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4 Los circuitos de la inmundicia

Los caños que proponemos no son para llevar basuras ni inmundicias, sino para aprisionar aguas llovedizas. Llegará un día que tengamos que ocuparnos de las cloacas, pero afortunadamente nos separa de él un siglo tal vez. (Encañadura de las corrientes llovedizas. Revista del Plata, 1853, pág. 7)

Pedro Mallo fue un médico argentino que se desempeñó como titular de la cátedra “Higiene” en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (cargo que había sido antes ocupado por Guillermo Rawson). Además fue profesor suplente de la cátedra “Higiene pública y privada” durante el año 1876. Dos años después, publicó el libro Lecciones de Higiene pública y privada que contenía las trascripciones de las clases impartidas. Las más de cuatrocientas páginas que posee el texto constituyen una valiosa fuente, ya que permiten conocer una parte importante del currículum de la carrera de Medicina, y asimismo distintas apreciaciones acerca de la noción decimonónica de “higiene”. En particular, este documento resulta de interés para la presente investigación dado que colabora con hallazgos de otras fuentes, permitiendo inferir algunas prácticas que no podían identificarse con claridad en otros documentos. En ese sentido, interesa aquí focalizarse en algunas peculiaridades del discurso higienista argentino[1] que permiten realizar inferencias acerca de ciertas conductas de la época; y también acerca de las características de distintos dispositivos o artefactos de uso más o menos común. Si bien no se estudiarán textos de este tipo de manera extensiva, es claro que resultan útiles para conocer ciertos aspectos que el formalismo de la legislación o la familiaridad de los expedientes no permiten.

El texto de Mallo (1878) resulta particularmente interesante debido a que dedica varias páginas a discutir aspectos relacionados con las “letrinas”. Se trata de algo poco usual, ya que estos espacios y costumbres no eran un tópico siempre presente en los documentos que discutían la higiene de la época[2]. Para Mallo, en cambio, las letrinas “bajo el punto de vista higiénico, tienen mayor importancia que cuanto hasta el presente nos ha[bía] venido ocupando” (Pág. 212).

Uno de los primeros indicios que proporcionan las clases de este profesional surge de la referencia a lo que él denominaba dos “costumbres” vigentes en ese momento en Argentina. En primer lugar, el texto se refiere a la costumbre de construir los “sumideros” y las “letrinas” de manera tal que “comuniquen con el mismo recipiente al derramarse en él” (Pág. 212). Luego critica el hecho de que estos dispositivos hayan sido utilizados tanto para orinar como para defecar. En su opinión, era más conveniente construir “orinales separados de las letrinas”. Sin embargo, sus razones son diversas. En relación con aquellas viviendas que contaban con “letrinas inodoras”, indica la gran dificultad que existe para mantenerlas “limpias” debido a que los hombres “al satisfacer los deseos vesicales ó mojan el suelo ó el maderamen ó mármoles que cubren el aparato”. A su vez, entiende que esta situación de suciedad genera otra costumbre objetable, pero esta vez por el riesgo de daño físico que implica:

A causa de esto, existe la costumbre general en el pais que para regir de vientre se estile la posición en cuclillas, es decir, á pulso, como vulgarmente se dice, que es la posición menos cómoda, la mas laboriosa y de aquí la necesidad de que tengan las señoras que valerse de utensilios frágiles, que ocasionan frecuentes desgracias ó accidentes. (Mallo, 1878, pág. 212)

Por otro lado, en el texto también menciona una distinción existente entre receptáculos “fijos” y “móviles”:

Los receptáculos para las materias escrementicias, orinas y materias fecales, pueden ser fijas ó movibles, pero en ambos casos, mientras no vayan á parar á las cloacas de circulación continua, deben estar separadas de las aguas de lavado, de toilet y de fregado.

En el presente capítulo, se consideran como puntos de partida estos comentarios de Mallo para habilitar dos series de observaciones. Una primera serie vinculada a algunas ideas y tecnologías de la época referidas al gran espectro de la “higiene”. Luego, otra serie relacionada con algunas características de los espacios destinados a orinar y defecar. El objetivo de las siguientes páginas es describir los hallazgos de investigación en relación a esas dos series, focalizando en las formas específicas que estas tecnologías asumían al interior del incipiente espacio escolar.

Cañerías, cloacas y grifos

En pueblos nacientes, cualquier especulación sobre objetos de primera necesidad debe fijar la atención de los capitalistas con preferencia a las que tienen relación con el lujo y placeres. El agua es el primer elemento de los seres organizados. (Carlos Pellegrini en Aguas argentinas, 1999, pág. 15)

Desde su fundación en el siglo XVI, la ciudad de Buenos Aires fue escenario de importantes brotes epidémicos como el cólera y la fiebre amarilla. Las primeras medidas de higiene comenzaron a sancionarse con mayor sistematicidad en 1848, debido a la preocupación por el avance del “Cólera Morbus”. En ese contexto, se hizo presente en Argentina una tendencia ya existente en Europa, relacionada con la importancia renovada que se atribuía al agua como elemento de higiene. Esta preocupación tomó dos grandes direcciones: Por un lado, se trataba de distribuir el agua, hacer que el agua llegue a más lugares. Por otro lado, se trataba de utilizar el agua como un medio para apartar residuos que producían emanaciones. Tal como sostiene Vigarello (1991), a partir de las preocupaciones por la higiene, comenzaba a modificarse la imagen que se tenía de la ciudad. Anteriormente la preocupación había estado centrada en los elementos de la superficie, ahora cada vez más el foco estaba puesto en los aspectos subterráneos:

Esto es lo que se llama un ideal, un desiderátum, que los higienistas enuncian de este modo. “Las galerías de cloacas, deberían utilizarse, “siempre que sus dimensiones lo permitan, para efectuar subterráneamente todos los servicios viales que son causa de hacinamiento ó de “insalubridad para la superficie.” (Mallo, 1878, pág. 646)

Las primeras iniciativas registradas estuvieron a cargo del ingeniero Carlos Pellegrini[3] (padre). Su preocupación por proveer de agua a la ciudad lo llevó a impulsar en varias ocasiones (1845, 1853) la construcción de una planta potabilizadora. Una vez creada la Municipalidad de Buenos Aires, en 1854, los servicios de higiene urbana quedaron a cargo de la Comisión de Higiene[4]. Sin embargo, la Ley n° 35 creó a su vez la Comisión de Obras públicas, estableciendo entre ellas ámbitos de injerencia difusamente diferenciados:

Art. 32. — Son del cargo de esta comisión [de higiene], todos los asuntos concernientes a: La limpieza de las calles y todos los lugares públicos. El alumbrado público. La desinfección del aire y de las aguas, el despejo de las materias infectas. La propagación de la vacuna. El régimen y conservación de los hospitales. El aseo y mejoramiento de los mataderos. La buena calidad de los medicamentos y comestibles puestos en venta. La conservación y aumento de los cementerios en los lugares donde convenga. Las precauciones para evitar las pestes, las inundaciones y los incendios. […] Art. 34 — Debe contraerse esta comisión [de Obras públicas] al empedrado, nivelación, desagüe y todo lo relativo al mejor arreglo de las calles y calzadas, apertura de caminos y construcción de carretas y ferrocarriles, puentes, canales, caños y teatros. A la reparación de los edificios y monumentos públicos. A la conservación de los paseos, construcciones y reparación de los mercados, surtidores de agua potable y estanques para lavaje y cura de ropas; y finalmente, a todo aquello que contribuya a la limpieza, ornato y utilidad de la ciudad.

A pesar de estas extensas preocupaciones, los avances en materia de infraestructura hídrica fueron durante los años que siguieron bastante modestos. El estado de situación hacia mediados de siglo puede inferirse de un apartado presente en las memorias correspondientes al año 1859 titulado “Aguas corrientes”:

La provisión de aguas corrientes á esta ciudad ha sido uno de los proyectos más importantes que se hayan iniciado en el país. Diversas propuestas habían sido presentadas al gobierno, constando de varios cuerpos el espediente formalizado para conocer cual de ellas era la más ventajosa, y lo que tuviera de realizable el pensamiento. (Municipalidad de Buenos Aires, 1860, pág. 57).

La precariedad de la infraestructura porteña de mediados de siglo es bien señalada por Fiquepron (2017). En su estudio acerca del accionar de los vecinxs porteñxs en las Comisiones parroquiales de Higiene durante los brotes epidemicos del siglo XIX, menciona una serie de fuentes primarias que atestiguan dicha precariedad. En particular, refiere que en los informes confeccionados como resultado de las visitas domiciliarias “Aparecía una ciudad con múltiples carencias, desprovista de sistemas para recolectar correctamente sus basuras, administrar sus excrementos e incluso enterrar a sus muertos; como así también para tratar a sus enfermos y menesterosos” (Fiquepron, 2017, pág. 6). Efectivamente, si bien existía la preocupación por desarrollar un sistema hídrico, es posible coincidir con Cowen cuando indica que “entre 1870 y 1900 hubo más proyectos rechazados, abandonados y demorados que emprendimientos llevados a cabo” (Cowen, 2010). Sin embargo, el mismo autor hace una suerte de salvedad, al mencionar que la imposibilidad de concretar estos proyectos estuvo relacionada a la falta de recursos económicos y no a la falta de voluntad política (Aguas argentinas, 1999; Cowen, 2012).

Algunas obras se concretaron luego de la epidemia de fiebre amarilla de 1871[5]. En 1873 se construyó el tanque de agua localizado en la plaza Lorea (hoy plaza del Congreso); y un año más tarde se realizaban las obras para extraer agua del río utilizando filtros de purificación. Sin embargo, hacia 1880 sólo un cuarto de la población porteña tenía acceso a agua corriente[6] (Aguas argentinas, 1999).

La situación era similar en relación con las “aguas inmundas”. Varios documentos permiten sostener que hasta el siglo XX se utilizaban los zanjones y corrientes menores de agua para drenar estos desechos hacia el río.

Plano de Buenos Aires con el tendido de la red de distribución de agua en servicio. Octubre, 1886

 Fuente: Archivo Histórico de la Ciudad de Buenos Aires (Aguas argentinas, 1999)

El argumento de Cowen acerca de las dificultades para concretar obras hídricas durante el último tercio del siglo XIX parece confirmarse al consultar las memorias localizadas en la biblioteca de lo que hoy se conoce como el “Palacio de aguas corrientes”. Estas resultan útiles para dimensionar algunas de las iniciativas estatales desplegadas en ese momento. Una de las primeras memorias conservadas corresponde al año 1877. Allí se registra en primer lugar una modificación en el nombre de la comisión, denominada ahora “Comisión de aguas corrientes”. En ese documento se presenta el siguiente relato:

Se ha supuesto que la terrible fiebre de 1871 fue efecto de las inundaciones de Marzo del año 1870, las aguas que invadieron las casas habiendo hecho subir desde los pozos vaciaderos la materia corrompida que allí existía, esparciéndola sobre los pisos de los patios y habitaciones como efectivamente lo hizo. Los jérmenes dañosos asi esparcidos por la atmosfera no tardaron en tener fruto cuando llegó la estación del verano, creando un estado sanitario, ó como se puede decir preparando un suelo propicio para la peste que más tarde vino a desolar la ciudad. Si es verdad esta hipótesis […] es muy posible que las obras hechas, aunque hoy tan imperfectas, hayan librado la ciudad este año de otra visitación. (Comisión de aguas corrientes, 1878, pág. 10)

A partir de estas consideraciones, puede afirmarse que hacia 1870 ya existían algunas obras de ingeniería sanitaria y que —como argumenta Vigarello (1991)— las inquietudes acerca de las enfermedades continuaban en cierta medida relacionadas a las de fines del siglo XVIII. En el último tercio del siglo XIX persiste la creencia de que el riesgo se encuentra en las “emanaciones” y que éstas deben ser “atacadas” con dispositivos desodorantes. Quizás aquí radique la importancia otorgada a los incipientes sistemas de “cloacas”, que se encuentra en línea con otras estrategias que en ese momento tenían por objeto alejar o tapar los lugares de putrefacción (como la relocalización de cementerios y mataderos). De manera análoga, se origina en esos temores la necesidad de mantener las letrinas “siempre aseadas y se conservarán tapadas, dejando de despedir malos olores” (Mallo, pág. 212). Teniendo en cuenta esto, las afirmaciones acerca de los “malos olores” presentes en los documentos no deben asociarse simplemente a la existencia de aromas que se consideran desagradables en la actualidad.

Justamente, el tema no estaba completamente saldado. Más bien podría afirmarse que se trataba de un momento de transición. Eso lo demuestra, por ejemplo, el hecho de que en el año 1879 se realizaron denuncias por la existencia de un “foco de infección” sobre la “cloaca maestra” de la calle Lorea. La reacción de la Comisión frente a esa denuncia había sido encomendar a un especialista que realice análisis sobre el agua, quien resolvió que no se trataba de un riesgo. La conclusión de la Comisión fue entonces que las personas “se ha[bían] dejado guiar más por su celo de alejar todo lo que tienda á amenazar la salubridad de Buenos Aires, que por las circunstancias reales del caso” (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1880, Pág. 11).

Sucede que —más allá de la persistencia de ciertas creencias acerca de la higiene en el común de la gente— en 1879 existía un incipiente sistema de cloacas y cañerías para la provisión de agua, pero no estaban finalizados. La “Cloaca maestra” no contaba aún con una “salida” ni poseía una bomba (ni siquiera se había confeccionado el contrato para su construcción). Por lo tanto, a pesar de la manifiesta intensión de no arrojar los desperdicios a la parte del río localizada frente a la ciudad de Buenos Aires, no existía aun una solución completa. Únicamente, desde 1878 se había resuelto “que las materias fecales provenientes de las cloacas fueran arrojadas al Río de la Plata, del otro lado de Quilmes” (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1880, Pág. XVI). Esta decisión se había tomado a fin de poder estudiar cuál era la “dirección” que debía tener la cañería y en qué lugar desembocaría finalmente. Es decir, dónde deberían construirse “las máquinas impelentes de estos residuos” (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1880, Pág. XVII), inexistentes en ese momento.

Las discusiones acerca de la provisión de agua corriente proveen acceso a otras tantas nociones de la época. La Ley del 7 de noviembre de 1878 había establecido un radio de 697 manzanas a las cuales se circunscribían las obras de aguas corrientes y cloacas. Allí se localizaban, según las cuentas de la Comisión, un total de 26.486 propiedades (contando 38 por manzana). En ese momento, poseían aguas corrientes varios “Establecimientos Públicos” (Comisión de aguas corrientes, 1878, pág. 21.) y algunas “casas”. Sin embargo, el rasgo más patente en ese momento era que, tal como indica Paiva (2000, pág. 6), las medidas que se tomaban no excedían la preocupación por el espacio público. Esto se afirmaba de manera categórica: “Aquí, como en otros países, las obras públicas deben tener preferencia, en cuanto sea justo, sobre las de los particulares” (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1880, Pág. 14).

En efecto, la lectura de los documentos sugiere que el rol otorgado en ese momento a las viviendas particulares (entre las que pueden incluirse muchas casas-escuela) era menor, que en un principio sólo eran inspeccionadas con intereses recaudatorios. De hecho, uno de los problemas fundamentales desde fines de la década del 70 era la necesidad de cobrar la provisión de agua y cloacas. Sin embargo, parece no tratarse de una decisión meditada acerca de la obligación de lxs particulares de abonar por el servicio. En realidad, era manifiesta la falta de recursos de la Comisión, que debía abandonar constantemente los proyectos hídricos. Existen, por ejemplo, registros en 1879 de una solicitud de la Comisión al gobierno nacional luego de una de estas interrupciones, pidiendo que no despidan a todo el personal. En ese mismo año, el célebre ingeniero Bateman solicitó un permiso para viajar a Inglaterra, y más tarde la rescisión de su contrato. En 1879 se cobraba la provisión de agua y el acceso a cloacas, ambos a un precio de 70 pesos mensuales (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1879). Sin embargo, en marzo de 1885 se creó la Oficina de Inspectores y uno de los primeros temas que se plantearon fue la necesidad de redefinir las tarifas de una manera más “equitativa” (Comisión Directiva de las Obras de Salubridad de la Capital, 1887).

Los aspectos particulares empiezan a cobrar mayor visibilidad en 1886, cuando la Ley n° 1917 dispone “la construcción de las obras domiciliarias de salubridad de la capital en el área que abrazan las que se ejecutan en virtud de la ley de enero de 1882” (Comisión Directiva de las Obras de Salubridad de la Capital, 1887, pág. 57). Por medio de esa ley comienza a diferenciarse dentro del gran espectro de las “obras domiciliarias” la “parte exterior” de la “interior”. De acuerdo a esta norma, la parte exterior sería costeada directamente por el gobierno nacional, pero se obligaba a lxs particulares a realizar las obras para erigir la parte interior.

Estas dos preocupaciones (la necesidad de definir una tarifa para el servicio de agua y la necesidad de identificar con mayor claridad el área de incumbencia de los particulares) se nuclean hacia mediados de la década del noventa en la discusión acerca de los “medidores” de agua. En un primer momento, la necesidad de instalar un medidor había sido planteada por los inspectores como una forma de lograr que la tarifa sea más equitativa. Es decir, expresaban con preocupación que quienes tenían un bajo consumo de agua abonaran los mismos $70 que quienes consumían más. Sin embargo, una vez que comenzó a implementarse este sistema, en 1894 (Comisión de Obras de salubridad de la Capital, 1898, pág. 50), la cuestión tomó otras direcciones. Se discutía cuál era el precio que debía tener el metro cúbico de agua y cuál era la tecnología más adecuada para medir su utilización. Por ejemplo, se trataba de establecer cuál era el consumo promedio por vivienda y por habitante para terminar de definir si era más conveniente sostener el sistema de “renta fija” o proseguir con la instalación de medidores. En 1897 se afirmaba que “el consumo aconsejado” por día era de 52 litros[7]” (Comisión de Obras de salubridad de la Capital, 1898, pág. 56). Sin embargo, las consideraciones que hacía la comisión no eran únicamente evaluar la cantidad de agua por vivienda en función del número de habitantes. Las memorias del año 1897 muestran con claridad que la preocupación para terminar de definir el sistema estaba centrada en los conventillos[8]. Los funcionarios parecían entender que la instalación de medidores en estas viviendas conduciría a una disminución del consumo de agua y luego a una consecuente falta de aseo. Con esta convicción, realizaron durante ese año una serie de inspecciones en conventillos donde se habían instalado medidores. El objetivo era determinar si existía una relación entre “casas poco aseadas” y consumo por debajo de lo que podría costearse con el valor de la renta fija.

De esta forma, se perfila la complejidad que hacia principios del siglo XX cobró el tema de la higiene. Efectivamente, la gran cantidad de estudios que existen sobre el tema nos permiten afirmar lo infructuoso de plantearlo en términos de una evolución lineal y sin surcos hacia una “mayor” higiene. No obstante, pueden señalarse algunos aspectos generales. En función del objetivo de este estudio, se mencionan solamente dos. En primer lugar, coincidir con aquellas posturas que subrayan las diferencias entre una concepción de “higiene” entendida como limpieza basada en la utilización de agua, y una higiene basada en la intervención masiva sobre las prácticas. En ese sentido, la utilización de agua se populariza de la mano de los avances tecnológicos y no de un cambio en las mentalidades. En segundo lugar, reiterar el vínculo que se establece desde mediados del siglo XIX entre “higiene” y “moral” y la creencia en que generalizar las prácticas de higiene contribuiría a resolver la “cuestión social”[9]. Claramente, antes que los estados de enfermedad, preocupaban a los higienistas las disposiciones morales y las capacidades físicas (ambas adquiridas por herencia, o del ambiente) que pudieran debilitar a la fuerza laboral. De ahí que el esquema general estuviera fundado en la idea de “prevención” (da Silva, 2018).

Ahora bien, la intervención del higienismo se materializa a partir de la proliferación de una serie de dispositivos (Foucault, 2008) que se despliegan en dos grandes direcciones. En este aspecto, la higiene promovida por estxs especialistas tenía un espíritu claramente topológico. Por un lado se pretendía consolidar la ciudad como superficie a intervenir (objetivo resumido en una fórmula célebre que la señala al mismo tiempo “como problema y como solución”). La ciudad debía percibirse en distintos “niveles”, que excedieran la superficialidad del monumento. A la par, de la mano de la higiene, emerge otra superficie fundamental, otra topología inédita: los cuerpos. Ya no son el vestido, ni la cara y las manos los únicos lugares que vigila la higiene. Emerge la higiene del cuerpo que no se ve a simple vista. De ahí que Vigarello (1991) señale una nueva dimensión de la “salud” que ahora se vuelve sobre lo invisible: la ciudad invisible, de los caños subterráneos; el cuerpo invisible, aquel que aparece por debajo de las prendas de vestir. Paradójicamente, el hecho de que la higiene se interese por objetos “invisibles” es lo que determina su novedosa visibilidad, su emergencia como objetos (de discurso, de intervención, etc)[10].

Dichas medidas fueron posibles gracias al rol que comenzaron a jugar en el Estado los higienistas, en su mayoría médicos e ingenieros (Gonzalez Leandri, 2006; Scharagrodsky, 2014). Habían llegado a ocupar cargos relevantes, en principio debido a su desempeño durante las epidemias (Fiquepron, 2017; Ramacciotti, 2019), y eran quienes en ese momento decidían sobre la ciudad (Paiva, 1996; 2000; Rigotti, 2012). Fueron beneficiados con estos atributos y facultades debido a que resultaron triunfadores en una batalla con “contra burócratas gubernamentales solo guiados por la idea de gastar únicamente en obras que se vean y que produzcan réditos electorales y económicos inmediatos” (Cowen, 2010, pág. 2). El argumento que sostenían era que debían llevar adelante sus proyectos debido a la cantidad de vidas que podrían preservarse si se concretaban sus obras.

A pesar de estas opiniones bastante extendidas, existía otra versión menos ingenua, que es un poco la que materializaban personajes como Haussman[11]. Hombres como él apelaban a otras estrategias (Cowen, 2010), ya que la transformación de ese Paris del Segundo Imperio debía ser obra de un “gasto productivo”. Si la ciudad era el marco en el cual se forjarían grandes fortunas, debía ser un entorno seguro. Más allá de las diferencias, también las obras de infraestructura hídrica y sanitaria en la ciudad de Buenos Aires indicaban el propósito de fortalecer su rol comercial. En ese sentido, además de los objetivos de salud pública, la preocupación por los circuitos “de las aguas” (servidas, corrientes, consumibles) parecía una proyección de las expectativas e intereses que por entonces se depositaban sobre el puerto.

En la escuela

Dado que la higiene era un saber especializado, uno de los principales problemas consistía en hacer llegar estos saberes y tecnologías a las clases populares. Allí es donde la mayoría de lxs autorxs ubican el rol de la escolarización masiva. Las palabras del entonces presidente Julio A. Roca eran elocuentes al respecto: “la escuela, dicen, no solo debe tener por misión hacer innecesaria la cárcel, sino también el hospital.” (En Arata, 2019). De hecho, velar por el cumplimiento de las prescripciones de la higiene fue uno de los objetivos propuestos[12] en la Ley Nacional 1420 de Educación Común (1884).

A pesar de estas intenciones, el despliegue de los enunciados higienistas en la escolarización argentina tampoco se dio de forma unívoca ni homogénea. Del amplio arco de medidas, discursos y prácticas que conformaron estos procesos; interesa mencionar en este apartado únicamente que hacia fines del siglo XIX la asociación entre “baños” e “higiene” no era tan directa como en la actualidad. Por lo tanto, posee interés repasar brevemente dicho vínculo respecto del objeto y el período que se estudia (entendiendo que seguramente en el ámbito doméstico o en otras instituciones este vínculo puede haberse desenvuelto de otras formas).

A diferencia del texto de Mallo citado al inicio de este capítulo, los documentos referidos a la higiene escolar no siempre contenían menciones a las “letrinas”. Estos dispositivos están ausentes, por ejemplo, del texto de higiene escolar escrito por José Antonio Wilde Las Nociones de hijiene (1876)[13]. Allí, si bien las primeras páginas se dedican a cuestiones “atmosféricas”, se presenta una mención a “los baños” que cabe destacar. En relación con el creciente uso del agua mencionado en líneas anteriores, es notable que Wilde aconseja la práctica del baño “en tina” y no “en el río”, haciendo algunas digresiones acerca del peligro que esta costumbre implica para lxs niñxs. Sin embargo, también da cuenta de la imposibilidad eventual de realizar esa práctica, en cuyo caso recomienda “atender a la limpieza del cuerpo” con “lavatorios parciales”. Finalmente, también da cuenta de la existencia de vestigios de modelos de higiene previos, ya que aconseja moderar el uso de dos elementos propios de una limpieza más tradicional: el aceite y el polvo para el cabello (1876, pp.14-16). Tampoco se mencionan las letrinas en el Reglamento del Cuerpo Médico Escolar redactado tempranamente —en 1885— aunque sí se mencionan en un informe de 1891 (Zorrilla, 1892). Este informe resulta crucial, ya que constituye una verdadera excepción a varios documentos consultados. Más en línea con las opiniones de Mallo, allí se afirma que “Uno de los detalles más dignos de estudio en todo edificio público, y especialmente en una escuela, es sin duda alguna el referente a retretes y urinarios.” (Informe 1891, p.81). Sin embargo, inmediatamente después se afirma: “Cuestión es ésta aún no resulta por completo” (Informe 1891, p.81). Por lo tanto, se sostienen a grandes rasgos las atribuciones que ya habían sido establecidas en reglamentos generales sancionados anteriormente. De esta forma, la tarea de los Inspectores Médicos se sostenía sobre dos ejes centrales, pero de ostensible vaguedad “supervisar las condiciones edilicias” y vigilar la propagación de enfermedades infecto-contagiosas (Marengo, 1991).

A pesar de estas omisiones, puede arriesgarse que los higienistas mostraron un interés similar al que habían mostrado en definir y administrar el espacio de la ciudad y el del cuerpo, en definir y administrar el espacio-escuela. Quizás sea este hecho lo que lleve a Cattaneo a preguntarse si “no son más las razones técnicas del paradigma higienista que conceptos pedagógicos los que llevan a la obsolescencia del esquema organizativo de la escuela claustro y a su sustitución por el sistema de pabellones, ya empleado en hospitales” (2015, pág. 69). En esa clave también puede leerse la siguiente cita:

No debe olvidarse que los hijienistas Rawson, Coni, Galaraní, WiIde y otros han llamado la atención sobre la mortalidad esesiva[14] de niños en Buenos Aires; exeso que empieza á mostrarse en la cuna, y que sin duda los malos edificios que sirven hasta hoy para amontonar niños, no han de disminuir por desto en grande escala. (Informe sobre el Estado de la educación común”, 1881, p. 61)

A pesar de estas atinadas observaciones, el trabajo con documentos lleva a moderar postulados que suenen concluyentes. Por ejemplo, en un expediente del año 1885 el CNE decidió aceptar un aumento en el precio de alquiler de una vivienda que funcionaba como escuela. A raíz de eso, el inspector a cargo elaboró un informe justificando su decisión, haciendo referencia a las “excelentes condiciones higiénicas” (Exp. CNE 0004/85, 1885).Sin embargo, en una comunicación del mismo año uno de los gobernadores se refería a “edificios escolares adecuados y que reuniesen las condiciones requeridas por la ciencia pedagógica” ( Exp. CNE 0050/85, 1885). En el mismo sentido, quince años más tarde se hace referencia a ambas: se habla de las “condiciones higiénicas y pedagógicas” (Exp. CNE 3631/99, 1899), aunque en algunos casos sólo se hace referencia a las segundas (Exp. CNE 5282/01, 1901).

Indudablemente, sin importar qué principios se invocaran (si higiénicos o pedagógicos) los edificios escolares eran uno de los principales ámbitos de implementación y difusión de la “higiene”. Sin embargo, es posible afirmar que en los documentos se corrobora aquello que Vigarello (1991) había sugerido para el caso europeo (mencionado al principio de este capítulo), respecto a la ausencia de una relación directa entre higiene y lavado con agua. Además, en el período que se estudia aquí aún no estaba consolidada la relación higiene-agua-baños tal como la entendemos en la actualidad.

Un primer aspecto de esta relación tiene que ver con lo indicado aquí acerca del modesto avance del sistema de provisión de agua en Argentina en ese momento. A pesar de las intenciones y las obras mencionadas anteriormente[15], es posible hallar multiplicidad de casos de edificios escolares que no contaban con instalaciones de agua corriente. Esto no significa que no contaran en absoluto con agua, o que el agua no se utilizara. En realidad, la forma tradicional de obtener agua era el célebre “aljibe” (Expdte 0001/84, 1884). De ahí se extraía agua para consumir, para lavarse y eventualmente para arrojar al conducto de letrinas. Este dispositivo perdura con seguridad hasta fines del siglo XIX. En 1897 un vecino del Distrito n°19 escribía una nota dirigida al presidente del CNE, ofreciendo dos casas de su propiedad en alquiler. Allí describe las locaciones, nombrando las habitaciones, los patios y que posee “agua de aljibe” (Expdte 2919/97, 1897). En el mismo año, la directora de la escuela n° 8 que se encontraba localizada en el barrio de Belgrano mencionaba en una carta enviada al CNE que “No hay agua corriente y la que se consume tiene que ser sacada a la balde” y que “las letrinas se tapan si no se les pone agua en el depósito” (Expdte 1255/97, 1897). Se observa también un caso en particular, en el cual el edificio cuenta con ambas instalaciones: aljibe y agua corriente.

 Fuente: Exp. CNE 5484 97, 1897.

Un año más tarde, en un expediente se mencionaba una práctica usual durante todo el siglo XIX que parecía aún sostenerse: el director de la escuela escribía solicitando recursos para “compra de agua” (Expdte 2285/98, 1898). Efectivamente, si bien la provisión de agua corriente continuó avanzando, la venta continuaba siendo una actividad vigente. Tal es así que el Censo de la ciudad de 1910 registraba 140 aguateros.

 

Fuente AGN. Archivo Witcom álbum 1, Inventario 565.

Llegando a la década del noventa, emergieron muchas solicitudes de provisión de agua corriente. Comenzaron a aparecer como requisitos desde el CNE y también como un aporte de valor en los discursos de aquellas personas que ofrecían viviendas en alquiler para que funcionaran como escuelas comunes. En 1885 aparece el primer expediente en el que se solicita la instalación de agua corriente en una casa en la cual “no hay ni hubo provisión de agua” (Expdte 0445/85, 1885). En los años que siguieron se presentaron numerosos casos similares. En algunos se anexaron para su evaluación los presupuestos de contratistas dedicados a realizar las nuevas instalaciones (Ilustración 30). Allí figuraban las condiciones de pago mensual del servicio, así como la prohibición de vender el agua (Expdte 1932/91, 1891).

Presupuesto para la instalación de agua corriente, 1891

Fuente: AGN Exp. 1932/91.

El avance de la provisión de agua trajo consigo la evolución y popularización de lo que hoy se conoce como “artefactos baños”. En un primer momento, aunque no estuviera instalada el agua corriente, existían en algunos establecimientos “picos de agua” (Exp. CNE 4268/82, 1882) que descendían directamente de contendedores muchas veces ubicados en el techo. Luego comenzaron a volverse más usuales las “canillas” y “lavatorios”. Estos artefactos comienzan a verse también como una exigencia desde la década del 90, con el avance de la provisión de agua. Al respecto, ciertos ejemplos sugieren que existía una diferencia entre los “lavatorios” —utilizados para lavarse— y las “piletas” —utilizadas para beber agua: “Se colocarán dos juegos de dos lavatorios y de las ocho piletas de tomar agua existentes, se utilizarán seis (Exp. CNE 1287/94, 1894).

Hacia fines de siglo la ubicación de estos artefactos tampoco parece estar completamente institucionalizada. El análisis de los planos sugiere que en las edificaciones de mayor importancia era común localizar piletas en los pasillos o entre las aulas (Ilustraciones 31 y 32) y que estas se utilizaban para lavarse. Un expediente de 1894 abona esta hipótesis, ya que ordena “Colocar tres piletas lavatorios en los patios” (Exp. CNE 0127/94, 1894). Por otro lado, en planos menos formales no se presentan con tanta regularidad los lavatorios.

 Fuente CEDIAP 7079-SN002_C (Detalle).

Fuente CEDIAP 7079-SN002_C

 Fuente CEDIAP 0035-18484_C

 Fuente AGN. Archivo Witcom álbum 1, Inventario  335.

Lo que aparece nítidamente es que los accesos al agua no se encontraban cerca de los baños como en la actualidad. Esto puede significar que no existía en ese momento la costumbre de lavarse las manos luego de utilizar las letrinas o los mingitorios. Ahora bien, aunque pareciera no estar asociada aún al uso de las letrinas, esta práctica no carecía de importancia. Por ejemplo, en 1897 la directora de una escuela expresa su preocupación debido a que “la casa carece de lavatorios y hay que llenar esta necesidad toda vez que las alumnas tienen clase de labor” (Exp. CNE 1255/97, 1897).

Provisión de agua y baños aparecen asociados en los expedientes en pocas oportunidades. En algunos casos se los nombra juntos, lo cual puede sugerir la temprana convivencia en una misma formación discursiva, la de las instalaciones sanitarias. Así, en un expediente de 1896 se hace referencia a “la construcción de W.C. y lavatorios de que hoy carece” (Exp. CNE 5262/96, 1896). Como vimos, durante el período que se estudia aquí, esta asociación se sugiere con más fuerza en los documentos de la Comisión de Obras Sanitarias. Sin embargo, parece no tener aún una traducción unívoca en las acciones cotidianas. En otros casos estos dos elementos son presentados con cierta proximidad física, sin embargo la ausencia de regularidad no permite sugerir la presencia de otras relaciones. Un presupuesto confeccionado en 1897 sugiere la siguiente distribución:

Se aran un tabique de madera par aser dos letrina cola piesita al lado de la letrina y se le aran sus canaleta de purlan que van a la letrina vieja se coloqueran las puertas la misma que stan partiendola en dos” “[se colocará una canilla] en frente de la letrina, con su requilla de desague que dan al albañal” (Exp. CNE 5456/97, 1897).

Esta ausencia de relaciones sólidas entre baños y provisión de agua no debería llevarnos a pensar que las “letrinas” no eran en ninguna medida objeto del saber higiénico. En realidad, la impresión general es que, más allá de los dichos de Mallo, las letrinas no eran aún el objeto de una intervención higiénica sistemática tal como esta se concibe en la actualidad. Otro escenario que da lugar a esta apreciación se expone en el expediente n° 1536/88 (1888). Allí se hace referencia a la situación en una vivienda en la cual había dejado de funcionar la escuela, debido a que el hijo del Director había fallecido de difteria. Considerando la gran dificultad que existía para conseguir alquileres para escuelas, se solicita en una nota al Cuerpo Médico Escolar que establezca qué medidas debían ser tomadas para poder ocupar la casa nuevamente. Lo interesante, es que las medidas solicitadas se limitaban al “blanqueo” de “pisos y paredes donde el niño había circulado” ­—a pesar de que este mismo procedimiento se había aplicado en otras oportunidades a las letrinas ( Exp. CNE 0292/86, 1886)— en ese episodio donde se presenta una situación indudablemente sanitaria, no se hacen comentarios específicos.

Finalmente, la invisibilidad de las letrinas o W.C. (que estaban mayormente ausentes de planos, presupuestos y prescripciones de higiene) mutó sutilmente hacia fines de la década del ochenta cuando los “pozos” que recibían “las inmundicias” comenzaron a desbordarse. Dada esa situación, las escuelas debían solicitar presupuesto para contratar  “carros atmosféricos” que vaciaran dichos receptáculos (Exp. 3220/89, 1889). En ese momento, emergió una serie de inquietudes higiénicas en relación con los baños que se sostendrá y desplegará sin interrupciones hasta nuestros días. Esto es claro en una misiva en la cual se manifiesta: “Siendo de imprescindible urgencia hacer desagotar los pozos que corresponden a los servicios, por encontrarse totalmente ocupados; lo que constituye una constante amenaza para la salud” (Exp. CNE 5008/99, 1899). Esta preocupación por las letrinas tiene su raíz en las creencias de la época acerca de los orígenes de las enfermedades y los mejores medios para contrarrestarlas. Como afirma Álvarez (1999), en ese momento “Se pensaba que los miasmas, los efluvios, las emanaciones descompuestas resultantes de la fermentación o de la putrefacción de la materia orgánica” originaban los males

Desde 1871 los “carros atmosféricos” se dedicaban a recolectar los desperdicios de los pozos y a arrojarlos en terrenos alejados que funcionaban así como “vaciaderos de materias fecales”. En la Ordenanza de 1879 (descripta en el capítulo 2) y en el Informe del Inspector General correspondiente al mismo año, se declara que en la ciudad de Buenos Aires existían dos empresas de “carros limpiadores”: “Sociedad de propietarios para la Higiene” y “El verdadero limpiador”. Según consta en el informe, la primera de estas compañías depositaba desde hacía ocho años los desechos en “la aparte Sud del Municipio, en un terreno próximo a los locales del Abasto”. La segunda funcionaba hacía solamente un año, y arrojaba las materias fecales en un terreno “situado á seis cuadras al Sud de la calle de Santa Fe, frente á la Avenida Sarmiento”:

El número de carros de materias fecales extraidos durante el año [1879], es el siguiente:

‹Sociedad de propietarios para la higiene….8817. El verdadero limpiador”…………………5876. Lo que hace un total de: …………………….14693 

En 1889 la directora de una escuela solicita que la autoricen a contratar la empresa de “carros atmosféricos de la zona” para vaciar la letrina de la escuela que esta “llena” (Exp. CNE 3220/89, 1889). En otra institución, se solicitan las siguientes refacciones: “desagotar las letrinas, siendo necesario para esto treinta y cinco o cuarenta carros atmosféricos” (Exp. CNE 3421/89, 1889). Como resultado, desde la década del noventa también comienza a verse como una necesidad la instalación de cloacas.

Si bien los baños continuaban siendo lugares marginales, puede arriesgarse que la emergencia de la “limpieza” con agua en las escuelas de la ciudad se produjo en la confluencia de todos estos procesos y se manifestó claramente hacia mediados de la década del 90. Ciertamente, desde 1894 en las cartas de lxs directorxs de escuela se solicita que se habiliten “gastos de limpieza [16]” ( Exp. CNE 1820/94, 1894;  Exp. CNE 1821/94, 1894;  Exp. CNE  4708/97, 1897;  Exp. CNE 2285/98, 1898). Comienza entonces a consolidarse en las prácticas el vínculo entre limpieza y agua: “mandar a colocar la bomba en el pozo, para la limpieza de las obras que se han ejecutado; pues es muy penoso e impropio obligar a las alumnas tiren el agua á pulso para la limpieza” (Exp. CNE 5006/96, 1896). En relación con esto, emerge también la voluntad de contratar un personal muy específico: los “porteros” ( Exp. CNE 2260/94, 1894;  Exp. CNE 1255/97, 1897;  Exp. CNE 3278/98, 1898): [Se solicita un] “portero para la limpieza y aseo” [de la escuela]; “Un portero que cuide la casa Escuela” (Exp. CNE 5006/96, 1896).

Llegando al siglo XX las letrinas comienzan a volverse visibles también para algunos miembros del Cuerpo Médico escolar. Quizás el gesto más concreto es que en 1896 se incluye por primera vez a las letrinas en un formulario de los que utilizaba este organismo para inspeccionar los edificios (Exp. CNE 1980/96, 1896). Efectivamente, sus objetos de interés —al menos en lo que respecta al diseño de los edificios para escuelas más importantes— se delinean cada vez más nidiamente:

El Cuerpo Médico ha estudiado los planos presentados por el ingeniero Don Joaquín M. Belgrano (…) Nada tiene que objetar respecto de la orientación, ventilación, iluminación de las clases, las dimensiones de los patios de ejercicios cubiertos y al aire libre, la colocación de las letrinas, su número[17] y disposición de los asientos nos parecen aceptables” (Exp. CNE 3648/93, 1893) 

A raíz de esto, podría pensarse que en ese momento los baños (letrinas, W.C) eran considerados ambientes que debían cumplir exigencias singulares de higiene, que guardan poca relación con las actuales. Durante gran parte del período estudiado, estos espacios no fueron tenidos en cuenta a la hora de evaluar las “condiciones higiénicas”, ni estuvieron estrictamente asociadas a la práctica de lavado de manos, como en la actualidad. Esta hipótesis no carece de sentido, sin embargo, es importante introducir matices. Como afirmé anteriormente, el vínculo entre las letrinas y la preocupación por la higiene existía, de ahí que en la normativa urbanística y de obras públicas estos se presentaran claramente asociados. Sin embargo, a tono con los discursos de la época, las preocupaciones aparecen centradas en las emanaciones “miasmáticas” de las letrinas y los tratamientos continúan poniendo en el binomio aire – sol.

Los lugares para orinar y defecar

Autorxs que han estudiado los baños coinciden en situar los antecedentes más remotos en la civilización minoica, alrededor del año 2000 a.C. (Corrigan, 1932; Kira, 1976; Wright, 1960). Ubican en el palacio de Cnossos una compleja estructura que comprendía tanto un sistema de “baño” como de administración de desperdicios humanos[18]. Luego, identifican algunas tecnologías de este tipo alrededor del año 1350 a.C. en palacios egipcios (Brown, 1884; Prignano, 2007; Wright, 1960), aunque estas presentan diferencias significativas respecto al citado ejemplo cretense. En concreto, la práctica minoica asociada al “baño” incluía el uso de un artefacto similar a una tina. En Egipto en cambio, no implicaba una inmersión (Warren, 1970; Wright, 1960), sino que unx o varixs esclavxs derramaban agua sobre la cabeza de quien se bañaba (Ilustración 35). Además, en la isla de Creta existía cierto desarrollo en el campo de la ingeniería sanitaria, que incluía cañerías y desagües; mientras que en Egipto los desperdicios no se evacuaban con agua, sino que se acumulaban en vasijas (Wright, 1960). Más allá de estas diferencias, el aspecto más sobresaliente de los hallazgos en Egipto es la existencia de un “asiento” que es considerado por algunxs estudiosos como el primer modelo de aparato inodoro (Wright, 1960).

En Grecia y Roma antiguas era costumbre practicar el baño en recintos localizados a cielo abierto, de forma comunal (Brown, 1884; Kira, 1976; Prignano, 2007; Wright, 1960). Si bien esto no significaba que todxs las personas pudieran realizar dicha actividad, es importante para comenzar a sugerir que la noción de privacidad tal como la entendemos hoy es relativamente reciente. De manera análoga, la civilización romana diseñó espacios para orinar y defecar que podrían definirse como públicos. Sin embargo, en su “Tratado” sobre los “wáter-clóset”, Brown (1884) sugiere que los romanos fueron los primeros que otorgaron mayor complejidad a este dispositivo, multiplicando tecnologías y usos. Al respecto, si bien este autor no provee referencias a fuentes primarias, resulta interesante recuperar someramente su clasificación de tecnología romana:

En Roma, encontramos cuatro tipos de receptáculos para excrementos. Close stools[19] (lasana), en los cuales los ancianos ricos en ocasiones utilizaban recipientes de oro o plata; jarras (gastra), las cuales eran depositadas en la calzada; letrinas públicas (cloacina), de las cuales Sir William Guell nos dice que había ciento cuarenta y cuatro en Roma; letrinas (latrina), probablemente para uso privado[20]. (Brown, 1884, pág. 8)

A partir de esta tipología, Brown sugiere una primera gran distinción acerca de lo que significa un “wáter-closet”: Por un lado, la cloacina —derivado de cloaca— hace referenciaa una alcantarilla o drenaje. Por otro lado, la letrina —derivado de lavatrina— señala una suerte de palangana o cuenco. Su objetivo es mostrar la cercanía existente entre las tecnologías romanas y las de su época (fines del siglo XIX).

Lo cierto es que tanto Brown como otrxs (Kira, 1976; Wright, 1960) quisieron evidenciar que existió cierta particularidad en el desarrollo de las tecnologías sanitarias. Los antecedentes sugieren que luego de la sofisticación romana se sucedieron en Occidente aproximadamente diecisiete siglos en los cuales los artefactos vinculados al baño y a los desperdicios parecieron no haberse inventado. Aunque existen excepciones respecto a la práctica de baño[21], estas generalizaciones parecen atinadas en lo que respecta a los baños. 

Efectivamente, las instalaciones para desperdicios presentes en los castillos europeos del medioevo no poseían la complejidad romana. La tecnología propia de la época eran los garderobes. Se trataba de unos pequeños espacios que poseían un agujero (en ocasiones también un asiento) y una suerte de desembocadura hacia algún pozo o directamente hacia los bosques. Abonando las lecturas que mencionan la complejidad propia de este objeto de indagación, es posible agregar dos comentarios. En primer lugar, subrayar que el material existente se refiere en su mayoría a los dispositivos baños presentes en importantes ciudades y edificios. Como consecuencia, poseemos cierta información acerca de los palacios de Cnossos, Akhetatón, Versalles y otros[22]. Sin embargo, no existen investigaciones que se hayan centrado en sistematizar el grado de inserción de estas tecnologías en otros sectores de la población. En segundo lugar, los escasos trabajos disponibles se han dedicado en su mayoría a describir características técnicas, pero poco nos dicen acerca de las prácticas específicas desplegadas en estos espacios o de su significación cultural. Como se sostuvo en este trabajo anteriormente, lo que se puede inferir es que —como afirma el arquitecto Alexander Kira (1976, pág. 7)— la práctica más común en los pueblos modernos occidentalizados ha sido hasta hace poco más de un siglo la utilización de recipientes portables[23].

Laporte (1998) sostiene que en el siglo XVI apareció por primera vez en Paris una normativa que prohibió a los habitantes de la ciudad defecar u orinar en las calles, arrojar desechos por las ventanas y derramar sangre o restos de animales en lugares públicos. Dicha legislación, si bien no es absolutamente pionera en la materia, parece haber constituido una de las primeras materializaciones jurídicas del proceso moderno de definición, jerarquización y gestión de los desperdicios en las incipientes ciudades occidentalizadas. A pesar de esta iniciativa, es posible sugerir que dichas medidas se volvieron sistemáticas posteriormente, de la mano de un proceso de larga duración caracterizado entre otras cosas por la evolución de las ciudades, y fundamentalmente por la constitución de los Estados Nacionales occidentales. Abonando esta hipótesis, Brown (1884, pág. 17) manifestaba no haber hallado menciones a los “wáter-closets” entre Roma y la Europa de 1770. De esta forma, parece posible inferir que las inquietudes contenidas en las medidas parisinas tendrán su apogeo recién en el siglo XIX, con el triunfo del higienismo y la noción de salud pública.

Algunas características de los baños escolares argentinos en el siglo XIX

Cuando comenzó el siglo XX los baños de las escuelas primarias no se habían institucionalizado por completo. Coexistían edificaciones con instalaciones muy precarias (en la mayoría de estos casos se trataba de viviendas adaptadas para funcionar como escuelas) y obras monumentales. Tal como se discutió en esta investigación, las diferencias entre estos dos tipos de construcciones eran muy importante, y de alguna forma reflejaba la distancia existente entre el discurso estatal y sus prácticas efectivas.

Respecto a los artefactos, en Europa y Estados Unidos se habían patentado distintas tecnologías[24] y la Comisión de Obras Sanitarias ya había exhibido en sus reglamentos ciertas preferencias. Sin embargo, el lento avance de las obras de agua corriente y saneamiento imposibilitaba que el común de la población pudiera acceder a estas tecnologías. Como consecuencia, es imposible inferir la fisonomía que poseían en ese momento los baños de la legislación que estuvo vigente hasta 1905. En realidad, a raíz de la presente investigación podría sugerirse que, debido a la falta de institucionalización, en ese momento existían una multiplicidad de formas y prácticas. 

Esta escena resulta útil, ya que otorga cierta nitidez a un rasgo teórico-metodológico planteado en los primeros capítulos de este libro. Esto es, el carácter fragmentario de toda investigación genealógica. Es necesario recurrir a fragmentos para ensayar hipótesis acerca de las características materiales que poseían los baños escolares de fines del siglo XIX. En cierto sentido, el texto que da inicio a este capítulo constituye uno de ellos. Tomando como punto de partida otras citas del mencionado texto de Mallo, en este aparatado quisiera poner en relación algunos fragmentos que permitan acercarnos a conocer la fisonomía de los baños escolares, así como algunas costumbres referidas a los mismos. 

En primer lugar, uno de los comentarios de las clases de Mallo permite introducir con más fuerza una distinción que había aparecido difusa en la normativa, entre “letrinas” o “excusados”, y “sumideros”. Los primeros aparecen en el texto sin dudas como receptáculos de materias “excrementicias”; sin embargo la función de los segundos continúa poco clara. Ciertamente, algunas palabras del autor pueden llevar a pensar que estos espacios también estaban destinados a los desechos de lavado de ropa o culinarios:

 Las pilas de fregar, suelen ser, por lo general, una de las funciones anejas al sumidero […] en uno de cuyos estremos, tiene un agujero provisto de un tapón que sirve para dar salida al líquido, con destino á un pozo común con la letrina, ó bien con los conductos eferentes á las cloacas. […] Las disposiciones y colocación que pueden tener los sumideros y lavaderos á la vez, varían al infinito. Debemos decir al respecto, que es una malísima disposición el hacer que las aguas jabonosas vayan á parar á las letrinas, porque esta es la causa reconocida del mal olor que dan las últimas por lo común y de los accidentes que suelen determinar por la formación de gases esplosivos. (Mallo, Pág. 211).

Quizás el comentario más valioso sean las palabras de Mallo, afirmando que la organización de estos dispositivos variaba en ese momento “al infinito”. Esta opinión es ciertamente compartida en un Informe de 1891 que ha sido citado anteriormente. Si bien allí se afirma la importancia de “estudiar” los retretes, también se menciona que los esfuerzos en esa dirección “han dado como resultado multitud de diversos aparatos para uno y otro objeto” (Informe 1891, p.81).

Sin embargo, las palabras de Mallo permiten arriesgar algunas precisiones. El “sumidero” poseía una versión localizada al interior de las viviendas (más cercana a una desembocadura o “rejilla” contemporánea, que seguramente confluía en el pozo negro) y una versión exterior, similar a lo que conocemos como “boca de tormenta”. Las siguientes preocupaciones editadas en las memorias de la Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado correspondientes al año 1879 abonan esa hipótesis y permiten asimismo una pequeña aproximación a las costumbres porteñas de la época:

Esponer detalladamente los varios abusos que se están cometiendo desde el tiempo que se terminaron los sumideros, ó bocas, que dan acceso á los conductos subterraénos.

[…]Lo cierto es que, además de la costumbre general de arrojar a la calle toda especie de aguas servidas (y hasta materias fecales), por medio de los albañales, y directamente a las cloacas por los sumideros y por los caños para aguas pluviales que han sido colocados desde las casas donde fue necesario levantar las calles. (Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado, 1880 [1879], Pág. 12)   

Las preocupaciones de la Comisión de aguas corrientes despejan el uso atribuído a los sumideros, y al mismo tiempo traen la atención hacia una costumbre mencionada anteriormente, que consistía en arrojar las “aguas servidas” a la vía pública.

Efectivamente, se mencionó previamente que Mallo distinguía con claridad entre dispositivos “fijos” y “portables”.  Los aparatos portables se asemejaban a los recipientes denominados “bacinillas” u “orinales”, que podríamos pensar semejantes a los de la Ilustración 13. Al parecer, la costumbre de orinar y defecar en estos recipientes y luego arrojar el contenido a la calle se sostuvo durante gran parte del siglo XIX[25]. Sin embargo, la información disponible hasta ahora no proporciona precisiones acerca de las especificidades que esta práctica asumió en las escuelas[26]. Respecto a los artefactos “fijos”, a raíz del trabajo documental puede inferirse que el aspecto general de los espacios de letrinas escolares se acercaba a las ilustraciones de las figuras que se presentan a continuación (Figuras  40 y 41[27]). Efectivamente, en el capítulo 2 se afirmó que la normativa de 1879 —más específica en cuanto a algunos aspectos constructivos— permitía arriesgar que los “asientos” utilizados por la población en general se encontraban más cerca del formato europeo medieval, que del artefacto que hoy conocemos como “inodoro”.

Letrinas escolares. Fuente AGN

 Detalle Ilustración. Pueden identificarse el “asiento” y la “tapa”

Los materiales utilizados eran madera, mármol y ladrillo o “porlan”. Mallo afirma en sus clases que los “asientos” estaban hechos de “maderamen” o de “mármol”. Esta apreciación puede ser puesta en relación con otras fuentes para afirmar que el mármol era un material muy utilizado como “asiento” de letrinas. Aunque pueda resultar contraintuitivo debido a su carácter oneroso, la utilización de mármol se menciona en numerosos presupuestos de los expedientes del CNE (Exp. 2397/88, 1888; Exp. 1794/89, 1889; Exp. 0535/98, 1898).

Detalle del presupuesto de refacciones

Fuente: AGN. Exp. 2397/88, 1888.

 Detalle de presupuesto

Fuente: AGN Exp. 3466/82, 1882.

Presupuesto de un trabajo de Albañilería de que hay que hacer en el colegio calle Rivadavia n° 361. […] Se harán tres letrinas con un aciento de mármol blanco y con un inodoro incrustado en el mármol. La altura del aciento será de 31 a 40 cm y con su frente de mármol. (Exp. 3466/82, 1882)

Otro elemento constante es el caño de respiración (Ilustración 44). Este se demanda por primera vez en el Reglamento de Construcciones de 1887. Allí también se indican las características que debían poseer: “Art. 128. Toda letrina deberá tener un caño para respiradero, el cual arranque desde la parte más alta del intradós de la bóveda y se prolongue hasta dos metros más alto que el techo de las habitaciones inmediatas” (Municipalidad de Buenos Aires, 1889 [1887] Pág. 211). La importancia de este dispositivo puede ponerse en relación con las concepciones del momento acerca de la peligrosidad de los “miasmas”, las “emanaciones” y los “desprendimientos” mencionadas en el apartado anterior. Esta preocupación se refleja sin ambages en las clases de Mallo:

Debido á la poca atención ó cuidado que hay en la construcción de las letrinas y á las mezclas de las aguas sucias, orinas y heces, hay siempre un gran desprendimiento de gases perjudiciales á la salud en las casas particulares, que son los qué originan las diferentes clases de tifus según la opinión mas recibida hoy en la ciencia y que acaba de prevalecer en la Academia de medicina de París y se ha hecho necesario que una ordenanza municipal, entre nosotros, ordene la colocación de un tubo de desprendimiento para los gases que se forman por la presencia de tantas materias y de tan diversa composición: ese tubo debe sobrepasar el edificio para que los gases se diseminen en la atmósfera. (Mallo, Pag. 213)

En numerosos documentos aparece también mencionado —aunque sin mayor detalle— un “depósito de agua”. Es posible que se tratara de un compartimento superior destinado a descargar agua, aunque no aparece en ninguna ilustración que permita arriesgar su forma o ubicación. En ese sentido el funcionamiento parece anticipar lo que luego se llamaría “mochila” de descarga. 

Además de este formato de “asiento”, algunos documentos sugieren que existían otro tipo de artefactos. Por ejemplo, Mallo menciona los sistemas de “Viglleune-Bresson” y los de “Guinier y Godefroy”, señalando que son “defectuosos”. De acuerdo al estudio de Brown (1884), este tipo de artefactos eran denominados “pan-closets” y se caracterizaban por poseer una suerte de válvula inferior y un bowl de cerámica en la parte superior. Modelos de este tipo de recipientes se exponen en el museo de Aysa, lo cual indica que este tipo de artefactos se utilizaron en nuestro territorio. A pesar de la existencia de estos objetos originales, no es posible dimensionar la escala ni las características singulares de su uso. De acuerdo a las descripciones en los presupuestos y a algunos dibujos, el tipo más utilizado durante el período que se estudia aquí es el de las letrinas con asiento. 

En relación con esto, en su estudio acerca de la historia del inodoro, Prignano (2007) da a entender que durante el último tercio del siglo XIX se habían comenzado a importar los artefactos inodoros de loza. En este trabajo prefiero tener algunos recaudos al respecto. Con seguridad, tres empresas importaban este tipo de artefactos en 1912[28]: Vicente Macchi, Heinlein & Cia., Gath y Chaves. Las tres compañías figuran en la Guía de 1912  de la Sociedad Rural[29]. Gath y Chaves figura como “Importadores” (p. 614), Heinlein (p. 615) y Macchi incluye en su descripción “artículos baños” (p. 617):

HEINLEIN Y CIA – Casa introductoria de artefactos para gas y luz eléctrica y para higiene moderna. Instalaciones completas de cuartos de baño, cloacas, luz eléctrica, gas y aguas corrientes. (La rural, 1912, p. 585)
 Casa Gath and Chaves. Avda. de Mayo y Perú

Fuente AGN. Archivo Aficionados, Inventario 213890.

Por lo tanto, no poseo al momento fuentes que confirmen actividad anterior de estas compañías o que registren el ingreso de estos artefactos por primera vez al país. De cualquier manera, aunque Prignano esté en lo cierto y los artefactos de loza hayan sido efectivamente importados desde la década del 70 del siglo XIX, no podemos afirmar que su uso se haya generalizado con rapidez. Por el contrario, como sostendré a lo largo de la presente tesis, este tipo de sistema no se popularizó sino hasta el siglo XX.

A modo de comentario general, puede agregarse que la mayoría de los baños poseían la forma de “letrinas” y no eran aún objeto de una atención específica. En la mayoría de los establecimientos que funcionaban como escuelas primarias se trataba de lugares reducidos, fabricados con los materiales más económicos de la época: fundamentalmente ladrillo y cemento. Nada indica que en ese momento hubiera en los baños espejos. Con seguridad, existía la preocupación por la “impermeabilidad” de los revestimientos, pero no hay menciones a otros revestimientos más cercanos a los actuales, de tipo cerámico.

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Vigarello, G. (1991). Lo limpio y lo sucio: La higiene del cuerpo desde la Edad Media. Madrid, España: Alianza.

Wright, L. (1960). Clean and decent. The fascinating history of the bathroom & the water closet and of sundry Habits, Fashions & Accesories of the toilet principally in Great Britain, France and America. New York , United States: The viking press.

Lista de fuentes citadas

Aguas corrientes. Publicada en Memoria de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, 1860. Argentina. p. 57.

Comisión de aguas corrientes. (1878). Memoria de Aguas Corrientes correspondiente al año 1877. Buenos Aires, Argentina: Imprenta de la penitenciaría.

Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado. (1880). Memoria de la Comisión de aguas corrientes, cloacas y adoquinado correspondiente al año 1879. Buenos Aires, Argentina: Imprenta de la penitenciaría.

Comisión Directiva de las Obras de Salubridad de la Capital. (1887). Memoria de la Comisión Directiva de las Obras de Salubridad de la Capital correspondientes al año 1885. Buenos Aires, Argentina: La Tribuna Nacional.

Expediente 3466/82. Consejo Nacional de Educación, 1882.

Expediente 4268/82. Consejo Nacional de Educación, 1882.

Expediente 001/84. Consejo Nacional de Educación, 1884.

Expediente 0004/85. Consejo Nacional de Educación, 1885.

Expediente 0050/85. Consejo Nacional de Educación, 1885.

Expediente 0445/85. Consejo Nacional de Educación, 1885.

Expediente 0292/86Consejo Nacional de Educación, 1886.

Expediente 1536/88. Consejo Nacional de Educación, 1888.

Expediente 2397/88. Consejo Nacional de Educación, 1888.

Expediente 1794/89. Consejo Nacional de Educación, 1889.

Expediente 3220/89. Consejo Nacional de Educación, 1889.

Expediente 3421/89. Consejo Nacional de Educación, 1889.

Expediente 1932/91. Consejo Nacional de Educación, 1891.

Expediente 3648/93. Consejo Nacional de Educación, 1893.

Expediente 1287/94. Consejo Nacional de Educación, 1894.

Expediente 1820/94. Consejo Nacional de Educación, 1894.

Expediente 1821/94. Consejo Nacional de Educación, 1894.

Expediente 2260/94. Consejo Nacional de Educación, 1894.

Expediente 2480/94. Consejo Nacional de Educación, 1894.

Expediente 1980/96. Consejo Nacional de Educación, 1896.

Expediente 5006/96. Consejo Nacional de Educación, 1896.

Expediente 5262/96. Consejo Nacional de Educación, 1896.

Expediente 1255/97. Consejo Nacional de Educación, 1897.

Expediente 2919/97. Consejo Nacional de Educación, 1897.

Expediente 4708/97. Consejo Nacional de Educación, 1897.

Expediente 5456/97. Consejo Nacional de Educación, 1897.

Expediente 0535/98. Consejo Nacional de Educación, 1898.

Expediente 2285/98. Consejo Nacional de Educación, 1898.

Expediente 3278/98. Consejo Nacional de Educación, 1898.

Expediente 3631/99. Consejo Nacional de Educación, 1899.

Expediente 5008/99. Consejo Nacional de Educación, 1899.

Expediente 5282/01. Consejo Nacional de Educación, 1901.

Mallo, P. (1878) Lecciones de Higiene Privada y Pública dadas en la Facultad de Medicina de Buenos Aires. Fascículo 1º. Buenos Aires, Imprenta de la Tribuna.

Sarmiento, D. (1881) Informe sobre el estado de la educación común en la Capital y la Aplicación en las provincias de la ley nacional de subvenciones seguido de documentos y circulares. Tip. De la Escuela de Artes y oficios.  

Wilde, J. E. (1876).  Las Nociones de hijiene. Buenos Aires, Argentina: Jacobo Peuser.

Zorrilla, B. (1892) Educación común en la Capital, provincias, y territorios nacionales. Año 1889-90-91.  Buenos Aires, Argentina: Compañía Susamericana de billetes de banco.

ANEXO BREVE CRONOLOGÍA DE LAS OBRAS DE SALUBRIDAD EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

1853[30]. Se presentan propuestas para establecer en la ciudad de Buenos Aires un “servicio de agua clarificada” El Poder Ejecutivo de la provincia hizo una concesión a la sociedad Bragge y Cía. que quedó “sin efecto”. 

1854. Se llama a licitación “para proveer de agua potable a la ciudad”.

1858-1859.  Continuaron las gestiones, pero ninguna de las propuestas fue aprobada por el gobierno. El objetivo era abastecer a 40.000 habitantes en un radio de 150 manzanas, que constituía “la parte más poblada de la ciudad”.

1867. Vuelve a tratarse el tema, debido a la aparición del “Colera Morbus”.

1868. Se inicia un conjunto de obras de provisión de agua. Estas son proyectadas y dirigidas por el ingeniero Juan Coglan. También se presentan propuestas para construir cloacas y desagües. Si bien estas no fueron aceptadas, en las memorias se deja claro que “quedó desde entonces planteada la cuestión del saneamiento de esta ciudad”.

1869. Se entrega una parte de las obras.

1870. El Gobierno contrata al ingeniero J. F. Bateman para que realice un estudio del puerto de la ciudad y elabore un proyecto de obras de salubridad. Se establecen tres tipos de obras:

1.- Establecimiento de obras para proveer de agua a toda la ciudad en su más grande extensión.

2.- Desecación (drenaje) de la ciudad

3.- Establecimiento de alcantarillas u otro sistema para dar salida á las aguas sucias ó materias fecales.

1873. Se inicia el proyecto de Bateman (financiado por préstamos internacionales)

1874. Se suspende el proyecto por falta de recursos

1875. Se federaliza la ciudad de Buenos Aires y las obras de salubridad pasan a depender de la Nación.

1882-1886. Se absorben las deudas pendientes y se sacan a licitación los trabajos restantes. Continúan las obras.

1888. Dado que las obras no se habían finalizado, pero ya se habían agotado los recursos, se decide firmar un contrato de “arrendamiento” (privatizar) el servicio de agua corriente. La empresa arrendataria se comprometía a finalizar las obras y a cambio se le permitía usufructuar los servicios de agua, cloacas y drenajes por un período de 39 años (una cuota de 6 pesos mensuales por cada casa o local).

1891. Se presentaron y aprobaron por la oficina técnica 16.585 planos, pero el número de cloacas domiciliarias sólo alcanzaba a 4366.

1902. Los locales de la ciudad de Buenos Aires que poseen agua corriente son 55.687. De estos, 47.483 poseen cloacas.


  1. En líneas generales, el movimiento higienista fue una estrategia de medicalización (Foucault, 1996) de corte positivista, que tuvo protagonismo en la gestión de la vida política, social y cultural argentina entre fines del siglo XIX y principios del XX. Su desarrollo e inserción institucional se basó en una definición amplia de Salud pública:[entendida] no sólo como un conjunto de medidas tomadas para frenar los brotes epidémicos, sino como un programa amplio que integra la salud física, psicológica y social de la población y que necesita ineludiblemente de alguna intervención por parte del estado para ponerse en práctica. (Paiva, 2000, p. 7)

    Gonzalez Leandri (2006) se refiere a ellos como una intelligentzia científica local, fuertemente influenciada por el positivismo. Existían dos grupos importantes: los “universitarios” y los “normalistas”. Entre los “universitarios” encontramos un conjunto de profesionales de gran influencia, que durante ese período ocupó con frecuencia cargos de gobierno: Francisco y José Ramos Mejía, Francisco de Veyga, Carlos O. Bunge y José Ingenieros, fueron algunos de los más destacados. Los “normalistas” por su parte, dominarán fundamentalmente las áreas académico-educativas, como la formación docente. Entre ellos se encuentran Alfredo Ferreira, Victor Mercante, Pedro Scalabrini y Rodolfo Sennet.

  2. Al respecto, resulta elocuente la ausencia en textos contemporáneos a las clases de Mallo. Por ejemplo, el documento de 1876 titulado Nociones de hijiene firmado por el médico Eduardo Wilde, que se suponía era un documento de instrucción escolar.
  3. Se hace referencia aquí al padre de quien fuera presidente a fines del siglo XIX. Su rol en estos procesos se relaciona con su desempeño en el Departamento de Ingenieros Hidraúlicos, organismo creado por Rivadavia.
  4. Para una descripción detallada del funcionamiento de los servicios de salud puede consultarse Alvarez (1999).
  5. Fiquepron (2017) afirma que la epidemia de fiebre amarilla de 1871 fue la que mayor mortalidad produjo en la ciudad de Buenos Aires, con un total de 13.614 defunciones en cuatro meses. Afirma asimismo que las epidemias
    Con sus síntomas brutales, las enormes tasas de mortalidad que dejaban a su paso y el caos social que producían, conformaron un duro golpe al optimismo liberal del siglo XIX en torno a la industria, el progreso, la ciencia y el comercio. (Fiquepron, 2017, pág. 3)
  6. En 1906, cuando la ciudad alcanzó su primer millón de habitantes, el porcentaje servido llegó al 66%, pero volvió a decaer el 57% en 1911. En 1910, la población servida era de 773.700 habitantes. […] Los porcentajes de abastecimiento se irán elevando año tras año a partir de 1914 -un año después de inaugurado el Establecimiento Purificador de Palermo- llegando en 1925 a dotar de agua potable a toda la población de Buenos Aires. (Aguas argentinas, 1999, pág. 36)
  7. En la actualidad, según datos de la OMS el consumo promedio recomendado por día por habitante es de 100 lts. En Argentina, el consumo es de aproximadamente 180 lts/día.
  8. Algunos documentos destacan la importancia cuantitativa de los conventillos hacia fines del siglo XIX. Por ejemplo, en el libro editado por Aguas argentinas se afirma que hacia 1879 existían en la ciudad de Buenos Aires 1700 conventillos que albergaban a un total de 52.000 personas (Aguas argentinas, 1999, pág. 25). Sin embargo, este tipo de afirmaciones son matizadas por Armus (Armus & Hardoy, 1990) en un interesante texto de en el cual se discute específicamente las viviendas urbanas del novecientos en Rosario. Lxs autorxs afirman allí que en realidad el “conventillo” representaba en el umbral del siglo XX sólo un cuarto de las viviendas de la ciudad de Buenos Aires.
  9. Vigarello (1991) recupera la siguiente frase “pues un pueblo amigo de la limpieza lo es pronto del orden y la disciplina”.
  10. Esta idea será explorada en un capítulo posterior.
  11. Georges-Eugene Haussman fue el personaje principal en el conjunto de transformaciones inéditas que se realizaron sobre la ciudad de París a fines del siglo XIX. Sus acciones fueron pioneras en el campo del urbanismo y han suscitado innumerables trabajos. Para un análisis desde las Ciencias Sociales, puede consultarse el capítulo de Carne y Piedra (Sennet, 1997) que analiza ese hito.
  12. La creación del cuerpo Médico Escolar, en 1888, fue una de las concreciones de este objetivo.
  13. El mismo autor había publicado en 1869 otro texto de divulgación del saber higienista: Compendio de hijiene pública i privada al alcance de todos.
  14. Según Álvarez (1999) la mortalidad en la ciudad de Buenos Aires en las décadas de 1860 y 1870 era de entre un 30% y un 35%.
  15. Entre las intenciones oficiales importa mencionar que en el Reglamento para inquilinatos del año 1871 se estipula la obligatoriedad de “lavar las letrinas diariamente”. Sin embargo, como se sostiene a lo largo de este capítulo, es posible introducir matices en lo que respecta a las prácticas de la población en general.
  16. En algunos expedientes del AGN se conservan boletas de compras de “mangas de goma” y hasta una muestra (Expdte. CNE 2480/94, 1894).
  17. No es mucho lo que se puede decir acerca de este tema. En la Ordenanza de 1879 titulada “Cómodos” se estipula que será necesario un local de letrina por cada 50 estudiantes. Sin embargo, la observación de los planos siembra dudas acerca del grado de cumplimiento de esta relación.
  18. En este trabajo utilizo la expresión “desperdicios humanos” dado que no se dispone de fuentes que indiquen qué materia se arrojaba en los distintos dispositivos. Podemos en principio inferir que se trataba mayormente de orina y materia fecal, pero no es posible excluir otras. Asimismo, si bien la amplia mayoría de los textos referidos a los baños se centran en prácticas relacionadas a las denominadas “funciones excretoras” del aparato digestivo, resulta fundamental considerar que seguramente no hayan sido —ni sean— las únicas prácticas que se desenvolvieron en estos espacios.
  19. Asiento de piedra con un orificio.
  20. Traducción propia.
  21. Wright (1960) se diferencia de quienes definen al medioevo como un período en el cual las prácticas de “higiene” estuvieron por completo ausentes. En su obra acerca de la historia de los baños se ocupa de desarrollar el rol del baño en los espacios monásticos: “Throught those dirty days when ‘for a thousand years Europe went unwashed’, the monasteries were the guardians of culture —and of sanitation” (Wright, 1960, pág. 24)
  22. No pretendo aquí sugerir que estxs autorxs se han limitado deliberadamente a construir una Historia “desde arriba”. En realidad, más allá de sus formas de proceder, sólo contamos con información de ciudades y edificaciones célebres debido a que hasta mediados del siglo XX no era común contar con todos los planos o esquemas.
  23. Han existido numerosas formas de llamar a estos artefactos. “Bacinilla” y  “taza de noche” fueron también nombres populares en nuestro país.
  24. Pueden hallarse descripciones técnicas detalladas en el libro de Brown ampliamente citado aquí (1884).
  25. En capítulos anteriores mencioné la aguda observación del arquitecto Alexander Kira a este respecto. Esta tesis acerca del uso extendido de elementos portátiles es también sostenida en el texto editado por AYSA (Aguas argentinas, 1999).
  26. El único antecedente localizado a este respecto es del siglo XVIII. Se trata de una de las recomendaciones de La Salle en la Guía para las escuelas cristianas. Allí se aconseja que “Los maestros recomendarán especialmente a sus alumnos que no hagan sus necesidades, ni siquiera orinar, en las calles al salir de la escuela; y les recordarán que quienes tengan necesidad, lo hagan antes de salir.” (La Salle,  GE 10, 3,5). A partir de esta afirmación de La Salle puede arriesgarse que existía algún dispositivo que permitía orinar y defecar en el interior del establecimiento educativo; y asimismo que defecar y orinar en las calles era una práctica usual.
  27. De todos los documentos relevados, sólo en un expediente del CNE aparece una ilustración que nos permite arriesgar hipótesis sobre el aspecto y la estructura general que podían tener las letrinas. Sin embargo, importa aclarar que esta ilustración no corresponde a un caso de capital sino a un expediente de 1897 en el cual se incluye un documento titulado Condiciones generales para construcción de edificios escolares en la provincia de Buenos Aires.
  28. En un documento titulado Arqueología e Historia de la Usina eléctrica de Palermo. Informe preliminar, se describe el siguiente hallazgo: “dos fragmentos de loza sanitaria de espesor 1cm. Uno de ellos, de inodoro, posee la inscripción ‘345-Vicente Macchi & cía. Maipú 345’. Y en la base el número ‘99’ “.   “Los objetos son de poca antigüedad, no más de 1920” p. 18. Cfr. (IIAA, 1987).
  29. Al respecto, puede consultarse La Rural (1912). Guía general de estancieros confeccionada para los miembros de las sociedades rurales argentinas. Buenos Aires: Administración La Rural
  30. Extraídas de las Memorias de la Dirección General de Obras de Salubridad de la Nación de 1903.


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