Carmen Elisa Acosta Peñaloza
El primer libro que tuve de Roger Chartier, El mundo como representación. Historia cultural: entre la práctica y la representación, me lo regaló alguien a quien quiero mucho, pero que ya no me acompaña. Lo habíamos visto en la Librería Lerner, ubicada en Bogotá, a la que frecuentemente íbamos por nuestro gusto compartido por los libros y por el centro de la ciudad. El libro venía con una dedicatoria, y adicionalmente tener un libro azul, de editorial Gedisa, representaba en ese momento casi un lujo. Era 1992, año de la primera edición en español. Él era un buen lector de portadas, tenía una especial sensibilidad para saber si un libro era de mi interés.
Siento que en este punto es preciso detenerme. Como ocurre cuando estamos de cara a lo autobiográfico, la pregunta ineludible de por qué alguien va a interesarle leer mis experiencias, lo personal, lo individual está siempre en el horizonte. Me cuesta un poco hablar en primera persona (estoy más habituada a la historia y a la crítica, que nos ubican frecuentemente en el texto, en el autor o en los otros). Este ejercicio me desdobla en lectora, y así nuevamente el riesgo de referirme más a mí que al historiador francés. A la vez, es dado a los lectores escribir en primera persona: “Leí esto”, “Me gustó aquello”, “Me leí tal libro”. Entonces toca seguir adelante.
¿Cómo reconocer los rastros de mi lectura de Chartier y los rastros de Chartier en mi lectura? Las huellas están sin duda en los subrayados de los libros –el azul que conservo con sus hojas descuadernadas–, en las referencias que realizo en mis escritos, los recuerdos de los otros sobre mis menciones en las clases y por supuesto en la memoria lectora, la encargada de aportar al pasado un poco de presente.
Puede decirse que es un paso adelante en la identificación de las fuentes. Como ocurre siempre con la lectura, es difícil, diría innecesario, separar la lectura de Chartier de otras prácticas y de otros espacios de legibilidad[1].
Era inicios de los 90 del siglo pasado. En esa década en Colombia se había creado un horizonte de esperanza de solución a la pobreza, inequidad y violencia que había sido constante en la implementación de la Constitución regeneracionista de finales del siglo XIX. Con la nueva constituyente, firmada en el 91, se veían algunas posibilidades de transformación del Estado, conduciendo a gobiernos más ajustados a las necesidades de la población y a algunas vías de solución a la creciente violencia producto adicionalmente del conflicto armado y los poderes del narcotráfico. Si bien la situación de ese momento era mucho más compleja de lo que puedo enunciar en estas breves líneas, y las expectativas se vieron frustradas en buena medida, allí estaban presentes dos de los factores que impulsaban las preguntas gruesas que motivaban y aún motivan mi trabajo ¿Cuál era la función social de la literatura y la función social de los discursos sobre la literatura? Adicional estaba la exigencia de una perspectiva histórica motivada por un siglo XIX opacado por dos momentos exaltados por la historiografía institucional y que tenían que ver con la versión oficial sobre el pasado y de alguna manera contra la cual se realizaba la nueva constituyente. La versión fuertemente homogénea sobre la independencia de España y el proceso de la Regeneración de final de siglo conducía desde la misma vía a interrogarse por vacíos historiográficos sobre el periodo federal de mitad de siglo y los diversos discursos sobre la constitución de la nación. Indagar sobre la participación de la literatura y de la historiografía literaria en este proceso configuró un nuevo interés en la necesidad de elaborar otros discursos sobre el pasado.
Este amplio panorama, pienso ahora, dirigió la atención por la lectura, más aún por la lectura de literatura. Era constante la referencia a Colombia como un país de no lectores, como de igual manera ocurre ahora, en un cuestionamiento por los procesos educativos, siempre en contraste con el caso europeo o con naciones cercanas como Argentina y México. ¿Qué es leer? ¿Cómo restituir las lecturas del pasado? Preguntas que resumen las resonancias de la primera lectura de Chartier[2].
Había escuchado las conferencias impartidas por Rafael Gutiérrez Girardot en la Universidad Nacional, a mediados de los 80, que de alguna manera lograban articular mis dificultades sobre las perspectivas de la Escuela de Constanza, particularmente Hans Robert Jauss y su propuesta sobre cómo en la transformación de sus horizontes modificaba la cotidianidad de los lectores, y de Umberto Eco en su indagación sobre el lector modelo propuesto por los textos. Gutiérrez ingresaba por el factor que yo sentía que requería un mayor énfasis, el de la historia, concretamente la historia social de la literatura y su especificidad en América Latina[3]. Todo esto estaba en diálogo con un interés creciente por las propuestas de la historia cultural de la escuela de los Annales. Chartier llegó entonces en el momento oportuno, el diálogo con la historia como un discurso propositivo que puede concretarse en “el estudio crítico de los textos”, “la historia de los libros y todos los objetos que llevan a la comunicación de lo escrito”, y el “análisis de las prácticas que se apoderan de los bienes simbólicos, produciendo usos y significaciones diferenciadas”[4].
En este punto, las posibilidades de referirme al tejido de lecturas de Chartier, reflexión e investigación se vuelven complejas. Sin duda alguna, está presente como una constante en el horizonte de preguntas y respuestas. Se suma a esto que los lectores no podemos despojarnos de nuestro pasado lector. Entonces, este ejercicio me dirige nuevamente a revisar mi biblioteca, no solo la física, sino también la ideal[5]. Muchas de las lecturas del presente conducen a las lecturas de Chartier en el pasado y a la vez lo ubican en su producción actual en diálogo con las que realizo. Varios autores le son contemporáneos en diálogos y tensiones. Aquellos a los que el historiador francés remite son M. Foucault, M. de Certau y Marin, tres para restringirlos a uno de sus títulos; para no enumerar muchos, Robert Darton, Alberto Manguel y Susana Zanetti son unos de mis más queridos, y de ahí en adelante un sinnúmero de lecturas en el horizonte amplio de diálogo de la historia del libro, la edición y la lectura que solo por mantener el tipo de enumeración en tres nombro a Laura Suárez, Juan Poblete y Gilberto Loaiza. La biblioteca se amplía según interrogo y extiendo las fuentes, como son los programas de los cursos de la universidad, las conferencias y mis notas.
Cualquier forma de pensar el pasado y más si está inscrito en el horizonte autobiográfico está fuertemente alterado por el presente. Son momentos, instantes que se hacen elásticos y que en la revisión se modifican. La lectura en el orden de lo efímero, de lo plural, de la invención, expresada en gestos, espacios y hábitos[6], se mantiene entonces como el interés mutuo con Chartier en varias de las investigaciones que realizo inicialmente sobre la literatura colombiana del siglo XIX. Puedo afirmar que está en el centro de Lectura y nación: novelas por entregas en Colombia (1840-1880), publicada en 2009. Su contribución a la formulación de preguntas, más aún en sus trabajos propiamente históricos, condujo a pensar en el lector histórico, sobre periodos y problemas, las posibilidades de las fuentes y sus correspondencias[7]. ¿Cómo pensar las relaciones que mantienen las producciones discursivas y las prácticas sociales[8]?
En este punto vuelve a surgir el problema que implica detenerme en la enumeración de mis trabajos y el recorrido sobre la autobiografía de escritura. ¿Cómo rescatar los rastros de mis propias lecturas y desprender de ellas lo que corresponde a una lectura particular? La situación se dificulta, y surge la tentación de escribir un artículo sobre la obra de Chartier o dar cuenta de todas sus obras. Me detengo confieso que con un poco de temor. Surge fuertemente la conciencia de no haber realizado una lectura sistemática y continua de su obra. Como ocurre casi siempre, soy una lectora salteada y más aún una no lectora. Hago parte de aquellos que se dejan llevar por las conversaciones con los textos y con otros lectores, la oferta en las librerías y los ojos que según los intereses seleccionan las lecturas. Identifico que con seguridad hay algunas obras de Chartier que no he leído, a la no lectora que por el momento y gracias a esta reflexión se encuentra con nuevos textos disponibles quizá hace mucho rato.
En este punto siento una simplificación. Retornar al pasado ratifica el hecho de que los libros producen y generan un orden. Las propuestas de Chartier se entretejen hasta ahora con las continuas reflexiones sobre la historia de la lectura. En ese tránsito se podrían enumerar diálogos y tensiones presentes en las alternativas que me ha propuesto el trabajo investigativo y docente en las diversas rutas a las que conduce la historia cultural de lo social.
El encuentro más reciente con Chartier se dio al escuchar su conferencia-conversación con los profesores de la Universidad del Salvador. Adrede dejé esta actividad para lo último, la verdad lo postergué para el final, cuando ya tenía elaborada buena parte de la presente reflexión. La relación entre cultura escrita y educación como una de las posibles vías de la historia resaltó inicialmente tres relaciones que se han mantenido como centrales en mi lectura de Chartier y que en este momento veo desarrolladas en proyección a la formulación de nuevos interrogantes. Hace un tiempo, con un grupo de profesoras y profesores de la región de Guaviare, realicé el ejercicio de indagar sobre las diversas formas de su ingreso a la comunidad letrada y la relación que esta historia de vida tenía con su práctica educativa actual. Como se podía prever, en este recorrido individual la lectura tuvo un papel central[9]. No es momento de exponer las características de los relatos, pero, al escuchar la conferencia, volví a esos textos, al recuerdo, y reencontré una beta amplia de trabajo en la que están presentes, como lo señala Chartier, unas perspectivas y unas incertidumbres marcadas por las relaciones entre memoria y olvido, las normas y las prácticas y el conservar y borrar. Los tres caminos para ingresar al obstáculo mayor, el de las fuentes, “La lectura no se ve”, afirma, los lectores casi no dejamos huellas. De vuelta están las constantes del pensamiento. La biblioteca ideal, las revoluciones de la lectura, los espacios de legibilidad, los encuentros entre el mundo del texto y el mundo del lector, entre otros.
Estas relaciones proyectan hacia el futuro. Al cierre era inevitable y muy necesaria la pregunta por América Latina formulada por la profesora Laura Guic frente a la circulación del conocimiento. Su pregunta ratificó la pertinencia de mis preguntas iniciales desde la historia y la crítica literaria sobre la función social de los discursos y su acción de cara a los diversos conflictos sociales particulares de esta área cultural amplia. A la vez, evidenció la necesidad de fortalecer los discursos propios en diálogo enriquecedor con otras áreas como las que se encuentran por ejemplo en el continente africano.
Cada vez se siente más lejos el siglo XX, con sus certezas, desaciertos y búsquedas, ahora el siglo XXI tiene la marca del mundo digital, de una nueva pandemia vivida y de la guerra. Si en el anterior las reflexiones a partir del tiempo, la temporalidad como horizonte fueron determinantes, se puede afirmar, no sin ligereza, que en este, sin abandonar el anterior, la mirada está puesta sobre el espacio, la espacialidad. Surgen nuevas lecturas del pasado, que evidencian la tensión entre la historia local, monográfica y las perspectivas de la historia global, como es señalado en la conferencia. El énfasis en la circulación, los préstamos, las apropiaciones y los mestizajes se proponen como ejes de indagación.
Las migraciones, los desplazamientos y las múltiples violencias ponen el centro en las preguntas sobre el territorio, los territorios. En la actualidad se mantiene mi pregunta sobre la función social de la literatura en las relaciones sobre las escrituras del territorio y los territorios de la escritura. La historia de la lectura en la ampliación de su horizonte como cultura escrita propone relaciones que interrogan la escritura, y particularmente las literaturas en su localización asociada a uno o a unos territorios y cómo de manera recíproca es necesario indagar por los territorios por los que transitan dichas escrituras[10].
No había caído en la cuenta, al menos de manera consciente, de que yo era una lectora de Chartier. Este hecho permitió el reconocimiento, volver a conocer el horizonte oportuno de la obra del historiador. Este ejercicio de autorreflexión, de desdoblamiento, evitó la apología y la exaltación, dos acciones que me distancian de la historia. Permitió a la vez reconocer a la lectora a la que le gusta el olor y la textura del papel, que lee en libro cuando puede y lo hace frente a la pantalla un poco con la conciencia de hacer parte de la transformación en las prácticas lectoras. Esto último la lleva a participar de la experiencia colectiva en una diferente relación con las fuentes, con el libro y con los materiales impresos, cruzada por la lectura dispersa, “acelerada, impaciente, rápida y fragmentada”, y a la diferencia cotidiana de la visita al archivo y a la biblioteca. Si bien prefiere leer cómodamente en papel y disfruta de la materialidad del libro, sin esta experiencia, dadas también las dificultades en la circulación del libro en nuestras áreas culturales, no hubiera tenido la oportunidad de vivir su transformación al leer los últimos trabajos del investigador Roger Chartier[11], de escuchar su conferencia-conversación y de activar este recuerdo que agradezco a los profesores y las profesoras de la Universidad del Salvador.
- “… reconstruir las variaciones que diferencian los “espacios legibles” –es decir, los textos en sus formas discursiva y materiales– y aquellas que gobiernan las circunstancias de su ejecución, es decir las lecturas entendidas como prácticas concretas y como procedimiento de interpretación”. Chartier, R. El orden de los libros. Ed. Gedisa, Barcelona, 1994, p. 4.↵
- Chartier, R. El mundo como representación. Barcelona, Ed. Gedisa, 1992, p. 36.↵
- Las conferencias fueron publicadas posteriormente en el libro Gutiérrez Girardot, Rafael. Temas y problemas para una historia social de la literatura hispanoamericana. Cave Canem, Bogotá, 1989.↵
- Chartier, R. El mundo como representación, p. 50.↵
- Chartier, R. El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa en los siglos XVI y XVII, Barcelona, Gedisa, 1994, p. 72. “El reparto entre los libros que hay que poseer forzosamente y aquellos que pueden (o deben) descuidarse es sólo uno de los medios de paliar la imposible universalidad de la biblioteca”.↵
- Guglielmo Cavallo y Roger Chartier. Historia de la lectura en el mundo occidental. Ed. Taurus, Bogotá, 2001, p. 16.↵
- Chartier, R. Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura. Siglos XI-XVIII. Katz Editores, 2006.↵
- Chartier, R. Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin. Ed. Manantial, Buenos Aires, 1996.↵
- El ingreso a la comunidad letrada. Fragmentos de historias de vida de maestros y maestras. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia- Gobernación de Guaviare, 2011.↵
- Acosta Peñaloza, C. E. y Viviescas Monsalve, Víctor (editores). Escrituras del territorio /Territorios de la escritura. Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2020. ↵
- Entre otras Chartier, R. Las revoluciones de la cultura escrita. Gedisa, Barcelona, 2018.↵







