Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

De nudos invisibles y certezas perdidas

Notas para hilar las experiencias

A lo largo de este libro hemos mostrado buena parte de las divergencias que presentan las experiencias de los varones que pagan por sexo respecto al estereotipo que se construye y reproduce –tanto desde los imaginarios del sentido común, como desde las narrativas políticas que tejen algunos feminismos y sus versiones institucionalizadas en políticas anti-trata–. Aunque hemos visto que otros fragmentos de esas experiencias sí podrían reflejarse en el muñeco de paja que representa al prostituyente, también hay un conjunto no menor, y sobre todo persistentemente reiterado, de narrativas que se escapan de esa representación. Si, entonces, hemos dedicado buena parte de nuestro análisis a deshilachar ese estereotipo, ahora nos toca intentar hilar estas experiencias, para hallar otros sentidos y proponer otras preguntas, especialmente algunas que, esperamos, den lugar a la potencia de la crítica sin sucumbir a la simplificación y el maniqueísmo.

En el marco de las transformaciones en el régimen de sexualidad que hemos reseñado, pero sobre todo, de la expansión de lenguajes y demandas feministas potenciadas por la cuarta ola, la práctica de pagar por sexo parece entrar en conflicto con el horizonte imaginado para las “nuevas masculinidades”. Esta práctica, ha comenzado a percibirse como contraria a las expectativas normativas asociadas a los “hombres de verdad”, las cuales demandan capacidad de conquista sexual –idealmente en el marco de relaciones heterosexuales igualitarias– y apuntalan la posición masculina de padre-protector-proveedor. El surgimiento del estigma de “prostituyente”, aunque aún no consolidado, posiciona al intercambio de dinero por sexo como un atributo masculino potencialmente desacreditador.

En este escenario en transformación, los varones que pagan por sexo asiduamente y lo consideran parte de su identidad, llegándose a considerar gateros, encuentran en los foros un espacio de homosocialidad donde el estigma de prostituyente se suspende. Considerando la clausura de buena parte de la oferta de sexo puertas adentro, producto de las políticas anti-trata, hemos caracterizado a estos foros como una especie de cabarets virtuales, intentando marcar algunas continuidades –pero también rupturas o diferencias– que presentan con el cabaret de antaño. Ambos espacios reúnen a los varones en torno a una práctica que conciben como parte de sus necesidades y/o de su esparcimiento, y a través de la que pueden reafirmar su masculinidad frente a un grupo de pares. Sin embargo, la identidad protegida de los foros y la interacción virtual, introducen algunos desplazamientos. Por un lado, estos sujetos potencialmente desacreditables, encuentran la posibilidad de iniciar su carrera moral como gateros y formar parte de una “comunidad gatera”, en un contexto donde compartir esta práctica de manera cotidiana y en co-presencia –como hacían en los cabarets o whiskerías–, ya no es posible. Esta comunidad gatera funciona como un espacio donde pueden realizar una serie de aprendizajes para intentar controlar y manejar diversos aspectos de los intercambios de sexo comercial y, al mismo tiempo, al constituir una “subcultura desviada”, les permite recrear constantemente entre sí estrategias de normalización de sus prácticas. Asimismo, el guión sexual construido en los foros, al priorizar la performance y el rendimiento sexual socava la importancia de otras dimensiones de la sexualidad, como el cuidado de la salud y el placer. El mandato de encarnar una masculinidad articulada en torno a la potencia sexual implica para estos varones un trabajo de control emocional y corporal de gran envergadura, que en muchos casos tracciona en contra –o a pesar de– su deseo. Aunque los foros aparecen también como espacios más abiertos donde pueden compartir sus vulnerabilidades. La falta de experiencia, más que como un defecto, es considerada como parte del estadio del novato que inicia la carrera, y el relato de las dificultades en la performance (en la erección u orgasmo), el miedo y/o los nervios, no son una amenaza para su reputación masculina como en el grupo de pares, sino desafíos a superar con el consejo de la comunidad. Como vemos, la opinión y la aprobación de otros varones es de suma importancia a la hora de manejar la información personal que puede impactar en su masculinidad, especialmente aquella ligada a su sexualidad. Asimismo, mantener en secreto su estatus de cliente –o la identidad de gatero– por fuera de los foros revela cómo se bifurcan, cada vez más, la carrera de gatero y la construcción de la hombría. El silencio, entonces, muestra un carácter ambivalente en las relaciones de poder entre hombres: por un lado, los varones que pagan por sexo continúan teniendo el privilegio de poder controlar la información sobre su atributo estigmatizante; por otro, los gateros se ven cada vez más obligados a mantener en secreto sus prácticas, que ponen en riesgo su posición en la jerarquía de masculinidades.

Rescatamos aquí un primer conjunto de preguntas que emergen de nuestra investigación y permiten conectarla con otras cuestiones ligadas más ampliamente a las transformaciones sobre género y sexualidad. Primero, ¿cómo impactan las transformaciones del mercado sexual, sobre todo su borramiento del espacio público y su encuadre en el prisma de la violencia de género, en los sentidos asociados al debut sexual para las nuevas generaciones de varones? Segundo, ¿de qué manera las crecientes culturas virtuales y las homosocialidades diferenciales de las que éstas permiten participar, transforman las maneras de habitar la masculinidad? Tercero, ¿qué efectos tiene sobre las masculinidades producidas en el mercado sexual el paulatino crecimiento de patrones de consumo sexual más individualizados y con expectativas de recrear algún tipo de intimidad?

La construcción de los varones que pagan por sexo como seres asquerosos, o monstruosos, además de resultar problemática a nivel político, puede contribuir a bloquear la reflexión sobre el deseo sexual masculino. En tanto el deseo de pagar a una mujer por sexo sea interpretado como una aberración, el origen de dicho deseo puede ser remitido a un (des)orden natural. Así, la monstruosidad aparece como una suerte de obstáculo epistemológico, especialmente para que estos varones puedan pensarse a sí mismos en relación con su deseo sexual. Si bien podemos considerar que nuestros deseos sexuales siempre presentan un grado de opacidad cuando intentamos reflexionar sobre ellos, ciertamente concebirlos como ligados a una perversión a ser eliminada puede fácilmente ponernos a la defensiva y obstruir la reflexión. Algo similar sucede si la única propuesta es la cancelación de la “cultura prostituyente”. Como hemos visto a lo largo del libro, las experiencias de los varones que pagan por sexo presentan, en muchas oportunidades, un conjunto de tensiones que los alejan tanto de la posición de un dominador omnipotente como del imaginario festivo del ir de putas. Estas tensiones, que aparecen desde el comienzo hasta la retirada de la carrera del gatero, tanto a nivel de los vínculos problemáticos con otros actores del mercado sexual, como a nivel de su propio cuerpo en la “respuesta sexual”, aparecen en repetidas oportunidades para ellos mismos como disparadores que cuestionan su deseo. Cuando consideramos las tensiones que, si bien no universal pero sí recurrentemente, surcan las experiencias de quienes pagan por sexo es posible problematizar el deseo sexual masculino más allá de un mero deseo de dominación. Sin embargo, la interpelación estigmatizante, si bien puede generar múltiples expresiones públicas de corrección política, difícilmente pueda ser transformadora a nivel íntimo.

Creemos que, si abandonamos el ideal de la abolición del mercado sexual, las tensiones y los eventos disruptivos en las experiencias de pagar por sexo pueden ser mejor comprendidas, en parte, como fruto de las ilusiones que propone el mercado sexual. Las experiencias que ponen a los varones en lugares de vulnerabilidad, que exhiben sus fallas y debilidades, así como sus necesidades emocionales, pueden ser leídas a la luz de la ilusión de entablar una relación sexual desde un lugar de invulnerabilidad, que supone un control emocional implacable y la transparencia del propio deseo. El mercado sexual vende una ilusión que pretende enmascarar la dimensión emocional y de cuidado que se pone en juego en cada interacción, y que no siempre es abiertamente reconocida por los varones que pagan por sexo, porque supondría reconocerse en una posición de vulnerabilidad que pondría en riesgo su masculinidad. Esta ilusión no sólo se plantea en los términos de la dimensión emocional, sino que está estrechamente ligada a una supuesta posición de poder absoluto. Desde ya, cuestionar de esta forma dicha ilusión supone, entonces, tener en cuenta otras dos dimensiones que si bien no forman el centro de esta reflexión se desprenden como emergentes para continuar pensando: en primer lugar, reconocer las posibles posiciones de poder y la capacidad de agencia de quienes venden sexo. En segundo lugar, considerar que la tarea involucrada en el comercio sexual puede tener una dimensión ligada a la vulnerabilidad masculina y el trabajo de cuidado, lo cual supone cuestionar la frontera moral y simbólica que separa ambas cuestiones del sexo.

La diversidad de experiencias que hemos analizado en este libro, hace difícil entonces considerar al varón que paga por sexo como un sujeto cuya relación con el género, la sexualidad y el poder es evidente, estática, y determinada por su posición en la estructura de género. Al analizar las múltiples relaciones de género en el mercado sexual, atravesadas por los sentidos sobre la sexualidad, la edad, las emociones, o la salud, emergen una serie de posiciones diferentes tanto entre los entrevistados, como entre los miembros de la “comunidad gatera” que participan de los foros. Reducir esta heterogeneidad bajo la categoría “masculinidad hegemónica”, supondría una utilización del concepto más como una etiqueta funcional a un proceso de estigmatización, que como un concepto dinámico para analizar las relaciones de género. El hecho de que el orden de género se estructure jerárquicamente no supone que exista una única masculinidad hegemónica, una subordinada, una cómplice, etc. Las masculinidades no son identidades, ni esencias, ni rasgos de la personalidad, sino posiciones en las relaciones de género cuya multiplicidad y dinamismo puede llevar a que simultánea y contradictoriamente se ocupen diferentes posiciones de poder y vulnerabilidad de acuerdo al escenario, la interacción y lxs actores involucrados en cada escena.

Sin embargo, cuando limitamos los conceptos a su dimensión descriptiva y sustancialista, corremos el riesgo de afianzar una serie de estereotipos y prejuicios que reducen la diversidad de relaciones sociales en un sentido común generalmente binarista, y que confunden las experiencias con las normas sociales que pretenden determinarlas. El hecho de que existan una serie de mandatos sobre la masculinidad que privilegian la racionalidad por sobre las emociones, la independencia frente a la dependencia, el correr riesgos por sobre el cuidado de la salud, el poder por sobre la vulnerabilidad –por mencionar sólo algunas cuestiones–, no supone que las emociones, la dependencia, el cuidado y la vulnerabilidad no estén presentes en sus experiencias. De hecho, como hemos visto, son más que relevantes para comprender sus prácticas y relaciones.

Intentamos en este trabajo dar cuenta de que ni el poder ni la vulnerabilidad están sobredeterminados por las estructuras sociales, sino que circulan en cada una de las relaciones sociales presentes en el mercado sexual, que se articulan con tensiones y matices entre la dimensión estructural, la interacción social y la subjetividad. Relaciones que, aún caracterizadas por asimetrías de base, encuentran siempre a los varones que pagan por sexo en diferentes posiciones de acuerdo al género de las personas con las que se relacionen, las emociones que los afecten en cada vínculo, las edades que tengan en cada encuentro, los riesgos que corran en cada interacción, y lo comprometidos que vean sus sentidos sobre la masculinidad, la sexualidad o la salud.

Esta perspectiva analítica surge a partir del desarrollo de investigaciones empíricas como la que nutre este libro. Sin quitar valor a las reflexiones de orden filosófico-político desarrolladas desde diversas disciplinas, ni a la perspectiva más estructural de los procesos sociales, creemos que una mirada micro puede resultar un aporte, especialmente cuando abordamos una problemática atravesada por un debate fuertemente polarizado. Tomar en cuenta las experiencias al nivel de la interacción y los sentidos que los actores otorgan localmente a sus prácticas, puede servir para construir un enfoque que dé cuenta de los matices y atienda a las transformaciones más sutiles, y no solamente a las más radicales. Los corrimientos en las percepciones y valoraciones sociales de la posición del “cliente de prostitución”, y el escenario que propone el traslado de buena parte del mercado sexual al mundo online, en el contexto de una expansión y masificación de los feminismos, construyen un marco novedoso para las interacciones en el mercado sexual. Tan solo por retomar algunos detalles planteados a lo largo del libro: la sutil diferencia entre el anonimato y las identidades protegidas de los foros que suponen la posibilidad de interacción homosocial y, a la vez un cierto grado de relajación en la mirada vigilante de otros varones atentos a las formas de masculinidad desplegadas, abren inesperados espacios de reflexión entre los varones que pagan por sexo. Esto remarca asimismo la necesidad de continuar analizando las transformaciones que supone la intensa participación en el mundo online, con su lógica simbólica e incorpórea, en la construcción y transformación de nuestras sexualidades y relaciones de género. Creemos que enfocarnos en las experiencias, las interacciones, sus sentidos y tensiones –sin dejar de tener en cuenta las dimensiones estructurales, como hemos intentado aquí– habilita a construir una mirada menos universalizante y, por ende, supone una posición político-epistemológica diferente de aquellas que parecen concebir el mundo social en términos dicotómicos.

Esta concepción dicotómica y estática es la que subyace en algunas posiciones abolicionistas que no parecen tan preocupadas por deconstruir el “estigma de puta” como por generar uno nuevo: el “estigma de prostituyente”. Nos preguntamos entonces ¿qué implica apostar a una política de la estigmatización como forma de buscar justicia?, ¿en qué medida un nuevo estigma puede contribuir a abrir un proceso de transformación de las masculinidades que legitiman y reproducen las jerarquías de género?, ¿cómo se pueden pensar intervenciones políticas que consideren las relaciones de poder tomando en cuenta las polifonías subjetivas en las masculinidades, y por fuera de la matriz víctima-victimario?

Estas políticas estigmatizantes, que emergen de perspectivas feministas que conceptualizan la (hetero)sexualidad únicamente como un espacio de dominación masculina y al comercio sexual como la expresión paradigmática de la violencia de género, producen en estos varones una sensación de ajenidad respecto del feminismo. Así, se dificulta aún más la posibilidad de producir una reflexión sincera y autocrítica sobre la sexualidad masculina implicada en el comercio sexual, tanto en términos del propio deseo, como de las relaciones con las trabajadoras sexuales. Una mirada menos esencialista que la del feminismo abolicionista, permitiría no sólo comprender la diversidad de sentidos y posiciones que moldean las experiencias de los varones que pagan por sexo, sino también abrir espacios de reflexión sobre el respeto hacia las mujeres que hacen sexo comercial, en tanto trabajadoras. Algo que parece ser posible, tanto por la necesidad de restituir la respetabilidad que tienen los varones que pagan por sexo, como por la propia subcultura gatera que rechaza los intercambios sexo-comerciales con mujeres que perciben como coaccionadas y valoriza a quienes tratan de manera respetuosa a las escorts.

Quisiéramos terminar con una reflexión sobre una pregunta que nos ha rondado desde el comienzo de este trabajo: ¿por qué “darles voz” a estos varones? Esta pregunta, que camufla una acusación, encierra al menos dos problemas: en primer lugar, la idea de que analizar las experiencias de algún sujeto significa “darle voz” desprecia el lugar de quien investiga y analiza, y el diálogo que se produce entre la teoría social y la experiencia. En segundo lugar, nuestra intención ha sido, justamente, abandonar la lógica excluyente de amigo-enemigo, para poder articular un análisis que nos permita entablar diálogos incómodos. Esto supone que creemos firmemente en la potencia de poner en riesgo nuestras propias certezas como antídoto ante la mismidad, y como llave para abrirnos a la otredad.



Deja un comentario