La producción algodonera del Chaco en perspectiva histórica
Leandro Moglia (FCE-UNNE/FRRe-UTN)
Introducción
“… y mientras dé…” suele ser la respuesta de los pequeños y medianos productores chaqueños que se aferran al algodón, haciendo de él un sustento permanente y vital. Desde que el algodón se instaló y consolidó en el Chaco (1920-1960), sobre la base la agricultura familiar, se constituyó en un cultivo social, por cuanto participaban en toda la cadena de producción y comercialización un gran número de personas que volcaban los beneficios en las localidades de influencia. A lo largo del ciclo algodonero, la economía regional se movilizó en torno a este producto y sus derivados; sin embargo, la cadena nunca pudo cerrarse por cuanto las confecciones se realizaban cerca de las grandes ciudades consumidoras.
Las razones por las cuales el algodón se mantuvo presente en el Chaco son diversas. En principio, la región chaqueña, por sus características naturales y tipos de suelo, es la más propicia para un normal desarrollo de este producto, que es más resistente que otros a las inclemencias climáticas. A su vez, este cultivo se vinculó a una producción en pequeña escala y con utilización de mano de obra no especializada y familiar; todo ello como resultante de la estructura agraria que se organizó a lo largo del proceso de ocupación del Chaco. Otro de los elementos que explican su continuidad son las políticas públicas que desde el Estado nacional y provincial se destinan a la permanencia del algodón; las razones son: generar una producción capaz de abastecer al mercado interno de fibra natural y dotar de asistencialismo a la agricultura familiar, incapaz de adaptarse a los requerimientos que otras producciones demandan.
De esta manera, se conformó la territorialidad algodonera (Valenzuela y Mari, 2017: 106), un gran espacio que produce un mismo cultivo, pero de diversas formas, y que conserva una gran impronta e identidad, la de ser algodonera, porque “el algodón… siempre algo deja”.
En este trabajo, buscamos expresar los períodos por cuales la producción algodonera fue transcurriendo, exponer sus características y problemáticas, analizar algunas de las políticas que hacia ella se volcaron e identificar las condiciones en las que se produce y sus consecuencias. Para llevar adelante este escrito, buscamos analizar al algodón desde 1920, cuando se inicia el ciclo algodonero, hasta el año 2015, cuando se modificaron las condiciones macroeconómicas y el algodón se proyecta en una de sus campañas más bajas de los últimos diez años.
El ciclo algodonero chaqueño en perspectiva (1920-1950)
En la región chaqueña, el algodón se conoció por medio del intercambio entre los pueblos indígenas andinos y locales; y aunque no está claro quién fue el agricultor que realizó la primera siembra de algodón, se atribuye a Lorenzo Malatesta, agricultor afincado cerca de la localidad de La Escondida, haber sido en 1895 el primero en experimentar con el cultivo del algodón (Miranda, 1984; Juárez, 2009). A partir de 1900, este cultivo era continuado por Juan Penco en la colonia que hoy lleva su nombre. En 1901 y por iniciativa del propietario de la colonia Benítez, el Dr. Manuel Benítez, se inició el cultivo en dicha colonia y por los buenos resultados obtenidos, en 1904 el Ministerio de Agricultura de la Nación procedió a repartir semillas de algodón tipo Middling[1] y folletos explicativos a las familias asentadas en dichas colonias para el desarrollo del algodón. A partir de 1910, este cultivo ya se había instalado en las tres principales colonias agrícolas del Chaco: Popular, Benítez y Margarita Belén, que en conjunto significaba una superficie cercana a las 12 000 hectáreas de algodón para 1911-1912 (Larramendy y Pellegrino, 2005: 21).
La rápida expansión del cultivo algodonero fue posible por las características ecológicas de la región (abundantes lluvias, sol y suelos adecuados).[2] Según el ingeniero agrónomo Alberto Muello:[3]
la planta de algodón no es particularmente exigente en lo que respecta la calidad de los suelos, por lo general suele prospera en todos, aunque en tiempos diferentes. En la región chaqueña predominan los suelos arenosos–arcilloso-humíferos. Deben ser de consistencia media, más bien suelto que compacto, prefiriendo que tenga un suave declive para evitar el estancamiento de las aguas pluviales, por cuanto la planta puede resistir las sequías ya que su raíz central tiene la particularidad de profundizarse de modo vertical (Muello, 1948: 18).
Podemos resumir en tres coyunturas las causales de que el algodón se instale en el Chaco; la primera fue a causa de los altos precios pagados por la fibra de algodón durante y luego de la Primera Guerra Mundial; la segunda fue el desarrollo de la industria por sustitución de importaciones, en la que la industria textil se posicionó entre las que más crecieron y, por ende, demandaron materias primas; y tercero, que Estados Unidos sufrió en un 96% de su producción algodonera la plaga del picudo, por lo que disminuyó su participación en el comercio mundial y el año 1923 fue el más álgido de la plaga. Este conjunto de razones hizo que regiones marginales como el Chaco cobren relevancia por su capacidad productiva. Por todo ello, para la región chaqueña, a partir de los años veinte, se inicia el ciclo algodonero, ya que el mismo se constituye en el principal cultivo de la región.
Ante este contexto favorable para la región, con el objetivo de que se aumente y amplíe la superficie sembrada de algodón, el gobierno nacional llevó a cabo una gran campaña de difusión encabezada por el ministro de agricultura Tomás Le Bretón. Para que el éxito estuviera asegurado, se determinó el acompañamiento de los técnicos del ministerio que tendrían que explicar a los colonos los modos de sembrar y cosechar el textil, además de realizarse el reparto de semillas, entregar folletos explicativos y fomentar la organización de asociaciones cooperativistas.
Como respuesta a esta política, la superficie del algodón tuvo un crecimiento cercano al 80%; sin embargo, para mediados de la década, Estados Unidos recobró su lugar en el comercio internacional del textil y los efectos de la posguerra cesaron, se produjo una baja considerable de los precios del algodón, que repercutió fuertemente en la vida de los colonos orientados hacia el cultivo (Gaceta Algodonera, s/datos), que no supieron prever destinar una fracción de su chacras hacia algún otro tipo de producción que mediante su comercialización disminuyera las consecuencias. Este hecho tuvo su principal consecuencia en la disminución del área sembrada para la próxima campaña y la desarticulación de las cooperativas que recientemente se habían formado (Moglia, 2006: 22). Debemos mencionar que esta expansión del algodón también se debió al constante avance de la frontera productiva hacia el centro y sudoeste del Chaco.
Este marcado interés por aumentar la superficie sembrada de algodón provocó que también se experimente un notorio ascenso de la población. Es decir, que la expansión del área sembrada se corresponde con el aumento progresivo de la población (Osuna, 1977: 111) por las nuevas regiones a ocupar.
De este modo, se gestaban las condiciones para una explotación algodonera de tipo familiar,[4] debido a la extensión de sus chacras y a la superficie a explotar con algodón; entre los productores algodoneros predominaban aquellos que poseían entre 25 y 100 hectáreas, aunque el promedio de siembra y cosecha llegaba a las 20 hectáreas, y el resto de la chacra quedaba baldía u ocupada con animales, quintales frutales, hortalizas, etcétera. Aunque la superficie no era significativa para las tareas de producción, como preparación de los suelos (limpieza de la parcela de todo tipo de raíces, troncos y malezas, roturación y siembra), se utilizaba mano de obra familiar. Sin embargo, para algunas tareas, como la carpida y la recolección del algodón (tareas que deben hacerse de manera rápida), se hacía necesaria la contratación de mano obra asalariada (en un promedio de tres cosecheros por chacra algodonera).
Debemos aclarar que para este momento las maquinarias utilizadas para la producción eran muy limitadas y hasta rudimentarias. Baste mencionar que las primeras desmotadoras que se utilizaron el Chaco fueron invenciones (adaptaciones de otras maquinarias) de los propios productores; en su mayoría, los colonos solo utilizaban arados o rastras de discos tirados a sangre para preparar la tierra o arados semilleros para roturar y sembrar al mismo tiempo. Los primeros tractores se registraron en la década del treinta y solo prestaban servicios en las actividades limpieza de la parcela o destronques, pero no en la cosecha.
Otro de los factores que intervino para consolidar el ciclo algodonero fue la organización del sistema de comercialización del algodón y sus derivados. Podemos establecer que durante el período señalado se desenvolvieron dos etapas: una primera que comprende desde los principios del cultivo y su comercialización hasta 1926 (Iñigo Carreras, 1975: 58); y una segunda que iría desde 1926 hasta fines de los años cincuenta, cuando operó la planificación económica de los gobiernos peronistas, pasando por la etapa de las regulaciones en los años treinta.
En la primera etapa, la cadena de comercialización se organizaba de manera local, es decir que quien compraba al colono era el almacenero o “bolichero” de la colonia; en algunos casos, el colono entregaba la producción como medio de pago de las deudas contraídas durante el resto del año; en otros, el colono vendía su producción a los almaceneros, quienes lo revendían a los acopiadores privados, que a su vez eran dueños de las desmotadoras existentes en las zonas y que colocaban la producción en los centros de industrialización o trataban con las casas representantes de las firmas industriales extranjeras en Buenos Aires o Corrientes.
Para tener una idea de la dimensión de la cadena de comercialización, para 1910, solo existían en el territorio cuatro desmotadoras, ubicada en las colonias Benítez, Margarita Belén, Popular y Río Arazá –de estas, dos pertenecían a particulares y dos, a entidades cooperativas (Moglia, 2006: 10-15)– y una sola fábrica de aceite de semilla de algodón ubicada en Resistencia. Menos de veinte años después del inicio del cultivo en el Chaco, según el Censo Algodonero de 1927/1928, existían treinta y seis establecimientos industriales destinados al desmote del algodón. Todos ellos estaban ubicados en las zonas de producciones para evitar la movilidad del colono con su producción, de las cuales cuatro pertenecías a cooperativas de primer grado.
Este aumento en la capacidad de desmote se explica porque en 1926 inició su ingreso al territorio el gran capital monopolizador y exportador, representado por las empresas Bunge & Born Ltda., Louis Dreyfus y Cía. Ltda. S.A. Comercial de Importación y Exportación, Anderson Clayton S. A.; Staudt y Cía.; Comercial Belgo Argentina, entre otras.[5] A medida que se instalan en el territorio estas empresas, fueron acaparando no solo el mercado algodonero, sino que controlaban los precios, los volúmenes comercializados y establecían las calidades de los algodonales cosechados por los colonos, con el objeto de pagar siempre un menor valor. Como modo de consolidar su posición, se organizaron alrededor de la Cámara Algodonera de Buenos Aires, creada también en 1926, que fue la que estableció las categorías norteamericanas de evaluación de calidades (A-B-C, etcétera) de fibra de algodón.
La abrupta caída de la bolsa de Nueva York en 1929 generó una gran depresión de la producción industrial, de los términos de intercambio y una profunda contracción de la agricultura. Para la Argentina, la crisis representó el cierre de sus mercados tradicionales, la retracción de los créditos extranjeros y el descenso de sus exportaciones de origen pampeano. Esta crisis “multifacética” (Girbal-Blacha, 2004: 31-39) mostraba las grandes desigualdades de un país que fue organizado desde un sistema económico de “crecimiento hacia fuera” y que a partir de ese momento se había quebrado, lo que generó la diversificación de grupos económicos alternativos.
Una manera de paliar la crisis que se presentaba fue la conformación de juntas reguladoras de la producción, a instancias del Estado, “cuya finalidad era proponer soluciones y encarar medidas para proteger los intereses de los diferentes sectores productivos: cerealeros, carnes, azúcar, vitivinícola, textil, yerba mate, etc.” (Rapoport, 2006: 222-23). En estos organismos estaban representados todos los sectores que intervenían en la cadena productiva y comercial del producto. Para el caso del algodón, en 1935 se creaba la Junta Nacional del Algodón y, aunque era una organización formada a instancias del gobierno, a diferencia de las demás entidades reguladoras, esta no limitó la producción, sino todo lo contrario, ya que se trataba de un producto en expansión y no de uno crítico. De aquí que la Junta Reguladora del Algodón intentara trasparentar los mecanismos de formación de los precios, determinar las calidades y la obtención y difusión de información respecto del textil.[6]
En el agro chaqueño se vive un panorama diferente, ya que la superficie sembrada experimentó una expansión sostenida de “cerca del 30% respecto del año anterior en 1935” (Larramendy y Pellegrino, 2005: 59); este aumento se asocia al aumento de las exportaciones y al desarrollo de la industria nacional, que comenzó a ganar terreno como destino de la producción, sumado a nuevos contingentes de población que ingresaron al territorio y se ubicaron en colonias recientemente creadas.
Sin embargo, en un primer momento, debido a la contracción de los mercados tradicionales, los precios sufrieron un brusco descenso, el mayor desde 1910, que llegaron a cotizar la tonelada de algodón en bruto a $155 para 1932, y se estabilizaron nuevamente para las campañas 1936-1937, cuando fueron utilizados 171 856 braceros. De esta manera vemos cómo la industria textil fue vista como una salida para paliar el desempleo que había generado la crisis.
El hecho de que los precios hubieran bajado considerablemente y que los colonos o particulares no tuvieran establecidos precios básicos sobre la producción tuvo altas repercusiones en el territorio. Una de estas serían las huelgas agrarias de 1934 y 1936,[7] que tuvieron sus orígenes en los bajos precios que se estaban pagando a los colonos, y como predominaban las desmotadoras de particulares vinculados a las grandes empresas y de propiedad de estas, los colonos se negaron a levantar sus cosechas hasta tanto se les garantizara un precio mínimo.
Para la década del cuarenta, el cultivo del algodón ya se había consolidado como principal producto agrícola del Chaco, pero durante estos años los problemas que afectaron su producción y comercialización fueron constantes y produjeron diversas situaciones conflictivas. Podemos mencionar varios problemas en torno a esta cuestión: la escasez de mano de obra para levantar la cosecha, la falta de precios básicos actualizados, las periódicas sequías, el ataque de plagas y la falta de vagones y bodegas para trasladar la producción hacia los centros industriales.
A pesar de todos estos inconvenientes, la producción algodonera continuó expandiéndose sobre las mismas bases y con los mismos métodos de producción, situación que se mantuvo hasta mediados de la década del cincuenta.
Estancamiento y crisis de la producción algodonera (1950-1976)
A partir de mediados de la década de 1950, se fueron gestando procesos económicos que hicieron que la Argentina no se desarrolle de modo sostenido, ya que fue un período caracterizado por constantes fluctuaciones económicas y la lucha entre los sectores productivos y sectoriales (Girbal-Blacha, Zarrilli y Balsa, 2004: 120). En este contexto, desde el gobierno nacional, se buscaba ampliar y consolidar las industrias dinámicas (petroquímica, eléctrica, siderúrgica, metalmecánica, etcétera). Sin embargo, como las mismas se demoraban, el agro volvió a cobrar gran relevancia como sector generador de las divisas necesarias para realizar la transferencia hacia los sectores urbanos e incentivar el progreso técnico y social. Pero el agro argentino en general no estaba en condiciones de soportar dicha carga y se planteaba la necesidad de elevar las capacidades productivas de todos los sectores económicos, de modo de promover un crecimiento armónico integral de todo el país (Lázzaro, 2005: 67). En este escenario, se pretendía que el campo resolviera el problema de la concentración de la tierra, se mecanice, aplique tecnología y realice la rotación de sus cultivos.
Fue dentro de estos ciclos económicos y propuestas de desarrollo que el sector agrícola chaqueño ingresó primero en una etapa de estancamiento y luego, de crisis de su principal producción agrícola: el algodón.
A mediados de la década del cincuenta, el agro chaqueño comenzó a percibir las consecuencias de haber destinado durante tanto tiempo los campos exclusivamente a la producción algodonera. De este modo se inició su estancamiento, que respondió a múltiples razones, y que en su persistencia provocó la crisis del sector entre 1965-1970.[8] Podemos establecer que todas las variables que llevaron a la crisis fueron simultáneas y estuvieron concatenadas. Entre las principales mencionamos la liberalización del precio interno de la fibra nacional, ante la eliminación de todas las instituciones de contralor que, sumado a una fibra sobrevaluada respecto del mercado exterior, hizo que la industria se vuelque a la importación de fibra natural o a su reemplazo por las fibras sintéticas. Ante esta nueva realidad, el productor se halló nuevamente expuesto al avance de las grandes empresas, que retomaron su predominio en el mercado algodonero.
Al mismo tiempo, el impulso que vivió la industria textil (1920-1960) se detuvo, debido a que alcanzó su techo productivo, en función del mercado interno y a la eliminación de las barreras arancelarias a la importación de confecciones, restricción del crédito, entre otras medidas. Como consecuencia de estas decisiones, en las zonas productoras se generaron los denominados stocks de arrastres, es decir un excedente de producción sin comercializar, que repercutió de modo directo en la caída del precio de la fibra. Quienes más se perjudicaron con esta situación fueron las cooperativas que poseían desmotadoras y los acopiadores particulares no vinculados a las grandes firmas.
Otro de los factores que afectaron al algodón en la región productiva que debemos mencionar es el agotamiento de los suelos, por inexistencia de rotación de cultivos que permita la recomposición en minerales, oxígeno, etcétera, y malas prácticas productivas, ya sean estas de roturación de suelos, aplicación de agroquímicos de modo ineficaz, etcétera A ello se sumó la mala calidad de las semillas, que generaba una caída en el rendimiento del textil por hectárea y provocaba una disfunción entre la inversión para la puesta en producción y el beneficio de la renta. Así se vio afectada la calidad del textil y con ello se obtuvo una fibra de tipo corto,[9] y la producción algodonera local perdió su competitividad en el mercado interno y externo.
Ante esta realidad, el nuevo Estado provincial, siguiendo los lineamientos de las políticas nacionales, dispuso que para evitar la crisis del sector agrícola se orientaran las acciones hacia la diversificación productiva, la rotación de los cultivos y la tecnificación del agro. Es decir, se buscó reemplazar la superficie sembrada de algodón por nuevos productos como el girasol, maíz, sorgo y trigo, entre los cultivos más importantes. El problema con la aplicación de estas estrategias de modernización y cambio productivo fue que quienes se dedicaban al algodón eran principalmente pequeños productores con escasa capitalización para reorganizar su producción o “por no poder superar las viejas costumbres o estructuras mentales” (El Territorio, agosto de 1959: 10), y por lo tanto no encontraron otra solución más que la de aferrarse al cultivo algodonero para asegurar su subsistencia. De esta manera, se evidenció la existencia de un sector agrario más capitalizado y dinámico que logró reorientar su capacidad productiva; estos productores fueron aquellos que explotaban más de 50 hectáreas, superficie mínima para solventar al productor en la región (Nadal, 1987: 50-51).
Para poder hallar una solución a la situación algodonera, el Estado provincial planteó un complejo engranaje de instituciones que debían actuar mancomunadamente. El primer paso fue atender la problemática planteada en torno a la comercialización del algodón, hasta tanto se lograra el cambio y la rotación de los cultivos; a partir de allí entraba en juego la segunda estrategia que fue la de favorecer la mecanización, debiéndose desarrollar diversas líneas de créditos. Entre las políticas llevadas a cabo por el Estado, podemos mencionar la refundación de la Junta Nacional del Algodón, la creación del Banco de la Provincia del Chaco (1956) y la reapertura de la Escuela de Clasificadores de Algodón, con sede en Presidencia Roque Sáenz Peña. También se profundizaron los trabajos en investigación, experimentación y difusión de nuevas semillas de algodón y su posterior industrialización; para ello se instaló una estación del INTA en Sáenz Peña, se mantuvieron las estaciones botánicas experimentales ya instalas en el Chaco y se aunaron criterios de producción con los laboratorios regionales de desmote.
Podemos concluir que durante el período 1950-1965 la producción algodonera chaqueña continuó expandiéndose sobre las mismas bases y problemas productivos,[10] en un contexto inflacionario y de constantes devaluaciones, por lo que fue un período de precios bajos y en el que los rindes por hectárea mostraron un estancamiento, cuestión que se reflejó en las estadísticas por cuanto otras producciones comenzaron a ocupar los espacios que hasta 1950 estaban ocupados con algodón.
A partir de 1965 y hasta 1970, la producción algodonera abandonó el período de estancamiento para entrar en un proceso de crisis. Esto quiere decir que durante dicho lapso toda la cadena de transformación y comercialización del algodón estuvo en recesión a raíz de la pronunciada disminución del área cultivada. Las razones fueron la conjunción de aquellos factores que se vinieron dando en el mediano y largo plazo y otros que ocurrieron entre los años 1964 y 1966. Entre los nuevos, estuvieron el aumento de los costos de producción (mano de obra, semillas, químicos), las políticas de devaluación monetaria; también el incremento de la importación de fibra y sobre todo se detuvo la exportación de fibra de baja calidad, con lo cual los stocks de arrastres aumentaron (estando principalmente los mismos en posesión de las cooperativas) y con ello la oferta actuó en detrimento de los precios. Finalmente, en 1964 y 1965 la superficie sembrada a nivel internacional llegó a un nuevo máximo con 33 millones de toneladas producidas, cifra que fue superada en la campaña 1965-1966 por cuanto se alcanzaron 53 millones, y así se superaron las necesidades globales del consumo. De esta manera, la crisis algodonera nacional coincidió con la crisis internacional. Todos estos hechos tuvieron como consecuencia directa la caída de los precios (Besil, 1979: 23-25). Como se aprecia en el cuadro 1, el área sembrada con algodón decayó aproximadamente en un 50%, producto de la conjunción de todos los factores mencionados.
Cuadro 1. Área sembrada total y principales cultivos, 1960-1969,
promedio quinquenal
Fuente: Brodersohn, Slutzky y Valenzuela, 2009: 56.
El Estado provincial, atento a la imposibilidad de muchos productores a reorientar sus chacras y ante la inmovilidad del mercado algodonero, buscó otras alternativas a la crisis productiva. Para ello, en 1970 se iniciaron gestiones vinculadas a la búsqueda de valor agregado del algodón en su región de origen y se logró la sanción de la ley provincial 1007, por la cual se creaba el Fondo Compensador Algodonero (Provincia del chaco, Boletín Oficial, 1970: 1). Dicho instrumento estableció que toda tonelada de algodón en bruto debía tributar $20Ley y que fueran agentes de retención las cooperativas y los acopiadores. Dicho dinero se utilizaría para la compra de los excedentes de producción y así se reordenaría el sistema productivo provincial. Esta ley fue reglamentada por el decreto 530/1970. Esta acción fue respaldada por el gobierno nacional, que dictó la ley 18656 en abril de 1970, y creó el Fondo Algodonero Nacional (República Argentina, Boletín Oficial, 1970: 2). La principal función del Fondo fue promover la exportación de la fibra excedente y así regular la oferta interna; además tendría que buscar el mejoramiento de la producción y propender a ordenar las estructuras productivas. En la actualidad, el Fondo se destina a las provincias que producen algodón y se distribuye en virtud del aporte de producción que cada una realiza al total del país; en este momento la provincia de Santiago del Estero es la que más porcentaje del Fondo recibe. Además, se orienta de modo directo al productor y se destina para combustible, semillas y agroquímicos.
A pesar de esta iniciativa, la producción algodonera continuó desarrollándose sobre las mismas bases: pequeños productores con insuficiente capitalización y sin ser titulares de las extensiones que explotaban. Todo este proceso es un contexto en el que otros cultivos disputaban con el algodón la ocupación de las tierras. En otras palabras, la diversificación productiva que se desarrolló en el Chaco fue forzada por el Estado y solo la pudieron cumplir aquellos productores que tuvieron mayor capacidad financiera para realizar la rotación de los cultivos y aplicar la mecanización. En cambio, los pequeños productores, con menos disponibilidad de recursos, se mantuvieron aferrados al algodón durante los años que duró la crisis y no tuvieron otra alternativa más que aceptar los precios no compensatorios del momento, cuestión que terminó por eliminarlos por el proceso de reorientación agrícola (Bruniard, 1976: 83).
El período 1973-1976 estuvo signado por constantes fluctuaciones políticas y económicas. Los planes económicos aplicados no dieron los resultados esperados y la espiral inflacionaria llegó a indicadores impensados. Esta suma de situaciones repercutió negativamente en el productor, por cuanto fue imposible mantener precios homogéneos durante el proceso de producción y al momento de comercialización.
Una tradición con proyección: el algodón de 1976-2015
A partir del golpe militar de 1976, se inició para el Chaco lo que Jorge Roze denominó la internacionalización de la economía chaqueña (Roze, 2007: 130-135); esto quiere decir que se expuso de modo directo al sector productivo agrícola chaqueño, principalmente algodonero, a las exigencias del mercado internacional. Según el gobierno provincial, el principal problema de la economía algodonera estaba en la comercialización, la cual se hallaba íntimamente ligada al mercado interno. Por este motivo, se planificó resolverlo mediante una amplia política de créditos que permitiera ampliar y mejorar la producción y ponerla a disposición del mercado internacional, de modo que se orientara la economía regional en las exigencias, estándares y precios internacionales.
En momentos de ocurrir el golpe militar, la superficie con algodón en el Chaco se retrajo respecto de las tres campañas anteriores (1973 a 1976). Eso se debió a la brusca caída de precios y la imposibilidad de ofrecer a la exportación el stock de arrastre de la campaña 1975-1976. En este marco, se gestaron los tres pilares sobre los que se asentó la modernización de la economía chaqueña: el crédito estatal, la reorganización agraria y la exposición del sector algodonero local al mercado internacional. Para llevar a cabo el primer eje del programa, el Banco del Chaco cumplió una función primordial y la estrategia fue la siguiente: eliminar los precios mínimos y financiar la campaña 1976-1977 por intermedio del banco, con fondos provenientes de la provincia y de redescuentos captados.[11] Dicha campaña resultó ser una de las más productivas de la historia y logró comercializarse sin inconvenientes en el mercado internacional el excedente generado. De esta manera, en el sector algodonero, se formó la ilusión errónea de que la apertura económica era beneficiosa para el sector; sin embargo, no tuvo en cuenta el volumen de capital que se volcó hacia al sector. El cuello de botella entre la producción y la industria local en apariencia se había resuelto.
Obtenido este primer logro, el Estado provincial modificó el estatuto del Banco del Chaco y lo volvió una entidad íntegramente estatal. Entre las estrategias para aumentar la capitalización estuvo la apertura de nuevas sucursales en el interior de la provincia (para captar ahorros) y, gracias a la reforma financiera de 1977, el endeudamiento externo. Se buscó dar un nuevo perfil al banco y convertirlo en una entidad financiera “eficiente y competente” de modo que se impusiera en el mercado financiero regional, con perspectiva nacional (Carlino, 2008: 137).
En esta línea, cobró relevancia la segunda parte del plan: la reforma de la estructura agraria y productiva. Para llevar adelante esta reforma, se identificó como principal problema a la cadena de comercialización, los rendimientos por hectárea y la calidad de la fibra. Los cambios en la política económica nacional obligaron a los productores chaqueños a adaptarse a los gustos del mercado, mejorando la calidad del textil y sus rendimientos. Estos objetivos se cumplieron a través de la aplicación de tecnología, la formación técnica de los productores y la revisión de ciertos hábitos de producción. Algunas de las estrategias que se desarrollaron para lograr estos objetivos fueron intensificar la asistencia técnica a los productores y cooperativas agrarias; también se financiaron viajes de productores al extranjero para incorporar conocimientos y tecnología. Además, se otorgaron créditos a bajas tasas con destinos a la adquisición de modernas usinas-desmotadoras para optimizar el rendimiento de la producción y reducir los gastos de procesamiento, cuestión que aprovecharon las cooperativas. En cambio, los productores no cooperativizados destinaron los créditos al arrendamiento de nuevos campos para aumentar la superficie cultivada y a la compra de maquinaria (tractores y cosechadoras), que en su conjunto mejoraron los rendimientos. Debemos aclarar que estos productores eran aquellos medianos y/o grandes que se volcaron nuevamente al algodón por una cuestión de conveniencia y no por prácticas culturales tradicionales.
Sobre estas condiciones de producción se mantuvo el sector algodonero del Chaco hasta que en 1979 cambió el escenario internacional, se elevaron los costos financieros del sistema crediticio y se registró un descenso en el precio internacional de la fibra que duró hasta 1981. La suma de estas situaciones modificó la renta agraria y en un contexto nacional inflacionario, los costos internos de producción se elevaron, de modo que se inició un complejo panorama para el agro local que se encontraba muy endeudado. Este cambio en las condiciones llevó a la cesación de pagos y expuso a los sectores agrícolas a la quiebra, se produjo la vuelta del éxodo rural, la ejecución de hipotecas y las prendas sobre los bienes adquiridos. Ante este panorama, el período 1979-1983 presentó la reducción de la superficie con algodón en 150 000 hectáreas, acción que realizaron los productores capitalizados al volcarse hacia otros cultivos.
A partir de 1983 y hasta 1989, el algodón tuvo breves períodos de crecimiento y retracción, aunque nunca volvió a los guarismos de épocas anteriores. Los crecimientos se dieron al iniciarse el período y respondieron a una mejora en los rindes (gracias a las mejoras e intervención del INTA) y nuevas expectativas del sector por un ambicioso plan de desendeudamiento llevado a cabo a través de un convenio entre el gobierno provincial y nacional para sanear al agro local, sumado a una inflación ciertamente controlada. Esta expansión coincidió con una caída de los precios internacionales de la fibra (1983-1985), que se hizo sentir en la región entre 1985 y 1987 y llevó a una nueva reducción del área sembrada, cuyo nivel más bajo fue la campaña 1986-1987, para luego nuevamente crecer la superficie.
Debemos aclarar que a partir de la diversificación productiva, la superficie con algodón mantuvo una base de 100 000 hectáreas aproximadamente, que se correspondía con los pequeños productores fieles al cultivo. Las variaciones por encima de esta superficie se corresponden con la participación de una capa más pequeña de productores, pero que ocupa una superficie mayor, es decir invierten en sembrar y cultivar algodón en función de las variaciones del mercado.
La política económica de los años noventa se asentó en la apertura externa y la economía de mercado, vinculada a un sistemático achicamiento del Estado como método de saneamiento fiscal y a nuevas políticas monetarias; como contrapartida se registró el aumento del consumo interno y un crecimiento económico hasta 1994, emparentado al comercio exterior. A su vez, durante este período fueron diversos los elementos que generaron la expansión del textil no solo en la Argentina, sino a nivel mundial. Se presentó un gran aumento de la demanda de fibras naturales de algodón que elevaron entre 1980 y 2000 en un 60% la producción mundial. En este contexto, los precios internacionales comparados con los de la década del setenta fueron elevados y se mantuvieron hasta mediados de los noventa, cuando iniciaron un continuo descenso hasta el año 2002, que fue el más bajo de todos.
Para la Argentina, esta situación significó un aumento de la superficie sembrada, que llegó a su pico máximo en la campaña 1997-1998 a más de 1 100 000 hectáreas. La Argentina fue el país del mundo de mayor expansión del área algodonera y la cuarta exportadora mundial de fibra algodón. No solo se expandió el área, sino que también aumentaron en un 50% los rendimientos por hectárea; esto se vinculó a la introducción de nuevas variedades de mayor rendimiento, calidad y más precocidad en su desarrollo, lo que significó el acortamiento del ciclo de cultivo y la reducción del período de recolección. También influyó la profundización de la mecanización de la cosecha y la ampliación del parque industrial de primera transformación (desmotadoras) (Barsky y Fernández, 2008: 101-102).
En la producción algodonera del Chaco se dieron probablemente los impactos más fuertes, fundados en los cambios tecnológicos, sociales y organizativos, a partir de la mecanización de la recolección de la cosecha y la introducción de agroquímicos en el proceso agrícola. Durante este período, el principal destino de la producción algodonera local fue la exportación, principalmente a Brasil, por cuanto la apertura económica privilegió a los exportadores de fibra más que a la industria nacional, que sufrió la competencia de las confecciones importadas. Ante esta situación de apertura económica, precios favorables y una moneda “fuerte”, se produjo una nueva expansión del área sembrada, que superó todos los récords conocidos. Sin embargo, esta situación profundizó las diferencias entre productores capitalizados (medianos y grandes) y los pequeños, la mayoría, en la estructura agraria local. La situación de vulnerabilidad de los minifundistas impidió su acceso al crédito, a la incorporación de maquinaria, y los orientó una vez más, a estrechar lazos con las cooperativas (Rofman, 2012: 141).
La subregión del sudoeste, centro de la diversificación agrícola en los años sesenta y setenta, fue el área donde se asentaron los cambios en la producción algodonera y desde allí se expandieron al resto del territorio. En este proceso se produjo un ingreso “masivo” de cosechadoras mecánicas de algodón, que generó la disminución del número de trabajadores, a pesar del aumento de la superficie sembrada. El uso generalizado de la cosechadora mecánica significó la reestructuración de la chacra algodonera, por cuanto exigió la formación de recursos humanos para el nuevo manejo del cultivo, que se debía realizar según especificaciones vinculadas a la maquinaria a introducir y tipología de semilla, cuestión que llevó al achicado de los tiempos. A su vez, se desarrollaron nuevas prácticas de gestión-administración del campo explotado y el desarrollo o fortalecimiento de una amplia logística de transporte y transformación.
Para dicho momento, el costo de las cosechadoras rondaba entre los 150 000 y 200 000 U$D, cuestión que ante la inexistencia de retenciones a su importación hizo que entre 1994 y 1998 se registren aproximadamente 1000 cosechadoras en funcionamiento en el Chaco,[12] lo que ayudó a disminuir los costos de producción. Para los productores que contrataban los servicios de recolección, los costos de la cosecha bajaron alrededor de un 40%, y un 15% el costo total del producto. Las estimaciones oficiales establecen que durante toda la década del noventa la recolección mecánica rondó el 75 u 80% del total cosechado.
En conjunto con la expansión del área sembrada fue el crecimiento de la capacidad de desmote. En las principales zonas de producción, el sudoeste especialmente, se instalaron modernos equipos de gran capacidad. Sobre el fin del período de expansión, se registran en 1999 la existencia de 164 desmotadoras; 40 pertenecían a 34 empresas cooperativas con una capacidad de desmote de 400 000 toneladas, y 129 eran propiedad de 85 empresas privadas con 2 millones de toneladas de capacidad de desmonte. Del total, 34 equipos eran de alta y muy alta producción, es decir las nuevas maquinarias instaladas en el período de la década del noventa. En este sentido, se evidencia que al desaparecer la industria textil nacional (hilanderías, tejedurías y confecciones) o verse disminuida en su participación del comercio algodonero, el rol oligopólico pasó a las desmotadoras que dirigieron su accionar al mercado externo (Larramendy y Pellegrino, 2005: 143-147).
A partir de 1995 y 1996, la fase expansiva comenzó a detenerse. En el ámbito internacional, la crisis mexicana y la retracción de la demanda de fibra natural hicieron que los precios comiencen a descender, a lo que se sumó la crisis brasilera de 1998 (devaluación y flotación libre del real). En el ámbito nacional-local, se produjeron grandes lluvias (1997-1998) que complicaron la producción en las zonas del sudoeste y bajos submeridionales, principales zonas hacia donde se había extendido el cultivo, y se inició un proceso económico recesivo. Estas situaciones marcaron el retroceso del resurgir del algodón en el Chaco, y la campaña 1997-1998 fue la más exitosa de la historia de la región con 712 000 hectáreas de algodón cosechadas. No obstante, para las siguientes campañas se registraron un progresivo descenso (1998-1999: 430 000 hectáreas; 1999-2000: 198 000 hectáreas; 2000-2001: 272 000 hectáreas y 2001-2002: 93 000 hectáreas; 2002-2003: 85 000 hectáreas). También hubo de soportar heladas tempranas y sequías.
Como resultado de esta fase expansiva, el sector algodonero chaqueño quedó enormemente endeudado, con una gran capa de productores sin posibilidad de hacer frente a los compromisos, con inversiones de gran envergadura casi paralizadas y con grandes posibilidades de desmantelamiento. El parque de cosechadoras fue liquidado en su mayoría o se mantuvieron guardadas a la espera de nuevas perspectivas.
En este contexto, la crisis de la producción algodonera significo la ruina de los pequeños y medianos productores; sin embargo, la superficie cultivada no se redujo, por cuanto la misma se orientó hacia la introducción de un nuevo cultivo: la soja, que en condiciones internacionales favorables se fue convirtiendo en el principal producto agrícola del Chaco.
A partir de la devaluación de 2002 y con un nuevo gobierno de orientación mercadointernista (2003), se crearon las condiciones para la recuperación del algodón en el Chaco. Sin embargo, esta producción se hizo sobre nuevas bases que integraban un avanzado nivel tecnológico, incluyendo la siembra directa y la producción de variedades de algodón BT (resistente a insectos), BR (resistente a glifosato) y en algunos casos BTR (que concentra ambas resistencias); la maquinaria que ingresó es aquella de surco estrecho (más económica). Esta técnica requiere la utilización de variedades precoces y con un ciclo de producción más definido en función de la cosecha mecánica. A su vez, se profundizaron los reguladores de crecimiento en función de la altura de las plantas, apertura de capullos, entre otras singularidades (Valenzuela y Scavo, 2009: 100-104). Este cúmulo de elementos volvió a movilizar la capacidad de primera industrialización del algodón, que se encontraba casi ociosa, pero en condiciones de mayor concentración que antes y la casi desaparición de las desmotadoras de las cooperativas.
Durante el período 2003-2015, el algodón tuvo ciclos de expansión y retroceso vinculados a las políticas macroeconómicas que reactivaron la demanda interna, aunque no pudo superar en superficie cosechada a la soja. En la actualidad (2018), la producción algodonera se mantiene marginal a un mismo grupo de productores pequeños que, a pesar de los ciclos, se mantiene aferrado al cultivo del algodón, por ser un producto noble en cuanto a que presenta mayor resistencia a las inclemencias del clima, no es riguroso con los suelos y puede ser producido en pequeñas superficies, cuestión que desde el gobierno provincial se ha buscado fomentar. Por estas razones, en el Chaco siempre habrá una única respuesta acerca de si se produce algodón o no: “… y mientras dé…”.
Cuadro 2. Evolución del algodón en el Chaco, durante el período de estancamiento y crisis (1920-2018)
| Campañas | Hectáreas sembradas | Hectáreas cosechadas | Rendimientopor hectárea |
| 1921/1922 | 12 000 | ||
| 1922/1923 | 20 610 | ||
| 1923/1924 | 50 000 | ||
| 1924/1925 | 82 690 | ||
| 1925/1926 | 97 233 | ||
| 1926/1927 | 65 000 | ||
| 1927/1928 | 77 366 | ||
| 1928/1929 | 90 000 | ||
| 1929/1930 | 112 000 | ||
| 1930/1931 | 117 105 | ||
| 1931/1932 | 130 753 | ||
| 1932/1933 | 133 000 | ||
| 1933/1934 | 177 480 | ||
| 1934/1935 | 231 117 | ||
| 1935/1936 | 290 000 | ||
| 1936/1937 | 290 000 | ||
| 1937/1938 | 299 000 | 228 800 | 622 |
| 1938/1939 | 310 000 | 266 600 | 787 |
| 1939/1940 | 290 000 | 234 700 | 928 |
| 1940/1941 | 259 000 | 238 000 | 540 |
| 1941/1942 | 244 500 | 237 000 | 854 |
| 1942/1943 | 265 800 | 252 500 | 1008 |
| 1943/1944 | 303 000 | 285 900 | 1031 |
| 1944/1945 | 289 300 | 279 300 | 632 |
| 1945/1946 | 292 500 | 265 200 | 582 |
| 1946/1947 | 309 400 | 297 800 | 597 |
| 1947/1948 | 331 470 | 319 700 | 669 |
| 1948/1949 | 387 260 | 359 111 | 665 |
| 1949/1950 | 350 300 | 331 255 | 984 |
| 1950/1951 | 373 800 | 351 580 | 638 |
| 1951/1952 | 440 950 | 423 000 | 676 |
| 1952/1953 | 423 380 | 407 940 | 708 |
| 1953/1954 | 429 880 | 411 360 | 764 |
| 1954/1955 | 442 100 | 416 230 | 612 |
| 1955/1956 | 446 000 | 406 500 | 696 |
| 1956/1957 | 444 000 | 388 500 | 586 |
| 1957/1958 | 494 400 | 491 000 | 783 |
| 1958/1959 | 456 000 | 331 000 | 684 |
| 1959/1960 | 423 900 | 330 000 | 621 |
| 1960/1961 | 460 500 | 340 300 | 767 |
| 1961/1962 | 424 400 | 373 800 | 635 |
| 1962/1963 | 403 400 | 366 000 | 839 |
| 1963/1964 | 399 000 | 361 400 | 649 |
| 1964/1965 | 393 300 | 371 600 | 912 |
| 1965/1966 | 378 000 | 326 000 | 845 |
| 1966/1967 | 254 500 | 230 200 | 763 |
| 1967/1968 | 184 400 | 179 600 | 813 |
| 1968/1969 | 256 200 | 234 400 | 981 |
| 1969/1970 | 267 000 | 264 800 | 993 |
| 1970/1971 | 231 000 | 210 900 | 820 |
| 1971/1972 | 250 300 | 242 200 | 630 |
| 1972/1973 | 296 100 | 263 800 | 959 |
| 1973/1974 | 325 200 | 287 470 | 838 |
| 1974/1975 | 280 950 | 280 950 | 972 |
| 1975/1976 | 228 650 | 226 400 | 1185 |
| 1976/1977 | 313 230 | 312 780 | 1020 |
| 1977/1978 | 346 240 | 346 240 | 1384 |
| 1979/1980 | 389 650 | 388 910 | 861 |
| 1980/1981 | 231 000 | 197 750 | 925 |
| 1981/1982 | 286 300 | 285 300 | 1262 |
| 1982/1983 | 248 850 | 234 250 | 1063 |
| 1983/1984 | 315 000 | 303 000 | 1328 |
| 1984/1985 | 287 900 | 282 950 | 1218 |
| 1985/1986 | 221 850 | 220 250 | 998 |
| 1986/1987 | 150 200 | 147 050 | 1177 |
| 1987/1988 | 298 550 | 296 300 | 1843 |
| 1988/1989 | 288 950 | 288 950 | 1391 |
| 1989/1990 | 296 600 | 285 400 | 2397 |
| 1990/1991 | 429 600 | 366 700 | 1551 |
| 1991/1992 | 374 100 | 306 000 | 1574 |
| 1992/1993 | 255 800 | 211 200 | 1500 |
| 1993/1994 | 335 000 | 335 000 | 1467 |
| 1994/1995 | 498 000 | 428 000 | 1648 |
| 1995/1996 | 613 500 | 594 300 | 1400 |
| 1996/1997 | 612 000 | 550 000 | 1132 |
| 1997/1998 | 712 000 | 507 000 | 1024 |
| 1998/1999 | 430 000 | 395 000 | 941 |
| 1999/2000 | 198 000 | 193 000 | 1222 |
| 2000/2001 | 272 000 | 262 450 | 1287 |
| 2001/2002 | 93 000 | 87 850 | 1290 |
| 2002/2003 | 85 000 | 79 500 | 1330 |
| 2003/2004 | 160 000 | 152 000 | 1348 |
| 2004/2005 | 252 500 | 237 500 | 1201 |
| 2005/2006 | 200 000 | 200 000 | 1330 |
| 2006/2007 | 265 640 | 257 120 | 1281 |
| 2007/2008 | 190 000 | 184 994 | 1500 |
| 2008/2009 | 195 290 | 190 300 | 1192 |
| 2009/2010 | 336 420 | 336 350 | 1500 |
| 2010/2011 | 381 120 | 351 478 | 1508 |
| 2011/2012 | 260 470 | 220 895 | 1226 |
| 2012/2013 | 147 200 | 139 130 | 1380 |
| 2013/2014 | 297 600 | 285 245 | 1702 |
| 2014/2015 | 252 300 | 233 115 | 1272 |
| 2015/2016 | 185 800 | 179 640 | 1478 |
| 2016/2017 | 73 930 | 68 435 | 1991 |
| 2017/2018 | 123 575 | 122 125 | 2134 |
Elaboración propia con base en: Censo Nacional Agropecuario de 1937; Iñigo Carreras, 1975; Gaceta Algodonera, s/datos; Álbum Gráfico Descriptivo el Chaco, 1935; Censo Algodonero de la República Argentina 1935/1936, 1936; Capitanich y Ferreres, 2011: 244 y Ministerio de la Producción de la Provincia del Chaco.
Conclusión
A lo largo de este trabajo, hemos repasado los ciclos por los cuales el algodón fue transcurriendo desde que se comenzó a producir en Chaco. Así, pudimos analizar los inicios del cultivo en la región, las bases y condiciones sobre las cuales se asentó y las problemáticas que en torno a él se gestaron.
Durante su período de estancamiento y crisis, las propuestas se orientaron a eliminarlo como cultivo de referencia, cuestión que no se logró por la precariedad de una estructura agraria fundada en los pequeños y medianos productores incapaces de adaptarse a los nuevos requerimientos. Por esta cuestión, el Estado debió comenzar a generar políticas de acompañamiento y fortalecimiento de dicho sector, cuestión que mantuvo al algodón entre los productos agrícolas del Chaco. A mediados de los años setenta, las políticas se orientaron a modernizar al sector algodonero y volverlo competitivo; sin embargo, dicha estrategia se asentaba en el endeudamiento del sector, cuestión que logró su objetivo, pero con grandes costos cuando las condiciones se modificaron.
A partir de los años ochenta, el algodón se mantuvo presente, estable y su crecimiento dependió de la inversión de los grandes capitales y/o grandes productores que por momentos volvían a dar la importa de algodonera a la provincia y que se retiraban cuando los precios descendían. Los años noventa marcaron la diferencia; la apertura externa y las nuevas condiciones llevaron a que el Chaco viva su primavera algodonera, ya asentada sobre otras bases productivas, en las que la tecnología, la mecanización, las nuevas variedades y semillas y la inversión en industrializar la producción y logística marcaron la diferencia con todos los años anteriores. No obstante, cuando las condiciones volvieron a cambiar, el algodón se retrajo a cifras similares a inicios de los años dos mil, arrastrando y haciendo colapsar a la economía provincial.
En la actualidad, el algodón subsiste gracias a la doble presencia y articulación del Estado y los pequeños productores, que mientras el algodón pueda ser producido, se aferrarán a él.
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Roze, J. (2007). Luchas de clases en el Chaco contemporáneo. Resistencia: Librería de La Paz.
Valenzuela, C. (1999). “Dinámica agropecuaria del nordeste argentino (1960-1998)”, en Cuaderno de Geohistoria Regional, nº 38.
Valenzuela, C. y Mari, O. (2017). Territorio algodonero. Proceso de construcción de la identidad socio productiva vinculada al algodón en el Chaco. Buenos Aires: La Colmena.
Valenzuela, C. y Scavo, Á. (2009). La trama territorial del algodón en el Chaco. Un enfoque multiescalar de espacios en transición. Buenos Aires: La Colmena.
- Corresponde a una categoría de comercialización aplicada por Estados Unidos respecto del tipo de fibra. ↵
- Fue una generalidad que los productores agrícolas debieron desmontar las parcelas destinadas a la agricultura, por cuanto muchas de las tierras que se otorgaron estaban ocupadas por frondosos montes autóctonos.↵
- El ingeniero agrónomo Alberto Muello fue técnico del Ministerio de Agricultura de la Nación para los Territorios Nacionales de Chaco y Formosa (1915-1918). Además, se desempeñó como inspector de tierras fiscales (1918-1932); inspector de zona de la Dirección Agronomías Regionales y jefe interino de la misma dirección hasta 1947. Ha publicado: Calendario Agrícola del Chaco y Formosa (1918); Geografía de los territorios del Chaco y Formosa (1926); Geografía económica del Territorio de Santa Cruz (1928); Manual de agricultura (1945); El algodonero (1947), entre otros (¿Quién es quién en la Argentina?: biografías contemporáneas, 1958: 532). ↵
- Una de las principales características de esta producción algodonera era que los colonos ocupantes de las tierras fiscales eran considerados intrusos de las chacras que explotaban, hasta tanto no iniciaran el proceso de titularización; por este motivo existía una gran incertidumbre de afincarse o no en la explotación y con ello un marcado desinterés por capitalizar su explotación. Todo esto repercutía en la obtención de bajos promedios de producción (Borrini, 1987: 17). Entre las décadas del treinta y sesenta, el porcentaje de colonos que no tiene sus títulos de propiedad llega a cerca del 65% o 70%, y estos se hallan ubicados principalmente en las zonas del centro–oeste chaqueño. Del análisis de los datos, deducimos que los propietarios son escasos, y que seguramente se encuentran radicados en las colonias del este, que son las más antiguas.↵
- La compañía Bunge adquirió la fábrica de aceite y las desmotadoras de la Compañía Industrial y Comercial del Chaco con sedes en Resistencia y Presidencia Roque Sáenz Peña; Dreyfus se instaló en Charata con cuatro usinas desmotadoras; Anderson se instaló en Presidencia Roque Sáenz Peña con dos desmotadoras. ↵
- Sobre las diferentes políticas utilizadas por la Junta Nacional del Algodón para la difusión del textil, puede consultarse el trabajo de Noemí Girbal-Blacha (2004) y el trabajo realizado por Larramendy y Pellegrino (2005). ↵
- Sobre este tema existen diversos trabajos que han planteado de manera profunda las causas políticas, sociales y económicas del conflicto, así como también el desarrollo de los movimientos en las huelgas agrarias de 1934 y 1936. Podemos nombrar entre los más destacados el de Iñigo Carreras (1975) y el del mismo autor con Jorge Podestá (1991).↵
- Sobre la crisis del sector algodonero, existe una bibliografía muy variada, entre la que podemos mencionar: Beck, 1989; Besil, 1979; Larramendy y Pellegrino, 2005; Brodersohn, Slutzky y Valenzuela, 2009; entre otros. ↵
- El promedio de fibra que se obtenía del desmote del algodón en bruto no superaba el 30% del volumen ingresado. ↵
- Los principales problemas productivos que se presentaron entre 1950 y 1965 fueron: sequías y plagas para la región centro; escasez de braceros y pérdida de la calidad de la fibra en general para todo el Chaco. Los inconvenientes externos a la región también continuaron: inmovilización de la industria nacional y créditos insuficientes.↵
- “Redescuento” es un término que se utiliza en el sistema bancario para designar una operación que consiste en que una institución de crédito (Banco Central o Banco Nación) descuenta a otra entidad financiera (banco provincial) o a un particular (cooperativas) documentos de cartera de crédito (capital originario). La operación de redescuento generalmente tiene por objeto obtener una fuente adicional de recursos para que las instituciones puedan ampliar su campo de actividades, mejorando su liquidez. De esta manera se obtiene un crédito por el mismo monto que se va a otorgar.↵
- Entre las principales características de la maquinaria podemos mencionar que estaban las de dos, cuatro y cinco surcos, y módulos compactadores para el manejo a granel del algodón en bruto. ↵









