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Notas en torno a la metodología de Roger Chartier

Laura S. Guic

El libro está caracterizado por un movimiento contradictorio. Por un lado, cada lector se halla enfrentado a todo un conjunto de obligaciones y consignas. El autor, el librero-editor, el comentador, el censor, aspiran a controlar de cerca la producción del sentido y hacer que el texto que ellos escribieron, publicaron, glosaron o autorizaron sea comprendido sin apartarse un ápice su voluntad prescriptiva. Por otro lado, la lectura es rebelde y vagabunda.

     

Roger Chartier, 1994, pp. 20-21

Aspectos primeros

Así es el inicio de este breve apartado capitular que quiere poner en valor la reflexión en principio metodológica de algunos aspectos del quehacer investigativo de Chartier. Ya desde el epígrafe, se tensiona la concepción de autoría, abriendo el entramado complejo de las diferentes intervenciones que sufre el escrito antes de publicarse, y, desde esta pista intelectiva, es oportuno inaugurar una de tantas notas de mis propios apuntes de sus lecturas, que ponen al servicio de mis derroteros de indagación la necesidad de caracterizar las fuentes y de advertir las sucesivas capas de significaciones que se les imprimen a los textos.

Y, si bien el presente capítulo pretende abordar ciertas cuestiones metodológicas en relación con las evidencias de la forma de analizar y comunicar que promueve Chartier en sus escritos, rápidamente del recorrido, a vuelo de pájaro de sus trabajos, para escribir estas líneas surgen además aspectos epistémicos que vale la pena transitar.

La relevancia de recuperar sus modos y giros investigativos deviene de los obstáculos que sortear tanto en la enseñanza de la historia desde su concepción disciplinar, como en los desarrollos de los proyectos de estudio de historia de la educación, desde evidencias claras de las dificultades que surgen de la lectura descontextualizada de las fuentes, que, según las definiciones del autor, requieren la observancia entre el orden que plantea el libro y la “libertad” de los lectores, en este caso quienes persiguen las pistas del objeto empírico que interpelan. Chartier ofrece de un modo particular, plausibles de ser extrapoladas a las clases y a los proyectos de investigación, entradas y preguntas que viabilizan revisar las propias prácticas de análisis y su enseñanza.

Por ello, el objetivo de estas notas es rastrear aspectos epistémicos y características metodológicas, desde los propios registros, cual apuntes del aprendizaje derivado de sus textos, entrevistas y la contingencia única de haber asistido a una conferencia magistral de él. Estas formas distintas de conocer a Chartier me animan a seguir algunas de las modalidades que propone el autor, cual “detective de la reconstrucción de los sentidos” de una forma propia y a la vez replicable de sus pesquisas.

Aprender de Chartier

Las notas que aquí comparto son solamente puertas o ventanas que invitan muy especialmente a quienes interpelan el campo educacional desde una perspectiva historiográfica y que aún no recurren a Chartier para indagar el pasado educativo.

Sin ánimo de agotarlas, y como una introducción a futuros estudios de profundización metametodológica y metodológica, comienzo por destacar y agradecer el atrevido planteo de problemas desde interrogantes generalísimos.

En su estructura erotética, Chartier formula preguntas que en un principio pueden parecer inabordables, extensas y hasta imposibles, pero que son un genuino motor de búsqueda para propulsar, desde ese enfoque, una multiplicidad de estudios; tomo alguno de ellos solamente para describir tamaña afirmación: “… ¿de qué modo, entre fines de la Edad Media y el siglo XVII, los hombres de Occidente intentaron dominar la cantidad multiplicada de los textos que el libro manuscrito y luego el impreso habían puesto en circulación?” (Chartier, 1994, p. 19).

En la extensión del ciclo establecido y el volumen de las publicaciones, en la extensión del territorio definido como “Occidente”, en principio, la interrogación parece una verdadera “misión imposible”. La continuidad en el estudio de la obra del autor proporciona una de las cuestiones que se destacan en sus trabajos, y es el de animarse a establecer preguntas teóricas de tamaña envergadura, que luego pueden ir reconstruyendo un suelo posible de evidencias empíricas para iluminar diferentes aspectos o dimensiones, que aproximen respuestas a esa pregunta primigenia. Muchas veces invalidada por la misma academia, esas preguntas iniciáticas son de un valor ineludible para de allí derivar aquellas más vinculadas al abordaje de los recortes u objetos de estudio.

Más adelante, en memoria de M. de Certeau, formula Chartier, desde su enfoque expresamente definido entre la crítica textual, bibliography[1], y el historial cultural, la siguiente pregunta: ¿de qué modo, en las sociedades del Antiguo Régimen, entre los siglos XVI y XVIII, la circulación multiplicada de lo escrito impreso transformó las formas de sociabilidad, posibilitó nuevos pensamientos, modificó las relaciones con el poder? (Chartier, 1994, p. 24).

Esta gran pregunta propició la definición de un problema de investigación, entendido como vacancia de conocimiento, y así, en el avance de la sistematización de los estudios de los catálogos realizados por Chartier, una elaboración interrogativa surgida de la misma investigación: ¿por qué algunos textos se prestan mejor que otros a estos reempleos durables y multiplicados? O, al menos, ¿por qué los que fabrican libros los consideran como capaces de ganar públicos muy diversos? (Chartier, 1994, p. 35).

Estas preguntas profundizan los sistemas relacionales de las categorías con las que estudia, de la pregunta anterior, dice Chartier (1994):

La respuesta reside en las relaciones sutiles anudadas entre las estructuras mismas de las obras, desigualmente abiertas a las reapropiaciones y las determinaciones múltiples, tanto institucionales como formales, que regulan su posible “aplicación” –en el sentido de la hermenéutica– a situaciones históricas muy diferentes. (p. 35).

Una gran capacidad de condensación exhibida en la cita anterior guía a quienes recorremos las tesis de Chartier y sus modos de interpelar el universo de fuentes que sistematiza para lograr la recuperación de ciertas categorías de análisis, como la relación entre “texto, impreso y lectura”, cuando un texto que no se ha modificado es leído desde una comprensión distinta a la atribuida hasta ese momento.

Lo anterior tiene, a su vez, una implicancia metodológica respecto de la construcción de las tradiciones de lectura que en las investigaciones historiográficas han de tenerse en cuenta, y es que ese escrito libro, ahora fuente, desde donde se indagan diferentes unidades de análisis para diversos objetos de estudio, dependen asimismo de los modos y por qué no, los usos metodológicos que se hacen de estos escritos. Ya sea para cualquiera de las funciones que cumpla –las anteriormente nombradas u otras–, la afirmación de Chartier (1994) es impecable: “… hay que sostener que la lectura es siempre una práctica encargada en gestos, espacios y hábitos” (p. 25).

Un nuevo recorte espacio-temporal, en la cuestión planteada por el autor, del “orden de los libros”, se dirimirá en Francia entre los siglos XVI y XVII, y lo une a un problema delimitado, que no es otro que el conocimiento de “los efectos de la penetración de lo escrito impreso sobre la cultura del mayor número” (Chartier, 1994, p. 40); le ofrece a Chartier la posibilidad de construir categorías para seguir estudiando. Dice el autor:

… el trabajo propuesto en este texto (y puesto en práctica en algunos otros) intenta hacer operativas dos proposiciones de Michel de Certeau. La primera recuerda, contra todas las reducciones que anulan la fuerza creadora e inventiva de los usos, que la lectura jamás es totalmente impuesta y no puede deducirse de los textos de los que se adueña. La segunda subraya que las tácticas de los lectores, insinuadas en este “lugar propio” producido por las estrategias de escritura, obedecen a reglas, a lógicas, a modelos. Así es enunciada la paradoja fundante de toda historia de la lectura que debe postular la libertad de una práctica de la que no puede captar, masivamente más que las determinaciones (Chartier, 1994, p. 40).

La cita en extenso deja expresado un revelador llamado de atención, central para quienes estudiamos las políticas públicas con perspectiva historiográfica desde un enfoque que entiende los escritos de la dirigencia como “intervenciones políticas de su tiempo” (Guic, 2021, p. 305). Para revisar la recepción de los libros y su circulación, y para desentrañar de algún modo la “actividad lectora” delimitada por S. Fish (1980) a lo largo de los ciclos, es preciso tener en cuenta la modalidad metodológica de traducir en categorías de análisis que interpelen nuestros objetos de estudio, tal y como se desprende de las afirmaciones de Chartier, como mínimo para evitar los reduccionismos propios de estas investigaciones.

En referencia a la posibilidad de historiar los libros, explicita:

Ya sea por el borre al autor o que lo deje para otros, la historia del libro ha sido practicada como si sus técnicas y sus descubrimientos no fueran pertinentes para la historia de los productores de textos, o como si ésta estuviera despojada de toda importancia para la comprensión de las obras (Chartier, 1994, p. 42).

Otro aporte central para quienes caracterizamos las fuentes para recorrer la recepción de esa materialidad en forma de libro. Para el caso de mis propios estudios, es necesario volver a examinar, desde esta genuina alerta, los modos en que se prioriza el aspecto discursivo, sin la suficiente revisión de los procesos de edición, y desde qué editoriales fueron producidos esos libros, para reconocer en el libro de José María Ramos Mejía (1849-1914) Las multitudes argentinas, publicado por primera vez en 1899, indicios que me permiten ver, ex post de mi investigación, que la recepción sociológica construida por José Ingenieros (1877-1925) se fortalece con el estudio de las editoriales que posteriormente publicaron la obra enmarcada en una colección de sociología para estudios universitarios, y desde allí reconfigurar algunos interrogantes que se plantean para conocer quiénes eran esos estudiantes, quiénes comparaban a estas editoriales los textos, como así también las colecciones y los materiales de diferente calidad, según el público a quien era destinada la obra.

De allí la permanente interpelación –aún y sobre y todo– de aquellas indagaciones ya cerradas, y así la posibilidad de mantener vivas las experiencias investigativas, ya sea para matizarlas, continuarlas o fortalecerlas, por qué no, de algún modo.

Hacia el epílogo de El orden de los libros, la reafirmación de la relevancia de esta y, por extensión, otras de las obras de Chartier (1994):

Los caminos históricos seguidos en este libro nos conducen así a una cuestión esencial de nuestro presente, no de la supuesta desaparición del escrito –más resistente de lo que se piensa–, sino la de la posible revolución de las formas de su diseminación y su apropiación (p. 93).

De una pregunta actual y filosófica por la desaparición del libro que no se explicita sino al final del texto, el maestro da un nuevo sentido al recorrido, aquí metodológico de sus escritos, y esta expresión epistémica escudriñadora, como en “los caminos de bosque” heideggerianos, exploraciones necesarias en la búsqueda de las preguntas presentes y la posibilidad de transitar senderos para su elucidación.

De las cartografías deleuzianas a las travesías de Chartier

En mis investigaciones he propuesto, muy a pesar de las imposiciones metodológicas académicas, un enfoque metodológico rizomático inspirado en Deleuze para el estudio de las políticas públicas educativas con perspectiva historiográfica. En revisión de la obra de Chartier, descubro con posterioridad un trabajo suyo que se denomina Cartografías imaginarias (siglos XVI- XVIII), donde el autor recorre una cronología y una geografía de las obras que indaga, para el caso nada más y nada menos que el recorrido de Don Quijote. Si bien Chartier revisa mapas incorporados a la obra, es interesante revisar desde estas concepciones la cartografía y la cronología de las ediciones, en el seguimiento de las publicaciones de las obras en general y, para mi caso en particular, de Las multitudes argentinas, desde 1899.

Si bien no he encontrado cantidad de mapas en las ediciones que revisé, es posible cartografiar los escenarios que Ramos Mejía pretende caracterizar desde su estudio de la multitud, con la producción de ciclos que este provee a modo de genealogía de esos que nunca pudieron del todo gobernarla. Esos escenarios son imaginarios, porque Ramos Mejía los extrae de textos que sí tienen mapas del virreinato, de las batallas por la Independencia, de las Provincias Unidas del Río de la Plata, de las Confederaciones, etc.

Por otra parte, ahora desde la inspiración metodológica que se une a las ya expuestas en estas breves páginas, las “cartografías imaginarias” pueden extrapolarse a otro ciclo, hacia la mitad del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, para reconstruir esos escenarios nombrados, esos espacios aludidos, aquellos lugares referidos, y relevar los mapas de ese tiempo que los intentaron condensar para seguir, tal como Chartier lo hace con las ediciones de Don Quijote de la Mancha, Gulliver o Robinson Crusoe, los mapas que a lo largo situaron las narrativas de los viajes de los clásicos de la literatura, ahora pensados para los ensayos de los políticos de la dirigencia finisecular y de principios del siglo XX.

Entonces, es necesario revitalizar las indagaciones para construir objetos de estudio que produzcan conocimiento en ciclos más largos, y que se grafiquen los sitios desde mapas para profundizar las contextualizaciones, las definiciones espaciotemporales, que han sido tradicionalmente formuladas. No estoy afirmando con esto que no se desarrollen dichas contextualizaciones, sino que las cartografías y las cronologías pueden abrir novedosas formas de configurarlas.

Esto además se complementa con una serie de preguntas con las que Chartier concluye Cartografías imaginarias, aquí los interrogantes están planteados al final, que además le permiten al autor en breves párrafos dar algunas pistas para llegar a la respuesta.

Interpela: “De Orlando furioso a Don Quijote, ¿la presencia de los mapas en los relatos de ficción dibuja una genealogía? ¿Debemos imaginar una cadena de apropiaciones?” (Chartier, 2022, p. 157). Nuevamente la precisión en la elaboración del interrogante de sus estudios ahora establece la revisión del planteo de la correlación entre las variables, la introducción de las cartografías de lo imaginario puede evidenciar el trazado de una “cadena de apropiaciones”. A este planteo de consistencia de la hipótesis, afirma Chatier (2022):

En los siglos XVI y XVIII, la inclusión de mapas en las obras de imaginación hizo eco a la ruptura del aislamiento del mundo hecha posible por las expediciones y los descubrimientos. La conciencia de la globalidad suscitó el gusto por las cartas geográficas tanto la de los nuevos mundos como la de los antiguos países (p. 157).

La écfrasis o representación escrita de una ilustración, esa descripción que ofrece los detalles que se desprenden de ella, para el caso de los mapas, y su estudio le permiten al autor finalizar estas cartografías diciendo:

A la afirmación de que el texto puede ser dibujo o pintura se opone otra, teorizada o practicada que atribuye poderes propios a la imagen, y por lo tanto a los mapas. Las significaciones que estos materializan o las que sugieren son más de las que el texto dice. Los mapas hacen ver lo que la literalidad del escrito es impotente para enunciar: la simultaneidad de las acciones, la sincronía de los episodios, la coexistencia de los espacios. Aun cuando la concepción de la equivalencia predomine en la primera Edad Moderna, los mapas de las ficciones –o al menos algunos de ellos– comunican suplementos de sentido, emoción o sueño que el historiador debe postular sin poder siempre descifrarlos. Nuestra mirada los percibe, pero siguen siendo para siempre el secreto de los lectores antiguos (Chartier, 2022, p. 159).

Lo anterior tiene implicancias en el abordaje metodológico del estudio de imágenes, requiriendo de la investigación la recuperación de la vitalidad que las constituyen en relación con su autoría, las modificaciones a lo largo de las ediciones, la elección de nuevas ilustraciones o mapas en las diferentes ediciones de las obras. Un ejemplo claro del valioso aporte de Chartier me interpela con relación al estudio de la creación de la Oficina de Ilustraciones, en el ciclo que investigo, ya que es el gobierno educacional el que, a partir de allí, seleccionará, empleará y producirá las imágenes con las cuales se enseñe en las escuelas.

Una vez recorridas las genuinas clases de Chartier –tanto en sus textos como en sus exposiciones–, encuentro para mis estudios herramientas de revisión que permiten examinarlos, precisarlos o fortalecerlos.

Apuntes de cierre

Tres palabras se me ocurren para intentar homenajear una de las centrales virtudes de la escritura de Chartier y sus estudios para la práctica investigativa y para las clases de Historia: impostergable, invaluable e imprescindible.

Su contribución además nos exige un modo de comunicar, amable con todos/as los lectores que se acerquen a los escritos: divulgación, investigación, enseñanza de la ciencia y su aprendizaje.

Las citas de sus trabajos son obligadas, no son meros enunciados, sino que se sustentan en investigaciones de largo aliento que permiten al autor condensar y proporcionar elementos para las investigaciones de actuales y futuras.

Cada línea de sobra remite a reflexiones epistémicas, metodológicas y pragmáticas en torno a la investigación y a la producción de conocimiento historiográfico, y al cierre se vuelve sobre ello como aporte para pensarlas en ámbitos en los cuales aún no se estudie historia, sino que se construyan estados de la cuestión de diversos objetos de estudio.

Si bien sus obras hablan por sí solas, sería muy importante que nuestro maestro Chartier nos respondiera algunas inquietudes más para poder publicar una en particular que especifique, en su reflexión epistémica y metodológica, un material más específico de contribución. Por ahora nos congratulamos con todos los aportes epistemológicos, metodológicos y tecnológicos para las investigaciones y para la formación. En su último libro traducido por Georgina Fraser, existen suficientes evidencias de lo que afirmo, tal que pueden encontrarse cavilaciones en torno a la verdad cuando expresa:

Decir verdad. Ningún historiador puede desentenderse de este mandato, en particular, en una época en la que proliferan las fake news[2] las falsificaciones del pasado y las creencias en las teorías más absurdas. Reflexionar sobre las condiciones de posibilidad de la verdad se ha convertido en una obligación que precede cualquier investigación sobre el pasado (Chartier, 2022b, p. 21).

Lo anterior trasciende a una mera tradición de lectura del pasado, porque sus desarrollos iluminan y refrescan tanto la vigencia como el sentido de estudiar las diversas historias, y advierte en torno al suelo epistémico de la mismísima ciencia histórica, el entramado de un paradigma irrenunciable, que expone la voluntad de verdad en la producción de los discursos del pasado.

Y la anterior es solamente una pista para mostrar la dimensión de su hondura epistémica. Dice Chartier (2022b):

La historia se ve profundamente desafiada cuando la literatura o la memoria toman a su cargo la representación del pasado y afirman la autoridad de la ficción o del recuerdo ante el «malestar en la historiografía», por tomar la expresión de Yosef Yerushalmi. De ahí ésta debe afirmar la especificidad de su régimen de conocimiento. Al demostrar su capacidad para desenmascarar, falsificaciones pasadas o presentes, la historia asume la tarea que le corresponde: denunciar las verdades alternativas, destruir las certezas absurdas, establecer lo que fue. En esto radica su deber crítico y su obligación cívica (Chartier, 2022b, p. 61).

Vuelve aquí sobre el sentido y la necesidad de comprender la función y la misión de la ciencia misma, tanto para la producción de saberes historiográficos, como para su enseñanza. Con relación al rigor científico, que como me gusta decir, muchas veces se queda enclavado más en la primera parte que en la segunda de la construcción sustantiva, le sumaria la provisionalidad de los sucesivos conocimientos que se van construyendo.

Explicitada la perspectiva metametodológica, dice, al ubicar en su escrito el lugar de quien “escribe al otro”, del traductor:

A esta razón histórica de la atención que se presta a las traducciones, se suman otras de carácter metodológico. Estudiar la cronología de las traducciones de una misma obra fue uno de los abordajes de la geografía literaria que propuso Franco Moretti (Chartier, 2022b, p. 68).

Aquí se ocupa de revindicar a quienes le aportan, en su entramado metodológico, otro aspecto permanente de sus escritos, siempre pensando y escribiendo con otros/as.

Desde el ámbito metodológico, quiero señalar, por último, y muy brevemente, que puede remitirse al autor y a su obra como lugar de consulta ineludible para el estudio de las diversas fuentes, muy especialmente en el seguimiento y la genealogía de las ediciones, impresiones y traducciones de los escritos, sus ilustraciones, etc.

En sintonía con su enfoque metodológico, las técnicas de recolección y producción empírica requieren por su riqueza de otro apartado capitular, pero simplemente aquí dejaré nota general de todos los aspectos que toma en su estudio como, por ejemplo, la comparación entre las ediciones, y en su interior, el seguimiento de cambios de expresiones, nombres, lugares, ortografía, etc., que van revelando así la movilidad desde la materialidad de los textos, para parafrasear de algún modo al maestro.

Por último, y en la revisión de sus técnicas que favorecen la constitución de largos ciclos de estudio, se debe decir que propician la sistematicidad para arribar a grandes períodos temporoespaciales.

En esta línea de agradecimiento, quiero reconocerle a Alejandro Herrero la promoción de la lectura de Chartier y la posibilidad formidable de haberlo conocido desde sus trabajos y dialogado con él, un placer en ambos sentidos. Desde allí nos consideramos, además, seguidores y admiradores de sus tesis.

Enhebrando lo dicho para el cierre, y en sintonía con la cita en extenso de las páginas anteriores en relación con la significación de los mapas: “A la afirmación de que el texto puede ser dibujo o pintura se opone otra, teorizada o practicada que atribuye poderes propios a la imagen, y por lo tanto a los mapas…” (Chartier, 2022, p. 159). Quiero expresar esa sensación –experimentada en cada lectura del maestro Chartier– de que el autor me convoca, me habla, y es así que este trabajo se cierra con una cartografía imaginaria más… (Roger Chartier, 2022, p. 153).

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Si bien está aclarado en el epígrafe de la fotografía, la invención que clausura el estudio finaliza con un mapa que ilustra la descripción del Sorgue, del lugar donde nació Laura y donde Petrarca se enamoró de ella. Es una señal de la emocionalidad y de la imposibilidad de un conocimiento cerrado, sino aproximaciones sucesivas, a ese pasado que se nos vuelve a veces inexpugnable e inextricable.

Bibliografía

Chartier, R. (1994). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVII, Barcelona, Gedisa Editorial.

Chartier, R. (2012). Cardenio, entre Cervantes y Shakespeare, Historia de una obra perdida, Buenos Aires, Gedisa Editorial.

Chartier, R. (2018). Las revoluciones de la cultura escrita, Barcelona, Gedisa Editorial.

Chartier, R. (2022). Cartografías imaginarias (siglos XVIXVIII), Colección Fuera de serie, Buenos Aires – Madrid, Ampersand.

Chartier, R. (2022b). Editar y traducir. La movilidad de los textos, Colección Clásicos de mañana. Historia, Barcelona, Gedisa Editorial.

Guic, L. (2021). Claves para leer Las multitudes argentinas de José María Ramos Mejía, Buenos Aires, FEPAI – UNLa.


  1. La definición se contempla para el autor desde “su definición clásica de estudio de la materialidad del libro” (Chartier, 1994, p. 41).
  2. La cursiva es del autor.


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