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8 “Una banda de hijos de puta”: los proxenetas en los relatos de los varones que pagan por sexo[1]

La figura del proxeneta genera un fuerte rechazo social y, a la vez, una abundante producción cultural que nutre su representación frecuentemente como un varón despiadado y violento. Aunque nombrado popularmente de varias formas –fiolo, 840[2], cafiolo, cafisho, rufián, por citar algunas de las que más circulan en Argentina–, existe una gran dificultad para brindar una definición clara de este término que permita dimensionar su presencia y rol en el comercio sexual o realizar estudios comparativos. De hecho, en la literatura sobre las denominadas “terceras partes” en el mercado sexual se señala sistemáticamente la escasez de investigaciones empíricas sobre este asunto y las dificultades a la hora de plantear una definición precisa de proxeneta (Staiger, 2017; Horning y Marcus 2017, entre otros). Desde el activismo, también son muy pocas las organizaciones de trabajadoras sexuales que han abordado este espinoso asunto[3].

En este contexto priman definiciones jurídicas[4] (muchas veces vagas) o representaciones culturales espectaculares y demoníacas del proxeneta. El estereotipo reproducido en el cine, la literatura, la música y algunas campañas gubernamentales pareciera encarnar

un demonio [folk devil] construido a partir de miedos misóginos y racistas: son imaginados como hombres que viven de mujeres (invirtiendo el orden de género apropiado) y como hombres negros que controlan la sexualidad de mujeres caídas, usualmente blancas (invirtiendo el orden social) (O´Connell Davidson, 1998: 43).

Si bien algunas pocas investigaciones dan cuenta de formas de manejo del comercio sexual que se acercan a estos estereotipos (Montiel Torres, 2009; Smith y Christou, 2009), otros trabajos muestran realidades distintas donde, por ejemplo, suelen ser mujeres quienes operan como “terceras partes” sobre todo aquellas que se dedicaron al comercio sexual y encuentran así una forma de “jubilarse”[5]. El estereotipo resuena en las perspectivas abolicionistas radicales que sostienen que “el proxenetismo y la prostitución se encuentran entre las prácticas más despiadadas de poder masculino y dominio sexual” (Barry, 1995). Si la sexualidad habla el lenguaje de la dominación masculina y la prostitución es igual a “violaciones seriales” (MacKinnon, 1987), entonces los hombres que se relacionan con las mujeres en comercio sexual –cualquiera sea la posición que ocupen– sólo pueden ser “explotadores”. Esta interpretación también puede leerse en el contexto latinoamericano, donde Galindo y Sánchez sostienen que:

Cuando hablo de cadena de explotadores estoy hablando de una complicidad que los coloca en el mismo lugar de responsabilidad de asociación y de importancia. Son socios. Un fiolo no atenta contra el poder del prostituyente o del policía, ninguno atenta contra otro. Tampoco se colocan en una jerarquía unos respecto de los otros (Galindo y Sánchez, 2007: 132).

Otras veces esta supuesta sociedad entre clientes y proxenetas se basa en las lecturas de las posiciones estructurales de los varones “como clase”, por ejemplo, tomando la propuesta de Pateman en relación a la fratría masculina y el contrato sexual (ver González, 2010). Estas lecturas abolicionistas carecen de los matices necesarios para comprender las tensiones y complejidades presentes en las relaciones de género, en el mercado sexual y en las experiencias de los varones que pagan por sexo. Como veremos, la idea de que no existe una jerarquía entre los varones y que son cómplices y socios en el mercado sexual contrasta sensiblemente con las representaciones de los fiolos como figuras hipermasculinizadas, violentas y amenazantes que aparecen en los relatos de los clientes.

Como adelantamos en el capítulo 6, la figura del fiolo fue un emergente en el análisis de las emociones de los varones que pagan por sexo. Aquí abordaremos cómo aparece la representación del proxeneta en los relatos de los varones que pagan por sexo, poniendo de relieve un conjunto de tensiones para su propia masculinidad y sexualidad. Retomamos algunos elementos de la teoría de las representaciones sociales, entendidas como la “elaboración de un objeto social por parte de una comunidad” (Wagner y Elejabarrieta, 1994). Una representación, al simplificar y reducir el objeto a una figura o imagen, opera como sistema de lectura de la realidad. De esta forma, tanto las representaciones como los estereotipos –entendidos como representaciones cristalizadas– permiten lidiar con aspectos complejos –e incluso desconocidos– de la realidad social, a la vez que estructuran valores y significados, tanto sobre el objeto representado como para los grupos que sostienen su representación. Esta perspectiva permite poner el foco no tanto en las características del objeto representado sino en la relación que los grupos sociales entablan con él. Aquí la representación del fiolo –personificación simplificadora de la diversidad de entramados relacionales en el mercado sexual– nos permite entender la compleja relación entre masculinidades, poder y sexualidad en los clientes. En este escenario, la figura del proxeneta, que muchas veces no emerge de una experiencia concreta, sino que es imaginada, aparece como un estereotipo que representa una hipermasculinidad amenazante, de la que parece necesario alejarse y diferenciarse, o incluso confrontarla. La representación del fiolo funciona como un espejo oscuro donde los clientes miran su masculinidad y su sexualidad en el marco de las relaciones de género jerárquicas entre varones, y aparece en las narrativas de los clientes ligada a la emoción del temor hacia la violencia. Se presenta como un “otro” que, además de generizado, está marcado por la raza y la clase. Esta otredad resulta amenazante para los clientes, no sólo en términos físicos, sino también para su masculinidad, expresada en su relación con el dinero, con la moralidad, con la sexualidad y las emociones. Es por ello que el estereotipo del fiolo es utilizado por los gateros como una categoría de acusación que siembra sospechas sobre las fronteras entre el “nosotros” (clientes) y los otros (fiolos), al tiempo que invisibiliza otras “terceras partes” que se alejan de esos estereotipos masculinos.

Riesgo y temor

Nosotros éramos pendejos y éramos re barderos. Y siempre aparecía la figura del fiolo como diciendo: “Che, no manden fruta porque acá estamos nosotros” (León, 30 años).

En las narrativas de los clientes, el fiolo aparece recurrentemente como una de las principales figuras que pone límites dentro del mercado sexual. Lejos de ser un “socio” o un “cómplice” miembro de la fratría masculina, el fiolo suele considerarse como un riesgo para los clientes y aparece muchas veces vinculado a las “malas experiencias” que pueden tenerse en el mercado del sexo: “Le llamo malas experiencias a que se te queden con la plata o que aparezca un tipo y te pegue. Son cosas que pasan también” (Esteban, 67 años). Robert Smith y Maria Christou (2009) señalan que, así como las prostitutas tienen que exudar un “halo de sexualidad”, los fiolos tienen que exudar un “halo de violencia latente”. En la mayoría de los casos no suelen relatarse encuentros directos con los fiolos; sin embargo, el “halo de violencia” de su representación aparece igualmente, generando una emoción que, como ya vimos, es más frecuente de lo pensado: el temor.

Por lo que he leído, por suerte no tuve esos quilombos, pero ha habido gente que ha tenido experiencias muy malas, de trato, de tener un tipo en el baño, ¿viste? Escuchás una tos y tenés un tipo que está en el baño. Ahí te das cuenta de los peligros a los que uno se somete. No solamente ellas, pobres, sino también uno. (Lucio, 30 años).

 

[Más que la policía] da más cagazo el fiolo que puede estar escondido en alguna parte del departamento, que te arme algún quilombo. Y se preguntarán… ¿miedo a qué?, si pactás por un servicio y lo pagás. Sí… pero siempre está el negrito avivado detrás de todo eso, que a lo mejor vos pagaste y ponele que después te quedaste no sé, 5 minutos más y la mina te diga: “¡ah, pero ya pasó más tiempo, me tenés que pagar más!” Esto lo estoy diciendo como algo que se me ocurre, nunca me pasó y ojalá nunca pase, pero… ¡acá nunca se sabe! (Pegasus, Hilo “Ley de De la Sota – leyes sobre prostitución”, Foro 1).

Independientemente de que las experiencias sean narradas como concretas o potenciales, los fiolos parecen condicionar las formas de consumo de los clientes. Esteban antes buscaba sexo comercial en la calle, pero ahora tiene los teléfonos de las “conocidas” y preferiblemente las lleva a su casa, por una cuestión de costos, o va a sus departamentos, pero aclara: “no confío yo, por si aparece un tipo. Hay mucha cosa viste… pegada. La mayoría de los departamentos, siempre están prendidos los policías, todo”.

Según Sanders (2008), en Inglaterra, los clientes asocian la prostitución callejera con los fiolos (pimps) y la explotación, lo que es visto como riesgoso e “inmoral”. En el contexto argentino, esta caracterización suele aparecer más frecuentemente ligada a los “privados” y no tanto a la prostitución callejera. La idea de evitar riesgos aparece en los relatos de algunos entrevistados que representaban a los fiolos como figuras ligadas a otros negocios ilegales como el robo, la venta de drogas o simplemente relacionados con una ilegalidad indeterminada: “no sabés en qué andan metidos”, señalaba Carlos (51 años). El fiolo también aparece como peligroso porque es imaginado como alguien capaz de ejercer violencia repentinamente: “en un ratito se te da vuelta toda la diversión” en palabras de Sergio (38 años). Como nos relató Daniel, la mera presencia de los fiolos y su imprevisibilidad bastaron para generarle temor:

Una vuelta fuimos a comer un asado a una finca con unos jefes, en Córdoba. Había un cordobés muy putañero, el desgraciado. Y estando ahí, comiendo, tomando, pidieron un servicio, que trajeran unas mujeres. Llamaron por teléfono. Llevaron tres esa vuelta, [nosotros] éramos cuatro o cinco. Los vagos que las trajeron se quedaron afuera. Las trajeron en un auto hecho bosta. Se bajaron las minas, todas bucaneras, bien yira las vagas. Los vagos que las trajeron nunca se fueron, se quedaron en la puerta, que estaba un poco lejos. El temor, ¿viste? Mirá si a estos boludos se les sale la chaveta y se arma una cagada ahí adentro. Esas cosas las tuve siempre… cuidándome un poco. (Daniel, 64 años).

La representación del fiolo como alguien de aspecto extravagante y amenazador, fogoneada por los medios de comunicación y la cultura popular, también aparece en varios relatos en los foros. Un forista relató la sensación de intimidación cuando vio a una prostituta subirse “al auto de su nuevo fiolo. Este personaje tenía cara de mafioso, anteojos negros y auto sin patente” (tempomare, Hilo “Escorts Mañeras”, Foro 2). Otro usuario escribió en el foro para advertir a sus “compañeros gateros”:

Los fiolos parecen mafiosos siguiéndote por todos lados. Como en el edificio de Mitre, comprobando tu cara por tu número de whatsapp para ver si te vuelven a aceptar la llamada para subir o no [al departamento]. Mucho cuidado compañeros gateros (Diego KKiu, Hilo “Hablando entre nosotros”, Foro 2).

En un hilo donde varios de los usuarios criticaban a una escort, acusándola de robar a un cliente en colaboración con su fiolo, se planteaba:

Ya el solo hecho de ir a coger y saber que hay un negro con un chumbo espiando atrás de la cortina esperando para que le pagues, lo dice todo. No sé qué usuario del foro va a querer ir a visitarla, por manejarse así ya se quemó para toda la vida, hubiera sido más viva y tener algo de respeto por el cliente que le da de comer a ella y al negro ñoqui. (lirios8000, hilo “Pasandola de lujo con Yesi! linda pendeja”, Foro 2).

Este relato condensa varias de las dimensiones que atraviesan las relaciones entre los clientes, las prostitutas y los fiolos. Además del temor que despierta el fiolo, la mención de la complicidad entre este y la prostituta, muestra que las relaciones de poder y de género entre los actores del mercado sexual son múltiples[6]. En este caso, la complicidad entre dos para subordinar a una tercera parte no es entre fiolo y cliente, sino entre prostituta y fiolo, donde este último es el que ejercería o amenazaría con ejercer la violencia física.

Por otra parte, este usuario alude explícitamente a la condición de “negro ñoqui” del fiolo. En Argentina, “negro” no implica únicamente una forma de racialización, sino también de distinción de clase: a la que aludía explícitamente otro usuario al señalar el auto “hecho bosta” en el que los fiolos llegaron a una fiesta, a la que se refiere este usuario al caracterizar al fiolo como un “ñoqui”[7], o Pegasus, cuando mencionaba al “negrito avivado” en un sentido similar. Ambas variables, clase y raza, pueden ser contextualmente utilizadas como forma de subordinación entre las masculinidades, y también como formas de hipermasculinidad amenazante. Si bien desde una perspectiva interseccional podemos ver que la construcción de la imagen de los fiolos varía en diversos contextos, la racialización y el posicionamiento en clases subalternas suelen contribuir a que el fiolo se presente más como un “otro” para la masculinidad de los varones que pagan por sexo, que como un cómplice de la fratria masculina. En el próximo apartado, introduciendo la dimensión del dinero y la moralidad, veremos cómo se configura la intersección entre clase y sexualidad en el juego de posiciones intra-género entre fiolos y clientes.

Dinero, moralidad y masculinidad

Mi forma de construir es destruir a los fiolos (pero no a las minas, con las que suelo ser hasta generoso). Si todos destruyéramos a los fiolos, las escorts serían independientes, los precios serían distintos y la sensación de estafa que te queda después de visitar un privado no existiría (Calentongo, Hilo “Mejor dato”, Foro 2).

 

Algo cierto también es que estos culiados aumentan el precio de los servicios, debido a que hay más gente para repartir lo producido de las chicas, pero siempre me pregunté por qué ciertas minas que son inteligentes y están muy buenas, que podrían laburar solas, están a merced de estos tipos y bajo su ala (Masturbín, Hilo “Me siento mal, odio a los 840”, Foro 1).

 

Una cosa es contratar trolas y otra es darle de comer a los hijos de puta. A estos hijos de puta tendrían que darle el mismo trato que a los violetas [violadores]… (Gonzalote, Hilo “Cuidado”, Foro 2).

Hemos visto que algunas de las amenazas que los fiolos representan para los clientes están relacionadas a las posibilidades de sufrir agresiones y/o robos. Otras también involucran la dimensión económica, como en los ejemplos citados arriba que muestran la preocupación de los “gateros” por los fiolos como agentes que “encarecen” el servicio. Sin embargo, el profundo descontento que expresan estos usuarios revela que esta preocupación no se limita a la dimensión monetaria. Como sostiene Zelizer, el dinero no es neutral, impersonal ni fungible, sino que “circula como una moneda cargada de sentido, profundamente subjetiva y no fungible, fuertemente regulada por convenciones sociales” (Zelizer, 2008: 5).

Uno de los significados que asume el dinero tiene que ver con las normas de género que estructuran sus formas de circulación. Aquí nos importan especialmente las relaciones que se tejen entre dinero y masculinidad. Smith y Christou (2009) señalan que el rol de los fiolos iría en contra de la idea de “ser hombre”, porque sacar réditos económicos del trabajo de las mujeres o “vivir de ellas” sería vergonzoso para un hombre y cuestionaría la posición privilegiada de la masculinidad[8]. Ser un fiolo, entonces, trastocaría el orden de género “apropiado” que ubica a los varones como proveedores, o sería incluso una inversión del orden de género (O´Connell Davidson, 1998).

A su vez, si pagar por un servicio sexual es considerado un uso legítimo de dinero por estos varones, cuando el dinero se “desvía” a un fiolo se altera el patrón de intercambios sexo-económicos (dinero por sexo). Aparece entonces la preocupación porque dicha alteración (dinero por explotación) introduzca (otras) formas de subordinación intra e inter-género. En el primer caso emerge la inquietante posibilidad de quedar subordinado a otro varón.

Yo no siento nada por las prostitutas, ni amor ni odio, sólo las quiero para culiar un rato, pero los 840 si me caen bastante mal. Y decir eso de “es lo que hay, no hay nada que hacerle” en lugar de idear un modo de meterle la pija a ellos es como dejarlos ganar a esos tipos, que son los tipos que están entre las escorts y yo. Si el fiolo no existiera, me bancaría estoicamente toda la mierda de la prostitución local, pero desde el momento en que la guita que le doy a una mina es fraccionada para alimentar a uno de estos vividores, entonces me siento obligado a dar la pelea (Calentongo, Hilo “Cooperativa Gatera”, Foro 2).

Varios usuarios coinciden con este relato de que hay que “dar pelea” frente a las relaciones de subordinación que imponen los fiolos a nivel intra-género. La jerarquización entre masculinidades no supone que exista una masculinidad hegemónica (podríamos pensar, en este caso, la de los fiolos), y una masculinidad subordinada (la de los clientes). Como ya hemos apuntado, las masculinidades son posiciones en las relaciones de género, no se trata de identidades, esencias, o rasgos de la personalidad. Es por ello que las masculinidades de los fiolos y de los clientes pueden situarse simultáneamente en diferentes posiciones en cada una de las formas de relación en las que se ven involucrados. Incluso las formas de resistencia a la subordinación intra-género pueden reproducir las formas de hegemonía y jerarquización del género. Cuando el usuario Calentongo se siente amenazado por los fiolos y señala que hay que “idear un modo de meterles la pija”, se sitúa en una posición de subordinación intra-género, pero reproduce la masculinidad hegemónica al considerar una jerarquización entre masculinidades (fiolo-cliente). Al sugerir la penetración como forma de resistencia a los fiolos, reproduce la jerarquización entre masculinidades a través de la homofobia. Además, la penetración del otro como forma de subordinación –a la que alude también otro usuario cuando señala que habría que darles el mismo tratamiento que a los violadores en las cárceles, es decir, violarlos–, no sólo implica una jerarquización intra-género –subordinar a la masculinidad de los fiolos– sino también una jerarquía inter-género, ya que se considera lo pasivo como femenino y lo activo como masculino. De esta manera, una forma de confrontación implica dos formas simultáneas de reproducción de la masculinidad hegemónica.

Las tensiones en la posición de algunos clientes frente a los fiolos emergen por ejemplo, cuando alguno propone como solución denunciarlos anónimamente llamando “a alguna ONG de mujeres feminazis” (Usuario Pitufito). La multiplicidad y simultaneidad de posiciones también puede observarse cuando otro cliente señala en un foro:

En esto, nosotros, los que consumimos este tipo de sexo, debemos denunciar estos casos. Es la manera de ayudar a desarmar a estas bandas de hijos de puta. La libertad de usar el cuerpo propio como uno quiera es lo que debe imperar y no que se haga a la fuerza. Vamos a ver como les va cuando estén en [la cárcel de] Devoto con los muchachos ansiosos de carne fresca. Abrazo (Pepilonga, Hilo “Cuidado”, Foro 2).

En este relato, el cliente valora la independencia y la libertad de usar el propio cuerpo de las prostitutas y rechaza la subordinación que les impondrían los fiolos. Sin embargo, su propuesta es denunciar y encarcelar, suponiendo que el destino de los fiolos en las cárceles es, nuevamente, el de ser violados por otros internos, lo que reproduce una jerarquización entre masculinidades.

Por otra parte, las relaciones de subordinación en el mercado sexual tienen también un componente inter-género que inquieta a varios de estos varones. La preocupación por el aumento de costos cuando “hay más personas para repartir” a la que aludimos más arriba vehiculiza también, en ocasiones, una preocupación por la explotación en el mercado sexual. La objeción moral frente a los fiolos, sirve para diferenciar “su comportamiento como aceptable en comparación con el de otros hombres que explotan a mujeres” (Sanders, 2008: 51). El rechazo al fiolo incluye la idea de que “lucran con ellas”, posición que permite reconfigurar la masculinidad de los clientes restableciendo su respetabilidad. Un usuario del foro, advirtiendo sobre los privados, donde suponen que hay mayor explotación, señalaba:

Es de alguna forma protegerlas de vivos que lucran a costa de ellas. […] ya que somos gateros empecemos por cuidarlas. (AguantelZar, Hilo “Cuidado con estos lugares!”, Foro 1).

Y en otro hilo similar agregaba:

Igual no te hagas problema que si denunciamos varios a ese lugar o a otros donde haya fiolos maltratando a las chicas, por mi parte denunciaré. En algún momento algo pasará. Y a todas las minas que nos leen, dejen de ser carne de cañón de estos giles que les hacen creer que están protegidas. Es mentira, al contrario, ellos son los peores, peores que cualquier loquito que se les pueda cruzar como cliente, que a esos se les puede evitar más fácil que un fiolo. Conozco cómo se manejan los fiolos y no hay ni uno bueno. Para ellos las minas no son nada solo la entrada de plata que les dan fácil (AguantelZar, Hilo “Duda con dpto.”, Foro 1).

La figura del “varón protector” aparece contrapuesta a aquella de los fiolos, para quienes las prostitutas “no son nada, sólo la entrada de plata”. Lucio, quien en general ha consumido en contextos grupales, decía lo siguiente:

Yo creo que el 95 % de los clientes no quiere ni saber qué pasa atrás, porque el que sabe y tiene buen corazón, no quiere saber más nada. Y al otro no le importa, porque no le importa. “No che, a esta la tienen acá y después viene el flaco y la caga a palos”, impresentable. Si yo se eso, y sé quién es el flaco, es para romperlo todo, es un hijo de puta (Lucio, 30 años).

Esto desafía el supuesto de que el consumo de prostitución es aproblemático para los varones, pues, como se ha señalado en otros estudios, muchos “expresan repulsión ante la idea de comprar sexo a mujeres vulnerables o coaccionadas” (Sanders, 2008: 55). En las expresiones de los clientes conviven la indignación moral frente a la explotación de las mujeres con la revalorización de su posición masculina como protectores/salvadores que buscarían ajusticiar (violentamente) a los fiolos explotadores. Estas expresiones de rechazo constituyen, además, un “nosotros” de “cofrades gateros”. En un hilo significativamente titulado “Me siento mal, odio a los 840”, un usuario manifiesta:

Me estuvo pasando que es como si sintiera un odio intrínseco a esos malditos tres números (840) […] Será que el punto donde concentro mi ira es sentir que le doy de comer un h.d.p. de esos quienes carajillo sean […] si fueran menos ortibas[9]… si dejaran al sexo en plena democracia… al menos no lo sé… habría más libertad lejos de sus presiones de: “ya es la hora… ¿estás bien?, dale, te espero en tal lugar”. Es justamente allí cuando siento por dentro adoptar sentimientos malos hacia ellos, pues soy sincero, los odio! A mis amigos los cofrades que entienden lo que digo, muchas gracias por leerme, me siento contenido por ustedes, porque sé que al menos algunos de ustedes sienten lo mismo que yo. (Terrorista, Hilo “Me Siento mal, odio a los 840”, Foro 1).

La enunciación de esta comunidad homosocial (los gateros) en el rechazo a la figura del fiolo no solo produce un otro contra quien construir una identidad diferenciada, sino que deja entrever la fragilidad de la fantasía relacional que entablan. Este usuario no sólo “odia” a los fiolos porque siente que “les da de comer”, sino especialmente porque con sus intervenciones –o “presiones”– rompen la “democracia” del sexo entre clientes y prostitutas e introducen elementos disruptivos para esa fantasía horizontal y deseante, tal como veremos en el siguiente apartado.

La ruptura de la fantasía

Es horrible ir a un prostíbulo […] a mí me parece que los jóvenes […] ni en pedo iríamos a una onda prostíbulo… uno se acostumbra a tratar directo con las chicas como si fueran una mina que conoces en cualquier lado (Pegasus, Hilo “Ley de De la Sota – leyes sobre prostitución”, Foro 1).

Los más jóvenes todavía queremos “cazar”, por eso una buena mina independiente, que no se pasa todo el día garchando en un depto, es como una joya. Es casi como garchar “engañados” con una mina del barrio que te levantaste. La mina que es joven y garcha porque le gusta y de paso hace unos mangos es un tesoro y hay pocas de esas. Supongo que esa es la motivación de la mayoría por las independientes (más allá del tema de trata de personas). Estimo que, cuando uno esté entrado en años, no tendrá ganas de seguir renegando y buscará algo parecido a una onda prostíbulo regenteado por una madame, donde pase un buen momento sin mucho preámbulo. (joaquinpereztecnico, Hilo “Ley de De la Sota leyes sobre prostitución”, Foro 1).

Para algunos varones la intervención de fiolos o terceras partes en los encuentros entre clientes y prostitutas desarma la fantasía de conquistar (“cazar”) y del deseo mutuo que permite disfrazar el aspecto comercial del encuentro y alimenta el (auto)engaño o la fantasía de los gateros. Esto sucede especialmente entre los más jóvenes, quienes se supone cuentan con mayor capital erótico[10] y conocen menos el funcionamiento del mercado sexual, y por tanto pueden (¿y necesitan?) sostener ese carácter fantaseado de la relación.

El recelo hacia la intervención de fiolos o terceras partes en las relaciones con las escorts también se hace evidente si consideramos que uno de los puntos que los gateros siempre valoran en sus narrativas de encuentros es si la escort es independiente o no. La idea de la escort independiente funciona como un potenciador de la fantasía de estar con una mujer cuyo deseo sexual excede al promedio: la “puta lujuriosa”.

O sea, sin fiolos, esas minas serían independientes, y las culiaríamos y, al menos yo, me bancaría todo lo que pueda pasar, porque es un asunto entre ella y yo. Pero desde que hay un fiolo metido en el medio, desde que te golpean la puerta, o te dejan esperando para entrar, o te hacen cagarte de calor en un departamento choto o cosas así, entonces tengo derecho al mejor servicio y al mejor precio (Calentongo, Hilo “Mejor dato”, Foro 2).

No sólo la imagen del fiolo como otro varón que media en la relación cliente-escort, sino también algunas de sus funciones hacen explícito su rol disruptivo en la fantasía gatera. Muchas veces los fiolos son los encargados de avisar que el tiempo del encuentro ha concluido. Esta función hace que aparezcan como una irrupción en la fantasía de conquista, intimidad y deseo mutuo. Retomando las ideas deleuzianas sobre el tiempo (Brewis y Linstead, 1998), podríamos decir que los 840 quiebran el tiempo “fluido” que construye el encuentro en tanto que fantasía, e imponen la realidad del tiempo “estriado”, delimitado y ligado a la tarifa. Aquí se mezclan los motivos económicos con los emocionales, pues cuando el fiolo golpea la puerta significa que el tiempo pagado por el dinero ha concluido –exponiendo el carácter lucrativo del encuentro– y, a la vez, aparece en escena un otro varón que, en las narrativas de los “gateros”, tendría el control de esa sexualidad que ellos desean y, por tanto, la fantasía del deseo mutuo queda amenazada. Esta fantasía que pretende velar las posiciones jerarquizadas prostituta-cliente se derrumba, entonces, ante las disrupciones que introduce la presencia de los fiolos. Queda expuesto el carácter precario y endeble de esa fantasía y también, como vimos que sucedía en los relatos de los “enamorados/confundidos”, la fragilidad de esta articulación entre masculinidad y sexualidad–.

Asimismo, al resquebrajar la fantasía, el papel del fiolo es también relatado como una amenaza de violencia para quienes sobrepasan los límites y no mantienen un control de sus emociones, es decir para aquellos clientes que se enamoran.

Los códigos son que uno no se tiene que enamorar y que ellas tampoco, porque además es muy peligroso, porque siempre hay alguien que te va a correr del medio, o el cafiolo, o el marido, o la familia. Hay mucha gente, muchas chicas que trabajaban con el marido, con su pareja, entonces te van a correr, te van a cagar a trompadas, eso funcionaba así, no sé cómo será ahora (Nicolás, 45 años).

El fiolo como varón que maneja y controla la sexualidad de la prostituta aparece entonces como una figura amenazante y que preocupa a los clientes, pues no sólo puede imponer el límite de la fantasía deseante que construye un vínculo prostituta-cliente, sino que además lo hace desde un lugar de poder y con capacidad de violencia.

Sin embargo, el límite que transgreden aquellos clientes que se enamoran también es vigilado y sancionado por algunos gateros. Quienes se enamoran de las escorts y/o las “defienden” son frecuentemente acusados de 840, a veces porque “inflan el servicio” de una escort, otras veces porque “pagan de más”:

Hay que tomar en cuenta que hay mucho gatero enamorado y mucho gatero (ocho)cuarentón que se pasan de generosos (Calentongo, Hilo “Gatopedia”, Foro 2).

En este hilo, este usuario se preocupaba por cómo el enamoramiento de algunos gateros podía trastocar la “objetividad” de su evaluación sobre el servicio de las escorts (y por ende poner en riesgo su proyecto de armar un ranking de escorts: “Gatopedia”). Tanto los enamoramientos como otras sospechas generan dudas sobre la identidad de los otros en el foro, que serán muchas veces expresadas, como veremos a continuación, a través de la acusación de fiolo entre los propios usuarios.

Entonces… ¿quién es el “fiolo”?

Por fin un colega que está con los pies sobre la tierra relatando la realidad de lo que está pasando […]. Estaba harto de leer las experiencias de los fiolos disfrazados de colegas que decían que no tenían problema en gastar 2 lucas o 3 lucas en putas. Lo felicito colega lo que usted dice es la realidad (Rubenoide, Hilo “Morocha Noe y Pampita, trio en Tijuana”, Foro 2).

Un punto clave y recurrente es que, aun cuando la cantidad de narrativas sobre encuentros reales con fiolos no es tan grande, la categoría de 840 o fiolo funciona como una sospecha constante sobre alguien que interviene en el debate en el foro, especialmente para quienes no tienen una “trayectoria” comprobada y, por ende, la legitimación de los otros gateros. Buena parte de las intervenciones de los usuarios apuntan a descubrir quién es un fiolo participando de encubierto en el foro. El enfrentamiento con los 840 lleva a varias iniciativas para combatirlos y desenmascararlos, como un forista que propone que las escorts sólo publiquen en sus propios blogs y agrega:

Seguro los gateros de ley y no los 840 disfrazados de gateros apoyaran mi propuesta, la cual beneficia a las escorts porque se ahorran el dinero de la publicación y beneficia al gatero de ley porque los precios serán más baratos, porque ya no serán impuestos por los 840. A continuación, veremos si en este foro hay gateros de ley que apoyen mi propuesta o un montón de 840 camuflados que no la apoyan (GoodVibes, Hilo “Propuesta para erradicar la trata, los 840 y beneficiar a las escorts”, Foro 2).

Aquí podemos ver, una vez más, que la necesidad de sostener la identidad protegida en los foros –como forma de protección frente al estigma, y/o de sostener acuerdos matrimoniales pretendidamente monogámicos– puede ser también percibida como un factor que incrementa el riesgo siempre presente de pasar de ser “engañadores” a “engañados”, y especialmente de ser engañados por una mujer en complicidad con otro varón.

En el foro, “fiolo” funciona como una categoría de acusación que puede desacreditar a cualquier usuario, la mayor parte de las veces sin argumentar motivos. Blanchette y Da Silva (2017) plantean que en Brasil se da un uso estratégico de la categoría que sería equivalente a fiolo: el cafetão es muchas veces usado para movilizar recursos policiales/judiciales contra algún actor[11].

Un aspecto importante de cómo funciona esta acusación son las especificidades que esta tiene para cada actor del mercado sexual. En nuestro caso, encontramos que la acusación de fiolo se halla generizada entre los clientes. Ello tiene incluso una expresión en el lenguaje. Mientras Blanchette y Da Silva indican que en portugués también existe otra palabra para designar exclusivamente a varones (gigolo), en Argentina sucede a la inversa y será “madama” la categoría que designa exclusivamente a mujeres. Ello nos permite poner de relieve cómo “fiolo” es utilizado como una acusación que alude casi siempre a varones.

Si 840 es una categoría muy común en la jerga de los gateros (tanto que el buscador de uno de los foros lo catalogaba como un término demasiado común para hacer una búsqueda), el equivalente feminizado, madama, es pocas veces mencionado. Una de las pocas menciones que encontramos construía una imagen favorable de este personaje, ligado a las “viejas épocas” del cabaret, incluso llegaba a proponer a la comunidad gatera un rescate de la importancia del rol de la madama. Las llamaba “gordas queridas” y explicaba que “dan felicidad a sus clientes con buena logística”: se encargan de resolver un conjunto de tareas (ligadas a la domesticidad y generalmente feminizadas) que hacen que el gatero se sienta atendido “como un rey” en su “segundo hogar” (atender el teléfono para que no haya interrupciones, mantener la limpieza de sábanas y baños, entretener con charla y servir un vaso de agua al gatero mientras espera).

Esta defensa de la madama sería impensada en el caso de un fiolo. Ello permite entender que, en articulación con el papel económico del fiolo como el que “malversa” los dineros de los gateros, hay una tensión generizada. El fiolo, en tanto es otro varón –y, siguiendo la representación de los clientes y la imaginería popular, uno hipermasculinizado– resulta una amenaza para los gateros, pues pone en riesgo dos elementos muy ligados: los recursos económicos y la masculinidad.


A lo largo de este capítulo hemos podido observar las representaciones de los fiolos en las narrativas de los varones que pagan por sexo y la complejidad que adquieren sus posiciones en las relaciones de género. Las perspectivas sobre el mercado sexual que presentan las relaciones de género de manera determinista y reduccionista, limitan las relaciones inter-género a relaciones de dominación, considerando las relaciones intra-género (entre varones) como aproblemáticas y únicamente basadas en la complicidad: los proxenetas sostienen el pacto patriarcal entregando “sus mujeres” a quienes pagan por ellas.

Si bien, al menos en nuestro trabajo de campo, buena parte de las relaciones entre clientes y fiolos tienen un carácter mayoritariamente imaginado, la aparición constante de su representación en las narrativas de los varones que pagan por sexo afecta sensiblemente sus experiencias en el mercado sexual. La vinculación con los proxenetas se muestra como conflictiva para los clientes, que ven en ellos figuras que generan temor y amenazan su masculinidad, tanto a nivel material como simbólico, y es por ello que, lejos de convivir, prefieren evitarlos y/o confrontarlos. La presencia de los fiolos supone una pérdida a nivel económico –un aumento de las tarifas–, un dilema moral –vinculado a la explotación que estos hacen de las “prostitutas”–, y una afrenta a la masculinidad de los clientes en tanto que proveedores.

Como hemos visto en los discursos de los clientes, las representaciones de los fiolos están atravesadas por relaciones económicas, de clase, raza, edad y también emocionales. La circulación de un estereotipo del fiolo como hipermasculino y violento, racializado y de clases subalternas lo pone en un lugar distante y amenazador. Pero también las propias relaciones entre los clientes encuentran en el fantasma omnipresente del fiolo una forma de construcción de un “nosotros” (gateros) frente a un “otro” (fiolo). Los “gateros” utilizan fiolo como una categoría de acusación que delimita las fronteras de su pertenencia al “nosotros” pero, al mismo tiempo, extiende una sospecha constante sobre ellos mismos, poniendo en tensión la propia cofradía de “gateros”. Simultáneamente, la hipermasculinización de la representación del fiolo que circula en las narrativas de los clientes invisibiliza el papel de las mujeres como terceras partes.

Las relaciones entre las representaciones de los fiolos y los clientes no sólo muestran la pugna constante por ocupar el lugar dominante en la jerarquía de masculinidades, sino que afectan también a las relaciones de género entre “prostitutas” y clientes. En ellas, el fiolo está lejos de ser el “proveedor de mujeres” en el marco de un “pacto masculino”, sino que muchas veces rompe la fantasía de conquista y deseo mutuo quebrando la pretendida libre relación entre las partes. La imagen del fiolo, a la vez que parece manejar los aspectos económicos, actúa como regulador de las emociones de aquellos clientes que rompen el marco de interacción (por ejemplo, al enamorarse).

Todo este conjunto de tensiones pone de relieve que las relaciones entre los actores en el mercado sexual están cargadas de antagonismos y complejidades que difícilmente pueden comprenderse homogeneizando las posiciones masculinas a través de la idea del “pacto de varones”. Pero las tensiones y las posibilidades de ruptura de la fantasía no solo están encarnadas en otros, sino que pueden aparecer en el vínculo con el propio cuerpo, su salud y su performance sexual, como veremos a continuación.


  1. Este capítulo ha sido reelaborado a partir de Morcillo, Martynowskyj y de Stéfano Barbero (2020b).
  2. Según relatan tanto clientes como escorts, la denominación 840 -común en el ambiente del comercio sexual– proviene de una jerga policial; era el número del edicto policial que penaba el proxenetismo.
  3. La organización de trabajadoras sexuales “Stella” en Canadá, en su guía “Dear John” orientada a los clientes (ver capítulo 3), señala que las trabajadoras sexuales optan por distintas formas de ejercer su trabajo (independientes, entre colegas o con propietarios de agencias) y agrega: “La imagen estereotipada del pimp es la de un hombre que controla el trabajo y el dinero de una mujer que ejerce el trabajo del sexo […]. La imagen estereotipada del pimp no corresponde, pues, a la realidad de nuestro trabajo”. Disponible en: https://bit.ly/3cmmsQ4.
  4. Salvo en los algunos países donde la prostitución está regulada, el proxenetismo es generalmente considerado un delito. En Argentina está tipificado en el Código penal como proxenetismo “promover, facilitar y explotar económicamente la prostitución de una persona, más allá del consentimiento de esta”, acciones que constituyen lo que primero se llamó “delitos contra la honestidad” para luego denominarse “delitos contra la integridad sexual” (Artículos 125 bis y 127).
  5. En Argentina, Cecilia Varela (2013) ha observado que, más que organizaciones criminales de largo alcance, funcionan redes de ilegalidad de bajo alcance territorial, estructuradas por el parentesco y la división sexual de tareas. En los discursos sobre el mercado sexual local “la figura estereotipada (y masculinizada) del proxeneta no permite dar cuenta de la variedad de roles y posiciones que permiten la reproducción cotidiana de las personas que ofertan sexo comercial” (Varela, 2016: 17). Otrxs investigadorxs (Blanchette y da Silva, 2017), en otros contextos, también han señalado la preeminencia de esta modalidad llamada “proxenetismo de emprendedora” (O’Connell Davidson, 1998) donde las propias mujeres que hacen o hicieron comercio sexual son quienes comienzan a fungir como intermediarias o gestoras.
  6. Mathieu (2001), por ejemplo, ha planteado las formas de complicidad surgidas entre proxenetas y prostitutas, cuando organizaron la famosa ocupación de la iglesia de St. Nizier, el 2 de junio de 1975 en protesta por el hostigamiento policial.
  7. En Argentina, se llama “ñoqui” a una persona que cobra sin trabajar, ya sea porque no asiste a su empleo, o porque asiste, pero sólo simula trabajar.
  8. De acuerdo con Paoli (cit. Smith y Christou, 2009), este es el motivo por el que La Cosa Nostra italiana no se dedicó inicialmente al proxenetismo, por considerarla una actividad poco honorable.
  9. En el lunfardo argentino se llama despectivamente “ortiba” a todo aquel que se opone a la consecución de los deseos de otra persona. A su vez, “ortibarse” es definido como: “ponerse en posición de policía, de futuro delator, de cortar un festejo o una actividad que para el otro es buena”.
  10. Si bien la noción de capital erótico es más compleja –y susceptible de ser criticada (ver Green, 2013)–, en el comercio sexual, tanto como en otros mercados relacionales, hay una relación inversamente proporcional entre capital erótico y edad.
  11. Adicionalmente Blanchette y Da Silva (2017) señalan que este uso, muchas veces llevado a cabo por actores externos al mercado sexual y que buscan impedir cualquier forma de comercio sexual, sirve para encubrir a quienes son más violentos con las trabajadoras (por ejemplo, las fuerzas policiales).


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