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Lecturas transatlánticas para lectores del sur

Apropiaciones de Chartier en el litoral

Juan Cruz Giménez

El historiador busca localizar e interpretar el artefacto temporalmente en un campo en el que se intersecan dos líneas. Una línea es vertical, o diacrónica, y con ella establece la relación de un texto o de un sistema de pensamiento con expresiones previas en la misma rama de actividad cultura (pintura, política, etcétera). La otra es horizontal, o sincrónica; con ella afirma la relación del contenido del objeto intelectual con lo que aparece en otras ramas o aspectos de una cultura al mismo tiempo.

      

Carl Schorske, Roger Chartier, El presente del pasado:
escritura de la historia
(2005: 23)

1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?

En mi caso personal, las primeras lecturas de Chartier se dieron en breves artículos comentados en clases de Teoría de la Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias (Universidad Nacional del Litoral). El período de formación superior transitó en la segunda mitad de los años 90 hasta el egreso con el título de grado (profesor y licenciado en Historia) en el año 2000. Esas primeras lecturas muy iniciales alentaron la curiosidad para pensar la formación disciplinar en una coyuntura no tan grata marcada por una década de desencantos, crisis del discurso historiográfico, caída de modelos sociales y políticos, una recurrente necesidad de pensar el objeto, el método y la teoría de la historia y la tarea del historiador en su amplia definición. La Argentina también compartía su propia crisis entre los años del menemismo y el auge de políticas neoliberales hasta la crisis del año 2001.

En adelante, pude volver a encontrarme con otros textos de Chartier, pero en otro escenario en el que pude disfrutar y definirme como un curioso de sus lecturas e interpretaciones. En especial durante la formación de posgrado como formación de la Maestría en Ciencias Sociales, a la par de la tarea docente en educación media y superior en el gran Santa Fe. En todo el tránsito, los diálogos con el historiador Darío Macor me incentivaron a profundizar en las lecturas orientadas a pensar en otra perspectiva las experiencias en el pasado, las culturas políticas y en particular el peronismo santafesino, que había sido el tema de la tesis final de licenciatura. Un acto más de estos encuentros, aunque fugaz, un artículo de Chartier fue sintéticamente comentado en un seminario de “Lingüística y análisis del discurso” que formaba parte del diseño curricular superior de la Licenciatura en Historia que estaba cursando junto a Carlos Caudanna en ese momento. Saussure, Greimas, Bourdieu y por supuesto Chartier ya eran parte de estas primeras provocaciones.

La próxima coyuntura de encuentro con un texto de Chartier fue determinante: la lectura o las lecturas de los artículos que integran El mundo como representación, editado por GEDISA (usina de publicaciones del pensador e historiador francés) como parte de la línea Clásicos de Mañana (CLADEMA Ciencias Sociales), traducido por Claudia Ferrari en su sexta edición en español de junio de 2005.

Quisiera detenerme aquí unas líneas sobre esta edición y su abordaje en tiempos de formación de posgrado. En ese momento, la lectura de algunos de sus artículos multiplicó preguntas antes que posibilitó respuestas; sin lugar a duda, interpelar a Chartier fue un notable desplazamiento en la forma de interpretar las ciencias sociales, la historia, la forma de preguntar. Sin tener plena conciencia, lo que estaba bajo signo de interrogación en estos años es el propio yo como historiador o investigador en formación. Luego de una etapa de formación disciplinar, resultaba muy bienvenido el ejemplar para asumir incertidumbres y desplazamientos críticos.

El mundo como representación resultó fundamental en varios sentidos, el primero que puedo recordar es el modo de presentar los debates o las discusiones como ejercicio sustantivo como puerta de entrada para reconsiderar los aportes derivados de la perspectiva historiográfica. Incluso en la formación de grado, me había desempeñado como estudiante adscripto en dos años seguidos en la cátedra de Metodología de la Investigación, y, como egresado y docente de la formación superior, las primeras experiencias se concentraron en teoría e historia de la historiografía hasta la fecha. Es decir, volví la mirada sobre Annales, pero ya no como un objeto homogéneo, sino en su pluralidad y en especial en su cuarta generación mediante sus notables contribuciones: la historia intelectual, la historia de las mentalidades (que no son lo mismo), sus defensores y sus detractores académicos. Y una curiosa necesidad se hacía permanente, no ir a buscar nuevas lecturas propias de una renovación teórica, sino, por lo contrario, volver a las lecturas de los primeros años en la Facultad de Formación Docente en Ciencias. Revisar, repensar, volver a leer, volver a preguntar, volver a ordenar para desordenar una vez más. Al dialogar con Annales a lo largo de una década (2000-2010), en cada clase se volvió frecuente acceder a los clásicos de Bloch, Febvre, Braudel. Pero también ya era imposible compartir dichas lecturas sin las preguntas de Chartier, las nuevas formas de la historia en Duby, Aries, Revel, Ricoeur y la certeza concreta de que era el momento de iniciar los estudios en la lengua francesa.

En el prólogo al texto, Chartier (durante el verano de 1991) advierte al lector en la primera edición que lo que se conoce como libro es un conjunto de nueve artículos publicados en distintos momentos (1982, 1983, 1984, 1987, 1989, 1990). Y en mi caso, estaba abriendo un nuevo horizonte de lecturas veinte años después en su traducción española para la circulación en Latinoamérica. Sin querer o sin pensarlo, el historiador francés provoca tensiones que no todas tienen resolución, ni se sostienen en el tiempo, en una clave de diálogo transatlántico que hasta esos años no había reparado y que hoy se cristaliza a través de lecturas, artículos, debates. En este tema también sus aportes resultaron determinantes.

Por otra parte, leer a Chartier seguía provocando múltiples desplazamientos o certezas propias de las incertidumbres que generaban nuevos horizontes en el campo de las ciencias sociales. La siguiente revisión me permitió recuperar los aportes de la teoría de la historia también en la carrera de grado, si bien el docente a cargo (Carlos Iglesias) promovía lecturas que en ese momento resultaban para mí de escasa comprensión (fenomenología, estructuralismo, escuela de Fráncfort, teoría de la acción y lingüísticas varias), como las tensiones fundantes a la constitución disciplinar en la historia: narrativa, teoría, pretensión de verdad histórica.

La cuestión esencial que esta historia nos plantea es la de las relaciones existentes entre las modalidades de apropiación de los textos y los procedimientos de interpretación que sufren. ¿Cómo los textos, convertidos en objetos impresos, son utilizados (manejados), descifrados, apropiados por aquellos que los leen (o escuchan a otros que leen)? ¿Cómo, gracias a la mediación de esta lectura (o de esta escucha), construyen los individuos una representación de ellos mismos, una comprehensión de lo social, una interpretación de su relación con el mundo natural y con lo sagrado? (Chartier, 2005: I).

Debo afirmar que la potencia de este texto en particular, al que dedico varias líneas como excepción, es singular.

Y por supuesto, era el momento del encuentro con otra categoría particular: las prácticas, los actores. Es que descubrimos, sin saberlo conscientemente, que el autor y conferencista francés nos dejaba al desnudo las múltiples dimensiones de diversas prácticas de lecturas desde la modernidad hasta nuestros días. Prácticas, actores, apropiaciones, representaciones, construcciones simbólicas en tiempos modernos (de ocio y trabajo) en el mundo europeo y en perspectiva transatlántica. Evidencias empíricas, configuraciones propias de los libros azules o de las bibliotecas azules en cuya organización se estampa un tiempo presente interpelado por un tiempo pasado distinto.

A modo de sintetizar con la primera pregunta, el ejercicio de responder cuándo fue el momento en el que me encontré con textos de Chartier resulta interesante, tal vez por impreciso, o por esa dinámica repetitiva y consecutiva que hace dejar de lado una posible respuesta a una simple pregunta. Es como que la textualidad y paratextualidad de Chartier se fue presentando desordenadamente, imprevistamente, desorganizadamente en el momento que ingresaba a un archivo, a un documento, a un testimonio de ese pasado narrado con aspiraciones de universalidad y verdad por cierto difusa siempre.

2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?

El acercamiento por dialogar entre historia, educación y política fue posible en coyunturas de conmemoraciones que provocaron interés en archivos propios a instituciones educativas, en primer lugar una compilación sobre la historia de la Escuela Industrial de la Nación en Santa Fe (2009), el centenario de la primera Escuela Normal mixta de maestros rurales (en Coronda), que terminó siendo objeto de escritura y publicación de la obra Auroras en provincia (2011); finalmente una edición nueva que amplió la mirada a otros diálogos y lecturas que materializó una nueva publicación: La política en las tramas educativas (2017) cuya tarea compartimos junto a Bernardo Carrizo.

La relectura de Chartier fue asimismo clave en el ordenamiento de preocupaciones, interrogantes y nuevas lecturas sobre el yo de un curioso observador en distintos archivos que permitieron la escritura ante un nuevo desafío como fue la tesis final de la maestría en Ciencias Sociales y el tránsito a estudios del doctorado en especialización en Historia y Educación. Luego de la defensa final, y centrado en el tema políticas educativas y reformas pedagógicas, el resultado final fue la publicación del libro Virado a Sepia (2021). En este libro, algunos de los capítulos resultan como consecuencia de este rico y complejo proceso de lecturas e interpretaciones. Una fuente prioritaria en la investigación y que fue objeto de reflexión es el Boletín de Educación de la provincia de Santa Fe. Este documento prescripto en la ley de educación primaria o elemental de la provincia (1886) estaba a cargo en su organización, edición y publicación mensual por el Ministerio de Instrucción Pública (aunque con diversas denominaciones) y el Consejo General de Educación en modo similar al Monitor de la Educación Común bajo dependencia del Consejo Nacional de Educación nacional. El boletín es una publicación polifónica, cuyo objetivo central es la circulación de novedades en distintas secciones que llegan en forma de suscripciones a maestras, maestros y educadores del sistema.

Cada boletín resulta determinante en el proceso de investigación; su organización en áreas como novedades editoriales, conferencias, normativa, experiencias pedagógicas, balances, mensajes del Poder Ejecutivo, resoluciones… convierte a esta fuente en una pieza rica y compleja a la vez. Un acerbo documental que es posible de ser intervenido como un programa de historia cultural, como práctica de lectura y escritura, como red de sociabilidad, como burocracia educativa, como generación de representaciones. Una posibilidad de “escuchar a los muertos con los ojos”, como repite Chartier una y otra vez.

Para concluir, por estos días estoy compartiendo la instancia previa a la publicación colectiva sobre la producción académica del pedagogo Juan Mantovani en la zona litoral (San Justo, Santa Fe, La Plata, Buenos Aires). Esta empresa presentó numerosos conflictos y tensiones a la hora de dar inteligibilidad a una producción mayor que contempla discursos, conferencias, proyectos de reformas de la educación secundaria (como la de 1934), análisis pedagógicos, ensayos históricos, narrativas filosóficas que Mantovani produjo en forma constante entre las décadas de 1920 y 1960. ¿Por qué volver a Chartier? Una vez más, el oficio del historiador y las prácticas de lectura resultan objeto de reflexión. Para una basta producción que se caracteriza por traducciones varias, ediciones múltiples, documentos oficiales, documentos de cátedra, proyectos normativos, discursos como inspector de escuelas o como ministro de Instrucción Pública de la provincia (entre 1937 y 1941), es necesario recuperar las sugerencias que son objeto de estudio en una mínima biblioteca de Chartier para la historia de la educación. En poco tiempo la obra colectiva estará en imprenta y esperamos que su socialización permita confirmar una escritura que dé cuenta de los desafíos aquí enumerados.

3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.

El conversatorio promovido por USAL se convirtió en una nueva excusa para remover esas capas y experiencias de lecturas, preguntas que Chartier había provocado en mi formación de grado y posgrado durante la década anterior. Entre los puntos desarrollados y los problemas o nudos analíticos, puedo distinguir algunos tópicos. El primero es el que el intelectual francés define como delgada diferenciación en la renovación narrativa en el campo de las ciencias sociales y de la historia en modo específico. Como he afirmado anteriormente, la fuerte carga teórica de varios representantes de la cuarta generación de la escuela de Annales, luego de una década latinoamericana de neoliberalismo, crisis, inconformismo y licuación de los grandes modelos de narrativa dominante (por solo mencionar los iniciales debates de Nolte, Furet y Hobsbawm). Una primera diferenciación desde la historia de la educación y la historia cultural (historia de la cultura escrita, edición y lecturas). Como repite Chartier, el primer problema es pensar las tensiones entre las normas y las prácticas de lectura fuera de la escuela, es decir, reflexionar sobre comunidades de lectores, la no imposición y lo extraescolar. El otro tema es pensar el orden discursivo, el sentido práctico (P. Bourdieu), la especificidad de las prácticas y la lógica propia entre la oralidad y la escritura siempre dentro de la institución escolar. Sin dejar de incorporar la traducción y trasmisión. Finalmente, el tercer problema se detiene en la relación entre historia y memoria, recuerdo y olvido, conservación y permanencia.

Y el conversatorio que analizamos no debe ser más que situado en su contexto, aún de mayor incertidumbre; transitábamos algo nuevo, desconocido, denominado “covid-19” o “coronavirus”, y es como que el tiempo se detuvo a escala global. En esta configuración me encontraba revisando archivos ya digitalizados durante los años 2019 y 2020, escribiendo la tesis ya de por sí desafiante (de maestría), y un maduro Chartier que volvía a hacer preguntas sobre la historia de la educación, los archivos, las prácticas, los actores. Una vez más. Ahora ya no era posible dejar de lado los interrogantes asumidos. Justamente, la escritura del tema de investigación en ese período se detenía en las políticas educativas, las culturas políticas y las reformas pedagógicas en la provincia de Santa Fe durante los años treinta (1930-1943). Los diálogos en contexto de aislamiento social, preventivo y obligatorio fueron atravesados en varias oportunidades por los modos de lectura, las apropiaciones y las aspiraciones narrativas entre literatura e historia entre Mara Petitti y Bernardo Carrizo, que dirigían el ejercicio final. Aquí una vez más Chartier acechando entre los archivos, pero ahora en el contexto de pandemia.

Pero allí no terminaron las consecuencias de un nuevo encuentro; en su conferencia del año 2021, Chartier retomó el carácter complejo determinado en las dificultades para una historia de la lectura, y para el análisis de lecturas y recepción. Prácticas no lineales, no homogéneas, que no deben entenderse como prácticas que dejan huellas, que dejan evidencias. Pero quiero detenerme en una dimensión que el presente ejercicio reflexivo y de escritura provoca, ya no es el diálogo con la textualidad de Chartier, sino también de una densa red de intelectuales que el mismo especialista cita en forma tangencial en sus conferencias (incluso ya lo había escuchado en su visita a las XI Jornadas Interescuelas de Historia en Tucumán en el año 2007). Inevitablemente, leer a Chartier es leer una biblioteca explícita. Pensar las prácticas y la lectura en Michel de Certeau de rápido olvido (con excepción de los contemporáneos y sus revisiones, reconstrucciones a partir de fuentes orales). Esto no pasó con historiadores del siglo XIX, como lo señala el intelectual francés. Pero además advierte que vamos a encontrar obstáculos entre cartas, memorias, diarios íntimos de potencial documental, pero encontrado en modos muy desiguales.

Otra posibilidad es el registro de lectores en libros impresos, anotaciones, comentarios, selecciones de lecturas con técnicas compartidas (como en el Renacimiento, por ejemplo: los lugares comunes de lectura). O las transformaciones de lectores y lecturas, ediciones y publicaciones en los siglos XVI y XVII, como sentencias, textos, anotaciones para poder ser interpretados por nuevos abordajes por parte de historiadores (fábulas, obras teatrales, sentencias y pretensión de verdad universal). En cambio, el siglo XVIII confirma que ya se cristalizan lugares comunes, lectores con oposiciones, adversarios, enemistades y conflictos (en bibliotecas inglesas y europeas). Y en esta metamorfosis, otro tema es parte de la reflexión: identificar la lectura organizada por el libro como unidad, con el texto, pero también con la forma material del texto en el objeto impreso, referimos a géneros literarios, normas estéticas y discursivas, dispositivos, intervenciones, objeto de impresiones, tipografía, puntuaciones (elementos no verbales). Y una nueva apropiación sugiere Chartier en la lectura de Donald MacKenzie y las cambiantes formas y dinámicas del objeto impreso. Como los aportes para entender la lectura como apropiación, construcción de sentidos que no es intención del autor del texto en absoluto.

Como lo confirma en el conversatorio, Chartier sostiene que, en el proceso de invención de lo cotidiano, la lectura es una invención, no un consumo, hay espacios e intersticios entre el lector y el texto. Y, aunque no lo recordaba, el caso de Armando Petrucci como historiador global de la cultura gráfica invita a atender a la totalidad de condiciones y prácticas de lecturas y escrituras en una sociedad dada en contexto. La interdisciplina en las ciencias sociales, la transversalidad, la integración de miradas y perspectivas. Petrucci, como paleógrafo e historiador de lecturas, nos pregunta por la morfología y la tipología en los documentos escritos. Pensar el poder sobre la escritura, el monopolio y el uso, la exclusión de los que no tienen poder y el poder de la escritura como conquista luego de la superación del monopolio hegemónico a partir de la movilidad social y la emancipación colectiva. Análisis morfológico traducido en historia política y social. Historia de la lectura y dialéctica, tensiones entre expectativas, nuevos modos y paradigmas de lecturas (modernista, renacimiento, medievales). En pocas palabras, podemos decir: nuevos tipos de libros para nuevas expectativas.

Es posible afirmar que los diálogos sobre las fuentes que propone Chartier y la posibilidad de preguntar sobre actores y prácticas tuvieron como consecuencia (en lo personal) repensar el acceso a los archivos y las fuentes. En el punto anterior, hice referencia a la oportunidad en la que se constituyeron las conmemoraciones que propiciaron años de escritura que dieron como resultado Auroras en provincia (2011) y La política en las tramas educativas (2017), hasta el reciente libro Virado a sepia. Política y educación en Santa Fe de los años treinta (2021). Es que el permanente acceso a diversos archivos posibilitó identificar prácticas de lecturas (maestras rurales, maestras en dictadura, agremiaciones docentes, discursos pedagógicos, propuestas institucionales), pensar en los alcances, las limitaciones, el objeto y la metodología de la historia de las mentalidades y la historia cultural. Un abanico de representaciones, apropiaciones y prácticas en sus dos dimensiones, como distingue Chartier. La dimensión de la didáctica, la pedagogía y las lecturas escolares, pensando en condiciones sociales que permiten la lectura o que integran varias prácticas de lecturas (historia social, de la desigualdad social) contra la pretensión de universalizar la lectura y las interpretaciones. Siempre teniendo presente el cuidado con la pretensión de universalizar, es una clara advertencia que nos realiza el intelectual francés.

En el mismo sentido, fue posible distinguir comunidades de interpretación (sugeridas por el crítico literario Stanley Fisch) en cuanto filiaciones, lugares, comunidades, pluralidades de determinaciones sociales en interpreter community. Asumiendo las tensiones propias al proceso de interpretación. Como señala Chartier, es difícil identificar grupos y actores específicos frente a lo escrito (retomando a Michel de Certeau en cuanto a la fábula mística en España y Francia en los siglos XVI y XVII). También es posible el camino inverso a partir de prácticas comunes en comunidades identificadas, pero con estrategias diversas de lecturas. Pensando en actores, prácticas, lugares, tradiciones, tiempos (rurales, dictaduras, de fronteras).

En el conversatorio, Chartier nos introduce en un problema específico, y en lo personal lo considero relevante. La tarea del historiador, el proceso de la narrativa, la apropiación del texto y la construcción de significado. Así, el campo de la historia, la historia global, la historia comparada, los debates historiográficos, la microhistoria, las historias conectadas, la teoría de la historia y las polémicas, la historia y la filosofía son espacios en diálogo permanente. Objeto, teorías y métodos en el campo de la historia y los historiadores. Ya no se trata de un trabajo personal, analítico, aislado; debemos pensar las modalidades de intercambios, hibridaciones mestizajes, pluralidad plena. Una tarea más compleja en el campo de las ciencias sociales.

Otro desafío es pensar la articulación para la escritura de la historia, formas retóricas y narrativas con pretensiones de verdad sobre el pasado. Escritura y verdad, escritura y relato, como en el caso de Carlo Ginzburg y sus interrogantes entre retórica del discurso y prueba del conocimiento. Archivo y biblioteca son fundamentales en esta tarea, con procesos de digitalización que nos ponen de frente a otra modalidad con distinta relación ante los documentos, ya el objeto es otro (el computador). Hay un nuevo mundo para las prácticas historiográficas, incluso luego de la pandemia, de la que debemos aprender, con ilusiones y expectativas.

Este conjunto de operaciones en la narrativa y objetivación del pasado es novedoso. Fuentes y análisis historiográficos, debemos trascender las estrategias, pensar las nuevas formas, es necesario interrogarse sobre toda producción y condición de materialización de investigación en la historia. Representación, lógica, práctica, reglas, códigos que no han sido producidos para el historiador y su tarea, justamente lo contrario. No forzar interpretaciones contemporáneas sobre las fuentes y los archivos. Chartier nos llama la atención sobre los tipos de fuentes y los modos de acercarse a los documentos. Estas apelaciones me trajeron a la memoria un episodio en el que un breve texto de Chartier había sido parte de los encuentros de talleres con historiadoras como Marta Bonaudo, Nidia Areces, Irma Antogniasi y Sandra Fernández, con filiación en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Rosario a mediados de los años 1990. Pero, en otro sentido, pensar las prácticas desde una historia regional, desde las vacancias y los diálogos fragmentarios entre la historiografía nacional y los espacios subnacionales.

Y, si en algo fue determinante, la lectura de Chartier abrió las preguntas acerca de la dimensión afectiva, las emociones y las sensaciones en la producción de lecturas. A partir de una doble definición, las emociones como objeto y actor histórico (G. Lefebvre), los estudios sobre el miedo colectivo en la revolución, también en la sociedad feudal de M. Bloch como formas de pensar y sentir. Y en el conversatorio lo vuelve a poner sobre la mesa. Aportes novedosos, como la historia de las emociones y de las categorías, a mediados del siglo XX, la producción francesa se especializó en estas dimensiones (historia de las mentalidades), como Duby o Madrou. También está el tema del procedimiento en las emociones, como atributo del historiador al que debe prestar atención en la intervención y el tratamiento de los documentos, pensar el yo con el pasado y su contenido.

Retomando el itinerario propuesto en el conversatorio, el intelectual francés ratifica el peso específico del yo, la primera persona, la forma del relato y las alternativas de otras figuras narrativas, nueva realidad historiográfica, nuevos procedimientos. Estamos ante el problema de la historicidad de emociones y afectos. Se trata de categorías transversales, como es el caso del estudio histórico del miedo en coyunturas muy diversas (en la perspectiva de N. Elías contra Freud) con paradigmas de interpretación totalmente diferenciales, hay una historicidad en la materialización de los objetos de estudios (psicología y proyectos de civilización). Nos dice Chartier que la lectura debe ser pensada en relación con el cuerpo, no reducida a la voz y lo escrito, se debe pensar sus efectos sobre los cuerpos (iras, placeres, furor, ira, lágrimas). Diálogos propios de un mundo de quimeras desconectado del mundo social, una lectura peligrosa para los cuerpos y una lectura de lo estético son clave en el campo de la historia de la educación en cuanto a buenas lecturas, lecturas prohibidas, lecturas del descubrimiento de saberes y tradiciones pedagógicas en Francia y en el mundo occidental. Reconociendo que es un tema pendiente en el desarrollo de escritos recientes. A modo de ejemplo, el análisis de las políticas educativas, las reformas pedagógicas durante las primeras décadas del siglo XX en la provincia de Santa Fe son ejercicios válidos para extender categorías como la construcción de la niñez, los discursos y las representaciones dominantes en los años 20 y 30, en donde textos y cuerpos constituyen objeto de debate entre las culturas políticas. O los diálogos entre educación, intervencionismo, antipersonalismo, reformismo, laicidad, escolanovismo, normalismo, analfabetismo como propios al entramado de las burocracias educativas.

Historiador e imaginación. Volver a De Certeau una vez más, la investigación histórica ha encontrado carencias, vacancias, ausencias en las fuentes y los archivos. La escritura en la historia es la posibilidad de continuar un relato siempre inconcluso e incompleto. Como llenar los vacíos del relato y la narrativa historiográfica (como es el caso de Natalie Zemon Davies). Tradiciones historiográficas europeas, francesas, norteamericanas y latinoamericanas; estamos ante un imperialismo lingüístico como dominio de la lengua que no se transforma en conocimiento de la pluralidad lingüística. Hay pretensiones de exclusividad, de universalidad en la que se deben pensar alternativas posibles. Por ejemplo, las investigaciones transatlánticas, las circulaciones, las ediciones, los intercambios documentales como es el caso de Francia y Brasil desde distintas perspectivas. Otro caso es el de las historias conectadas, las biografías y los individuos que combinan historiografías en diálogo, se espera una integración de tradiciones. Finalmente, hay grandes temas historiográficos que han producido volúmenes paralelos (historia de la vida privada en Duby y P. Aries, de las mujeres) como nuevas formas de apropiación. Se observa una disminución de traducciones, es un tema evidente, hay una transformación en el mundo editorial, ya no hay traducciones permanentes. La traducción se vuelve una dificultad, y aquí Francia y Latinoamérica (Wachtel) están en la encrucijada.

Finalmente, y como cierre del conversatorio, Chartier afirma que las combinaciones vinculadas a una historia de la larga duración, de los procesos de escritura, de lecturas, editoriales, materialidades de larga duración ya no pueden ser ignoradas en el ejercicio de la escritura y narrativa del pasado en tiempo presente. Estado y ciudadanos, la ausencia o el debilitamiento de una lectura crítica sobre lo que se lee en la era digital, posverdad y desplazamiento del criterio de verdad en enunciado. Ausencia de lecturas críticas y era digital, se pierde la confianza en el vínculo de la circulación e interpretación en redes digitales.

4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?

La docencia en cátedras de Historia Argentina en las carreras de Historia, Sociología y Ciencia Política de la Universidad Nacional del Litoral ha sido un punto de partida que en estos tiempos me han acercado permanentemente a la obra de Chartier. Las ciencias sociales como objeto presentan desafíos, teorías y métodos en diálogo entre Historia y Sociología resultan relevantes para orientar el ejercicio de escritura en la docencia como en la investigación. Debo reconocer que la institucionalización de la carrera de Sociología en la Facultad de Humanidades generó una necesidad de diálogo sostenido con aportes comprensivos de distintas tradiciones a partir de conferencias inaugurales a cargo de Ricardo Sidicaro, Waldo Ansaldi, entre otros. Las adscripciones de estudiantes de la licenciatura en Sociología como parte de las cátedras Historia Argentina I y II en la formación de grado. Complementado con la lectura de tesis, trabajos, participación en jornadas y congresos que alentaron este camino de intercambios.

Durante la pandemia, una nueva instancia en la oferta de cursos de posgrado en la virtualidad fue otra oportunidad para pensar y releer los textos de Chartier, pero esta vez en la especialización sobre la historia cultural que dictaron Flavia Fiorucci y Ana Clarisa Agüero como propuesta de la maestría en Historia Cultural de la Universidad Nacional de Quilmes.

Debo precisar aquí, que los grupos de investigación en los últimos años se han constituido en espacios para pensar la escritura, las prácticas y el oficio del historiador aún más en la perspectiva regional que determina nuestro tiempo y espacio en el interior de la zona litoral. En este sentido, en varias oportunidades y lecturas se ha presentado la posibilidad de leer un texto de Chartier que va al fondo de pregunta que intentan responder estas líneas. Me refiero al libro El presente del pasado: escritura de la historia, historia de lo escrito (publicado en 2005 por la Universidad Iberoamericana de México), en especial a algunos pasajes del prólogo y del primer capítulo sobre historia cultural. En la apertura del texto, el autor remite a Lynn Hunt y una publicación aparecida en 1989 a propósito de la tarea del historiador y la nueva historia cultural.

En el intento de pensar a la comunidad de historiadores y un posible objeto, el autor considera que

el objeto fundamental de una historia que pretende reconocer la manera en la que los actores sociales dan sentido a sus prácticas y a sus palabras se sitúa, por tanto, en la tensión entre, por una parte, las capacidades inventivas de los individuos o de las comunidades y, por otra, las coacciones y las convenciones que limitan –con más o menos fuerza, según la posición que ocupan en las relaciones de dominación– lo que les es posible pensar, decir y hacer (Chartier, 2005: 34).

Como fundamento su biblioteca, sus lecturas y sus lectores permiten reconocer las voces de un diálogo como giro interpretativo (Bourdieu, Foucault, Elías, Durkheim, Weber, Mauss, Halbwachs, entre otros).

Para concluir, no puedo dejar de hacer referencia a este mismo texto sin una última observación con la cual el autor concluye su trabajo (objeto de reflexiones de estos últimos tiempos). Un cambio en la materialidad del texto ahora en formato digital, es decir, “leer a través de la pantalla”, que no deja de ser un interrogante no siempre resuelto en nuestros días en la comunidad de historiadores y las ciencias sociales. Chartier afirma que debe considerarse que la pantalla “no es una página, sino un espacio de tres dimensiones, que tiene profundidad y en el que los textos brotan sucesivamente desde el fondo de la pantalla para alcanzar la superficie iluminada”. Chartier llama la atención sobre estas transformaciones y la nueva tarea del historiador: la permanente vigilancia.

Lo que nos invita a pensar Michel de Certeau es precisamente lo propio de la comprehensión histórica. ¿Bajo cuáles condiciones se pueden tener por coherentes, plausibles, explicativas las relaciones instituidas entre, por una parte, los índices, las series, los enunciados que construye la operación historiográfica, y, de otra parte, la realidad referencial que se piensa “representar” adecuadamente? La respuesta no es fácil ni cómoda, pero es seguro en todo caso que el historiador tiene por tarea específica ofrecer un conocimiento apropiado, controlado, de esta “población de muertos –personajes, mentalidades, precios–”, que constituye su objeto. Abandonar este propósito de verdad –con toda seguridad desmesurado, pero definitivamente fundador– sería dejar el campo libre a todas las falsificaciones y a todos los falsarios que, traicionando el conocimiento, hieren la memoria. Corresponde a los historiadores, cumpliendo con su oficio, permanecer vigilantes (Chartier, 1994: 186).

Por consiguiente, en el espacio digital, es el texto mismo, y no su soporte, el que está plegado. La lectura del texto electrónico debe pensarse, entonces, como que despliega el texto electrónico o, mejor dicho, una textualidad blanda, móvil e infinita (Chartier, 2005: 217). Con esto concluyo, ya no es posible escribir o narrar sobre el pasado sin pensar en los nuevos formatos, las nuevas materialidades textuales. Chartier considera y pronostica que vamos a ver que los “historiadores son los peores profetas del futuro”:

De esta manera voy a intentar a responder a la pregunta: ¿va a morir el libro? Lo único que pueden hacer es recordar que en la historia de larga duración de la cultura escrita cada mutación (la aparición del códex, la invención de la imprenta, las varias revoluciones de la lectura) produjo una coexistencia original entre los antiguos objetos y gestos que adquieren nuevas funciones, y las nuevas técnicas y prácticas. Es tal vez semejante reorganización de la cultura escrita la que la revolución digital nos obliga a buscar (Chartier, 2014: 140).

La tarea del historiador debe asumir estos nuevos desafíos sin dejar de pensar las diversas historicidades que la integran en cuanto fuentes, teoría, objeto y procedimientos. Las tensiones de la representación, la escritura, la apropiación, el relato, el contexto, el campo simbólico y las representaciones son parte constitutiva de dicha tarea y ya nadie puede afirmar libremente “No he leído a Chartier”.

Bibliografía

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