Cultura escrita y educación.
Perspectivas históricas, incertidumbres contemporáneas (27 de octubre, 2021)
Primera parte. Historia de la cultura escrita. Historia de la educación
Alejandro Herrero: En el transcurso de su trayectoria como investigador, se interesó en alguna oportunidad por la historia de la educación. ¿Puede explicar de qué manera? ¿Cómo evalúa su participación en el grupo de investigación –junto a Dominique Julia– que abordó temáticas cercanas a la historia de la educación con respecto a su posterior trayectoria en historia de la lectura y el sentido de las formas de los textos?
Roger Chartier: Es verdad que empecé mi trayectoria historiográfica con algunos trabajos en el campo de la historia de la educación. Una investigación sobre los alumnos de una escuela militar en la Francia del siglo XVIII, la participación en una investigación colectiva sobre las universidades de Europa entre los siglos XVI y XVIII y finalmente un libro de síntesis escrito con Dominique Julia y Marie-Madeleine Compère sobre le educación en Francia entre los mismos siglos XVI y XVIII. Estas investigaciones se ubicaron en el contexto de una historia cultural definida fundamentalmente como una historia cuantitativa, estadística, caracterizada por una fuerte relación con la historia social. Pero rápidamente he desplazado mis intereses en la dirección de la historia de la cultura escrita: historia del libro, de la edición, de la lectura, y dejé en cierta manera el campo propio de la historia de la educación. Sin embargo, siempre me ha parecido importante reconocer la relevancia de los temas que comparten la historia de la educación y la historia cultural.
Me gustaría subrayar tres de estos temas. El primero es el de la articulación entre las normas y las prácticas, considerando que puede existir un desfase entre los modelos y los repertorios de lectura enseñados por la escuela, por un lado, y, por otro, las prácticas de lectura fuera de la escuela. De ahí estamos confrontando la diferencia, la distancia que puede existir entre la imposición de normas inculcadas por la escuela y, por otro lado, la diversidad de las prácticas de las diferentes comunidades de lectores, una vez que salieron de la escuela.
Un segundo tema es la relación entre las prácticas y los discursos y la irreductibilidad de las prácticas a los discursos que las prescriben, las proscriben o las representan. Quisiera aquí hacer hincapié, tanto para la historia de la educación como para la historia cultural más generalmente, en la diferencia entre el “sentido práctico”, para citar el título de un libro famoso de Pierre Bourdieu, la especificidad de la lógica de las prácticas y, por otro lado, la lógica de la producción de los discursos. Semejante perspectiva plantea inmediatamente la relación entre la oralidad y la escritura, también dentro del marco de la historia de la educación, de la historia de las escuelas. Las dos modalidades de la relación entre las prácticas de la oralidad y los discursos escritos se encuentran en la historia de la educación, tanto la transcripción, cuando la oralidad se convierte en escrito, como la transmisión, cuando la voz transmite un texto previamente escrito.
El tercer tema es las relaciones entre memoria y olvido, entre conservar y borrar, particularmente si aceptamos la perspectiva de Paul Ricoeur según la cual el olvido es la condición de la memoria. Esto también se aplica en el campo de la historia de la educación y de los instrumentos pedagógicos. Una serie de dispositivos intenta hacer conservar en la mente o por escrito a los alumnos el corpus canónico de las obras, los saberes heredados, las técnicas intelectuales que deben domar, y, al mismo tiempo, varios instrumentos pedagógicos son destinados al borrar: las pizarras, los borrados, o bien la pantalla. Entonces esta tensión entre el borrar y el conservar me parece también un tema compartido entre historia de la educación e historia de la cultura.
Alejandro Herrero: ¿Cuáles fueron los principales obstáculos que encontró para realizar sus investigaciones en torno a la historia del libro y la lectura? ¿Podría distinguir cuáles fueron las principales herramientas teórico-metodológicas de las que se valió para efectuar sus estudios? Siempre me ha resultado sumamente potente el trabajo de Armando Petrucci, pero no conozco demasiados trabajos que hayan seguido esa línea de investigación. Quizás podría ahondar en el tema, los vínculos con sus obras o las limitaciones que advierte en la propuesta de Petrucci.
Roger Chartier: Podemos empezar con la dificultad planteada para una historia de la lectura. La historia del libro tiene como materiales los libros conservados. Se pueden encontrar dificultades de análisis, pero aquí tenemos las fuentes en las bibliotecas. La historia de la lectura lanza un desafío que es diferente en el sentido de que la lectura no es generalmente una práctica que deja huellas, que deja documentos. Lo podemos ver con nuestra propia experiencia: podemos leer durante un día una gran cantidad de textos y estas lecturas no se trasforman en una fuente escrita. De esa manera, la lectura –como escribió Michel de Certeau– “olvida y se olvida”. Entonces, no existe inmediatamente una posibilidad documentaria para una historia de las lecturas en el pasado. Solamente los historiadores del tiempo contemporáneo pueden producir estas fuentes, utilizando las técnicas de la historia oral o las técnicas de las investigaciones sociológicas o antropológicas. Gracias a cuestionarios, observaciones directas o entrevistas, pueden construir una fuente para la historia de la lectura. Para el historiador de los siglos anteriores hasta el XX, el desafío es muy fuerte.
Me parece que hay tres recursos que permiten superar los obstáculos que mencionaba la pregunta. El primer recurso es lo que algunos lectores han escrito con respecto a sus lecturas. Quiero decir la presencia de referencias sobre las lecturas en cartas, diarios íntimos o memorias. Aquí tenemos una posibilidad de documentos con, evidentemente, un límite, porque este tipo de escritura a propósito de las lecturas se encuentra de manera muy desigual, según los periodos y, más fuertemente, según los medios sociales. De esta forma, la fuente procurada, las escrituras de las lecturas, si se puede decir así, tiene sus límites.
Una segunda posibilidad es lo que algunos lectores han escrito en los libros que han leído. De ahí el interés, en las últimas décadas, en lo que se llama marginalia, todas las escrituras manuscritas que se encuentran en los libros impresos. Este tipo de presencia del lector en el libro mismo puede responder a técnicas intelectuales compartidas. En el Renacimiento, por ejemplo, se leía en los medios letrados, cultos y sabios para extraer de lo que se leía los “lugares comunes” que en ese tiempo eran sublimes, porque extraían lo que era universal en lo que se leía. De esta manera, en los libros de los siglos XVI y XVII, se encuentran en los márgenes indicaciones del tópico, del tema de la sentencia o de la parte del texto que se debe extraer, copiar en un cuaderno de lugares comunes de manera que el lector o la lectora pueda reutilizar en sus propios discursos escritos estas citas, que pueden ser también instancias de fenómenos particulares, pero cuyo sentido primero es enunciar verdades universales –lo explica la diferencia con el sentido de “lugar común” en el tiempo contemporáneo–.
Hoy en día, el lugar común se debe evitar, porque es una fórmula gastada. En el Renacimiento, era lo más sublime del discurso porque, más allá de la particularidad de la historia, de la fábula o de la obra teatral, comunicaba una verdad universal. A partir del siglo XVIII, las escrituras en los libros se transforman, son más reacciones del lector a lo que lee. Puede ser reacción de diálogo, de contradicción o de oposición. En la biblioteca de Cambridge, todos los libros que tienen anotaciones marginales son clasificados como adversarias, como si hubiera una relación posiblemente conflictiva entre el lector y el texto. También este tipo de fuentes son muy desigualmente representados socialmente: nunca se encontró este tipo de marginalia en los libros de las ediciones populares.
Nos queda una tercera posibilidad, más indirecta: identificar la lectura, esperada, deseada, organizada por el libro mismo. Y eso en relación no solamente con el texto que se publica, sino también con la forma material de la inscripción de este texto en el objeto impreso. Debemos asociar la expectativa de lectura no solamente con los géneros textuales y con las intenciones del autor, el proyecto del editor, las normas discursivas y estéticas que gobiernan la recepción de los lectores, sino también con las formas materiales, los dispositivos gráficos que inscribe el texto sobre la página o en el cuerpo del libro. Podemos seguir el camino abierto por un autor que cito frecuentemente, Donald McKenzie, con su fórmula forms effect meaning, las formas materiales encarnan, plasman, transmiten el sentido. En el libro impreso, el formato, los caracteres tipográficos, la disposición del texto sobre las páginas, la puntuación misma son elementos no textuales, no verbales que, sin embargo, participan de la construcción del sentido del texto por parte del lector. Entonces es una tercera posibilidad, pero que tiene también su límite. La lectura, como lo sabemos, es una apropiación que produce un sentido que no necesariamente se conforma a las intenciones autoriales o editoriales. Puede destacarse por sobre estas intenciones, inventar, producir un sentido que subvierte el texto. Debemos siempre pensar en lo que decía también Michel de Certeau en su libro La invención de lo cotidiano: la lectura es una producción, no un consumo pasivo sometido a las intenciones que podemos descifrar en el género textual o en el objeto material. Siempre puede existir una distancia tomada por el lector en relación con las imposiciones del texto o del objeto.
Con esta observación, encontramos la referencia a Armando Petrucci, que para mí siempre se vincula con la referencia a Donald McKenzie. Petrucci, que era paleógrafo, propuso una “historia global de la cultura gráfica”. Lo que quería decir con esto es que el historiador debe considerar la totalidad de las producciones o de las prácticas vinculadas con lo escrito –manuscrito o impreso– en una sociedad dada. Debe construir su análisis a partir de los documentos escritos mismos. Como paleógrafo, como historiador de las escrituras, Petrucci defendía la idea de la primacía de un análisis morfológico, tipológico de los documentos escritos, cualesquiera que fueran. A partir de este estudio, es posible identificar las competencias gráficas diversas de los que han escrito, identificar las varias funciones atribuidas a lo escrito en una sociedad dada, desde lo religioso o administrativo hasta la comunicación entre los individuos.
También es posible –en relación con la historia de la educación– referirse a las técnicas de la enseñanza del escribir y a las escrituras en su pluralidad. Petrucci en esta propuesta nos indicaba una tensión fundamental: entre el poder sobre la escritura, un poder reivindicado por el poder político, religioso o social para establecer un monopolio sobre el uso de la escritura y, a partir de la Edad Media, el poder de la escritura, entendido como una conquista por los excluidos del monopolio sobre la escritura, que se apoderaron de la capacidad de leer y escribir como forma de emancipación individual, como recurso para la movilidad social o finalmente como un instrumento de resistencia a las imposiciones de los poderes. Lo interesante en el trabajo de Petrucci es que el análisis morfológico heredado desde lo paleográfico se trasforma en una historia plenamente política y social.
Finalmente, la última propuesta que hizo Petrucci en relación con la historia de la lectura era establecer una relación dialéctica entre las formas del libro y las expectativas de lecturas. Sea porque una nueva forma del libro produce nuevos tipos de lecturas –es el caso del libro humanista en el tiempo renacentista, que se distanció de la tradición de los manuscritos medievales e incitaba a una nueva relación con los textos–, o bien porque nuevas expectativas de lecturas impusieron nuevos tipos de libros que respondían a estas expectativas –es el caso de las ediciones destinadas a los lectores más populares (Bibliothèque bleue, chapbooks, pliegos sueltos)–. Entonces, me parece fundamental la referencia a la obra de Petrucci, incluso como indica la pregunta, si no está utilizada suficientemente a pesar de las traducciones en español de sus libros y artículos.
Alejandro Herrero: La categoría de “prácticas de lectura” ¿la considera una herramienta útil para pensar las prácticas de grupos más específicos, como por ejemplo “maestras rurales”, o “estudiantes en tiempos de dictadura política”, etc.?
Roger Chartier: En primer lugar, se debe decir algo a propósito de la noción de “práctica”, que no pertenecía al vocabulario clásico de la historia de las mentalidades. Se introdujo en el léxico de los historiadores en relación con una propuesta de una historia cultural definida a partir de los conceptos de “representación” y “apropiación”. Lo interesante de la palabra es su doble dimensión. La primera hace hincapié en la distancia entre la lógica de los comportamientos, de las conductas, de los gestos, tanto rituales como ordinarios y cotidianos, y la lógica de las normas que generalmente se dan a leer a través de prescripciones y modelos y a partir de la didáctica y de la pedagogía. Hace hincapié, en segundo lugar, en las condiciones de posibilidad de las prácticas. Puede ser evidentemente una noción universal, pero, si se piensa en las prácticas de lectura, se debe pensar en las condiciones sociales que permiten la lectura o que plasman varias prácticas de ellas. Se reintroduce aquí, a la manera de Petrucci, la dimensión de la historia social, de la desigualdad, de la diferencia. Es muy útil porque debemos siempre luchar contra una tentación, que es de la universalización de la lectura. Leer parece siempre una misma práctica, pero, de hecho, no lo es, porque los lugares, los momentos, las condiciones, las técnicas, las expectativas de lectura son muy diversas según los tiempos y los medios sociales. Debemos evitar la tentación espontánea de universalizar la lectura, como si finalmente toda lectura fuese idéntica a la lectura de los investigadores que estudian la historia de la lectura. Al contrario, debemos reconocer la pluralidad de las prácticas del leer. De ahí esta propuesta, que encuentra lo que en el campo de la historia de la literatura ha sido el estudio de las “comunidades de interpretación”, que son comunidades de lectura –una propuesta del crítico literario Stanley Fish–.
Lo interesante es que, en el ámbito de la crítica literaria, lo que diferencia las comunidades de interpretación es solamente las estrategias hermenéuticas, la manera de entender los textos, la definición de los géneros, las fórmulas retóricas, poéticas o narrativas. En el campo de la historia, me parece que debemos ampliar lo que define una comunidad de interpretación o de lectura, haciendo hincapié en la pluralidad de los criterios de lo que llamamos “lo social”. Puede ser el criterio económico, el género, las generaciones, las ocupaciones profesionales, las afiliaciones religiosas, los lugares de vida, etc. Entonces, si seguimos este camino que da una pluralidad de determinaciones sociales al concepto de “comunidades de interpretación”, podemos acercarnos a la pregunta al decir que es posible o necesario delimitar grupos específicos que se identifican a partir de prácticas compartidas frente a lo escrito. Por ejemplo, Michel de Certeau escribió un ensayo, preliminar a su libro sobre la fábula mística, que identifica los rasgos específicos de las prácticas de lo escrito en las comunidades místicas de España y Francia en los siglos XVI y XVII. O bien, al revés, se puede empezar con una comunidad de individuos que comparten una misma condición, una misma trayectoria, una misma situación, para identificar las prácticas que les son comunes y también respetar las diferencias individuales. De ahí me parece que, dentro de estas condiciones que definen la posibilidad de las prácticas de lecturas, podemos encontrar la ubicación geográfica que comparten individuos que viven en el mismo lugar, o podemos seguir la pregunta sobre la dictadura haciendo hincapié en lo compartido en una misma situación política. El resultado es una tensión entre lo que esta situación implica como prácticas comunes (el acceso a los textos, el deseo para la lectura) y lo que puede mantenerse como particular para cada individuo. Podemos encontrar una relevancia teórica del concepto de “comunidad de interpretación”, se identifica a partir de todos los rasgos que definen, en un lugar y un tiempo específicos, una “comunidad de lectura”.
Segunda parte. La historiografía hoy en día
Laura Guic: ¿Qué desafíos actuales tiene la historia intelectual y cultural?
Roger Chartier: Es una inmensa pregunta. Me parece que hay tres desafíos que son compartidos con otras formas de la historia, económica, social y política. Primer desafío: ¿cómo vincular los estudios monográficos o microhistóricos que son exigidos por los criterios científicos de la historia, que requieren fuentes particulares y la focalización del análisis, con la perspectiva nueva y ambiciosa de la historia global, cualquiera que fuera su definición, como historia comparada, como historia de los imperios o como historias conectadas que pueden vincular territorio, culturas, civilizaciones muy diferentes? Pero cualquiera que sea la definición práctica de la historia global, obliga a articular el trabajo normal del historiador, que generalmente es un trabajo analítico y monográfico, con estas perspectivas que amplían la escala de la observación. Me parece que la respuesta está en la atención que debemos dar a las modalidades de las circulaciones, de las apropiaciones, de los préstamos, de las imitaciones, de los mestizajes. Es una manera de acercarse a un desafío que es absolutamente fundamental hoy en día.
Segundo desafío: cómo articular o vincular la definición de la historia como escritura que utiliza las mismas fórmulas retóricas y narrativas que los textos de la ficción con la afirmación de que esta escritura transmite una verdad sobre el pasado. Se debe hacer hincapié en todos los elementos que permiten afirmar esta verdad. Las operaciones técnicas propias de la historia pueden ser muy variadas, desde la arqueología hasta la crítica textual o la estadística, pero se remiten todas a los criterios de prueba y a los controles compartidos por una comunidad científica. Esta tensión es fundamental. Tal vez, desde que aparecieron los historiadores, se planteó la relación entre escritura y verdad. Pero ha adquirido en el mundo contemporáneo una importancia más fuerte. Un historiador como Carlo Ginzburg está obsesionado por esta relación entre la retórica del discurso y la prueba del conocimiento, porque, en el mundo contemporáneo, proliferan las verdades alternativas, las falsificaciones de la historia, las reescrituras engañosas del pasado. Ha adquirido una importancia cívica decisiva la reflexión sobre la relación entre el relato histórico como modalidad de la escritura y el relato histórico como producción de un conocimiento probado, científico.
Queda el último desafío lanzado por el mundo digital, el mundo virtual. La exigencia de la investigación histórica era apoderarse de los testimonios dejados por el pasado en la forma en que fueron dejados. De ahí que, para los historiadores, el lugar normal del trabajo es la biblioteca o el archivo. Hoy en día, existe la posibilidad de hacer este trabajo, o una parte de este trabajo, sin ir al archivo o la biblioteca, a partir de todos los documentos digitalizados. Lo importante, entonces, es subrayar que esta nueva forma de relación con los documentos no es equivalente con la forma anterior porque la forma digital aleja de los objetos mismos: documento manuscrito, libro impreso, etc. El único objeto es el computador, frente a la mirada del lector o la lectora. El mundo digital impone nuevas modalidades de lecturas y, como lo decía, con el riesgo de la pérdida de la exigencia crítica y de la confusión posible entre opiniones y saberes. La práctica historiográfica se ubica en un nuevo mundo que abre posibilidades desconocidas anteriormente y que fueron muy útiles en el tiempo de la pandemia, cuando bibliotecas y archivos estaban cerrados. Al mismo tiempo, debemos percibir y enseñar las diferencias, las ilusiones o los peligros que estas nuevas posibilidades producen.
Laura Guic: La nueva forma de enfocar la historia ha modificado el concepto de “documento histórico” y lo ha ampliado a otras esferas. ¿Cuáles serían las nuevas herramientas del historiador? ¿En qué sentido Ud. sugiere que el texto ya no sería el fin de una investigación, sino el punto de partida para la reconstrucción social de las condiciones de producción y consumo, es decir, un generador de prácticas e interpretaciones?
Roger Chartier: El punto de partida es considerar que los documentos, las fuentes deben ser el primer objeto de la investigación histórica porque deben entenderse las razones, las lógicas de su producción, de su construcción, las estrategias que gobernaron la relación de estos documentos con la realidad de la cual querían apoderarse para varias finalidades: para escribirla, para representarla, para proscribirla, para prescribirla, etc. El primer paso de la investigación, una vez que se ha delimitado el corpus de documentos que pueden o deben servir para estudiar el objeto histórico definido por el historiador o la historiadora, es interrogarse sobre todas las condiciones de producción de los documentos.
Dos comentarios a propósito de esto. El primero es que, pensando en la obra de Louis Marin, para analizar las representaciones de las prácticas que encontramos en los documentos escritos o iconográficos, es menester estudiar las prácticas de la representación. Existe un vínculo necesario entre representación de la práctica y práctica de la representación. Los documentos que estudia el historiador no fueron escritos para él o para ella, tenían su propia lógica, razón, códigos o estrategias. De esta manera, debemos evitar la tentación, reforzada por la posibilidad de los PowerPoints, de acumular representaciones de las realidades pasadas sin pararse frente a cada una de ellas para reflexionar sobre por qué fue hecha, qué códigos utiliza, qué normas la han gobernado y cuáles fueron las razones de su conservación. Esto no debe conducir a cualquier forma de escepticismo, que consideraría que estamos encerrados en un mundo de representaciones del cual no podemos salir y que, en definitiva, la realidad pasada es un objeto inaccesible. Pienso todo lo contrario. Es el análisis lúcido de las condiciones que gobernaron la producción de los documentos que utilizamos lo que permite ir más allá de estos documentos para acercarse a la realidad que representan. De esta manera, creo que tenemos una doble definición de lo que es la realidad para el discurso historiográfico. Está la realidad de lo que fue, que siempre el historiador representa. El pasado no se repite o no está presente, por definición. Entonces existe una primera realidad: la realidad histórica que es el objeto de la investigación. Pero también está la realidad de las representaciones de este pasado, que son la condición de entrada para nosotros en el pasado. Tienen también un peso, una fuerza de realidad. Me parece entonces que las herramientas esenciales de los historiadores hoy en día son herramientas intelectuales, las que definen la relación con el documento, más que herramientas técnicas. Las fuentes de la historia son bien conocidas y es difícil encontrar fuentes que nunca fueron utilizadas. Lo importante es la forma nueva, original, crítica, de acercarse a los documentos.
Laura Guic: ¿De qué manera cree usted que es posible detectar y analizar en perspectiva histórica afectos y emociones en diversos tipos de textos, sean estos de orden normativo o de otra especie? ¿Es posible reconstruir las dimensiones afectivas de los actos de lectura, tanto a nivel individual o colectivo, desde una historia cultural en diálogo con la historia de emociones y afectos? ¿Qué herramientas y conceptos serían cruciales para esta tarea?
Roger Chartier: Es verdad que hoy en día una grande importancia está otorgada a la historia de las emociones, de los afectos. Un libro fundador es el de William Reddy, Navigation of Feelings, de 2001. El subtítulo es A Framework for the History of Emotions, un cuadro para la historia de las emociones. Más recientemente apareció en Francia una nueva revista cuyo título es Sensibilités (“Sensibilidades”). Y me parece que hay una doble definición de las emociones. La primera las considera como objeto histórico y también como actor histórico. En este sentido, la historia de las emociones no es totalmente nueva, si pensamos en un libro como el de Georges Lefebvre, La Grande Peur de 1789 (“El miedo de 1789”). Era ya una historia de una emoción compartida, el miedo colectivo que fue un elemento esencial en los comienzos de la revolución. Si pensamos en Marc Bloch, él también se encuentra esta dimensión en La Sociedad Feudal, en el capítulo titulado “Maneras de pensar y sentir”. Entonces, la historia de las mentalidades nunca había separado la historia de las emociones de la historia de las categorías intelectuales o mentales. Se perdió después esta dimensión de la historia de la sensibilidad, pero, en los años 50 y 60, varios textos de Georges Duby o Robert Mandrou hacen hincapié en la historia de las sensibilidades. En un cierto sentido, es un redescubrimiento de esta historia que aparece hoy en día con, por supuesto, nuevas referencias teóricas. Lo difícil era y todavía es la interpretación de los documentos que describen emociones. Siempre existe una distancia entre el relato (autobiográfico, polémico, estratégico) y las emociones vividas, atribuidas o buscadas. En este tipo de historia, la crítica textual es absolutamente decisiva para que no se confundan experiencia y transcripción de la experiencia.
Hay una segunda definición de la historia de las emociones, quizás más problemática: las emociones no como el objeto del historiador, pero como presentes en la construcción del conocimiento. En la revista Sensibilités en Francia, se definen las emociones como un proceder para el conocimiento. En este sentido, la emoción no es la de los actores del pasado, es la del historiador o la historiadora que la moviliza como un instrumento de conocimiento. El historiador está implicado con sus emociones en el tratamiento de documentos, que tal vez no están en sí mismos cargados de emoción. Lo más importante sería más bien la relación del yo del historiador con el pasado, en lugar del contenido emocional de ese pasado. La referencia habitual de la gente que piensa así son los libros de mi querida amiga Arlette Farge. Ella practica este tipo de conocimiento, que involucra una relación de emoción sin que desaparezca el rigor del análisis. En muchos trabajos recientes, está presente el yo del historiador, que escribe en la primera persona, lo que no era tradicional ya que el historiador debía desaparecer detrás de un relato objetivo. Estamos frente a una nueva práctica historiográfica. Para mí la cuestión esencial es la de la historicidad de las emociones y de los afectos. Por un lado, este tipo de historia puede vincularse con las ciencias cognitivas y referirse a la dimensión antropológica, universal, de las emociones. Desde que la humanidad existe, hombres y mujeres han conocido el miedo, el odio, la compasión, la benevolencia, etc. Entonces estamos frente a categorías transhistóricas. Sin embargo, como historiadores debemos pensar que existe una historicidad de estas realidades psíquicas. El miedo de los campesinos de Lefebvre no es necesariamente el mismo que nuestros miedos relacionados con la pandemia o la destrucción de la naturaleza.
Entonces, encontramos aquí el debate introducido por Norbert Elías en contra de Freud. Freud proyecta a lo universal las categorías psíquicas observadas en la Viena de fin del siglo XIX. La idea fundamental de Norbert Elías (en sus dos grandes libros La Sociedad de Corte y El Proceso de Civilización, y aún más en un libro póstumo que era un diálogo crítico con Freud) hace hincapié, al contrario, en las transformaciones históricas de la estructura de la persona, de la economía psíquica. Ellas también tienen una historia, caracterizada por la incorporación de los mecanismos del autocontrol entre la Edad Media y el siglo XIX. Es lo que Elías llamaba “proceso de civilización”, entendido como incorporación de los individuos de los autocontroles que transformaron el umbral del pudor, las relaciones con los otros, el uso de la violencia y la censura de las emociones. Estamos aquí frente a un desafío fundamental: cómo historizar categorías que tienen también una identidad transhistórica.
Para responder, es necesario volver a la obra de Elías y utilizarla para pensar las diferentes modalidades y los varios campos de estas transformaciones. Aplicada a la lectura, como lo sugiere la pregunta, semejante reflexión conduce a pensar la lectura no solamente como un proceso mental, hermenéutico, como lo decía para las “comunidades de interpretación” de Stanley Fish, sino también como una relación entre el cuerpo y el texto. No se limita esta perspectiva solamente a la temática ya clásica de la voz y lo escrito. Hace hincapié en la lectura como produciendo efectos sobre los cuerpos: la ira, el furor, las lágrimas, los gritos, los placeres, etc. Entramos así en un territorio no tan bien estudiado, focalizado sobre el momento histórico en que se empezó a pensar la lectura en su dimensión somática, en relación con los cuerpos, que es el siglo XVIII. Las representaciones de la lectura estaban divididas entre reconocer las expresiones del cuerpo, particularmente las lágrimas, los llantos, como pruebas de los sentimientos más hermosos del corazón humano, producidos por las novelas de Richardson, Rousseau o Goethe, y, por otro lado, en los discursos de los médicos, identificar la lectura como un peligro que podía ser una epidemia colectiva o una enfermedad personal, creada por el contraste entre la excitación de la mente y la inmovilidad de los cuerpos, o bien por la vinculación entre los placeres sexuales solitarios y las lecturas de los libros que incitaban a esos placeres. La práctica era desastrosa para los cuerpos y separaba al individuo de la sociedad, creando un mundo de quimera, un mundo de ilusión en el cual el individuo se desconectaba del mundo social. Lo que me parece interesante en esta dualidad, la lectura peligrosa para los cuerpos y la lectura como expresión de los sentimientos más generosos, es que se encuentra también en el siglo XIX en la pedagogía escolar de la lectura que siempre está frente a la oposición entre los peligros de las malas lecturas, no solamente por los malos contenidos, sino por las malas posturas, los malos usos, y la concepción de la lectura como la condición misma del conocimiento, de la vida en la sociedad, del descubrimiento de los saberes. En la tradición pedagógica francesa, el libro de lectura de la escuela primaria era la enciclopedia de todos los saberes que se debían aprender.
Laura Guic: Me gustaría preguntarle qué piensa sobre los ejercicios históricos que, ante la falta de evidencia sobre alguna cuestión, recurren a la imaginación. ¿Cuál sería el límite que el historiador debería ponerse si opta por esta estrategia para llenar algún vacío?
Roger Chartier: Pienso que esta pregunta encuentra su raíz en una observación de Michel de Certeau cuando mostraba que la escritura de la historia era como una inversión del proceder de la investigación histórica. Para De Certeau, la escritura de la historia, la construcción de la narración supone un discurso pleno, lleno, cuando la investigación histórica siempre encuentra carencias, ausencias, blancos en la documentación. Para De Certeau, una de las funciones de la escritura de la historia es llenar estos vacíos para dar la posibilidad de un relato continuo. Escribe: “La escritura llena o tapa las lagunas que constituyen, por el contrario, el principio mismo de la investigación, siempre afectada por la carencia”.
Dentro de los dispositivos que permiten llenar las ausencias o las lagunas, existe, como usted decía, la imaginación. Una de las posibilidades para llenar lo que falta en la documentación es el ejercicio de la imaginación histórica que tiene ya evidentemente sus condiciones de posibilidad y sus constreñimientos. ¿Cómo se pueden llenar estos vacíos si no es movilizando lo que sería lo más probable, lo más plausible en la situación considerada? Es lo que hace en un libro magnífico Natalie Davis, León el africano. Un viajero entre dos mundos. León era un musulmán capturado por corsarios cristianos y dado como presente al papa. León el africano, que tenía un nombre árabe antes, se trasformó en un etnólogo de su propia cultura. Su libro más famoso es De Africa, que describe incluso el centro de África porque, antes de su cautiverio, había viajado por esas partes del continente. Para reconstruir su biografía, Natalie Davis no encontró todos los documentos necesarios sobre su familia o el número de sus hijos, y, para llenar estos vacíos, propone lo que era probable, lo que un individuo en esta situación hubiera normalmente hecho.
Es un poderoso instrumento porque permite responder a la pregunta de De Certeau y llenar las lagunas, los vacíos o las carencias en el relato histórico. La dificultad, que fue subrayada por Jocelyne Dakhlia, es que se supone así que los individuos se conforman a las normas. Estadísticamente, es verdadero que lo más probable es lo que hacemos, pero no debemos olvidar que existen posibilidades de desobediencia de la norma. Entonces se debe movilizar con prudencia esta técnica. Puede suponerse que los protagonistas cuya documentación no está suficientemente completa actuaron según una norma compartida, pero no debemos borrar la posibilidad de la transgresión de las reglas comunes.
Laura Guic: En Argentina o Latinoamérica, leemos mucho de su producción, o de Annales en general. Pero posiblemente la situación no sea inversa: en Francia entiendo no debe haber un lugar significativo de “otras” historiografías, tales como la latinoamericana. Al hacerlo, ¿estamos profundizando desigualdades? ¿Cómo evaluar la asimetría en la circulación/apropiación de determinadas obras?
Roger Chartier: Es una observación aguda y que me entristece. En el mundo de hoy supuestamente o realmente globalizado, permanece esta falta de reciprocidad en la circulación de los trabajos históricos y, más generalmente, para las ciencias humanas y sociales. La pregunta subraya la oposición entre la historiografía francesa, traducida, presente hasta los tiempos más contemporáneos en América Latina y al revés, el poco conocimiento de los trabajos latinoamericanos de historia por parte de los lectores o los historiadores franceses, salvo los que trabajan sobre esta parte del mundo. Pero esto va más allá de este caso, Francia y América Latina; si pensamos en los Estados Unidos, vemos que en esta situación las historiografías europeas y latinoamericanas están en el mismo barco, si se puede decir, frente a un imperialismo lingüístico, que hace que, si un libro, un artículo no existe en inglés, no existe. De esta manera, el imperialismo historiográfico europeo ahora es –me parece– también víctima del imperialismo lingüístico. Lo vemos particularmente en Estados Unidos, donde el conocimiento de las lenguas (muchos estudiantes aprenden el español, aunque no el francés) no se transforma en un instrumento de conocimiento de la pluralidad historiográfica. Entonces, más que la dificultad lingüística, el problema es cultural y se refiere al encierro en un sistema de referencias autónomo y exclusivo. Es una situación que debemos considerar en la escala del mundo y ubicar el caso mencionado por la pregunta en un marco más general. Frente a ella, me parece que, para no caer en la desesperanza, debemos pensar que puede reducirse esta desigualdad aprovechando la importancia otorgada a la historia global, cuyas modalidades imponen un mejor conocimiento de las diferentes historiografías hasta ahora ignoradas.
La primera modalidad está dada por las investigaciones transatlánticas. Pienso, por ejemplo, en un trabajo colectivo de varios años sobre la circulación transatlántica de los impresos, los libros, las revistas o los diarios, entre Francia y Brasil. Esta investigación, dirigida por Márcia Abreu y Jean-Yves Mollier, obligó a los historiadores franceses a saber más sobre los trabajos de los historiadores brasileros, en una investigación que debía ser recíproca.
Otra modalidad de la historia global que puede favorecer una corrección del diagnóstico con el cual hemos empezado viene de las historias conectadas. Si se sigue el destino de un texto, de una ideología, inclusive de un individuo a través de varios momentos o lugares, su estudio requiere un mínimo de conocimiento de las historiografías que corresponden a los diferentes lugares o momentos de las conexiones.
Otra posibilidad, más clásica, es el estudio comparativo de temas compartidos, lo que produjo volúmenes paralelos, la vida priva de la vida privada, de la lectura, de las mujeres. No quiero decir que, porque existan en varios lenguajes, con varias aproximaciones, estas historias procuran necesariamente un mejor conocimiento de las historiografías extranjeras. Sin embargo, la comparación puede ayudar a abrir el abanico de las lecturas y entender cómo una misma noción puede definirse de manera muy diferente según los contextos sociales, políticos o lingüísticos. La disminución del número de las traducciones, que ya no era tan grande para los libros de ciencias sociales, aumenta la dificultad porque es a menudo a partir de un libro traducido de un autor a partir de lo que nace el deseo de leer sus otros libros que no fueron traducidos.
Finalmente, debemos otorgar un papel fundamental a los mediadores, quiero decir a los historiadores que, trabajando sobre el mundo latinoamericano, tal como Nathan Wachtel o Serge Gruzinski, dan acceso a una importante bibliografía latinoamericana. En una más modesta escala, intenté también hacerlo. Enfrentar este desafío es esencial si queremos evitar una forma de eurocentrismo que es ignorancia.
Tercera parte. El mundo digital
Alejandro Herrero: ¿De qué manera la transformación actual de los textos, su materialidad y su disponibilidad afecta el desarrollo de conocimientos? Desde un punto de vista historiográfico, ¿cómo se manifiestan dichos cambios en la historia cultural? ¿Qué sucede hoy con las fuentes digitales, que parecen evaporarse antes que podamos leerlas?
Roger Chartier: Podemos empezar con una paradoja. Por un lado, el mundo digital procura un acceso relativamente fácil, algunas veces gratuito, a los libros y periódicos de las bibliotecas y a los documentos de los archivos digitalizados, sea por las instituciones públicas, las bibliotecas nacionales, por ejemplo, o por empresas privadas. Con esto se transforman las condiciones de la investigación, como lo hemos visto a claras durante los casi dos años de la pandemia. Se mantuvo una posibilidad de investigación que hubiera sido imposible sin este recurso. Tal vez la mayor diferencia entre la pandemia de nuestro tiempo y las pandemias anteriores es la presencia del mundo digital, que ha permitido mantener relaciones formales e informales, prácticas de investigación y diálogos a distancia. Por otro lado, y es la razón de la paradoja, el mundo digital nos aleja de la materialidad de las fuentes manuscritas o impresas que son el objeto mismo de la investigación. En el mundo digital, la única materialidad es la de la pantalla, no la del objeto presente sobre la pantalla.
Entonces, estamos aquí frente a una dificultad si pensamos, como D. F. McKenzie, que las formas materiales de inscripción de los textos contribuyen decisivamente a su significado. Estas formas no son más accesibles en la reproducción digital, y el riesgo es de no poder entender las comprensiones de los actores del pasado, porque no estamos confrontando con el libro o el periódico que han leído. La reproducción digital, que tiene su propia lógica, nos aleja de la historicidad de la publicación y apropiación de los textos. Es con esta tensión con que debemos trabajar. No quiero decir que debemos estar siempre en una biblioteca y que, sin ella, no hay investigación posible. Lo que digo es que no debemos caer en la ilusión peligrosa de la equivalencia absoluta de las reproducciones digitales y los objetos digitalizados. Para la historia cultural, no hay una situación específica, sino que hemos visto que el mundo digital daba una forma paroxística a la tensión entre, para retomar el vocabulario de Michel Foucault, la proliferación y la rarefacción. La proliferación, porque estamos confrontando con una acumulación intensa, enorme, de textos e imágenes. Es muy difícil domar semejante proliferación que produce el miedo o el temor del exceso. Y, al mismo tiempo, el mundo digital es un mundo de rarefacción radical, por lo efímero de muchas de sus expresiones, por ejemplo, los textos borrados o las asociaciones sobre la pantalla de las lecturas y escrituras. Más allá de esto, existe la obsolescencia, programada o no, de los aparatos electrónicos.
Entonces, el mundo digital da una forma extrema a una tensión ya presente en las sociedades de la primera Edad Moderna, obsesionadas tanto por el miedo del exceso, la acumulación incontrolable de los escritos, la inutilidad de muchos escritos, como por el temor del olvido, de la pérdida, de la ausencia. Esta tensión se retoma, hoy en día, con una dimensión aún más fuerte, producida por la contradicción entre una proliferación textual cotidiana, acelerada, y la obsolescencia voluntaria o automática, permitida por el borrar de los computadores. De ahí, una reflexión que conduce a distinguir entre las fuentes digitales que son el resultado de la digitalización de textos ya presentes (lo que es el caso de los archivos o de las colecciones de las bibliotecas) y los documentos nacidos como documentos digitales, borrables y borrados. ¿Cómo conservar estos textos nacidos digitalmente? Es un desafío que se discute en el mundo de los archivos y de las bibliotecas. ¿Cómo pensar y hacer un archivo de Internet, de las redes sociales, de la textualidad electrónica, tanto para las comunicaciones entre los individuos como para los documentos de las administraciones públicas o de las empresas? ¿Qué son las fuentes que encontrará el historiador del siglo XXII cuando hoy en día la proliferación produce la rarefacción?
Alejandro Herrero: Así como la producción y la difusión de textos han sido relevantes en la construcción del Estado moderno occidental, ¿de qué modo considera que la transformación actual de la materialidad y disponibilidad de los textos impacta, o podría impactar, en la cultura de los Estados que comparten la herencia ilustrada?
Roger Chartier: Es una pregunta relacionada no solamente con las políticas digitales de los Estados, de las administraciones, sino también con las transformaciones de las prácticas de lectura. Las lecturas más frecuentes en el mundo digital no son las lecturas de los archivos o de los libros, sino las lecturas vinculadas con las redes sociales. Las investigaciones sociológicas han mostrado que esta lectura es una lectura acelerada, una lectura impaciente, fragmentada y que fragmenta. Esta característica propia de la lectura asociada con las redes sociales tiene consecuencias más allá de las redes sociales. La primera es alejar o marginalizar la lectura heredada de la historia de larga duración de la cultura impresa, es decir, la lectura de los libros. Es una lectura lenta, paciente, consciente de la totalidad de la obra leída. Inclusive, si no se lee la obra completa, la materialidad misma del libro encarna la obra como tal, como arquitectura textual, por lo menos desde el momento en que se ha establecido como régimen normal de publicación la identidad entre el libro como objeto material y el libro como obra escrita. Entonces, existe un fuerte contraste en el mundo digital o digitalizado entre la lectura plasmada por la comunicación electrónica y la lectura que todavía se queda como lectura de los libros.
La segunda consecuencia es la desaparición de la lectura crítica de lo que se lee o se mira, particularmente para los más jóvenes de los lectores digitales. Está desplazado el criterio de verdad, desde una definición tradicional que lo construye a partir de la comparación crítica entre un enunciado, sea afirmación o información, y otros enunciados, hasta la confianza absoluta, ciega, en el vehículo de la enunciación. La verdad de un enunciado parece garantizada por la común pertenencia del autor y del lector en una misma red social, un mismo grupo de discusión. De ahí, la posibilidad de la circulación de las teorías más absurdas, de las “verdades” alternativas, de las falsificaciones y manipulaciones de los afectos: miedo, odio, frustraciones, etc. El peligro es fuerte tanto para el conocimiento verdadero como para la deliberación democrática. Entonces, es una preocupación en relación con el concepto mismo de “ciudadanía”. El universo digital está dominado por la lógica algorítmica que transforma el consumidor o el ciudadano en un banco de datos. Se puede saber lo que va a desear, comprar o pensar. Así se borra el vínculo antiguo, establecido desde la ciudad griega, entre deliberación cívica y conocimiento racional, entre decisión política y ejercicio crítico. Hemos visto que, cuando se desvinculan estas nociones, se abre el camino para las manipulaciones políticas más peligrosas. El mundo digital, que prometía una nueva forma de intercambios democráticos, se vuelve el más poderoso instrumento de alienación.
Alejandro Herrero: En una entrevista de agosto del año pasado sobre la feria de editores, usted dijo que “nadie está obligado a volverse prisionero de los algoritmos de Amazon o de las falsas noticias de Facebook”. ¿Cuáles serían las formas de continuar el sano ejercicio de la lectura evitando estas “prisiones”?
Roger Chartier: Me encanta la expresión de “sano ejercicio”. Con esta observación, quería subrayar la responsabilidad de cada uno de nosotros, como ciudadanos, como consumidores, como lectores, frente a los peligros digitales que mencioné. Por supuesto, existe una responsabilidad que es la de los Estados, de las políticas públicas, de las empresas que controlan la comunicación electrónica, y esta responsabilidad la vemos discutida en relación con la prohibición necesaria de los contenidos multiplicados por las redes sociales que son las afirmaciones racistas y antisemitas, la difusión del odio, las revisiones de la historia, particularmente en relación con la Shoah, la difusión de las teorías absurdas peligrosas para la salud de los individuos. Esta responsabilidad es fundamental.
Pero pienso que también podemos o debemos hacer algo a un nivel más personal o individual. En primer lugar, me parece menester enseñar el mundo digital, quiero decir, mostrar desde la escuela primaria a los digital natives, a los wreaders, que viven en un mundo casi totalmente digital, los provechos y las posibilidades, pero también los peligros de la técnica que se volvió omnipresente, inmediata. Es una tarea de la escuela mostrar la necesidad de una relación crítica con lo que se encuentra sobre las pantallas, y así identificar el grado de credibilidad de tal o cual forma de la comunicación digital o enseñar cómo navegar en el océano de afirmaciones e informaciones. Me parece que existe una responsabilidad de la escuela como institución y de los maestros o las maestras como profesores, pero la responsabilidad puede también ser ejercida por los consumidores. Sus gestos más cotidianos pueden defender y mantener las instituciones de la cultura impresa que permiten el acceso al conocimiento, a los saberes, a la reflexión crítica. Concretamente, esto significa comprar los libros en las librerías (y no por Amazon), leer los periódicos o las revistas en sus formas impresas (y no solamente frente a la pantalla), frecuentar las bibliotecas (y no leer los textos únicamente en su reproducción electrónica). Podría conservarse así la presencia del libro en su materialidad tradicional, tanto para las investigaciones como para las prácticas cotidianas. En esta perspectiva, también importa la responsabilidad de las políticas públicas de la lectura, que defienden o no las bibliotecas, que protegen o no las librerías, que ayudan o no a las editoriales. Pero también existe la responsabilidad de cada uno. Debemos resistir a la tensión del clic, tan cómodo para comprar un libro, leer un periódico, leer un libro.
La razón fundamental por eso se remite a la diferencia entre la lógica del mundo digital y la lógica del mundo impreso. La lógica que gobierna el mundo digital en todas sus formas es una lógica temática, segmentada, algorítmica, que anticipa lo que el lector va a querer leer y comprar. La lógica de las instituciones del mundo impreso, que son los espacios de la librería, la página de un periódico, el número de una revista, o las estanterías de la biblioteca, es una lógica del viaje, de la peregrinación, de la caza furtiva, del braconnage, como escribió Michel de Certeau. Es una lógica que permite descubrir lo ignorado, encontrar lo que sorprende, salir de los hábitos. No quiero decir que una lógica debe destruir a la otra. Lo importante es enseñar la conciencia de esta diferencia y así mantener el antiguo mundo de la lectura impresa en el nuevo mundo proliferante de lo digital. La coexistencia de los dos mundos es una condición fundamental para mantener las condiciones de posibilidad de la evaluación crítica, necesaria para desenmascarar las falsificaciones y las manipulaciones.
Preguntas del público oyente
Alejandro Herrero: Dado que entre los asistentes se encuentran estudiantes y recientes graduados, sería de gran estímulo si pudiera contarnos sobre su experiencia en los primeros años de estudio, así como qué diferencia ve entre esa cultura y la que tienen ellos. Y si tuviera alguna recomendación que hacernos, no solo como historiador, sino como docente.
Roger Chartier: Recomendación no sé, pero me parece que hemos tocado varios puntos que pueden ayudar a mantener la conciencia aguda de lo que se puede esperar o temer de las diferentes formas de lectura. Esta postura reflexiva permite interrogarse sobre los comportamientos o las conductas que hacemos sin pensar, como es normal en la lógica de la práctica. Debemos buscar una forma de lucidez en relación con lo que se da como natural, automático, necesario. Me parece importante tener esta postura reflexiva en cualquier campo de la experiencia, tanto la investigación científica como las prácticas de lo cotidiano o el pensamiento sobre lo político.
Alejandro Herrero: La emoción al calor de la investigación, como componente de ella o como manifestación del descubrimiento de una veta nueva, ¿es una guía para que el yo protagonice la escritura de la historia?
Roger Chartier: Puede ser. Cuando un lector que no es necesariamente un lector profesional de historia, pero que se interesa por el pasado, encuentra emociones en los documentos analizados o en su análisis por parte del historiador, se establece una relación más fuerte entre el pasado analizado. Es lo que ocurre con los libros de Arlette Farge y su público. Sin embargo, no pienso que debemos generalizar y que toda escritura de la historia debe seguir este modelo. Hay muchos campos de la historia que no son descripciones de emociones y que no necesariamente implican la emoción del historiador y de sus lectores. Existen otros tipos de relación fuertes entre el objeto y el análisis. El conocimiento del pasado, la inteligibilidad de los mecanismos que construyeron sociedades y culturas, la comprensión de las herencias que plasman nuestro presente son tantas modalidades de relaciones fuertes, necesarias, procuradas por los trabajos históricos.
Alejandro Herrero: A mí siempre me encantó la forma que tenés de leer a Foucault, a De Certeau, a Bourdieu, y cuando lo expones o cuando uno lee tus escritos, nos haces ver cómo lo lees, de qué te apropias y cómo los usas en tus investigaciones. Ahí aparecen muchas actividades, entre ellas tu actividad de lector. Mi pregunta es cuál es tu relación con tus lectores. ¿Te sentís identificado con cómo te leen? ¿Qué observaciones harías a quienes te leyeron y te siguen leyendo?
Roger Chartier: Encontramos dos escollos aquí y debemos navegar entre el respeto literal del sentido supuestamente único de una obra y la posibilidad de una apropiación sin límites. Cuando estoy leyendo a Michel de Certeau o Michel Foucault, es porque me parecen puntos de partida imprescindibles para construir el objeto histórico que me interesa: en el caso de De Certeau y La invención de lo cotidiano, la tensión entre lectura y escritura; en el caso de Foucault y El orden del discurso, los elementos que construyen los modos de producción y atribución de los discursos. Ellos ayudan para formular las preguntas más relevantes para una investigación histórica que hace hincapié en temas ausentes en sus textos: la materialidad de los escritos en el caso de Foucault, la diferencia social de las prácticas en el caso de De Certeau. Se trata así de una apropiación respetuosa e inventiva de sus obras. Los lectores hacen lo que quieren con los libros, por supuesto, pero me parece necesario entrar en la comprensión del sentido implícito e histórico de una obra para movilizarla como fuente de inspiración para nuevas perspectivas. Me parece que, en todas las disciplinas, esta manera de leer para escribir es absolutamente fundamental. Es lo que nos enseñan los libros del filósofo Paul Ricoeur (y particularmente su último, Memoria, historia, olvido), que construye una interpretación nueva a partir de las lecturas precisas y creadoras de la tradición filosófica. Los historiadores pueden y deben seguir su ejemplo.
- Transcripción del video a cargo del Dr. Ariel Alberto Eiris.↵







