Las carreras de los gateros encuentran un último desafío en el control de sus emociones y su sexualidad a la hora de elegir retirarse del mercado sexual. Este es un tema frecuente de conversación en los foros, donde encontramos hilos como “Alguna vez intentaron dejar de pagar por sexo?”; “Quiero dejar, pero no puedo”, “No puedo dejar a las putas”, “¿Abandonarían El Ser Gatero Por Una Novia?”, e incluso en uno de los foros hay una sección específica donde los usuarios piden la “baja”[2]. En este último capítulo nos preguntamos cuáles son los motivos que llevan a los varones a dejar de pagar por sexo y retirarse de la carrera gatera, qué dificultades encuentran y qué lugar ocupan en este proceso las relaciones homosociales que tienen lugar en los foros.
En un estudio que aborda la salida de las trabajadoras sexuales del mercado sexual, Sanders (2007: 74) construye cuatro tipos de transiciones desde esa “carrera desviada” a la “conformidad”: “la reacción, la planificación gradual, la progresión natural y el `Yo-yoing´ (ir y venir)”. A diferencia de lo que sucede con los gateros, para quienes el compromiso emocional individual suele ser un factor clave a la hora de retirarse, para las trabajadoras sexuales son “los factores estructurales, políticos, culturales y legales, así como las transformaciones cognitivas y la agencia” los que posibilitan o dificultan su salida del mercado sexual (Sanders, 2007: 74). Asimismo, esta autora demuestra que las penas de prisión o las estrategias de tratamiento ordenadas judicialmente no funcionan como catalizadores para el cambio, y que más bien provocan que las mujeres tengan dificultades para salir, como consecuencia de los antecedentes penales. Bernstein (2007) muestra algo similar en relación con los clientes, cuando aborda la política de sensibilización obligatoria para hombres que han sido arrestados por pagar por sexo en Estados Unidos, llevadas a cabo en las llamadas John School (escuelas de reeducación para clientes). Este tipo de intervenciones estatales, cada vez más extendidas en distintos países, que intentan transformar la conducta sexual de los varones heterosexuales a través de dispositivos estigmatizantes y coercitivos, articulados en torno a estrategias de visibilización y humillación pública (naming and shaming), no logran interpelarlos y mucho menos que abandonen el sexo pago, algo que, como veremos, se produce por otros motivos.
¿Despedida o eterno retorno?
Las intervenciones de algunos foristas muestran la importancia que pagar por sexo tiene en sus vidas, pues retirarse del mercado sexual implica pasar a una “nueva etapa” vital. Nicolás nos relató este cambio en una entrevista en la que menciona su consumo como una “época pasada” vinculado a la “la noche”, a los excesos y a la soledad, que duró alrededor de 10 años, y que es una “fase terminada” en su vida:
En un momento tenía cuenta corriente en el cabaret […] esa época fue como bien heavy…estaba bien económicamente, pero me quemaba la guita, me quemaba…entonces era como una cuestión de mucha adrenalina y de…creo que pagaba para una cuestión de calmar, de saciar una sed que había que saciar…era como parte de mi alcoholismo…era todo el combo… Mi experiencia de la noche, de prostitución y demás, no hubiese estado sin el alcohol […] ya no me llama, es un anestésico, la noche funciona como un anestésico […] y creo que a la gente conocida mía que iba le pasaba lo mismo, estaba sola (Nicolás, 45 años).
Los motivos de la retirada pueden ser diversos, pero se suelen teñir de un tono moral. Algunos buscan abandonar la “mala vida” cuando el sexo pago se presenta asociado con consumos de sustancias embriagantes, o cuando la etapa vital y/o familiar que se hallan transitando transforma sus prioridades y la forma de entender y vivir la sexualidad. Como mostramos en el capítulo 5, los mandatos de masculinidad vinculados a lo que se espera de los varones en relación a la sexualidad, se transforman con la edad. Así, durante la adolescencia, el debut sexual funciona como una credencial que les permite convertirse en hombres, ejerciendo y mostrando una (hetero)sexualidad activa; en la juventud deben adoptar sobre todo una actitud viril y una sexualidad “promiscua” y en la adultez, se espera también que formen y sostengan una familia. Esto acrecienta el valor que ocupa la conquista sexual y desjerarquiza el sexo pago, que en la adolescencia y en la primera juventud se encuentra más permitido –veremos luego que en el contexto de los foros y en la carrera de gatero, la edad opera de otra manera, valorizando a los gateros de más edad y experiencia–.
La cuestión de la edad y de la vida familiar aparece también en el “retiro” de Rubén (62 años), otro de los entrevistados, que señalaba que con el paso del tiempo se fue “sosegando” y que, cuando sus hijos crecieron, empezó a “cuidarse porque siempre está el chusmerío”. Otros, como León y Aníbal, afirmaban que cuando fueron más grandes empezaron a buscar que las relaciones sexuales estuvieran también cargadas de afectividad: “Eso es lo que te hace sentir vacío (la falta de afectividad) […], es como tener el premio sin hacer ningún sacrificio […], pero cuando vos compartís con alguien de verdad, es la culminación de un encuentro espiritual”.
Mario, otro entrevistado, atribuye su retiro a la difusión de esta problemática en los medios de comunicación, pero sobre todo, a la reprobación de una amiga devenida feminista con la que compartió información acerca del consumo de sexo comercial:
Hubo mucha concientización por lo que uno ve en los medios y en las redes sociales, acerca de lo que es verdaderamente la prostitución…por una entrevista que tuve con una amiga que me entrevistó y se shockeó un poco con mis respuestas […] y yo le había dicho algo así como que era (la prostitución) una forma que tenían los hombres de descargar sus impulsos sexuales y le pareció tremendo…entonces fue tan violenta su reacción que me di cuenta que había algo que evidentemente estaba mal en consumir prostitución (Mario, 37 años).
Según Berger y Luckmann (2011), dado que el proceso de socialización nunca se termina, para mantener la coherencia entre la realidad objetiva y la subjetiva, los individuos necesitan la legitimación de los otros, especialmente de los “otros significativos”, es decir aquellas personas que ocupan lugares importantes en nuestras vidas. El aparato conversacional que se produce en las interacciones de la vida cotidiana, “mantiene, modifica y reconstruye continuamente su realidad subjetiva” (Berger y Luckmann, 2011: 189). Cuando las representaciones sobre lo que puede considerarse una masculinidad “respetable” se transforman, muchos varones pueden atravesar un proceso cargado de tensiones y mostrar, especialmente en sus discursos, una adecuación de sus posiciones para sostener su auto-identificación como tales. Como bien señala Skeggs, “la respetabilidad es normalmente la preocupación de aquellos que no son considerados respetables” (Skeggs, 2019: 11). Así, en el caso de Mario, donde varias personas de su entorno comenzaron a cuestionar la prostitución, dejar de pagar por sexo funciona como un intento de sintonización entre su realidad subjetiva y la realidad objetiva. En este caso, sin llegar a suponer procesos de re-socialización (como intentan los programas como John School), estas transformaciones conducen a los individuos a producir narrativas donde reinterpretan el pasado “conforme con la realidad presente, con tendencia a retroyectar al pasado diversos elementos que, en ese entonces, no estaban subjetivamente disponibles” (Berger y Luckmann, 2011: 202). Estos varones consideran el sexo pago como parte de una vida que dejaron atrás y de una persona que ya no son, y algunos entienden retrospectivamente que pagar por sexo estaba mal. Pensando en clave de “carrera moral”, Goffman (2010) denomina a estos procesos “transformación del yo”, es decir, formas de corregir un “defecto” que estigmatizaba a un individuo, o tenía el potencial de hacerlo.
Aunque lo más frecuente es que se retiren “por amor”, y esta es también una decisión moralizada:
Hola a todos, contarles que me llego el fin de todo esto, dejo definitivamente el ambiente, la razón: me enganché y deseo hacer las cosas BIEN. (Nascimentocapelu, Hilo “Solicito la BAJA. razón: me puse de novio”, Foro 2).
Hola, amigos. Hace ya muchos meses que no participo en el foro, por estar obligatoriamente retirado del mundo gateril. Por eso, sigo el camino que leo que están emprendiendo muchos por estos días y solicito mi baja de este foro. Me despido de los grandes amigos con los cuales he compartido muy buenos momentos y me he cagado de risa, comida o café de por medio. A los amigasos [y a] las chicas, un gran abrazo. Muchas veces en la vida, uno no hace lo que quiere sino lo que puede o debe hacer. Esta despedida, es un fiel reflejo de ello (AloValencia, hilo “Pedido de baja”, Foro 2).
Dejar de pagar por sexo porque se entabla una relación amorosa y se busca “encarrilarse”, “hacer las cosas bien” o como “se debe”, parece una justificación válida (aunque frente a esta opción varios usuarios dicen optar por seguir “gateando”, pues argumentan que estar en una relación de pareja acaba “saliendo más caro” que pagar por sexo). Para algunos es incluso la única justificación válida: cuando un usuario comenta su frustración e insatisfacción al no poder dejar de “gatear” y consulta si “alguna vez intentaron dejar el gateo” otro le responde: “si dejas de pagar tiene que ser porque te pusiste de novio con una minita normal” (Pablito143; Hilo “Alguna vez intentaron dejar de pagar por sexo?”, Foro 2). Aunque los aprendizajes del ser gatero incluyen un conjunto de explicaciones sobre por qué pagar por sexo, la duda sobre retirarse –acicateada por la culpa ligada a la “infidelidad”, a la compulsión por el sexo o a la imposibilidad de conquistar a una mujer– suele asaltar frecuentemente a los usuarios, tanto que uno de ellos plantea:
Otro tema más de un usuario que dice, “me retiro”, ” me voy “, ” me estoy por ir”, para terminar con un “tienen razón, gatear es lo más lindo del mundo, no me retiro nada ” …. ya aburren …..:durmiendo: (AndrésLitoral, Hilo “¿Alguna vez intentaron dejar de pagar por sexo?”, Foro 1).
En esta línea varios usuarios del Foro 1 afirman que, en realidad, no es posible retirarse del “mundo del gateo”. En ocasiones esta idea se articula con la concepción de que pagar por sexo es un “vicio” difícil de manejar y que puede hacerse “adictivo”, como ya vimos, y de hecho es usual la comparación con el consumo de drogas. Incluso algunos foristas plantean que, aun cuando se forme una pareja y se desee ser “fiel”, esto es imposible, pues “se nace siendo putañero y gatero”; un axioma que sólo puede operar bajo el olvido –o la negación– de todos los procesos de aprendizaje y adaptación que hemos descrito en el capítulo 5:
Yo no podría dejar de gatear por más que tenga novia. Creo que se nace siendo putañero y gatero, salvando las distancias es como el tipo homosexual que puede llegar a casarse con una mujer e inclusive tener hijos pero a escondidas va y se encama con un tipo. Bueno, el vicio mío son las putas, no las podría dejar, seria una doble vida si estaría en pareja (Auguste Comte, Hilo “¿Abandonarían El Ser Gatero Por Una Novia?”, Foro 1).
Al explicar por qué no es posible “dejar de gatear”, este usuario plantea un paralelo con la homosexualidad que vuelve a explicitar cómo la posición de “gatero” representa, especialmente entrada la adultez, un tipo de desviación respecto del modelo de masculinidad articulado en torno al ideal de varón proveedor y padre de familia. Otro usuario de larga trayectoria en el foro explica a otro forista que los deseos de retirarse son en realidad efímeros:
Nene, Nunca nosotros Nos retiramos…. Harás un apartado…. La Noche y las Chicas No se cambian, es como Cambiar de Camiseta de Fútbol…. Una Lástima, sos un Gran Forista y con grandes aportes, pero es tu decisión. Debés ser un buen tipo, mi olfato no me falla.– Cuidate, Y si dios quiere nos leemos pronto…Un abrazo, Míjo (viejito difícil, Hilo “Pedido de baja. Abrazo grande a todos!!”, Foro 2).
Esta intervención, cuyo contenido comparten muchos foristas, plantea claramente que el retiro nunca es definitivo, más aún, que solo puede ser un impasse. El usuario viejito difícil apela a la comparación con “la camiseta de fútbol” dando a entender que una vez que se es de un club no es posible cambiar –o expresaría una falta de lealtad, un valor muchas veces ligado a formas de masculinidad–. Además, el tono de la intervención del usuario viejito difícil al llamar al usuario que se retira “nene” al comienzo y luego “mijo” al final– señala una diferencia generacional. Buena parte de quienes plantean la imposibilidad de retirarse definitivamente del gateo tienen mayor edad, o hablan desde ese lugar de enunciación (por ejemplo, el usuario Radicheto comienza su comentario explicando: “Muchachos, como digo siempre, yo estoy más cerca del arpa que del violín y por lo tanto pasé todas las etapas. Mi experiencia indica que…” (Hilo “quiero dejar pero no puedo”, Foro 1). Aparece aquí una tensión entre los sentidos asociados al ciclo de la vida y el desarrollo de la masculinidad por un lado y las carreras de los gateros, por el otro. El pagar por sexo suele ser asociado a una etapa vital anterior –tal como confirma la “firma” del usuario Perfumo: “no quiero crecer, quiero seguir gateando!”.
La concepción del “Don Juan” como un hombre inmaduro parece transformarse en el espacio del foro, donde la voz de los usuarios mayores suele aparecer como una voz autorizada, especialmente en relación al retiro. Si en general se considera que el hecho de envejecer hace que los hombres pierdan estatus (Meadows y Davidson, 2006; Kampf, Marshall y Petersen, 2012), ya que lo que prima en la jerarquización es la fuerza física, la potencia y el rendimiento, en el contexto de los foros esto se pone entre paréntesis. Este espacio suspende la norma moral que sanciona, por desmedido y fuera de lugar, el deseo sexual de varones mayores por mujeres jóvenes –manifiesta en el carácter peyorativo que adquiere la inmadurez en la expresión popular “viejo verde”–. A su vez, los clientes mayores, y buena parte de los gateros con amplias trayectorias, suelen valorar las relaciones más duraderas con algunas pocas escorts. Allí, las reincidencias con una escort –en el marco de una ilusión romántica, cuyos riesgos ya deben haber aprendido a manejar– atenúan la “perversión” atribuida a los “viejos verdes”.
Considerando globalmente lo desarrollado en este capítulo podemos comprender las características que adquiere para estos varones este punto de su carrera. Los “gateros viejos” se ven enfrentados a las dificultades que les supone el retiro del sexo pago, tanto como los riesgos que representan las ilusiones románticas –dentro y fuera del comercio sexual–. Todo ello explica por qué la edad es una variable de prestigio en la comunidad gatera, donde los gateros viejos tienen el capital de la experiencia. Entre ellos las autojustificaciones son tan frecuentes como las posiciones melancólicas que rememoran “los viejos tiempos del cabaret” como una época dorada que parece haber desaparecido con los cambios recientes en la legislación, es en buena medida la subcultura online del foro la que les permite recrear ese espacio de homosocialidad masculina.
Las ambivalencias en relación a la autoimagen de los gateros continúan incluso hasta el final de su carrera moral. Al analizar las formas en las que piensan el retiro esto se hace evidente pues no son pocos los que se cuestionan moralmente el deber de retirarse, cerrar una etapa vital. Esto sucede especialmente de cara al comienzo de una relación de pareja, cuando entre los “otros significativos” se pasa a valorar el sexo pago como algo negativo, o cuando se lo asocia a consumos concebidos como nocivos y/o a etapas oscuras o tristes de sus vidas. Como hemos mostrado, la preocupación por construir una imagen respetable de sí mismos, se da en un contexto de transformación de las relaciones de género y masificación de los lenguajes y demandas de los feminismos, que interpelan a los varones a “deconstruirse”. Esto incluye modificar prácticas sexuales que se conciben unívocamente como reproductoras de relaciones asimétricas, dentro de las cuales se encuadra a la “prostitución”. Asimismo, las transformaciones del mercado sexual, a partir del despliegue de políticas anti-trata y el cierre de espacios de comercio sexual como cabarets, whiskerías y departamentos privados, impactan en las rutinas y prácticas de estos varones. Cuando esos lenguajes, demandas y transformaciones modifican la realidad en la que se mueven estos individuos, pueden encontrar dificultades para mantener la coherencia entre la realidad objetiva y su realidad subjetiva en tanto varones respetables. Sobre todo cuando llegan a la vida adulta, donde el sexo pago se suele realizar de manera individual, perdiendo los espacios de homosocialidad donde la reprobación por esta práctica se suspende o se matiza. Quienes no forman parte de estos espacios homosociales pueden narrar el abandono de esa práctica como una “transformación del yo”. Resulta difícil mesurar cuánto de corrección política hay en esa narración, sin embargo, esto les permite alejarse de un atributo que potencialmente puede estigmatizarlos y reconstruir su respetabilidad.
No obstante, la mayoría parece no experimentar transformaciones en su realidad subjetiva, sobre todo quienes forman parte de la subcultura gatera y han llegado a construir otra matriz interpretativa sobre sus prácticas, que les permite encontrar diversos justificativos. Las resistencias frente al retiro se expresan en parte esencializando su propia identidad como gateros y por ende negando todos los aprendizajes y adaptaciones que fueron necesarias en sus comienzos. A su vez, la imposibilidad de retirarse definitivamente, se liga con el deseo de sostener el ámbito de protección que supone el espacio de homosocialidad virtual para estos varones, por fuera del cual su identidad está cuestionada, especialmente para los de mayor edad.






