Ariel Alberto Eiris
Mi primer encuentro con los trabajos de Roger Chartier fue muy temprano en mis estudios, pero habría de adquirir profundidad y consistencia a lo largo de mi carrera. Siendo un joven estudiante del Profesorado de Historia en la Universidad Católica Argentina, en 2008 cursaba el primer año y ya manifestaba mi interés por el siglo XVIII europeo, en particular por la Ilustración y sus influencias en los procesos revolucionarios. Temáticas que me atraían desde antes de mi ingreso a la universidad y que cada vez adquirían mayor pasión. En conversaciones con una profesora de Edad Moderna, Silvana Rizzo, tuve mi primera aproximación a los autores clásicos sobre el período. Conocí a través de su biblioteca a figuras como Daniel Mornet y Charles Hale, a fin de empezar a penetrar en la “mentalidad” de la sociedad moderna y llegar a los procesos revolucionarios iniciados a fin del siglo XVIII. Entre esos textos que me enseñó, me presentó a Chartier como el autor más actual e innovador al respecto de mi temática y me indicó su libro Espacio público, crítica y desacralización en el siglo XVIII. Los orígenes culturales de la Revolución francesa. En ese momento, cursando aún muchas otras materias previas al período en cuestión, no pude detenerme a leerlo con profundidad, pero sí atesoré una copia de su libro, al igual que del resto de los autores clásicos que empezaba a conocer.
Avanzando en mi carrera, llegó el momento de cursar Historia Moderna, en la cátedra que dictaba Rogelio Paredes. Sus clases fueron de una riqueza indescriptible. No solo por su conocimiento en profundidad del período, sino también por el saber historiográfico que nos brindaba, además de su personalidad generosa, siempre dispuesta a ayudar y guiar a los jóvenes alumnos. Durante ese momento, mi interés por el período adquirió una llamativa pasión, que pronto trasladé a las materias que cursé con prontitud, como Historia de América Colonial e Historia Argentina I, con los profesores Guillermo Oyarzabal y Julio M. Luqui-Lagleyze. Mi interés por la sociedad moderna encontró un correlato en la américa tardo-colonial y el proceso de la Revolución de Mayo. Logré articular todo ese caudal de lecturas que traía, sumado a la atracción por la historia cultural y política del siglo XVIII e inicios del XIX. Fruto de ello fue mi tesis de licenciatura titulada Escritores públicos y ambivalencias discursivas. Los giros en la posición política de la Gazeta de Buenos Ayres (1810-1812), que dirigió Oyarzabal. Para profundizar sobre mi marco teórico y ahondar en las problemáticas que me presentaba la investigación, conté con el asesoramiento de muchos de mis anteriores profesores de la carrera, entre ellos nuevamente Paredes, quien me invitó a sumarme a un curso de historiografía que dictaría en la Academia Nacional de la Historia. Allí, pude ahondar sobre Roger Chartier y conocerlo en plenitud.
Paredes no solo me amplió el marco de lecturas sobre sus escritos, sino que lo fuimos analizando en relación con otros autores como Robert Darnton, Quentin Skinner y Michelle de Certeau. Gracias a ese curso, mis conocimientos generales sobre dichos autores que traía de la carrera de grado se convirtieron en redefinitorios al momento de iniciar mis primeras investigaciones. Tuvimos largas y profundas conversaciones sobre el trabajo de Chartier titulado Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin. Este nos llevó a debatir sobre la influencia o no de los textos ilustrados en la Revolución francesa, o, en todo caso, sobre los usos que esta había hecho de aquella. En diálogo con los trabajos de Darnton, se generó un enriquecimiento teórico muy importante para mi formación. Habiendo conseguido el material de Chartier, tenía dificultades para acceder a los de Darnton, pero la gentileza de Paredes hizo que me obsequiara un ejemplar del Coloquio de los Lectores de Darnton, obra que pusimos en diálogo con el libro de Chartier Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna.
Así, con ese bagaje abordé mi primera investigación. La tesis de licenciatura se materializó gracias a los aportes de un marco teórico que le debía mucho a Chartier. Desde su lectura reflexioné sobre las diferencias entre “lo escrito, lo leído y lo entendido”, al tiempo que analizaba los fenómenos de circulación y utilización de los textos ilustrados, en mi caso aplicado al espacio rioplatense y a los redactores de la Gazeta de Buenos Ayres.
Cuando en 2015 defendí la tesis, inmediatamente me enfoqué en iniciar mi doctorado en Historia, esta vez en la Universidad del Salvador. Allí tuve la oportunidad de comenzar a trabajar con Alejandro Herrero, a quien conocía de sus visitas a la Academia Nacional de la Historia. Él me introdujo en una profundidad diferente sobre los autores referentes de la historia intelectual. Sobre la base de mi formación previa, pude integrarme a su equipo de trabajo, donde empezamos a debatir sobre otros autores, pero donde nunca podía faltar Chartier. Tanto desde el trabajo con él, como desde la cursada de las materias del doctorado, me sumergí en plenitud en los debates sobre el giro lingüístico y sus implicancias en el quehacer del historiador. Ya por ese entonces, mis lecturas incluían a filósofos e historiadores que ahondaban finamente en la cuestión discursiva y la epistemología de la historia. Figuras como Michelle Foucault, Paul Ricoeur, Hayden White, Richard Koselleck y Hans-Georg Gadamer, entre otros, se convirtieron en mis principales lecturas teóricas. Pero fue entonces cuando redescubrí a Chartier. Releerlo y ampliar mi conocimiento sobre otros de sus trabajos me permitió encontrar en él un sostén para el enfoque de la historia intelectual, en diálogo con la política y la sociabilidad, sin caer en la inviabilidad del conocimiento del pasado que presentan las posturas más extremas del giro lingüístico.
Su libro El mundo como representación fue clave en ese sentido. Su definición sobre la historia cultural, diferenciada de la de las ideas, la descripción del desarrollo historiográfico y la transformación del objeto de estudio sin perder la particularidad de la disciplina histórica, pero en diálogo con otras como la antropología cultural, fueron significativas para mi formación de investigador. Gracias a ello, pudo personalmente darme respuestas a los cuestionamientos que encontraba en el giro lingüístico, tomar sus aportes y a la vez realizar un trabajo que, en diálogo con ello, no perdiera las características epistemológicas de la ciencia histórica. Así, incorporé con determinación las categorías de prácticas y representaciones, entendiendo lo que ellas significaban e implicaban en la teoría no solo de la historia, sino de las ciencias sociales en general. Sus trabajos, sumados al siempre presente Darnton, se integraron con los de Carlo Ginzburg, Skinner y Pierre Rosanvallon, quienes fueron los principales pilares del marco teórico que estaba diseñando para mi tesis doctoral. Esta consistía en la reconstrucción de la trayectoria jurídico-política del letrado Pedro José Agrelo, a través de cuyo caso microhistórico pretendía aproximarme a los procesos sociales, culturales y políticos que atravesaron a la sociedad rioplatense desde 1800 hasta el período rosista. Desde el marco teórico dado por estos autores, lograba poner en vinculación su accionar con los espacios de socialización a los que pertenecía, las redes sociales de las que era parte, los intereses y las relaciones de poder que lo afectaban en un momento de redefinición del espacio jurídico y normativo, frente a prácticas y discursos en permanente transformación.
Gracias a esa preparación, tuve la oportunidad de iniciar mi beca doctoral interna del Conicet en 2017, con la dirección de Alejandro Herrero. No obstante, seguí contando con un sinnúmero de docentes e investigadores muy importantes que me asesoraban al respecto. Llamativo era que todos ellos mencionaban siempre a Chartier, dentro del marco de diferentes enfoques o estilos que cada uno tenía, pero en todos dicho autor era una figura infaltable. Singular fue mi sorpresa cuando, al momento de leer el libro de Alejandro Herrero y Fabián Herrero titulado La cocina del historiador. Reflexiones sobre la historia de la cultura europea, me encontré con una valiosa entrevista a Chartier que me ayudó a interpretar las diferencias historiográficas que estaba descubriendo en la bibliografía necesaria para mi tesis. Así, el autor seguía constantemente interpelándome en mi formación.
Gracias a los diálogos con diferentes historiadores, provenientes de variadas tradiciones historiográficas, y a las lecturas de Chartier sobre las que volvía recurrentemente, intenté aplicar sus conceptos a mi investigación sobre Agrelo. Pretendí ver cómo el actor en cuestión realizaba prácticas de cultura política en una sociedad en transformación, cómo se redefinía política e intelectualmente, cómo cambiaba la utilización de ciertos autores o conceptos que recepcionaba, apropiaba y reinterpretaba en función de sus categorías y su contexto personal. La tesis se publicó con el título Un letrado en busca de un Estado. Trayectoria jurídico-política de Pedro José Agrelo (1776-1846), y es deudora en gran medida de los aportes teóricos de Chartier.
Simultáneamente a mi ingreso en Conicet, inicié mis clases en la carrera de Licenciatura en Historia tanto en la Universidad Católica Argentina como en la Universidad del Salvador. En esta última, tuve la oportunidad de dictar la materia Introducción a la Historia, correspondiente al primer año. Me dispuse a aproximar a los alumnos a los autores que me habían marcado desde el inicio de sus carreras, siempre adecuado al nivel inicial en que se encontraban. Temía que el desafío fuera muy exigente, pero los resultados fueron y son hasta el día de hoy –en que sigo dictando el material– sumamente alentadores.
Al presentarles el desarrollo general de la historiografía mundial y llegar a los enfoques y las formas actuales de hacer historia, presento en la clase los aportes de Chartier. En la clase ahondo sobre los conceptos de prácticas y representaciones, la ejemplificación de su debate sobre las influencias intelectuales en la Revolución francesa y su explicación sobre las formas de lecturas y sus implicancias. Ello genera un notorio interés en el alumnado, que –aun sin haber cursado las materias del período– ya logra comprender la dirección que Chartier presenta. Lo internalizan como un referente de la cuarta generación de la Escuela de Annales y una de las figuras contemporáneas más relevantes del conocimiento histórico a nivel internacional.
Cuando en 2021 tuve la oportunidad de conocerlo virtualmente, invitado por Alejandro Herrero a la apertura de las Segundas Jornadas de Historia de la Educación “Debates políticos y pedagogía”, debo confesar que mi emoción fue muy grande, al saber que podía estar en contacto directo con quien hacía ya tanto tiempo era un “amigo intelectual” a quien leía y sobre quien reflexionaba. Colaboré en la elaboración de preguntas para el conversatorio establecido con él, cuyas respuestas me obligaron a tomar una gran cantidad de apuntes, como si estuviera nuevamente en mi primer año del profesorado. Cada respuesta era una clase magistral llena de ideas y delicias analíticas. No obstante, lo que más me impactó fue su personalidad. Agradable, amistosa, sin establecer distancia alguna con sus interlocutores, dispuesto a transmitir generosamente todo su saber en un diálogo ameno y enriquecedor, con un español perfecto y preciso. Aún mayor fue mi satisfacción al enterarme de la cantidad de alumnos de la carrera de Historia que habían seguido la entrevista y la continuaban reproduciendo para su estudio.
Motivado por ello, asumí la tarea de transcribir el conversatorio para el presente libro, lo que me llevó a seguir pensando sobre sus ideas. Hoy Roger Chartier sigue siendo un referente para mí, al igual que para la futura generación de historiadores que pronto saldrán de las aulas universitarias. Chartier sigue y seguirá enseñando por mucho tiempo más, a través de toda su cuantiosa y profunda obra.







