Roger Chartier desde la periferia
Gerardo Oviedo
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Dejando constancia de mi gratitud por esta consulta, tengo presente que llegué a la obra de Roger Chartier un tanto oblicuamente, siendo estudiante de grado en las Facultades de Ciencias Sociales y Filosofía y Letras de la UBA. Quiero decir que –inicialmente– no lo abordé directamente por sus investigaciones, sino en carácter de “bibliografía secundaria” sobre una de las estrellas del firmamento académico de fines de los años ochenta y la primera mitad de la década del noventa en el ámbito local, puntualmente porteño: Michel Foucault. Se apreciará que me estoy refiriendo a Escribir las prácticas (traducido al castellano en 1996), que, según los hábitos de la época, adquirí a través de una fotocopia, ya en los últimos tramos de mis estudios de grado. Como sucede con muy pocos autores, sentí inmediatamente con Roger Chartier que asistía a un pensador e investigador que me ayudaría mucho más allá de un “apoyo” para comprender, sin guiños esotéricos por entonces en alza, lo que “decía” Foucault más que lo que “le hacían decir” algunos de sus introductores argentinos. En fin, meras intuiciones de estudiante que escuchaba/leía a un Foucault muy distinto según en qué facultad se lo expusiera.
Esto explica que, con el tiempo, y desde mi heterodoxa condición de sociólogo ensayístico y filósofo hermenéutico que practica la historia de las ideas latinoamericanas, efectuara de la obra de Roger Chartier una lectura no ya solo parcial y sesgada, sino francamente instrumental, ligada, en definitiva, a cuestiones de lógica de la investigación. Admitido esto, quizá mis consultas sobre epistemología y metodología de la historiografía, de un lado, y, del otro lado, el deleite –subrayo– que me provocaran sus nutridas, reveladoras y aun didácticas reseñas (recogidas en nuestro idioma, en 2000, con el título de El juego de las reglas: lecturas) justifiquen al cabo alguna reflexión de mi parte sobre este sobresaliente sabio francés.
Me atendré básicamente al primer registro –el epistemológico y metodológico–, por ser la temática que más he frecuentado –y de la que más he aprendido– en los escritos de Roger Chartier, sin dejar de acentuar el hecho de que asistimos a una obra que plantea un diálogo profundo con el discurso sociológico, en figuras tales como Pierre Bourdieu y sobre todo Norbert Elías. Por si no bastara, Roger Chartier es capaz de entablar esa conversación interdisciplinar, entre otras facetas, como hispanista y como conocedor de la cultura latinoamericana. Por lo cual este autor despliega una operación intelectual singular y poderosa de validez paradigmática, si no me equivoco, para quien cultive, aquí o allá, la historia de las ideas, o intelectual o cultural –los etiquetamientos terminológicos merecen una discusión aparte–, que tanto puede aprender de sus estudios sobre las maneras situadas y constructivas del leer individual y colectivo, según las modalidades estratégicas de producir la edición y estilizar el objeto libro. Sin embargo, no iré exactamente por aquí. Ya que mi propio arco de recepción se limita al problema de la praxis hermenéutica –o, en el léxico del autor, de las “prácticas de lectura”–, decisiva para quien pretenda cultivar una interpretación pragmático-normativa y contextualista sin recaer en idealismos solapados o inconfesos. En este sentido, los ensayos metodológicos de Roger Chartier cumplieron para mí más bien una función de advertencia metodológica. Esta indicación me permite explayarme en el marco de la segunda pregunta.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
He circunscripto mi recepción de los escritos epistemológicos de Chartier desde la disposición de asumir, o siquiera acusar recibo, de sus “advertencias metodológicas” frente a toda propensión, ciertamente en mí no escasa, de ontologizar, universalizar y formalizar la estética de la recepción textual, seducido fundamentalmente por ciertos grandes teóricos de la retórica del siglo XX (influjos que, debo reconocer, no siempre he explicitado en mis aparatos críticos, priorizando la exposición de la bibliografía latinoamericana). Me refiero a autores europeos como Roland Barthes y Heinrich Lausberg, pero sobre todo norteamericanos, como los muy sofisticados y eruditos Hayden White, Paul de Man, Northrop Frye o aun –inconfesablemente– Harold Bloom. Quisiera desarrollar este argumento brevemente.
Un encuadre posible de mi propia lectura podría identificarse a partir de lo que podríamos calificar como la crítica de la epistemología narrativa que ha desplegado Chartier en distintos lugares y momentos. Permítaseme condensar mucho el contenido de sus objeciones que, con todo, no dejan de incorporar las claves principales de las teorías narratológicas; haciendo gala, dicho sea de paso, de una profunda y determinante virtud hermenéutica: leer y escuchar a los otros. Comenzando por quienes han cultivado una teoría de la historiografía retóricamente informada.
Comenzando por este último aspecto, es menester dejar constancia de que Roger Chartier no duda de que, en toda historia, o mejor, escritura de la historia, cualquiera sea esta, intervienen siempre y necesariamente las figuras de la retórica y la narración. Actualmente, los historiadores tienen conciencia de la dependencia de su escritura en relación con las estructuras narrativas y con las figuras retóricas inherentes a los discursos de representación del tiempo, incluyendo los relatos de la ficción. En este sentido, el programa de investigación historiográfico-cultural de Roger Chartier repudia, concomitantemente, toda epistemología de la coincidencia inmediata o de ausencia de opacidad entre el saber y lo verdadero, el discurso y lo “real”. A diferencia de otros colegas, empero, lejos estoy de considerar que esta autocomprensión tropológica del nexo interno entre tiempo y narración forma parte ya del sentido común del oficio, devenida un tópico rutinizado y por tanto estabilizado y aproblemático. Tal vez sea así en el campo académico, pero la cultura argentina y latinoamericana contiene prolíficas tradiciones de “historiografía militante” (en la Argentina del siglo XX, llamadas “revisionistas”), es decir, corrientes de investigación no profesional, o, habría que decir con mayor justicia, extrauniversitaria –o sea, compuesta de estudios al servicio del enfrentamiento ideológico abierto y la lucha política directa–, que al parecer ejercen su labor desde concepciones positivistas –polemológicamente aptas para la enunciación asertiva y la fuerza ilocucionaria de certezas de valor absolutas–, aún centradas en el empirismo de la “objetividad” de los documentos tomados como reflejos archivística y bibliotecológicamente transparentes de los hechos pasados (res gestae); nada más alejado de captar las huellas de la facticidad temporal en términos de mediaciones lingüístico-semióticas, apropiaciones lecturales y objetivaciones materiales de presentificaciones textuales genológicamente construidas a la vez que contextualmente interpretadas. Sin embargo, esta conciencia de las condiciones tropológicas de inteligibilidad categorial que traman figurativamente la representación historiográfica encierra un peligro contrario. Siguiendo una vieja expresión que tomo de José Sazbón, podríamos llamarlo el riesgo de la “devaluación formalista de la historia”: preconizar una reflexión unilateralmente atenida a las estructuras narrativas o a los modos poéticos de la escritura.
A propósito de alcances y límites, una manera de expresar el posicionamiento teórico-metodológico básico de Chartier, me parece, es recordando que sus desvelos metodológicos se sitúan con y más allá del linguistic turn. Chartier intenta franquear las angosturas epistemológicas y manifestaciones extremas de esta mutación cognoscitiva, consagrada en el siglo XX. Y ello en nombre de una nueva pragmática materialista de la discursividad contextualizada, que retenga las enseñanzas de la constitución empírico-trascendental del habla y la letra en las prácticas sociales y culturales, pero sin reducirlas a meras efectuaciones panlingüísticas de la significación discursiva. Por encima de estos rótulos conceptuales (que pueden ser otros y mejores), lo importante es no perder de vista que Roger Chartier muestra cómo el giro lingüístico introdujo, en calidad de avances cognoscitivos, dos grandes convicciones. La primera es que el lenguaje es un sistema de signos cuyas relaciones generan autónomamente significaciones múltiples e inestables, con independencia de toda intención subjetiva y control consciente. Bajo esta luz, la “realidad” –el entrecomillado es ineludible– no comporta una referencia objetiva, exterior al discurso, ya que siempre está construida en y por el lenguaje. La segunda es que los intereses sociales y las prácticas nunca son una realidad preexistente, sino el resultado de una construcción situada en el campo del discurso. En sus versiones más radicalizadas –sin embargo, triunfantes–, no existen más que los juegos del lenguaje y no hay una realidad por fuera de los discursos. Sus exponentes más enfáticos consideran al lenguaje como un sistema cerrado de signos que produce sentido por el mero funcionamiento de su sistema de conexiones y remisiones. Semejante abstracción del sujeto induce a adoptar la tesis de que la realidad social es principalmente una red de significados constituida por el lenguaje y en él, independientemente de toda referencia objetiva. Quienes la aplican a rajatabla estiman ilegítima la reducción de las prácticas constitutivas del mundo social y de todas las formas simbólicas que no recurren al mundo de lo escrito, esto es, a los principios que rigen los discursos. Así pues, la forma literaria desplegada en estructuras narrativas, figuras retóricas, imágenes y metáforas inviste de un estatuto formal la especificidad de las operaciones epistemológicas y metodológicas que fundamentan la verdad de la historia y sus estrategias explicativas. Si el lenguaje ya no puede ser considerado como el reflejo límpido de una realidad exterior o de un sentido dado previamente, se debe a que es en su funcionamiento mismo que la significación se construye y la “realidad” es producida. De ahí que sea ineludible reconocer los efectos de sentido implicados por los modos retóricos de narratividad.
Desde luego, alcanzar el nuevo umbral de comprensión establecido por el “giro lingüístico” y su acentuación tropológica conlleva aceptar que no tiene sentido establecer una división, tradicional en la historiografía, entre “lo real” como lo vivido desde las instituciones o las relaciones de dominación, y los textos, las representaciones simbólicas y las construcciones intelectuales. Esto en el plano narrativo. Sin embargo –considera Chartier–, en el plano metodológico, reconocer que difícilmente las realidades pasadas nos resulten accesibles con independencia de los textos que se proponían organizarlas, describirlas, prescribirlas o proscribirlas no obliga a proclamar la identidad entre la lógica letrada que gobierna la producción de los discursos y la lógica práctica que regula las conductas situadas.
Ciertamente, debe asumirse como un postulado epistemológico rector que no hay experiencia del tiempo sin articulación de la narración, ni contenido del pasado sin forma figuracional. Ahora bien, hacer de esta autocomprensión cognoscitiva la matriz universal y unívoca de toda validez teórico-metodológica posible es un problema distinto. En efecto, confrontando la radicalidad lingüística de las posiciones estructuralistas o posestructuralistas, Chartier plantea la ilegitimidad de la reducción de las prácticas constitutivas del mundo social a la lógica que preside la producción de los discursos. Se trata de posturas que generalizan la constatación según la cual la historia, al igual que la ficción, articula tropos retóricos y formas narrativas. Reducen, por esta vía, la capacidad de conocimiento del discurso histórico a una pura narratividad. Precisamente esta restricción formalista es la que conduce a Chartier a alejarse de todas las lecturas estructuralistas o semióticas que relacionan el sentido de las obras solo con el funcionamiento automático e impersonal del lenguaje, tratando los textos como si existieran por ellos mismos, fuera de los objetos o de las voces –y los cuerpos– que los transmiten.
Pero no hay que olvidar nunca, según Chartier, que, si bien la historia es siempre relato, en rigor se trata de un relato singular, que retiene su pretensión de producir un saber verdadero. Aquí sigue siendo válido el legado de Braudel, en cuanto a insistir que la historia puede y debe ser un conocimiento riguroso, controlado y exigente, que supone técnicas y operaciones propias, pero sin dejar de ser, simultáneamente, un saber accesible a los lectores no expertos, aunque sí interesados en entender su propio mundo. En esta línea, la meta del historiador no es tanto la narración del pasado, cuanto el conocimiento de las sociedades. La historia auténtica es aquella que revela su capacidad de hacer más inteligibles el pasado y el presente, suscitando así un saber crítico. Por ello Chartier estima que, en
un tiempo en el que nuestra relación con el pasado está amenazada por la fuerte tentación de historias imaginadas e imaginarias, resulta esencial y urgente una reflexión sobre las condiciones que permitan considerar un discurso histórico como una representación y una interpretación adecuadas de la realidad que fue,
porque, si se acepta,
en principio, la distancia entre saber crítico y reconocimiento inmediato, veremos que esa reflexión participa del largo proceso de emancipación de la historia en relación con la memoria –proceso que culmina cuando la primera somete a la segunda a los procedimientos de conocimiento propios del discurso del saber–[1].
De aquí el papel de control ilustrado, si se nos permite la expresión, asignado por Roger Chartier a determinadas nociones foucaultianas y bourdieunianas. Puesto que es nuestro autor quien juzga
necesario recordar que, si bien las prácticas antiguas no son, frecuentemente, accesibles más que a través de los textos que intentan representarlas u organizarlas, prescribirlas o proscribirlas, ello no implica afirmar, como consecuencia, la identidad de dos lógicas: aquella que rige la producción y la recepción de los discursos, y aquella que gobierna las conductas y las acciones,
ante lo cual, para
pensar esa irreductibilidad de la experiencia al discurso, de las lógicas de la práctica a la lógica logocéntrica, los historiadores pueden apoyarse en la distinción propuesta por Foucault entre “formaciones discursivas” y “sistemas no discursivos” o en la establecida por Bourdieu entre “sentido práctico” y “sentido escolástico”,
en cuanto estas nociones suministran “distinciones que advierten contra el uso incontrolado de la noción de ‘texto’, frecuente e indebidamente aplicada a prácticas cuyos procedimientos no son nada similares a las estrategias que rigen el enunciado de los discursos”[2].
Se aprecia mejor así por qué una implicancia teórica decisiva de las investigaciones historiográficas y los análisis metodológicos de Roger Chartier confluyen en un problema fundamental, abordado en sus respectivos niveles de validez: cómo pensar las relaciones que mantienen las producciones discursivas con las prácticas sociales. Ya en Escribir las prácticas, Roger Chartier nos mostraba la necesidad de distinguir la lógica que organiza la producción e interpretación de los enunciados respecto de la lógica que rige los gestos y las conductas. Aquí resulta ineludible referir que, en la perspectiva de Roger Chartier, la lógica “que comanda las operaciones que construyen instituciones, dominaciones y relaciones no es aquella, hermenéutica, logocéntrica, escrituraria, que produce los discursos”, en la medida en que la
afirmación de la irreductibilidad de las prácticas a los discursos, que siempre articulados mas no homólogos, puede ser considerada como el principio que funda toda historia cultural, a la que se invita así ha precaverse de un uso descontrolado de la categoría de “texto”, demasiado a menudo manejada para designar prácticas cuyos procedimientos no obedecen al “orden del discurso”[3].
Como podemos comprobar, este cuestionamiento de las antiguas certidumbres provistas por los postulados formalistas lo incita a Chartier a mostrarse más que prevenido frente a las ilusiones inmanentistas de la hermenéutica filosófica y literaria, en la medida en que estas comparten supuestos comunes frente a la autonomía de la lengua y el texto. Esto sucede en particular con los enfoques hermenéuticos, que consideran la lectura como una “recepción” o una “respuesta” en forma de “efecto”, universalizando u ontologizando implícitamente el proceso de lectura, a la que evalúan como un acto siempre similar a sí mismo, cuyas circunstancias y modalidades concretas no tendrían importancia. ¿Es esta una caracterización adecuada? En cualquier caso, es más que pertinente el señalamiento de que tanto los análisis hermenéuticos como los posestructuralistas no se muestran historiográficamente provechosos, según Chartier, a la hora de pensar la producción de la significación como una acción construida en función de la relación entre los lectores y los textos. Conforme a esta objeción, lo que aquí llamo “advertencia metodológica” es un modo de denominar aquel recaudo de Chartier que invitaba a
una necesaria prudencia en el uso de la categoría de “texto”, indebidamente aplicada, con demasiada frecuencia, a unas formas o a unas prácticas cuyos modos de construcción y principios de organización no son en nada semejantes a las estrategias discursivas[4].
Claro que esta caución no alienta recaída alguna en un modelo empirista de la prueba documental, donde se trataba básicamente de establecer la autenticidad de los hechos consignados según parámetros filológicos tradicionales. Nada más ajeno a un empirismo conservador que la crítica a la epistemología narrativista de Chartier. Antes bien, para nuestro autor, la cuestión es aceptar que escribir historia es siempre construir un relato y producir una interpretación a partir de datos verificados. Pues no menos cierto es que se ha transformado en un tópico académico la enseñanza de Carlo Ginzburg atinente a entender que la historia es siempre un conocimiento indirecto y un saber conjetural, sustentado en una tarea fundada en la recolección y la interpretación de indicios. Ahora bien, pese a que constituya un saber que infiere las causas a partir de los efectos y que considera relevantes las diferencias individuales, ello no quiere decir que el discurso historiográfico se equipare a una fábula.
En este punto, al mismo tiempo, Chartier opone las lecciones de Michel de Certeau a las tesis radicales de Hayden White, quien, a partir de Metahistoria (1972), pareciera rebajar la historia a una tropología ficcionalmente construida, sin estatuto diferencial respecto a la invención literaria. En cambio, Michel de Certeau le permite a Chartier afirmar que toda representación historiográfica genuina no defecciona de su aspiración a aplicar un régimen de verdad, que instala una relación controlable con lo que postula como su referente. Además de recuperar un fragmento del pasado a partir de una positividad documental, se trata también de comprender la singularidad de un mundo que reemerge desde la pretensión de objetividad metodológica. Pese a que la realidad histórica sea recibida en un texto y, por lo tanto, configure de por sí un mundo textual producido bajo normas y operaciones de crítica documentaria, ello no exime a su instancia discursiva el someterse, precisamente, a modos verificables de control técnico. La interpretación histórica apunta a un trabajo coherente, plausible y explicativo de series o de indicios. Pensar la operación histórica como un conocimiento indicial o conjetural, entonces, no quiere dejar de ser en Chartier una actitud “científica”. Es una estrategia metodológica autocomprendida como una construcción intelectual donde su objeto, el documento, el archivo, en cuanto marcas referenciales de estados de cosas y eventos del pasado, constituye algo diferente a su facticidad originaria, una vez resemantizado en el constructo poético-narrativo de un texto historiográfico (“relato”) no sustraído al marco de racionalidad formal y empírica de una comunidad científica.
Desde este punto de vista, Chartier reafirma el supuesto de que ningún texto, ni siquiera el más objetivamente documental, puede abstraerse de su condición de significante, conforme a un sistema construido según categorías de pensamiento, esquemas de percepción y de apreciación (Bourdieu), reglas de funcionamiento, principios de escritura y modelos discursivos de producción. La relación del texto con la realidad es lo que el texto mismo plantea como “real”, al constituirlo en un referente fuera de sí mismo. En cuanto que texto, el “documento” se construye según ubicaciones genológicas y clasificaciones intelectuales inherentes a cada sistema de escritura. Es desde estas coordenadas del orden del discurso desde que se marcan las reglas de escritura propias del género que clasifica al texto, por ejemplo, de “histórico”. Como contraparte, la historia cultural que acuña Chartier no trata las ficciones como simples documentos; introduce su especificidad como texto situado en relación con otros textos, cuyas reglas de organización y de elaboración formal tienden a producir algo no reducible a una descripción “realista”. Debido a esto, los materiales documentarios no están exentos de una producción discursiva también ligada a procedimientos de construcción donde se emplean conceptos, intenciones, percepciones y aun sensibilidades de sus productores, las cuales interceden en cualquier lectura de una positividad archivológica. Desde esta perspectiva, lo “real” no designa únicamente la experiencia referencial a la que apunta el texto, sino que lo representado aparece y es producido en la forma misma en que se lo enfoca dentro de la historicidad de su producción y las estrategias de su escritura.
Superar el obstáculo del formalismo lingüístico inmanentista, en términos de Chartier, implica evitar los enfoques que tienden a borrar la historicidad del lector. Sabemos que nuestro autor reivindica irreductibilidad de la lógica práctica a la lógica del discurso, pero no invirtiendo los términos, sino explorando sus tensiones e intersecciones recíprocas. Todo su proyecto historiográfico, se diría, se funda en esta concepción dialéctica. En vistas de su propósito general, Chartier sostiene que el trabajo de un historiador consiste no solo en proponer la inteligibilidad más adecuada posible de un objeto, un corpus o un problema, sino además la exigencia de entablar un diálogo interdisciplinario con los aspectos filosóficos, antropológicos, semióticos o sociológicos de su zona temática, en procura de abrir espacios intelectuales inéditos. Sin dudas este carácter interdisciplinario y renovador infunde el propio quehacer de Chartier como investigador y pensador. Un autor para quien establecer claramente la distinción entre las prácticas discursivas y las prácticas no discursivas no implica retornar ingenuamente a un materialismo simplificado, según el cual solo lo “práctico-real” denotaría lo social.
Por todo esto, en distintas intervenciones y foros, Chartier se ha encargado de estimular una visión del saber historiográfico como conocimiento de un orden particular, distanciado tanto de las estrictas regularidades de las ciencias exactas, como de las libres invenciones de la obra de ficción. Ante la fetichización abstracta de las estadísticas, es preciso registrar en la experiencia propia los pensamientos compartidos, históricamente localizados, que en rigor son los que pueden revelar las creencias arraigadas y las categorías primordiales como acciones participativas y deliberadas antes que como sedimentaciones solidificadas de sentido. Es desde este punto de vista “activista” –si pudiéramos expresarlo así– desde que nuestro autor plasma un estilo de historia cultural entendida como una historia de las representaciones y de las prácticas.
Con este horizonte de problemas, Chartier parte del hecho básico de que toda lectura tiene una historia social. Su análisis cultural de las obras nos recuerda que las modalidades que adquieren para leerse o escucharse participan, ellas también, en la construcción de su significación. Al preguntarse Chartier por la articulación entre las prácticas y los discursos, diluye la ilusión universalista de los creadores y promotores de las obras, que ontologizan categorías de pensamiento cuya historicidad no es percibida y se dan implícitamente como permanentes. Su concepción historiográfica descifra sociológicamente las modalidades de publicación, diseminación y apropiación de los textos, explicando que su significación depende de las capacidades, convenciones y prácticas de lectura particulares de las comunidades que integran, en la sincronía o la diacronía, a sus diferentes públicos receptores. Su punto de mira apunta a restituir la historicidad primera de los textos, surgida de las categorías de asignación, de designación y de clasificación de los discursos insertos en un tiempo y un lugar determinados. Se opone así a quienes hacen como si los textos tuvieran significaciones dadas, fuera de las lecturas que las construyen. Gracias a ello, Chartier reestablece paralelamente la materialidad de la comunicación escrita, entendida como la disposición visualmente significante de su inscripción en la página o de su distribución en el objeto libro. De ahí que su perspectiva llegue a abarcar la relación dialógica de las propuestas de las obras con sus expectativas estéticas, de un lado, y del otro, las categorías interpretativas de los sucesivos y diferentes públicos. En el ámbito de la producción literaria, por ejemplo, Chartier tematiza la interacción entre el texto y su lector, analizando el vínculo pragmático entre las obras y las prácticas cotidianas que definen las matrices de la creación estética tanto como las condiciones de su inteligibilidad.
No menos importante es que esta modalidad de la historia cultural e intelectual, redefinida como una historia de la construcción de la significación, analiza la tensión que articula la capacidad inventiva de los individuos singulares y de las comunidades de interpretación con los coerciones, normas o convenciones que limitan lo que les es posible pensar y enunciar, y que instauran los gestos legítimos, las reglas de la comprensión y el espacio de lo que es pensable. Los esquemas que generan las representaciones deben ser también considerados como instancias productoras de lo social, puesto que ellos enuncian los desgloses y las clasificaciones posteriores. Por consiguiente, comprender las significaciones diversas conferidas a un texto, o un conjunto de textos, no requiere solamente enfrentar el repertorio temático de la obra con sus significaciones motivacionales, sino además identificar los principios de clasificación, organización y verificación que gobiernan su producción, así como descubrir las estructuras de los objetos escritos o de las técnicas orales que aseguran su transmisión. Esta alianza entre series discursivas, historia del libro y prácticas de lectura define el aporte clave de las investigaciones historiográficas de nuestro autor.
Conviene insistir en el hecho de que, si bien Chartier nos muestra la necesidad de partir, en la historia cultural, de una representación previa de la lectura por parte de sus agencias autorales y organizativas, el análisis se completa recién cuando se logran exhibir las estrategias de sujeción o bien de seducción del lector que todos ellos utilizan, estrategias de edición mediante, en la materialidad del libro, inscribiendo en la superficie del objeto mismo los dispositivos textuales y formales que apuntan a controlar más estrechamente la interpretación del texto. Esta disposición paratextual cubre un rango que lleva desde los prefacios, los memoriales, las advertencias preliminares, las glosas o los comentarios (que formulan cómo la obra debe ser comprendida), hasta la organización de la escritura en la extensión de la página o en el desarrollo de la totalidad objetual que instaura el libro como ente. Son estos los dispositivos que se encargan de guiar y regular la lectura. Recursos erigidos como medios de que disponen los agentes poseedores de la autoridad sobre los textos frente a su posible corrupción o desviación, cuando una divulgación indómita los expone a interpretaciones “salvajes”. Todo esfuerzo totalitario por controlar o normar la recepción resulta vano. Ni la prohibición, ni el distanciamiento, ni las coacciones explícitas o implícitas que pretenden domeñar la interpretación logran del todo someter la práctica concreta de los lectores. Y ello porque siempre el texto es producido (reproducido) por la imaginación y la interpretación del lector, que, a partir de sus capacidades y expectativas, así como de las prácticas propias de la comunidad a la que él pertenece, construye un sentido cada vez singularizado. La paradoja según la cual el sentido textual es dependiente de constricciones impuestas, por un lado, y, por el otro lado, inventivo en sus desplazamientos, reformulaciones y subversiones debe descifrarse en su productividad inherente. Más todavía, diríamos que merece celebrarse como un acto de emancipación cultural.
El problema es, si acaso, que los individuos, en función de las posiciones estructurales que caracterizan los diferentes grupos sociales, disponen desigualmente de recursos materiales, lingüísticos o cognitivos a la hora de construir sus intereses y apreciaciones de recepción. Esto genera una tensión entre las capacidades inventivas de los individuos o de las comunidades y las coacciones y las convenciones que limitan heterogéneamente lo que es posible pensar, decir y hacer. De aquí que deba admitirse, para Chartier, que las apropiaciones particulares e inventivas de los lectores singulares dependen, en su conjunto, no solo de los efectos de sentido construidos por las obras mismas –y de los usos y de las significaciones impuestas por las formas de su publicación y circulación–, sino de las competencias, categorías y representaciones que rigen la relación que cada comunidad interpretativa tiene con la cultura escrita. Más precisamente: Chartier explica que la fuerza de los modelos culturales dominantes no anula el espacio propio de su recepción, puesto que siempre existe una distancia entre la norma y lo vivido, el dogma y la creencia, los mandatos iniciales y las conductas finales. Bajo esta luz, si bien las obras definen objetos producidos en un orden específico, en su circulación se liberan de este constreñimiento original y pasan a existir a través de las significaciones que sus distintos públicos receptores les van atribuyendo.
Pasando en limpio esto último, puede notarse con facilidad que Chartier propicia un espacio de trabajo que compete al estudio crítico de la producción de sentido operada por un lector singular que está a merced de una serie de coacciones. Semejante coerción procede inicialmente de los efectos de sentido buscados por los propios textos a través de los dispositivos mismos de su enunciación y la organización de sus enunciados, prolongándose en los desciframientos impuestos por las formas en que se dan a leer en su estatuto de obra, y consumándose en las convenciones de interpretación propias de una época o una comunidad. Este proceso no dibuja, sin embargo, la cartografía lineal de un único movimiento de la significación. Antes bien, se trata de recuperar la historicidad y la discontinuidad de los funcionamientos simbólicos multilinealmente entrelazados con sus prácticas efectivas de recepción no disciplinada. Dado que los recursos que los discursos pueden poner en acción, los lugares de su ejercicio, y las reglas que los contienen están histórica y socialmente diferenciados, hay una distancia entre los mecanismos que apuntan a controlar y someter a los receptores/lectores/intérpretes/espectadores, y las resistencias o insumisiones de aquellos que son su objetivo. Se trata entonces de inscribir la comprensión de los diversos enunciados que modelan las realidades dentro de coacciones objetivas que, a la vez, limitan y hacen posible su enunciación. Porque, si el mundo de los textos configura un mundo de objetos y de performances, el mundo del lector conforma la “comunidad de interpretación” a la que pertenece y que define un mismo conjunto de competencias, de normas y de usos.
La fuerza de los instrumentos puestos en acción para imponer una disciplina, un orden o una representación, entonces, tiene necesariamente que transigir con los rechazos, las resistencias, las distorsiones y las astucias de quienes pretenden someter. Esa nueva cota de comprensión –particularmente útil en contextos periféricos coloniales y poscoloniales, quisiera enfatizar– dilucida las diversas estrategias (autorales, editoriales, críticas, escolares, publicísticas) que intentan fijar e imponer su sentido, dejando al descubierto su diferencia con las apropiaciones plurales y móviles de los lectores, que les dan usos y comprensiones que les son propios. Por consiguiente, este enfoque descubre la heterogeneidad interpuesta entre las imposiciones normativas de los textos y las reformulaciones, desviaciones, apropiaciones y resistencias que aquellas encuentran en los trayectos múltiples de su recepción concreta y situada. Esto explica que la inculcación de nuevas sumisiones y la definición de nuevas reglas de comportamiento deben siempre negociar con las representaciones enraizadas y las tradiciones compartidas. Esta mirada modifica la percepción/valoración de “lo popular”. La cultura popular no puede inferirse a partir de prácticas, creencias o textos específicos. Lo que hay que averiguar es más bien cómo los dominados llegan a interiorizar su propia inferioridad o ilegitimidad, conforme a detectar y reconstruir las lógicas por medio de las cuales una cultura dominada se esfuerza en preservar cierta coherencia simbólica, lo cual cubre tanto los saberes metropolitanos como los saberes coloniales.
Resumidamente dicho, Chartier enseña que ninguna obra está dotada de un sentido estable y monológico. Al contrario, son dispositivos abiertos, sujetos a múltiples y dinámicas significaciones, construidas en el reencuentro entre proposición y recepción, formas y motivos, expectativas y competencias. Por más que los creadores, las autoridades o las clerecías aspiren a fijar el sentido y articular la interpretación correcta que deberá domeñar la lectura de la textualidad que ellos mismos generan y organizan conforme a su gobierno del decir letrado, no pueden nunca evitar completamente el tipo de recepción que inventa, desplaza o distorsiona el sentido originalmente planificado y establecido. Las obras se sustraen a las reglas, convenciones y jerarquías de su contexto de surgimiento y campo de producción, puesto que, una vez que migran a otras zonas del mundo social (especialmente en zonas periféricas, cabe subrayar) y son utilizadas por receptores no “normalizados”, sus constructores originales ya no tienen poder directo sobre la proliferación desbocada y anómala de las interpretaciones y destinaciones del objeto textual.
Cuando Chartier estudia la oposición entre creación y consumo, producción y recepción, sostiene que, a partir de esta distinción primordial, surge toda una serie de corolarios implícitos, comenzando por la base de una representación del consumo cultural que se opone, palabra por palabra, a la de creación intelectual: pasividad contra invención, dependencia contra libertad y alienación contra consciencia. Por ello sus contribuciones historiográficas trasponen la separación tajante entre producción cultural y consumo receptor.
El consumo cultural o intelectual no construye ningún objeto de significado (obra), pero constituye representaciones que nunca son idénticas a aquellas que el productor ha empleado en su obra. A la obra no se le confiere sentido más que a través de las estrategias de interpretación que instituyen sus siempre variables e irregulares significados. De este modo, el autor pierde su privilegio como intérprete absoluto de la verdad supuestamente única y permanente de su obra. Pues su intención de creador no contiene toda la comprensión posible de su creación, como si imperara siempre sobre la pasividad obediente de sus receptores. Desde este ángulo de la temática, el consumo cultural es elevado al estatus de otra producción. Pues el consumidor cultural, en vez de verse sometido a la omnipotencia del mensaje ideológico o estético que se considera que lo modela verticalmente, antes bien, moviliza la reapropiación, el desvío, la desconfianza o la resistencia.
No es cierto entonces que el sentido de un texto esté oculto, y que solo la crítica puede esclarecer su semántica encubierta. Chartier justifica, con sus vastas investigaciones, que, si todo texto es el producto de una lectura, es porque proviene de una construcción del lector. Nos muestra pues que, concebidos
como un espacio abierto a múltiples lecturas, los textos (pero también las categorías de imágenes) no pueden ser captados ni como objetos de los cuales bastaría señalar la distribución ni como entidades cuya significación estaría clasificada sobre el modelo universal, sino considerados en la red contradictoria de las utilizaciones que los fueron constituyendo históricamente,
lo cual permite restituir “aquello que los lectores hacían de sus lecturas”, recuperando entonces
la comprensión directa, en el recoveco de una confesión oral o escrita, voluntaria o forzada; el examen de la reescritura y la intertextualidad donde se anula el corte clásico entre escritura y lectura dado que aquí la escritura es en sí misma lectura de otra escritura;
y esto con el fin de situarse “en la encrucijada de una intención (la de los productores de textos) y una lectura (la de su público)”, y así advertir –en el doble sentido de alertar y captar– que la “historia intelectual debe plantear como fundamental la relación del texto con las lecturas individuales o colectivas que, en cada ocasión, lo construyen (o sea, lo descomponen para una recomposición)”[5].
Si la tarea fundamental de la historia intelectual es develar los vínculos de las lecturas individuales o colectivas de los textos en sus modos situados de descomposición y recomposición, el mundo de ideas latinoamericano bien puede hacer de esta clave hermenéutico-material su postulación metodológicamente reguladora, pues yace en sus propias intuiciones críticas. Volveré en la última pregunta sobre este punto, que considero crucial en una lectura periférica y latinoamericanista del legado de Chartier.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
El referido conversatorio de Chartier posee una riqueza invaluable desde el punto de vista de resumir las claves fundamentales de una trayectoria tan vasta como rica de investigación y reflexión. En lo personal rescato aquellos aspectos que he venido abordando hasta aquí, pero que ahora puedo abreviar desde la propia oralidad de nuestro historiador, cumpliendo de paso una función sinóptica. No sin cierta cuota de arbitrariedad en mis recortes temáticos, recuperaría de la voz viva de nuestro autor las siguientes tesis y proposiciones cardinales:
- la idea de que la lectura es una apropiación que produce un sentido no sometido necesariamente a la intenciones autorales y editoriales de los textos, llegando a utilizarlos no solo inventivamente, sino “de una manera subversiva”, de lo cual surge que la lectura es antes producción que “consumo”;
- el llamado a evitar la universalización poética y narrativa de la práctica de la lectura, como si esta fuera independiente de la pluralidad de sus condiciones sociales, divisiones de poder, técnicas materiales y situaciones locales;
- el desafío de historiar las prácticas de lectura con la debida atención a las modalidades articuladas de las circulaciones, las apropiaciones, los préstamos, las imitaciones, y los mestizajes textuales;
- la necesidad de sortear el escollo de la literalidad de toda obra (incluyendo desde luego la del propio Chartier), que prohibiría sus apropiaciones libres; y
- e) la sugerencia de incorporar una pluralidad de lecturas de la tradición nacional y mundial –por encima del imperialismo lingüístico anglosajón– como condición del pensar por sí mismo y de la renovación creativa de las disciplinas humanísticas.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
Quisiera responder esta pregunta decisiva con un rodeo y a través de un solo ejemplo. Beatriz Sarlo sostuvo que Borges inventó una tradición cultural ex céntrica por ser un lector localizado y autonomista de las literaturas extranjeras[6]. Esta afirmación confirma, a guisa de una metonimia hermenéutica, cómo las tesis de Roger Chartier sobre las libres apropiaciones de lectura en su condición productiva no solo son homólogas con la autocomprensión crítica periférica, sino que encarnan aun su posibilidad misma de transformarla en una pretensión emancipatoria. Dice Sarlo: Borges reinventa y rearma. Dice Chartier: todo lector descompone y recompone. Centro y Orilla se igualan en sus propias prácticas de apropiación y reproducción libres. Restaría preguntarse, quizá, hasta qué punto nuestra diferencia desde el margen es una condición de posibilidad de su pretensión de autonomía cultural y conocimiento no dependiente, sin por ello suprimir, como enseña Chartier, la pretensión científica de sus métodos, y mucho menos resignar la vocación ecuménica de su palabra.
- Chartier, Roger, El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, trad. Marcela Cinta, México, Universidad Iberoamericana, 2005, pp. 81-82.↵
- Ibíd., pp. 32-33.↵
- Chartier, Roger, Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin, trad. Horacio Pons, Manantial, Buenos Aires, 1996, pp. 50-51.↵
- Ibíd., p. 93.↵
- Chartier, Roger, “Historia intelectual e historia de las mentalidades. Trayectorias y preguntas”, en El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, trad. Claudia Ferrari, Gedisa, Barcelona, 2005, pp. 38-39.↵
- Permítaseme una cita in extenso: “Lo primero que hace Borges es inventar una tradición cultural para ese lugar ex –céntrico que es su país. […]. Borges reinventa un pasado cultural y rearma una tradición literaria argentina en operaciones que son contemporáneas a su lectura de las literaturas extranjeras. Más aún: puede leer como lee las literaturas extranjeras, porque está leyendo o ha leído la literatura rioplatense. En Borges, el cosmopolitismo es la condición que hace posible una estrategia para la literatura argentina; inversamente, el reordenamiento de las tradiciones culturales nacionales lo habilita para cortar, elegir y recorrer desprejuiciadamente las literaturas extranjeras, en cuyo espacio se maneja con la soltura de un marginal que hace libre uso de todas las culturas. Al reinventar una tradición nacional Borges también propone una lectura sesgada de las literaturas occidentales. Desde la periferia, imagina una relación no dependiente respecto de la literatura extranjera, y está en condiciones de descubrir el ‘tono’ rioplatense porque no se siente un extraño entre los libros ingleses y franceses. Desde un margen, Borges logra que su literatura dialogue de igual a igual con la literatura occidental”. Sarlo, Beatriz, Borges, un escritor en las orillas, Buenos Aires, Seix Barral, 2007, 1.º ed. 1995, pp. 14-15.↵







