Un constante proceso de formación
Alfonso Rubio
Introducción
Antes de llegar a ejercer como docente universitario, la profesión que ahora desempeño en Colombia, fui archivista durante muchos años en España. Mis precarios conocimientos académicos en Paleografía, materia que había cursado durante mis estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza, me permitieron formar parte de los planes de organización y descripción de los fondos documentales municipales que por aquel entonces, después de promulgarse la Constitución española de 1978, se hacían accesibles al público.
Eran los últimos años de la década de 1980 y, no sin esfuerzos, comenzaba a descifrar, para mí, en aquellos años, unos extraños, y casi irreales, manuscritos que se habían compuesto con unos endemoniados caracteres alfabéticos que correspondían, luego supe, a una letra cortesana, procesal o humanística. Digo “casi irreales” porque no podía creer que diariamente pudiese tener en mis manos documentos que se habían producido entre los siglos, principalmente, XVI y XVIII.
Fue habitual en la España de aquel momento que, mediante cursos, jornadas o seminarios, pudiéramos formarnos en materias como Paleografía, Diplomática o Archivística, disciplina esta última de la que comenzábamos a conocer sus principios y métodos, y las múltiples facetas que la rodean, a través de la producción de una literatura que día a día crecía exponencialmente. Así lo hice, así me fui formando, mientras los miembros que componíamos la “brigada de archiveros” de la Comunidad Autónoma de La Rioja iban dando forma clasificatoria a los fondos documentales cuyo origen institucional se remonta a la Edad Media.
Desde 1989, cuando mis lecturas iniciales del “archivo manuscrito” convertían las huellas de un pasado en “material vivo”, mi formación en asuntos de la ciencia documental me llevó en 1992 a hacerme con la traducción al español que Anna Montero Boch había hecho del maravilloso librito de Arlette Farge La atracción del archivo. Un año antes, en 1991, la había editado Edicions Alfons El Magnànim / Institució Valenciana d’Estudis i Investigación. Es el libro que me enseñó a mirar el archivo de una manera muy distinta a la que hasta entonces estaba acostumbrado, basada exclusivamente en códigos y normas técnicas de descripción archivística. Es el libro, pienso, que andaba buscando para escapar de la sensación insulsa que producían las tareas catalográficas, pues, además, los abundantes expedientes judiciales que iban apareciendo entre los fondos de los concejos riojanos, ciertamente, me deslumbraban. Aun desde una incompleta lectura de estos, había afectos que se desataban a medida que uno se sumergía en acontecimientos inesperados, en instantes de la vida de personajes ordinarios, pocas veces tratados por la historia.
El archivo judicial, con sus pretensiones de control administrativo y policial, describe lo irrisorio y lo trágico del mundo con palabras comunes de todos los días que reproducen hechos del pueblo, reproducen la vida de los más desfavorecidos, abocados a reunirse en muchedumbre y constituir el archivo judicial. Las sensaciones descritas por Farge ante la presencia de un manuscrito judicial fueron un descubrimiento imborrable. Pero, inicialmente, antes que a Roger Chartier, La atracción del archivo me condujo, inmediatamente, al texto de Armando Petrucci que se anunciaba en las páginas finales, donde la editorial publicitaba una relación de títulos ya publicados. Es una compilación hecha por Petrucci titulada Libros, editores y público en la Europa moderna. Había sido publicada por primera vez en Roma, en 1977, y Edicions Alfons el Magnànim la editó en 1990, en traducción de Josep Monter.
En sucesivas lecturas había visto muchas veces referenciado el nombre de Armando Petrucci relacionado con la paleografía, pero, en lugar de llevarme a asuntos vinculados con esta disciplina, que era lo que pretendía, la compilación del paleógrafo italiano me trasladó a un nuevo y agradable descubrimiento, el del campo de la historia del libro, entendida esta en la complejidad de su eje producción-difusión-público y, especialmente, en sus aspectos más propiamente económicos y sociológicos. Descubrí entonces a autores como Henri-Jean Martin, François Furet y Geneviève Bollème, autores que luego han sido referentes ineludibles en mis estudios sobre el libro, la lectura, la edición o la literatura popular. Pero todavía no me había encontrado con Chartier.
La casualidad, un año más tarde, en 1993, me llevó, esta vez por iniciativa propia, a organizar el Fondo Documental del Archivo Municipal de Ocón, población de la ya citada Comunidad Autónoma de La Rioja. Los expedientes judiciales y los libros del registro civil que allí encontré me pusieron a relacionar a los protagonistas de un romance de crímenes titulado La muerte a cuchillo, un romance de la tradición española de la literatura de cordel, con los nombres que aparecían en esas mencionadas tipologías documentales del archivo. El romance da cuenta de unos sucesos criminales que tuvieron lugar en la misma población de Ocón en el año de 1875, y los habitantes de la zona ya me habían hecho saber de él. Cuando llegó el momento de clasificar los registros de defunción correspondientes al mismo año de 1875, fue cuando decidimos buscar entre ellos el nombre de Ciriaco Fernández, “aquel hombre semifiera” que había asesinado a cinco de sus paisanos.
El encuentro con el nombre estampado de Ciriaco Fernández en el acta de defunción número 50 me produjo tal sacudida afectiva, que, después de muchos años de investigación y modificaciones textuales, terminé de escribir el texto definitivo titulado Memoria de un romance. La muerte a cuchillo. Horroroso y sangriento drama ocurrido entre Los Molinos y Pipaona de Ocón, provincia de Logroño, el día 29 de junio de 1885 (Madrid: CSIC, 2018). Estábamos ante un romance de la literatura popular cuyos personajes pertenecían al “pueblo” y se trataba de desentrañar la poética y la realidad que encierra La muerte a cuchillo. Fue entonces, mientras se sucedían las tareas investigativas, cuando volví al texto de Farge y ya, con más detenimiento, puse la atención en la referencia a pie de página que menciona el ensayo de Chartier, “Culture populaire et culture politique sous l’Ancien Régime” (French Revolution and the Creation of Modern Political Culture, vol. I, Political Culture of the Ancient Regime, Bergamon Press, 1987). De esta referencia fui pasando a otras y a otras, como las que podemos ver citadas en el libro Memoria de un romance: “Cultura popular: retorno a un concepto historiográfico”; “Lectores campesinos en el siglo XVIII”; “Lecturas y lectores ‘populares’ desde el Renacimiento hasta la época clásica”; El mundo como representación y Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero[1]. Y así, poco a poco, fui leyendo la obra de un historiador que enseguida relacioné con las propuestas conceptuales y metodológicas que había encontrado en los autores que hacen parte de aquella compilación de Armando Petrucci. Chartier, hay que decirlo, fue una lectura tardía en mi bagaje cultural, pero desde entonces nunca lo he abandonado.
Es mi intención, por ello, exponer algunas ideas centrales de su obra que, para esta ocasión, tomo y reelaboro de la introducción de mi texto titulado Libros en el Nuevo Reino de Granada. Funciones, prácticas y representaciones publicado en Medellín (EAFIT/Universidad del Valle, 2003), y de los apuntes personales con que imparto el seminario “Cultura escrita en Colombia”, integrado en el Doctorado en Humanidades (Línea: Historia Cultural de Colombia), que se lleva a cabo en la Facultad de Humanidades de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Quieren dar cuenta de algunos aportes conceptuales de la llamada “historia social de la cultura escrita” y de algunos principios y metodologías de esta disciplina donde sobresalen las contribuciones de Roger Chartier. Se detienen, al mismo tiempo, en aspectos relacionados con las fuentes documentales y el recurso investigativo a la cuantificación del libro en un país como Colombia, donde sigo ejerciendo mi profesión y donde todavía son necesarios los análisis cuantitativos para fortalecer los análisis cualitativos que tienen como cometido principal el estudio del objeto escrito.
Aportes conceptuales
La obra de Henri-Jean Martin y Lucien Febvre, L’apparition du livre, estudia “la acción cultural y la influencia del libro” desde mediados del siglo XV hasta las últimas décadas del XVIII. Considerado como uno de los medios más poderosos de los que ha podido disponer la civilización de Occidente para “concentrar el pensamiento disperso de sus representantes” y “dominar sobre el mundo”, la obra, concebida por Febvre y desarrollada por Martin, define el alcance (siendo esta su novedad) de ese papel de dominio que desempeñó el libro, e intenta, al mismo tiempo, crear entre los estudiosos “nuevos hábitos de trabajo intelectual”[2].
A partir de su publicación, el conocimiento histórico de las formas de la cultura escrita ha alcanzado una significativa evolución. Desde entonces, la variedad de planteamientos historiográficos sobre el “libro” y la “biblioteca”, así como sus resultados, han demostrado la relevancia de plantear nuevas preguntas y usar nuevos métodos; pusieron de manifiesto, además, el gran potencial que poseen las fuentes originales para contribuir a la comprensión de la historia cultural de una época que entraña una dificultad intrínseca, pues el mismo objeto de estudio es complejo de comprender desde su materialidad y sus relaciones en la historia en cuanto mercancía producida dentro de un contexto comercial y como signo cultural, soporte de un sentido que transmite el texto o la imagen y que define a la sociedad y a su poseedor[3].
Los trabajos de Henri-Jean Martin y François Furet y su equipo establecieron las bases de una historia cuantitativa del libro con las que todavía hoy se desarrollan rigurosos análisis para desentrañar los valores culturales de las sociedades en el Antiguo Régimen. Desde las décadas de los años ochenta y los noventa del siglo XX hasta hoy en día, se ha mantenido una constante renovación de la historia de la cultura del impreso, y autores cuyas obras son bien conocidas, como Roger Chartier, Martyn Lyons, Robert Darnton, especialista norteamericano en la historia cultural francesa del Antiguo Régimen, Armando Petrucci, Guglielmo Cavallo o Antonio Castillo Gómez y Fernando Bouza, analizan en sus investigaciones sociedades próximas entre sí de la Europa occidental en países como Francia, Italia y España; una Europa que, con los descubrimientos, dejó en América una vasta impronta de raíz latina, y unas investigaciones que igualmente están teniendo una fuerte influencia en la historiografía de los países americanos.
Estos autores han ejercido y siguen ejerciendo modelos metodológicos en las investigaciones dedicadas al libro, la lectura y la edición y se han señalado a menudo como principales artífices de una orientación hacia una historia que entrelaza una red de múltiples y prestados paradigmas historiográficos: la nueva historia cultural[4]. Las reflexiones de Roger Chartier sobre lo que denomina “prácticas de la lectura” partieron de la historia de las mentalidades y evolucionaron hacia un intento por situar la historia del libro como corriente alterna desvinculada de la escuela de los Annales, como deja ver su ensayo titulado “De la Historia del Libro a la Historia de la Lectura”, publicado por primera vez en 1987[5]. Rechaza la caracterización de las mentalités como condicionante principal de la realidad histórica. La relación entre las estructurales mentales y las determinaciones materiales no sería así una relación de dependencia. Las relaciones sociales y económicas no son condicionantes de las culturales, son por sí mismas componentes de la realidad social y, por tanto, campos de práctica y producción cultural que no pueden ser explicados de manera deductiva en referencia a una dimensión extracultural de la experiencia[6].
Los aportes conceptuales del historiador francés tienen raigambre en la historia de las mentalidades y todavía mantienen un uso muy desigual entre los investigadores. Utilizando conceptos como “configuración”, “apropiación diferenciada”, “producción de sentido”, acuña el término de “historia cultural de lo social”, donde el concepto de “cultura” es entendido como un conjunto de prácticas y representaciones por las cuales el individuo forma el sentido de su existencia a partir de necesidades sociales concretas; prácticas y representaciones, que llevan a superar al autor una serie de dicotomías: el dualismo objetividad-subjetividad, la confrontación producción-consumo o la contraposición culto-popular[7].
Bajo las sugerencias de Michel de Certeau (L’Invention du quotidien), el objetivo de Chartier como historiador es el de articular tres polos distintos bajo la asociación de la crítica textual, la bibliography y la historia cultural[8]:
- El análisis de los textos descifrados en sus estructuras, motivos y alcances.
- La historia de los libros, de todos los objetos y de todas las formas que vehiculan lo escrito. Una historia definida por la relación entre el texto, el libro y la lectura, que comprenda cómo los mismos textos pueden ser diversamente aprehendidos, manejados y comprendidos, que reconstruya las redes de prácticas que organizan los modos, histórica y socialmente diferenciados del acceso a los textos, poniendo atención particularmente en las maneras de leer, y teniendo en cuenta que no hay texto fuera del soporte que lo da a leer (o a escuchar) y que por tanto no hay comprensión de un escrito que no dependa en alguna medida de su materialidad.
- El estudio de las prácticas que se hacen cargo de esos objetos o esas formas, produciendo usos y significaciones diferenciados.
En diálogo con Chartier, para Robert Darnton, los objetos de análisis son objetos culturales, pero no son objetos de la misma naturaleza que los datos seriados por la historia económica o la demografía histórica. La cultura no puede ser considerada como un nivel más de una totalidad social estructurada. El historiador contesta al método de tratar la historia cultural como historia económica que privilegia la fabricación de estadísticas, recusa la práctica de la historia de las mentalidades en su forma serial y cuantitativa que distingue los niveles de la cultura, la economía y la sociedad, y, en el intento de descifrar cómo pensar el mundo simbólico del otro, de afrontar la alteridad (pensar el pensamiento del otro) y la opacidad que señalan los textos, recurre a la antropología cultural. Esto implica una noción de la cultura que nada tiene que ver con algo inerte y estancado, con un grupo de ideas y de actitudes del pasado que basta con desempolvar e inventariar. Prefiere considerar la cultura como una actividad: “el esfuerzo por explicarse y fabricar un sentido apropiándose de los signos y los símbolos puestos a nuestra disposición por la sociedad”[9].
La influencia de la “nueva paleografía”, por otro lado, un movimiento de renovación conceptual y metodológico en la disciplina paleográfica, donde podemos situar a Petrucci, Cavallo y Attilio Bartoli Langeli, a fines de los años setenta del siglo XX dio forma al término “historia de la cultura escrita”. Tuvo su origen en Italia, en el Congreso que se realizó en Perugia en marzo de 1977, dirigido por Petrucci y Langeli, y en la publicación del primer número de la revista Scrittura e Civiltà, dirigida por Cavallo, Petrucci y Alessandro Pratesi. El congreso, cuyas actas se publicaron en 1978 con el mismo título, supuso ser el punto de inflexión en los estudios sobre escritura, lectura y alfabetización que hasta ese momento se limitaban al desciframiento, la lectura y la compresión literal de la escritura y no al examen, como ahora se proponía, de sus usos y funciones, de las relaciones entre los procesos de producción de testimonios escritos y las estructuras económicas y culturales de la sociedad que los elabora, conserva y utiliza[10].
La expresión “cultura escrita” aglutina una amplia diversidad de elementos y perspectivas de estudio alrededor de la escritura y la lectura, siendo ampliamente utilizada en los más recientes aportes para acoger conceptualmente propuestas totalizadoras. El término “historia social de la cultura escrita” es utilizado por historiadores españoles como Francisco Gimeno Blay y Antonio Castillo Gómez. Para el primero sería el campo donde confluyen dos líneas de trabajo: el estudio de las “prácticas de escritura y las prácticas de lectura”, preconizado por A. Petrucci; y el de la “historia cultural de lo social”, propuesto por Chartier[11]. Gimeno Blay considera la escritura como objeto de estudio que se inscribe dentro de un proyecto intelectual que supere los límites disciplinares de las denominadas “ciencias auxiliares de la historia”, como la diplomática, la paleografía o la archivística[12].
Antonio Castillo Gómez propone la superación de esa distinción convencional entre la historia de la escritura, por un lado, y la historia del libro y de la lectura, por otro, para hacerlas converger en un espacio común: el de la historia social de la cultura escrita, cuyo cometido sería el estudio de la producción, la difusión, el uso y la conservación de los objetos escritos, cualquiera que sea su cronología, tipología documental o soporte material. La base metodológica de esta disciplina estaría determinada por tres conceptos: los discursos, las prácticas y las representaciones[13].
La historia del libro, de las bibliotecas, de la lectura y de la edición, expuesto así, sintéticamente, convergiendo entonces en el espacio común de la “cultura escrita”. “Estudios de la cultura escrita”, “historia de la cultura escrita”, “historia social de la cultura escrita”, distintas denominaciones de una sola disciplina cuyo denominador común, el análisis del objeto escrito en determinados contextos socioculturales, podemos encuadrar en la óptica general de la historia cultural, un fenómeno que, en los últimos años, ha experimentado un notable desarrollo en la comunidad de los investigadores de las ciencias sociales. La historia cultural, propensa a utilizar una gran variedad de fuentes, ha ampliado su campo de acción bajo la influencia de la antropología cultural para tratar numerosas actividades que van mucho más allá de la “cultura”, tal como antes se entendía.
Dentro de este marco, los estudios de la cultura escrita, concebida como un proceso continuo que va desde el manuscrito al impreso y desde este al documento virtual, permiten profundizar en el conocimiento de la sociedad. Poseen una larga trayectoria en el ejercicio histórico de Europa y Norteamérica, pero es reciente su vinculación a un campo de investigación más complejo que supera los planteamientos iniciales ligados al mundo de la alfabetización para dedicarse a desvelar el funcionamiento de las relaciones entre dispositivos, sujetos e instituciones de una determinada sociedad que pone en marcha ciertas prácticas culturales donde se inscriben las prácticas relacionadas con la circulación y la materialidad del libro y el ejercicio de la lectura[14].
El acercamiento a estas prácticas y a sus actores permite reconstruir las comunidades de lectores de una determinada época, quiénes y qué leían. La mercancía de los libreros o de quienes negociaban, entre muchos otros tipos de artículos, con libros, las bibliotecas formadas por particulares, instituciones públicas o privadas, civiles o religiosas, son reflejo de lo que se publicaba y circulaba, de los intereses de una concreta profesión a la que se dirigía la edición de textos, y de los intercambios culturales e intelectuales, nacionales e internacionales. Permiten igualmente trazar un mapa del movimiento de las ideas y de las modas tipográficas, ya que el libro no solo es un objeto cultural, sino también un objeto comercial; y dan testimonio, además, de la formación de un espacio público y de su influencia sociocultural[15].
El libro, el objeto escrito en general, encierra, en definitiva, un potencial significativo como fuente de información para el investigador. Sus funciones, las prácticas editoriales, culturales y comerciales que lo envuelven y el marco político y legislativo que lo afectan conforman un asunto de múltiples y variadas posibilidades si tenemos en cuenta tanto las diferentes posturas teóricas y metodológicas con que pueden abordarse las numerosas temáticas relacionadas con esas prácticas, como las frecuentes conexiones disciplinares. Por ello, más que de posibilidades, debemos pensar en complejidades, sobre todo cuando la “cultura escrita” forma parte de dinámicas y estructuras sociales y aún permanece inexplorada en un país de divergentes realidades geográficas y culturales como Colombia.
No es fácil, por otro lado, acercarse para preguntar, primero, al objeto escrito y a su poseedor particular o institucional y, luego, a la experiencia lectora de los individuos. Tal vez sea un imposible reconstruir en su totalidad y en su verdad los significados que proporciona la circulación, posesión y apropiación del libro, y tal vez tengamos que movernos siempre en el terreno de lo indiciario. Pero, en ese terreno investigativo de pesquisas detectivescas, y en tanto podamos desenvolvernos en el plano de las abstracciones y representaciones, sí es posible dar cuenta mediante la constatación de la circulación y el uso de lo impreso, entre otros fenómenos, de los procesos que comportan la formación o los cambios de mundos mentales y culturales en las sociedades modernas o contemporáneas, y de la construcción de nuevos órdenes.
Las fuentes documentales y la cuantificación
Mis estudios en torno a la cultura escrita colombiana suelen circunscribirse al Nuevo Reino de Granada como jurisdicción territorial dependiente de la corona española. Por ello quiero detenerme en algunas apreciaciones que necesariamente mencionarán a un Nuevo Reino que primero tuvo Real Audiencia subordinada al virreinato del Perú y, luego, a partir de 1739, funcionó como virreinato independiente.
El estado actual de las investigaciones manifiesta un predominio casi absoluto de la literatura de carácter religioso en las sociedades hispanizadas de los siglos XVI y XVII. Sociedades sacralizadas donde las manifestaciones de la vida humana estaban mediatizadas por la creencia religiosa. La religión dictaba las normas de convivencia y delimitaba las formas de relación con el poder. La formación del hábito de la lectura y de un público lector más amplio, por tanto, tiene orígenes religiosos entrelazados con factores jurídicos, sociales y económicos.
El estudio del mundo colonial es esencial no solo para que una historia de la cultura escrita no sea fragmentaria, sino para comprender el surgimiento de una “nueva sociedad” en la europeización del Nuevo Mundo. La legislación en torno al libro y sus controles inquisitoriales, el espacio y los actores del comercio del libro, la formación de bibliotecas en las órdenes religiosas y entre particulares y profesionales, el significado de la ley monárquica escrita cuyo cumplimiento imponía un nuevo orden a través de la escritura fundacional de las instituciones, o los inicios de la tipografía en el tránsito del virreinato a la república son asuntos ejemplares que pueden esclarecer la comprensión de los mecanismos mediante los cuales comenzó a arraigarse una visión teológica del mundo que, con rasgos iniciales del feudalismo europeo, instituyó la estructura social y las formas de vida en la América hispana[16].
El historiador Renán Silva traslada el interrogante propuesto por Roger Chartier para las sociedades del Antiguo Régimen europeo al Nuevo Reino de Granada: ¿de qué modo en la sociedad colonial, entre los siglos XVI y XVIII, la circulación multiplicada de lo escrito impreso transformó las formas de sociabilidad, posibilitó nuevos pensamientos y modificó las relaciones con el poder? Para intentar resolverlo, dibuja un panorama general del comercio y la circulación del libro en la sociedad colonial, a la vez que estudia algunos casos representativos de bibliotecas y lecturas de miembros de la élite cultural ilustrada de finales del siglo XVIII y principios del XIX[17]. Advierte que su análisis es un “cuadro general”, “aproximativo” o “parcial” por dos principales razones: la dificultad intrínseca del “libro” o el “impreso” como objeto de estudio y el estado “bruto” en que permanecen las fuentes que, a pesar de ser numerosas, todavía no se han investigado, careciendo de análisis preliminares y de indicadores cuantitativos que permitan un acercamiento al estudio de la presencia y las funciones del impreso en la sociedad colonial neogranadina desde las proyecciones metodológicas que aquí se proponen.
La cuantificación en la historia del libro, por tanto, se hace todavía imprescindible en Colombia, pues el retraso de las investigaciones, sobre todo en relación con México y Perú, donde la circulación del libro respecto a otros virreinatos fue mayor, es evidente; aun siendo el libro en estos dos últimos países un elemento cultural del periodo colonial que todavía no ha logrado consolidarse como un campo propio de conocimiento. La construcción de indicadores cuantitativos que indiquen distancias culturales entre individuos y grupos sociales, y la clasificación temática de colecciones públicas y bibliotecas privadas son totalmente necesarias, por lo demás, entre los historiadores del libro. Reconocer las lecturas en la sociedad neogranadina es, antes de nada, construir series de datos cifrados y estadísticos que ayuden a acumular un saber sin el cual no es posible pensar en la posibilidad de formularnos preguntas[18].
Pero, aun siendo notablemente menor la circulación del libro en el Nuevo Reino de Granada que en la Nueva España y el virreinato del Perú, las fuentes documentales que permitan rastrear su presencia y sus implicaciones políticas, sociales y culturales son, en todos los casos, numerosas y todavía, en el panorama historiográfico colombiano, están insuficientemente tratadas. Fuentes, en todo caso, que han de proporcionar, en sucesivas investigaciones sistemáticas y en un amplio marco geográfico, una visión mucho más auténtica y precisa sobre el influjo que ejerció la divulgación de libros e ideas europeas en el desarrollo social y cultural del Nuevo Reino y toda la América hispana.
No es fácil aprehender la complejidad material del objeto de estudio y relacionarla con sus contenidos ideológicos destinados a su lectura, a la intención utilitaria, en definitiva, con que los libros fueron producidos, pero es fundamental, siempre sorprendente, comenzar desde aquí, desde el propio sentido con el que el investigador se apropia, al contacto físico, visual y sentimental, de un artefacto comercial y cultural que desde los talleres tipográficos europeos se desplazó al continente americano y circuló en él haciendo parte de bibliotecas privadas o institucionales, de lecturas individuales o colectivas, espirituales o laborales.
Las instituciones americanas actuales cuentan con numerosas y diversas fuentes bibliográficas y archivísticas que hacen parte de su acervo patrimonial y se remontan a la época del dominio español. Escarbar en la historia de la cultura escrita, continental o colombiana, requiere métodos que todavía no han sido puestos en práctica sistemática por la investigación, pero, antes de detenerse en ellos, se necesita información, se requiere desenterrar bibliotecas y archivos.
La mayoría de los investigadores dedicados a estudios relacionados con el mundo de los libros se ven obligados a comentar las variadas y complejas dificultades teóricas y prácticas que presenta el estudio de las fuentes documentales, pues las propuestas metodológicas están condicionadas por la documentación y sus índices de representatividad como fuente[19]. Dificultades, entre otras, que pasan por cómo medir realmente la importancia del préstamo del libro o la utilización real que se hacía de las bibliotecas, por la no aparición de algunos catálogos en los protocolos notariales de bibliotecas que realmente existieron, por el reflejo fiel o no de relaciones de libros en los inventarios post mortem, o por el problema de la exacta cuantificación y la identificación de las obras, pues a menudo los datos descriptivos de las obras se citan de manera incompleta o alterada.
Con la localización de libros en testamentos o inventarios de bienes, podemos generalizar algunas tendencias, pero sus análisis también conllevan ciertas dificultades, como el problema de la representación en la población de los listados seleccionados. Aparecen libros que no se mencionan en los registros y los referidos a los menos acomodados, en ocasiones, hablan de “libros” en general, sin especificar títulos, haciéndose difícil así extraer conclusiones sobre la lectura en estos sectores. La posesión de ciertos libros en el momento de la muerte, por otro lado, ¿se corresponde con un interés constante por la lectura? Es complejo precisar la relevancia de los registros de libros particulares cuando cada vez se hacía más fácil el préstamo entre amigos, o en bibliotecas, tiendas y librerías particulares.
¿Podemos demostrar la influencia real de los libros? La cuantificación, en cualquier caso, como decimos, es necesaria como paso previo para ello, pero, obviamente, insuficiente para analizar el complejo mundo de las prácticas de las lecturas; por ello no hay que olvidar que “libro poseído no implica libro leído ni la lectura presupone la obligación de poseer el libro”, y primar, cuando las fuentes lo permitan, el estudio de la sociabilidad de la lectura y la circulación del libro sobre el de su posesión[20].
La constatación de ciertas obras entre las bibliotecas personales o institucionales del Nuevo Reino de Granada que, previamente, circularon en los mercados de la época permite acercarnos a determinados ambientes culturales. El libro, el impreso en general, no solo es una fuente ideológica; como objeto cultural, es también portador de relaciones que se establecen a partir de ciertas prácticas colectivas e individuales y ciertos sentidos simbólicos que la propia imagen del libro y su mera posesión establecen.
Las cifras, las cantidades o la simple enunciación de títulos poseídos no pueden dar cuenta de esa construcción de sentidos que produce la apropiación particular de los textos por sus diferentes lectores. Pero su posesión por ciertos sectores sociales, puesta en relación metodológica con las clasificaciones temáticas de las obras y su correspondiente distribución cuantitativa, sí puede apoyar la reconstrucción de los intereses privados de individuos vinculados a una actividad laboral concreta, a una institución, a un gremio, a un negocio o a una concreta posición social. El libro es un bien simbólico a través del cual también pueden determinarse preferencias culturales y distintos grados de acceso al saber intelectual o al saber práctico-utilitario que exige el desempeño de una profesión como la del clérigo, el abogado o el escribano.
El método cuantitativo permite tomar el libro como índice y factor de continuidades o cambios políticos, económicos o socioculturales, pero no desconocemos, como ya explicamos, sus limitaciones ante las dificultades de interpretar las peculiaridades de las muestras que entran a formar parte del examen investigativo, las dificultades de su representatividad y de su correspondencia con la realidad histórica. La información resultante de la práctica investigativa, por muy atractiva que sea en sí misma, hay que analizarla con precaución, pues tal vez solo nos dé una visión parcial de la compleja vida social, política y económica de las sociedades del pasado. En su deseo de abarcar toda experiencia humana que pueda ponerse en relación con el amplio mundo de lo escrito, que cada vez va siendo más extenso en sus formas y apropiaciones, la historia social de la cultura escrita navega por un mundo incierto de difícil aprehensión que puede convertirse en un abigarrado cajón de sastre y fácilmente llevarnos a riegos como el de privilegiar lo que puede no ser más que una visión parcial del mundo. Tal vez, no obstante, sea esta una connatural manera de actuar por la que nos conducen los estudios de la cultura escrita y tal vez nuestra difícil tarea sea la de recomponer con sentido los fragmentos que de ellos podemos encontrar.
Los especialistas que hacen uso de los inventarios post mortem para el estudio de la historia social, material o cultural, son conscientes de sus limitaciones, pero también del hecho de que conviene utilizarlos, como aquí proponemos, con el carácter de alcanzar resultados estimativos y no resultados precisos y categóricos. Mi intento, de cualquier manera, a pesar de estas limitaciones metodológicas señaladas, sigue siendo el de indagar en las proporciones temáticas cuantitativas halladas como base significativa para una interpretación cualitativa de su significación cultural, no tanto para dar cuenta de la extensión social del libro[21].
Aunque todavía insuficientemente tratadas, ni tal vez etiquetadas dentro del amplio campo de la historia de la cultura escrita, la historia del libro y la de la lectura en Colombia cuentan, desde muy diversos enfoques de análisis, con puntuales contribuciones cuyos antecedentes se remontan a la segunda mitad del siglo XX. Estos escasos antecedentes constituyen la base que, desde perspectivas historiográficas tradicionales, han ido fundamentando las reflexiones alrededor de la historia del libro, evolucionando hacia el estudio de las relaciones que unen el universo del libro y las prácticas de la lectura y de la escritura con el desarrollo de la historia de la educación, la historia intelectual o la historia, muy escasa todavía, institucional[22].
Todavía siguen siendo desconocidas las fuentes que directamente podrían proporcionarnos un mayor y más exacto conocimiento de la cultura escrita neogranadina y colombiana. Como ocurre en otros ámbitos nacionales del espacio hispanoamericano, la sociología, la historia política, la historia social, la historia de la literatura o la historia intelectual han conseguido resultados donde aparecen los libros o las bibliotecas de instituciones civiles y religiosas, o de quienes representaban la llamada “república de las letras”, como índice de considerable posición económica, de consumo de determinados gustos, de cambios de sensibilidad o de cultura letrada en general. Historias, por lo demás, que hacen énfasis en el siglo XIX.
Principios y metodologías
La historia social de la cultura escrita se encuentra en un proceso de delimitar con mayor exactitud su geografía de estudio debido al carácter múltiple de los testimonios escritos, y a su difícil abordaje desde la complejidad de sus significados utilitarios y simbólicos. El objeto de la cultura escrita es inmensurable por la vastedad de sus temas en el momento de la investigación. Tal vez por ello no haya que hablar de límites y tal vez haya que pensar siempre en una disciplina en constante proceso de formación como característica inherente a su propia idiosincrasia.
Tal y como se nos presenta la diversidad de sus abordajes, la pretensión de definir un campo teórico, e incluso metodológico, tal vez “sea, en el mejor de los casos, una utopía y, en el peor, un arrastre del positivismo en su clamorosa persistencia por definir y medir los fenómenos humanos con la vara cuantificable de las ciencias”. La historia social de la cultura escrita puede aspirar a crecer y desarrollarse sin un objeto de estudio definido, en constante proceso de “construcción” y “variación” y centrando su interés no en totalidades y casos cerrados, sino en aproximaciones fragmentadas o fractales de la realidad moderna. ¿Se encuentra articulada en la teoría? ¿Existe la reflexión metódica sobre aquello que resulta esencial a su existencia (su mismidad ontológica) fuera de sus aplicaciones prácticas? Estas son algunas cuestiones y preguntas que, desde un intento clarificador, se hace el bibliotecólogo argentino Alejandro E. Parada[23].
Pero la ausencia de teoría manifiesta un aspecto peculiar de la historia de la cultura escrita. Su práctica constituye su propio cuerpo o bagaje teórico, su dialéctica creadora se instala entre la esfera teórica y sus fenómenos materiales. Más que en búsqueda de teoría disciplinaria, los estudios de cultura escrita sí se afianzan en la búsqueda de los fenómenos de la escritura en los diversos sujetos creadores y receptores y en las distintas manifestaciones materiales que actúan como artefactos que fijan y conservan un determinado mensaje potencialmente productor de significados en su propia creación, en el uso social de la época en que se crea y hasta en su histórica lectura y reutilización.
Podemos hablar así de algunos principios y de algunas metodologías abiertas, propuestas por autores significativos en la disciplina. Robert Darnton se preocupa por conocer las respuestas y reacciones de los lectores en documentos que la historia tradicional no consideraba. Carlo Ginzburg, desde procedimientos del psicoanálisis freudiano, ha incorporado el “método indiciario” para indagar las huellas de los lectores en la microhistoria. Antonio Castillo Gómez propone un método que puede aunar a cuantas disciplinas tengan como objeto el estudio de la escritura. Y Armando Petrucci, desde los enfoques sociológicos de la “nueva paleografía”, intenta desvelar las relaciones entre el poder y las formas y prácticas de lo escrito.
Petrucci plantea un método indiciario de relevamiento y de análisis formal y comparativo de las características gráficas y materiales de cada uno de los testimonios escritos tomados en consideración y unos problemas que se deben afrontar durante el análisis, que pueden resumirse en las básicas preguntas:
- ¿Qué? En qué consiste el texto escrito, qué hace falta transferir al código gráfico habitual para nosotros, mediante la doble operación de lectura y transcripción.
- ¿Cuándo? Época en que el texto en sí fue escrito en el testimonio que estamos estudiando.
- ¿Dónde? Zona o lugar en que se llevó a cabo la obra de transcripción.
- ¿Cómo? Con qué técnicas, con qué instrumentos, sobre qué materiales, según qué modelos fue escrito ese texto.
- ¿Quién lo realizó? A qué ambiente sociocultural pertenecía el ejecutor y cuál era, en su tiempo y ambiente, la difusión social de la escritura.
- ¿Para qué fue escrito ese texto? Cuál era la finalidad específica de ese testimonio en particular y, además, cuál podía ser en su época y en su lugar de producción, la finalidad ideológica y social de escribir.
Roger Chartier, por su lado, a partir de la historia de las mentalidades, como dijimos, se aproxima al estudio de las representaciones y de las prácticas culturales. También podemos hablar de los tres principios de análisis propuestos por el historiador francés en Escuchar a los muertos con los ojos, su lección o conferencia inaugural en el Collège de France dictada en octubre de 2007[24]:
- El primero sitúa la construcción del sentido de los textos entre restricciones transgredidas y libertades refrenadas: las formas materiales de lo escrito o las competencias culturales del lector acotan los límites de la comprensión, pero al mismo tiempo la apropiación es creación, productora de diferencias, de sentidos esperados e inesperados.
- El segundo toma en cuenta el concepto de “representación”. Se trataría de emprender la historia de la cultura escrita en el campo de la historia de las representaciones: relacionar la potencia de los escritos que las dan a leer, o a escuchar, con las categorías mentales, socialmente diferenciadas, que imponen y que son matrices de juicios y clasificaciones. Habla de la doble dimensión del filósofo, historiador y semiólogo francés Louis Marin: la dimensión transitiva (transparencia del enunciado), toda representación representa algo; y la dimensión reflexiva (opacidad del enunciado), toda representación se presenta representando algo.
- Ubicar los objetos de análisis en dos ejes: el sincrónico para relacionar el texto con otras producciones contemporáneas; y el diacrónico, que lo inscribe en el pasado del género o de la disciplina.
Podemos decir, finalmente (como ya en algunas ocasiones vengo haciéndolo en tono académico, permítanme pluralizar en esta despedida de un texto que quiere ser homenaje), que, si algo hemos aprendido de los textos de Chartier y de sus análisis históricos que, al igual que la cultura escrita, denotan un constante y abierto proceso de formación interdisciplinar, es que las operaciones culturales poseen trayectorias insospechadas y marcan socialmente. La cultura como compendio extenso de códigos, de reglas, de significados, de prohibiciones o limitaciones y, al mismo tiempo, de desafíos o desviaciones a las convenciones, donde el libro, el objeto escrito en general, un artefacto coral y orquestal en el que se encuentran las voluntades creadoras de muchos, actúa entrelazando esas voluntades o intereses con sus difusores y receptores en unas determinadas circunstancias sociales. Las relaciones sociales que generan lo impreso en diferentes conformaciones grupales, la ideologización política y religiosa en ámbitos burocráticos y educativos, el intercambio o la circulación comercial son asuntos todos ellos que no pueden abordarse sin ser conectados con su contexto y evolución histórica y el orden normativo que los ha dirigido y legitimado.
- Roger Chartier, “Cultura popular: retorno a un concepto historiográfico”, Manuscrits: Revista d’Història Moderna, n.º 12, 1994, pp. 43-62; “Lectores campesinos en el siglo XVIII”, en Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza Editorial, 1994; “Lecturas y lectores ‘populares’ desde el Renacimiento hasta la época clásica”, en Guglielmo Cavallo y Roger Chartier (dirs.), Historia de la lectura en el mundo occidental, Madrid, Taurus, 2004, pp. 469-493; El mundo como representación, Barcelona, Gedisa, 2005; y Pluma de ganso, libro de letras, ojo viajero, Ciudad de México, Universidad Iberoamericana. Departamento de Historia, 2005.↵
- Lucien Febvre y Henri-Jean Martin, La aparición del libro, Ciudad de México, UTEHA, 1962, pp. 18-19 (prefacio de Lucien Febvre). En 1910, Daniel Mornet ya había publicado su conocido artículo sobre las bibliotecas (“Les enseignements des bibliothèques privées”, Revue d’Histoire Littéraire de la France, 17, 1910, pp. 449-496), con el que abrió un innovador campo para la investigación histórica.↵
- Roger Chartier y Daniel Roche, “Le libre. Un changement de perspective”. En J. Le Goff y P. Nora (dirs.). Faire de l’histoire [Troisième partie. Nouveaux objets], París, Gallimard, 1974, pp. 115-137. ↵
- De los variados métodos investigativos en el amplio campo de la historia cultural, está la compilación de Lynn Hunt (The New Cultural History), entre cuyos propósitos se encontraba el de mostrar cómo una nueva generación de historiadores de la cultura emplea las técnicas y los enfoques literarios para elaborar nuevos materiales y métodos de análisis. Lynn Hunt, The New Cultural History (ed.), Berkeley, University of California Press, 1989.↵
- Roger Chartier, “De la Historia del Libro a la Historia de la Lectura”. En Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna, Madrid, Alianza, 1994, pp. 13-40.↵
- Lynn Hunt, “Introduction: History, Culture, and Text”, The New Cultural History, p. 7.↵
- Ricardo García Cárcel, “Prólogo”. En Roger Chartier, El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa, 1996, p. 10.↵
- Roger Chartier, El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Barcelona, Gedisa, 1995, pp. 107-120; y El orden de los libros, pp. 24-30.↵
- Robert Darnton, “Diálogo a propósito de la historia cultural. Pierre Bourdieu, Roger Chartier y Robert Darnton”, Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura, 47, 2001, pp. 42-45.↵
- “Alfabetismo e cultura scritta nella storia della società italiana”. En Atti del Seminario tenutosi a Perugia il 29-30 marzo 1977, Perugia, Università degli Studi, 1978.↵
- Francisco M. Gimeno Blay, De las ciencias auxiliares a la Historia de la Cultura Escrita [Seminari Internacional d’Estudis sobre la Cultura Escrita], València, Departament d’Història de l’Antiguitat de la Cultura Escrita. U.D. Paleografia. Universitat de València, 1999.↵
- Después de múltiples acercamientos investigativos al mundo de la “cultura escrita” y en una perspectiva amplia, el historiador francés también manifiesta su propósito de extender la nueva historia del libro, transformada en historia de la lectura, a un programa que la reinscriba dentro de una historia de larga duración de la cultura escrita, tomada en toda su dimensión. Roger Chartier, Cultura escrita, literatura e historia, Ciudad de México, Fondo de Cultura Económica, 2000, p. 41.↵
- Antonio Castillo Gómez, “El tiempo de la cultura escrita. A modo de introducción”. En Antonio Castillo Gómez (coord.), Historia de la cultura escrita. Del Próximo Oriente Antiguo a la sociedad informatizada, Gijón, Ediciones Trea, 2002, pp. 15-25. ↵
- Antonio Castillo Gómez y Carlos Sáez, “Paleografía versus alfabetización. Reflexiones sobre Historia Social de la Cultura Escrita”, Revista de Historia de la Cultura Escrita, 1, 1994, pp. 133-168.↵
- Véase Laurence Coudart y Cristina Gómez Álvarez (2003). “Las bibliotecas particulares del siglo XVIII: una fuente para el historiador”, Secuencia, 56, pp. 173-191.↵
- Sobre esta interpretación sobre el arraigo de una visión teológica, véase Rafael Gutiérrez Girardot, Temas y problemas de una historia social de la literatura hispanoamericana, Bogotá, Ediciones Cave Canem, 1989, pp. 35-52.↵
- Renán Silva, Los ilustrados de Nueva Granada, 1760-1808. Genealogía de una comunidad de interpretación, Medellín, EAFIT, 2008, pp. 229-361. ↵
- Roger Chartier, El mundo como representación, p. 109; y El orden de los libros, p. 27.↵
- Genaro Lamarca Langa, La cultura del libro en la época de la ilustración. Valencia, 1740-1808, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim-Instituciò Valenciana d’Estudis i Investigaciò, 1994, pp. 17-26. Como ejemplo a esos comentarios que hablan de la dificultad que entrañan las fuentes documentales, véase Trevor J. Dadson, Libros, lectores y lecturas. Estudios sobre bibliotecas particulares españolas del Siglo de Oro, Madrid, Arco/Libros, 1998, cap. 1: “Las bibliotecas particulares en el siglo de oro: sus fuentes, su formación y su función”, pp. 13-48.↵
- Manuel Peña Díaz, El laberinto de los libros. Historia cultural de la Barcelona del Quinientos, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez-Pirámide, 1997, p. 33. Es evidente, asimismo, que la tipología de lecturas es múltiple y no puede reducirse a los libros: “Leer es descifrar todo material impreso, donde ocupan un destacado lugar todos aquellos impresos menores que tuvieron una gran difusión, como las estampas”. ↵
- Sobre los inventarios post mortem como fuente para los estudios socioculturales, véase J. Queniart (1979), “L’utilisation des inventaires en histoire socioculturelle”. En Les Actes Notariés. Source de l’histoire sociale, XVIe-XIXe siècles. Actes du Colloque de Strasbourg (1978), Istra, Estrasburgo, pp. 241-255; y Chartier, De la Historia del Libro a la Historia de la Lectura, pp. 13-41.↵
- Podemos decir que, solo a partir de 1998, con el texto de Renán Silva, “Prácticas de lectura, ámbitos privados y formulación de un espacio público moderno. Nueva Granada a finales del Antiguo Régimen” (en Guerra, F. X., A. Lempérière et. al. Los espacios públicos en Iberoamérica. Ambigüedades y problemas siglos XVII-XIX, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 80-106), comenzó en Colombia a relacionarse la perspectiva francesa sobre la historia del libro y de la lectura, que además se vincula con la historia intelectual, un campo disciplinar que ya cuenta con un relevante espacio. Publicaciones posteriores de distintos autores y relativas a diferentes ámbitos temáticos y geográficos demuestran la importancia que ha concedido recientemente en Colombia al estudio del mundo de los libros y las prácticas lectoras para la reconstrucción histórica de dinámicas culturales.↵
- Parada, Alejandro E., “Una relectura del encuentro entre la Historia del libro y la Historia de la lectura (reflexiones desde la Bibliotecología/Ciencia de la Información)”, Información, Cultura y Sociedad, 23, 2010, pp. 1-2.↵
- Chartier, Roger. Escuchar a los muertos con los ojos. Buenos Aires: Katz Editores, 2012, pp. 46-50.↵







