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Desgastando la minorización de lo femenino-feminizado

La experiencia de Rosario, mujer horticultora y cuidadora del cinturón verde

Luciana Dezzotti[1]

Introducción

Escribo en un momento de revuelta, más revoltoso aún que cuando me propuse compartir la experiencia de Rosario, mujer horticultora y cuidadora del cinturón verde de Córdoba. La horticultura y el cuidado son parte medular de la sostenibilidad de la vida, proceso histórico de reproducción social, complejo, dinámico y multidimensional de satisfacción de necesidades (Carrasco, 2014). Trabajos que implican un sinfín de actividades que difícilmente pueden universalizarse, sino que requieren el acercamiento, la escucha y la observación; requieren permeabilizar el cuerpo y sensibilizarlo; requieren reconocer y reconocernos diversas y situadas. Por esto, hablar y escribir sobre horticultura y cuidado, al menos para mí, implica vincularnos políticamente con otras mujeres.

La experiencia de Rosario se entrelaza con la de Juana, Ermelinda, Elda, Lucía, Carolina, Sandra y Noemí. Mujeres rurales, campesinas, marrones, arrendatarias, medieras, dieras, migrantes, bolivianas, argentinas, del norte, jóvenes, adultas y algunas viejas (entre otras tantas posibles marcaciones culturales de diferencia y en algunos casos identidades políticas). Mujeres diversas pero que comparten el trabajo en/con la tierra, las semillas, las plantas, otros animales y el cuidado de todo esto, de ellas mismas, de sus familias, comunidades y de quienes vivimos en las grandes ciudades y dependemos de sus producciones y elaboraciones para sostener nuestra alimentación, salud y vida. Mujeres diversas que en tramas de huertas familiares dedicadas principalmente a la producción intensiva de verduras de hoja, inflorescencias, raíces, tubérculos y frutos conforman el cinturón verde de Córdoba (Barsky, 2005; Castagnino, Diaz, Fernandez Lozano, Guisoliz, Liverotti, Rosini y Sasale, 2020; Giobellina, Marinelli, Lobos, Eandi, Bisio, Butinof, (…) y Romero Asís, 2022).

Cada una de ellas es parte de mi proceso doctoral, repleto de emociones e intelecto (García y Ruiz, 2020) y en el cual los feminismos latinoamericanos han sido y son sostén. A diferencia de otras corrientes, estos nos invitan a entrelazar militancia y academia mientras cuestionan los marcos políticos e interpretativos universalistas sobre las mujeres y sus experiencias (Aguinaga Barragán, Bilhaut, Cubillos Álvarez, Flores Chamba, González Guzmán (…) y Pérez Orozco, 2017). Dentro de estos, Rita Segato (2018) afirma que el patriarcado, patrón jerárquico originario, se sostiene y renueva mediante la minorización de lo femenino-feminizado: la representación y posición de las mujeres entre otros “otros” (no-blancos, coloniales, marginales, subdesarrollados, deficitarios) distintos al “Uno” (sujeto universal, humano generalizable, con H: masculino, hijo de la captura colonial, blanco blanqueado, propietario, letrado, pater-familias) en el pensamiento social (p. 102). Así, minorización alude a “tratar a la mujer como menor y arrinconar sus temas en el ámbito de lo íntimo, de lo privado y de lo particular como tema de minorías y en consecuencia como tema minoritario” (p. 99). Así, tanto los cuerpos, procesos productivos y reproductivos –unos más que otros–, de sostenibilidad de la vida, conocimientos, saberes y afectaciones vinculadas, y las formas políticas que estos condensan, resultan suplementarios. Sostengo que en América Latina/Abya Yala y particularmente en territorios rurales y rural-urbanos la minorización se materializa y a su vez refuerza mediante al menos dos mecanismos: la des/subvalorización e invisibilización del trabajo agrícola y la naturalización y despolitización del trabajo de cuidado.

De acuerdo con Biaggi y Knopff (2021), quienes realizan una revisión del Censo Nacional de Población de 2010 y del Censo Nacional Agropecuario de 2018, en Argentina existe un subregistro de la contribución de las mujeres a la economía familiar y social. Se borran trabajos, procesos y cuerpos, y entre estos el agrícola. Según las autoras, tanto las mujeres como las encuestas y encuestadores son responsables de este borramiento, e identifican distintos motivos. Por un lado, el trabajo agrícola no es remunerado, o bien la remuneración es retribuida al sujeto masculino-masculinizado. Por el otro, se trata de trabajos estacionales, lo que implica momentos de supuesta pasividad. Y por último, muchas de las actividades que son parte del trabajo agrícola tienen similitudes con el trabajo de cuidado, se niegan las diferencias y así se lo naturaliza. En este sentido, Pérez Orozco (2014), Korol (2016) y Aguinaga Barragán y col. (2017), entre otras, sostienen que las formas clásicas de mirar y sentipensar las actividades, trabajos y procesos económicos están centrados en la valorización del capital, impregnadas por lógicas heteropatriarcales, coloniales y situadas en lo industrial-urbano en donde el cuidado de las huertas, los animales, semillas y demás se considera extensión de la reproducción biológica y de la fuerza de trabajo.

En cuanto al segundo mecanismo de minorización, la naturalización y despolitización del trabajo de cuidado, históricamente las mujeres “son” quienes saben, pueden y quieren cuidar cuerpos, espacios y vínculos (Lerner, 2018); haceres, saberes y sentipensares cuidadosos a los cuales se les arrebata el carácter político, es decir, la capacidad de sintetizar y regenerar la forma de su vida social (Gutiérrez Aguilar, Navarro Trujillo y Linsalata, 2016: 381). En los territorios rurales y rural-urbanos el cuidado adquiere características particulares que profundizan los mecanismos de minorización mencionados, las cuales exigen otras formas de cuidar, sobrecargan y desgastan los cuerpos cuidadores. Entre estas particularidades se encuentra la cercanía entre la unidad de producción y la unidad doméstica junto a la dificultad de establecer límites entre aquellas actividades que producen mercancías y las que nutren, recuperan y sostienen la vida; también la convivencia con el agroextractivismo, sean campos de cereales o leguminosas o pequeñas producciones de alimentos permeadas por expresiones de la agricultura industrial[2]; y por último, la débil cobertura de servicios de provisión de cuidado, entre otros recursos de infraestructura adecuada (Angulo, Alberti y Mascheroni, 2022).

Ante los mecanismos que materializan y refuerzan el patrón jerárquico originario, las mujeres siguen siendo, haciendo y percibiendo en vínculo con la tierra, con las semillas, con las plantas y los alimentos, con ellas mismas, sus familias y comunidades. Los recorridos por el cinturón verde de Córdoba aportan al mapeo de lo mencionado revelando cuerpos femeninos- feminizados, trabajos y otros procesos minorizados, pero a su vez, mujeres que van y vienen, entre la huerta, los hogares, los mercados, ferias y otros espacios colectivos y comunitarios. En este escrito elijo compartir la experiencia de Rosario con la intención de aportar al desgaste de la des/subvalorización e invisibilización del trabajo agrícola, y la naturalización y despolitización del trabajo de cuidado.

Como mencioné anteriormente, esta experiencia se entrama con la de otras mujeres horticultoras y cuidadoras con las cuales nos vinculamos desde el año 2022, en el marco de la tesis doctoral “Sostenibilidad de la vida y salud-enfermedad: procesos vividos por las mujeres horticultoras-cuidadoras del cinturón verde de la ciudad de Córdoba, Argentina”. El abordaje investigativo es cualitativo desde un posicionamiento epistemológico feminista situado, el cual implica reconocer las localizaciones de poder que se habitan, aquellas que organizan el espacio de vida y al mismo tiempo, aportar a su desgaste (Alvarado, Fischetti y Fernández Hasan, 2020; Bartra, 2010; Haraway, 1995). En este sentido, las entrevistas no direccionadas y la observación participante fueron las estrategias de investigación llevadas a cabo durante este tiempo.

La entrevista con Rosario tuvo lugar en abril de 2023 en la huerta que comparte con integrantes de su familia nuclear y extendida, ubicada en la zona sur del cinturón verde de Córdoba. Llegamos ahí a partir del contacto de Sandra y Noemí, compañeras de asamblea y cooperativa de trabajo y varios mensajes entre medio. El encuentro duró aproximadamente dos horas, tiempo en el cual Rosario cuidó a su hija Eva de cuatro años y nosotras acompañamos. Nos ubicamos a un costado de la huerta, alejadas de sus hermanas, hermanos y padre, quienes sin intervenciones continuaron trabajando en la tierra. El material, entrevista no direccionada y observación participante, fue codificado mediante el software Atlas.ti, a partir del cual se conformaron cinco grandes categorías: historia de vida en vínculo con la horticultura y el cuidado, contexto particular de vida, trabajo hortícola, trabajo de cuidado y percepciones de salud. Tomando cada una de ellas se reconstruye la experiencia de Rosario.

La horticultura y el cuidado de la vida como impulsos en el ir y venir de Rosario

Rosario tiene un poco más de 30 años, nació en Santa Fe, pero desde los 6 años se desplaza por el interior del país junto a su familia nuclear; en ese entonces familia conformada por su madre, padre, dos hermanas algunos años mayores que ella y un hermano menor. Los desplazamientos familiares comienzan previo a su nacimiento. Su padre y madre, quienes nacieron y vivieron en Bolivia, fueron y vinieron principalmente por la posibilidad de realizar trabajo temporario en el norte de Argentina. Mientras pasaban los años, como las infancias crecían y podían participar del trabajo agrícola, fueron dejando poco a poco los procesos migratorios. Los relatos de Rosario permiten entrever que los desplazamientos entre países, provincias y ciudades siempre fueron motivados por la agricultura, el cuidado y la reproducción de la vida. Hoy sucede lo mismo: “mi papá nos inculcó mucho eso, cuando se vino de migración se venía por campo, por campo, por campo y después nos quedamos en la verdura nomás”.

Así, entre adaptaciones y progresos socioeconómicos “de quinta en quinta” Rosario y su familia pasaron por la figura de peones y de medieres, hasta la actualidad, en que ella junto a nueve integrantes de su familia arriendan cuatro hectáreas en la zona sur del CVC[3]. La huerta es compartida con otras seis familias arrendatarias, siendo un total de 14 hectáreas. Esta se ubica a 15 kilómetros del centro de la ciudad capital y se conforma principalmente por calles de tierra, campos de producción extensiva, pocos comercios, principalmente almacenes y quioscos, algunos servicios industriales, producción avícola industrial, viviendas particulares, barrios cerrados, privados o countries y, por último, arrinconados, campos de producción hortícola. A diferencia de lo que mencionan otras mujeres horticultoras y cuidadoras del CVC, y lo ya documentado a nivel regional, la vivienda de Rosario se ubica en un barrio vecino, a 6 kilómetros de la huerta. En el ingreso a su casa, a un costado del canal de riego, fueron conformando un pequeño espacio de cuidado que traspasa los límites de lo doméstico. La vivienda es propia, allí Rosario convive junto a su hija Eva de 4 años, una de sus hermanas con su niña pequeña y su padre de unos 70 años aproximadamente. Durante el encuentro menciona que el intercambio monetario que obtiene por el trabajo hortícola le permitió acceder a dicha vivienda: “Tenemos una retribución mutua, tenemos un buen precio, vamos haciendo, tratando de ganar plata. Hasta ahora nos va funcionando porque hemos podido tener casa, estamos terminando de hacer nuestra casa”. Tener “casa” para Rosario no solo es sostén para ella y su familia en la actualidad sino también lo que le permite diagramar un futuro más cuidadoso:

Mi plan ahora es estar un tiempo más, tener todo lo que quiero para mi casa, remodelarla y todo eso, y después bueno buscar un negocio que siempre sale: ropa o ponerme un kiosco o buscarme una verdulería. Ya me conozco todos los mercados, sé que me van a hacer precio (…) ya el tiempo cansa, primero porque ahora son tiempos de lluvia y frío, nos cansamos nosotros más que todo corporalmente. A mi papa le duelen las rodillas y eso. Entonces por eso es un tiempo para obtener todas las ganancias que queramos tener y después retirarnos ir a buscar algo más tranquilo que no sea tan forzoso‬.

Los días de Rosario son “miti quinta y mitad hogar tres”, lo cual no quiere decir que sean la huerta y la vivienda los únicos espacios concurridos. Los días sábados y domingos ella realiza trabajo hortícola y de cuidado, incluyendo aquí el autocuidado, en espacios cooperativos y asamblearios. En cuanto al primero, desde 2018, Rosario forma parte de una cooperativa de trabajo junto a trabajadores de la horticultura de zona sur del CVC. La mayoría de las personas que la integran son mujeres, ella las menciona “colegas” y relata momentos previos compartidos, “a Sandra la conocemos de mucho más antes (…) tenía unos diez por ahí (…) ahora vivimos en el mismo barrio, estuvimos allá atrás también con ella y después compartimos acá”. En sus inicios la gestión del plan social “potenciar trabajo”[4] fue el principal motivo de encuentro para la cooperativa, hoy comparten las problemáticas sentidas por cada una de las integrantes vinculadas a la horticultura, establecen sus propios fines, diagraman alcances y posibles soluciones mientras acuerdan ritmos según las posibilidades individuales y colectivas:

Ahora nos formamos cooperativa legalmente e hicimos una plenaria para ver qué es lo que queríamos y qué es lo que nosotras necesitábamos (…) por ejemplo un espacio de tierra, queríamos conseguir unas cuarenta hectáreas para poder sacar a mis otros compañeros que son medieros.

A su vez, Rosario participa de una asociación de personas de nacionalidad o identidad política boliviana en el barrio donde se encuentra su vivienda. Nuevamente entre mujeres hermanas, amigas y compañeras juegan al futbol en una asociación donde participan “todos los bolivianos” y además ensayan bailes de tradición boliviana. En este sentido, Gutiérrez Aguilar, Sosa y Reyes (2018) nos hablan de un “entre mujeres”, prácticas cotidianas de relación entre nosotras, de apoyo mutuo inscritas en redes de parentesco, amistad, tramas asociativas comunitarias, conformadas o no como movimientos políticos sociales populares y experiencias explícitamente feministas que en su permanencia construyen orden simbólico (p. 8). ¿A qué orden nos referimos? A uno en donde las separaciones de las mujeres entre sí, de cada una con su progenie y sus creaciones no sea la única práctica social propuesta[5].

“Voy, vengo, vuelvo y si es mi día tengo que cocinar”: el hacer que desgasta lo históricamente minorizado

Para Rosario las jornadas de trabajo hortícola son extensas. Comienza cinco o seis de la mañana y finaliza al oscurecer; como en otras experiencias, la estación del año, las temperaturas y las horas de sol las determinan. De martes a viernes trabaja durante al menos doce horas y los días sábados, domingos y lunes durante la madrugada, mañana o tarde, siendo estos los días en donde comparte actividades de cuidado y autocuidado junto a otras personas (fútbol, baile, almuerzos en familia). Inicia con el traslado de las y los integrantes de la familia desde sus viviendas a la huerta, no solo quienes viven con ella sino también hermanas, sobrinas y sobrinos, lo cual implica varios desplazamientos en el interior del barrio y barrios vecinos. Continúa con la gestión de los insumos productivos de acuerdo con los tiempos de producción y las demandas del mercado; esto incluye la compra de semillas, plantines, “venenos”, manta y la recolección de guano de gallina de avicultura industrial, producto que utilizan como fertilizante. Luego regresa a la huerta, algunas veces continúa con el trabajo allí en vínculo con la tierra, preparación, colocación de los plantines y mantas protectoras, y otras veces va directo al mercado donde comercializa las hortalizas. La comercialización inicia en la huerta, Rosario junto a integrantes de la familia cosechan las hortalizas, las higienizan y colocan en bolsas, en atados o individuales para luego preparar los cajones y cargarlos en la camioneta; luego en el mercado Rosario acomoda la mercadería en pequeñas islas, ofrece sus alimentos (menciona brócoli, repollo, cebolla de verdeo, acelga, perejil, remolacha, rúcula, achicoria, zapallito y lechuga), los intercambia por dinero y al finalizar la tarde acomoda el espacio y regresa a la huerta. Durante toda la jornada este ir y venir implica largos traslados entre viviendas, huerta y espacios de comercialización.

De acuerdo con Rosario, el trabajo hortícola se organiza de manera familiar. En esta organización ella se atribuye principalmente la gestión de insumos y comercialización de hortalizas. La primera da inicio al proceso productivo (esto sin tener en cuenta lo reproductivo y de cuidado que lo nutre) y la segunda es la que cierra dicho proceso, teniendo en cuenta siempre las demandas de las personas consumidoras, estaciones del año y temperaturas. Así Rosario aporta al sostén y continuidad del trabajo:

Mayormente estamos todos divididos. Mi papá es el que riega, mi hermano se encarga del tractor y de rastrear, mis hermanas, ellas empiezan a carpir o a echar urea o lo que sea. Y yo me encargo de llevar la mercadería, comercializarla, tratar de sacar mercadería y saber ver, comprar plantines, comprar semillas, comprar veneno. Todos los insumos que yo tengo que traer (…) Y también soy la que bueno, tengo que ir diciéndole que mercadería necesito que vayan poniendo más rápido. Es mucho trabajo (…) yo planifico. Necesito los plantines para tal fecha porque yo necesito que salga a un mes de acá y así lo voy teniendo. Por eso ahora lechuga tengo de vuelta para plantar, por eso lo estaba apurando a mi hermano ahora para que me hiciera tierras. Porque ya llego el invierno y tenemos que tener todo plantado.

A su vez, quiero destacar otras actividades que hacen a la permanencia y continuidad del trabajo pero no suelen ser consideradas en los manuales de agricultura/horticultura clásicos. Me refiero a la enseñanza, el aprendizaje y compartencia de saberes vinculados, las experimentaciones con semillas e insumos biológicos o nuevas fórmulas y combinaciones de biocidas y la participación en procesos organizativos. Rosario asiste a cada uno de los encuentros que se proponen en la cooperativa de trabajo, mensualmente en espacio asamblea y otro día si acuerdan acciones conjuntas. El lugar de encuentro es el hogar y huerta de una de sus compañeras, quien posee además un galpón grande que fueron acondicionando para su comodidad. Como mencioné en un principio, el impulso inicial para su organización fue el plan social Potenciar Trabajo, actualmente parte de lo que reciben les permite sostenerlo:

Cada vez se van agregando más gente y compramos sillas y mesas, pagamos las fotocopias que necesitamos, si necesitan ir a algún viaje o algo que la invitan también sale de nuestro fondo. Tenemos nuestro fondo de lucha que para fin de año, comemos asado (…) También con ese fondo de lucha nosotros pagamos un galpón que tenemos ahí con la compañera.‬‬

Los encuentros cooperativos resultaron en diálogos con otras organizaciones sociales, con instituciones y personas funcionarias de la provincia de Córdoba y también en feriazos, elaboración de bolsones con hortalizas de casi todas y participaciones en espacios educativos y en encuentros de mujeres rurales. Similar a lo que sucede en la huerta familiar, en la cooperativa Rosario continúa con las actividades de gestión, entre ellas la adquisición de un préstamo, la compra colectiva de semillas y del armado de los bolsones de hortalizas teniendo en cuenta posibilidades de cada una. Nada de todo esto lo realiza sola, siempre hay distribuciones conjuntas, las cuales aportan a la cooperativa y también a la economía de cada una de las familias: “en invierno a la mayoría queda mercadería y es bueno que la vendamos en bolsones así no se nos va acumulando mucho (…) a mí me queda acelga, a la otra lechuga entonces implementamos en bolsa y vamos sacando”.

Como es notorio, la mayoría de las actividades parte del trabajo hortícola se realizan de manera familiar y cooperativa, teniendo en cuenta cada una de ellas, los saberes, tiempos, energías y posibilidades de las personas miembras para su distribución. En esta experiencia y a diferencia de otras documentadas, tanto en el territorio de interés como en otros ámbitos rurales, no es notoria la división entre aquellas actividades típicamente (patriarcalmente) masculinas-masculinizadas y las femeninas-feminizadas. Rosario es gestora y proveedora de insumos y dinero, habita los espacios públicos en donde los hombres son mayoría y también representa a sus compañeras de cooperativa en radios, establecimientos educativos y demás espacios de difusión y compartencia. Pero también cuida el cuerpo de otras personas, a veces el propio, los espacios y las relaciones, cuidado feminizado que se entrama con la horticultura y extiende aún más la jornada de trabajo.

En el ámbito doméstico Rosario realiza el cuidado directo de Eva, su padre y sobrina, personas dependientes con las cuales convive, y también de su hermana, con quien se cuidan mutuamente, “cuando mi hermana no viene al campo y se queda en casa, voy a mi casa y ella me cocina entonces de ahí me llevo mi comida [al mercado]. Es más fácil, es más rico”. A su vez, establece necesidades de consumo diario, tanto de alimentos como de otros productos, tiene en cuenta gustos y posibilidades monetarias, para luego producir, cosechar, intercambiar o trasladarse a grandes supermercados para obtenerlos. Prepara alimentos, se ocupa del lavado de la ropa y de la limpieza, orden y preservación de la vivienda. Traslada a Eva a establecimientos de salud, educativos y “los otros lados que necesita” mientras acompaña estos procesos. Salvo los cuidados directos de su hija pequeña, la mayoría de las actividades mencionadas las distribuye entre las mujeres adultas de la vivienda: Rosario y su hermana

Nos turnamos, somos poquitas, entonces es: yo llego al mercado ella también está trabajando en el campo, llegamos a casa y tenemos un día intermedio. Hoy cocinas vos y yo cocino mañana, a ella le toca al otro día y así vamos. El tema de la limpieza cada una su cuarto y la ropa de ella lo mismo (…) también tengo que ordenar mi cuarto, la ropa, Eva mañana tiene que ir a la escuela, poner a lavar la ropa, me pongo a limpiar ordenar el cuarto y después a dormirme. Todos los días tenemos que lavar.

El trabajo de cuidado se extiende más allá de la vivienda. En la huerta, Rosario observa y acompaña continuamente a Eva y a su padre, asistiendo sus necesidades de alimentación, descanso y trabajo hortícola: “no lo puedo sacar, no quiere dejar el campo. Es mejor darle tareas livianas que se sienta el que sí puede (…) si lo sacamos del campo se destruiría”. A su vez, entre toda la familia sostienen un espacio de alimentación, higienización, descanso y celebración al costado de la huerta, debajo de unos árboles y delante del canal de riego. Los fines de semana, en que las jornadas de trabajo son menos extensas, preparan alimentos y los consumen en familia.

A su vez, en los relatos de Rosario es posible identificar el cuidado en lo comunitario en el espacio cooperativo que conforma entre mujeres y algunos varones. De acuerdo con Vega, Martínez-Buján y Paredes (2018), se trata de prácticas heterogéneas que a veces remiten a procesos de autogestión basados en la afinidad y la elección, a veces son una prolongación de la familia extensa, mientras que en otras ocasiones se entrelazan con servicios del Estado o de organizaciones particulares (p. 22). Lo importante aquí y que identifico en la experiencia de Rosario y compañeras es que la realización y diseño del cuidado es entre todas, un apoyo continuo deliberado, regular y autoorganizado. La distribución de tareas según las posibilidades individuales, familiares y colectivas en pos del cuidado del dinero, los alimentos-mercadería, el tiempo y la energía vital de cada una, el acondicionamiento y mantenimiento del espacio físico donde se reúnen, la remuneración por el uso del espacio que pertenece a cada una de ellas y la comunalización del dinero para gestiones propias del trabajo hortícola pero también descansos y celebraciones. En cuanto a las primeras:

si ellos necesitan verduras yo les digo sí lleven porque en otras cosas no me puedo comprometer no tengo mucho tiempo (….) las tareas nos las dividimos bien. Quien pueda reparte, quien pueda pagamos flete, quien pueda armar los bolsos y quien no entrega verdura. Así hacemos. Varias son medieros y eso también es lo que les lleva por ejemplo que no pueden sacar mercadería sin pedirle al dueño. Por lo cual ellos arman los bolsones y nosotros ponemos la mercadería.

Por último, en sintonía con lo antes mencionado, cada una de las actividades que Rosario despliega en la asociación de personas de nacionalidad o identidad política boliviana en el barrio donde se encuentra su vivienda pueden ser interpretadas como cuidado, en lo comunitario y autocuidado. Por un lado a partir de los bailes, partidos de fútbol y demás encuentros entre mujeres hermanas y amigas resguardan, reafirman y recrean las huellas del pasado mientras cuidan de sí mismas a partir de la recreación, el movimiento y, la compartencia de sentires, pensares y momentos de comida. De acuerdo con la Red de Salud de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe (García Salamanca, 2021) junto a los abordajes de Arias Guevara y Echeverría León (2021), el autocuidado es estrategia sustancial para que las mujeres se encuentren a sí mismas, a nosotras mismas, una práctica de ser y estar para reconocernos, refugiarnos, sanarnos, curarnos, reivindicarnos y satisfacernos.

El entramado de trabajos, hortícola y de cuidado, le deja a Rosario poco tiempo para los descansos y la recreación, dos actividades que aportan al autocuidado de sus procesos de salud y enfermedad. De igual manera, entremezclados en la entrevista es posible recuperar autocuidados consigo mismas y junto a sus hermanas y compañeras de cooperativa. Sostener y recuperar las prácticas de autocuidado en una configuración patriarcal que minoriza cuerpos y procesos femeninos-feminizados mientras impone el ser de y para otres[6] intenta también desgastar la minorización patriarcal.

Reflexiones finales

Los acercamientos y compartires desde un sentipensar feminista situado en América Latina/Abya Yala y particularmente en territorios rurales y rural-urbanos nos permiten aportar al desgaste de la minorización patriarcal. Es cuestión de abrir los ojos, el corazón, la piel; de acercarnos y compartir, para así conocer lo que ellas hacen, dicen que hacen, perciben y demás. Como mencioné al principio, hablar y escribir sobre horticultura y cuidado implica vincularme políticamente con las mujeres, pero no siempre ha sido así. Este modo de habitar la academia, la ciencia y la vida emerge de ciertas prácticas que tensionan los modos legítimos de conocimiento: objetivos, universales, neutrales y descorporizados.

La experiencia de Rosario tiene algunas similitudes con las de otras mujeres rurales, rural-urbanas, agricultoras, campesinas y demás categorías/identificaciones políticas. Pero también diferencias que requieren ser documentadas. Desde casi siempre ella va y viene entre provincias, ciudades y barrios; de su vivienda a la de sus hermanas y hermanos, de allí a la huerta, de la huerta a los espacios de comercialización de hortalizas, del mercado o ferias a la escuela de Eva, de la escuela a la cooperativa, de la cooperativa a la asociación de personas de nacionalidad o identidad política boliviana. Va y viene entre estos espacios y otros varios que seguramente desconozco, que seguramente se borran durante una conversación con poco tiempo, poca energía y cansancio, afectación que Rosario menciona a lo largo de nuestro encuentro. De igual manera sigue yendo y viniendo impulsada por la horticultura, la reproducción y el cuidado de la vida.

Entre límites difusos es posible identificar las actividades que son parte del trabajo hortícola y de cuidado. Rosario realiza los traslados de las y los integrantes de la familia, gestiona los insumos productivos, prepara la tierra, coloca los plantines y mantas protectoras, cosecha las hortalizas, las higieniza y las coloca en bolsas o atados para luego acomodarlas en los cajones, carga las hortalizas, se traslada al mercado, las acomoda en pequeñas islas, ofrece sus alimentos, los intercambia por dinero y al finalizar la tarde acomoda el espacio y regresa a la huerta. Realiza casi todas las actividades propias del trabajo hortícola, siendo la gestión de los insumos y la comercialización de las hortalizas-mercancías sus deberes en la organización familiar del trabajo. Ella aporta a su sostén y continuidad. En cuanto al trabajo de cuidado Rosario cuida a su hija, a su padre, a sus hermanas y hermanos, sobrinas y sobrinos, cuida a sus amigas y compañeras; cuida en la huerta, en la vivienda, en la cooperativa y en la asociación; y entre tanto cuidado también cuida un poco de sí, principalmente entre mujeres.

A su vez, la horticultura y otros trabajos que producen alimentos-nutrientes-cuidados para individuos, familias y comunidades invitan a cuestionar, casi todo el tiempo, los límites conceptuales propuestos para pensar los trabajos de manera fragmentada: aquellos que producen mercancías y aquellos otros que nos reproducen. Para esto, la sostenibilidad de la vida es categoría que nos permite identificar ámbitos, procesos, trabajos y corporalidades para así comprender ¿quiénes sostienen la vida?, ¿cómo lo hacen?, ¿dónde lo hacen?, ¿por qué lo hacen?, ¿cuánto tiempo implica?, ¿cuánta energía vital requiere?, ¿corazón?, ¿cuerpo?, ¿conocimientos?, ¿de dónde provienen? O, mejor dicho, ¿quién nos comparte todo eso?, ¿quiénes?, ¿qué valor le damos?, ¿qué valor nos damos?, ¿qué valor nos dan? Entre tantas otras.

La experiencia de Rosario aporta al desgaste de al menos dos mecanismos que materializan y refuerzan la minorización patriarcal: la des/subvalorización e invisibilización del trabajo agrícola, y la naturalización y despolitización del trabajo de cuidado realizado por mujeres, entre otros cuerpos femeninos-feminizados.

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Vega, C.; Martínez Buján, R. y Paredes, M. (2018). Introducción. En Vega, C.; Martínez Buján, R. y Paredes, M. (eds.). Experiencias y vínculos cooperativos en el sostenimiento de la vida en América Latina y el sur de Europa. Madrid: Traficantes de sueños.


  1. IECET, CONICET, UNC; CenINH, EN, FCM, UNC. Luciana.dezzotti@unc.edu.ar.
  2. A pesar de las grandes diferencias que existen entre la agricultura que alimenta y el agroextractivismo, en el CVC como en otros ámbitos rurales y rural-urbanos, se expresan ciertos rasgos característicos del modelo agrícola industrial, entre los cuales queremos destacar: el uso intensivo de plaguicidas, semillas híbridas, maquinaria acorde y, en algunos casos, el mal llamado equipo de protección personal (Giarraca y Teubal, 2010). De igual manera las producciones que allí se realizan aportan a la recuperación y protección de la salud humana, de la tierra y a la autonomía de los pueblos (Grupo ETC, 2017).
  3. Roberto Benencia conceptualiza lo mencionado como “escalera boliviana”: proceso de movilidad social ascendente donde los lazos sociales son fundamentales y a partir del cual las personas trabajadoras migrantes de Bolivia se han transformado con el tiempo en arrendatarias e inclusive un número menor de ellas han alcanzado la categoría de propietarias. Ver: Benencia, R. (1997). De peones a patrones quinteros. Movilidad social de familias bolivianas en la periferia bonaerense. Estudios Migratorios Latinoamericanos, 12 (35), CEMLA, Buenos Aires. Benencia, R. (2013). Cómo construyen lazos fuertes y lazos débiles los horticultores bolivianos de la provincia de Córdoba. En Karasik, G. (coord.), Migraciones internacionales: reflexiones y estudios sobre la movilidad territorial contemporánea. Buenos Aires: Fundación CICCUS.
  4. Más información en https://www.argentina.gob.ar/capital-humano/potenciartrabajo.
  5. En Dezzotti, L. y Butinof, M. (2021) profundizamos sobre el “entre mujeres” en el territorio de interés como práctica que subvierte la mediación patriarcal; dos conceptos propuestos por Raquel Gutierrez Aguilar, María Noel Sosa y Itandehui Reyes (2018).
  6. De acuerdo con Marcela Lagarde (1995), la configuración cultural patriarcal condiciona a las mujeres, entre otros cuerpos femeninos-feminizados, a ser a través de los otros, parte de los otros y para los otros. Un cautiverio-círculo vital que se estructura según el cuerpo sexualizado y la relación de poder. Así, seamos madres, esposas, hijas, entre otras, se nos asignan ciertos haceres, decires, pensares y sentires posibles y dependientes, en donde el desconocimiento e imperceptibilidad de nosotras mismas y de nuestras capacidades es central.


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