Masculinidades, afectos y emociones
Santiago Morcillo
Si se sostiene el ideario del amor romántico –como un vínculo desinteresado, igualador y con un halo espiritual–, y se caracteriza a la prostitución como una relación meramente carnal –guiada únicamente por el interés económico y constituida por asimetrías– podríamos concluir que nada tienen que ver entre sí. Sin embargo, en nuestro trabajo de campo comenzamos prontamente a conocer historias de enamoramientos, y, de hecho, a medida que fuimos profundizando la indagación notamos que la frecuencia de las historias de “clientes enamorados” chocaba con el estereotipo del “prostituyente”.
Además de escuchar estas historias en algunas entrevistas, los relatos cargados de fuertes emociones e intensos afectos (expresiones como “no sé qué hacer, me estoy volviendo loco”, “intento dominar lo que siento y no puedo”), también aparecían en el marco de los foros online dedicados al comercio sexual. En las secciones de “debates generales” o “cafetería” hay una cantidad muy importante de relatos de confusiones amorosas, “pasiones incontrolables”, “corazones rotos” y otros elementos que parecen más propios de una novela romántica que de un foro de “prostituyentes”. De hecho, son tan frecuentes que en el hilo “Qué temas son los top del foro históricamente?” los foristas coinciden unánimemente en que “sin lugar a dudas el primer puesto se lo lleva el del enamoramiento” (Alzado, Foro 1). ¿Cómo podemos entender esta recurrencia? Si antes nos referimos a otras emociones, como el miedo o la vergüenza que complejizan la posición de estos varones generando una tensión en relación a ciertas formas de masculinidad, ¿cómo podemos pensar en esta clave estos relatos de enamoramientos y las cargas emocionales y afectivas que conllevan?
Emociones, afectos y masculinidades en el mercado sexual
Si concebimos a las emociones como construcciones sociales, podemos leer las transformaciones respecto al amor como emoción en relación con los cambios en las estructuras sociales y el desarrollo de instancias psíquicas de control de las emociones o auto coacción (Elias, 1993). Así podemos comprender la construcción histórica del amor romántico en sus matices, tanto con el amor pasión –concebido como fuerza súbita que desorganiza la vida cotidiana y los vínculos sociales (Giddens, 2004) y a veces ligada a la sexualidad masculina (Szas, 2004)[2]– como con sus versiones del capitalismo tardío asociadas a formas del consumo (Bauman, 2005). El amor romántico, que se plantea como vínculo desinteresado y no instrumental (Bourdieu, 2000), ha sido criticado desde los feminismos como una estructura que mistifica relaciones jerárquicas (Firestone, 1971; Jackson, 1993) Si bien algunos defienden la capacidad del vínculo romántico para poner entre paréntesis la lógica del capital (Costa, 2006), la esfera romántica como espacio aislado ha sido cuestionada, dado que el capitalismo tardío alimenta la penetración de asimetrías y los mecanismos de dominación económica y simbólica en los discursos y mercancías del mundo romántico (Illouz, 2009). Desde el contexto anglosajón Hochschild plantea una actual “paradoja romántica” (mayor importancia atribuida a las satisfacciones amorosas pero creciente fragilidad de los vínculos), frente a la cual “una importante estrategia para manejar las emociones consiste en desarrollar la habilidad de limitar los vínculos emocionales, dado que nos adapta a la supervivencia en la cultura desestabilizadora del capitalismo” (Hochschild, 2008: 186).
Si bien la relación entre masculinidad y emociones ha sido tempranamente abordada por los estudios de masculinidades, varias investigaciones han señalado la necesidad de complejizar la imagen de los varones como “tullidos emocionales” pues puede conducir a ciertos esencialismos. Chu (2014), por ejemplo, muestra que los niños aprenden a esconder su capacidad y deseos de entablar relaciones estrechas y significativas con otras personas. Sin embargo, la imagen de indiferencia emocional que aprenden a proyectar para protegerse de la vulnerabilidad y reafirmar su masculinidad, no significa que hayan perdido sus capacidades emotivas. Otros señalan la necesidad de una mirada interseccional; para Reeser y Gottzén (2018) las relaciones entre masculinidad y emociones deben ser pensadas tomando en cuenta las diferencias con relación a la clase, la raza, la posición geográfica, entre otras formas de desmontar el binarismo esencializante masculino/femenino. Proponen pensar también en los afectos, como estrato también ligado a la corporalidad, pero menos codificado lingüísticamente que el de las emociones (aclarando que ambos se interrelacionan y que la no-discursividad de los afectos pueden ser aludida en el discurso). Para entender el contraste podemos tomar la idea de emoción que propone Hochschild: “una cooperación corporal con una imagen, pensamiento o memoria de la cual el individuo es consciente” (Hochschild, 1979:551), lo cual supone una conexión directa entre los significados de la interacción y las funciones corporales. Aquí nos interesa poner de relieve los procesos de circulación entre afectos y emociones, más que explorar el carácter material pre-individual de los afectos (cf. Clough, 2008)[3]. La relación entre afecto y masculinidad nos interesa particularmente pues “el afecto puede ser un problema para la masculinidad normativa o hegemónica porque revela que un cuerpo masculino no tiene el control total, ya que el afecto lo afecta de manera impredecible” (Reeser, 2020: 104).
Algunas investigaciones han encontrado consistentemente que el aspecto emocional suele ser muy importante para quienes pagan por sexo. Para O’Connell Davidson (1998) ello se debe a que la masculinidad que expresan buena parte de estos varones es vivenciada, más que como un signo de poder, como algo que los ha llevado a su victimización emocional y a una exclusión del cuidado (en tanto sienten que no han recibido un cuidado apropiado y tampoco lo pueden brindar a otras personas). Surge así una contradicción, pues “los clientes a menudo quieren creer que, aunque la prostituta es una trabajadora pagada, en su caso particular ella disfruta su trabajo y obtiene satisfacción sexual y/o emocional de su encuentro con él” (O’Connell Davidson, 1998: 158). Según esta autora, la prostitución les promete el control sobre su self y el self sexual de otra, aunque el sostenimiento de esta ficción de mutualidad depende siempre en parte de la prostituta. También para Hua (2003) la investigación empírica muestra el papel fundamental que tienen las demandas emocionales de los clientes y nos aleja de la lógica binaria víctima/victimario. Para ella, la contradicción está en los mandatos de masculinidad que suponen a la vez el ser lujurioso y también tener control personal. Hua también señala que, si bien los “juegos de enamoramiento” introducen performances que complejizan la relación comercial, las trabajadoras sexuales deben encargarse del trabajo emocional que este juego supone y son los clientes quienes deciden en qué medida se pueden cruzar los límites para tener una relación íntima.
Para Bernstein (2001, 2007), la importancia que adquieren las emociones en el comercio sexual debe ser comprendida en el marco de una transformación mayor del mercado sexual, con la expansión de la llamada GFE (girlfriend experience), una modalidad de servicios sexuales que pueden entenderse como un lazo de “amor temporario”[4]. Allí los clientes consumen la fantasía de un encuentro mutuamente deseado, manteniendo su preferencia por la naturaleza claramente delimitada del vínculo, buscan una “autenticidad limitada” (bounded authenticity) que garantiza una conexión emocional sin obligaciones. Bernstein cita el testimonio de una trabajadora sexual que señala que, cuando los clientes ven cualquier signo que puede amenazar esos límites (como que ella ofrezca un descuento o encuentros gratuitos), ellos desaparecen (Bernstein, 2007: 130). La GFE, tal como aparece aquí, no es un substituto de relaciones románticas no pagadas, expresa una ruptura del nexo sexo-romance de la familia nuclear, hacia un consumismo tipo Playboy.
También en el contexto anglosajón, Sanders (2008a, 2008b) plantea que algunos clientes buscan una experiencia emocional dentro de los límites de un intercambio comercial. Estos encuentros retoman guiones similares a los de vínculos románticos heterosexuales, especialmente cuando se trata de clientes regulares. Es el deseo de intimidad, tanto física como emocional, lo que lleva a los hombres a volverse clientes habituales de la misma trabajadora sexual. Según Sanders (2008a) los clientes regulares de clase media demuestran que buscan una experiencia cargada de emociones, muestran una forma de masculinidad no-tradicional (necesidad de ser cuidado y proximidad emocional) y a la vez se preocupan por su performance, la satisfacción sexual de su partenaire y por los compromisos/ligazones y la subsecuente “confusión” de límites que puede surgir de estos encuentros.
Analizando foros online de clientes de prostitución, Milrod y Weitzer (2012) encontraron que un tercio de los hilos contenían discusiones de “intimidad emocional” entre clientes y trabajadoras sexuales. A diferencia de las trabajadoras sexuales, los clientes parecían sorprendidos y poco preparados para involucrarse en el tipo de trabajo emocional que deberían hacer para delimitar la intimidad compartida en el marco de sus encuentros.
Más allá de la XP
¿Dudan de una escort? La verdadera realidad está más allá de la XP…. Solo aquellos que se atrevan…. la conocerán (Cuernitos, Hilo “Alguien se casó con una escort?”, Foro 1).
Hola muchachos. Ya van 3 veces que visito una masajista que me encanta, o sea me calienta y ademas me gusta, onda si la veo por la calle la invitaria a salir. Por supuesto que no estoy enganchado y entiendo perfectamamente el juego y no me replanteo nada mas que pasarla bien esa hora y chau, pero si me pasa que no quiero poner mi experiencia […] Lo que no entiendo es porque me pasa esta idiotez? una especie de celos sin sentido, alguna vez les paso? (Zorrino74, Hilo “Soy un idiota y me hago cargo”, Foro 2).
Este forista –cuyo nickname remite al personaje animado del zorrino francés constantemente enamorado-; ante la confusión pregunta para entender a través de la experiencia compartida con otros. Su posición es vista como un error y una falta hacia la comunidad gatera. La consulta de Zorrino75 y la renuencia a socializar su experiencia con los colegas gateros pone de relieve un punto clave, también presente en el verbatim anterior del usuario Cuernitos: hay una frontera entre las XP –sus formas modelizadas, cuantificadas en “la tablita” que analizamos en el capítulo 1– y las experiencias de confusiones/enamoramientos. Estas otras experiencias, generalmente no se narran en una XP, sino que lo que emerge son consultas y pedidos de ayuda que apelan a la comunidad gatera desde otra posición.
Entre los “debates generales” abundan las participaciones en hilos como: “Me enamoré de una escort, me siento raro necesito ayuda”, “Qué hacer cuando una nenu [escort] te gusta demasiado” o “Cómo saber cuándo mi escort pasa a ser mi amante”, expresando los desconciertos que atraviesan a muchos. Si bien estos hilos no ocupan el mismo espacio que las XP en los foros, como ya dijimos, están lejos de ser excepcionales; son tan frecuentes que los foristas se ven obligados a excusarse, como en el título del hilo: “Se que es un cliché pero…ESTOY ENGANCHADISIMO CON UNA ESCORT, HASTA SOÑE CON ELLA” (Foro 1, énfasis en el original).
En buena parte de estos relatos los foristas que inician el hilo acuden a los demás para intentar clarificar lo que les sucede. Algo los afecta, a pesar de “conocer la teoría” o saber que “es un cliché”, pierden el control. Este estado de afectación desestabiliza los sentidos, que muchos caracterizan como una “confusión”, y aparece sobre todo como algo inesperado, de allí que se refleje en los pedidos de ayuda a otros foristas. Varios codifican esta afección como enamoramiento, pero tampoco logran saber si son realmente correspondidos, y algunos pueden perseverar en esta duda:
Yo estoy enamorado de una escort […], dejé de verla, sin dar explicaciones, ella tampoco las pidió, eso demostró que no queria estar conmigo o tal ves le convenía que me alejara x que tal ves comensaba a sentir algo mas que interes por mi plata […] no lo se y creo q jamas lo voy a saber.. en fin no paso, tal ves fue bueno asi en mi currículom no tengo errores, igual creo iba hacer el mejor error de mi vida (Amorosón, Hilo “Guía para no enamorarse de las escorts”, Foro 2).
Los relatos de estos hilos ya no siguen una narrativa tan estandarizada como en las XP, omiten datos de la escort en cuestión, abandonan el rol de “evaluador” y la expresión masculina del éxito basado en una buena performance sexual abre paso a un registro de afectos que sitúa a los gateros en lugares de confusión y de vulnerabilidad. Esta posición se hace visible especialmente en el caso de aquellos que intentan formar una pareja (pretendidamente monogámica) con una escort:
Hola, voy a contar mi experiencia, buscando ayuda. Hace cuatro meses conozco a una chica escort, desde la primera noche nos conectamos muy bien, en resumen estamos prácticamente conviviendo, yo paso algunos días por trabajo fuera de la provincia. Por más que ella se esfuerce por darme seguridad de que me ama no logro vivir tranquilo, arreglamos un importe mensual para sus gastos, ya no ejerce, pero no logro vivir tranquilo por su pasado. Pase por ayuda de psiquiatra y sólo me aconsejó disfrutar de esta relación, pero no puedo separar cosas como el hecho de darle un sueldo por su compañía, ya conozco a su familia y ella a la mía lo cuál genera vulnerabilidad, no se como ser feliz completamente o dejarla y seguir mi vida […] Me hace mal la relación, afecta mi trabajo… También siento que la quiero. Hace 12 años estoy divorciado, mucho tiempo viviendo sin complicarme y ahora estoy en una relación, no muy sana para mi cabeza, y es algo que no quería vivir […] Pido consejos. Etiquetas: desesperado (XXX1944, Hilo “Amo a una escort”, Foro 2).
Aquí se hace visible cómo el devenir de una experiencia puede transformar el vínculo y exponer una posición de vulnerabilidad. Este relato pone en juego la relación entre dos dimensiones: la afectiva y la económica. Los foristas enamorados expresan pérdida de control, indefensión e incertidumbre frente a la posibilidad de estar siendo utilizados con un interés puramente económico. En el hilo “¿Qué hiciste por una escort?” los foristas relatan favores –desde ayudas con préstamos de dinero hasta rescates de un departamento incendiado– que no sienten correspondidos y se sitúan a sí mismos como ingenuos o directamente “boludos” [tontos]. Muchos se quejan de sentir que son “solo una billetera para ellas”, pues los intentos de formar una pareja suelen implicar que las mujeres se retiren del mercado sexual y pasen a ser ellos los encargados de su manutención. También el fantasma de la infidelidad, el temor a la figura del “cornudo”, acecha a estos varones. Algunos afirman que las escorts “siempre serán infieles” o que “no se pueden enamorar”. Como veremos también en relación a los temas de salud, más allá de las experiencias concretas, pesa un prejuicio negativo sobre las mujeres que hacen comercio sexual. Para buena parte de los foristas las escorts son o bien personas con “historias complicadas”, impredecibles, o bien mujeres con un saber sobre la sexualidad y las tácticas de infidelidad de los varones; en cualquier caso, la vida con ellas aparece como inviable.
Otros foristas, ante estas experiencias de confusión/enamoramiento e intentos de formar parejas, animan a sus colegas a disfrutarlas y “vivirlas a fondo mientras duren”. Por ejemplo, en el hilo “Alguien se casó con una escort?”, se hizo una pequeña encuesta consultando si se casarían con una escort y entre 125 foristas el 67% votó positivamente. Sin embargo, una gran cantidad de gateros aconsejan tomar distancia, o incluso cortar inmediatamente el vínculo sobre todo si el “colega” está casado y es padre: “Estimado, pensá con la cabeza de arriba, no con la de abajo. La familia es primero y un gato por mas onda, es un peligro. Mucho para perder” (Superxxx, hilo “me enamoré de un gato qué hago” Foro 2). Esta breve intervención expresa dos cuestiones recurrentes que ponen de relieve estructuras de pensamiento ligadas a las concepciones de masculinidad, género y sexualidad. En primer lugar, alude a lo que podríamos llamar el paradigma de “las dos cabezas” donde los varones parecen concebirse como seres bicéfalos atravesados por la tensión entre las decisiones “racionales” de una de las cabezas y las “pasionales” de la otra. Esta concepción constituye una de las formas de personificación de los genitales masculinos, frecuentes entre los varones cis heterosexuales[5] –otra forma, común entre gateros, es llamar “amigo” a su pene: “el amigo de abajo se convierte a veces en nuestro primer enemigo” (Marcelinchi, Hilo “Qué hicieron por una escort?, Foro 1). Así los estados de afectación corporal son enviados a la “otra cabeza” y esta condición de supuestos bicéfalos permite al mismo tiempo generar una narrativa para explicar su conducta y obturar una reflexión más profunda que ponga en cuestión las divisiones cuerpo/mente, afecto/razón (volveremos más adelante sobre el paradigma de las “dos cabezas”, para analizar su papel en la salud y la performance sexual masculina).
Las divisiones cuerpo/mente y afecto/razón se hallan también en línea con la separación entre madre/puta, donde emergen la familia –como institución fundamental donde los hombres hacen su deber–, y los “gatos” –como expresión al mismo tiempo del deseo sexual masculino y del exceso o peligro–. La necesidad de mantener distinguidas estas dos esferas, e impedir que “la cabeza de abajo tome las decisiones”, se expresan en las reacciones más virulentas frente a los dilemas de los enamorados. Así parece imprescindible trazar una clara línea que distinga los tipos de relaciones y, muchas veces, los tipos de mujeres. Tal es el caso del hilo “[MANIFIESTO] UN GATO DEBE SER UN GATO, Y NO UNA NOVIA”, surgido como reacción al leer los comentarios de otro forista que llevaba de compras a una escort como lo haría una pareja, allí se expresaba:
No voy a abrir comentario sobre lo lastimoso de estas observaciones, y lo mal parado que dejan al género masculino. Alguien que confunde a un gato que sigue haciendo de gato con una novia, es alguien que está muy pero muy pero muy confundido, por no decir limado [loco] […] He aquí nuestro MANIFIESTO: Que los gatos sean gatos. Llamar, si es posible, a uno distinto todos los días. No queremos que sean novias. Mucho menos (¡ay!) esposas […] Las reglas del juego están establecidas para ambos lados, y el que no tiene esto en claro es un tarado (y en esto estamos seguros de interpretar a la gran mayoría silenciosa). En este foro, como en cualquier otro lugar en que nos reunimos a hablar de putas, queremos hablar de putas. Cuánto cobran. Cómo son. Qué tal cojen. Queremos oir de hazañas individuales, grupales. Raids sexuales que nos pongan los pelos de punta. Acrobacias olímpicas. No queremos oir pendejadas de enamorados que le llevan chocolates y ramos de flores a sus gatos. Amén (Durán, Foro 1, énfasis en el original).
Este usuario, al postular que expresa la opinión de la “mayoría silenciosa”, clama por mantener los límites tradicionales y remite con indignación al registro de las XP, la búsqueda constante de nuevas escorts y la performance sexual. Más allá del tono irónico del “manifiesto”, para varios foristas “el que se enamora de una mina [mujer] que garcha [tiene sexo] con 57 tipos, está mal de la cabeza”. Otros, que no necesariamente lo ven como una ofensa a la masculinidad o una locura, pueden optar por un estilo más pedagógico, como Fumencio, que incluye en su firma la frase:
Algunas veces conoces a una chica que te da un servicio convencional y pasas un buen rato. Otras veces conoces a una chica que te da un servicio sobresaliente y vas a querer volver. Pero cuando los planetas se alinean, conoces a una chica que sana una o mas heridas en tu corazon, y te cura la tristeza, te deja una alegria en el alma que se queda con vos Para siempre. No es que te enamoraste, es solo que encontraste un servicio super especial (énfasis en el original).
La posibilidad de que emerjan afectos que sobrepasan la frontera del “gaterío”, pero que no pueden colocarse fácilmente en el registro del amor supone una ecuación compleja para buena parte de estos varones. Implica reconocer una necesidad de ese “algo más que sexo” y al mismo tiempo el desafío de dejarse afectar sin buscar configurar este estado como un enamoramiento. Es por ello que varios foristas buscan explicar esos afectos, codificarlos como determinadas emociones, neutralizarlos o bien prevenir su aparición.
La “guía para no enamorarse” o haz lo que yo digo, pero…
Con indignación, con fastidio o de manera pedagógica, las reacciones hablan de la frecuencia con la que aparecen estas confusiones. Por ello, en el Foro 2 el administrador propuso organizar una “Guía para no enamorarse de las escorts”, uno de los hilos más leídos en todo el foro con más de 10.000 visitas. Entre los comentarios se reiteran un conjunto de pautas para evitar el enamoramiento. Una de ellas es no dialogar con las escorts sobre sus vidas personales y, especialmente, no hablar de problemas en las relaciones de pareja –aunque las mujeres que hacen comercio sexual aseguran que es un tema de conversación frecuente, no aparece jamás en las narraciones de las XP–. Otras dos pautas introducen la dimensión económica: no hacer ningún regalo y mantener la tarifa pautada previamente. Para varios foristas estos puntos son discutibles. Por un lado, hacer regalos o pagar un extra puede ser visto como una forma de garantizar un buen clima en el encuentro; por el otro, muchos consideran que deben cuidar su economía y aprovechar cualquier descuento y, al mismo tiempo, los descuentos suelen ser leídos por los clientes como fruto de su atractivo y/o capacidades sexuales. Por ejemplo, en el hilo “levantarse a una escort” (Foro 1) varios foristas plantean como deseable el entablar vínculos sexo-afectivo con una escort como forma de obtener “sexo gratis”. El usuario RNR señala que las escorts con las que entabló esos vínculos le dijeron que “tenía un buen cuerpo” pero aclara “yo a las que pude garchar gratis fue después de muchísimas reincidencias, años de reincidencias”.
La mayor tensión aparecerá entonces, justamente, en la principal regla para no enamorarse: evitar la “reincidencia”. Rotar entre escorts y no repetir encuentros con una misma acompañante es unánimemente señalado por los foristas como clave para evitar la confusión romántica. Sin embargo, la “reincidencia” no solo es una práctica muy habitual, sino que la propia “tablita” con la que se suele culminar cada XP ya pone en tensión esta recomendación con el último ítem “reincidencia: sí/no”. Allí cada forista, como cierre de su narración, declara si repetiría o no el encuentro con la escort de la XP en cuestión. Entonces podemos pensar que, desde el inicio, la principal estrategia para evitar las confusiones aparece contradicha por la propia modelización que imprime la “tablita” de la XP. En el hilo “Cuando se reincide y uno ya no es el mismo” (Foro 1), queda expresada esta tensión:
Si la chica nos gusta demasiado o nos enamoramos de ella, solo vamos a querer estar con esa chica, pero si no es así, probablemente querramos seguir probando chicas nuevas, después de todo para eso es el gateo. Me pasó hace años de enamorarme perdidamente de una escort, y no tenía (ni sentía la necesidad o pulsión) por entonces el más mínimo interés en ir a conocer otras chicas, pese a la gran oferta y a las xp’s que leía acá; solo quería estar con ella porque me volvía loco […] En conclusión, en mi opinión solo cuando se da una magia especial, una conexión inexplicable (la “química”, afinidad, etc.) es que volvemos. De lo contrario, nuestros instintos nos llevan a seguir en esa búsqueda de alguien especial que nos llene algún vacío, alguna carencia, o vaya a saberse qué (Ronaldo).
En este mismo comentario el objetivo del “gateo” planteado como “probar chicas nuevas” aparece superpuesto con “la búsqueda de alguien especial”, pues encontrar a quien “llene el vacío” supone la exclusividad del deseo sexual; el sexo promiscuo planteado como un consumo recreativo se tensa con el registro más romántico y monogámico. No son pocos los que se sienten frente a un frustrante dilema: “de mis xp con escort la mitad son servicios mediocres de malos modos, mal actuados, faltos de vocación y las otras que son buenas me termino enamorando, me voy a tener que buscar otro hobby
” (Guidogustavo1987, Hilo “Describiendo la situación actual (desde mi experiencia)”, Foro 1).
La propia guía genera el debate y en contraste con los que reaccionan frente a la “locura” de enamorarse de una escort, otros señalan que “todos nos podemos confundir, el inconsciente nos gobierna, es inevitable”. Algunos concluyen que el drástico remedio sería abandonar el sexo pago: “Yo creo que para evitar enamorarse tendríamos que hacer algo imposible que es NO GATEAR”. La experiencia de atravesar por confusiones/enamoramientos en los encuentros de comercio sexual aparece como una fatalidad que tarde o temprano arriba. Un usuario, con larga trayectoria y muy participativo en el foro, responde a las dudas de un enamorado y advierte que este destino se reitera:
Te va a volver a pasar lo mismo: el problema no es ninguna mina [mujer] en particular —como lo ves ahora— sino todas las minas. Son un fierro caliente, que te queman y a la vez no podés soltar… el problema es ese: no podés soltar. Con el paso del tiempo, esa huella conduce a la depresión (ansiolíticos, recetas truchas), que termina en una pérdida del sentido de realidad… ¿Sabés qué es lo más gracioso del caso? Es que las minas tienen este mismo problema que los tipos, pero en un 5%; las minas dejan atrás el pasado más fácil, y pueden asimilar de modo equilibrado las pérdidas (articulando emoción, sentimiento, subjetividad: logran no desbarrancar). Es un signo de nuestro tiempo (Escarabajo, Hilo “qué hacer cuando una nenu te gusta demasiado”, Foro 2).
Este comentario expresa la vivencia de varios foristas que atravesaron la experiencia y comprenden el problema, pero no hallan una solución. Se hace evidente que el estado de enamoramiento y la subsiguiente frustración, no solo no es un evento accidental, sino que se reitera y aparece como ingobernable. Aquí asoma otra posición, no es aquella del distanciamiento que demanda “objetividad” en las XP, ni tampoco la confusión y pedido de ayuda. Parecen abrirse posibilidades de una reflexión sobre la necesidad de “articular emociones” y la contradicción que atraviesa la posición de muchos gateros que buscan construir vínculos sexo-afectivos sin vulnerabilidad, tanto como el camino de retomar discursos que mistifican los poderes sexuales de las mujeres (capaces de “engatuzar”) aparentemente amplificados en el contexto actual.
Si como vimos en el capítulo 1, las XP muestran una narrativa modelizada y con pretensiones de objetividad y de evitar los engaños, en los relatos de confusiones/enamoramientos emerge lo que se deja por fuera de la XP, lo que constituye para muchos una falla, un exceso o una falta de gobierno de la razón. Aquí el pseudónimo y el espacio menos reglado de los “debates generales” se prestan a otros relatos, se exhiben desconciertos y vulnerabilidades. Además, quienes narran aparecen en una posición de constante riesgo por perder (o nunca lograr) la exclusividad sexual de sus amadas y/o de hacer malas inversiones que podrían dañarlos tanto económica como afectivamente. Si bien estas expresiones pueden ser leídas como una forma de victimización masculina, aquí –a diferencia de cuando aparece como reacción al feminismo abolicionista, tal como vimos en el capítulo 4– no necesariamente articulan un discurso de reivindicación masculinista (ver Flood, 2021).
Previamente a codificar la experiencia como “enamoramiento”, emerge un estado de confusión. No hay aquí un cortejo previo, ritual que según Luhmann (1985) tendría la función de diferenciar el amor verdadero del falso. La afectación parece hacer borrosos los marcos culturales del amor romántico y aquellos ligados a la prostitución que permitirían distinguir un enamoramiento del mero estar “encajetado” u obsesionado, los signos corporales de excitación que podrían ser codificados como señales del amor verdadero o una mera lujuria. Si pensamos estos procesos en términos de afectos podemos dar un margen más amplio a la ambigüedad que los caracteriza –y también interpretar cómo intervendrían en esos estados otras materialidades (la del dinero y la de las reacciones físicas ligadas al placer sexual). Las dificultades para expresar y comprender, así como lo inesperado de lo que sienten, remiten aquí al terreno de los afectos, desde el que se podrían desestabilizar estructuras masculinas. Es justamente por ello que en el espacio homosocial del foro, los “colegas” muchas veces recodifican estas narrativas en términos más normativos.
En los vínculos que logran escapar a esa recodificación a veces se alude a una difusa amistad, por ello muchas mujeres que hacen comercio sexual hablan de “clientes-amigos” (ver Morcillo, 2017). Aquí los foristas pueden preocuparse por el bienestar de las escorts que frecuentan muchas veces dándoles dinero u otros bienes en forma de “ayudas”. Esta forma de intercambios afectivos y sexo-económicos –a diferencia de los idearios sobre el amor romántico donde se pretende escapar de las tensiones de la estructura social (Lindholm, 1998)–, se inscribe en una tradición presente en buena parte de Latinoamérica que implica relaciones jerárquicas y con cierto grado de arbitrariedad (Piscitelli, 2011). Desde la mirada de los varones que pagan por sexo, esta distancia jerárquica pone en línea las ayudas que brindan a las escorts con el rol masculino del proveedor-protector cuando se hallan involucrados los vínculos familiares de las escorts, especialmente sus hijas/os. Aquí podríamos releer la “incapacidad para amar” que plantea hooks (2004), más que como una imposibilidad total de brindar afecto, como una dificultad para entablar relaciones de cuidado horizontales.
Ahora bien, cuando los estados afectivos pasan a ser codificados como enamoramiento y aparece en el horizonte un vínculo de pareja, desaparece la posibilidad de las amistades y las “ayudas”. Allí se configura una ruptura de lo que Hochschild llama las “reglas del sentimiento” (pautas morales socialmente compartidas que indican cuáles emociones son apropiadas en qué contextos). Si bien reconocerse en la vulnerabilidad que implica el enamoramiento puede ser complejo para la masculinidad privilegiada, aquí el problema para muchos es frente a quién se hallan en esta posición. En los comentarios de los “colegas” emerge la imagen estigmatizada de la “puta”, como contracara de la mujer normal, o la “civil” (como denominan en la jerga gatera a aquellas mujeres que no hacen comercio sexual). Entonces, frente a los excesos y las desestabilizaciones que representan estos enamoramientos se reclama restaurar las divisiones, no mezclar putas y madres/esposas, gaterío y familia, y, especialmente, no confundir “las cabezas”: mantener la sexualidad separada del afecto, mantener la racionalidad frente al desborde emocional. Aquí, entre el comercio sexual y el matrimonio como dos aparatos de “captura del deseo” (Perlongher, 1993), el rol masculino de proveedor familiar puede entrar en tensión con el mandato masculino de enfrentar el riesgo, seguir el deseo sexual y la fantasía encarnada en una escort. Es por esta tensión que también algunos reaccionan aconsejando a los enamorados “disfrutar el momento”, y otros, incluso, plantean que es inevitable.
Podríamos pensar entonces estas diferencias entre los relatos modelizados en las XP y aquellos, más abiertos a la dispersión, de confusión/enamoramiento en términos de diferencias individuales. Por este camino podríamos construir otra tipología (por ejemplo: el “gatero clásico” que respeta todos los límites –tiempo, tarifa– y las pautas del encuentro; el gatero “amigo” que puede hacer algunos regalos, entablar vínculos más duraderos, pero siempre paga la tarifa, y los “enamorados” que transgreden las fronteras y suelen perder el control tanto económico como emocional). Si bien estos tipos ideales pueden ser válidos y útiles, aquí interesa trazar conexiones para ensayar una mirada más global sobre las relaciones entre el mercado sexual y las masculinidades. En este sentido resulta más útil pensar estos tipos como un continuo, donde las experiencias se deslizan, especialmente a partir de las “reincidencias”.
La reincidencia, en un plano más general, puede ser vista como un efecto de la persistente interpelación del mercado sexual sobre el deseo masculino y los temores que supone un encuentro sexual con desconocidas. En la mirada de los gateros conviven tanto un deseo sexual –que muchas veces es vivido como compulsivo– como una desconfianza sobre quién va a brindar ese sexo y/o quienes median entre ellos y las escorts. El foro supone un intento de buscar subsanar esas dudas, pero acechado por la desconfianza que generan las identidades protegidas y los intereses económicos del propio mercado. Entonces el propio foro como espacio discursivo homosocial moldea la experiencia como XP, construye un relato pretendidamente objetivo sobre una escort, dejando de lado el carácter relacional de los encuentros sexuales. La XP se torna una unidad consumible y repetible, la experiencia como producto y la posibilidad de revivirla queda explícita en la idea de la “reincidencia”. Y allí, paradójicamente, se abren las puertas a las afectaciones y el enrarecimiento respecto de aquella forma modelizada del consumo. Justamente en el punto final del relato modelizado, la reincidencia marca la apertura que conecta con todo aquello que no se narra en las XP, los sucesivos encuentros, los regalos, las conversaciones íntimas, todos elementos que podrían ser capturados en una narrativa romántica. Las reincidencias sucesivas no suelen ser narradas en el foro o, en todo caso, aparecen en ese otro registro, el de la confusión y la “consulta a los colegas”.
Así es posible comprender por qué el principal consejo de los gateros para evitar el enamoramiento es tan difícil de seguir para muchos. La búsqueda de repetir una experiencia es la garantía de que la experiencia ha sido placentera, la estrategia publicitaria fundamental al momento de promocionar una experiencia es mostrar a quienes la atravesaron diciendo que la repetirían. Entonces la confusión/enamoramiento no aparece como un caso excepcional ni particular, sino como un riesgo recurrente que se retroalimenta, a su vez, tanto del trabajo emocional llevado a cabo por las escorts para sostener una ilusión de intimidad como del estado de afectación en que entran los gateros.
Aquí podemos pensar en una diferencia con aquellos estudios que señalan el control emocional como forma de construir una “autenticidad limitada”. El fracaso recurrente de la “Guía para no enamorarse”, pone de relieve las frecuentes historias de confusiones/enamoramientos, y el conjunto de trasgresiones a las fronteras del comercio sexual que son aceptadas como ineludibles (o incluso a veces festejadas, como el obtener descuentos o sexo gratis). Esto nos lleva a pensar en la necesidad de situar las perspectivas sobre los vínculos entre masculinidades y (des)control afectivo-emocional y recordar el carácter local de las diferentes formas de masculinidades para evitar construir un concepto estereotipado o reificado de masculinidad. Aquí solo podemos plantear la necesidad de más investigación sobre la especificidad local del carácter afectivo-emocional y sus ligazones con las masculinidades entre los varones que pagan por sexo en Latinoamérica. Finalmente, esta propuesta de pensar más allá de las diferencias individuales y los tipos de clientes apunta a comprender las intersecciones entre la lógica del mercado sexual y los afectos y emociones de los varones que pagan por sexo. Los deslizamientos que salen del margen de las XP se ligan a la necesidad de ver el sexo como algo “real” y no como una performance. En este punto aparecen dos extremos: sentirse estafados porque la performance revela su carácter de performático o creer la performance y entrar en el espiral afectivo-emocional de la reincidencia. Esta confusión o el enamoramiento pueden ser vistos como el éxito de una representación realista de la ilusión de intimidad que se compra y, a la vez, como el fracaso del intento por entablar una relación sexual que no implique ningún tipo de vulnerabilidad.
Conocer estos procesos entonces, nos permite comenzar a pensar más ampliamente las relaciones sexo-afectivas heterosexuales y poner de relieve las necesidades afectivas y emocionales de estos hombres mostrando, una vez más, la fragilidad de sus masculinidades[6]. Aun así, es clave recordar que el hecho de que buena parte de los varones que pagan por sexo demanden trabajo emocional para nada implica que las relaciones entabladas sean menos asimétricas, pero –a diferencia de las lecturas que parten de los estereotipos de “puteros violentos”– sí nos permite conocer las especificidades de las dinámicas de poder que emergen en los vínculos de comercio sexual, si queremos luego elaborar tácticas más certeras a fin de desmontarlas.
Pero los vínculos entre emociones y relaciones de género en el mercado sexual no se limitan a las relaciones entre los gateros y las prostitutas. Veremos en el próximo capítulo una de las figuras que, para los gateros, puede destruir la ilusión de intimidad y concentra los sentidos del poder y la violencia potencialmente presentes en el mercado sexual, la figura del fiolo.
- Este capítulo ha sido reelaborado a partir de Morcillo (2020).↵
- Según aclara esta autora “las relaciones entre amor y sexualidad están marcadas también por las jerarquías que caracterizan a las relaciones de género aún en las sociedades occidentales contemporáneas. Estas relaciones definen características diferentes para las sexualidades femeninas y masculinas, en las que aparece un predominio del amor-pasión como característica masculina y un lazo mayor de la sexualidad femenina con el amor romántico. Las posibilidades de experimentar prácticas eróticas en las que no intervengan sentimientos amorosos aparece como una característica más propia de lo masculino que de lo femenino” (Szasz, 2004: 72).↵
- Si bien no es posible abordar aquí en profundidad los debates que se han producido en el marco del “giro afectivo” (ver por ej. el dossier compilado por Mattio y Dahbar, en la Revista Heterotopías Vol. 3, N° 5. 2019), resulta importante destacar que el uso de la noción de afecto que aquí ensayamos se aleja de aquellas aproximaciones que plantean los afectos como fuerzas que circulan autónomamente entre los cuerpos, siempre escindidas del plano discursivo y los procesos culturales de significación. Por el contrario, la noción de afectos, como estados corporales menos codificados culturalmente, nos interesa justamente para explorar las formas en que estamos constantemente organizando e intentado dar sentidos a las intensidades afectivas, pues ello resulta clave para comprender sus vínculos con el poder y el privilegio (Wetherell, 2015). Así, las circulaciones entre cuerpo, afecto y emoción producen patrones políticamente marcados, pero cuyas formas están abiertas a la retroalimentación y las alteraciones (Hemmings, 2005).↵
- Según Bernstein esto es parte de un paradigma nuevo de sexo comercial que, aunque tiene precursores históricos –cortesanas europeas, geishas japonesas o devadasis indias-, representa una transformación respecto del modelo moderno de prostitución (2007: 171). Como veremos, resulta difícil saber hasta qué punto este paradigma de “sexo comercial postindustrial” se adapta a las configuraciones de los mercados sexuales argentinos.↵
- Esta división no solo perpetúa la serie de divisiones dicotómicas que estructuran la corporalidad y sexualidad de la masculinidad hegemónica, sino que además, según Potts, sirve para justificar conductas de riesgo en relación con la salud sexual (Potts, 2001) más adelante retomaremos este punto para pensar los vínculos con la salud.↵
- Es en este sentido que se afirma que el trabajo sexual podría colaborar a desmontar mitos de la masculinidad: “La prostitución revela una faceta de la dominación masculina y otro tabú: la vulnerabilidad masculina o la dificultad de los hombres para llevar una masculinidad que se ha vuelto frágil, fracasada (eréctil en la cama, competitiva en el espacio profesional, encarnando la autoridad paterna en la familia). Él necesita apoyos […] En este sentido, el trabajo sexual, como componente esencial del capitalismo emocional, al revelar sus habilidades de cuidado, participa en la deconstrucción del mito de la virilidad.” (Laugier, Molinier, Bisson, & Querrien, 2012: 36).↵






