 13, 2009, pp. 135-153, en t.ly/S8hHa, consulta 6 de abril de 2022.↵
- Durante esta época la historiografía colombiana se volcó decididamente al estudio de la guerra como temática general y de manera particular al estudio del período de la violencia bipartidista (1945-1953); fue tal la fuerza alcanzada por estos estudios, que a sus más representativos investigadores se les ha denominado con el apelativo de “violentólogos”, véase Cartagena Núñez, Laura Catalina, “Intelectuales y expertos: ‘violentólogos’ y economistas en la producción de políticas sociales y económicas en Colombia”, en Revista Reflexiones, vol. 92, n.º 2, en t.ly/fztH9, consulta 1 de abril de 2022.↵
- Chartier, Roger, Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1993, pp. 58-89.↵
- Chartier, Roger, Escuchar a los muertos con los ojos, Barcelona, Katz, 2009.↵
- Chartier, Roger, El juego de las reglas: Lecturas, México, Fondo de Cultura Económica, 2000.↵
- Chartier, Roger, El presente del pasado. Escritura de la Historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005.↵
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- White, Hayden. Metahistoria, la imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, 1994.↵
- Chartier, Roger, Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin, Argentina, Manantial, 1993.↵
- En el capítulo escrito por Chartier en el libro colectivo que edito junto a Guglielmo Calvallo, se hace un despliegue muy interesante de la noción de refiguración retomada de la triple mimesis de Paul Ricoeur en Tiempo y Narración. Véase Chartier, Roger, “Lecturas y lectores populares desde el Renacimiento hasta la época clásica”, en Chartier, Roger y Cavallo Guglielmo (coordinadores), Historia de la lectura en el mundo Occidental, Madrid, Taurus, 2004, pp. 469-492.↵
- Chartier, Roger, “Estrategias editoriales y prácticas culturales”, en Lecturas, libros y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1993, pp. 93-120.↵
- Estas nociones pueden verse desarrolladas en Cardona Z., Patricia: “Más que ideología: obras populares en Colombia, 1840-1890”, en Guzmán, Diana Paola, Marín Colorado, Paula Andrea, Murillo Sandoval, Juan David, y Pineda Cupa, Miguel Ángel (coordinadores), Lectores, editores y cultura impresa en Colombia, siglos XVI-XXI, Bogotá, Universidad Tadeo Lozano, CERLAC, 2019, pp. 97-130, y en Cardona Z., Patricia, Trincheras de Tinta, Medellín, Editorial EAFIT, 2018.↵
- Chartier, Roger, “¿Qué es un libro?”, en Chartier, Roger (ed.), ¿Qué es un texto?, Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2006, pp. 9-35.↵
- Chartier, Roger, El orden de los libros. Lectores, autores y bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa, 2005.↵
- Chartier, Roger, Las revoluciones de la cultura escrita. Diálogos e intervenciones, Barcelona, Gedisa, 2000.↵
- Zumthor, Paul, Introducción a la poesía oral, Madrid, Taurus, 1991. Zumthor, Paul, La poesía y la voz en la civilización medieval, Madrid, Abada Editores, 1984.↵
- Un autor clave en la obra de Chartier ha sido el bibliógrafo neozelandés Donald Mackenzie, quien desarrollo el problema de la performatividad de los textos en Mackenzie, D. F., Bibliografía y sociología de los textos, Madrid, Akal, 2005.↵
- Cardona Z., Patricia, Trincheras de Tinta, op. cit.↵
- La patria está fundada más en los deberes que en los derechos, a diferencia de la ciudadanía, que enfatiza primordialmente los derechos.↵
- Chartier, Roger, El presente del pasado. Escritura de la Historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana, 2005.↵
- Cardona Z., Patricia, Y la historia se hizo libro, Medellín, Editorial Universidad EAFIT, 2013.↵
- Ricoeur, Paul, Tiempo y narración III. El tiempo narrado, México, Siglo XXI Editores, 2006.↵
- Chartier debate, por medio de la evidencia empírica, con autores como Derrida o el mismo Foucault, que asientan sus postulados en la idea de “discurso” o “la escritura”, como entidad inmaterial que presupone un enunciador suprahistórico y que prácticamente obvia los medios de “publicación”, las intermediaciones culturales y el mundo del receptor. Véase, como ejemplo de ese abordaje, Derrida, Jacques, De la gramatologia, Siglo XXI Editores, 1986, y Foucault, Michel, El orden del discurso, Buenos Aires, Tusquets Editores, 2005.↵
- Chartier, Roger, Pluma de ganso, libro de letras, ojo de viajero, México, Universidad Iberoamericana, 1999, p. 18.↵
- Ibid.↵
- Véase como ejemplo del análisis económico de una empresa “editorial” Darnton, Robert, El negocio de la Ilustración. Historia editorial de la Encyclopedie, 1775-1800, México, Fondo de Cultura Económica, 2006.↵
- Chartier, Roger, El libro y sus poderes (Siglos XVI-XVIII), Medellín, Universidad de Antioquia, 2019.↵
- Chartier, Roger, La mano del autor y el espíritu del impresor, Siglos XVI-XVIII, Buenos Aires, Eudeba, 2016.↵
- Foucault, Michel, “¿Qué es un autor?”, en t.ly/Sm9II, consulta 18 de abril de 2022.↵
- Bourdieu, Pierre, “Los tres estados del capital cultural”, en t.ly/uLu2H, consulta 30 de abril de 2022.↵
- Bordieu, Pierre, La distinción. Criterios y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1988.↵
- Chartier, Roger, Lectura y pandemia. Conversaciones, Madrid, Katz, 2021.↵







