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Roger Chartier: el maestro y una outsider

Marisa Adriana Miranda

1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?

Dada mi formación inicial en Derecho, y en atención a mi interés en revisar lo normativo en cuanto emergente sociocultural, hace cerca de 25 años tuve la iniciativa de postularme para el Doctorado en Historia de la Universidad de Buenos Aires. Mi idea, en concreto, consistía en ahondar sobre el concepto de “plaga”, y, desde ahí, deconstruir las percepciones de una otredad presentada como amenazante, haciendo para ello hincapié en las crónicas de los primeros viajeros al Nuevo Continente. En noviembre de 2000, y luego de haber sido admitida por la Facultad de Filosofía y Letras de esa Universidad para formarme doctoralmente con aquella propuesta, ubicada en un plano de intersección entre la historia natural de la ciencia y la historia cultural, esto es, historia cultural de la ciencia, conocí personalmente al profesor Roger Chartier. Por entonces, y entre las materias que me fueron sugeridas por la respectiva comisión evaluadora para orientar mis estudios, opté por cursar, entre otros, el seminario que dictó ese profesor de Lyon en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, a quien, obviamente, ya conocía por sus textos.

Así, durante las 30 horas cátedra durante las cuales desarrolló la temática de literatura y cultura escrita en la Edad Moderna (siglos XVI-XVIII), tuve el lujo –seguramente no del todo aprovechado en atención a mis propias limitaciones– de conocerlo. Mi impresión inicial, que luego se reforzaría durante todo el ciclo, fue la de un intelectual ejemplar, en el sentido literal del término, esto es, alguien que sirve de ejemplo, quien, más allá de su notoria producción científica, permitía e incentivaba a sus oyentes a intervenirla, comentarla, debatirla e interactuarla desde los intereses particulares de cada uno. Por mi parte, en esa irrepetible ocasión, le comenté mi propuesta de trabajo, la cual, con el devenir del tiempo, se fue transformando en mi línea de investigación y que podría ser definida como la construcción cultural del concepto de “plaga”, es decir, de la otredad. Para ello, me resultaba imprescindible ahondar en los distintos instrumentos que, mediante seudo legitimidades racistas o racialistas, expresaron las más o menos virulentas reacciones al otro; reacciones que, hacia finales del siglo XIX y bajo las ideas de Francis Galton, fueron sistematizadas en la disciplina denominada “eugenesia”[1]. En efecto, a partir de esta “ciencia del cultivo de la raza, aplicable igualmente al hombre, las bestias y a las plantas”, me interesaba comprender la construcción/conformación del concepto mismo de “otredad”, en un universo que, en no pocas ocasiones, incluiría en la (ambigua) idea de “plaga” al otro, humano[2].

Teniendo siempre en mira esta perspectiva, las indagaciones sobre el libro y la lectura de Roger Chartier me permitieron plantear (y plantearme) interrogantes impensables si hubiera carecido de sus enseñanzas. En efecto, en el marco del estudio de temáticas en general vetadas por la historia canónica, este representante de la denominada “cuarta generación de los Annales” –respecto a la cual destaca los riesgos de continuar denominándola “escuela” (Chartier, Mendiola y Semo, octubre-diciembre, 1996)– me amplió el horizonte para avanzar en mi línea de intereses e indagar, por ejemplo, los espacios y la circulación de las obras de los naturalistas, y, como consecuencia de ello, adentrarme en la recepción de las teorías científicas modernas –desde el darwinismo hasta la eugenesia– para analizarlas con una perspectiva integradora, indudablemente deudora de la (o mejor aún, su) historia cultural. Entendida esta como perspectiva nutrida en un entramado multidisciplinar, situado en el cruce entre la crítica textual, la historia del libro y una sociología retrospectiva de las prácticas de lectura (Chartier, 2005, p. 1). Y, de ahí, fue tomando formato mi apropiación particular, concentrada en el cruce entre la historia de la ciencia y la sociología de la recepción de teorías científicas en un contexto dado. En concreto, el ámbito argentino y diversos países de Oriente latino.

2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?

La tesis de Chartier respecto a que la cuestión esencial de la historia cultural consiste en focalizar en las relaciones existentes entre las modalidades de apropiación de los textos y los procedimientos de interpretación que sufren (Chartier, 2005, p. I) sintetiza un marco interpretativo que resultó muy significativo para mis investigaciones. En efecto, como anticipé más arriba, hace décadas que me ocupo de deconstruir un corpus que, si bien algo difuso, conforma una temática propia de la denominada “historia cultural de la ciencia”. Desde allí releo fuentes primarias impostergables para desentrañar los diversos discursos que estas encierran, con la intención de develar las apropiaciones culturales de teorías científicas –fundamentalmente biológicas– allí expresadas, las cuales, sin embargo, no siempre reproducen asépticamente las tesis originarias (Glick y Henderson, 1999). En este marco, historizar la circulación de los textos involucra indagar tanto la apropiación de discursos como su adecuación a fin de reforzar o desestimar tal o cual tesis. Ello en el imprescindible contexto de su inscripción en el seno de las innegables dependencias recíprocas constitutivas de las configuraciones sociales de pertenencia de cada individuo o grupo (Chartier, 2005, p. 10).

Dicho esto, y tan solo para ejemplificar respecto a la incorporación (explícita) de algunas ideas de Chartier en mis propios trabajos, me detendré particularmente en su lectura de Norbert Elías, la cual orientó una serie de reflexiones, plasmadas en el capítulo “Doxa, eugenesia y Derecho en la Argentina de posguerra (1949-1957)” (Miranda, 2007). En concreto, me refiero a la síntesis realizada por el francés respecto al modelo descripto por el sociólogo alemán; reflexiones sobre las cuales nuestro autor focalizaría en oportunidad de la convocatoria hecha por Federico Finchelstein para poner en discusión el conocido libro de Daniel Goldhagen Hitler’s Willing Executioners. Ordinary Germans and the Holocaust. Precisamente, en el texto publicado en la Argentina en 1999 y titulado Los alemanes, el Holocausto y la culpa colectiva. El debate Goldhagen, Roger Chartier aporta una perspectiva fundamental de algunos conceptos de Norbert Elías, desde una hermenéutica más que adecuada. Así, en el capítulo titulado “Elías, proceso de la civilización y barbarie” (Chartier, 1999), se vale del concepto eliano de established y outsiders para expresar la tensión existente entre los habitantes de viejo linaje y los grupos marginalizados. Entre estos últimos se encontraban, aún sin comprenderlo, los judíos alemanes que, empero, y como el mismísimo caso del padre de Elías, se “sentían” alemanes. Lógica que permite resaltar aspectos fundamentales del régimen, tales como la identificación y exclusión de la otredad, requisito indispensable aún en la búsqueda de legitimidad de la biopolítica del exterminio. El análisis de Chartier remata expresando su parecer respecto a la denominada Breakdown of Civilization, y concluye certeramente: “Fue así en Alemania nazi. Y en otros lugares, más tarde” (Chartier, 1999, p. 204). Mediante esa expresión, Chartier permite entrever una cuestión no tan difundida en la historiografía. En efecto, si bien en el régimen alemán la política racial eugenésica adoptó su formato más trágico, cabe señalar que esta estrategia biopolítica no concluyó ahí. Y, es más, tampoco tuvo su origen en ese país. En efecto, las biopolíticas sostenidas por Hitler reconocen como antecedente inmediato la gestión biopolítica de los cuerpos de criminales y locos realizada por los Estados Unidos de América, que se inició en el Estado de Indiana en 1907.

No obstante, estoy atenta a que la historización del Holocausto –o, en general, de la otredad– corre el doble riesgo de la historia comprometida: la confusión entre la historia como saber crítico y controlable y las reconstrucciones de memoria, que mantienen con el pasado una relación afectiva y militante. En definitiva, tal como advierte Hilda Sábato, la relación entre historia y memoria no es, precisamente, una relación fácil (Sábato, 2007, p. 107). Así, considero que la idea de otredad, sus continuidades y sus cambios constituyen un aspecto de análisis del pensamiento de Elías, y de su posterior relectura por Chartier, por lo que constituyeron un insumo privilegiado para mis investigaciones posteriores.

3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.

De su reciente intervención en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), destaco como un aspecto esencial para mis propios estudios el planteo hecho por Chartier respecto a la escritura y, en particular, a las “expectativas de lectura” del texto escrito. En este marco, nos transmite su propuesta de ampliar el análisis conforme al público destinatario (sexo, educación, lugar de residencia, etc.), delimitando los grupos específicos de lectura, que se identifican a partir de las prácticas compartidas frente a lo escrito. Y, desde esta propuesta, se pueden analizar las prácticas de lectura diversas conforme a la ubicación geográfica o la situación política, entre otras variables, expresando el resultado de una tensión entre lo que esta situación implica como prácticas comunes del acceso a los textos y lo que evidentemente puede mantenerse como particular en cada individuo.

Estas reflexiones me resultaron indispensables para procurar responder(me) sobre el lugar de enunciación de las discursividades eugénicas, o, mejor dicho, para quiénes escribían los que escribían sobre eugenesia (tanto en la Argentina como otros países de la región) y, además, por quiénes, concretamente, eran leídos. Al respecto, considero pertinente remarcar que las publicaciones organizadas en torno a la eugenesia estaban dirigidas hacia, al menos, tres tipos de público: el político o los poderes públicos en ejercicio; los especialistas o conocedores de la eugenesia; y el público general.

Los primeros conformaban el grupo de destinatarios directos de estas pautas de organización social de sesgo biológico aun cuando, al menos en aquel país, los emisores del discurso coincidían, precisamente, con sus destinatarios; esto es, las elites gobernantes o cercanas a los gobiernos.

El segundo tipo de público era el de los “ejecutores” directos de estos mandatos. Ellos, conocedores de la eugenesia ya de antemano, tenían a su cargo la identificación, clasificación, jerarquización y exclusión inmanentes a toda expresión de la “ciencia de Galton”, viéndose en su cotidianeidad ante el desafío de detectar a los seres “eugénicos” para diferenciarlos de los “disgénicos”[3]; tarea esta que, en general, era responsabilidad de los médicos. Mientras tanto, el qué hacer con aquellos seres que turbarían la descendencia constituía una tarea propia del campo jurídico. Sobre este segundo tipo de lectores (o destinatarios), se procuraba afianzar sus ya adoptados discursos, propios y generalizados, de sus espacios disciplinares de pertenencia; ello con la evidente finalidad de consolidar la legitimidad sobre la cual se establecerían estrategias de selección de los “más dotados” y la consecuente exclusión de los individuos “menos dotados”.

Encontramos, además, un tercer tipo de público, el público general, que, pese a desconocer el tema, resultaba, quizás, un (el) destinatario fundamental al momento de difundir la eugenesia en diversos ámbitos de la cultura “de abajo”. Mediante textos de fácil acceso y gran difusión, se procuraba alcanzar a un público amplio, no especializado, a quien era necesario “evangelizar”.

Ahora bien, más allá de esta clasificación de los destinatarios, existe un aspecto digno de mención: los autores de los artículos eran siempre los mismos para los tres grupos de público, representando los discursos autorizados desde el poder. Ellos, en ocasiones, se veían forzados a adaptar su discurso atendiendo, precisamente, a las previsiones o “expectativas de lectura” descriptas por Chartier.

4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiadora y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?

Tal como nos enseña el profesor francés, un rasgo distintivo de la historiografía de nuestros días radica en el surgimiento de espacios intelectuales cohabitados por diversas disciplinas y por historiadores que pertenecen a disímiles tradiciones nacionales. Contexto en el cual la unidad fundada en la filiación a una teoría o en la homogeneidad nacional, que distinguía a las antiguas “escuelas”, ha “dejado de existir”. De ahí destaca que

el campo de la sociología de la recepción y de la asociación, del análisis de las formas del texto en general y del libro en particular, se caracteriza por ser un espacio intelectual que escapa a cualquier tradición particular, sea nacional o basada en filiaciones teóricas (Chartier, Mendiola y Semo, octubre-diciembre, 1996).

Ahora bien, retomando mi mirada personal, deudora, de una u otra manera, de mi formación profesional, en algún punto outsider, subrayo que, al momento de interpelarme sobre cuestiones de la otredad, me resultó gratamente inevitable acudir a la historia cultural. Y, desde ahí, los trabajos del profesor francés sobre el libro y la lectura coadyuvaron y coadyuvan, de manera significativa, a comprender también las espeluznantes expresiones del poder sintetizables en oprobiosas jerarquizaciones humanas. En este sentido, avisa Chartier que la tragedia del Holocausto plantea el problema de cómo refutar las falsificaciones mismas de la historia; es decir, cómo producir un conocimiento verdadero opuesto al que genera la falsificación; sosteniendo, además, la existencia actual de un problema más profundo y acaso más difícil: “la fabricación de mitos históricos destinados a construir y/o consolidar identidades”. De ahí que “las mitologías contemporáneas son representaciones históricas que definen el derecho de una nación a existir. Más aún: legitiman la especificidad de una comunidad particular y justifican su razón de ser” (Chartier, Mendiola y Semo, octubre-diciembre, 1996). En este marco, recuerdo además la enseñanza de Chartier, quien, ocupándose de la obra de Foucault –la cual, según aquel advierte con sagacidad, “no se deja someter fácilmente a las operaciones que implica el comentario”–, señala que la larga duración “no significa una relegación del acontecimiento”, ni tampoco pensar la historia como una “identificación de estructuras inmóviles” (Chartier, 1996, pp. 15 y 23). En efecto, una historia pensada desde una larga duración que resulta indudablemente necesaria para comprender los procesos bajo los cuales cobró sentido la eugenesia; es decir, esa forma racialista de gestionar la otredad.

Al respecto, recupero aquí las reflexiones del profesor francés respecto a los desafíos actuales de la historia intelectual y cultural formuladas en el referido Conversatorio realizado en el marco de las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación, celebrado en la Universidad del Salvador (Argentina, octubre de 2021). Entre ellas, es prioritario destacar el primer desafío expresado por entonces, consistente en cierta necesidad de vincular los estudios monográficos o microhistóricos (esto es, los comúnmente exigidos por los criterios científicos de la historia, que requieren fuentes particulares y focalización del análisis, lo que dificulta pensar más allá de esa dimension microhistórica) con las perspectivas nuevas de la historia global (ya sea ella considerada como historia comparada, como historia de los imperios, o como historias conectadas). Y, desde allí, admitiendo la existencia de cierto “mestizaje” intelectual entre ambas miradas, en mis investigaciones reflexiono en perspectiva de la historia cultural respecto al concepto mismo de “otredad”, en cuanto categoría utilizada, como vimos, para los seres vivientes, humanos o no humanos.

Precisamente, desde esta óptica, propongo recuperar –haciendo un imprescindible paralelismo con los emblemáticos textos La conquista de América. El problema del otro (Todorov, 1987) y Nosotros y los otros (Todorov, 1991)– la necesidad de (re)pensar al “otro” (la plaga) como entidad que está, también en nuestros días, muy cercana a un “nosotros” obviamente delineado desde el biopoder. Contexto que nos impone hallar respuestas al origen de la obscena pregunta de cuáles son los seres humanos que ocupan la categoría del “nosotros” y cuáles la de “otros”. Mirada nutrida y enriquecida merced a los aportes de Roger Chartier.

Bibliografía

Chartier, R. (2005). El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. Gedisa, Barcelona.

Chartier, R. (1999). Elías, proceso de la civilización y barbarie. En F. Finchelstein (ed.). Los alemanes, el Holocausto y la culpa colectiva. El debate Goldhagen (pp. 197-204). Eudeba, Buenos Aires.

Chartier, R. (1996). Escribir las prácticas. Manantial, Buenos Aires.

Chartier, R., Mendiola, A. y Semo, I. (octubre-diciembre, 1996). El malestar en la historia. Fractal, I, I, (3). En t.ly/TEikW.

Galton, F. (1883). Inquiries into Human Faculty and Its Development. Macmillan and Co, Nueva York.

Glick, T. y Henderson, M. (1999). Las recepciones científicas y populares de Darwin, Freud y Einstein: hacia una historia analítica de la difusión de las ideas científicas. En T. Glick, R. Ruiz y M. A. Puig-Samper (eds.). El darwinismo en España e Iberoamérica (pp. 289-297). UNAM-CSIC-Doce Calles, Madrid.

Miranda, M. (2007). Doxa, eugenesia y Derecho en la Argentina de posguerra (1949-1957). En G. Vallejo y M. Miranda (comps.). Políticas del cuerpo. Estrategias modernas de normalización del individuo y la sociedad (pp. 97-129). Siglo XXI Editores, Buenos Aires.

Sábato, H. (2007). Historia y Memoria frente al pasado reciente. En M. C. Adamoli, A. Roisenstraj (Ministerio de Educación, Subsecretaría de Equidad y Calidad Educativa) y G. Jinich (Museo del Holocausto) (comps.). La enseñanza del Holocausto/Shoá como acontecimiento clave del siglo XX (pp. 103-109). Museo del Holocausto-Buenos Aires Shoah Museum y Ministerio de Educación de la Nación, Buenos Aires.

Todorov, T. (1991). Nosotros y los otros. Siglo XXI Editores, Ciudad de México.

Todorov, T. (1987). La conquista de América. El problema del otro. Siglo XXI Editores, Ciudad de México.


  1. Vocablo proveniente de las palabras griegas εὖ (“bien”) y γένος (“estirpe”, “linaje, “parentesco”).
  2. Francis Galton utiliza por primera vez el término en su texto titulado Inquiries into Human Faculty and Its Development (Galton, 1883).
  3. Término derivado de “disgenesia” (del griego δυσ-, prefijo que significa “dificultad” o “anomalía”, y γένος, “estirpe”, “linaje”, “parentesco”), utilizado como concepto opuesto al de “eugenesia”. 


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