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Introducción

Juan Manuel Cerdá (CEAR-UNQ/CONICET)
y Graciela Mateo (CEAR-UNQ)

Mundo rural es un concepto complejo y multidimensional, que es percibido de forma diferente según las disciplinas. Sin embargo, hay cierto consenso en que dicho concepto se sustenta en tres pilares básicos: un espacio físico, otro asociado a la producción de bienes primarios y, por último, relaciones socioambientales que se (re)producen en determinados lugares no urbanos. Esta última definición por lo negativo no es casual, ya que muchas veces la categoría de “lo rural” se construye en contraposición a lo urbano. No obstante, en los estudios científicos –no así para el sentido común de la población– la división taxativa que ponía en el centro de la escena el número de habitantes o la densidad poblacional ha dejado de ser una variable significativa para definir lo rural. En cierta medida, tampoco ya lo es la producción exclusivamente de bienes primarios un acercamiento a “lo rural”.

Desde hace más de treinta años, las ciencias sociales han intentado desmitificar esa visión bipolar entre “lo urbano” y “el campo”o “lo rural”, pero, a nuestro entender, con escaso éxito. Un ejemplo de ello fue el “conflicto del campo” de 2008, en el que desde los medios de comunicación –pero también en otros ámbitos– se expresó esa falsa dicotomía.

No pretendemos aquí hacer un balance exhaustivo de los estudios sobre esta problemática, sino abrir el camino a un proceso de construcción del conocimiento que impone una mirada multidisciplinar. Entendemos que los tres pilares mencionados constituyen el punto de partida para intentar explicar y comprender la ruralidad como un concepto relativamente novedoso, aunque inacabado y en transformación, para el conjunto de las ciencias sociales.

Si partimos de esa tríada en que se sustenta el concepto “mundo rural”, podríamos pensar en los estudios sobre las economías regionales de los años ochenta y noventa. Estos trabajos analizaron los procesos productivos y sus efectos sobre la sociedad y, en menor medida, sobre el ambiente.

Más tarde, una reacción crítica a los enfoques analíticos agrocéntricos, a su pragmatismo, –que fueron incapaces de dar respuesta a nuevos problemas, algunos ajenos a la actividad agraria y relacionados con nuevos usos del suelo por influencia de la urbanización, industrialización y la presencia de nuevos actores– indujo un cambio en los estudios del mundo rural a partir de la incorporación de otros supuestos teóricos y metodológicos. Lo rural deja de ser sinónimo de lo agrario, ya que no se lo define en función de una actividad dominante, la agricultura, ni de un componente social, la población agrícola; sino en vinculación con el espacio, en tanto concepto integrador más apto para abordar nuevos problemas.

Desde esta nueva visión, se elaboran estudios en torno a los espacios definidos como intermedios –rururbano, periurbano, cinturón verde o cinturón hortícola– o aquellos que han intentado marcar los cambios –las “nuevas ruralidades”– que muestran matices y gradientes profundos entre aquellas dos categorías, rural-urbano, cada vez más obsoletas. Sin lugar a dudas, estas miradas propiciadas desde diferentes disciplinas de las ciencias sociales intentan explicar los procesos que requieren de la materia prima producida en el campo, pero que luego, en la mayoría de los casos, es procesada en establecimientos industriales que pueden o no estar en dicho espacio. En tal sentido, el tránsito de los bienes producidos en el campo muchas veces termina en las ciudades, no solo como zona de consumo, sino también de transformación de esa materia prima.

En las últimas décadas, el avance de la tecnología y del conocimiento (investigación + desarrollo + innovación) ha sido la base de la transformación de las agroindustrias en la Argentina. En cierta medida, los cambios fueron producto también de los procesos de globalización de la economía capitalista desde mediados del siglo pasado y de sus implicancias en el ámbito local. En todo ese proceso interactúan diferentes actores sociales que son afectados por la transformación continua de la producción.

Si bien aún existe una idea fuerte de “lo rural” asociado a lo productivo, también encontramos, cada vez más, estudios que se interesan por analizar cómo estos espacios son “vividos” de una forma muy diferente a como lo eran en el pasado. En cierta medida, la explicación radica en que este espacio construido ha sido redefinido en las últimas décadas, ya sea en su uso como en la forma de ocupación permanente o temporaria –como vivienda o como esparcimiento, ocio o recreación– o como productor de servicios. Por ejemplo, las costumbres y hábitos de consumo de las poblaciones rurales ya no son los mismos que hace medio siglo atrás; sus demandas crecieron como “reflejo” o “en relación a” lo que sucede en las grandes ciudades. Por otro lado, los flujos de los pobladores son cada vez más bidireccionales. Si en la primera mitad del siglo pasado predominó la migración del campo a la ciudad, en las últimas décadas se ha comenzado a percibir un proceso también en sentido inverso. A los countries, las casas de campo y las viviendas de fin de semana se les suman hoy los hoteles de campo o cabañas, donde el habitante de la ciudad encuentra esparcimiento y un contacto con “la naturaleza”.

Así lo rural se convierte, también, en un lugar de descubrimiento y valoración de “lo natural”, donde el hombre contemporáneo construye una relación con la naturaleza diferente que en el pasado. Desde la Revolución Verde, los cambios en la concepción del ambiente y la relación del hombre con este se han transformado de forma significativa. La naturaleza es percibida de forma muy dispar por los diferentes actores, incluso de manera contradictoria, y así se generan disputas por la dominación de estos espacios.

Sin lugar a dudas, estos procesos no fueron homogéneos en todas las producciones agroindustriales ni en todos los espacios en un país tan extenso como la Argentina. Es por ello que es necesario historizar cómo se fueron dando dichos procesos en cada una de las agroindustrias más importantes de nuestro país desde mediados del siglo pasado hasta el presente. En este marco, lo rural está siendo definido –y redefinido– con el propósito de poder captar las complejas relaciones sociales que se dan en espacios cada vez más difusos. Sin embargo, entendemos que en general estas visiones no han salido del ámbito científico y el concepto “espacio rural” o “mundo rural” sigue siendo algo reducido.

La realidad rural es cada vez más compleja y diversa, como soporte de actividades y como construcción social, como el lugar donde se vive, con un sentido de identidad y pertenencia, tal como expresan sus habitantes tradicionales. Aparecen además otras actividades no vinculadas con los usos agrarios y, simultáneamente, se instalan habitantes que no son agricultores y tienen aspiraciones, valores y prioridades que no responden a necesidades alimentarias.

La evidencia empírica señala que los cambios en los usos del espacio rural no asumen un carácter transitorio o coyuntural. Como lugar de residencia, sea principal o secundaria, ha crecido una percepción positiva de lo rural y cierto malestar hacia lo urbano. En el imaginario de la población urbana, el espacio rural suele asociarse con un ambiente más saludable y tranquilo que redunda en una mejor calidad de vida. Este tipo de uso reconoce una mercantilización de lo rural por nuevas necesidades urbanas; la extensión de la ciudad hacia el espacio rural (barrios privados, clubes de campo, chacras) es favorecida por la expansión inmobiliaria y el trazado de grandes vías de circulación de acceso rápido.

En cierta media, el binomio rural-urbano no ha logrado captar las múltiples interrelaciones que se dan en territorios difusos. Ya no como parte de dos “realidades” diferentes, sino como espacios yuxtapuestos, (inter)relacionados e interconectados que se han reconfigurado en los últimos años de forma significativa. Proceso que, por otro lado, aparece como inconcluso. Se ha generado entonces una rica discusión en términos teóricos y metodológicos que, sin abandonar algunas perspectivas más clásicas, nutre a las ciencias sociales con una mirada renovada. En cierta medida, aún está ausente una historización de estos procesos, no por pereza de los investigadores, sino por la complejidad y el ritmo acelerado que han tenido los procesos de reconfiguración de los territorios.

Como es ampliamente conocido, el crecimiento de las ciudades es un efecto del proceso de modernización operado desde los inicios del capitalismo. Este proceso produjo cambios en las grandes ciudades (o megalópolis), pero, también, en las ciudades pequeñas del interior o en los “pueblos”, que han dejado de ser tales para convertirse en “ciudades intermedias” o “satélites” de las urbes más grandes. Por otro lado, el crecimiento de cierta infraestructura básica (caminera y electrificación rural) junto al desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información (telefonía celular, internet, entre otras) han permitido que la ruralidad comience a ser vivida por sus pobladores de una forma muy diferente. Estos espacios ya no son habitados solo por gente que “trabaja en el campo”, sino por personas que buscan vivir alejadas de los problemas cotidianos de los grandes centros urbanos.

Desde un criterio productivo, si bien existen algunos elementos comunes a lo largo de su historia, el proceso no aparece como homogéneo en términos de desarrollo territorial. Más específicamente, podemos decir que el “modelo sojero” o el “agronegocio” no parece haber sido un modelo que se impuso en todas las agroindustrias ni en todos los territorios de la misma forma. Como veremos en el presente libro, si bien el modelo se impuso con mayor fuerza en algunas cadenas de producción de la región pampeana desde finales de la década de 1960, no sucedió lo mismo en sus márgenes y, en mucha menor medida, en las tradicionalmente denominadas “economías regionales”. En algunas de estas, la pequeña propiedad y los pequeños productores familiares parecen seguir dominando la escena, aunque cada vez con más dificultades.

En este sentido, esta obra es el comienzo de un proyecto más amplio que pretende dar cuenta de los cambios ocurridos en el sector agrario argentino desde mediados del siglo pasado hasta el presente. Se trata de una propuesta que no busca ser totalizante, sino que, por el contrario, pretende mostrar algunas de las aristas de un proceso que aún sigue modificándose. Esta tarea implica necesariamente la revisión teórica y metodológica inherente a la discusión entre las diversas disciplinas sociales.

En los capítulos de este libro (y de la colección) encontraremos a “lo rural” como un concepto polisémico que es revisado y reinterpretado a partir de los cambios, pero también de las persistencias que han subsistido en los diferentes territorios de la Argentina.

Las nuevas configuraciones territoriales dan cuenta de la diversidad, pluralidad y complejidad del mundo rural que en la actualidad se presenta como multifuncional, heterogéneo, dinámico y articulado. De ahí la importancia de recurrir a un enfoque holístico, integrador, construido desde el concepto de territorialidad y multifuncionalidad, porque contempla los vínculos rurales-urbanos e incluye los procesos de agriculturización, los sectores productivos y los diferentes actores. Estos marcos ayudan a interpretar que el “mundo rural” o el “espacio rural” ya no es exclusivamente productivo-agrario. Se reelaboran entonces conceptos y categorías analíticas a la vez que se debate y reflexiona sobre las relaciones rural-urbano que dejan a un lado las dicotomías propias de los enfoques sectoriales. Se necesitan nuevas herramientas conceptuales y metodológicas para explicar la complementariedad, la asociación, la diversidad de una realidad rural en permanente movimiento.

A partir de esta idea general, que resume en gran medida las pretensiones de la colección del CEAR, este libro revisará dos dimensiones importantes de las presentadas. La primera, coconstruir el concepto de “lo rural” desde diferentes disciplinas. La segunda, y quizá desde una mirada “más tradicional”, analizar los procesos de transformación productiva que tuvieron las agroindustrias más significativas de la Argentina.

Para comenzar este recorrido, hemos dividido el presente volumen en dos secciones: la primera es de carácter teórico-metodológico, pero también, propositivo. Su intensión es revisitar las definiciones de lo rural así como también exponer algunas nuevas teorías que permiten pensar dichos espacios de una manera más compleja. Cuatro autores procuran dar respuesta al interrogante “¿De qué hablamos cuando hablamos de lo rural?”.

En “Territorios rurales en Argentina; el método stlocus: qué ruralidad, qué lugares, qué ciencia, qué política”, Horacio Bozzano, a partir de los preceptos teóricos de una geografía de la transformación, a los que ha sumado los campos de la inteligencia y la justicia territorial, y desde las técnicas de la investigación-acción-participativa, propone el método stlocus. Este contribuye a definir lugares –urbanos, periurbanos, rurales y otros– en términos de patrones de ocupación y apropiación territorial a la vez que permite agendar posibles soluciones a muchos de los problemas que afectan hoy a los territorios. Aplica en la microescala la ocupación y apropiación territorial, en términos de “sistemas de objetos y sistemas de acciones” mediante un ejercicio con siete conceptos operacionales: territorialidades, vocaciones, procesos, racionalidades, tendencias, actores y espacialidades; una treintena de variables y algunos mapas temáticos detallados.

Por su parte, Sandra Fernández, en el capítulo titulado “Escala, espacio, lugar: reflexiones sobre la perspectiva regional/local”, refiere el diálogo entre la historia regional/local y los estudios rurales argentinos. Esos tres ejes elegidos por la autora le sirven de referencia no solo para encontrar respuestas, sino para plantear nuevos interrogantes y buscar soluciones analíticas que permitan dentro de la historia regional y local escudriñar el concepto de “lo rural”.

Rocío Pérez Gañán, en su trabajo “Metabolismo agrario: una herramienta de análisis de las transiciones, las transformaciones territoriales y el espacio social argentino”, propone un enfoque de análisis espacial que permite el estudio completo de toda la cadena metabólica en un territorio específico a diversas escalas. Pueden estudiarse de forma íntegra los metabolismos rurales, urbanos e industriales en un espacio regional determinado por uno o varios criterios. El metabolismo agrario permite comprender las sinergias y dinámicas que se establecen entre los procesos particulares de apropiación, circulación, transformación, consumo y excreción en el territorio.

Esta primera parte del libro se cierra con el capítulo de Celeste De Marco titulado “Los extramuros productivos: un balance en el estudio de espacios periurbanos en Argentina”, en el que la autora propone un recorrido con tres paradas. En primer lugar, presenta un derrotero abreviado de los conceptos “urbano”, “rural”, “periurbano”, a partir de las últimas décadas del pasado siglo, sus particularidades y principales discusiones. Luego, propone un estado de la cuestión actualizado con base en el caso argentino. En tercer lugar, realiza un balance crítico para vislumbrar focos de atención y áreas de vacancia así como las nuevas perspectivas.

En la segunda parte, denominada “Las tramas productivas, espacios cerrados o de fronteras abiertas”, se abordan de una manera general los cambios en los procesos productivos de las agroindustrias más representativas del país, desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente. Esta visión de largo plazo pone el foco en el cambio tecnológico, en la innovación y en los cambios de la estructura productiva (concentración de la tierra y del capital) operados en los últimos sesenta años. Nos interesa llamar la atención en los diferentes ritmos que estos procesos han tenido de acuerdo a cada agroindustria, pero también al interior de cada una de ellas.

Roberto Bisang, en “Las innovaciones en las producciones agropecuarias argentinas”, pasa revista a las principales innovaciones ocurridas en el agro, con énfasis en los cultivos anuales, desdoblando las tecnologías de procesos de aquellas de productos. En otra sección, el autor focaliza en las innovaciones ganaderas distinguiendo las de carne de las lecheras, para concluir con el análisis de los modelos de difusión de las nuevas tecnologías en relación a la estructura funcional de la actividad.

Por su parte, Juan Manuel Cerdá, en “La transformación de la vitivinicultura mendocina”, brinda un panorama de los cambios ocurridos desde finales de la década de 1960 a la luz de los procesos de globalización ocurridos en el sector. Desde finales del siglo pasado, la producción vitivinícola argentina en general y la de Mendoza en particular se ha sumado al modelo tecnológico propuesto desde otras latitudes, que la inserta en los mercados mundiales. Sin embargo, este proceso ha sido muy heterogéneo en su desarrollo, aun dentro de la provincia. El autor muestra cómo los efectos de la globalización y la crisis local impulsaron a la reconfiguración del sector, en el que la reconversión y el ingreso a un nuevo modelo vitivinícola fueron el camino elegido para desarrollarse.

En “La agroindustria yerbatera: acción colectiva y sujetos sociales en Misiones (1953- 2002)”, Lisandro Rodríguez identifica cambios y permanencias en la producción e industrialización de la yerba mate y se ocupa también de las innovaciones tecnológicas dirigidas al sector. Su intención es evidenciar las estrategias de reproducción social y acción colectiva de los sujetos sociales que la conforman, en especial de los pequeños y medianos productores.

Leandro Moglia, en el capítulo titulado “‘… y mientras dé…’: la producción algodonera del Chaco en perspectiva histórica”, expone las características y problemáticas de la agroindustria del algodón desde 1920 hasta 2015, al tiempo que analiza algunas de las políticas orientadas al sector e identifica las condiciones de producción y sus consecuencias.

En “Los cañeros ante el colapso de la industria azucarera tucumana en la década de 1960: protestas, cupos de producción y diversificación de cultivos”, María Celia Bravo centra su análisis en la política azucarera en materia agraria y los criterios configurados en torno a la estructura agraria cañera. No omite en su estudio a uno de los actores corporativos más importantes de esta agroindustria, la Unión de Cañeros Independientes, ni las soluciones técnicas implementadas por el INTA, los avances científicos alcanzados y los efectos sociales.



1 comentario

  1. librolab 02/10/2020 6:04 pm

    Presentación virtual del libro La ruralidad en tensión
      

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