Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Prácticas y experiencias de lectura en el virreinato peruano

Pedro M. Guibovich

Conocí la obra de Roger Chartier hace muchos años, al poco tiempo de ingresar a la universidad. A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo la impresión que me causó la lectura de Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Con el tiempo se sumaron otros títulos a mis lecturas y mis estantes: The Cultural Origins of the French Revolution, Forms and Meanings. Texts, Performances and Audiences from Codex to Computer e Inscribir y borrar. Cultura escrita y literatura (siglos XI-XVIII), por citar algunos. Aun cuando la obra de Chartier siempre ha sido un punto de referencia para muchas de mis investigaciones sobre la historia del libro y la lectura en el virreinato peruano, un aspecto muy puntual que me llamó inicialmente la atención fue el estudio dedicado a los espacios de los libros, esto es, los lugares que ocupaban en las viviendas de sus propietarios. Parece un tema banal, pero no lo es. Muchas veces la localización de los libros tiene un enorme significado simbólico, en particular cuando sus poseedores eran cultores del intelecto. Para estos el libro o los libros no solo merecían un lugar especial, sino una decoración propicia al estudio y la meditación. Fue así como escribí un ensayo sobre los espacios de los libros, a partir de documentación de los siglos XVII y XVIII recolectada en archivos de Lima y Cuzco[1].

Los libros que circularon en tiempos coloniales son bastante conocidos porque han dejado abundante rastro documental. Los inventarios post mortem, los registros de mercaderías, los testamentos, los expedientes de las visitas eclesiásticas, entre muchas otras fuentes, permiten conocer los títulos de los libros, sus poseedores y la geografía de su distribución. Mas la práctica de la lectura no es fácil de estudiar. Roger Chartier ha señalado que “la lectura no es una práctica que generalmente deja huellas”. Coincido con Chartier en que el estudio de la historia de la lectura constituye un auténtico desafío. Pero, ciertamente, los desafíos nos impulsan a interrogarnos sobre las posibilidades de análisis de tal o cual tema. En este punto, sostengo que, a partir de la lectura detenida de los textos coloniales, es posible acceder a las formas como se leía en los siglos XVII y XVIII y documentar las experiencias lectoras. La literatura colonial ofrece información muy rica al respecto, a condición de que la leamos, claro está, con la atención que merece.

A pesar de lo mucho que se ha avanzado en el conocimiento de la historia del teatro, la música, las artes plásticas, la arquitectura y las letras en el virreinato peruano, poco sabemos de su cultura escolar, en términos de Dominique Julia. Para este autor, la cultura escolar se puede describir

como un conjunto de normas que definen los saberes a enseñar y las conductas a inculcar, y un conjunto de prácticas que permiten la transmisión de estos saberes y la incorporación de estos comportamientos; normas y prácticas subordinadas a unas finalidades que pueden variar según las épocas (finalidades religiosas, sociopolíticas o simplemente de sociabilización)[2].

Para quienes nos interesamos por la historia de la cultura colonial, no podemos dejar de mirar con sana envidia cuánto se ha avanzado acerca del conocimiento de la cultura escolar para otras latitudes y otros contextos. ¿Qué sabemos, por ejemplo, de las prácticas de la lectura uno de los medios privilegiados de la transmisión del conocimiento–, de su aprendizaje y de sus efectos en los ámbitos personal y social?

A diferencia de lo que sucede en nuestros días, en los que los Estados promueven la instrucción pública, que conlleva el aprendizaje de la lectura y la escritura, en tiempos coloniales, la lectoescritura era una competencia cuya adquisición estaba librada a decisiones personales e institucionales. Sin temor a equivocarme, puedo afirmar que aprendían a leer y escribir principalmente aquellos que por su oficio así lo requerían. Era natural que alguien destinado al comercio, la Iglesia, la administración civil o eclesiástica o la universidad aprendiera a leer y escribir, ya que ambos eran requisitos esenciales para ser admitidos en dichos ámbitos sociales. Los interesados en la alfabetización tenían varios caminos. Se podía contratar los servicios de un preceptor. El 27 de agosto de 1688, en la ciudad del Cuzco, el capitán Francisco de Marmanello contrató los servicios de Juan Bautista Maldonado, “maestro de escuela”, por tres años y cuatro meses “para enseñar a leer y a escribir y contar bien y cumplidamente sin omisión ni negligencia a un hijo suyo nombrado Francisco Marmanillo, de hedad de seis años”. Concertaron el salario en 100 pesos. El día de la suscripción del contrato, Maldonado declaró haber recibido 50 pesos y aceptó que el saldo fuera pagado una vez cumplido su trabajo[3]. Además había la posibilidad de acudir a una escuela privada, regentada por un maestro. Cito otro ejemplo. El 10 de junio de 1568, en Lima, ante el escribano Juan Gutiérrez, comparecieron Juan Delgado, “maestro de enseñar moços”, y Gaspar de Herrera, y concertaron que el primero se obligara a enseñar a escribir a Alonso de Castro, hijo de Inés de Torres, de manera que leyera “qualquier proçeso de razonable letra” y escribiera letra que la pudiera “sinar qualquier escribano”. Por su parte, Gaspar de Herrera se obligó a enviar a Alonso de Castro a la escuela y a cumplir con el pago de 60 pesos, monto del salario del instructor[4]. Otro espacio de alfabetización era parroquia, donde el cura solía impartir el catecismo. El licenciado Francisco de Mendoza, cura de san Luis de Huari, en 1646, todos los días hacía

que los muchachos se junten a la doctrina y en los miércoles, viernes y domingos, él mismo por su persona les enseña la doctrina, les dise misa y predica el santo Evangelio sin faltar a ello, y con todo cuydado procura que aya escuela, como la ay, donde aprenden a leer y cantar para el servicio de la iglesia y tiene un maestro para el dicho efecto[5].

Sabemos de los lugares donde se llevaba a cabo la alfabetización, pero nada del procedimiento involucrado para ello y muy poco de las herramientas de aprendizaje. Al parecer, curas y maestros se servían de cartillas, impresas en España o en Lima, para el aprendizaje simultáneo de la lectura y las oraciones; pero ningún ejemplar de ellas ha llegado a nosotros. De lo que no cabe duda es de que tanto ayer como hoy la alfabetización podía abrir muchas puertas, constituía un medio de movilidad social.

Las prácticas de lectura son posibles de documentar con mayor abundancia entre los miembros de la república de las letras. Se tienen testimonios indirectos y directos de sus prácticas de lectura y sus quehaceres intelectuales. La lectura nutre el estudio. Del doctor Antonio de Arpide y Ulloa, quien fue rector de la Universidad de San Marcos y oidor de la Real Audiencia, un contemporáneo escribió que

siempre le hallaba en su estudio, ocupado en sus libros y papeles, no solamente en negocios tocantes a su oficio de fiscal, sino también con otros que de curiosidad estudiaba, porque le había tenido muy grande en juntar libros y leerlos, y en conferir y disputar sobre puntos de derecho.

El mismo testigo, quien conocía a Arpide, encomia su erudición y cultivo de la lectura: “Fuera de los libros tocantes a los de Derecho civil y canónico, le veía que tenía otros muy curiosos de Historia eclesiástica y de Humanidad, en que a ratos leía y hacía que le leyesen cada día”[6].

La lectura construye la erudición. Al referirse al colegio de san Ildefonso, en Lima, el cronista Bernardo Torres sostuvo con inocultable orgullo que “a la nuestra Pontificia [Academia] no menos la ilustran sus doctos libros, que sus heroicas acciones”[7]. Un portento de erudición parece haber sido el agustino Bartolomé Caballero, quien

se sabía todo el concilio de Trento y gran parte de la Biblia, de la cual daba cuenta en detalle; y de nuestro insigne maestro Ambrosio Calepino sabía más de cuatro mil vocablos griegos, hebreos y latinos, dejando manuscritos gran copia de los mismos vocablos y recónditas noticias que, con su trabajo y estudio, sacó de las entrañas de los mejores poetas, así griegos como latinos[8].

Por añadidura,

escribía versos, lo mismo en romance, que en griego y latín, y con más facilidad que el más elocuente prosista, inventando en este punto su gran ingenio modos tan raros de poetizar, que era el asombro de los más grandes eruditos. No medía los versos y, sin embargo, ni uno siquiera sonaba torpemente al oído, ni se encontró dos corregidos[9].

El cronista Teodoro Vázquez sostiene que, “sin otra luz que la de su ingenio, penetraba este religioso en las densas tinieblas del Estagirita, formando sobre sus capítulos doctos y eruditos comentarios”.

Y añade:

Como lo comprobó en aquella ocasión en que sacó de apuros al P. Matías Lisperguer al tiempo de presentarse a oposiciones a una cátedra de Filosofía en la Universidad Pontificia de San Marcos, escribiéndole ocho páginas sobre un punto oscuro del Filósofo, que no era capaz de entender ni con ayuda de otros tres doctores[10].

El estudio, sustentado en la lectura y los libros, permite hacer carrera dentro de la orden. Fray Gaspar de Villarroel no tuvo reparo en confesar que “llevme a España la ambición, compuse unos librillos, juzgando que cada uno avía de ser un escalón para subir”[11]. Al tratar de la formación de su hermano Ignacio Monzón, el cronista Vázquez confiesa:

No he podido averiguar los progresos que hizo en la virtud, desde el noviciado, hasta la edad adulta en que logró el sacerdocio. Como tampoco he podido recoger la opinión de los ancianos que pudieron tener noticia de su mocedad. Únicamente puedo asegurar que, abandonando los honrosos afanes de los estudios mayores —que son en nuestro estado las firmes escalas para subir a la cumbre de los lauros monásticos—, solamente se contentó con saber toda la vida en el acierto de una buena muerte[12].

La lectura alimenta la devoción. Estando en el convento de La Merced en Quito, Pedro Urraca se vio aquejado de dudas acerca de la conveniencia de permanecer siendo novicio. Fue entonces cuando, en medio de sus aflicciones, recibió de su maestro de novicios “la Crónica de la Religión”. En esta “leyó su fundación milagrosa; vio como desde su glorioso fundador han ido adelantando la sagrada obra de la redención de sus hijos”. Su lectura le permitió tomar conciencia de las acciones heroicas de quienes le antecedieron:

Miró los labios taladrados del glorioso cardenal san Ramón no nacido; al ynclito mártir doctor insigne San Pedro Pasqual, obispo de Granada y Jaén, en cuya dignidad iba a cumplir su voto, predicando y escribiendo contra los sueños de la falsa secta de Mahoma, hasta que Dios le dio la corona del martirio; a San Pedro de Armengol colgado de un árbol, por no haber ido puntual el dinero en que había quedado empeñado por los rescatados cautivos, pero conservado milagrosamente vivo, por haberle tenido vivo y sustentado visible María Santísima[13].

La lectura meditada y el conocimiento de todas estas vidas ejemplares llevaron a Urraca a persistir en su empeño de hacerse fraile. Al final de su existencia, habitaba una celda con escasos muebles: una cama en la que nunca se acostó, imágenes de devoción y “una mesita con algunos papeles y libros de devoción”[14]. No menos interesante fue el caso del franciscano Lucas de Cuenca, quien “no se desvelaba mucho en leer libros de las ciencias”; prefería, en cambio,

leer en algunos, que hay santos y espirituales, que hablan al alma, aunque tuvo allá dentro un Maestro, que le enseñó mejor y más presto lo que edifica […]. Desta ciencia de espíritu y oración pudo leer cátedra y la practicó por toda su vida[15].

Junto con la lectura individual, estaba la lectura comunitaria, que asimismo contribuía a alimentar la devociόn. El hermano lego agustino Juan de Mudarra

empeçó a conocer esta verdad [la amenaza del demonio] estando en el coro con la comunidad oyendo con mucha atención el capítulo del libro espiritual que suele leerse antes de la meditación, para que dé materia en que ocupar aquella hora[16].

Y el jesuita Francisco Xavier Salduendo recuerda cόmo la lectura de la versiόn manuscrita de la vida del mercedario Antonio de San Pedro en el refectorio del colegio de San Pablo no solo le había proveído de

platos deliciosos al entendimiento, por lo bien escrito y exornado de la historia; sino también eficazes incentivos a la voluntad (blanco a que se endereza este piadoso exercicio) que en ella han despertado afectuosas, cordiales y devotas veneraciones de varόn tan eminente en santidad[17].

La lectura asistida podía asimismo nutrir la devoción. A un hermano lego agustino de nombre Andrés López de la Torre, a pesar de “ser tan ignorante que no sabía leer ni escribir”, le gustaba que le leyeran. Así, “quanto tañían a comer, cerrava las puertas de la iglesia y se recogía a su celda, traíanle su comida, que era de la común de los religiosos y esta se la dava al pobre que le leía los libros espirituales”[18]. López de la Torre era un lector pasivo.

La lectura sirvió también para recordar la observancia religiosa. En el convento agustino de Mizque, en la región de Cochabamba, los frailes, al término de la mañana, eran convocados por el tañido de una campana a reunirse en la sala De profundis, donde “les leían un capítulo de algún libro espiritual a elección del prior, y después si le parecía, añadía algunas advertencias o cerca de lo que se avía leído o en orden a la observancia”[19].

Los lectores, ayer como hoy, solían manifestar diversos sentimientos y reacciones antes y después de sus lecturas, como también durante ellas. Desafortunadamente, no ha habido mayor interés entre los investigadores por rastrear tales experiencias de lectura. Una fuente especialmente privilegiada para acceder a tales experiencias son los expedientes de la Inquisición de Lima. Santiago de Urquizu era miembro de una familia de la elite limeña a fines del siglo XVIII. Había heredado de su padre no solo una enorme biblioteca, sino además una insaciable curiosidad por los libros y pasión por la lectura. En Lima conoció a Pedro Pablo Pormar, quien le prestó y vendió algunos libros prohibidos por la Inquisición de Lima, entre ellos “muchos tomos de Voltaire”. La atracción que ejerció la lectura de Voltaire fue enorme. Urquizu no solo se divertía, sino que se reía leyéndolo. Presa de su entusiasmo, declaró: “Ya en mis vicios fui adquiriendo más desembarazo y sufocando [sic] mis antiguos remordimientos”. La lectura de Voltaire, según propias palabras, le había servido para superar el conflicto entre sus principios morales y ansias de llevar una existencia en plenitud. Para complicar las cosas o, mejor dicho, sus propias tribulaciones, hizo su aparición el dominico Mariano Arbites (o Albites). Las conversaciones a propósito de inquietudes comunes y libros entre el fraile y nuestro personaje los llevaron a concluir “que la religion era una quimera”. A fin de nutrir con más elementos la conversación, Urquizu prestó al fraile diversas obras prohibidas. Pero la conciencia de haber llegado demasiado lejos en sus creencias hizo que ambos decidieran en 1782 autodelatarse ante la Inquisición[20].

Como Santiago Urquizu, otros miembros de la elite limeña accedieron a la lectura de libros prohibidos. La invasión de la literatura política y recreativa francesa, al amparo de las reformas borbónicas impulsadas por la corona española, es un hecho bastante estudiado. Los libros llegaron por diversos caminos, pero los prohibidos lo hacían por lo general en los equipajes de los viajeros, que no eran objeto de inspección en puertos o aduanas. Por añadidura, basta revisar los inventarios de las bibliotecas de médicos, juristas, catedráticos de la universidad y otros miembros connotados de la sociedad virreinal para notar la presencia de autores franceses. A la difusión de la literatura francesa de la Ilustración, en particular de autores como Voltaire, Rousseau y Montesquieu, le fue atribuida los orígenes ideológicos de la Independencia peruana. ¿Pero fue así? Se trata de una cuestión no discutida en el ámbito historiográfico peruano. ¿Qué leyeron los padres de la patria? ¿Leyeron los textos en sus versiones originales o traducidas? ¿Cómo leyeron los textos?

Hace tiempo que el historiador británico John Lynch se preguntó acerca de las fuentes intelectuales del nuevo americanismo, esto es, de la nueva identidad criolla en el ocaso del dominio colonial, que fue el germen del proceso emancipador. Sostuvo que las ideas de los filósofos franceses no fueron aceptadas indiscriminadamente. La literatura de aquellos autores “no era un asunto que dividiera a los criollos de los españoles, ni era un ingrediente esencial de la Independencia”. Y añade que poseer un libro no hace a uno revolucionario. Los criollos eran simpatizantes de reformas. Y, aunque la Ilustración tuvo un papel importante en Hispanoamérica, sin embargo, no fue la causa originaria de la Independencia. Los americanos recibieron de la Ilustración “no tanto nuevas informaciones e ideas como una nueva visión del conocimiento, una preferencia por la razón y la experimentación como opuestas a la tradición y la autoridad”[21]. La hipótesis resulta seductora, pero solo eso. La propuesta de Lynch remite a la célebre controversia que enfrentó a Robert Darnton y Roger Chartier en torno a los orígenes culturales de la Revolución francesa, una controversia aún abierta, pero extremadamente rica en proponer nuevas perspectivas de estudio.

Las fuentes literarias, impresas y manuscritas, de los tiempos coloniales proveen de información de las prácticas y experiencias de lectura. Su estudio es muy incipiente, como incipiente es el conocimiento de la historia del libro y la lectura en el Perú para los tiempos modernos. La obra de Chartier, tan extensa como fecunda, nos sigue interpelando. Nos invita a explorar campos de estudio poco roturados y, por ello, yo y muchos otros amantes de la historia y los libros estamos agradecidos.


  1. “Los espacios de los libros en el Perú colonial”, Lexis, 27(1-2), 2003, pp. 179-190.
  2. “La cultura escolar como objeto histórico”, en Margarita Menegus y Enrique González (coords.). Historia de las universidades modernas en Hispanoamérica. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1995, p. 131.
  3. Archivo Regional del Cuzco. Protocolo del escribano Pedro de Cáceres. Año 1688, f, 205r,v.
  4. Archivo General de la Nación. Protocolo del escribano Juan Gutiérrez. Año 1568, f. 410r-411r.
  5. Archivo Arzobispal de Lima. Visitas, legajo 2, exp. 14. Sobre la alfabetización de los indígenas que actuaban como auxiliares de las doctrinas, véase John Charles, Allies at Odds: The Andean Church and Its Indigenous Agents, 1583–1671. Albuquerque: Universidad de Nuevo México, 2010.
  6. Luis Antonio Eguiguren Diccionario histórico cronológico de la Universidad de San Marcos y sus colegios. Lima: Torres Aguirre, 1940-1950, I, p. 289.
  7. Bernardo Torres, Crónica Agustina. Lima: San Marcos, 1974, I, p. 282.
  8. Juan Teodoro Vázquez, Crónica continuada de la provincia de San Agustín del Perú. Valladolid: Estudio Agustiniano, 1991, p. 379.
  9. Ibid, p. 380.
  10. Ibid.
  11. Torres, Crónica agustina, III, p. 654. Las cursivas son mías.
  12. Vázquez, Crónica continuada, p. 431. Las cursivas son mías.
  13. Felipe Colombo, El Job de la ley de la Gracia retratado en la admirable vida del siervo de Dios venerable Padre fray Pedro Urraca. Madrid: Imprenta de la Viuda de Pedro Marín, 1790, pp. 13-14.
  14. Ibid, p. 106.
  15. Diego de Córdova y Salinas. Crónica franciscana de las provincias del Perú. Washington: Academy of American Franciscan History, 1957, pp. 366-367.
  16. Torres, Crónica agustina, III, p. 684.
  17. San Agustín, Andrés de. Dios prodigioso en el judío más obstinado, en el penitenciado más penitente, y en el más ciego en errores, después claríssimo en virtudes el venerable hermano fray Antonio de San Pedro, religioso lego del Orden esclarecido de Mercedarios descalços Redención de Cautivos. Lima: Joseph de Contreras y Alvarado, 1692, f. [7v].
  18. Torres, Crónica agustina, III, p. 755.
  19. Torres, Crónica agustina, II, p. 323.
  20. Archivo Histórico Nacional. Inquisición. Leg. 2213, exp. 57.
  21. John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826. Barcelona: Ariel, 1976, pp. 38-39.


Deja un comentario