José Emilio Burucua
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Mi primer contacto con la figura de Roger Chartier fue, por supuesto, el de la lectura de dos libros suyos en los primeros años 90: El mundo como representación, editado por Gedisa, y Los orígenes culturales de la Revolución francesa, en la versión de Seuil. Hubo entonces, en buena medida, una suerte de deslumbramiento, teórico respecto del primer libro, y de pragmática historiográfica respecto del segundo. Por un lado, me topé con la teoría de la representación, atenta a la materialidad de libros y obras de arte, en la que se revelaban las determinaciones potentes que los cuerpos de los objetos de la semiósfera ejercían, en cuanto tales, sobre los significados de los discursos y las figuraciones. Por otra parte, del segundo texto se desprendían preguntas y problemas de método que se deslizaban hacia grandes interrogantes acerca de los caracteres culturales de la Revolución de 1789-1799. Los libros, las representaciones teatrales, los retratos, especialmente los del rey, los grandes personajes de la corte o los diputados de las asambleas sucesivas eran situados no solo en las condiciones de su producción, sino en las circunstancias de su recepción y acogimiento, lo cual permitía definir con claridad los modos y las distancias (écarts los ha llamado Chartier) en que las significaciones se deslizaban y apartaban de la primera semiosis o creación significante. Y esta perdía, de tal suerte, todo privilegio, toda supremacía a la hora de realizar las síntesis hermenéuticas destinadas a describir densamente los campos culturales de una época y sus clivajes.
Las conclusiones me retrotrajeron a una obra de Roger, publicada a comienzos de la década anterior. Me refiero a Libros y lectores en la Francia del Antiguo Régimen, donde encontré análisis magistrales de casos concretos y de prácticas de lectura, inferidas tanto de los formatos (materialidades) cuanto de los testimonios literarios y críticos (significaciones) producidos por todo el espectro social de la Francia del siglo XVIII. En 1994, Chartier visitó la Argentina y la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, donde dictó un seminario en el cual planteó el problema de la descripción histórica de las prácticas culturales a partir de tres autores modélicos: Foucault, claro está, a la hora de exponer los procesos de construcción de los saberes; De Certeau, al intentar el relato de los ejercicios cotidianos, quizás efímeros, pero siempre volcados a la afirmación de una presencia humana en la red de los significados fundamentales para el ejercicio de la vida; Louis Marin, al incluir las imágenes en los horizontes de sentido y de intelección de las sociedades. Desde ya que mi interés por la historia del arte me llevó a trabar un diálogo agonal con Chartier alrededor del uso que Marin hizo de la teoría eucarística de la enunciación, elaborada por la gramática y la teología de Port-Royal en el siglo XVII, con el objeto de reescribir el devenir y el cambio histórico en el territorio de la experiencia iconográfica. Desde aquel año lejano, hemos sido amigos fraternos.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
Toda vez que me ocupé de textos y de sus apropiaciones en distintos tiempos y lugares, el descubrimiento y la descripción de los écarts, según el modo en que Chartier los llevaba a cabo, dieron lugar a mi propio relato de semejantes evoluciones de procedimientos de apropiación y significados. Procuré convertirlos in continenti en historiografía de la dinámica cultural. Sobre tal base empírica, quise dar cuenta de los cambios de la semiósfera y de sus relaciones con los procesos sociales y políticos que se desarrollaban en el núcleo más duro de lo real (i.e. el dominio de unos seres humanos sobre sus semejantes, en cuerpo y espíritu). Al ocuparme de la historia de las imágenes, el método de los apartamientos sucesivos resultó perfectamente compatible con la aplicación de la teoría de Marin y su distinción entre las dimensiones transitiva y reflexiva de toda representación. Me resultó apasionante combinar esta matriz aprendida de la obra de Chartier con el rastreo de larga duración de los despliegues y eclipses de las Pathosformeln en el campo de las artes plásticas, concepto tomado de la obra del historiador alemán Aby Warburg. Los écarts resultaron particularmente compatibles con los sismogramas de la cultura, propuestos y trazados por Warburg. En cuanto a los ejemplos de la proyección de los hallazgos metodológicos y epistémicos de Chartier en mis propios trabajos, daré dos ejemplos:
- la exploración de las Pathosformeln de lo cómico y sus evoluciones en las artes de la literatura y del grabado satírico, grotesco y humorístico entre 1500 y 1700;
- la fortuna crítica y semántica del Satiricón de Petronio, que, desde el descubrimiento de parte del texto por Niccoli en 1417 hasta la edición monumental y definitiva de la obra completa por Pedro Burmann en 1709, migró de una lectio christiana, centrada en la identificación de los vitanda exempla de una vida virtuosa, hacia una interpretación autónoma en los términos diferenciales del paganismo antiguo, claramente distinto y hasta opuesto a cualquier sistema religioso fundado en una axiología ascética y transmundana como la del cristianismo.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se puede apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
El conversatorio de octubre de 2021 es un modelo de entrevista e intercambio intelectual. Podríamos decir que, en su transcurso, Chartier desplegó el inmenso horizonte de su obra pasada al mismo tiempo que lo ensanchó hacia los problemas culturales del presente, definidos con claridad cartesiana. Quien ha visto y escuchado ese largo diálogo haría bien en dejarse llevar por el “vértigo de las listas” del que habló Umberto Eco y confeccionar su elenco de viejos temas, volcados en odres nuevos, y de cuestiones actuales, suscitadas por el progreso de la historiografía tradicional y los cambios inéditos de la revolución digital, tal cual Roger los ha desgranado. No miento ni exagero si acaso insisto en que, a partir de esa nómina, regreso con miradas inusuales a los antiguos asuntos compartidos con Chartier e identifico, en medio del asombro, problemas historiográficos a los que debo prestar atención aunque, hasta ahora, haya procurado evadirlos. La argumentación de mi colega alrededor de la urgencia y la necesidad de tomar en cuenta los perfiles, las posibilidades y los peligros que entraña la convergencia del mundo digital y de la práctica global de una lectoescritura histórica me ha convencido de participar en esos avatares. Vaya entonces la lista prometida.
- Regresar a la comprobación de irreductibilidad de las prácticas a los discursos y a la separación entre oralidad y escritura, claro que estas dos se vinculan merced a los procedimientos inversos y complementarios de la transcripción de lo oral y la transmisión verbal de lo escrito.
- Explorar otra vez las relaciones entre memoria y olvido, sobre la base del desvelamiento, protagonizado por Ricoeur, del olvido como condición de toda memoria posible. Lo cual plantea además la cuestión del borrar o destruir y el conservar tanto textos y discursos, cuanto imágenes y monumentos.
- Verificar, una vez más, que uno de los obstáculos para una historiografía de la lectura reside en el hecho de que esta, como práctica, no suele dejar fuentes escritas sobre sí misma. “La lectura olvida y se olvida”, decía Michel de Certeau. Pero la actualidad puede construir nuevas fuentes –y lo hace– que suelen faltar para el pasado anterior a 1970-1980, aun cuando hay documentos, anteriores a esa década, identificados por los historiadores del tema, Armando Petrucci, Guglielmo Cavallo y el propio Roger Chartier: cartas en que se comentan lecturas; escrituras de los lectores en los textos que han manejado, por ejemplo, los marginalia y los lugares comunes o universales señalados en las páginas (recordemos que en estos topoi residió, hasta finales del siglo XVII, lo más sublime del discurso en la forma y el contenido de las sentencias; el siglo XVIII invirtió dicha valoración, cuando la originalidad se convirtió en el valor principal del trabajo literario y filosófico, de lo cual resultó un menosprecio del lugar común nunca antes experimentado ni practicado). La tercera posibilidad de auscultar fuentes anteriores al 1700 apunta a cuanto es posible deducir de la forma de la inscripción de los textos en el objeto-libro; es la que sistematizó Donald McKenzie y resumió en la fórmula forms effect meaning, es decir, la identificación de elementos no verbales determinantes del sentido. Y un cuarto territorio es el despejado por Petrucci cuando definió y analizó la tensión entre el poder del uso oficial de la escritura y el poder adquirido por la escritura como instrumento de desafío o de contestación del orden existente, a partir de finales de la Edad Media en la civilización europea.
- Insistir en la descripción minuciosa de las prácticas de la lectura, fundada en un concepto de toda “práctica” concreta y diferenciada, que nos aleja de la universalización falsa del acto de lectura.
- ¿Cómo vincular los estudios monográficos o microhistóricos de este género historiográfico con las perspectivas de la historia global (formación de los imperios, historia comparada, historias conectadas según la muy afortunada calificación de Sanjay Subrahmanyam)?
- Volver, una y otra vez, a la confrontación entre escritura historiográfica y escritura de ficción, a la exploración de los medios para buscar y construir la verdad sobre la base del establecimiento de criterios de prueba. Esta es una tensión fundamental de nuestro hacer, que ha obsesionado justamente a Carlo Ginzburg cuando analizó los enfrentamientos y las superposiciones entre la retórica del discurso y las demostraciones del conocimiento.
- Descubrir los desafíos que plantea y las ilusiones que genera el uso de libros y documentos digitalizados debido a la pérdida del contacto con los objetos concretos. Reconozcamos que los nuevos dispositivos de lectura y manipulación remota de textos e imágenes nos permitieron paliar y sortear los efectos más deletéreos de la pandemia en el trabajo cotidiano de los historiadores.
- Recuperar la distinción que hizo Louis Marin entre representaciones de las prácticas y prácticas de la representación, que nos permiten descubrir los códigos y las estrategias de la lectura o la apropiación de discursos e imágenes en el pasado. Claro que la revelación de esta ingeniería no ha de llevarnos a deducir falsa y fatalmente que la realidad es inaccesible o que estaría limitada a sus representaciones; al contrario, el análisis de las condiciones de producción y de lectura de documentos, por ejemplo, nos confirma que existe una realidad por fuera de ellos, de nuestras voluntades y, paradójicamente, de las mismas prácticas con que los deconstruimos.
- Prestar atención a las dimensiones afectivas y los sentimientos ligados a las prácticas de lectura. El punto de partida de tal enfoque fue sin duda el libro fundador de la historiografía de las emociones, de William M. Reddy, The Navigation of Feeling. A Framework for the History of Emotions, en 2001. Sin embargo, no hay que olvidar los antecedentes del tratamiento de las sensibilidades que despuntaron en el campo de la historia de las mentalidades (el mayor ejemplo de ello fue el libro sobre el Gran Miedo, escrito por Georges Lefebvre). Y algo importantísimo para tener en cuenta es la crítica que Norbert Elías lanzó, indirectamente, contra el principio freudiano de la universalidad de las emociones, al afirmar que la economía psíquica tiene una historia, concentrada en los mecanismos del autocontrol social e individual en el largo y recurrente proceso de civilización.
- Nuestra época ha reactualizado las perplejidades de la dimensión somática de la lectura, que el siglo XVIII llevó a un primer plano de la crítica cultural. El acto de leer implicaba un compromiso del cuerpo expresado en ira, furor, lágrimas. Y llegaba a ser sospechoso de inducir una desconexión del individuo respecto del mundo social, aun cuando solía compensarla una experiencia de belleza atribuida a la lectura, vista también como condición sine qua non del conocimiento y pilar de la Ausbildung.
- La variable de las emociones nos vincula también con el uso de la imaginación por parte del historiador. Otra vez, De Certeau llega a nuestra ayuda merced a su reconocimiento de la función de llenar o tapar lagunas de la investigación que ha de cumplir la escritura de la historia. El mejor ejemplo de semejante papel de la imaginación historiográfica lo hemos tenido en la biografía de León Africano, un viajero entre dos mundos, escrita por Natalie Zemon Davis, texto donde las lagunas se salvan mediante la presentación de lo probable, es decir, aquello que un individuo determinado hubiese hecho ante las circunstancias concretas desprendidas de los documentos.
- Bregar por una forma de la historiografía global que permita compensar las desigualdades y los desequilibrios entre las atenciones prestadas a las producciones ajenas en diferentes horizontes lingüísticos y culturales. Hay un imperialismo lingüístico, temático y conceptual de la historiografía norteamericana, que podría reducirse si echamos mano del género de las historias conectadas (estudiar, por ejemplo, el destino de un texto a través del tiempo y del espacio) o bien pensamos en producir historias paralelas, de las mujeres, de la vida privada, pues han existido casos exitosos en esos campos. Volver al ejemplo de los grandes mediadores de historiografías y multiplicarlo, sobre la base de los modelos francés (respecto del mundo hispanohablante, pensar en las figuras de Bataillon, Wachtel o Gruzinski) e inglés (en el mismo sentido, cabría citar a John Elliott, David Brading, Simon Collier).
- Volviendo a las paradojas del mundo digital, cabe aplicar el par de opuestos que Foucault reveló en el núcleo significante de todo archivo: multiplicación y plenitud merced al aluvión documental, acompañadas por el miedo del investigador al exceso, vs. rarefacción por el carácter efímero de los soportes (pergaminos, papeles), aumentado hoy debido a la naturaleza de lo digital y la obsolescencia de los aparatos. Ese par de opuestos se refleja también en las formas de la lectura volcadas a los textos digitales puestos en circulación por las redes sociales: aceleradas, impacientes, fragmentadas, que desembocan en la marginalización de la lectura tradicional de los libros, en lugar de lectura lenta, paciente y consciente de la totalidad de la obra. Esto provoca al mismo tiempo el desplazamiento de los criterios de verdad y el desplome de la lectura crítica, la multiplicación de las falsas noticias y la manipulación de las opiniones políticas, peligros fundamentales para la producción de conocimiento y el ejercicio de la democracia. De aquí la necesidad de la enseñanza del mundo digital en las escuelas, con el fin de que los niños y los jóvenes reconozcan tanto las posibilidades cuanto los peligros del mundo digital, y adviertan las diferencias entre la lógica tópica y segmentada del mundo digital (expresada en sus algoritmos) y la lógica viajera, de un explorador, de un cazador, braconneuse, según diría De Certeau, de las instituciones del mundo impreso, que garantizan el descubrimiento y la sorpresa, antagonistas del algoritmo.
Síntesis: leer a los otros en profundidad es una condición para pensar con autonomía, fuente de riqueza y disponibilidad de una apertura al prójimo; es condición necesaria del descubrimiento de lo nuevo.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
En la respuesta a la primera pregunta, creo haber apuntado a los aportes de método y de temas que me parece Chartier introdujo en la disciplina y convirtió en puntos mayores de inflexión en el trabajo clásico de la historiografía cultural, aplicado a los devenires de esos objetos privilegiados del mundo de los significados que son los libros, las imágenes, las performances y los productos resultantes de cualquier combinatoria de las representaciones. Pero existe un territorio, poco frecuentado hasta ahora, que se refiere a la repercusión concreta que ha tenido la historiografía cultural de Chartier en la tarea de los colegas argentinos y latinoamericanos del último medio siglo. No me siento capaz de emprender esa revisión debido a lo enorme que han sido la influencia, el eco y el magisterio de Roger en nuestro país y nuestro continente. Nuestro propio autor ha escrito un artículo señero en 2014, que es un excelente punto de partida para conocer su influencia en América Latina, aun cuando evidentemente no haya sido este el propósito explícito y consciente de ese escrito. Me refiero a “La historia de la lectura en América Latina vista desde Francia”, publicado en Magallánica. Revista de Historia Moderna, de la Universidad Nacional de Mar del Plata en el segundo semestre de 2014.
Me animo tan solo a citar a unos pocos colegas argentinos cuya labor habría sido muy dificultosa y ardua sin el ejemplo brindado por el empleo de las categorías que acuñó Chartier y por la identificación clara de los problemas historiográficos del campo que él realizó (la nómina está muy lejos de ser exhaustiva). En la Argentina, pienso en los nombres de Noemí Goldman, estudiosa de los discursos entendidos como prácticas culturales fundantes de las revoluciones de la independencia sudamericana; Graciela Batticuore, quien trazó los retratos de las lectoras rioplatenses en tiempos del Romanticismo y de la expansión de la lectoescritura femenina durante el siglo XIX; Gustavo Sorá, investigador de los procesos de traducción en Brasil y Argentina y autor de la historia de dos editoriales latinoamericanas de gran envergadura, identificadas con las culturas de izquierda, como lo fueron y son el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI Editores; Sandra Szir, formada en historia del arte y especialista en estudios visuales, quien se ha ocupado de analizar el papel de las imágenes en la prensa infantil argentina del 1900 y en la prensa gráfica de gran circulación, por ejemplo la revista Caras y Caretas de Buenos Aires, en la primera mitad del siglo XX; Andrés Freijomil, finalmente, cuyos interés y saber sobre Michel de Certeau parecen haber nacido por inspiración de la obra de gnoseología histórica de Chartier y han fructificado en el libro deslumbrante Arts de braconner. Une histoire matérielle de la lecture chez Michel de Certeau (París, Garnier, 2020).







