Ricardo Pasolini
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Puedo precisar claramente mi primer encuentro intelectual con las ideas de Roger Chartier pues me hallaba tomando mis cursos de grado en la Carrera de Historia en la Universidad Nacional del Centro, cuando unas egresadas recientes que habían hecho su experiencia doctoral en la École des Hautes Études en Sciences Sociales volvieron a mi facultad y dictaron un curso sobre la que por entonces se decía era la “nueva historia cultural”. Sería el año 1990 o 1991, y se trataba de las futuras colegas Orietta Zeberio y María Elba Argeri.
Creo que aún no se habían doctorado, pero, como becarias promovidas por nuestro departamento, se volvía obligatorio que dictaran un seminario de nuevos contenidos una vez terminados los cursos en París. Recuerdo claramente dos características de ese curso: la novedad que implicaba la lectura de autores y obras que no estaban aún en nuestro haber intelectual. Más allá de la renovación historiográfica que se estaba desarrollando por entonces, y que en nuestro instituto se canalizó en las nuevas formas de historia agraria bajo la influencia –entre otras– de la teoría del campesinado de Chayánov, la historia cultural estaba aún un tanto retrasada en nuestro campo de interés, y, de hecho, no había un programa de investigación en el IEHS que tuviera un enfoque culturalista. Recién en 1997 se creó el programa Actores, Ideas y Proyectos Políticos en la Argentina Contemporánea, que sí tenía una cierta filiación historiográfica cercana a la nueva historia cultural de la política. La segunda característica fue la exclusividad de la bibliografía en francés.
Para alumnos de grado que cursaban los niveles iniciales de lectocomprensión de lenguas extranjeras, encontrarnos con esos textos fue ante todo de gran dificultad, pero también una oportunidad para tomar la decisión de aprender francés de un modo más sistemático. En particular, recuerdo tres textos principales de ese curso: Les imaginaires sociaux de Bronislaw Baczko, Le monde morcelé de Cornelius Castoriadis, y el artículo publicado por Chartier en Annales, “Le monde comme représentation”. Había otros textos –no recuerdo bien– sobre historia de la familia y la transmisión de la memoria familiar, pero no fueron significativos en mis gustos de entonces.
Ser un alumno de grado sin un gran bagaje importante de obras históricas, que está leyendo novedades historiográficas en clave polémica (cuando los paradigmas estaban en crisis), en otro idioma, y aún sin la experiencia de la investigación empírica, eran todas condiciones que limitaron de algún modo la receptividad de lo que los textos estaban discutiendo. Sin embargo, recuerdo haberme inclinado por la lectura del texto de Chartier. En parte porque había allí una reflexión sobre la crisis de las ciencias sociales y cómo la historia podía salir airosa de ese clima más general, una reflexión que me resultaba más atractiva que las conceptualizaciones un tanto más herméticas para mí que proponían Baczko o Castoriadis, sobre objetos que me interesaban menos. Diría que el texto de Chartier era un modo de saber de qué se trataba la disciplina que había elegido estudiar en ese momento de tensión con la tradición braudeliana.
Y también porque, en esa época, y en un modo poco sistemático, yo era un ávido lector de varios registros disciplinarios, entre ellos, del funcionalismo antropológico de Bronislaw Malinowski, y, en la relación entre práctica y representación que proponía Chartier, me parecía encontrar cierto diálogo con lo que Malinowski planteaba respecto de la acción humana: lo que la gente dice, lo que la gente hace, y lo que la gente dice que hace. Esto es, la complejización de la práctica social en la clave de las representaciones y los contextos. Diría que tempranamente me interesaron las cuestiones que tenían alguna relación con la antropología filosófica, el porqué y la especificidad de lo humano, y por ello esas lecturas eran búsquedas que dialogaban en un marco más general sobre el porqué actuaban los humanos. Si había una especificidad humana, ella debía encontrarse en el particularismo del proceso histórico. Ese era mi principio de historicismo sensible avant la lettre. Chartier me daba instrumentos para responder esas preguntas desde la historia cultural, y evitaba mi deriva esencialista.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
No podría establecer a ciencia cierta cuánto de la obra de Chartier influenció en la manera en que elaboré mis trabajos de investigación, en el sentido de que su obra histórica se orientó sobre períodos y temas que no eran los míos, más allá de que cuando estudié el fenómeno del público de la ópera en Buenos Aires de fines del siglo XIX, estaba hablando de un fenómeno del Antiguo Régimen que empezaba a ser operativo en el mundo burgués de la periferia atlántica aunque emulara el proceso europeo bajo otras formas.
Sí, en cambio, reconozco la influencia de su reflexión historiográfica y metodológica, y diría también de su manera de dialogar –a decir de Weber– con las ciencias histórico-sociales. Para mí, Chartier ha sido en un ambiente amplio de incitaciones un vehículo intelectual esclarecedor que me permitió entender mejor dos autores que en los 90 transitamos mucho y en manera, diría, excesiva (con excesos interpretativos) e impresionista: Elías y Bourdieu. Sobre todo el último. Parecía que la teoría de los campos de Bourdieu, su fuerte componente institucionalista y sus nociones sobre la reproducción social servían para explicar casi cualquier fenómeno de la historia moderna de la Argentina, curiosamente en un país que siempre ha tenido muchas dificultades para consolidar las instituciones y su funcionamiento normativo. De algún modo, las reflexiones de Chartier nos permitían establecer un “hasta dónde sí” del uso de los modelos teóricos, siempre en la clave más propia de nuestra disciplina, esto es, la teoría en su dimensión heurística y no como objetivo último de la investigación histórica. Por otra parte, el estudio preliminar de Chartier a La société des individus de Norbert Elías, además de ser un texto bellísimo en su dimensión narrativa, era muy iluminador para entender el modo en que Elías conceptualizaba las relaciones entre individuo y sociedad, en un momento también en que las diversas nociones de “determinación” estaban siendo puestas en cuestión.
En este sentido, mi capítulo sobre el comportamiento del público de géneros teatrales como la ópera y el circo en Buenos Aires, entre 1870 y 1930, en el tomo III de Historia de la vida privada en Argentina (1999), tiene una clara influencia de las reflexiones de Chartier. Más tarde ese capítulo se convertiría en la base de mi tesis de maestría, luego de una estadía por el mundo académico francés.
Diría que la propuesta editorial en sí que llevaron adelante Fernando Devoto y Marta Madero dialogó fundamentalmente con la historia cultural francesa del momento, y, aunque la recomendación de Fernando era la de evitar que la historia de la vida privada se convirtiera en historia de la intimidad, pues de lo que se trataba era de identificar de qué modo lo público se expresaba en lo privado, gran parte de ese posicionamiento inicial era coincidente con algunas de las reflexiones de Chartier en su artículo “Le monde comme représentation”, allí donde habla de la teatralización de la vida social. De manera que no me fue difícil concretar en los hechos la recomendación del director del tomo, que –por cierto– era quien había pensado originalmente poner en diálogo los comportamientos de los públicos de la ópera y del circo, públicos que a veces coincidían, aunque operaran, en términos de símbolos y representaciones, de un modo diverso.
En este sentido, pude identificar de qué modo en la sala teatral se daba también una suerte de “teatralización” tan ficcional y verdadera como la que se desarrollaba en el escenario, pero que operaba a partir de ritos, símbolos, autorrepresentaciones e imágenes sobre los otros que asignaban los diferentes niveles de prestigio social en un momento, el de la Argentina finisecular, donde todo pareciera estar constituyéndose, desde las primeras instituciones estatales más o menos sólidas, hasta los componentes demográficos impactados por la gran inmigración y las nuevas clases y las identidades de clase, las cuales no podían ser pensadas fuera de ese juego de espejos enmarcado en las prácticas y representaciones sociales.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
Postulo de antemano lo que creo debe ser un acuerdo implícito entre todos los que asistieron en el momento del conversatorio, y quienes participamos en esta publicación: las reflexiones de Chartier no solo son magníficas y creativas en lo que respecta a los problemas que se presentan en los estudios sobre las diversas dimensiones de la lectura, sino también en lo que ellas denotan respecto del conocimiento de la práctica de la investigación histórica y del estado actual de nuestro campo disciplinar.
Alguna vez, dialogando con colegas de mi instituto acerca de nuestro oficio, llegué a defender posiciones que discutían la idea de que la historia pudiera ser considerada una ciencia social. Defendí esa tesis de un modo beligerante, el ambiente informal en el que se daba el debate permitía las exageraciones sin costos excesivos, y postulé que, entre otras, la diferencia sustancial residía en los propósitos: a los cultores de las ciencias sociales, les interesaba ante todo construir teorías, conceptualizaciones más o menos duras, y a los historiadores, en cambio, nos animaba cierta fascinación por el proceso histórico mismo, su particularismo, o, para decirlo en términos en que Chartier lo expresó en el conversatorio, la historicidad. Para apoyar mi idea, traje a colación el Mediterráneo de Braudel, en el que, más allá del peso de las dimensiones estructurales, había una oportunidad argumental para describir las vicisitudes políticas pero también humanas de Felipe II. Recibí contraargumentos sólidos y otros no tanto, pero finalmente llegamos a un acuerdo más allá de nuestras posiciones más proclives unas a versiones ideográficas, y otras, nomotéticas de la historia: lo que caracterizaba a nuestra disciplina era el “método”. Es más, dijimos: la historia es el método. Parecía una respuesta conservadora que se anclaba incluso en la tradición erudita de Langlois-Seignobos, y su idea de la historia como conocimiento indirecto y la crítica de fuentes, tan valiosa pero limitada. Todos coincidimos también en el hecho de que el método no implicaba solo un saber técnico, sino un “algo más” que no era fácil de desarrollar, y que tal vez lograrlo llevaba gran parte de la vida profesional. Creo que Chartier llama “disposiciones intelectuales” a “ese algo más”, y que allí está el nudo sensible de nuestro oficio.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
Sin duda aquí sus aportes deberían ser considerados también en términos de las nociones de la historia de la lectura que propone, de la historia de la historiografía y también de los estudios de recepción. En ese sentido, este libro puede dar una idea de cómo una figura historiográfica nos ha impactado con sus incitaciones muy propias del modo en que desarrolló su proyecto profesional.
Yo creo que, si pensamos en términos de la docencia, en cómo se aprende un oficio intelectual como el nuestro, Chartier nos enseña de qué está hecho ese recorrido, o al menos uno de los recorridos posibles que, aunque personal y biográfico, tiene elementos comunes a otros miembros de su generación historiográfica: un camino de exploración en lecturas y registros intelectuales diversos; de diálogos interdisciplinarios y de participación en comunidades académicas globales; de utilización e identificación de las potencialidades y los límites de las categorías analíticas; de conocimiento sensible de documentos y archivos; pero, sobre todo, de autoconciencia de las propias herramientas que se vuelven los instrumentos nodales de una investigación. En este sentido, creo que su trayectoria es un buen espejo en el cual mirarse, aunque todavía nos devuelva una imagen, la propia, que requiere de ser completada. Un proceso que sin duda llevará otros componentes epocales, ambientales, institucionales, además de estilos y motivaciones personales, pero que no podrá obviar la diferencia entre hacer buena o mala historia.







