Recapitulación
Tal como se afirmó al inicio del presente libro, a raíz de esta investigación fue posible identificar tres grandes “problemas” que atravesaron y definieron las prácticas estatales referidas a los baños de las escuelas primarias entre 1875 y 1905. Un primer problema vinculado a la definición del espacio escolar en el período estudiado. Allí se propuso como hipótesis que un análisis de la emergencia de las “letrinas” en los edificios escolares podía resultar útil para dar cuenta de un fenómeno mayor, vinculado a la ampliación del campo de “visibilidad” (Deleuze, 2013; Foucault, 2002). Asimismo, se postuló que este nuevo régimen de visibilidad hizo posible la formación del “espacio escolar” (distinto del estrictamente áulico); así como el despliegue de tecnologías específicas de gobierno (Dussel & Caruso, 1999; Foucault, 2001, 2007; Scharagrodsky, 2008).
El segundo problema se relaciona con algunas discontinuidades existentes entre las prescripciones del “higienismo” y las nociones de “higiene” vigentes en ese entonces. Esta parte se centró en describir el grado de desarrollo de los circuitos de provisión de agua corriente y cloacas en la ciudad de Buenos Aires; y las características técnicas que poseían los incipientes baños escolares. Se demostró la singularidad del vínculo higiene-baños de ese entonces, manifestando acuerdos con posturas que identifican dos concepciones de “higiene”: una entendida como limpieza basada en la utilización de agua, y otra fundada en la intervención masiva sobre prácticas sociales (Cowen, 2000; Di Liscia & Fernández, 2014; Gonzalez Leandri, 2006; Paiva, 1996; Vigarello, 1991). Además, se reiteró el vínculo existente desde mediados del siglo XIX entre “higiene” y “moral”; así como la creencia en que generalizar las prácticas de higiene contribuiría a resolver la “cuestión social” (Murillo, 2015; Vigarello, 1991; Viñao Frago, 2009).
El tercer problema está vinculado a la segmentación del espacio escolar en relación con la construcción sexo-generizada de los cuerpos escolarizados. El interés aquí fue simplemente proponer algunas hipótesis, dado que en el período estudiado (1875-1905) la separación sexual de los baños de las escuelas primarias fiscales no se había consolidado. Allí, se propone que los baños escolares se constituyeron progresivamente en dispositivos de normalización (Butler, 2002; Scharagrodsky, 2006, 2008) intragénero, y que estas diferencias podían relacionarse con los debates —irresueltos— acerca de la coeducación de los sexos. En ese sentido, se sugiere que en el período contemplado por este trabajo (1875-1905), muchas de las preocupaciones que se cristalizaban en las discusiones acerca de la educación común, de la coeducación o como “el problema de la mujer” se relacionaban con cuáles serían los cuerpos, los gestos, las funciones y los lugares que deberían ocupar “las mujeres” y “los hombres” en el proceso de modernización en marcha.
Como resultado de este trabajo, quisiera compartir algunas reflexiones. En primer lugar, me detendré en ciertas implicancias que ha supuesto partir de reflexiones foucaultianas acerca de las relaciones de saber-poder. Allí también mencionaré en qué medida creo posible reinscribir los análisis acerca de los procesos de subjetivación-corporalidad en un trabajo que ha tenido a un “espacio” por objeto de estudio. En segundo lugar, caracterizaré la noción de “visibilidades” y propondré algunas hipótesis acerca de la operatoria y los efectos de los regímenes de visibilidad desplegados por el objeto arquitectónico “sanitario escolar”. En tercer lugar, reiteraré la existencia de un interés por administrar los espacios vigente durante fines del siglo XIX, y la consecuente proliferación de dispositivos destinados a socializar a las personas espacialmente. Luego, postularé que estas tecnologías implicaron estrategias de “educación corporal” que contribuyeron a la emergencia de corporalidades “novedosas”. Finalmente, propondré una periodización, señalando algunas mutaciones en el régimen de visibilidad desplegado por los baños entre fines del siglo XVIII y principios del XX. Una primera etapa de la práctica abierta, pero no visible; una segunda etapa de visibilidad parcial; y una tercera etapa de visibilidad no institucionalizada. La hipótesis más significativa postula que el régimen de visibilidad vinculado a los baños escolares mutó significativamente entre mediados del siglo XIX y principios del XX.
La productividad de las relaciones de poder (Subjetivación y objetivación en la construcción moderna de lxs sujetxs escolarizadxs)
El poder produce; produce realidad; produce ámbitos de objetos y rituales de verdad. El individuo y el conocimiento que de él se puede obtener corresponden a esta producción (Foucault, 2002, pág. 198)
Resulta fundamental realizar un breve comentario acerca de la analítica foucaultiana de las relaciones de saber-poder, argumentando que se trata de una propuesta que sigue teniendo mucha potencia cuando es leída en términos de productividad. En relación con eso, puede afirmarse que son bien conocidas algunas sentencias de Foucault respecto a las relaciones de poder, fundamentalmente aquellas que a mediados de la década del setenta se distanciaron de ciertos postulados del marxismo ortodoxo. Por ejemplo, hemos repetido fragmentos de Vigilar y Castigar en los que se afirma que “el poder no se posee, se ejerce”, o que “no es el privilegio adquirido o conservado de una clase dominante” (2002, pág. 32). Sin embargo, la misma obra ha dado lugar a lecturas concluyentes en las que se asocia sin matices, “disciplina” y “normalización” con “prohibición” o “exclusión”. Sin pretender formular una apología de Foucault y entendiendo que se trata de un autor sumamente fragmentario, considero que pueden hacerse otras lecturas, centradas en las relaciones de saber-poder como positividades (Foucault, 2011). En todo caso, esta es la lectura que ha operado como prisma a través del cual he mirado los baños.
Una de las formulaciones más fértiles respecto a la productividad de las relaciones de poder, puede hallarse en el tomo I de Historia de la sexualidad: La voluntad de saber. Allí Foucault afirma lo que sigue:
En el fondo, a pesar de las diferencias de épocas y de objetivos, la representación del poder ha permanecido acechada por la monarquía. En el pensamiento y en el análisis político, aún no se ha guillotinado al rey. De ahí la importancia que todavía se otorga en la teoría del poder al problema del derecho y de la violencia, de la ley y la ilegalidad, de la voluntad y de la libertad, y sobre todo del Estado y la soberanía […]. Pensar el poder a partir de estos problemas equivale a pensarlo a partir de una forma histórica muy particular de nuestras sociedades: la monarquía jurídica. Muy particular, y a pesar de todo transitoria. Pues si muchas de sus formas subsistieron y aún subsisten, novísimos mecanismos de poder la penetraron poco a poco y son probablemente irreductibles a la representación del derecho. […] Y si bien es verdad que lo jurídico ha podido servir para representar (de manera sin duda no exhaustiva) un poder centrado esencialmente en la extracción (en sentido jurídico) y la muerte, ahora resulta absolutamente heterogéneo respecto de los nuevos procedimientos de poder que funcionan no ya por el derecho sino por la técnica, no por la ley sino por la normalización, no por el castigo sino por el control, y que se ejercen en niveles y formas que rebasan el Estado y sus aparatos. (2008, pág. 86)
Efectivamente, gran parte de su esfuerzo en dicha obra se orienta a presentar un estudio acerca de la sexualidad moderna partiendo de esta concepción acerca de las relaciones de poder. En su formulación, constituye un error definir la sexualidad moderna a través de un conjunto de elementos negativos “prohibiciones, censuras, rechazos, denegaciones” (p.17). Por el contrario, los efectos de las relaciones de poder producen —por ejemplo— un dispositivo de la sexualidad que en su formulación moderna materializa una serie de desplazamientos discursivos que suelen ser vistos como “prohibición” a hablar de sexo, mientras que en realidad se trata de “un nuevo régimen de los discursos”:
Se trata pues de considerar con seriedad esos dispositivos y de invertir la dirección del análisis; más que de una represión generalmente admitida y de una ignorancia medida con el patrón de lo que suponemos saber, hay que partir de estos mecanismos positivos, productores de saber, multiplicadores de discursos, inductores de placer y generadores de poder; hay que partir de ellos y seguirlos en sus condiciones de aparición y funcionamiento, y buscar cómo se distribuyen, en relación con ellos, los hechos de prohibición y de ocultamiento que les están ligados. (Foucault, 2008, págs. 73-74)
Efectivamente, tal como se afirmó en el inicio de este libro, desde esta tradición el análisis histórico debe ocuparse de describir mecanismos a partir de los cuales se ha subjetivado ―u objetivado― el “sujeto”. Tal como afirma Paponi:
El sujeto es una forma construída en y por las experiencias históricas, a través de prácticas y tecnologías —de saber, de poder, del yo— en la trama de las complejas relaciones, que en cada momento, el individuo mantiene consigo mismo, con los otros y con la verdad. (Paponi, 2004, pág. 305)
Como consecuencia, la tarea de indagación concreta consiste en identificar y describir “dispositivos” y “practicas” (Deleuze, 2013; Foucault, 2008) en el seno de los cuales el sujeto moderno se constituye[1], apareciendo progresivamente como objeto de una determinada relación de saber-poder (Castro, 2011; Deleuze, 2014; Foucault, 1988). Así, el sujeto-cuerpo moderno es presentado como un “efecto” de las relaciones de poder, que funciona asimismo como su “relevo” (Foucault, 1992):
En la práctica, lo que hace que un cuerpo, unos gestos, unos discursos, unos deseos sean identificados y constituidos como individuos, es en sí uno de los primeros efectos del poder, El individuo no es el vis-a-vis del poder; es, pienso, uno de sus primeros efectos. El individuo es un efecto del poder, y al mismo tiempo, o justamente en la medida en que es un efecto, el elemento de conexión. El poder circula a través del individuo que ha constituido. (Foucault, 1992, pág. 144)
Esta es por cierto la lectura de Foucault que hace Butler en Cuerpos que importan. Allí la autora “acepta como punto de partida la noción foucaultiana[2] de que el poder regulador produce a los sujetos que controla” (Butler, 2002, pág. 49). Tal como se mencionó en el capítulo anterior, Butler provee un sólido argumento para mostrar cómo el ideal regulatorio “sexo” tiene efectos constituyentes sobre la subjetivación- corporalidad. En ese sentido, aunque las categorías “sexo” y “género” no hayan sido el objeto central de esta investigación, los aportes de Butler resultan claves debido a que nos proveen de una argumentación más ordenada para definir ontológicamente a la corporalidad.
Corriendo el riesgo de simplificar la propuesta, puede decirse que Butler propone un desplazamiento desde las lecturas que buscan indagar de qué modo se constituye el género como una “interpretación” singular del sexo biológico; hacia otra batería de interrogantes que pretendan conocer a partir de qué “normas reguladoras” se materializa el sexo. Lo fundamental para los objetivos de este trabajo, es que sugiere un sendero de indagación que se aleja de la idea de “construcción” para retornar “a la noción de materia” (Butler, 2002, pág. 28). Entonces “el cuerpo”, la corporalidad, ya no debe ser entendida como la forma en la cual se interpreta culturalmente una superficie biológica, estable y unívoca: “Lo que constituye el carácter fijo del cuerpo, sus contornos, sus movimientos, será plenamente material, pero la materialidad deberá reconcebirse como el efecto del poder, como el efecto más productivo del poder (Butler, 2002, pág. 28). De esta forma, la autora nos provee valiosas coordenadas para cumplir con el propósito genealógico de rastrear los sucesos históricos tal como ellos se han inscripto no sólo en los modos de subjetivación modernos, sino en las distintas corporalidades que éstos suponen (Foucault, 1988; 2008).
Lamentablemente, en la investigación que dio lugar a este texto no fue posible abarcar un estudio sistemático de las corporalidades. Como se expuso anteriormente, podría decirse que se presenta una caracterización de los baños escolares que puede sugerir determinadas prácticas corporales y determinados modos de subjetivación, pero no es concluyente al respecto. Más allá de eso, es posible aminorar esta distancia referenciando autorxs que señalan que los espacios ordenan, comunican y también constituyen “cuerpos” (Casey, 2001; Dussel & Caruso, 1999; Lambert, 2013; Malpas, 1998; Massey, 2005). Como consecuencia, un estudio de los espacios desde estas perspectivas, supone consideraciones acerca de la experiencia de lo corporal. Puede reafirmarse entonces que a lo largo de este trabajo se intentó analizar los baños de las escuelas primarias a partir de marcos teóricos que se preguntan, en un punto o en otro, acerca de los vínculos entre espacio, relaciones de saber-poder y modos de subjetivación-corporalidad.
En este contexto emergen algunas preguntas cuya respuesta puede operar al mismo tiempo como cierre y como apertura: ¿cómo pueden analizarse los espacios en tanto conjuntos materiales, teniendo en consideración aquello que en el capítulo 2 fue postulado como identificar lo espacial del espacio? Luego, ¿en qué series de estrategias pueden inscribirse los baños escolares?, ¿qué “fenómenos de conjunto” vuelven posible?
Sobre las visibilidades
El concepto de “visibilidad” aparece en numerosas obras de Foucault (Foucault, 2001; 2002; 2013) aunque en ninguna de ellas recibe un tratamiento sistemático. En realidad, parece haber sido más discutido en las lecturas que hace Deleuze del trabajo foucaultiano (Deleuze, 2013; 2015), aunque de todas formas permance como un concepto relativamente inexplorado. Considerando los argumentos de Deleuze, y algunos fragmentos del propio Foucault, puede decirse sin dudas que ambos autorxs han establecido una serie de relaciones entre esta idea de “visibilidades” y el funcionamiento de los objetos arquitectónicos. Como resultado, proponen algunas hipótesis acerca de cómo deben leerse la operatoria y los efectos de los regímenes de visibilidad desplegados por los objetos arquitectónicos[3].
El interés puesto en esta noción se relaciona con inquietudes acerca del funcionamiento de los objetos materiales en general, ya que en trabajos anteriores (da Silva, 2018a; 2018b) la tarea de indagación se había limitado a relevar practicas discursivas. En ese sentido, quisiera sugerir que el concepto de visibilidad puede resultar útil para enriquecer los análisis dentro del campo de la cultura material escolar, ya que permite reflexionar acerca de la naturaleza de los fenómenos, entendiendo que esta no puede ser reducida a la figura de lo discursivo[4]. Por el contrario, quienes nos interesamos por este campo entendemos que la materialidad despliega una serie de efectos propios; que adquieren plena significación en su inefable articulación con lo discursivo, pero son como ha demostrado foucault, de “naturaleza distinta” (Deleuze, 2013; Foucault, 2001). Como consecuencia, es posible sostener que la materialidad no es algo ontológicamente subordinado, que ingresa a la trama social únicamente a partir de la significación que se le asigna, sino que la experiencia de lo material tiene un lugar activo en los procesos de constitución del horizonte de inteligibilidad. En ese sentido, el análisis de corpus arquitectónicos debe apostar a rastrear operatorias en las cuales la materialidad sea leída como condición, aunque no suficiente, necesaria.
Siguiendo a Viñao Frago (2008), puede afirmarse que el espacio “comunica”, pero esa comunicación no es únicamente semiótica. Comunica “prácticas” (formas de hacer y ser), y por lo tanto normas asociadas al despliegue de las personas y las cosas en relación a lugares concretos. En ese sentido, es posible referirse a “practicas espaciales” entendiendo por tales ciertas formas de hacer que actualizan un registro cultural de experiencias concretas del ambiente, y también un conjunto de discursos. Alejar, establecer distancia, ordenar, centralizar, emergen así como operaciones únicamente accesibles a partir de una lectura espacial de prácticas que son más complejas que los discursos que las captan. Emergen como interrogantes cuándo, en qué medida, de qué manera, qué discursos “captan”, se apropian, de la articulación corporalidad-espacio. Los accesos, las áreas de circulación, los escondites; pero también la materialidad de los actos escolares, los movimientos de un estudiante en el aula, la disposición del cuerpo en las letrinas, etc. son experiencias materiales cuya multiplicidad intrínseca es codificada e introducida en ciertos regímenes de verdad.
A la luz de estos aportes, es posible pensar que existen al menos dos formas de entender la visibilidad en relación con los objetos arquitectónicos, que se desprenden de los aportes foucaultianos. Puede sostenerse que se trata de dos operatorias cuyos efectos se co-implican.
En primer lugar, una visibilidad puede ser pensada como un determinado régimen perceptivo[5], basado en la relación entre lo visto y lo dicho (Foucault, 2013; Ranciére, 2014). Esta parece ser la figura del “cuadro” insinuada tanto en Las palabras y las cosas (2013), como en Vigilar y Castigar (2002). En esta última obra, el autor menciona que el poder disciplinario “constituye ‘cuadros vivos’ que transforman las multitudes dispersas en ordenadas” (Foucault, 2002, pág. 152). Un objeto arquitectónico (un edificio, un ambiente, una plaza) forma parte de un “cuadro”, de un ordenamiento determinado de la sensibilidad que constituye un gran “sistema de evidencias” (Ranciere, 2014) , donde no se re-presentan, sino que se presentan, las personas, las cosas; sus funciones y relaciones. En este sentido, la visibilidad dispuesta por un objeto arquitectónico posee efectos ontologizantes e institucionalizantes (Deleuze, 2013; Foucault, 2002; Ranciere, 2014).
Esta primera forma de entender la visibilidad nos permite identificar y describir objetos o conjuntos materiales que poseen efectos de “subjetivación” u “objetivación”, en los términos en los que fueron mencionados en apartados previos. En este sentido puede leerse la afirmación de Foucault respecto a que la arquitectura está pensada “para hacer visibles a quienes se encuentran dentro” (2002, pág. 177). Por ejemplo, lxs criminales son vistos al interior de la prisión, lxs estudiantes al interior del edificio de escuela, etc. Sin perder de vista que esa visibilidad recubre y define la forma en que las personas se ven a sí mismxs. Por lo tanto, podríamos pensar que el diseño de un “espacio analítico” establecido a partir de localizaciones fijas y “emplazamientos funcionales” de las personas y las cosas, no sólo permite “conocer” y “dominar”; sino que funda a su vez un “espacio lógico” (Wittgenstein, 2010).
A la luz de esta argumentación puede retomarse lo dicho en el capítulo anterior acerca de la “inocencia”. Como vimos, diversos dispositivos materiales contribuyeron a poner en acto el discurso de la inocencia que sostenía que algunas personas no debían ver ciertas cosas. Se mencionó el trabajo de Ana María Fernandez (1994) en el cual establece un vínculo semántico entre “inocencia” e “ignorancia”. Desde este punto de vista, podría pensarse que conservar la inocencia de las personas sexuadas mujeres es garantizar un no saber, un desconocimiento de ciertas cosas del mundo. En relación con los baños escolares, la separación sexual evita que las personas puedan ver, conocer, tener ciertas experiencias. Sin embargo, la disminución de la visibilidad no debe leerse como algo meramente prohibitivo o restrictivo. Por el contrario, se produce por un lado al sujeto-mujer a partir de esa imposibilidad de ver, de esa “inocencia”. Y por otro lado, tal como demostró Foucault (2008), se produce una extensa serie de discursos acerca de “aquello que no debe ser visto”. Ambos movimientos suponen condiciones materiales específicas. Hay entonces una dinámica interesante en esta forma de entender las visibilidades, ya que al mismo tiempo que algo se sustrae de la luz física, puede sacarse a la luz discursivamente.
Entre todos los elementos que componen los baños escolares (y los públicos en general), la puerta de cada uno de los cubículos se encuentra entre los más interesantes. En los expedientes del CNE aparecieron tempranamente mencionadas las puertas de letrina. Estas aberturas, que solían ser de madera, se presentaban en dos versiones predominantes: Por un lado la una puerta de 0,75 x 2,10 “á persiana” (Expdte. 2397/88, 1888). Este modelo, también conocido como “celosía”, si bien conservaba las medidas de una puerta estándar, permitía el paso de la luz, no era una abertura ciega. La otra versión de uso extendido, sí era una puerta ciega, aunque de dimensiones mucho menores, que eran de “0,70 x 1,50” (Expdte. 0636/91, 1891).
Ilustración 52: Fuente AGN Exp. CNE 3273/99, 1899
La lectura inevitable respecto a estas aberturas señala las posibilidades de vigilancia que ofrecían dichas puertas. Sin embargo, también es posible sugerir que estas materializaban una norma corporal muy específica, que puede parecer obvia para un contemporáneo, pero que hacia fines del siglo XIX se proyectaba sobre formas de actuar que eran distintas de las actuales. Estas puertas producían una cartografía corporal (que, como vimos, se encontraba en formación) específica, al señalar las partes del cuerpo que no debían ser vistas. De hecho, es el modelo de puerta pequeña el que finalmente predominó. Considerando este punto y los comentarios ya mencionados acerca de los mingitorios, puede afirmarse que los baños contribuyeron a producir la genitalidad como un objeto específico que debía ser ocultado y que debía serlo de forma diferencial para personas sexuadas mujeres u hombres.
La segunda forma de entender la visibilidad que es posible sugerir aquí —profundamente vinculada a la primera— se relaciona con la idea de Foucault de entender a las visibilidades como circuitos a través de los cuales se mueven las relaciones de saber-poder. Desde este punto, un edificio debe ser visto como una “máquina” que opera transformando a los individuos: “obrar sobre aquellos a quienes abriga, permitir la presa sobre su conducta, conducir hasta ellos los efectos del poder, ofrecerlos a un conocimiento, modificarlos” (Foucault, 2002, pág. 177). La visibilidad entendida en este sentido de “circuito” opera volviendo posible, dado que las trayectorias de luz conducen los flujos de las relaciones de poder, actuando como “relevo”. Si la primera forma de visibilidades que se discutió pone el foco en procesos de “subjetivación” y “objetivación”; esta forma de ver la operatoria de los dispositivos materiales hace foco en su capacidad estratégica. Los objetos arquitectónicos se erigen así como tecnologías de poder (Castro, 2011) en la medida que actúan como conductores de un diagrama específico. Esta es a todas luces la propuesta foucaultina más explorada, a través de la figura del “panóptico”.
A partir de la figura del Panoptico de Bentham, Foucault desarrolla una interesante conceptualización acerca de lo que él denomina “poder disciplinario”. Si bien no desarrollo esta línea aquí[6], resulta interesante recuperar algunas formulaciones propuestas por el autor en relación con esto. La visibilidad instaurada materialmente por el panóptico “garantiza el funcionamiento automático del poder. [Hace] que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción” (Foucault, 2002, pág. 204). Una distribución específica de visibilidad garantiza el funcionamiento del poder porque vuelve posible un circuito de normalización muchas veces ininterrumpido[7].
Considerando estas reflexiones emerge con más claridad que discutir la “hipótesis represiva” no implica instalar un nuevo sistema de represiones. El acercamiento a los baños escolares de fines del siglo XIX como objeto de estudio llevaba a pensar en una primera instancia, que el problema central implicado en su incipiente organización interna era la desnudez, o más precisamente la exposición genital. Partiendo del carácter productivo de las relaciones de saber-poder se mencionó que había al menos dos procesos de subjetivación y objetivación que en ese momento se volvían posibles debido al diagrama de visibilidad producido en los baños. Sin embargo, pensar la visibilidad desde este segundo enfoque permite reflexionar acerca de otro orden de operatoria. Resulta fundamental preguntarse, por ejemplo, cuál es el circuito de visibilidad que se inauguró en los baños escolares, y en la separación sexual de los mismos. De acuerdo a las propuestas teóricas mencionadas aquí, las corporalidades[8] sexuadas se producen debido a la actuación de un conjunto de normas[9] (Butler, 2002; Laqueur, 1992; Maffía & Cabral, 2003; Pérez, 2016). En ese contexto, el rol de ciertos espacios es volver esa circulación fluida y efectiva. Sin embargo, podemos afirmar que las normas de sexo-género no son las únicas que durante el siglo XIX circulan por los espacios escolares. En realidad, en la definición de las corporalidades escolarizadas intervenían también otros sistemas normativos. En el caso de los espacios escolares, como vimos, se destacaba la actuación de las normas “higiénicas” y “pedagógicas”. De esta forma proliferaron una serie de tecnologías de poder que no tenían por fin controlar el espacio, reprimir todo accionar; sino más bien “encauzar” lo que acontecía en ese espacio, lo que en ese espacio se producía (incluyendo los modos de subjetivación-corporalidad y el mismo espacio).
Para finalizar este apartado, quisiera proponer que hacia fines del siglo XIX la emergencia de los baños evidenció un desplazamiento en el diagrama de visibilidad de la escuela. Los primeros planos muestran un diagrama centrado en la figura del “aula”. Tal es así, que muchas edificaciones del siglo XIX que funcionaban como escuelas se componían de un puñado de aulas comunicadas entre sí, proyectadas sobre la calle o sobre las medianeras.
Las aulas eran aquello que se presentaba en los planos, y que monopolizaba el interés de directorxs y funcionarixs que discutían las medidas y condiciones de estos ambientes. Conforme se acercaba el siglo XX, emergían tres elementos que parecían haber contribuido a una ampliación de la visibilidad. En primer lugar, desde 1889 se solicitó la incorporación de “puertas vidriadas”, “ventanas” y otros componentes que desplegaban un juego de transparencias (Exp. 2397/88; 2860/89; 4562/99; 5009/99). En segundo lugar, la consolidación del “patio”. Si bien (como se discutió en el capítulo 3) la idea de patio ya existía y de hecho era muy valorada, ciertos documentos sugieren que su integración concreta y definitiva se logró también hacia fines del siglo XIX, cuando las escuelas comenzaron a solicitar la colocación de “toldos” de lona (Exp. 5006/96; 5262/96; 0416/98; 1726/99).
Ilustración 53: Fuente AGN Exp. CNE 0416/98, 1898
Estos toldos parecen materializar la integración de un espacio escolar que ya no era concebido como exclusivamente áulico. Finalmente, puede pensarse que los baños se constituyeron también como parte de lo escolar a medida que se incrementaba su uso. En un principio, dada su localización alejada de las aulas, existía cierta interrupción del circuito de visibilidad en el amplio trayecto que lxs estudiantes debían recorrer para utilizar las letrinas[10]. Sin embargo, la visibilidad parecía buscar ampliarse hasta su interior, ya que la luz ingresaba por la “puerta letrina R- 75 x 2,10 á persiana” (Expdte. 2397/88).
Algunxs autorxs sugieren que la “mirada del maestro” instituye el gobierno de las infancias (Dussel & Carusso, 1999; Foucault, 2002): “El docente era quien ejercía la “vigilancia” del comportamiento de los alumnos. Su efecto se producía a través de la mirada del maestro, quien cuidaba que cada uno ocupe el lugar exacto asignado por la institución escolar” (Scharagrodsky, Manolakis, & Barroso, 2003, pág. 85). Como vimos, la materialidad de los espacios escolares garantiza progresivamente el funcionamiento de esta mirada, el desplazamiento de la luz. En un Informe del año 1890 en el cual se describen y recomiendan distintos elementos de la edilicia escolar se puede leer lo que sigue:
Puertas.— La situación de las puertas tiene para la clase una gran importancia, no tan sólo por la mejor colocación del mueblaje y mayor aprovechamiento del servicio, sino también como cuestión de vigilancia por parte del maestro: vigilancia que éste debe ejercer, á ser posible, sin moverse de su sitio. He aquí por qué conviene abrir la puerta de entrada á la clase en el muro, frente al cual se coloque el estrado del maestro, y mejor aun en el eje de aquel, para que, por medio de cancelas ó puertas vidrieras, pueda también verse el vestíbulo […] A los costados de éste [del estrado del maestro], opinamos que se coloquen las puertas por donde se salga a los excusados, poniendo éstos al fin de una galería cubierta y de modo que puedan también ser vistos desde el sitio ocupado por el maestro, para lo cual pueden hacerse con cristales las puertas de las clases que a ellos conduzcan. (1892, Pág. 75)
Puede ampliarse este argumento, pensando que la mirada del maestro señala los haces de luz que componen aquello que hemos llamado aquí “diagramas de visibilidad”. Como resultado, puede sugerirse que las tecnologías de gobierno de las infancias parecen haber estado en un primer momento acotadas a las aulas. Sin embargo, rápidamente se fueron incorporando otros objetos de interés y se fue generalizando la idea de que “la escuela” era más que el aula, y que todos sus rincones debían servir para un fin, ser pedagógicamente productivos, completamente visibles, gobernables.
Hacia un nuevo orden corporal
Las bancas y bancos traídos de los Estados Unidos, son la adquisición más indispensable que exije la mejora de las Escuelas. Al primer aspecto de su construcción y costo, viene la idea de objetos de un lujo estemporáneo, consagrando á muebles lo que podría destinarse al pago de ecselentes maestros; pero cuando se examina el mecanismo de estos objetos, y se estudia la conveniencia de su distribución, aquella idea se cambia en asombro y satisfacción, al ver como la ciencia y las artes han resuelto dificultades que habían sido hasta hoy causa de males de grave trascendencia. (Sarmiento, 1858, pág. 70)
El capitalismo, que se desenvuelve a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, socializó un primer objeto, que fue el cuerpo, en función de la fuerza productiva, de la fuerza laboral. El control de la sociedad sobre los individuos no se opera simplemente por la conciencia o por la ideología sino que se ejerce en el cuerpo, con el cuerpo. (Foucault, 1996, pág. 87)
Pascal dice, más o menos: ‘Poneos de rodillas, moved los labios en oración, y creeréis’. (Althusser, 2002, pág. 136)
De acuerdo a los argumentos sostenidos a lo largo de este libro, una de las características del siglo XIX fue la necesidad de gobernar los espacios. Es en este sentido que deberían leerse las referencias a una suerte de estrategia espacial contenida en los capítulos anteriores. Efectivamente, además del nexo teórico discutido al inicio de este capítulo, se expuso en este escrito el sentimiento creciente de la época acerca de la existencia de una relación muy estrecha entre espacialidades y modos de subjetivación-corporalidad. Tal la importancia creciente que políticos, técnicos, intelectuales y profesionales le atribuyeron a la administración de los espacios. Como resultado de esta convicción, proliferaron una serie de dispositivos destinados a socializar a las personas espacialmente. Esta administración de los espacios —en mayor o menor escala— supuso diversas estrategias de “educación corporal” (Tarzibachi, 2016).
En términos que podríamos llamar globales o macrosociales (Sautu, Boniolo, Dalle, & Edbert, 2005) puede afirmarse que la gestión del espacio a gran escala sólo fue posible una vez que se concretó la definición nítida de un primer espacio-territorio: el “Estado-Nación”[11]. Efectivamente, durante el siglo XIX este emergió al mismo tiempo como lugar concreto, territorio (definido, identificable por sus fronteras formales); y como un actor complejo[2] que se propuso desarrollar un aparato administrativo que permitiera controlar la totalidad finita del espacio que estaba ahora a su cargo.
La relación sui generis entre el Estado moderno y el espacio se materializó en una primera instancia en el accionar de los higienistas. Estos profesionales fueron los encargados de administrar los espacios, particularmente el espacio urbano, hasta la consolidación del Urbanismo argentino en las primeras décadas del siglo XX (Paiva, 2000; Rigotti, 2012). En la opinión de Foucault (Ravinow, 2015), el proceso de emergencia de las preocupaciones urbanísticas señaló un desplazamiento singular acontecido desde fines del siglo XVIII, por el cual el espacio emergió como preocupación y materia de gobierno. Sin embargo, la emergencia de la ciudad como problema (“y como solución”) no supuso unicamente la necesidad de tomar decisiones sobre el espacio público, sino también de promover medidas que llevaran a las personas a introyectar ciertas normas de las cuales dependía la consecución de la metrópolis ideal (Gorelik, 2003). Efectivamente, al inicio de este libro mencioné una serie de dispositivos de ordenamiento de la ciudad de Buenos Aires que operaron en este sentido. Incorporar horarios, rutinas espaciales, gestos y posturas que demandaba la ciudad fue parte de un programa de educación moral, pero fundamentalmente corporal. Esta importancia de la educación urbana quedó plasmada en el currículum formal de las escuelas primarias, que incluían la materia “urbanismo”; y también en la escritura y sanción de los códigos contravencionales. Ambos dispositivos estaban destinados a conducir las conductas en la emergente ciudad. En relación a los baños, he mostrado aquí los esfuerzos dedicados desde mediados del siglo XIX a evitar que las personas orinen en público o arrojen el contenido de las bacinillas a las calles[12].
Esta preocupación espacial del Estado emergente fue una característica de la forma de “gobierno” (Foucault, 2007) moderna. En ese sentido, la Arquitectura y el Urbanismo pueden ser pensadas como parte de las instituciones que exhortaban a lxs ciudadanos al cuidado de sí, a la conducción de la propia conducta (Foucault, 2009). Efectivamente, tal como mencionan Dussel y Caruso (1999, pág. 36), la gubernamentalidad liberal capitalista demandó la proliferación otras instancias menores, aunque profundamente implicadas:
Para producir un gobierno, para producir un estado de gubernamentalidad (una mentalidad de gobierno, que acepte y valore el gobierno) son necesarias dos cosas: primero, la conducción de sí mismo, y segundo, la articulación, la unión, combinación de muchas conducciones (la del padre, la del maestro, incluso la del médico) con la conducción global de un Estado moderno.
El rol de la escuela primaria común ha sido, en este sentido, largamente estudiado. Existe consenso acerca de sus efectos en la construcción de una determinada “cultura somática” (Scharagrodsky & Narodowski, 2004). Sin embargo, quisiera destacar que la escolaridad masiva posibilitó la socialización espacial no sólo porque existiera un plan para educar el cuerpo del soberano, sino fundamentalmente porque muchas personas tuvieron sus primeras experiencias de los espacios modernos en sus instalaciones[13]. Así como los baños —que demandaron entre otros la adaptación corporal a orinar y defecar en letrinas y no en recipientes portables— existieron muchos otros dispositivos que operaron sobre la corporalidad: puertas, pasillos, pupitres, sillas, escaleras, etc. Además, es posible afirmar que la escuela fue uno de los primeros espacios organizados de asistencia masiva, con lo cual, también se produjo una socialización respecto a accesos, modos de circulación y comunicación, jerarquía de espacios, posturas, etc.
Puede afirmarse que esta “educación corporal” (Tarzibachi, 2016) —en ocasiones supuesta y en ocasiones movilizada por la escolarización— dio lugar a corporalidades novedosas. En ese sentido, quizás uno de los hechos más relevantes de la modernidad, sea que la biomedicina y la escuela se constituyeron como las dos instituciones encargadas de definir las corporalidades. A propósito de esto, resultan interesantes los aportes realizados por Gabriela Nouzeilles (2000). La autora utiliza la expresión “ficción estatal naturalista” (Pág. 22) para señalar los procesos mediante los cuales se definieron las condiciones necesarias para lograr “la familia nacional”. En su opinión, uno de los principales componentes de dicha estrategia fue “la producción sistemática de narrativizaciones del cuerpo patologizado”. Aunque, como he sostenido (da Silva, 2018), la noción de enfermedad vigente por entonces poseía contornos singulares[14], los señalamientos de Nouzeilles agregan textura al asunto.
Ciertamente la modernidad occidentalizada alojó, entre otros, a los procesos que dieron lugar a la emergencia de las infancias, bajo la figura del “sujeto infante”. Sin embargo, este lento proceso de “demarcación” y “reinserción” sui generis en la sociedad occidental no supuso únicamente un desplazamiento a nivel discursivo, sobre corporalidades pre-discursivas. Por el contrario, tal como señala Narodowski (1994, pág. 32), estas transformaciones implicaron “la aparición del cuerpo infantil”.
La emergencia de la infancia no constituyó un proceso aislado. Como refiere Ana María Fernández, “sentimiento de familia, sentimiento de infancia y escuela instituyen el advenimiento del niño en el marco de las transformaciones de la vida cotidiana que acompañaron el surgimiento y consolidación de la sociedad capitalista” (1994). Además, esta serie de trasformaciones se inscriben en un proceso de articulación singular entre lo general y lo particular, lo público y lo privado, exclusivo de la modernidad[15]. Los efectos de la escolaridad masiva produjeron en ese sentido lo que Tedesco (2010) ha llamado “reconversión social”: “una ruptura profunda con las pautas que regían la socialización primaria familiar y la socialización que brindaba la comunidad de origen”.
Esta noción de “reconversión social” resulta de utilidad para sugerir que no se trató de un proceso de surgimiento de ciertos saberes sobre el cuerpo que previamente no existían y fueron impuestos. Se reemplaza aquí la noción de “nuevo” por la de “novedoso”, justamente con el objetivo de dar cuenta de procesos emergentes que no implican una pura aparición, sino el desplazamiento de ciertos fenómenos. Ciertamente, tal como señalé en el capítulo 1, con el advenimiento del Estado moderno se produjo una “enajenación” (Oszlak, 1982) de saberes y facultades que antes se encontraban dispersos. Esta impronta es señalada por varixs autorxs y suele identificarse bajo la figura conceptual de la “centralización”. A partir de estos mecanismos, tal como afirman Narodowsky y Van der Horst (1999), se produjo la “fijación del cuerpo infantil” en el espacio escolar, terminando de definir a la escuela como el lugar en el cual se formaría a “hombres y mujeres públicos capaces de subordinar sus intereses individuales al interés convocante del Estado”. Al interior de esta idea del “autogobierno” estaba contenida la creencia en que la educación sería la mejor vía para moderar las “pasiones”. Por lo tanto, el proyecto civilizatorio (Muñiz, 2004; Svampa, 2006) suponía no sólo que la escuela podía ser una herramienta eficaz para la prevención del crimen (Lionetti, 2005), vigilando las conductas. También subyacía la creencia profundamente racista de que a las clases populares les resultaba muy complejo moderar sus “pasiones”[16]:
Las palabras del ministro de educación francés Duruy, ‘una escuela que se abre es una cárcel que se cierra’, fueron retomadas por quienes suponían que la educación triunfaba sobre la morigeración de las costumbres, atemperaba las pasiones y suprimía la mayoría de los vicios inmorales en el individuo que llegaban al crimen. (Lionetti, 2005, pág. 4)
Efectivamente, en la opinión de Carli (1994 pág.5), la posibilidad de intervenir la infancia para volverlxs “sujetxs de un orden futuro deseable” constituyó una de las principales “utopías” de la modernidad. En ese sentido, Cattaneo (2011) señala que en determinados momentos “se tuvo que definir el sujeto a educar” y que eso supuso la definición de ciudadanos que integren una “comunidad”, lo que Lionetti define como “el buen ciudadano” (Lionetti, 2005).
En correspondencia con esto, puede afirmarse que el paradigma de términos asociados a lo común resulta muy sugerente: “la comunidad”, “la escuela común”, “las comunas” y “los comunes” (denominación que también recibieron los baños[17]) parecen actualizar un horizonte de sentido compartido. Excede el espacio de este trabajo una discusión profunda acerca de lo común. Sin embargo, puede sugerirse que la noción de “común” contenida en el proyecto de escolarización revestía una mayor complejidad de la que solemos atribuirle. Por ejemplo, en uno de los Informes sobre el Estado de la educación se menciona lo que sigue:
Y conservar a los vecinos, es decir á los padres de familia, una buena parte de influencia en la dirección de la educación de sus hijos, por la acción de las subdivisiones parroquiales, ó las que se les sostituyan. Esto importa la denominación de Comunes dada á este sistema de Escuelas, de las comunidades las Comunas. Los Comunes, en Inglaterra the common people, ó las corporaciones fuera del réjimen gubernativo, ó del Estado.” (1881, Pág. 23)
Aparece así una idea de lo común como una determinada inscripción en el orden social, más ligada a la sociedad civil; y no como un régimen social deseable. Esta forma de entender lo común se separa asimismo de la noción de “igualdad”. Profundizando este razonamiento, puede arriesgarse que esta lectura —de “lo común” como igualdad— parece haber inspirado las sentencias que aún proclaman que la escolaridad primaria masiva operaba “homogeneizando”. En realidad, si alguna idea de comunidad subyacía, no debe ser entendida como una pretensión de borrar las diferencias. Por el contrario, lo común emergía como un sistema de valores compartidos que operaba como una grilla de inteligibilidad a partir de la cual se institucionalizó un sistema pretendidamente universal de diferencias.
Esta lógica se articula con la propuesta de Fernández & Hernández (2014) acerca de los procesos de formación de la “Nación” desplegados durante del siglo XIX. Tal como se mencionó en el capítulo 5, postulan que en ese momento se hizo necesario “delimitar un ‘otro’ a partir del cual definir un ‘nosotros’”. Complejizan así esta afirmación tan extendida, al subrayar que dentro de este esquema el “otro” no era el extranjero per se, sino que se trata de una suerte de extranjería “moral”. Esta idea se corresponde con la noción de “racismo de Estado” acuñada por Foucault. En palabras del filósofo, el racismo es la forma en la cual se introduce una cesura en la idea biológica del ser humano, que se presenta en el siglo XIX liberal como un concepto unificado.
En relación con esto, lo interesante del planteo de Fernández & Hernández (2014) es que señalan cómo diversas intervenciones del Estado y de la opinión pública emanaban una serie de enunciados que producían esta otredad, no necesariamente interpelando conjuntos de personas, sino a través de una serie de prescripciones microscópicas que indicaban “cómo vestirse, cómo hablar y caminar, dónde hacerlo” (Fernández & Hernández, 2014, pág. 131). De esta forma, siguiendo la sentencia de Gabriela Nouzeilles (2000), puede pensarse que se trató de sentencias que no se limitaban a los aspectos del discurso escrito y proferido, sino que poseían un gran componente “somático”. Es decir, las tramas de racialización decimonónicas estaban claramente inscriptas en la corporalidad. De ahí que Nouzeilles agregue que “El nacionalismo étnico adoptó inevitablemente como propios los principios omniexplicativos del racismo y sus criterios estrictos de discriminación visual[18]” (Nouzeilles, 2000, pág. 19).
Si bien ha sido ampliamente estudiado, importa mencionar el rol preponderante que cumplió en este escenario la corriente higienista. Efectivamente, tal como se señaló en otros momentos de este trabajo, el discurso higienista informó gran parte de estas prácticas de intervención sobre las conductas y las corporalidades:
Se hizo especial hincapié en las costumbres, ya que se dieron prescripciones y consejos sobre cómo los individuos debían bañarse y comportarse en público –por ejemplo, no fumar en espacios públicos, no escupir, no tomar mate–, o sobre cuál era el largo «adecuado» para las polleras de las mujeres. (Ramacciotti, 2019, pág. 185)
En una dirección análoga, Oszlak señalaba hace muchos años que el “orden” desplegado durante el proceso de formación del Estado Nación suponía:
Una implícita definición de ciudadanía, no tanto en el sentido de quienes eran reconocidos como integrantes de una comunidad política, sino más bien de quienes eran considerados legítimos miembros de la nueva sociedad, es decir, de quienes tenían cabida en la nueva trama de relaciones sociales.
Estas posturas resultan muy cercanas al planteo de Sennet (1997). La necesidad de una “imagen prototípica del cuerpo [en el espacio]” queda para él de manifiesto en la frase “la política del cuerpo” que expresa la necesidad de un determinado orden social. (Sennet, 1997, pág. 26). De esta forma, se fortalecen aquellas posturas que señalan que en la producción de ese “Otrx” intervinieron definiciones acerca de corporalidades legítimas, civilizadas, que podían y debían ser vistas en el espacio público; y cuerpos abyectos (Butler J. , 2002). Para fortalecer este argumento, considero que debe revitalizarse la noción de “orden corporal” como una estrategia para dar cuenta del conjunto de normas que operan en cada momento instituyendo estas formas diferenciales de subjetivación-corporalidad (Butler, 2009). En relación con esto, resulta fundamental realizar algunas precisiones. Fundamentalmente, quisiera revitalizar el concepto de “orden corporal” para pensarlo en dos dimensiones: Una primera dimensión es la sugerida por Pablo Schagradosky (Scharagrodsky, 2004). En su planteo el “orden corporal” supone comportamientos, gestos, actitudes, posiciones, desplazamientos, movimientos, etc. Otra lectura se presenta en el texto de Valcuende del Río & Vásquez Andrade (2016). Allí lxs autorxs definen al “orden corporal” como:
La clasificación (política), la visualización (estética) y la valoración (moral) de los cuerpos en un sistema social determinado, en función del género, la clase social y la raza. El orden corporal es político, en cuanto que legitima la corporización de posiciones jerarquizadas en el entramado social; estético, ya que “la belleza” es definida en un sistema de relaciones/ representaciones/percepciones que convierten “lo blanco” en deseable. Esto no significa que otros cuerpos no lo sean; la diferencia es que “lo blanco” no solo es bello, es también inviolable, y por tanto tiene connotaciones morales, negadas a los cuerpos subalternos. El orden corporal no solo sitúa a los individuos en el ámbito de lo social, también define los campos de actuación a partir de los cuales los cuerpos pueden o no visibilizarse siguiendo estrategias de dominación y resistencia.
Mi postura es que ambos conjuntos de elementos están presentes en las corporalidades y son igualmente definitorios. Sin embargo, esta segunda acepción parece suponer el cuerpo más que indagar en los procesos de corporización. Por lo tanto, parecen dos direcciones distintas de indagación. Las preguntas expuestas aquí no apuntan investigar las clasificaciones, visualizaciones o valoraciones que se hacen sobre los cuerpos. Por el contrario, parece una estrategia más cercana proponerse partir de ciertas prácticas corporales[19], “comportamientos, gestos, actitudes, posiciones, desplazamientos, movimientos” concretos, para rastrear la forma en la cual estas actualizan o resisten los regímenes de sujeción existentes (entre los cuales lxs autorxs mencionan el racismo, sexismo, capacitismo, clasismo, etc.).
Como vimos, corporalidad y espacialidad son procesos que se co-implican. A modo de hipótesis principal, se erigía hace tres años la sospecha de que las prácticas estatales referidas a los baños escolares habían tenido un rol fundamental en la conformación del orden corporal moderno. Si bien no di cuenta de las prácticas corporales en sí, quise sugerir que la administración de los espacios supuso una estrategia compleja, que implicó la socialización de los cuerpos para que experimenten esos espacios emergentes, novedosos, de una forma regulada.
Con la emergencia de los baños aparece un conjunto de transgresiones inéditas. Tal como Adán y Eva, durante el siglo XIX las personas “abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudxs[20]”. La institucionalización de estos espacios, aparentemente consolidados recién a mediados del siglo XX, se inscribió en un “programa de educación corporal” (Tarzibachi, 2016) que incluyó dispositivos pedagógicos y médicos.
En una de las escasas obras existentes dedicadas a los baños —Clean and Decent— el autor Lawrence Wright (1960) titula el primer capítulo “Man becomes house-trained”. En inglés, la expresión “house-trained” hace referencia al entrenamiento recibido por los perros para que orinen y defequen afuera del hogar. Es decir que la postura de Wright a inicios de la década del 60, sugería que en el proceso histórico de institucionalización de los baños (que él inscribe como una discutible continuidad) hay cierto espíritu de domesticación.
En esa misma obra, se describe al antecedente más directo del inodoro actual, el “Ajax”. Se reproducen dos imágenes. La primera muestra los componentes de dicho dispositivo separados. El pie de foto (Ilustración 3) reproduce la siguiente cita: “Esta es la casa de Don Ajax…todas las partes separadas, para que un obrero pueda ver qué tiene que hacer”.
Ciertamente, la educación corporal recibida a partir de la incorporación de los baños se inscribe en una serie de fenómenos que materializan el lugar renovado de los cuerpos durante el siglo XVIII. Como vimos, los cuerpos se vuelven de manera creciente objetos de las relaciones de poder. Sujetos-cuerpo que eran otrora anónimos, infames[21], son sacados a luz y producidos como objetos de intervención y discursos. Estos cuerpos también son producidos según espacialidades novedosas, inscribiéndose en la esfera privada o pública; y asumiendo lugares diferentes; según clivajes clasistas, sexistas y racistas.
Regímenes de visibilidad desplegados por el dispositivo sanitario escolar (una periodización posible)
De acuerdo a lo expresado en este trabajo, cada objeto arquitectónico supone, despliega, actualiza y performa[22] un “régimen de visibilidades” que está siempre históricamente situado. Además de los hallazgos contenidos en las páginas precedentes, me gustaría sugerir como resultado de mi investigación doctoral que es posible bosquejar una periodización señalando algunas mutaciones en el régimen de visibilidad desplegado por los baños entre fines del siglo XVIII y principios del XX. Una primera etapa de la práctica abierta, pero no visible; una segunda etapa de visibilidad parcial; y una tercera etapa de visibilidad no institucionalizada. La hipótesis más significativa postula que el régimen de visibilidad vinculado a los baños escolares mutó significativamente entre mediados del siglo XIX y principios del XX.
A pesar de encontrarse por fuera del período de estudio de la investigación, el análisis de antecedentes sugiere que existió un primer momento entre fines del siglo XVIII y mediados del siglo XIX. En 1775 fue patentado en Inglaterra el primer aparato inodoro (“wáter closet”), sin embargo lxs autorxs y la letra de la legislación coinciden en que este artefacto estaba muy lejos de ser de uso general. Estas mismas fuentes vuelven claro que arrojar “inmundicias” a la calle era aún una práctica usual en numerosos países occidentalizados. Evidencia de la importancia cultural de esta práctica es la proliferación de las expresiones populares utilizadas para advertir a los transeúntes: “Gardel’eau”, “Gardy loo!”, “Agua va”.
En la ciudad de Buenos Aires, el Virrey Vértiz prohibió arrojar “aguas corruptas” a la calle en una disposición de 1784, pero sus iniciativas proto-urbanísticas y sanitarias se vieron de alguna forma interrumpidas por las preocupaciones emergidas debido a las guerras independentistas. La primera normativa que prohíbe esta práctica bajo gobierno argentino se sanciona setenta años después, en 1857.
Durante este primer período, orinar y defecar eran actividades que se realizaban abiertamente, aunque no es posible afirmar categóricamente que fueran visibles en el sentido postulado aquí. Esto significa que:
- Estas prácticas no eran aún señaladas, ni eran objeto de discursos especializados. Por lo tanto, aún no existía una definición moderna;
- La voluntad de administrar los desperdicios humanos a gran escala era incipiente. Las tecnologías relacionadas con este objetivo (cañerías, cloacas) no se habían desarrollado.
- Las formas modernas de privacidad e intimidad eran incipientes, pero no estaban generalizadas (esto podría ponerse en relación con la evolución del sentimiento de familia y de domesticidad)
El segundo momento puede localizarse durante la segunda mitad del siglo XIX. Las políticas públicas relacionadas con la “salud pública” proliferaron, abarcando todos los aspectos de la vida humana. Especial atención recibieron los aspectos identificados y definidos como “funciones biológicas”. Como vimos, el discurso higienista[1] legitimó estas prácticas, articulando eficazmente componentes médicos y sociales; y dando lugar a lo que se conoce como proceso de medicalización de las sociedades.
En 1871 se sancionó la primera normativa que reguló las construcciones en la ciudad de Buenos Aires. Allí se incluyó una mención a las “letrinas”, pero esta normativa sólo regulaba viviendas particulares. En 1879 el gobierno de la Municipalidad recomendaba que se adopte “el sistema inglés” y que se incluyera “una letrina por cada cincuenta” estudiantes en las escuelas primarias fiscales.
La educación primaria gratuita y laica en Argentina se formalizó con la sanción de la ley 1420, en 1884. A pesar de que uno de sus objetivos manifiestos era proveer edificios para escuelas, hasta el siglo XX la mayoría de las escuelas primarias funcionaron en viviendas alquiladas por el Estado. Además, hacia 1880 sólo el 25% de las construcciones de la ciudad de Buenos Aires tenía acceso a la red de agua corriente.
En este período, puede afirmarse que se trataba de una visibilidad parcial ya que las “letrinas” se mencionaban en la normativa que regulaba las construcciones, sin embargo:
- Las letrinas no aparecían en todos los planos, ni eran identificadas regularmente en los presupuestos de refacciones generales
- A pesar de que algunos edificios nuevos contenían baños diferenciados por “sexo”, esta distinción no era aún una preocupación del común de las escuelas primarias. Tampoco existía la asociación entre prácticas de lavado y baños; ni la necesidad establecida de construir baños separados para docentes.
- En aquellos casos en que existían “letrinas” o “w.c.” se encontraban localizados en la parte posterior de los terrenos, lejos del edificio escolar. Esto significa que en cierta forma lxs estudiantes se encontraban fuera de la mirada de lxs docentes, constituyendo la trayectoria hacia los baños en una suerte de punto ciego.
Finalmente, el tercer momento puede localizarse entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX. En 1887 se sancionó el primer Reglamento general de construcciones para la ciudad de Buenos Aires. Allí eran mencionadas las “letrinas” domésticas, pero no figuraban especificaciones referidas a los edificios que funcionaban como escuelas. Desarrollar un sistema de provisión de agua y cloacal era una preocupación creciente. No obstante, hacia 1890 sólo el 15% (aprox.) de la población de la ciudad poseía acceso a cloacas. La amplia mayoría de los establecimientos educativos continuaba utilizando “pozos negros”.
También en 1890 existió una iniciativa para unificar la tipología de las escuelas primarias de la ciudad de Buenos Aires en la cual se contemplaba la construcción de “w.c.”. Sin embargo, ese modelo no se generalizó y la mayoría de las escuelas continuaba funcionando en edificaciones organizadas de una manera muy diversa (fundamentalmente alquilando locaciones que habían sido diseñadas para ser utilizadas como viviendas). En 1909, el CNE aprobó el primer Programa General para Edificación Escolar en la ciudad de Buenos Aires, pero dicho documento no contenía detalles acerca de los baños. La preocupación por el abastecimiento de edificios escolares se mantuvo vigente durante los siguientes cuarenta años.
Es posible afirmar que en este período la visibilidad en relación con los baños se acrecentó. A pesar de eso, no se contaba con una tipología para los baños que prescribiera artefactos y una estructura aplicable a la totalidad de las edificaciones. De manera análoga, si bien se utilizaban en algunos edificios, la significación cultural de estos espacios era aún muy lejana a la actual. De ahí que podamos pensar en un tercer momento de visibilidad no institucionalizada.
- Las “letrinas” se constituyeron en problemas, en objetos de discurso, en la década del 90 del siglo XIX, cuando los pozos ciegos comenzaron a desbordarse. En ese momento, lxs directorxs de escuela comenzaron a enviar correspondencia a los Consejos de Distrito y al mismo CNE, solicitando la instalación de más letrinas y que se habilite presupuesto para vaciar los depósitos de las existentes.
- La visibilidad también se incrementó debido a que los baños comenzaron a localizarse, si bien no a su lado, más cerca de las aulas. Además, lxs directivxs e inspectorxs comenzaron a priorizar la utilización de vidrio en puertas, ventanas y divisiones en general. Las puertas de acceso a las letrinas eran celosías, o puertas deliberadamente más pequeñas.
- “Letrinas”, “w.c.” se volvieron visibles en los planos y en los presupuestos de refacciones. También aparecieron los “mingitorios”, aunque no existía entre estos elementos una relación (espacial o conceptual) definida.
Afirmar que los baños no estaban institucionalizados significa que aún no habían proliferado los discursos relacionados con esta práctica que era a su vez incipiente. Estos primeros hallazgos de campo invitan a redimensionar una línea de análisis que aparecía como esperable al inicio, y que tiene que ver con entender el proceso de emergencia de los baños escolares como un fenómeno mucho más complejo y disperso de lo que era posible inferir a priori. Efectivamente, si bien existió normativa regulando los desperdicios humanos en la ciudad de Buenos Aires desde la época de la Colonia (Facultad de Filosofía y Letras. UBA., 1918 [1784]), el examen minucioso de las fuentes sembraba dudas acerca de la correspondencia entre esa normativa y las prácticas escolares.
En el umbral del siglo XX las “letrinas” no habían ingresado completamente al edificio escolar, y aún se distanciaban significativamente de su versión actual (versión que creo se adopta recién a mediados del siglo XX[1]). En ningún caso poseían espacios comunes (antebaños), ni espejos. Si bien la higiene ya era una preocupación, el uso de estos dispositivos aún no estaba asociado estrechamente al lavado de manos, como en la actualidad. Sólo en las edificaciones nuevas estaban separadas por “sexo”, pero en las viviendas que funcionan como escuelas esto aún no era una preocupación.
A la luz de las apreciaciones expuestas a lo largo de este libro, podría sugerirse que hasta las primeras décadas del siglo XX, los baños materializaban menos instancias de “evidencia”. Como vimos, los sistemas de evidencia producidos por el dispositivo “sanitario escolar” implicaban siempre una suerte de declaración, una confesión:
La confesión es un ritual de discurso en el que el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado; también es un ritual que se despliega en una relación de poder, pues no se confiesa sin la presencia al menos virtual de otro, que no es simplemente el interlocutor, sino la instancia que requiere la confesión, la impone, la valora e interviene para juzgar; castigar, perdonar, consolar, reconciliar […] un ritual, finalmente donde la sola enunciación, independientemente de sus consecuencias externas, produce en el que la articula modificaciones intrínsecas (2008, pág. 62).
Quisiera sugerir que estas instancias de confesión en los baños se intensifican conforme avanza el siglo XX. El cálculo detallado supuesto en lo que será la estructura moderna de los baños escolares permitirá, por ejemplo, que desde mediados del siglo XX quien ingrese a los baños “para niñas” o “mujeres” declare por ese mismo acto que posee vagina. Los efectos de los dispositivos son siempre productivos: “hacen ver” y “hacen decir”. En este capítulo se mencionó que pensar en los baños escolares como dispositivos que actualizan un régimen específico de visibilidad supone que algo se saca a la luz. Por lo tanto, la persona del ejemplo no es una persona que utiliza el sanitario designado para “mujeres”; tampoco es tan sólo una “persona-con-vagina”. Tan pronto como es alcanzada por este haz de luz, se convierte en “mujer” (tan pronto como una persona ingresa a una cárcel se convierte en “criminal”, etc.). Por ese acto deviene también objeto de una multiplicidad de discursos: médico, pedagógico, penal, etc.
¿Es la normatividad sexista y de género el único régimen posible de identificar en los baños escolares? Ya se dijo aquí que no. Es con seguridad uno de los sistemas de normas que han ocupado la mayor parte de las agendas de investigación, dada su importancia en los modos históricos de subjetivación. Sin embargo —continuando con una intensión muy presente aquí, que apunta a enfatizar el carácter exploratorio y al mismo tiempo sugerir vectores de indagación futuros— podría sugerirse que en los baños de las escuelas primarias se actualizan otros “sistemas de evidencias” aún inexplorados. Puede pensarse, por ejemplo, en evidencias relacionadas con el campo de la Fisiología, que performan tiempos y posturas para utilizar los baños; evidencias relacionadas con la autoridad pedagógica y con diferencias generacionales. Estos ciertamente se encuentran en constante relación.
Para finalizar, quisiera mencionar que postular el carácter productivo de las relaciones de poder no significa entender que sean imposibles las resistencias. Bien por el contrario, quizás no fue posible dar cuenta aquí de estos aspectos, pero resulta fundamental mencionar que el proceso de institucionalización de los baños estuvo lejos de ser homogéneo y que existieron resistencias que vale la pena indagar. Así como hay elementos que permiten la circulación de las lógicas del poder, hay otros que resisten. No sabemos aún si en esta clave pueden ser leídas las bien conocidas escenas homoeróticas en algunos baños; las estrategias de lxs estudiantes que expresan géneros no hegemónicos; o las múltiples intervenciones artísticas que los baños han alojado y alojan. Definitivamente, queda mucho por hacer.
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6.6.1 Lista de fuentes citadasExpediente 2397/88. Consejo Nacional de Educación, 1888.
Expediente 2860/89. Consejo Nacional de Educación, 1888.
Expediente 4562/99. Consejo Nacional de Educación, 1899.
Expediente 5009/99. Consejo Nacional de Educación, 1899.
Expediente 0636/91. Consejo Nacional de Educación, 1891.
Expediente 5006/96. Consejo Nacional de Educación, 1896.
Expediente 5262/96. Consejo Nacional de Educación, 1896.
Expediente 0416/98. Consejo Nacional de Educación, 1898.
Expediente 1726/99. Consejo Nacional de Educación, 1899.
- Una discusión detallada acerca de la visión foucaultiana de los procesos de subjetivación puede encontrarse en el texto de Paponi (2004) citado en este capítulo. ↵
- A pesar de este acuerdo, Butler manifiesta su “oposición” a la crítica de Foucault al psicoanálisis. Provee una sólida argumentación para mostrar las limitaciones que posee la definición jurídica del poder en Foucault. Para ella, el autor francés “no aborda las formas en las que opera la ‘represión’ como una modalidad del poder productivo” (Butler, 2002, pág. 48). ↵
- Utilizo la expresión “objeto arquitectónico” como un término amplio que permita incluir cualquier unidad espacial determinada, sea esta un edificio o no. Por ejemplo, también pueden ser considerados objetos arquitectónicos los ambientes, las plazas, etc. Para una aproximación a los conceptos básicos de la arquitectura, es de mucha ayuda el diccionario coordinado por los arquitectos argentinos Fernando Aliata y Jorge Liernur (Clarín, 2004). ↵
- Aunque Foucault reconoce que hay “primacía” de los discursivo sobre lo no-discursivo (Foucault, 2001). ↵
- Aunque la presente investigación no haya profundizado en esa dirección, importa reconocer que este primer sentido de las visibilidades posee claras referencias al campo de la Estética filosófica. Efectivamente, una mayor elaboración de este argumento sobre las visibilidades nos conduciría directamente a las herencias kantianas de Foucault, y también al planteo central de Ranciere en El reparto de lo sensible, que es por cierto ampliamente citado aquí. La lectura que hace Deleuze de la dimensión del saber toma esta dirección en las clases sobre Foucault. En particular, puede consultarse la Clase 5 del Tomo I (Deleuze, 2013). Para una caracterización de las diferencias entre la “relación estética” como un régimen sensible y la estética en su sentido artístico desde la perspectiva de la Estética filosófica puede consultarse Schaeffer, J. M. (2012) Arte, objetos, ficción, cuerpo. Cuatro ensayos sobre estética. Buenos Aires, Argentina: Editorial Biblos; Zatonyi, M. (2012) Una estética del arte y el diseño de imagen y sonido. Buenos Aires, Argentina: Nobuko. ↵
- Varixs autorxs señalan la imposibilidad —y la futilidad— de establecer distinciones categóricas entre el “poder disciplinario” tal como es planteado en Vigilar y Castigar, y algunas formulaciones posteriores, como “biopoder” (contemplando luego el juego entre anatomopolítica y Biopolítica). Asimismo, se sugiere que la idea de una “sociedad displinaria” antes que referirse únicamente a las tecnologías individualizantes, funciona como un concepto paraguas que señala una época histórica (tal es la propuesta de Deleuze en el Poscriptum sobre las sociedades del control publicado en 1889). Si bien al proyectar esta investigación me propuse poner en relación las prácticas referidas a los baños con las tecnologías del biopoder (tal como estas se formulan en el primer tomo de Historia de la Sexualidad); he en cierta medida desistido de tal empresa. La razón para no profundizar en esta línea de análisis se relaciona con que he priorizado el uso de los recursos de esta investigación (tiempo, espacio de escritura) para mostrar la mayor cantidad de información empírica posible sobre el tema y para explorar el concepto de “visibilidades”. De cualquier manera, sostengo el interés, y no descarto seguir dicha línea de análisis en trabajos futuros. ↵
- Gran parte del pensamiento de Foucault se basa en metáforas propias del campo de la física o la biología. En este punto, resulta interesante mencionar que la definición de “conductor” de electricidad en física señala aquellos cuerpos que ofrecen poca resistencia al movimiento de la electricidad. Considero que esta definición permite pensar más cabalmente la idea foucaultiana de “relaciones de fuerzas”, de relevo de los flujos del poder, y fundamentalmente de los efectos de aquello que denomina “resistencias”. ↵
- Dado el alcance de mi investigación, no he podido aún construir evidencia empírica acerca de las prácticas corporales específicas que alojaron los baños. De hecho, todas mis apreciaciones sobre las corporalidades se basan de alguna forma en preconceptos. Esto quiere decir que se supone una corporalidad decimonónica que se parece mucho a la contemporánea, a aquella de la cual tengo experiencia; pero no se poseen elementos que sostengan afirmaciones específicas. Este estudio entonces, provee las primeras coordenadas acerca del diagrama que ha sido desplegado por los baños de las escuelas primarias, en un período comprendido entre 1875 y 1905. Resta indagar —entre muchísimos otros temas— qué prácticas corporales se desplegaron en relación a ese dispositivo, cuáles se adaptaron y fundamentalmente, cuáles y cómo resistieron. ↵
- Respecto a la separación sexual, acordando con que a partir del siglo XIX la luz ya no debía circular tan fluidamente entre personas sexuadas mujeres y personas sexuadas hombres, puede arriesgarse que la preocupación central no era generar estrategias de gran alcance para ocultar los cuerpos (Porter, 2003), sino explorar tecnologías específicas que los vuelvan evidencia de una forma novedosa. El diagrama de visibilidad que se inauguraba en los baños escolares, parecía apuntar a una circulación de las normas intragénero (Hernández & Reybet, 2006). De ahí que, en relación con los baños escolares, puede acompañarse una hipótesis de homosociabilidad, fundamentalmente cuando emerge el antebaño. En ese sentido, partiendo de entender que la normalización implica la existencia y operatoria de un gradiente que se establece entre unidades identificables, la norma no circularía entre personas sexuadas mujeres respecto a aquellas sexuadas varones. Es posible que ese gradiente se halla establecido de forma intragénero Abonando esta hipótesis, el análisis del tópico de la educación y de planos de edificios escolares permite sostener que no hubo una “separación” de los baños (en femeninos y masculinos). En realidad, todo parece indicar que la educación mixta, cuando segregada, implicaba una duplicación de los espacios.↵
- Al igual que en otros casos, tampoco aquí sabemos en qué medida existía este segmento de invisibilidad, o si se habían desarrollado estrategias para mitigar sus efectos, como por ejemplo, acompañar a lxs niñxs.↵
- En ese sentido, Nouzeilles (2000) menciona que se produjo una “expresión territorial del Estado.↵
- Si bien se trata de una obra centrada en Europa, constituye una referencia obligada sobre este tema el trabajo de Norbert Elías titulado El proceso de la civilización (Elias, 2015).↵
- Formulo esta idea a partir de un texto de Escolano Benito en el cual el autor discute cómo percibimos y experimentamos las estructuras arquitectónicas escolares en la infancia (Escolano Benito, 1993).↵
- En un trabajo anterior (da Silva, 2018) sostuve que las nociones de “enfermedad” sostenidas desde mediados del siglo XIX tuvieron algunos rasgos singulares. En particular, los principales autores que estudian el desarrollo del higienismo en nuestro país coinciden en afirmar que en la base de los saberes y prácticas higienistas se encontraba la plena convicción de que tomar determinadas medidas preventivas era la mejor forma de luchar contra las enfermedades. Como afirma Gonzalez Leandri (2013): Se trató de una visión en la que no era tan importante la causa precisa de la enfermedad, o de los cuerpos o partículas que la transmitían, sino la fe en que determinados procedimientos, caracterizados como «preventivos» y portadores de civilización, podían atenuarla. (p. 30) En dicho trabajo propuse que lo que se habilitaba con la introducción del “modelo de la propensión a enfermar” era el corrimiento de la operatoria de las relaciones de poder hacia atrás en el tiempo. Se inauguraba entonces un modo de acción sobre lo que podía ser, sobre lo que era susceptible de enfermarse, no sobre lo que estaba efectivamente enfermo.↵
- Es posible interrogarse si acaso la característica más fundamental de la idea moderna de lo público no sea la necesidad de subsumir parte de lo individual (contenida en la noción de “dominio de las pasiones”). Esta idea está en cierta medida supuesta en la sesión de derechos contenida en el contractualismo hobbesiano. En este sentido, “individual” y “privado” no deben confundirse. Lo público y lo privado emergen en el mismo momento, y se coimplican.↵
- En una observación sumamente lúcida, Gabriela Nouzeilles mencionaba en el año 2000: “Como sucede en la actualidad con las fantasías paranoica relacionadas con el SIDA, el estereotipo del diferente exudando lujuria fue un elemento constante en las ficciones de etnicidad” (Nouzeilles, 2000, pág. 25).↵
- Lamentablemente, no he podido localizar aún este tipo de alusiones en fuentes primarias. La referencia más sólida al respecto se encuentra en la compilación realizada por AYSA: La tradicional casa colonial de patios destinaba el segundo, y eventualmente el tercero de ellos, para las áreas de servicio. En ellos se colocaban los aljibes o cisternas y los “lugares comunes”, eufemismo que ponderaba los retretes que eran usados sin discriminación por todos los habitantes de la casa, aunque habitualmente el dueño y su familia apelaban a las bacinillas portátiles. (Aguas argentinas, 1999, pág. 24)↵
- Las cursivas son propias.↵
- En relación con este concepto, quisiera mencionar el trabajo que viene realizando Eduardo Galak. Lamentablemente, no he tenido aún oportunidad de estudiar sus aportes detenidamente.↵
- Extraigo esta idea de un comentario de Foucault (Foucault M. , 2019)“Entonces, se les abrieron a ambos los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y, cosiendo hojas de higueras, se hicieron unos ceñidores” [Fragmento de La Biblia citado en Foucault M. (2019) Historia de la sexualidad IV: las confesiones de la carne]↵
- “Tal es la infamia estricta, la que por no estar mezclada ni con el escándalo ambiguo, ni por una sórdida admiración, no se compone de ningún tipo de gloria” (Foucault, 1996, pág. 127).↵
- Para un acercamiento a esta perspectiva acerca de la perfomatividad, puede consultarse Butler (Butler, 2002; 2009).↵









